Versículo para hoy:

domingo, 15 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

La presencia del fuego celestial

Aplicando estas reglas podemos decir:

    Primero, si hay un fuego santo en nosotros, ha sido encendido desde el cielo por el Padre de las luces, que «mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz» (2 Corintios 4:6). Fue encendido a través del uso de los medios y es alimentado de la misma manera. La luz en nosotros brota de la luz en la Palabra y ambas provienen del mismo Espíritu Santo. Por lo tanto, los que no prestan atención a la Palabra no lo hacen «porque no les ha amanecido» (Isaías 8:20). Para poder discernir las verdades celestiales es necesaria una luz celestial. El hombre natural no percibe las cosas celestiales a su propia luz, como corresponde, sino a una luz inferior. En cada convertido, Dios pone una luz en el ojo del alma, que es proporcional a la luz de las verdades que le han sido reveladas. El ojo carnal nunca podrá ver las cosas espirituales.

    Segundo, incluso la luz divina más tenue tiene una cierta medida de calor. La luz del entendimiento produce el calor del amor en los afectos. Mientras más percibe el entendimiento santificado algo como verdadero o bueno, más lo acepta la voluntad. La luz débil produce inclinaciones débiles; la luz intensa, inclinaciones intensas. Un poco de luz espiritual es suficiente para contrarrestar las objeciones de la carne y sangre, y para considerar los argumentos terrenales y los obstáculos como inferiores a los objetos celestiales que puede contemplar. La luz que no es espiritual, puesto que carece de la fuerza de la gracia santificadora, cede ante cualquier tentación pequeña, en especial si encaja con y se conforma a las inclinaciones personales. Esa es la razón por la que los cristianos que tienen luz escasa en cantidad pero celestial en calidad perseveran, mientras otros hombres que tienen un conocimiento intelectual más amplio se hunden. La luz prevalece en el alma porque, además del espíritu de iluminación, en los santos hay un espíritu de poder (2 Timoteo 1:7) que subyuga el corazón a la verdad revelada y crea un gusto y un deleite en la voluntad que es acorde a la dulzura de la verdad. Si no fuera así, la voluntad que es meramente natural se levantaría contra todas las verdades sobrenaturales, pues siente apatía y hostilidad hacia ellas. En los piadosos, las verdades santas se transmiten mediante la degustación; los hombres en los que opera la gracia no solo tienen ojos espirituales, sino también un paladar espiritual. La gracia cambia el gusto espiritual.

    En tercer lugar, cuando se enciende esta luz celestial, nos dirige por el camino correcto. Esta luz nos es dada para mostrarnos el camino más excelente y para guiarnos a lo largo de toda la vida. En caso de no ser así, lo que se tiene es solo una luz común que es dada para el beneficio de otros solamente. Algunos tienen la luz del conocimiento, pero no la siguen; en cambio, son guiados por razonamientos y estrategias carnales, como a los que alude el profeta: «He aquí que todos vosotros encendéis fuego [...] andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados» (Isaías 50:11). Dios se deleita en confundir la sabiduría carnal, pues es hostil a Él y le roba Su prerrogativa como el único y sabio Dios. Por lo tanto, debemos andar a Su luz, no al brillo de nuestro propio fuego. Dios debe encender nuestra lámpara (Salmo 18:28), de lo contrario, seguiremos en las tinieblas. Las chispas que no provienen del cielo no son lo suficientemente capaces de librarnos de la desesperación, aunque parezcan resplandecer más que la luz de lo alto, al grado que los hombres insensatos pueden a veces llegar a hacer cosas más excelsas que los sobrios, pero mediante una fuerza falsa. El exceso del gozo de estos hombres proviene entonces de una luz falsa: «La luz de los impíos será apagada» (Job 18:5).

    La luz que tienen algunos hombres es como los relámpagos, que, después del fulgor repentino, los dejan en mayores tinieblas. Pueden amar la luz cuando brilla, pero la odian cuando desenmascara y dirige. Un poco de luz santa nos permitirá guardar la Palabra de Cristo, y no traicionar la religión ni negar Su nombre, como dice Cristo a la iglesia de Filadelfia (Apocalipsis 3:8).

    Cuarto, donde está este fuego, separa las cosas de distinta naturaleza y muestra la diferencia entre el oro y la escoria. Separa la carne y el espíritu, y muestra que la primera viene de la naturaleza y el segundo, de la gracia. No todo lo que hay en una acción mala es malo ni todo lo que hay en una acción buena es bueno. Hay oro en la roca, y Dios y Su Espíritu en nosotros pueden distinguirlo. El corazón del hombre carnal es como una prisión donde no se puede ver nada sino horror y confusión. Esta luz nos vuelve sensatos y humildes cuando vemos con más claridad la pureza de Dios y nuestra propia impureza, y nos capacita para discernir la obra del Espíritu en otras personas.

    Quinto, mientras más espiritual es un hombre, más placentera le es la luz. Está dispuesto a ver cualquier cosa impropia que deba reformar y a descubrir cualquier servicio adicional que deba rendir, pues verdaderamente odia lo malo y ama lo bueno. Si va en contra de la luz que ha descubierto, pronto será llevado de regreso al sendero, pues la luz tiene un bando favorable en su interior. Por lo tanto, ante un pequeño vistazo de su error, pronto se muestra abierto al consejo, como ocurrió con David cuando pretendía matar a Nabal y luego bendijo a Dios porque lo detuvo cuando andaba en un camino malo (1 Samuel 25:32).

    En el caso del hombre carnal, la luz irrumpe en él, pero este se esfuerza por impedir su ingreso. No se deleita en venir a la luz. Antes de que el Espíritu de gracia someta el corazón, es imposible que no peque contra la luz, ya sea resistiéndola, restringiéndola y sepultándola bajo tierra mediante concupiscencias viles; o transformándola en ocasión para la carne buscando argumentos a favor; o abusando dicha pequeña medida de luz que los hombres tienen para mantenerlos lejos de la luz más grande, alta y celestial. De esta manera, a la larga transforman la luz que tienen en una guía engañosa que los dirige a las densas tinieblas. Y esto se debe a que la luz no tiene un bando favorable al interior de ellos. El alma tiene una disposición contraria, y la luz siempre obstaculiza esa paz pecaminosa que los hombres quieren prometerse a ellos mismos. En consecuencia, vemos que la luz muchas veces enfurece más al hombre, así como el sol de la primavera origina cuadros febriles porque agita los humores corporales en lugar de subyugarlos.³

³ Nota del traductor: Esta también es una referencia a la teoría humoral. Para más información, revisar nota 1 en el capítulo 2.

    No hay nada en el mundo más incómodo que el corazón de un hombre impío que como ladrón apaga la luz para poder pecar sin restricción. La luz espiritual es distinta, pues toma el bien espiritual y lo aplica a nosotros. La luz común por el contrario es confusa y no molesta al pecado. Donde hay fuego, en cualquier cantidad, este lucha contra todo lo que le es contrario. Dios puso un odio irreconciliable entre la luz y las tinieblas desde el principio, y también entre el bien y el mal, entre la carne y el Espíritu (Gálatas 5:17). La gracia nunca se unirá al pecado más de lo que el fuego se une al agua. El fuego no se mezcla con nada que le sea contrario, sino que preserva su propia pureza y nunca se corrompe como sí lo hacen los otros elementos. Por lo tanto, los que defienden y traman libertades para la carne demuestran que están ajenos de la vida de Dios. Muchas veces, los que tienen gracia, al sentir este conflicto, se lamentan y dicen que no tienen gracia. Sin embargo, se contradicen en sus lamentos, de la misma manera que si un hombre que ve se doliera de que no puede ver, o si se lamentara de que está dormido. Asimismo, quien se lamenta del pecado, muestra que hay algo en él que es opuesto al pecado. ¿Acaso puede lamentarse un muerto? Hay ciertas cosas que aunque son malas intrínsecamente, pueden revelar algo bueno; tal es el caso del humo que revela la presencia de fuego. Las reacciones corporales violentas demuestran que hay vigor corporal. Hay flaquezas que muestran más cosas buenas que algunas acciones que parecen ser hermosas. El exceso de pasión para oponerse al mal, aunque no tiene justificación, demuestra la existencia de una actitud mejor que la calma cuando hay una razón justa para agitarse. Es mejor que el agua corra con un poco de barro, a que esté estancada. Job tenía más gracia en su mal humor que sus amigos en su conducta aparentemente sabia. Las acciones manchadas con algunos defectos son más aceptables que los elogios vacíos.