Versículo para hoy:

viernes, 16 de mayo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Aplicaciones prácticas

    (a) Y ahora, antes de terminar este capítulo, quiero hacerle una pregunta. ¿Sabe usted algo de la sed espiritual? ¿Ha sentido alguna vez una profunda preocupación por su alma? Me temo que muchos no saben nada de eso. He aprendido, por dolorosas experiencias durante un tercio de siglo, que la gente puede seguir asistiendo a la casa de Dios durante años sin ser consciente de sus pecados en ningún instante, ni tampoco el anhelo de ser salvos. Los cuidados de este mundo, el amor a los placeres y "los deseos de la carne" (Gá. 5:16), ahogan la buena semilla cada domingo y le impiden dar fruto. Van a la iglesia con corazones fríos como un adoquín de la calle por donde caminan. Se retiran tan impasibles e indiferentes como las viejas estatuas de mármol que los observan desde las paredes. Puede ser así, pero no pierdo la esperanza de que alguien se salve mientras vive. Ese viejo campanario de la Catedral de San Pablo en Londres que ha anunciado las horas durante tantos años, rara vez se escucha durante las agitadas horas del día. El ruido del tráfico en las calles tiene el extraño poder de amortiguar su sonido, impidiendo que se escuche.

    Pero cuando el trajín del día ha terminado, cuando se les ha puesto llave a los escritorios, las puertas se han cerrado, se han guardado los libros y reina silencio en la gran ciudad, todo cambia. Cuando el viejo campanario anuncia as once, las doce, la una, las dos y las tres, miles de personas que no lo escuchan durante el día, a esas horas lo oyen con claridad. Espero que lo mismo suceda con muchos con respecto a sus almas. Ahora, en la plenitud de su salud y fuerzas, me temo que la voz de la conciencia, a menudo, queda ahogada y no se puede escuchar por el trajinar del diario vivir. Pero el día puede venir cuando, le guste o no, el gran campanario de la conciencia se hará oír. El tiempo vendrá cuando postrado y en el silencio, obligado a estar quieto por alguna enfermedad, se verá forzado a mirar su interior y a considerar las cuestiones de su alma. Y entonces, cuando el gran campanario de la conciencia avivada suene en sus oídos, espero que el que lee estas líneas tema la voz de Dios y se arrepienta, aprenda a tener sed y venga a Cristo para calmarla. Sí, ¡ruego a Dios que le enseñe a sentir antes de que sea demasiado tarde!

    (b) Pero, ¿siente algo en este momento? ¿Está despierta y activa su conciencia? ¿Siente sed espiritual y anhela saciarla? Entonces preste atención a la invitación que le hago en el nombre de mi Señor: "Si alguno", no importa quien sea, de alta posición o sin posición, rico o pobre, letrado o iletrado, "si alguno tiene sed, acuda a Cristo y beba". Escuche y acepte esta invitación sin dilación. No se demore por nada. No se demore por nadie. ¿Quién sabe si por querer esperar "el momento adecuado" se le hará demasiado tarde? Ahora es cuando la mano del Redentor viviente se extiende desde el cielo, pero puede quitarla. Ahora es cuando la Fuente está abierta, pero pronto podría cerrarse para siempre. "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba" sin demora. Aunque usted haya sido un gran pecador y se haya resistido a las advertencias, los consejos y sermones, igual venga. Aunque haya pecado contra la luz y el conocimiento, contra los consejos de su padre y las lágrimas de su madre, aunque haya vivido años sin observar un Día del Señor y sin orar, igual venga. No diga que no sabe cómo venir, que no comprende lo que significa creer, que tiene que esperar hasta tener más luz. Alguien que está fatigado ¿va a decir que está demasiado cansado como para acostarse? ¿O alguien a punto de ahogarse, dirá que no sabe tomarse de la mano extendida para ayudarlo? ¿O el marinero naufragado, con un bote salvavidas al costado del barco encallado, dirá que no sabe cómo saltar al bote? ¡Oh, líbrese de estas excusas vanas! ¡Levántese y venga! La puerta no está cerrada. El manantial no se ha secado todavía. El Señor Jesús lo invita. Basta con que usted sienta sed y anhele ser salvo. Venga, venga a Cristo sin demora. ¿Quién alguna vez vino al manantial y lo encontró seco? ¿Quién se ha retirado alguna vez insatisfecho?

    (c) ¿Ha venido ya a Cristo y encontrado alivio? Entonces venga más cerca, acérquese más. Cuanto más cercana sea su comunión con Cristo, más tranquilidad sentirá. Cuanto más cerca viva del Manantial más sentirá "una fuente de agua que salte para vida eterna" (Jn. 4:14). No solo recibirá bendición usted, sino que será de bendición para otros.

    Quizá en este mundo impío no siente usted toda la tranquilidad que desea. Pero recuerde que es imposible tener dos cielos. La felicidad perfecta está por venir. El diablo no ha sido atado (Ap. 20:2). Vienen buenos tiempos para todos los que son conscientes de sus pecados, vienen a Cristo y entregan sus almas sedientas a su cuidado. Cuando él vuelva, se sentirán completamente satisfechos. Recordarán todo el camino recorrido por donde los condujo el Señor y comprenderán el porqué de todas las cosas que les sucedieron. Sobre todo, se preguntarán cómo pudieron vivir tanto tiempo sin Cristo y cómo fue posible que vacilaran tanto en acudir a él.

    Hay una cañada en las montañas de Escocia llamada Glen Croe, que brinda una magnífica ilustración de lo que será el cielo para las almas que vienen a Cristo. El camino que atraviesa Glen Croe lleva al viajero en una larga y empinada subida, con muchas vueltas y curvas cerradas. Pero al llegar a la cima de la cañada se encuentra una roca con estas sencillas palabras inscritas: "Descanse y esté agradecido". Estas palabras describen los sentimientos de cada persona que acudió a Cristo sedienta. Cuando llegue al cielo descansará y estará agradecida. La cima del camino angosto, finalmente, será nuestra. Habremos terminado nuestra trayectoria agobiante y nos sentaremos en el reino de Dios. Miraremos hacia el pasado y contemplaremos toda nuestra vida con agradecimiento y veremos la sabiduría perfecta de cada paso en la empinada subida por donde fuimos conducidos. Olvidaremos el angustioso esfuerzo de nuestro peregrinaje hacia el descanso glorioso. Aquí en este mundo, nuestro sentido de descansar en Cristo es débil y parcial, aun en el mejor de los casos. A veces, pareciera que apenas si gustamos plenamente "el agua viva". Pero cuando venga aquello que es perfecto, entonces todo lo imperfecto pasará. Podemos decir con el salmista: "Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza" (Sal. 17:15). Beberemos "el agua viva", gozaremos los placeres del Señor y jamás volveremos a tener sed.

lunes, 12 de mayo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)


 (a)  Algunos creyentes son "ríos de agua viva" durante su vida. Sus palabras, su 
conversación, su predicación y su enseñanza, son medios por los cuales el agua viva ha fluido a los corazones de sus prójimos. Entre ellos tenemos a los apóstoles que no escribieron ninguna epístola y sólo predicaron la Palabra. Algunos como 
Lutero, Whitefield, Wesley, Berridge, Rowlands y otros miles, vertieron "ríos de agua viva" durante su estancia en la tierra.

    (b) Algunos creyentes son "ríos de agua viva" cuando mueren. Su valentía al enfrentar al rey de los terrores, su firmeza en medio de sus peores sufrimientos, su fe inquebrantable en la verdad de Cristo aun mientras morían en la hoguera, la paz que manifestaban al borde del sepulcro han causado que miles reflexionen y centenares se arrepientan y crean en Cristo Jesús. Tales, por ejemplo, fueron los primeros mártires, a quienes los emperadores romanos persiguieron. Tales fueron John Huss y Gerónimo de Praga. Otros como Cranmer, Ridley, Latimer, Hooper y el resto del noble ejército de mártires fueron como "ríos de agua viva" en el momento de expirar. La obra que hicieron en la hora de su muerte fue mucho más grande que lo que hicieron en vida, como pasó con Sansón.

    (c) Algunos creyentes son "ríos de agua viva" mucho tiempo después de su muerte. Lo son por sus libros y escritos que circulan en todas partes del mundo mucho tiempo después de que las manos que sostuvieron la pluma se convirtieran en polvo. Entre ellos tenemos a Bunyan, Baxter, Owen, George Herbert y Robert M'Cheyne. Estos siervos benditos de Dios, probablemente, son ahora de más bendición por sus libros de lo que lo fueron con las palabras que dijeron durante sus vidas. Podemos decir de su herencia literaria lo que dice la Escritura acerca de la ofrenda de Abel: "Y muerto, aún habla por ella" (He. 11:4).

    (d) Por último, algunos creyentes son "ríos de agua viva" por el encanto de su comportamiento cotidiano. Hay muchos cristianos consecuentes, callados y gentiles que sin decir mucho ni hacer tanto ruido, sin darse cuenta, ejercen una influencia profunda sobre todo su entorno para bien. Los que fueron bendecidos por su manera de ser, fueron "ganados sin palabra" (1 P. 3:1). Su cariño, su buen carácter, su dulzura y su generosidad, hablan silenciosamente en un amplio círculo y siembran en las mentes las semillas que conducen a la reflexión y el autoanálisis. Fue un tremendo testimonio el de una anciana que falleció llena de paz, quien decía que además de debérsela a Dios, le debía su salvación al Sr. Whitefield: "No fue por ningún sermón que predicó, no fue por nada que jamás me dijo. Fue por la hermosa constancia y dulzura de su vida diaria en la casa donde se estaba quedando cuando yo era apenas una niña. Me dije a mí misma que si alguna vez buscara yo a Dios, el Dios del Sr. Whitefield sería mi Dios".

    Haga suyo este aspecto que incluye la promesa de nuestro Señor y no lo olvide nunca. No piense ni por un momento que su propia alma es la única que será salva si usted acude a Cristo por fe y lo sigue. Piense en la bendición de ser un "río de agua viva" para los demás. ¡Quién sabe si usted no será el medio para traer a muchos otros a los pies de Cristo! Viva, actúe, hable, ore y obre teniendo esto siempre en mente. Conocí una familia, compuesta del padre, la madre y diez hijos en que el evangelio entró al hogar por una de las hijas; al principio ella era la única creyente y el resto de la familia estaba en el mundo. Y, no obstante, antes de morir, pudo ver a sus padres y a todos sus hermanos entregados al Señor; y todo comenzó, humanamente hablando, ¡por su influencia! En vista de esto, no dudemos de que el creyente puede ser para otros un "río de agua viva". Quiz{a las conversiones no sucedan durante su vida y puede morir antes de verlas. Pero nunca dude de que una conversión, generalmente, lleva a otras conversiones y que son pocos los que van solos al cielo. Cuando falleció Grimshaw de Haworth, el apóstol del norte, su hijo vivía sin fe y sin Dios. Al paso del tiempo, el hijo se convirtió. ¿Cuál fue el factor determinante en su conversión? Nunca olvidó los consejos y el ejemplo de su padre. Sus últimas palabras fueron: "¿Qué dirá mi anciano padre cuando me vea en el cielo?" Animémonos, sigamos teniendo esperanza y creyendo la promesa de Cristo.

domingo, 4 de mayo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

La mayor parte de las promesas de nuestro Señor se refieren, especialmente, al beneficio de la persona a quien van dirigidas. La promesa que estamos considerando nos lleva a una gama mucho más amplia: Parece referirse a muchos otros fuera de aquellos a quienes él habló en primera instancia. ¿Por qué dice él? ¨El que cree en mí, como dice la Escritura" y en todas partes enseña que "de su interior correrán ríos de agua viva". "Eso dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él" (Jn. 7:39). Obviamente lo dijo en sentido figurado, al igual que las palabras anteriores: "Sed" y "beber". Pero todas las figuras de lenguaje usadas en las Escrituras contienen grandes verdades y respecto de la figura de los "ríos de agua viva" no es la excepción y voy a tratar de demostrarlo:

Sed espiritual

    (1) Por un lado, entonces, creo que nuestro Señor quiso decir que el que se acerca a Dios por la fe, recibirá un suministro abundante de todo lo que pueda necesitar para satisfacer las necesidades de su alma. El Espíritu le brindará un sentido permanente de perdón, paz y esperanza que será dentro de él como un manantial que nunca se seca. Se sentirá satisfecho con lo que dice la Palabra: "Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber" (Jn. 16:15). El Espíritu le mostrará que ya no tendrá ansiedad espiritual en cuanto a la muerte, el juicio y la eternidad. Puede tener sus rachas de oscuridad y duda por sus propias flaquezas o las tentaciones del diablo. Pero, hablando en general, en cuanto acude a Cristo con fe, encuentra en lo profundo de su corazón un manantial de consolación. Esto, comprendamos, es lo primero que contiene la promesa que estamos enfocando. "Solo ven a Mí, pobre alma ansiosa", parece decir nuestro Señor. "Solo ven a Mí y tu ansiedad espiritual encontrará alivio. Pondré en tu corazón, por el poder del Espíritu Santo tal sentido de perdón y paz, por Mi expiación e intercesión, que no volverás a tener sed. Podrás tener tus dudas, temores y conflictos mientras estás en la carne. Pero una vez que hayas acudido a Mí y, habiéndome aceptado como tu Salvador, nunca volverás a perder totalmente tu esperanza. La condición de tu hombre interior cambiará a fondo, de tal manera que sentirás como si dentro de ti hubiera un manantial del que fluye agua permanentemente".

    ¿Qué diremos de estas cosas? Declaro mi propia creencia de que cuando alguien realmente acude a Cristo por fe, encuentra que esta promesa se cumple. Quizá alguno puede ser débil en la gracia y tener cierto recelo sobre su propia condición. Quizá ni se atreva a decir que se ha convertido, que ha sido justificado, santificado y que es apto para recibir la herencia de los santos en luz. Pero, a pesar de todo eso, afirmo con plena seguridad que aun el creyente más humilde y débil tiene adentro algo de lo cual no se puede desprender, aunque todavía no lo comprenda del todo. ¿Y qué es ese "algo"? Es ese "río de agua viva" que comienza a correr en el corazón de cada hijo de Adán en cuanto viene a Cristo y bebe. En este sentido, creo que la maravillosa promesa de Cristo siempre se cumple.

    (2) Pero, ¿es esto todo lo que contiene la promesa que estamos enfocando? De ninguna manera. Queda mucho más por decir. Creo que nuestro Señor quiso que comprendiéramos que el que acude a él con fe, no solo tendrá una abundancia de todo lo que necesita para su propia alma sino que también será una fuente de bendición para el alma de otros. El Espíritu que mora en él lo convertirá en un manantial de bien para sus prójimos, de manera que en el día final se sabrá con toda certeza que de él fluían "ríos de agua viva".

    Esta es la parte más importante de la promesa de nuestro Señor y lleva a un tema que rara vez captan y comprenden muchos cristianos. Pero es uno de profundo interés y merece más atención de la que recibe. Creo que esto es una verdad de Dios. Creo que así como "ninguno de nosotros vive para sí" (Ro. 14:7), el hombre no se convierte solo para sí y que la conversión de un hombre o una mujer, siempre lleva a la conversión de otros, por la maravillosa providencia de Dios. No digo ni por un momento que todos los creyentes lo saben. Creo que es mucho más probable, que hay muchos que viven y mueren en la fe, sin tener conciencia de haberle hecho un bien a algún alma. Creo que en la mañana de resurrección y el Día del Juicio, cuando sea revelada la historia secreta de todos los cristinos, habrá pruebas de que el significado completo de la promesa que estamos enfocando nunca ha fallado. Dudo que habrá algún creyente que no haya sido para alguien un "río de agua viva", un canal por medio del cual el Espíritu ha dado gracia salvadora. Aun el ladrón arrepentido, con lo breve que fue su tiempo después de arrepentirse, ¡ha sido motivo de bendición para miles de almas!

jueves, 1 de mayo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

III. La promesa

    En último lugar, enfoquemos la promesa ofrecida a todo aquel que acude a Cristo. "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva" (Jn. 7:38).

    El tema de las promesas bíblicas es inmenso y sumamente interesante. Dudo que reciba la atención que merece en la actualidad. El libro Scripture Promises (Promesas Bíblicas) por Clarke, es un viejo libro que se estudia mucho menos ahora que en la época de nuestros padres. Pocos cristianos conocen la cantidad, amplitud, anchura, profundidad, altura y variedad de promesas preciosas en la Biblia para el beneficio y aliento especial de todos los que quieren aprovecharlas.

    No obstante, las promesas constituyen la base de casi todas las transacciones entre los hombres. La gran mayoría de los hijos de Adán en todo país civilizado actúa todos los días con fe en promesas. El obrero trabaja desde el lunes en la mañana hasta el sábado por la noche porque cree que al final de la semana recibirá el jornal prometido. El soldado se alista en el ejército y el marino se enrola en la marina, con la confianza total de que sus superiores le darán el sueldo prometido. La trabajadora doméstica más humilde en una casa de familia cumple día a día sus deberes creyendo que su patrona le pagará lo que le prometió. En el mundo de los negocios en las grandes ciudades, entre comerciantes, banqueros y vendedores, nada podría realizarse sin una fe continua en las respectivas promesas. Todo el mundo sabe que los cheques, las facturas y los pagarés son el único medio por el cual la inmensa mayoría del mundo comercial puede desarrollarse. Los hombres de negocios se ven obligados a actuar por fe y no por vista. Creen las promesas y esperan que los demás crean las de ellos. De hecho, las promesas y la fe en que se cumplirán y las acciones realizadas por fe en promesas, son la espina dorsal de nueve de cada diez transacciones del hombre con su homólogo en todo el mundo cristiano.

    De la misma manera, las promesas en la Biblia, son un recurso grandioso que usa Dios para acercarse al alma del hombre. El estudioso serio de las Escrituras no puede dejar de observar que Dios continuamente apela al hombre que lo escuche, obedezca, sirva y realice grandes cosas, y que, escuchándolo, crea. En suma, como dice Pedro: "Nos ha dado preciosas y grandísimas promesas" (2 P. 1:4). Aquel que en su misericordia causó que se escribieran las Sagradas Escrituras para nuestro beneficio, ha demostrado su conocimiento perfecto de la naturaleza humana al incluir, a través de todas sus páginas, una riqueza inconmensurable de promesas adecuadas para cada experiencia y cada circunstancia de la vida. Parece decir: "¿Quieres saber lo que pienso hacer para ti? ¿Te gustaría escuchar mis condiciones? Toma tu Biblia y lee". Pero hay una gran diferencia entre las promesas de los hijos de Adán y las promesas de Dios, que nunca debemos olvidar. Las promesas del hombre no necesariamente se cumplen. Aun con las mejores intenciones, no siempre puede uno cumplir su palabra. Puede suceder una enfermedad o una muerte inesperada puede llevarse de este mundo al que prometió algo. Guerras, pestilencias, hambrunas, cosechas que fallan o huracanes pueden dejarlo a uno en la miseria imposibilitándolo para cumplir sus compromisos.

    Por el contrario, las promesas de Dios se cumplen sin fallar. Él es todopoderoso, nada puede impedirle hacer lo que dijo que haría. Nunca cambia, "si él determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar?" y con él no hay "mudanza, ni sombra de variación" (Job 23:13; Stg. 1:17). Siempre cumplirá su palabra. Hay una cosa que Dios no puede hacer, como le dijo cierta vez una niñita a su maestra: "Es imposible que Dios mienta" (He. 6:18). Aun las cosas más insólitas e improbables que Dios dijo que haría, siempre las ha hecho. ¿Quién hubiera imaginado eventos tan improbables como la destrucción del mundo por un diluvio y la preservación de Noé en el arca, el nacimiento de Isaac, la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto, la entronización de David, el nacimiento milagroso de Cristo, la resurrección de Cristo, la dispersión de los judíos por todo el mundo y su continua preservación como un pueblo singular? No obstante, Dios dijo que todas estas cosas sucederían y a su tiempo sucedieron. En verdad, para Dios es tan fácil hacer una cosa como lo es decirla. <lo que promete, ciertamente hará.

    En cuanto a la variedad y riqueza de las promesas bíblicas, hay mucho más que considerar de lo que se puede decir en una breve exposición como esta. Son miles. El tema es casi inagotable. No hay ni una etapa en la vida humana, desde la niñez hasta la vejez, ninguna posición en que se puede encontrar una persona para la cual la Biblia no brinda aliento a todo el que quiera hacer lo correcto a los ojos de Dios. Hay promesas en el erario de Dios para cada condición. Las promesas que Dios hace por su misericordia y compasión infinita, incluyen su prontitud en recibir a todo el que se arrepiente y cree, su buena disposición de perdonar y absolver al peor de los pecadores. Sus promesas conllevan su poder de cambiar los corazones y transformar nuestra naturaleza corrupta, los incentivos para orar, escuchar el evangelio y acercarnos al trono de la gracia, y las fuerzas para cumplir nuestros deberes. Consuelan en las aflicciones, dan dirección en la perplejidad, ayuda en las enfermedades, consolación en la muerte, fortaleza cuando hemos perdido a un ser querido, felicidad más allá de la tumba y recompensa en la gloria. Para todo esto existe un suministro abundante de promesas en la Palabra. Nadie puede formarse una idea de su abundancia, a menos que analice con cuidado las Escrituras, manteniendo constantemente su atención en el tema. Si alguien lo duda, solo puedo decir: "Ven y ve". Al igual que la reina de Saba en la corte de Salomón, no tardaría en decir: "Yo no lo creía hasta que he venido y mis ojos han visto que ni aun se me dijo la mitad" (1R. 10:7).

    La promesa de nuestro Señor Jesucristo, que encabeza este artículo, es un tanto peculiar. Es singularmente rica en estímulo a todos los que tienen sed espiritual y vienen a él para satisfacerla. Por lo tanto, merece que le demos especial atención.

lunes, 28 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

 (b) Además, el que tiene sed y quiere que Cristo le dé alivio tiene que acudir a él de hecho y en verdad. No basta desear, hablar, tener la intención, resolver y tener esperanza. El infierno, esa realidad horrible, está empedrado de buenas intenciones. Miles de personas se pierden cada año por esta razón, perecen miserablemente estando ya a un solo paso del puerto seguro. Viven con buenas intenciones y con buenas intenciones mueren. ¡Oh, no! ¡Tenemos que "levantarnos y venir"! Si el hijo pródigo se hubiera contentado diciendo "... Espero volver a casa algún día", hubiera permanecido para siempre entre los cerdos. Cuando se levantó y vino a su padre, fue que su padre corrió para encontrarse con él y dijo: "Sacad el mejor vestido y vestidle;... comamos y hagamos fiesta" (Lc. 15:20-23). Como él, tenemos que "volver en sí" y pensar, pero también tenemos que actuar. El hijo pródigo dijo: "Me levantaré e iré". Es necesario acudir al Sumo Sacerdote, a Cristo, de hecho y en verdad. Tenemos que acudir al Médico.

    (c) También, el que tiene sed y quiere acudir a Cristo debe recordar que lo único que se requiere es una fe sencilla. Sí, es bueno acudir con arrepentimiento, con un corazón quebrantado y contrito, pero ni sueñe en confiar en esto para ser aceptado. La fe es la única mano que puede llevar el agua viva a nuestros labios. La fe es el engranaje por medio del cual todo funciona en el tema de nuestra justificación. Está escrito una y otra vez que "todo aquel que en él cree... no se pierde, sino que tiene vida eterna" (Jn. 3:15-16). "Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia" (Ro. 4:5). Bienaventurado es el que puede hacer suyo el principio que contiene aquel himno sin igual:

"Tal como soy de pecador,
sin otra confianza que tu amor,
a tu llamado vengo a ti:
Cordero de Dios, heme aquí".

     ¡Qué simple parece este remedio para la sed! Pero, ¡oh, qué difícil es convencer a algunas personas de que lo reciban! Pídales que hagan algo grande, que mortifiquen su cuerpo o que participen en una peregrinación, que den todos sus bienes para dar de comer a los pobres con el fin de hacer méritos para ser salvos y, seguramente, procurarán hacerlo. Dígales que tiren por la borda toda idea de méritos y salvación por obras, que acudan a Cristo como pecadores vacíos, sin nada en sus manos y, como hizo Naamán, querrán dar media vuelta con desprecio (2 R. 5:12). La naturaleza humana es siempre la misma en todas las épocas. Todavía hay algunas gentes que piensan como los judíos y otras como los griegos. Para los judíos, Cristo crucificado sigue siendo una piedra de tropiezo y para los griegos locura. ¡Esa trágica sucesión nunca ha cesado! Nuestro Señor nunca nos dijo algo más cierto que cuando se refirió a los escribas soberbios en el Sanedrín: "Y no queréis venir a mí para que tengáis vida" (Jn. 5:40).

    Pero, por más simple que parezca este remedio para la sed, es el único que cura la enfermedad espiritual del hombre y el único puente entre la tierra y el cielo. Reyes y súbditos, predicadores y oyentes, amos y siervos, encumbrados y proletarios, ricos y pobres, letrados e iletrados, todos por igual, tienen que beber de esta agua de vida y beberla de manera idéntica. Durante más de dieciocho siglos, los hombres se han esforzado por encontrar algún otro remedio para sus conciencias agotadas, pero se han esforzado en vano. Miles, después de ampollarse las manos, de envejecerse cavando cisternas rotas que no retienen agua (Jer. 2:13), se han visto obligados a volver a la Fuente de antaño y han confesado en sus últimos momentos que sólo en Cristo hay verdadera paz.

    Y por más simple que parezca ser el viejo remedio para la sed, es la raíz de la vida interior de todos los más grandes siervos de Dios en todas las épocas. ¿Qué han sido los santos y mártires a lo largo de la historia de la Iglesia, sino hombres que han acudido cada día a Cristo por fe y han encontrado que su "carne es verdadera comida" y que su "sangre es verdadera bebida" (Jn. 6:55)? ¿Qué han sido, sino hombres que vivían la vida de fe en el Hijo de Dios y bebían cotidianamente de la plenitud que hay en él (Gá. 2:20)? Aquí, en todos los casos, los mejores y más auténticos cristianos que han dejado su huella en el mundo, han sido de un mismo sentir. Santos padres y reformadores, teólogos santos anglicanos e inconformistas, sus mejores momentos han dado testimonio uniforme del valor de la Fuente de vida. Separatistas y polémicos, como a veces han sido durante sus vidas, al morir no han estado divididos. En su última lucha con el rey de los terrores, simplemente se han aferrado a la cruz de Cristo, gloriándose únicamente en la "sangre preciosa" y la Fuente disponible para limpiar todo pecado e impureza.

    ¡Qué agradecidos debiéramos estar de que vivimos en un país donde el gran remedio para la sed espiritual es bien conocido, en un país de Biblias abiertas, donde se predica el evangelio y hay abundantes medios de gracia; un país donde aún se proclama la eficacia del sacrificio de Cristo en iglesias más o menos llenas y desde  unos 20.000 púlpitos cada domingo! No apreciamos el valor de nuestros privilegios. Por la propia familiaridad del maná pensamos poco en ello, así como Israel detestaba el "pan tan liviano" en el desierto (Nm. 21:5). Pero abra las páginas de algún filósofo pagano como el incomparable Platón y fíjese cómo andaba a tientas buscando luz como quien anda con los ojos vendados y se cansaba tratando de encontrar la puerta. El campesino más humilde que capta las cuatro "palabras de consuelo", en la liturgia de la Comunión en el Libro de Oraciones (Mt. 11:28; Jn. 3:16; 1T. 1:15; 1 Jn. 2:1,2), sabe más sobre la paz con Dios que el sabio ateniense. Lea los relatos de viajeros y misioneros fidedignos, sobre el estado de los paganos que nunca han oído el evangelio. Lea de los sacrificios humanos en África y las torturas voluntarias horribles de los devotos indostanos y recuerde que todo es resultado de una "sed" no aplacada y un anhelo ciego e insatisfecho de acercarse a Dios. Y entonces, aprenda a ser agradecido porque vive en un país como el suyo. ¡Ay, me temo que Dios tiene una contienda contra nosotros por nuestra ingratitud! Frío y muerto debe ser aquel corazón que puede estudiar las condiciones en África, china e Indostán y no agradecer a Dios porque vive en un país cristiano.

sábado, 26 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

II. El remedio

    Paso ahora del caso supuesto al remedio propuesto. "Si alguno tiene sed", dice nuestro bendito Señor Jesucristo, "venga a mí y beba".

    Hay una sencillez maravillosa en esta breve frase que es imposible admirar demasiado. No tiene ni una palabra cuyo significado literal no sea claro hasta para un niño. No obstante, sencillo como parece, tiene un rico significado espiritual. Como el diamante Kohinoor que usted puede llevar entre el pulgar y el índice, es de un valor incalculable.

    Venir y beber soluciona el gran problema que todos los filósofos de Grecia y Roma no pudieron resolver: "¿Cómo puede el hombre tener paz con Dios? Guárdelo en su memoria junto con otras seis máximas de oro de nuestro Señor:

"Yo soy el pan de vida; el que a Mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en Mí cree, no tendrá sed jamás" (Jn. 6:35).

"Yo soy la luz del mundo; el que Me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn. 8:12).

"Yo soy la puerta; el que por Mí entrare, será salvo" (Jn. 10:9).

"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por Mí" (Jn. 14:6).

"Venid a Mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mt. 11:28).

"Al que a Mí viene, no le echo fuera" (Jn. 6:37).

    Agregue a estos seis textos el que hoy tiene delante de usted. Memorice los siete. Grábelos en su mente y nunca los olvide. Cuando sus pies toquen el frio río, la hora de su muerte, encontrará un valor incalculable en los versículos recién citados.

    Porque, ¿cuál es la sustancia de estas sencillas palabras? Es esta: Cristo es esa Fuente de agua viva que Dios, en su gracia, ha provisto para las almas sedientas. De él, como de la roca que golpeó Moisés, fluye una corriente abundante para todos los que peregrinan por el desierto de este mundo. En él, nuestro Redentor y Sustituto, crucificado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, tenemos una provisión sin fin de todo lo que el hombre puede necesitar: Perdón, absolución, misericordia, gracia, paz, descanso, alivio, consuelo y esperanza.

    Cristo compró esta provisión para nosotros pagándola con su propia sangre preciosa. Para abrir esta fuente maravillosa, sufrió por el pecado. El justo entre los injustos cargó nuestros pecados en su propio cuerpo en el madero. Fue hecho pecado por nosotros, a fin de que pudiéramos ser justicia de Dios en él (1 P. 2:24, 3:18; 2 Co. 5:21). Y ahora ha sido sellado y designado para ser el que da alivio a todos los trabajados y cargados y el Dador del agua viva para todos los sedientos. Su misión es recibir a los pecadores. Se complace en darles perdón, vida y paz. Y las palabras del texto son una invitación que hace a toda la humanidad: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba".

Advertencias y consejos

    La eficacia de un remedio depende mayormente de la manera como se usa. La mejor receta del mejor médico es inútil si no seguimos las instrucciones que la acompañan. Preste atención a la palabra de exhortación, mientras le doy advertencias y consejos acerca de la Fuente de agua viva.

    (a) El que tiene sed y quiere apagarla tiene que acudir a Cristo mismo. Él no se contentará con que asista a su iglesia y participe de sus ordenanzas o que se reúna con su pueblo para orar y alabarle.

    No tiene que limitarse a participar de su Santa Cena ni quedarse satisfecho con abrirle privadamente su corazón a un pastor ordenado. ¡Oh, no! El que se contenta con solo beber estas aguas "volverá a tener sed" (Jn. 4:13). Debe ir más alto, hacer más, mucho más que esto. Tiene que tratar personalmente con Cristo mismo, todo el resto no vale nada sin él. El palacio del Rey, los siervos que le sirven, la sala de banquetes ricamente amoblada, el propio banquete, no son nada, a menos que hablemos con el Rey. Sólo su mano puede quitarnos la carga que llevamos a cuestas y hacernos sentir libres. La mano del hombre puede quitar la piedra del sepulcro y dejar que veamos al muerto, pero nadie más que Jesús puede decirle al muerto: "Ven fuera" (Jn. 11: 41-43). Tenemos que comunicarnos directamente con Cristo.

jueves, 24 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

17. Sed satisfecha

"En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva". Juan 7:37-38

    El texto que encabeza este capítulo contiene uno de esos aforismos de Cristo que merecen ser impresos en letras de oro. Todas las estrellas en el cielo son brillantes y bellas, pero aun un niño puede ver que una estrella es más resplandeciente que otra. "Toda la Escritura es inspirada por Dios" (2 Ti. 3:16), pero frio e insensible es el corazón que no siente que algunos pasajes tienen una riqueza y plenitud única. Este es uno de esos pasajes.

    A fin de poder captar toda su fuerza y hermosura hemos de recordar el lugar, el día y la ocasión a que se refiere el pasaje.

    El lugar era Jerusalén, la metrópolis del judaísmo y bastión de sacerdotes y escribas, de fariseos y saduceos. La ocasión era la Fiesta de los Tabernáculos, una de las grandes fiestas anuales del judaísmo. Si podía, todo buen judío subía al templo de acuerdo con la ley para participar de esta fiesta. El día era "el último... de la fiesta" cuando iban terminando todas las ceremonias, cuando según la tradición, se había sacado agua del estanque de Siloé para echarla solemnemente sobre el altar y lo único que quedaba por hacer era que los adoradores regresaran a sus casas.

    En este momento crítico, nuestro Señor Jesucristo se "puso de pie" en un lugar prominente y habló a la multitud reunida. No dudo de que leía sus corazones. Los veía retirarse con conciencias afligidas y mentes insatisfechas, no habiendo aprendido nada de los fariseos y saduceos, sus maestros ciegos; sólo se llevaban el recuerdo de pomposas e insulsas ceremonias. Los vio, tuvo compasión de ellos y alzó su voz como un heraldo diciendo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba". Dudo que esto sea lo único que dijo en esa memorable ocasión. Sospecho que fue el momento cumbre de su discurso. Pero esta, me imagino, fue la primera frase que brotó de sus labios: "Si alguno  tiene sed, venga a mí y beba". Si alguno quiere agua viva que satisface, venga a Mí.

    Recuerdo a mis lectores que nunca antes ningún profeta ni apóstol, usó un lenguaje como este. "Ven con nosotros", le dijo Moisés a Hobab (Nm. 10:29); "Venid a las aguas", dijo Isaías (Is. 55:1); "He aquí el Cordero de Dios", dijo Juan el bautista (Jn. 1:29); "Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo", dijo Pablo (Hch. 16:31). Pero nadie ha dicho jamás: "Venid a ", excepto Jesús de Nazaret. Este hecho es muy significativo. Cuando dijo: "Venid a mí", sabía y sentía que era el Hijo eterno de Dios, el Mesías prometido, el Salvador del mundo.

    Quiero enfocar la atención del lector en tres puntos que veo en esta expresión de nuestro Señor.

I. Tenemos un caso supuesto: "Si alguno tiene sed".

II. Tenemos un remedio propuesto: "Venga a mí, y beba".

III. Tenemos una promesa ofrecida: "El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva".

    Cada uno de estos puntos se aplica a todo aquel en cuyas manos cae este escrito. Y de cada uno de ellos, tengo algo que exponer.

I. El problema

    En primer lugar tenemos un caso supuesto. Dice el Señor: "Si alguno tiene sed". 

    La sed física es notoriamente la sensación más dolorosa que puede tener el hombre. Lea la historia de los que viven en la miseria en el pozo negro de Calcuta. Pregúntele a cualquiera que haya viajado por las llanuras del desierto bajo un sol tropical. Escuche lo que cualquier viejo soldado le diría acerca de la peor necesidad de los heridos en batalla. Recuerde la sed que sufren los tripulantes de barcos perdidos en el océano durante días en embarcaciones sin agua. Recuerde las tristes palabras del hombre rico de la parábola: "Envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama" (Lc. 16:24). El testimonio es invariable. No hay nada tan terrible y difícil como tener que aguantar la sed.

    Pero si la sed física es tan dolorosa, ¡cuánto más lo es la sed del alma! El sufrimiento físico no es la peor parte del castigo eterno. Es poca cosa, aun en este mundo, comparado con el sufrimiento de la mente y el hombre interior. Conocer el valor de nuestras almas y enterarnos de que estamos en peligro de una ruina eterna, sentir la carga del pecado no perdonado, no saber a dónde recurrir para conseguir alivio, tener una conciencia enferma e intranquila y no saber cómo remediarlo; descubrir que nos estamos muriendo, muriendo cada día sin estar preparados para encontrarnos con Dios, ni tener un concepto claro de nuestra propia culpa e impiedad y, no obstante, no tener idea de una absolución, es el peor de los dolores. ¡Ese dolor se extiende por toda el alma y el espíritu y traspasa las coyunturas y la médula de los huesos! Esta, sin duda, era la sed a la cual se está refiriendo el Señor. Es la sed de perdón, de absolución y de paz con Dios. Es la ansiedad de una conciencia realmente viva, anhelando satisfacción sin saber dónde encontrarla, caminando por lugares áridos y sin poder descansar.

    Esta es la sed que sentían los judíos cuando Pedro predicó el día de pentecostés. Está escrito que "se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?" (Hch. 2:37).

    Esta es la sed que sentía el carcelero de Filipos cuando despertó a la conciencia de su peligro espiritual y sintió el terremoto que hizo que se abrieran las puertas de la cárcel. Está escrito que "temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?" (Hch. 16:29, 30).

    Esta es la sed que muchos de los siervos más grandes de Dios parecían tener cuando la luz iluminaba sus mentes. Agustín buscando descanso entre herejes maniqueos sin encontrarlo. Lutero buscando la verdad entre los mones del monasterio en Érfurt. John Bunyan agonizando en medio de dudas y conflictos en su casita en Elstow, George Whitefield gimiendo bajo las austeridades que él mismo se impuso por falta de una enseñanza clara, cuando estudiaba en la Universidad de Oxford, han dejado registrada su experiencia. Creo que todos ellos sabían lo que nuestro Señor quiso decir cuando habló de "sed".

    Y creo que no es demasiado, decir que todos deberíamos saber algo de esta sed, aunque no tanto como Agustín, Lutero, Bunyan o Whitefield. Viviendo como vivimos en un mundo moribundo...

- sabiendo como sabemos, y lo admitimos, que hay un mundo después de la muerte, y que después de la muerte viene el Juicio,

- sintiendo como lo sentimos, aun en nuestros mejores momentos, que somos criaturas defectuosas, inestables, débiles y pobres, y no aptas para encontrarnos con Dios.

- conscientes en lo profundo de nuestro corazón que nuestro lugar en la eternidad depende del uso de nuestro tiempo...

Deberíamos sentir algo de "sed" por tener paz con el Dios Viviente.

    ¡Pero , ay, nada prueba más contundentemente la naturaleza caída del hombre como la falta general y común de sed espiritual! La gran mayoría de las personas en este momento están sedientas de dinero, poder, placer, posición, honra y distinción. Perseguir esperanzas vanas, escarbar buscando oro, irrumpir en una peligrosa brecha, abrirse paso en el hielo para llegar al Polo Norte, son empresas para las cuales no faltan aventureros y voluntarios. ¡La competencia es intensa e incesante para alcanzar esas coronas corruptibles! En comparación, son pocos los que tienen se de alcanzar la vida eterna. No asombra, entonces, que la Biblia llame al hombre natural "muerto", "dormido", "ciego" y "sordo". No es de extrañar que diga que el hombre necesita un nuevo nacimiento y una nueva creación. No hay síntoma más seguro de mortificación de la carne que la pérdida de todo sentimiento. No hay señal más dolorosa de un alma enferma que la ausencia total de sed espiritual. Ay del hombre de quien el Salvador puede decir: "Y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo" (Ap. 3:17).

    Pero, ¿quién entre mis lectores siente la carga del pecado y ansía paz con Dios? ¿Quién realmente es sensible a la confesión en nuestro Libro de Oraciones cuando dice: "He errado y me he apartado como una oveja perdida, no hay nada sano en mí, soy un despreciable ofensor"? ¿Quién entre mis lectores participa de la Cena del Señor y puede decir sinceramente: "El recuerdo de mis pecados es doloroso, y su carga es intolerable"? Si es usted uno de estos últimos, usted es el hombre que debe dar gracias a Dios. Un sentido de pecado, culpa y pobreza del alma, es la primera piedra que coloca el Espíritu Santo cuando edifica un templo espiritual. Convence de pecado. La luz fue lo primero creado en el mundo material  (Gn. 1:3). La luz en cuanto a nuestra propia condición es la primera obra en la nueva creación.

    Alma sedienta, lo repito, usted es quien debiera dar gracias a Dios. El reino de Dios está cerca. No es cuando empezamos a sentirnos bien, sino cuando nos sentimos mal, que damos el primer paso hacia el cielo. ¿Quién le enseñó que estaba desnudo? ¿De dónde vino esa luz interior? ¿Quién le abrió los ojos y le hizo ver y sentir? Sepa este día que no fue ni la carne ni la sangre las que le han revelado estas cosas, sino nuestro Padre que está en los cielos. Las universidades pueden conferir títulos y las escuelas pueden impartir conocimiento de todos los misterios, pero no pueden hacer que los hombres sientan su pecado. Percibir nuestra necesidad espiritual y sentir verdadera sed espiritual es el A-B-C de la fe salvadora.

    Fue muy acertado lo que dijo Eliú en el libro de Job: "Él mira sobre los hombres; y al que dijere: Pequé, y pervertí lo recto, y no me ha aprovechado, Dios redimirá su alma para que no pase al sepulcro, y su vida verá en luz" (Job 33:27-28). No se avergüence el que sabe algo de la "sed" espiritual. Por el contrario, levante la cabeza y comience a tener esperanza. Pídale a Dios que siga haciendo la obra que ha comenzado en usted y le haga sentir más sed.

martes, 22 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

III. ¿Está usted "sin Cristo"?

    (a) Le pido ahora a todo el que ha leído este capítulo entero que se examine y determine exactamente su propia condición. ¿Está usted sin Cristo?

    No deje que pase la vida sin pensar reflexivamente y auto examinarse. No puede seguir siempre en la condición en que se encuentra ahora. El día vendrá cuando comer, beber, dormir, vestirse, divertirse y gastar dinero acabará. Vendrá un día cuando su lugar estará vacío y se hablará de usted como alguien que partió para siempre. ¿Y dónde estará entonces, si ha vivido sin pensar en su alma, sin Dios y sin Cristo? ¡Oh, recuerde que es mil veces mejor estar sin dinero, salud, amigos, compañía, y alegría que estar sin Cristo!

    (b) Si ha vivido sin Cristo hasta ahora, le invito con todo cariño que cambie de dirección sin demora. Busque al Señor Jesús mientras puede ser hallado (Is. 55:6). Llámelo en tanto está cercano. Está sentado a la diestra de Dios y puede salvar a todo el que acude a él, no importa lo pecador e indiferente que pueda haber sido. Está sentado a la diestra de Dios, dispuesto a escuchar la oración de todo el que siente que su vida pasada ha sido equivocada y quiere arreglar su situación. Busque a Cristo, busque a Cristo sin demora. Conózcalo. No le dé vergüenza recurrir a él. Sea usted este año amigo de Cristo y dirá que es el año más feliz de su vida.

    (c) Si usted ya es un amigo de Cristo, lo exhorto a ser agradecido. ¡Desarrolle un sentido más profundo de la misericordia infinita que es tener un Salvador Todopoderoso, derecho al cielo, una patria celestial que es eterna y un Amigo que nunca muere! ¡Qué consuelo es pensar que tenemos en Cristo algo que nunca podemos perder!

    Desarrolle un sentido más profundo de la condición lastimosa de los que están "sin Cristo". Muchas veces nos recuerdan a los que no tienen alimentos, ropa, escuelas o iglesias. Compadezcámonos de ellos y ayudémosles todo lo que podamos. Pero no olvidemos nunca que hay personas cuya condición es mucho peor. ¿Quiénes son? ¡Los que están "sin Cristo"!

    ¿Tenemos familiares "sin Cristo"? Sintamos compasión por ellos, oremos por ellos, hablemos con el Rey acerca de ellos y procuremos recomendarles el evangelio. No dejemos piedra sin mover en nuestros esfuerzos por llevarlos a Cristo. ¿Tenemos vecinos "sin Cristo"? Esforcémonos cada día para que sus almas sean salvas. La noche viene cuando nadie puede obrar.

    Feliz aquel que vive con la permanente convicción de que estar "en Cristo" significa paz, seguridad y felicidad, y que estar "sin Cristo" es estar al borde de la destrucción.

lunes, 21 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

    Existe sólo una esperanza que tiene raíces, vida, potencia y solidez, y esa es la esperanza edificada sobre la gran roca de la obra de Cristo y de su redención. "Nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo" (1 Co. 3:11). Todo el que edifica sobre esta piedra angular, "no será avergonzado". Esta esperanza se basa en una realidad. Responde positivamente cuando se la examina y analiza. Tiene respuesta para cualquier pregunta. Sondéela de principio a fin y no encontrará en ella ni un defecto. Cualquier otra esperanza fuera de esta, no tiene ningún valor. Como las fuentes de agua que se secan en el verano, fallan cuando el hombre más las necesita (1 R. 17:3-7). Son como barcos defectuosos que parecen buenos mientras están anclados en el puerto, pero cuando los vientos y las olas del mar empiezan a ponerlos a prueba, se descubre su mal estado y se hunden bajo el agua. No hay ninguna esperanza valedera sin Cristo, y estar "sin Cristo" es estar "sin esperanza" (Ef. 2:12).

    (d) Por otra parte, estar sin Cristo es estar sin el cielo. Al decir esto no quiero decir solamente que no hay entrada al cielo, sino que "sin Cristo" no podría haber ninguna felicidad al estar allí. El hombre sin su Salvador y Redentor nunca se sentiría cómodo en el cielo. Sentiría que no tiene ningún derecho de estar allí; sería imposible que se sintiera valiente, confiado y tranquilo. En medio de la pureza y la santidad de los ángeles, bajo los ojos de un Dios puro y santo, no podría levantar la cabeza, se sentiría confundido y avergonzad. La esencia de todos los conceptos correctos del cielo es que allí está Cristo.

    ¿Hay alguno que sueña con un cielo en el que Cristo no tiene un lugar? Despierte de su locura. Sepa que en cada descripción del cielo que la Biblia contiene, la presencia de Cristo es esencial. "En medio del trono", dice Juan, "estaba en pie un Cordero como inmolado". El trono mismo de Dios es llamado "el trono de Dios y del Cordero". El Cordero es la luz del cielo y el templo de él. Los santos que moran en el cielo han de ser alimentados por el Cordero y él mismo "los guiará a fuentes de aguas de vida". A la reunión de los santos en el cielo se le llama "las bodas del Cordero" (Ap. 5:6; 22:3; 21:22-23; 7:17; 19:9). Un cielo sin Cristo no sería el cielo de la Biblia. Estar "sin Cristo" es estar "sin cielo".

    Me sería fácil agregar otras cosas. Le diría que estar sin Cristo es no tener vida, no tener fortaleza, no tener seguridad, no tener un fundamento, no tener un amigo en el cielo y no tener justicia. ¡No hay nadie en peores condiciones que los que están sin Cristo!

    El Señor Jesús tiene el propósito de ser para el alma del hombre lo que el arca fue para Noé, lo que el cordero pascual fue para Israel en Egipto, lo que el maná, la piedra golpeada, la serpiente de bronce, la columna de nube y fuego, el chivo expiatorio fueron para las tribus en el desierto. ¡No hay peores desamparados que los que están sin Cristo!

    Lo que la raíz es para las ramas, lo que el aire es para nuestros pulmones, lo que el alimento y el agua son para nuestro cuerpo, lo que el sol es para la Creación, todo esto y mucho más tiene Cristo, el propósito de ser para nosotros. ¡Nadie es tan indefenso, nadie es tan digno de lástima como el que está sin Cristo!

    Reconozco que si no existieran cosas como las enfermedades y la muerte, si los hombres y mujeres nunca envejecieran y vivieran sobre esta tierra para siempre, el tema de este capítulo no tendría ninguna importancia. Pero todos sabemos que las enfermedades, la muerte y el sepulcro son tristes realidades.

    Si esta vida fuera todo, si no hubiera un juicio, ni el cielo, ni el infierno, ni la eternidad, sería una pérdida de tiempo molestarse con preguntas como la de este capítulo. Pero usted tiene una conciencia. Sabe bien que viene el día más allá de la tumba cuando tendrá que rendir cuentas. Todavía hay un Día del Juicio por venir.

    El tema de este capítulo no es un asunto superficial. No es poca cosa ni carece de valor. Demanda l atención de cada persona sensata. Es la raíz misma de aquella cuestión de primordial importancia que es la salvación de nuestras almas. Estar "sin Cristo" es ser el más miserable de los hombres.

domingo, 20 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

II. La verdadera condición del hombre "sin Cristo"

    Ahora quiero considerar otro tema. ¿Cuál es la verdadera condición del hombre "sin Cristo"?

    Este es un aspecto de nuestro tema que demanda una atención muy especial. Estaré muy agradecido si logro explicarlo en toda su dimensión. Me es fácil imaginar a algún lector diciendo para sus adentros: "Supongamos que estoy sin Cristo, ¿qué mal hay en eso? Espero que Dios sea misericordioso. No soy peor que otros. Confío en que al final todo saldrá bien". Escúcheme y, con la ayuda de Dios, trataré de hacerle ver que vive tristemente engañado. "Sin Cristo" nada saldrá bien, sino todo desesperadamente mal.

    (a) En primer lugar, estar sin Cristo es estar sin Dios. Así se lo dijo directamente el apóstol a los efesios. Termina la famosa frase con la que comenzó: "Estabais sin Cristo", afirmando que estaban "sin Dios en el mundo". ¿Y a quién le puede sorprender esto? Al que tiene un concepto muy pobre de Dios, que no lo concibe como un Ser espiritual, glorioso y puro. Al que está tan ciego que no ve que la naturaleza humana es corrupta, pecaminosa y vil. Entonces, ¿cómo puede un gusano como el hombre acercarse a Dios con confianza? ¿Cómo puede levantar sus ojos a él con confianza y sin sentir temor? ¿Cómo puede hablarle, relacionarse con él? ¿Cómo puede tener expectativas de morar con él tranquilo y sin motivo para alarmarse? Es necesario que haya un Mediador entre Dios y el hombre y, únicamente uno, puede serlo. El único es Cristo.

    ¿Habla alguno de ustedes de la misericordia de Dios y el amor de Dios separada e independientemente de Cristo? Las Escrituras no registran un amor y una misericordia tal. Sepa cada uno que Dios, separadamente de Cristo, es un "fuego consumidor" (He. 12:29).

    Incuestionablemente es misericordioso, rico en misericordia, abundante en misericordia. Pero su misericordia está conectada, inseparablemente, con la mediación de su Hijo amado, Jesucristo. Tiene que fluir a través de él, el canal escogido, o no fluye para nada. Escrito está: "El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió". "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Jn. 5:23; 14:6). Estar "sin Cristo" es estar sin Dios.

    (b) En segundo lugar, estar sin Cristo es estar sin paz. Cada ser humano tiene una conciencia en su interior que tiene que ser satisfecha antes de poder ser realmente feliz. Mientras que esta conciencia está dormida o casi muerta, le va bastante bien. Pero en cuanto despierta la conciencia del hombre y comienza a pensar en sus pecados pasados, sus fracasos del presente y el juicio en el futuro, descubre inmediatamente que necesita algo que le dé tranquilidad interior. Pero, ¿qué es lo que puede dársela? Puede probar arrepentirse, orar, leer la Biblia, asistir a la iglesia, participar de las ordenanzas y mortificar la carne, pero será en vano. Nada de esto, jamás, ha quitado la carga de la conciencia de nadie. ¡No obstante, la paz es posible!

    Sólo una cosa puede dar paz a la conciencia y esta es la sangre de Jesucristo rociada sobre ella. Una comprensión clara de que la muerte de Cristo fue, de hecho, la paga de nuestra deuda con Dios y que se le adjudica el mérito de su muerte al hombre cuando cree, es el gran secreto de la paz interior. Satisface cada ansiedad de la conciencia. Contesta cada acusación. Calma todo temor. Escrito esta: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz". "Él es nuestra paz". "Justificados, pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo" (Jn. 16:33; Ef. 2:14; Ro. 5:1). Tenemos paz por medio de la sangre de su cruz: Paz como una mina profunda, paz como un arroyuelo con una corriente eterna. Pero "sin Cristo" no hay paz.

    (c) Además, estar sin Cristo es estar sin esperanza. Casi todos tienen esperanza de un tipo u otro. Raramente encontraremos a alguien que afirme contundentemente que no tiene ninguna esperanza para su alma. ¡Pero cuán pocos son los que pueden dar "razón de la esperanza que hay en ellos" (1 P. 3:15)! ¡Cuán pocos pueden explicarla, describirla y mostrar en qué se basa! ¡Cuánta de la esperanza de muchos no es más que un sentimiento incierto y vacío, que en la enfermedad y en la hora de la muerte prueba ser completamente inútil para consolar o para salvar!

sábado, 19 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 (c) Tengo una cosa más que decir. Uno está "sin Cristo" cuando no se ve la obra del Espíritu Santo en su vida. ¿Quién puede evitar ver, si observa en su derredor, que hay miríadas de cristianos profesantes que no saben nada de la conversión interior del corazón? Estos le dirán que creen en la religión cristiana, van al culto con alguna regularidad, creen que es correcto casarse y ser sepultado con todas las ceremonias de la iglesia y se ofenderían profundamente si alguien dudara de que sean cristianos. Pero, ¿dónde se puede ver el Espíritu Santo en sus vidas? ¿A qué dan su corazón y sus afectos? ¿Qué factores se destacan en sus gustos, sus hábitos y sus costumbres? ¡Ay, sólo puede haber una respuesta! No saben nada de la obra renovadora y santificadora del Espíritu Santo por experiencia. Siguen muertos para Dios. La condición de todos estos se resume en tres palabras: Están "sin Cristo".

    Sé también que hay pocos que lo admiten. La gran mayoría dirá que es extremista, una locura y exageración pedir tanto del cristiano y exigir que tenga que haber una conversión en cada uno. Dirán que es imposible lograr la norma elevada a la cual acabo de referirme, estando todavía en el mundo, y que se puede ir al cielo sin ser tan santo. A todo esto sólo respondo: ¿Qué dicen las Escrituras? ¿Qué dice el Señor? Escrito está: "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". "Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos". "El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo". "Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él". (Jn. 3:3; Mt. 18:3; 1 Jn. 2:6; Ro. 8:9). Las Escrituras no se pueden quebrantar. Si algo significan las palabras bíblicas, entonces estar sin el Espíritu es estar "sin Cristo".

    Dejo con usted las tres proposiciones que acabo de presentar para que las analice reflexivamente y con espíritu de oración. Fíjese bien en la conclusión de cada una. Examine bien todos sus aspectos. Es absolutamente necesario tener parte con Cristo para salvación y el conocimiento, la fe y la gracia del Espíritu Santo. El que no los tiene está "sin Cristo".

    ¡Cuán tristemente ignorantes son muchos! No saben literalmente nada del cristianismo. Para ellos Cristo, el Espíritu Santo, la fe, la gracia, la conversión y santificación son sólo "palabras y nombres". No podrían explicar bajo ningún concepto lo que significan. ¿Puede tal ignorancia llevar a alguien al cielo? ¡Imposible! ¡No tener conocimiento, es estar "sin Cristo"!

    ¡Qué lastimosamente farisaicos son muchos! Hablan muy satisfechos de sí mismos acerca de haber "cumplido su deber", de ser "buenos con todo el mundo", de ser "fieles a su iglesia" y de "nunca haber hecho nada realmente malo" como otros y que, por lo tanto, ¡están seguros de que irán al cielo! No parece tener ningún lugar en sus creencias el sentido profundo de pecado y la fe sencilla en la sangre y el sacrificio de Cristo. Todo lo que dicen se trata de hacer y nunca de creer. ¿Y llevará a alguien al cielo este fariseísmo? ¡Nunca! ¡No tener fe, es estar "sin Cristo"!

    ¡Cuán tristemente impíos son muchos! Viven en un abandono habitual del Día del Señor, de la Biblia del Señor y de las ordenanzas del Señor. No les importa hacer las cosas que Dios ha prohibido terminantemente. Viven siempre contrariando los mandamientos de Dios. Entonces, ¿puede semejante impiedad terminar en salvación? ¡Imposible! ¡No tener al Espíritu Santo es estar "sin Cristo"!

    Sé muy bien que, a primera vista, estas afirmaciones parecen duras, fuertes, ásperas y severas. Pero, al final de cuentas, ¿acaso no constituyen la verdad de Dios que nos ha sido revelada en las Escrituras? De ser así, ¿no hemos de darlas a conocer? Si algo sé de mi propio corazón, es que anhelo por sobre todas las cosas, magnificar las riquezas del amor de Dios por los pecadores. Ansío contarle a toda la humanidad acerca de la abundancia de misericordia y benevolencia en el corazón de Dios para todo aquel que las busque. ¡Pero no encuentro en ninguna parte, que diga que la persona ignorante, incrédula y no convertida tendrá parte con Cristo! Si me equivoco, agradeceré a cualquiera que pueda mostrarme un camino más excelente. Pero hasta que alguien lo haga, mantendré firmemente las posiciones que ya he presentado. No me atrevería a apartarme de ellas, no suceda que sea hallado culpable de manejar engañosamente la Palabra de Dios. No me atrevería a quedarme en silencio en cuanto a ellas, no sea que alguno se perdiera por mi culpa. ¡La persona sin conocimiento, sin fe y sin el Espíritu Santo es una persona "sin Cristo"!

viernes, 18 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

16. "Sin Cristo"

"Estabais sin Cristo". Efesios 2:12

    El texto que encabeza este capítulo describe la condición de los efesios antes de llegar a ser cristianos. Pero eso no es todo. Describe el estado de cada hombre y mujer en el mundo que no se ha convertido a Dios. ¡No puedo imaginarme una condición peor! Ya es bastante malo no tener dinero, ni salud, ni casa, ni amigos. Pero es mucho peor estar "sin Cristo".

    Examinemos el texto y veamos qué contiene. Quién sabe si puede ser un mensaje de Dios para algún lector de este libro.

I. Cuando un hombre está "sin Cristo".

    Consideremos, en primer lugar, cuándo se puede afirmar que el hombre está "sin Cristo". Yo no inventé la expresión "sin Cristo". Yo no acuñé las palabras, sino que fueron escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo. San Pablo las usó cuando les estaba recordando a los cristianos de Éfeso cómo había sido su condición anterior, antes de que oyeran el evangelio y creyeran. Ignorantes y en tinieblas, habían estado inmersos en idolatría y paganismo, y eran adoradores de la diosa falsa Diana. Pero no menciona nada de esto. Parece pensar que esto describiría sólo parte de su condición. Entonces, traza un cuadro cuya primera característica es la expresión: "En aquel tiempo estabais sin Cristo"(Ef. 2:12). Ahora bien, ¿qué quiere decir esta expresión?

(a) Uno está "sin Cristo" cuando no tiene ningún conocimiento intelectual de él. Son millones los que se encuentran en esta condición. No saben quién es Cristo, ni lo que hizo, ni lo que enseñó, ni por qué fue crucificado, no saben dónde está ahora ni lo que él es para la humanidad. En suma, no saben nada de él. Los paganos, por supuesto, que nunca han escuchado el evangelio, son los primeros que caben dentro de esta descripción. Pero, lamentablemente, no son los únicos.

    Hay miles de personas en nuestro país, hoy mismo, que no tienen ideas más claras sobre Cristo que los propios paganos. Pregúnteles qué saben acerca de Cristo y se sorprenderá de ver las tinieblas que ciegan sus mentes. Visítelos en su lecho de muerte y verá que no saben más de Cristo que de Mahoma. Hay miles así en el campo y miles en las ciudades. Ya sea en la ciudad o en el campo, todas esas personas tienen en común que están "sin Cristo".

    Sé que algunos teólogos modernos no comparten mi opinión. Nos dicen que toda la humanidad tiene parte con Cristo, lo conozcan o no. ¡Afirman que todos los hombres y mujeres, por más ignorantes que sean en vida, serán llevados al cielo por la misericordia de Cristo cuando mueran! Creo firmemente que tales creencias no coinciden con la Palabra de Dios. Escrito está: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Jn. 17:3). Una característica de los impíos, de quienes se vengará en el día final, es que "no conocieron a Dios" (2 Ts. 1:8). Un Cristo desconocido no es un Salvador. ¿Cuál será la condición de los paganos después de la muerte? ¿Cómo serán juzgados los que nunca han oído el evangelio? ¿De qué manera se conducirá Dios con los ignorantes e iletrados? Todas estas preguntas no son de nuestra incumbencia. Podemos estar seguros de lo que dice la Palabra: "El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?" (Gn. 18:25). Pero no contradigamos lo que dice la Biblia. Si las palabras de la Biblia algo significan, no saber de Cristo es estar "sin Cristo".

    (b) Pero esto no es todo. Uno está "sin Cristo" cuando su corazón no confía en él como su Salvador. Es posible saber intelectualmente todo acerca de Cristo y, aun así, no confiar en él. Hay multitudes que se saben de memoria todos los artículos del Credo y pueden recitar sin vacilar que "nació de la virgen María, sufrió bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, murió y fue sepultado". Lo aprendieron en la escuela. Lo tienen grabado en su memoria. Pero no aprovechan su conocimiento. Confían en algo que no es "Cristo". Esperan ir al cielo porque son de buena moralidad, excelente conducta, porque dicen sus oraciones y asisten a la iglesia, porque han sido bautizados y participan de la Cena del Señor. Pero no saben nada de una fe viva en la misericordia de Dios a través de Cristo, no tienen una confianza real e inteligente en la sangre, justicia e intercesión de Cristo. Acerca de tales personas puedo decir una cosa: Están "sin Cristo".

    Sé que muchos no quieren reconocer la verdad de lo que acabo de expresar. Hay quienes dicen que todos los bautizados son miembros de Cristo en virtud de su bautismo. Otros dicen que donde hay conocimiento intelectual, no tenemos derecho a cuestionar la relación con Cristo. Tengo sólo una respuesta para estas maneras de pensar. La Biblia nos prohíbe afirmar que alguien esté unido a Cristo mientras no cree. El bautismo no es prueba de que estemos unidos a Cristo. Simón el Mago fue bautizado y, no obstante, le fue dicho claramente: "No tienes tú parte ni suerte en este asunto" (Hch. 8:21). Conocer a Cristo intelectualmente no es prueba de que estamos unidos a él. Los demonios conocían bien a Cristo, pero no tenían parte con él. Dios sabe desde toda la eternidad quiénes son de él. Pero el hombre no sabe nada de la justificación de nadie hasta que cree. La pregunta que importa es: "¿Cree usted?" Escrito está: "El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él". "El que no creyere, será condenado" (Jn. 3:26; Mr. 16:16). Si algo significan las palabras bíblicas, entonces, no tener fe es estar "sin Cristo".

jueves, 17 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(b) En segundo lugar, si no ama a Cristo, le diré directamente cuál es la razón. Usted no tiene conciencia de que le debe algo a él. No siente ninguna obligación hacia él. No recuerda haber recibido nada de él. Si este es el caso, es lógico que no lo ama.

    Existe un solo remedio para su condición. Ese remedio es conocerse a sí mismo y la enseñanza del Espíritu Santo. Los ojos de su entendimiento tienen que abrirse. Tiene que analizar quién es por naturaleza. Tiene que descubrir ese gran secreto, su culpabilidad y vaciedad a la vista de Dios.

    Quizá usted nunca lee su Biblia u, ocasionalmente, lee algún capítulo simplemente como un formulismo, sin interés, sin comprender y sin hacer una aplicación práctica a su vida. Siga hoy mi consejo y cambie su manera de ser. Comience a leer la Biblia reflexivamente y no descanse hasta familiarizarse con ella. Lea lo que la ley de Dios requiere, tal como lo explica el Señor Jesús en el capítulo cinco de Mateo. Lea cómo Pablo describe a la naturaleza humana en los dos primeros capítulos de su Epístola a los Romanos. Estudie pasajes como estos con espíritu de oración para recibir la enseñanza del Espíritu y luego diga si es un deudor a Dios o no. Pregúntese si es un gran deudor que necesita un Amigo como Cristo.

    Quizá nunca ha sabido usted nada de la oración real y profunda. Está acostumbrado a tratar el cristianismo como asunto de las iglesias, congregaciones, prácticas, cultos y domingos, pero no como algo que requiere la atención seria y sentida del hombre interior. Siga hoy mi consejo y cambie su manera de pensar. Comience el hábito de rogar a Dios por su alma con sinceridad y de todo corazón. Pídale que le dé luz, enseñanza y autoconocimiento. Suplíquele que le muestre lo que necesita saber para la salvación de su alma. Haga esto con todo su corazón y su alma, y no dudo que pronto sentirá que necesita a Cristo.

    El consejo que le doy puede parecer simple y trillado. No lo rechace por esa razón. Es el sendero antiguo que millones han transitado ya y, felizmente, han encontrado paz para sus almas. No amar a Cristo es estar en peligro inminente de ruina eterna. Ver que necesita a Cristo y la asombrosa deuda que tiene con él es el primer paso para amarlo. Conocerse a sí mismo y comprender su verdadera condición ante Dios es la única manera de ver su necesidad. Escudriñar el Libro de Dios y pedirle luz en oración es el rumbo correcto para obtener un conocimiento salvador. No se crea demasiado superior, negándose a seguir el consejo que le doy. Sígalo y sea salvo.

    (c) En último lugar, si quiere aprender algo acerca de amar a Cristo, acepte dos palabras de consolación y consejo. Quiera Dios que le hagan bien.

    Para empezar, si ama a Cristo, de hecho y en verdad, regocíjese pensando que tiene una buena evidencia con respecto al estado de su alma. El amor es una evidencia de la gracia. ¿Qué, si alguna vez siente dudas? ¿Qué, si le resulta difícil decir si su fe es genuina y su gracia auténtica? ¿Qué, si su vista está tan borrosa por las lágrimas que no puede distinguir claramente su llamado y elección de Dios? Aun así, hay razón para tener esperanza y fuerte consolación si su corazón puede testificar que ama a Cristo. Donde hay verdadero amor, hay fe y gracia. No lo amaría usted si él no hubiera hecho algo por usted. Su amor es una muestra positiva.

    En segundo lugar, si ama a Cristo no se avergüence de que los demás lo vean y lo sepan. Hable en nombre de él. Testifique de él. Viva para él. Trabaje para él. Si Él lo ha amado y limpiado de los pecados con su propia sangre, no se mantenga callado acerca de lo que siente, y devuelva su amor. "Dígame", le dijo un inglés insensato e incrédulo a un indio norteamericano convertido: "Dígame, ¿por qué le da tanta importancia a Cristo y por qué habla tanto de él? ¿Qué ha hecho este Cristo por usted para que lo alabe tanto?" El indio no le respondió con palabras. Juntó hojas y musgos secos y formó un círculo con ellos. Luego tomó un gusano y lo puso en el centro del círculo. Encendió un fósforo y prendió fuego a las hojas y el musgo. Pronto las llamas corrieron por todo el círculo y el gusano empezó a encogerse y retorcerse de dolor y, después de tratar en vano de encontrar una salida, se hizo un ovillo en el centro, como en agonía. En ese momento, el indio extendió la mano, levantó suavemente al gusano y lo puso en su regazo. "¿Ve este gusano?", le preguntó al inglés y siguió diciendo: "Yo era esa criatura a punto de perecer. Me estaba muriendo en mis pecados, sin esperanza, indefenso y al borde de un fuego eterno. Jesucristo fue quien extendió su brazo poderoso. Jesucristo fue quien me liberó con la mano de su gracia e impidió que ardiera en un fuego eterno. Jesucristo fue quien me guardó a mí, un pobre gusano pecador, cerca del corazón de su amor. Así que, señor, esa es la razón que tengo para hablar de Jesucristo y alabarle tanto. No me avergüenzo de él porque lo amo".

    Si hemos de saber algo del amor de Cristo, ¡sepamos lo que sabía este indio! ¡Dios quiera que nunca pensemos que amamos a Cristo demasiado, que vivimos para él demasiado, que lo confesamos con demasiada valentía ni que nos entregamos a él con demasiada consagración! De todas las cosas que nos sorprenderán en el día de la resurrección, creo que lo que más nos sorprenderá es que no amamos más a Cristo antes de morir.

miércoles, 16 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

    Quizá ha tenido un hijo querido en el ejército en tiempo de guerra. Quizá le tocó pelear en esa guerra y estar en el fragor de las batallas. ¿Recuerda cuán fuertes y llenos de ansiedad fueron sus sentimientos hacia ese hijo? ¡Eso era amor!

    Quizá sabe lo que es tener a un esposo amado en la marina que, a menudo, tiene que ausentarse por muchos meses y, aun años. ¿Recuerda con qué intensidad lo extrañaba durante ese tiempo de separación? ¡Eso era amor!

    Quizá tenga en este momento a un hermano querido en Londres, por primera vez en medio de las tentaciones de la gran ciudad, con el fin de abrirse camino en el mundo de los negocios. ¿Cómo resultará? ¿Qué tal le irá? ¿Volverá a verlo alguna vez? ¿Ve con cuánta frecuencia piensa en su hermano? ¡Eso es afecto!

    Quizá está usted comprometido con una persona con quien congenia. Pero por prudencia aplaza el matrimonio por tiempo indefinido y su trabajo lo lleva lejos de su prometida. ¿No es cierto que ella está siempre en sus pensamientos? ¿No es cierto que le hace feliz saber de ella, recibir sus noticias y que anhela verla? ¡Eso es afecto!

    Hablo de cosas que le son familiares a todos. No tengo que seguir hablando de ellas. Son cosas que todos conocen. En todo el mundo las entienden. No hay ninguna rama de l familia de Adán que no sepa algo del afecto y del amor entre las personas. Entonces, nunca se diga que no podemos saber si un cristiano ama realmente a Cristo. Se puede saber, se puede descubrir, las directrices ya están en sus manos. Las acaba de leer. Amar al Señor Jesucristo no es algo escondido, secreto e impalpable. Es como el sonido, se oye. Es como el calor, se siente. Donde hay amor, el amor no puede ser escondido. Donde no se puede ver, dé por seguro que no existe.

    Ha llegado el momento de ir terminando este capítulo. Pero no puedo hacerlo sin antes hacer un esfuerzo por grabar en su conciencia el tema que estamos enfocando. Lo hago con amor y afecto. Mi anhelo y oración a Dios, al escribir esto, es hacerle un bien a su alma.

    (a) Para empezar, le pido una cosa: Que reflexione en la pregunta que Cristo le hizo a Pedro y trate de contestarla pensando que va dirigida a usted. Léala y recapacite. Examínela con cuidado. Contéstela con veracidad. Después de haber leído todo lo que he escrito sobre ella,

    Responderme que cree las verdades del cristianismo y las doctrinas de la fe cristiana, no es una respuesta aceptable. Semejante fe nunca salvará su alma. En cierto modo, los demonios creen y tiemblan (Stg. 2:19). El cristianismo auténtico y salvador no se trata de creer cierto conjunto de opiniones, ni de profesar una serie de nociones. Su esencia es conocer, confiar y amar a cierta Persona viviente que murió por nosotros: Amar a Cristo el Señor. Los cristianos primitivos como Febe, Pérsida, Trifosa, Gayo y Filemón, poco o nada sabían de teología dogmática. Pero todos compartían esta característica primordial: Amaban a Cristo.

    No es una respuesta aceptable decirme que usted no aprueba una religión basada en sentimientos. Si quiere dar a entender que no le gusta la religión basada exclusivamente en los sentimientos, coincido totalmente con usted. Pero si se está refiriendo a una que descarta todo sentimiento, poco sabe del cristianismo.

    La Biblia nos enseña claramente que alguien puede tener buenos sentimientos, sin tener nada de cristiano. De igual modo, nos enseña que nadie puede ser un verdadero cristiano, si no siente algo por Cristo.

    Es en vano tratar de ocultar que si no ama a Cristo, su alma corre mucho peligro. La suya no es una fe salvadora mientras vive. No es usted apto para el cielo si muere. Aquel que vive sin amar a Cristo no puede ser sensible a ninguna obligación hacia él. El que muerte sin amar a Cristo nunca podría ser feliz en ese cielo donde Cristo es todo en todo. Despierte ahora y comprenda el peligro de su posición. Abra los ojos. Considere sus caminos y sea sabio. Puedo advertirle sólo como un amigo. Pero lo hago de todo corazón y con toda mi alma. ¡Quiera Dios que esta advertencia no sea en vano!

lunes, 14 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

II. Cómo se revela el amor a Cristo

    En segundo lugar, quiero mostrar las características singulares por las que el amor a Cristo se da a conocer.

    El tema es de gran importancia. Si no hay salvación sin amor a Cristo y si el que no ama a Cristo está en peligro de la condenación eterna, nos conviene analizar lo que sabemos de esto. Cristo está en el cielo y nosotros en la tierra. ¿Cómo podemos reconocer a la persona que nos ama y amamos?

    Felizmente es algo fácil de determinar. ¿Cómo sabemos si amamos a alguien aquí en la tierra? ¿De qué manera se demuestra el amor entre la gente en este mundo: Entre esposo y esposa, entre padre e hijo, entre hermano y hermana, entre un amigo y otro? Estas preguntas son fáciles de contestar con sentido común y observación. Al contestar sinceramente estas preguntas, el nudo que tenemos delante se desata. ¿Cómo demostramos afecto entre nosotros?

    (a) Si amamos a una persona nos gusta pensar en ella. No necesitamos que alguien nos la recuerde. No olvidamos su nombre, su aspecto, su carácter, sus opiniones, sus gustos, su posición ni su ocupación. Nos viene a la mente varias veces al día. Aunque quizá esté lejos, a menudo está presente en nuestros pensamientos. Pues bien, ¡sucede lo mismo con el cristiano auténtico y Cristo! Cristo "habita en su corazón" y, por esto, piensa en él cada día (Ef. 3:17). No es necesario recordarle al cristiano auténtico que tiene un Señor que fue crucificado. Piensa en él con frecuencia. Nunca olvida que Jesús tiene un día, una causa y un pueblo, y que él forma parte de su pueblo. El afecto es el verdadero secreto de una buena memoria en nuestro vivir cristiano. El hombre mundano no puede pensar mucho en Cristo, a menos que alguien se lo haga notar, porque no siente ningún afecto por él. El cristiano auténtico piensa en Cristo cada día de su vida sencillamente porque lo ama.

    (b) Si amamos a una persona nos gusta oír que nos hablen de ella. Nos da alegría escuchar a los que hablan de ella. Tenemos interés en lo que otros comentan de ella. Somos todo oídos cuando otros describen su manera de ser, lo que dice, lo que hace y lo que planea. Algunos pueden oírlo mencionar con total indiferencia, pero nuestro propio corazón salta dentro de nosotros con el simple sonido de su nombre. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico le encanta oír acerca de su Señor. Sus sermones favoritos son los que están llenos de Cristo. Disfruta de la compañía de la gente que conversa de las cosas de Cristo. He leído de una anciana galesa creyente que caminaba varias millas todos los domingos para escuchar la predicación de un pastor británico, aunque no entendía una palabra de inglés. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, respondió que este pastor decía el nombre de Cristo con tanta frecuencia en sus sermones que a ella le hacían bien. Incluso, amaba el nombre de su Salvador.

    (c) Si amamos a una persona nos gusta leer acerca de ella. ¡Qué placer le da a una mujer una carta de su esposo ausente o a una madre la de un hijo que está lejos! Otros pueden verle muy poco valor a la carta. Ni siquiera les interesa leerla. Pero los que aman al escritor ven algo en la carta que nadie más puede ver. La llevan consigo como un tesoro. La leen una y otra vez. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico le encanta leer las Escrituras porque le relatan acerca de su amado Salvador. No le resulta tedioso, leerlas. Rara vez hay que recordarle que lleve la Biblia cuando va de viaje. No puede ser feliz sin ella. ¿Y por qué es todo esto así? Es porque las Escrituras testifican de aquel que ama su alma: Cristo.

    (d) Si amamos a una persona, nos gusta complacerle. Nos gusta consultar sus gustos y opiniones, seguir sus consejos y hacer las cosas que ella aprueba. Hasta nos privamos de nuestros propios gustos para complacer sus deseos, nos abstenemos de cosas que sabemos que a ella le disgustan y aprendemos a hacer cosas que nos son difíciles porque pensamos que le van a gustar. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! El cristiano auténtico estudia para complacerle, siendo santo en el cuerpo y en el espíritu. Muéstrele algo en su comportamiento diario que Cristo aborrece y renunciará a ello. Muéstrele algo que lo deleita y buscará la manera de hacerlo. No comenta que los requisitos de Cristo sean demasiado estrictos y severos, como lo hacen los hijos del mundo. Para él, los mandatos de Cristo no son gravosos y la carga de Cristo es liviana. ¿Y por qué es todo esto así? Sencillamente porque lo ama.

    (e) Si amamos a una persona, nos gustan sus amigos. Nos gustan, aun antes de conocerlos. Nos atraen porque compartimos el amor por la misma persona. Cuando los conocemos no nos resultan totalmente extraños. Hay algo que nos une. Ellos aman a la persona que nosotros amamos y eso es suficiente recomendación. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! El cristiano auténtico considera a todos los amigos de Cristo como sus propios amigos, miembros del mismo cuerpo, hijos de la misma familia, soldados del mismo ejército, viajeros a la misma patria celestial. Cuando los ve por primera vez, es como si siempre los hubiera conocido. Está más a gusto con ellos durante unos minutos que lo que está con mucha gente mundana, después de conocerla durante varios años. ¿Y cuál es el secreto de todo esto? Es, sencillamente, el afecto que sienten por el mismo Salvador y el amor que tienen por el mismo Señor.

    (f) Si amamos a una persona, somos celosos de su nombre y honra. No nos gusta oír que digan algo en su contra sin abrir la boca para defenderla. Nos sentimos comprometidos a defender sus intereses y su reputación. Reaccionamos al que la trata mal, casi con el mismo disgusto como si nos hubiera tratado mal a nosotros. ¡Lo mismos sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! El verdadero cristiano reacciona con un celo santo a todos los esfuerzos de los demás por menospreciar la palabra de su Señor, su nombre, su Iglesia o su día. Lo confesaría delante de príncipes, si fuera necesario, y es sensible a la más pequeña deshonra dirigida a él. No se queda callado ni soporta que se denigre la causa de su Señor sin levantar la voz para testificar a su favor. ¿Y por qué es todo esto así? Sencillamente porque lo ama.

    (g) Si amamos a una persona, nos gusta hablar con ella. Le confiamos todos nuestros pensamientos y le abrimos nuestro corazón. No nos cuesta trabajo encontrar temas de conversación. Por más reservados que seamos con los demás, nos resulta fácil hablar con un amigo que queremos mucho. No importa la frecuencia con que nos encontremos, nunca nos falta tema para hablar. Siempre tenemos mucho que decir, mucho que preguntar, mucho que describir y mucho que comunicar. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico no le resulta nada difícil hablarle a su Salvador. Todos los días tiene algo para contarle y no está contento, a menos que lo haga. Habla con él en oración cada mañana y cada noche. Le cuenta sus necesidades y sus deseos, sus sentimientos y sus temores. Le pide consejo en las dificultades. Le pide consuelo cuando tiene aflicciones. No puede evitarlo. Tiene que conversar con su Salvador continuamente, de otra manera, desmayaría en el camino. ¿Y por qué es esto? Sencillamente porque lo ama.

    (h) Por último, si amamos a una persona, nos gusta estar siempre con ella. Pensar en ella, escucharle, leer lo que nos escribe y conversar con ella es todo muy bueno. Pero cuando realmente amamos a alguien queremos algo más. Ansiamos estar siempre en su compañía. Deseamos estar continuamente con ella sin tener nunca que decirle adiós. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! El corazón del cristiano auténtico anhela aquel día cuando verá a su Señor cara a cara y para siempre. Anhela comenzar aquella vida sin fin cuando conocerá como es conocido y nunca más tendrá que ver con el pecado y el arrepentimiento. Le es dulce vivir por fe y siente que será más dulce, aun, vivir por vista. Le es placentero oír acerca de Cristo, hablar de Cristo y leer de Cristo. ¡Cuánto más placentero será ver a Cristo con sus propios ojos y nunca dejar de verlo! Siente que "más vale vista de ojos que deseo que pasa" (Ec. 6:9). ¿Y por qué es todo esto? Sencillamente porque lo ama.

    Tales son las características por las que podemos descubrir el verdadero amor. Todas son claras, sencillas y fáciles de comprender. No hay en ellas nada oscuro, nada complejo ni misterioso. Úselas con sinceridad, manéjelas apropiadamente y podrá comprender bien el tema de este capítulo.