Versículo para hoy:

viernes, 18 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

16. "Sin Cristo"

"Estabais sin Cristo". Efesios 2:12

    El texto que encabeza este capítulo describe la condición de los efesios antes de llegar a ser cristianos. Pero eso no es todo. Describe el estado de cada hombre y mujer en el mundo que no se ha convertido a Dios. ¡No puedo imaginarme una condición peor! Ya es bastante malo no tener dinero, ni salud, ni casa, ni amigos. Pero es mucho peor estar "sin Cristo".

    Examinemos el texto y veamos qué contiene. Quién sabe si puede ser un mensaje de Dios para algún lector de este libro.

I. Cuando un hombre está "sin Cristo".

    Consideremos, en primer lugar, cuándo se puede afirmar que el hombre está "sin Cristo". Yo no inventé la expresión "sin Cristo". Yo no acuñé las palabras, sino que fueron escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo. San Pablo las usó cuando les estaba recordando a los cristianos de Éfeso cómo había sido su condición anterior, antes de que oyeran el evangelio y creyeran. Ignorantes y en tinieblas, habían estado inmersos en idolatría y paganismo, y eran adoradores de la diosa falsa Diana. Pero no menciona nada de esto. Parece pensar que esto describiría sólo parte de su condición. Entonces, traza un cuadro cuya primera característica es la expresión: "En aquel tiempo estabais sin Cristo"(Ef. 2:12). Ahora bien, ¿qué quiere decir esta expresión?

(a) Uno está "sin Cristo" cuando no tiene ningún conocimiento intelectual de él. Son millones los que se encuentran en esta condición. No saben quién es Cristo, ni lo que hizo, ni lo que enseñó, ni por qué fue crucificado, no saben dónde está ahora ni lo que él es para la humanidad. En suma, no saben nada de él. Los paganos, por supuesto, que nunca han escuchado el evangelio, son los primeros que caben dentro de esta descripción. Pero, lamentablemente, no son los únicos.

    Hay miles de personas en nuestro país, hoy mismo, que no tienen ideas más claras sobre Cristo que los propios paganos. Pregúnteles qué saben acerca de Cristo y se sorprenderá de ver las tinieblas que ciegan sus mentes. Visítelos en su lecho de muerte y verá que no saben más de Cristo que de Mahoma. Hay miles así en el campo y miles en las ciudades. Ya sea en la ciudad o en el campo, todas esas personas tienen en común que están "sin Cristo".

    Sé que algunos teólogos modernos no comparten mi opinión. Nos dicen que toda la humanidad tiene parte con Cristo, lo conozcan o no. ¡Afirman que todos los hombres y mujeres, por más ignorantes que sean en vida, serán llevados al cielo por la misericordia de Cristo cuando mueran! Creo firmemente que tales creencias no coinciden con la Palabra de Dios. Escrito está: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Jn. 17:3). Una característica de los impíos, de quienes se vengará en el día final, es que "no conocieron a Dios" (2 Ts. 1:8). Un Cristo desconocido no es un Salvador. ¿Cuál será la condición de los paganos después de la muerte? ¿Cómo serán juzgados los que nunca han oído el evangelio? ¿De qué manera se conducirá Dios con los ignorantes e iletrados? Todas estas preguntas no son de nuestra incumbencia. Podemos estar seguros de lo que dice la Palabra: "El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?" (Gn. 18:25). Pero no contradigamos lo que dice la Biblia. Si las palabras de la Biblia algo significan, no saber de Cristo es estar "sin Cristo".

    (b) Pero esto no es todo. Uno está "sin Cristo" cuando su corazón no confía en él como su Salvador. Es posible saber intelectualmente todo acerca de Cristo y, aun así, no confiar en él. Hay multitudes que se saben de memoria todos los artículos del Credo y pueden recitar sin vacilar que "nació de la virgen María, sufrió bajo Poncio Pilatos, fue crucificado, murió y fue sepultado". Lo aprendieron en la escuela. Lo tienen grabado en su memoria. Pero no aprovechan su conocimiento. Confían en algo que no es "Cristo". Esperan ir al cielo porque son de buena moralidad, excelente conducta, porque dicen sus oraciones y asisten a la iglesia, porque han sido bautizados y participan de la Cena del Señor. Pero no saben nada de una fe viva en la misericordia de Dios a través de Cristo, no tienen una confianza real e inteligente en la sangre, justicia e intercesión de Cristo. Acerca de tales personas puedo decir una cosa: Están "sin Cristo".

    Sé que muchos no quieren reconocer la verdad de lo que acabo de expresar. Hay quienes dicen que todos los bautizados son miembros de Cristo en virtud de su bautismo. Otros dicen que donde hay conocimiento intelectual, no tenemos derecho a cuestionar la relación con Cristo. Tengo sólo una respuesta para estas maneras de pensar. La Biblia nos prohíbe afirmar que alguien esté unido a Cristo mientras no cree. El bautismo no es prueba de que estemos unidos a Cristo. Simón el Mago fue bautizado y, no obstante, le fue dicho claramente: "No tienes tú parte ni suerte en este asunto" (Hch. 8:21). Conocer a Cristo intelectualmente no es prueba de que estamos unidos a él. Los demonios conocían bien a Cristo, pero no tenían parte con él. Dios sabe desde toda la eternidad quiénes son de él. Pero el hombre no sabe nada de la justificación de nadie hasta que cree. La pregunta que importa es: "¿Cree usted?" Escrito está: "El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él". "El que no creyere, será condenado" (Jn. 3:26; Mr. 16:16). Si algo significan las palabras bíblicas, entonces, no tener fe es estar "sin Cristo".

jueves, 17 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(b) En segundo lugar, si no ama a Cristo, le diré directamente cuál es la razón. Usted no tiene conciencia de que le debe algo a él. No siente ninguna obligación hacia él. No recuerda haber recibido nada de él. Si este es el caso, es lógico que no lo ama.

    Existe un solo remedio para su condición. Ese remedio es conocerse a sí mismo y la enseñanza del Espíritu Santo. Los ojos de su entendimiento tienen que abrirse. Tiene que analizar quién es por naturaleza. Tiene que descubrir ese gran secreto, su culpabilidad y vaciedad a la vista de Dios.

    Quizá usted nunca lee su Biblia u, ocasionalmente, lee algún capítulo simplemente como un formulismo, sin interés, sin comprender y sin hacer una aplicación práctica a su vida. Siga hoy mi consejo y cambie su manera de ser. Comience a leer la Biblia reflexivamente y no descanse hasta familiarizarse con ella. Lea lo que la ley de Dios requiere, tal como lo explica el Señor Jesús en el capítulo cinco de Mateo. Lea cómo Pablo describe a la naturaleza humana en los dos primeros capítulos de su Epístola a los Romanos. Estudie pasajes como estos con espíritu de oración para recibir la enseñanza del Espíritu y luego diga si es un deudor a Dios o no. Pregúntese si es un gran deudor que necesita un Amigo como Cristo.

    Quizá nunca ha sabido usted nada de la oración real y profunda. Está acostumbrado a tratar el cristianismo como asunto de las iglesias, congregaciones, prácticas, cultos y domingos, pero no como algo que requiere la atención seria y sentida del hombre interior. Siga hoy mi consejo y cambie su manera de pensar. Comience el hábito de rogar a Dios por su alma con sinceridad y de todo corazón. Pídale que le dé luz, enseñanza y autoconocimiento. Suplíquele que le muestre lo que necesita saber para la salvación de su alma. Haga esto con todo su corazón y su alma, y no dudo que pronto sentirá que necesita a Cristo.

    El consejo que le doy puede parecer simple y trillado. No lo rechace por esa razón. Es el sendero antiguo que millones han transitado ya y, felizmente, han encontrado paz para sus almas. No amar a Cristo es estar en peligro inminente de ruina eterna. Ver que necesita a Cristo y la asombrosa deuda que tiene con él es el primer paso para amarlo. Conocerse a sí mismo y comprender su verdadera condición ante Dios es la única manera de ver su necesidad. Escudriñar el Libro de Dios y pedirle luz en oración es el rumbo correcto para obtener un conocimiento salvador. No se crea demasiado superior, negándose a seguir el consejo que le doy. Sígalo y sea salvo.

    (c) En último lugar, si quiere aprender algo acerca de amar a Cristo, acepte dos palabras de consolación y consejo. Quiera Dios que le hagan bien.

    Para empezar, si ama a Cristo, de hecho y en verdad, regocíjese pensando que tiene una buena evidencia con respecto al estado de su alma. El amor es una evidencia de la gracia. ¿Qué, si alguna vez siente dudas? ¿Qué, si le resulta difícil decir si su fe es genuina y su gracia auténtica? ¿Qué, si su vista está tan borrosa por las lágrimas que no puede distinguir claramente su llamado y elección de Dios? Aun así, hay razón para tener esperanza y fuerte consolación si su corazón puede testificar que ama a Cristo. Donde hay verdadero amor, hay fe y gracia. No lo amaría usted si él no hubiera hecho algo por usted. Su amor es una muestra positiva.

    En segundo lugar, si ama a Cristo no se avergüence de que los demás lo vean y lo sepan. Hable en nombre de él. Testifique de él. Viva para él. Trabaje para él. Si Él lo ha amado y limpiado de los pecados con su propia sangre, no se mantenga callado acerca de lo que siente, y devuelva su amor. "Dígame", le dijo un inglés insensato e incrédulo a un indio norteamericano convertido: "Dígame, ¿por qué le da tanta importancia a Cristo y por qué habla tanto de él? ¿Qué ha hecho este Cristo por usted para que lo alabe tanto?" El indio no le respondió con palabras. Juntó hojas y musgos secos y formó un círculo con ellos. Luego tomó un gusano y lo puso en el centro del círculo. Encendió un fósforo y prendió fuego a las hojas y el musgo. Pronto las llamas corrieron por todo el círculo y el gusano empezó a encogerse y retorcerse de dolor y, después de tratar en vano de encontrar una salida, se hizo un ovillo en el centro, como en agonía. En ese momento, el indio extendió la mano, levantó suavemente al gusano y lo puso en su regazo. "¿Ve este gusano?", le preguntó al inglés y siguió diciendo: "Yo era esa criatura a punto de perecer. Me estaba muriendo en mis pecados, sin esperanza, indefenso y al borde de un fuego eterno. Jesucristo fue quien extendió su brazo poderoso. Jesucristo fue quien me liberó con la mano de su gracia e impidió que ardiera en un fuego eterno. Jesucristo fue quien me guardó a mí, un pobre gusano pecador, cerca del corazón de su amor. Así que, señor, esa es la razón que tengo para hablar de Jesucristo y alabarle tanto. No me avergüenzo de él porque lo amo".

    Si hemos de saber algo del amor de Cristo, ¡sepamos lo que sabía este indio! ¡Dios quiera que nunca pensemos que amamos a Cristo demasiado, que vivimos para él demasiado, que lo confesamos con demasiada valentía ni que nos entregamos a él con demasiada consagración! De todas las cosas que nos sorprenderán en el día de la resurrección, creo que lo que más nos sorprenderá es que no amamos más a Cristo antes de morir.

miércoles, 16 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

    Quizá ha tenido un hijo querido en el ejército en tiempo de guerra. Quizá le tocó pelear en esa guerra y estar en el fragor de las batallas. ¿Recuerda cuán fuertes y llenos de ansiedad fueron sus sentimientos hacia ese hijo? ¡Eso era amor!

    Quizá sabe lo que es tener a un esposo amado en la marina que, a menudo, tiene que ausentarse por muchos meses y, aun años. ¿Recuerda con qué intensidad lo extrañaba durante ese tiempo de separación? ¡Eso era amor!

    Quizá tenga en este momento a un hermano querido en Londres, por primera vez en medio de las tentaciones de la gran ciudad, con el fin de abrirse camino en el mundo de los negocios. ¿Cómo resultará? ¿Qué tal le irá? ¿Volverá a verlo alguna vez? ¿Ve con cuánta frecuencia piensa en su hermano? ¡Eso es afecto!

    Quizá está usted comprometido con una persona con quien congenia. Pero por prudencia aplaza el matrimonio por tiempo indefinido y su trabajo lo lleva lejos de su prometida. ¿No es cierto que ella está siempre en sus pensamientos? ¿No es cierto que le hace feliz saber de ella, recibir sus noticias y que anhela verla? ¡Eso es afecto!

    Hablo de cosas que le son familiares a todos. No tengo que seguir hablando de ellas. Son cosas que todos conocen. En todo el mundo las entienden. No hay ninguna rama de l familia de Adán que no sepa algo del afecto y del amor entre las personas. Entonces, nunca se diga que no podemos saber si un cristiano ama realmente a Cristo. Se puede saber, se puede descubrir, las directrices ya están en sus manos. Las acaba de leer. Amar al Señor Jesucristo no es algo escondido, secreto e impalpable. Es como el sonido, se oye. Es como el calor, se siente. Donde hay amor, el amor no puede ser escondido. Donde no se puede ver, dé por seguro que no existe.

    Ha llegado el momento de ir terminando este capítulo. Pero no puedo hacerlo sin antes hacer un esfuerzo por grabar en su conciencia el tema que estamos enfocando. Lo hago con amor y afecto. Mi anhelo y oración a Dios, al escribir esto, es hacerle un bien a su alma.

    (a) Para empezar, le pido una cosa: Que reflexione en la pregunta que Cristo le hizo a Pedro y trate de contestarla pensando que va dirigida a usted. Léala y recapacite. Examínela con cuidado. Contéstela con veracidad. Después de haber leído todo lo que he escrito sobre ella,

    Responderme que cree las verdades del cristianismo y las doctrinas de la fe cristiana, no es una respuesta aceptable. Semejante fe nunca salvará su alma. En cierto modo, los demonios creen y tiemblan (Stg. 2:19). El cristianismo auténtico y salvador no se trata de creer cierto conjunto de opiniones, ni de profesar una serie de nociones. Su esencia es conocer, confiar y amar a cierta Persona viviente que murió por nosotros: Amar a Cristo el Señor. Los cristianos primitivos como Febe, Pérsida, Trifosa, Gayo y Filemón, poco o nada sabían de teología dogmática. Pero todos compartían esta característica primordial: Amaban a Cristo.

    No es una respuesta aceptable decirme que usted no aprueba una religión basada en sentimientos. Si quiere dar a entender que no le gusta la religión basada exclusivamente en los sentimientos, coincido totalmente con usted. Pero si se está refiriendo a una que descarta todo sentimiento, poco sabe del cristianismo.

    La Biblia nos enseña claramente que alguien puede tener buenos sentimientos, sin tener nada de cristiano. De igual modo, nos enseña que nadie puede ser un verdadero cristiano, si no siente algo por Cristo.

    Es en vano tratar de ocultar que si no ama a Cristo, su alma corre mucho peligro. La suya no es una fe salvadora mientras vive. No es usted apto para el cielo si muere. Aquel que vive sin amar a Cristo no puede ser sensible a ninguna obligación hacia él. El que muerte sin amar a Cristo nunca podría ser feliz en ese cielo donde Cristo es todo en todo. Despierte ahora y comprenda el peligro de su posición. Abra los ojos. Considere sus caminos y sea sabio. Puedo advertirle sólo como un amigo. Pero lo hago de todo corazón y con toda mi alma. ¡Quiera Dios que esta advertencia no sea en vano!

lunes, 14 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

II. Cómo se revela el amor a Cristo

    En segundo lugar, quiero mostrar las características singulares por las que el amor a Cristo se da a conocer.

    El tema es de gran importancia. Si no hay salvación sin amor a Cristo y si el que no ama a Cristo está en peligro de la condenación eterna, nos conviene analizar lo que sabemos de esto. Cristo está en el cielo y nosotros en la tierra. ¿Cómo podemos reconocer a la persona que nos ama y amamos?

    Felizmente es algo fácil de determinar. ¿Cómo sabemos si amamos a alguien aquí en la tierra? ¿De qué manera se demuestra el amor entre la gente en este mundo: Entre esposo y esposa, entre padre e hijo, entre hermano y hermana, entre un amigo y otro? Estas preguntas son fáciles de contestar con sentido común y observación. Al contestar sinceramente estas preguntas, el nudo que tenemos delante se desata. ¿Cómo demostramos afecto entre nosotros?

    (a) Si amamos a una persona nos gusta pensar en ella. No necesitamos que alguien nos la recuerde. No olvidamos su nombre, su aspecto, su carácter, sus opiniones, sus gustos, su posición ni su ocupación. Nos viene a la mente varias veces al día. Aunque quizá esté lejos, a menudo está presente en nuestros pensamientos. Pues bien, ¡sucede lo mismo con el cristiano auténtico y Cristo! Cristo "habita en su corazón" y, por esto, piensa en él cada día (Ef. 3:17). No es necesario recordarle al cristiano auténtico que tiene un Señor que fue crucificado. Piensa en él con frecuencia. Nunca olvida que Jesús tiene un día, una causa y un pueblo, y que él forma parte de su pueblo. El afecto es el verdadero secreto de una buena memoria en nuestro vivir cristiano. El hombre mundano no puede pensar mucho en Cristo, a menos que alguien se lo haga notar, porque no siente ningún afecto por él. El cristiano auténtico piensa en Cristo cada día de su vida sencillamente porque lo ama.

    (b) Si amamos a una persona nos gusta oír que nos hablen de ella. Nos da alegría escuchar a los que hablan de ella. Tenemos interés en lo que otros comentan de ella. Somos todo oídos cuando otros describen su manera de ser, lo que dice, lo que hace y lo que planea. Algunos pueden oírlo mencionar con total indiferencia, pero nuestro propio corazón salta dentro de nosotros con el simple sonido de su nombre. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico le encanta oír acerca de su Señor. Sus sermones favoritos son los que están llenos de Cristo. Disfruta de la compañía de la gente que conversa de las cosas de Cristo. He leído de una anciana galesa creyente que caminaba varias millas todos los domingos para escuchar la predicación de un pastor británico, aunque no entendía una palabra de inglés. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, respondió que este pastor decía el nombre de Cristo con tanta frecuencia en sus sermones que a ella le hacían bien. Incluso, amaba el nombre de su Salvador.

    (c) Si amamos a una persona nos gusta leer acerca de ella. ¡Qué placer le da a una mujer una carta de su esposo ausente o a una madre la de un hijo que está lejos! Otros pueden verle muy poco valor a la carta. Ni siquiera les interesa leerla. Pero los que aman al escritor ven algo en la carta que nadie más puede ver. La llevan consigo como un tesoro. La leen una y otra vez. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico le encanta leer las Escrituras porque le relatan acerca de su amado Salvador. No le resulta tedioso, leerlas. Rara vez hay que recordarle que lleve la Biblia cuando va de viaje. No puede ser feliz sin ella. ¿Y por qué es todo esto así? Es porque las Escrituras testifican de aquel que ama su alma: Cristo.

    (d) Si amamos a una persona, nos gusta complacerle. Nos gusta consultar sus gustos y opiniones, seguir sus consejos y hacer las cosas que ella aprueba. Hasta nos privamos de nuestros propios gustos para complacer sus deseos, nos abstenemos de cosas que sabemos que a ella le disgustan y aprendemos a hacer cosas que nos son difíciles porque pensamos que le van a gustar. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! El cristiano auténtico estudia para complacerle, siendo santo en el cuerpo y en el espíritu. Muéstrele algo en su comportamiento diario que Cristo aborrece y renunciará a ello. Muéstrele algo que lo deleita y buscará la manera de hacerlo. No comenta que los requisitos de Cristo sean demasiado estrictos y severos, como lo hacen los hijos del mundo. Para él, los mandatos de Cristo no son gravosos y la carga de Cristo es liviana. ¿Y por qué es todo esto así? Sencillamente porque lo ama.

    (e) Si amamos a una persona, nos gustan sus amigos. Nos gustan, aun antes de conocerlos. Nos atraen porque compartimos el amor por la misma persona. Cuando los conocemos no nos resultan totalmente extraños. Hay algo que nos une. Ellos aman a la persona que nosotros amamos y eso es suficiente recomendación. Pues bien, ¡sucede lo mismo entre el cristiano auténtico y Cristo! El cristiano auténtico considera a todos los amigos de Cristo como sus propios amigos, miembros del mismo cuerpo, hijos de la misma familia, soldados del mismo ejército, viajeros a la misma patria celestial. Cuando los ve por primera vez, es como si siempre los hubiera conocido. Está más a gusto con ellos durante unos minutos que lo que está con mucha gente mundana, después de conocerla durante varios años. ¿Y cuál es el secreto de todo esto? Es, sencillamente, el afecto que sienten por el mismo Salvador y el amor que tienen por el mismo Señor.

    (f) Si amamos a una persona, somos celosos de su nombre y honra. No nos gusta oír que digan algo en su contra sin abrir la boca para defenderla. Nos sentimos comprometidos a defender sus intereses y su reputación. Reaccionamos al que la trata mal, casi con el mismo disgusto como si nos hubiera tratado mal a nosotros. ¡Lo mismos sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! El verdadero cristiano reacciona con un celo santo a todos los esfuerzos de los demás por menospreciar la palabra de su Señor, su nombre, su Iglesia o su día. Lo confesaría delante de príncipes, si fuera necesario, y es sensible a la más pequeña deshonra dirigida a él. No se queda callado ni soporta que se denigre la causa de su Señor sin levantar la voz para testificar a su favor. ¿Y por qué es todo esto así? Sencillamente porque lo ama.

    (g) Si amamos a una persona, nos gusta hablar con ella. Le confiamos todos nuestros pensamientos y le abrimos nuestro corazón. No nos cuesta trabajo encontrar temas de conversación. Por más reservados que seamos con los demás, nos resulta fácil hablar con un amigo que queremos mucho. No importa la frecuencia con que nos encontremos, nunca nos falta tema para hablar. Siempre tenemos mucho que decir, mucho que preguntar, mucho que describir y mucho que comunicar. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! Al cristiano auténtico no le resulta nada difícil hablarle a su Salvador. Todos los días tiene algo para contarle y no está contento, a menos que lo haga. Habla con él en oración cada mañana y cada noche. Le cuenta sus necesidades y sus deseos, sus sentimientos y sus temores. Le pide consejo en las dificultades. Le pide consuelo cuando tiene aflicciones. No puede evitarlo. Tiene que conversar con su Salvador continuamente, de otra manera, desmayaría en el camino. ¿Y por qué es esto? Sencillamente porque lo ama.

    (h) Por último, si amamos a una persona, nos gusta estar siempre con ella. Pensar en ella, escucharle, leer lo que nos escribe y conversar con ella es todo muy bueno. Pero cuando realmente amamos a alguien queremos algo más. Ansiamos estar siempre en su compañía. Deseamos estar continuamente con ella sin tener nunca que decirle adiós. Pues bien, ¡lo mismo sucede entre el cristiano auténtico y Cristo! El corazón del cristiano auténtico anhela aquel día cuando verá a su Señor cara a cara y para siempre. Anhela comenzar aquella vida sin fin cuando conocerá como es conocido y nunca más tendrá que ver con el pecado y el arrepentimiento. Le es dulce vivir por fe y siente que será más dulce, aun, vivir por vista. Le es placentero oír acerca de Cristo, hablar de Cristo y leer de Cristo. ¡Cuánto más placentero será ver a Cristo con sus propios ojos y nunca dejar de verlo! Siente que "más vale vista de ojos que deseo que pasa" (Ec. 6:9). ¿Y por qué es todo esto? Sencillamente porque lo ama.

    Tales son las características por las que podemos descubrir el verdadero amor. Todas son claras, sencillas y fáciles de comprender. No hay en ellas nada oscuro, nada complejo ni misterioso. Úselas con sinceridad, manéjelas apropiadamente y podrá comprender bien el tema de este capítulo.

jueves, 10 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)


    (c) El amor a Cristo es una enseñanza que debemos enfatizar de manera especial cuando enseñamos el evangelio a los niños. La elección, la justicia imputada, el pecado original y, aun la fe misma son temas que a veces, confunden al niño pequeño. En cambio, amar a Jesús parece ser algo que pueden comprender. Los amó hasta la muerte y ellos debieran devolver su amor; es una enseñanza que sus mentes pueden captar. ¡Cuán cierto es que "de la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza"! (Mt. 21:16). Hay una infinidad de cristianos que saben todos los artículos del Credo Apostólico, el Credo de Atanasio y el Credo Niceno, pero no obstante, saben menos del verdadero cristianismo que un pequeñito, que sólo sabe que ama a Cristo.

    (d) El amor a Cristo es el común denominador de los creyentes en cada rama de la Iglesia de Cristo en el mundo. Ya sea episcopal o presbiteriano, bautista o independiente, calvinista o arminiano, metodista o moravo, luterano o reformado, establecido o libre, todos coinciden en esto. Con frecuencia, tienen amplias diferencias en cuanto a procedimientos y ceremonias, gobierno eclesiástico y modalidades del culto. Pero al menos, están unidos en un punto. Todos comparten el sentimiento hacia Aquel sobre quien edifican su esperanza de salvación: "La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable" (Ef. 6:24). Es posible que muchos de ellos no sepan nada de su teología sistemática, y débilmente podrían defender su credo. Pero todos saben lo que sienten hacia Aquel que murió por sus pecados. "No puedo hablar mucho por Cristo, señor", dijo una anciana cristiana iletrada al Dr. Chalmers, "¡pero aunque no sé cómo hablar por él, puedo morir por él!"

    (e) El amor a Cristo será la característica que distinguirá a todas las almas salvas en el cielo. La multitud imposible de contar será de un sentir. Todas las diferencias se fundirán en un solo sentir. Todas las peculiaridades doctrinales discutidas fieramente en la tierra, serán cubiertas por el sentimiento de ser deudores de Cristo. Lutero y Zwinglio ya no discutirán. Wesley y Toplady ya no perderán el tiempo en controversias. Conservadores y Disidentes ya no se morderán y devorarán los unos a los otros. Todos con un mismo sentir y a una voz se unirán en cantar este himno de alabanza: "Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos" (Ap. 1:5,6).

    Las palabras que John Bunyan pone en boca del Sr. Firme son ciertas.

    Dijo: "Este río ha sido un terror para muchos; sí, y pensar en él con frecuencia también me ha causado temor. Pero ahora creo que estoy firme; mis pies están seguros sobre lo que pisaron los pies de los sacerdotes que llevaron el Arca del pacto mientras Israel cruzaba este Jordán. Las aguas, ciertamente, son amargas para el paladar y frías para el estómago; sin embargo, pensar en hacia dónde voy y lo que me espera al otro lado, está como un carbón resplandeciente en mi corazón.
    Ahora me veo al final de mi viaje y mis días trabajosos han terminado. Voy a ver esa cabeza que estuvo coronada de espinas y ese rostro que recibió escupitajos por mí.
    Antes vivía de oídas y por fe, pero ahora voy donde viviré por vista y estaré con Aquel en cuya compañía me deleito.
    He amado el oír hablar de mi Señor y dondequiera que he visto la huella de su calzado en la tierra, allí he deseado poner también mi pie.
    Su nombre ha sido para mí como un almizcle; sí, más dulce que todos los perfumes. Su voz ha sido para mí lo más dulce y su aspecto he deseado más que quienes han deseado más la luz del sol".

    ¡Felices son los que saben algo de esto por experiencia! El que quiere estar preparado para el cielo tiene que conocer algo del amor de Cristo. El que muere sin haber sentido ese amor, mejor habría sido que no hubiera nacido.

martes, 8 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

 Vea una vez más lo que nuestro Señor Jesucristo le preguntó al apóstol Pedro, después de haber resucitado: "Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?" (Jn. 21:15-17). La ocasión es digna de notar. Quiso recordar gentilmente a su discípulo infiel sus tres caídas consecutivas. Quería que confesara nuevamente su fe antes de restaurarlo y volver a comisionarlo públicamente para que alimentara a su Iglesia. ¿Y cuál fue la pregunta que le hizo? Podría haber preguntado: "¿Crees? ¿Eres convertido? ¿Estás listo para confesarme? ¿Me obedecerás?" No usó ninguna de estas expresiones. Preguntó sencillamente: "¿Me amas?" Este es el quid de la cuestión. Su deseo es que sepamos en qué se basa la fe cristiana. Es tan claro y fácil de entender, aun por el menos letrado, y a la vez, contiene una realidad que pone a prueba hasta al apóstol más erudito. Si alguien ama realmente a Cristo, todo está bien, si no lo ama, todo está mal.

    ¿Desea conocer el secreto de este sentimiento singular hacia Cristo que distingue al cristiano auténtico? Lo tenemos en estas palabras de Juan: "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero" (1 Jn. 4:19). Ese texto se aplica a Dios el Padre, en especial. Pero no es menos cierto de Dios el Hijo.

    El cristiano auténtico ama a Cristo por todo lo que ha hecho por él. Sufrió por él y murió por él en la cruz. Con su sangre lo ha redimido de la culpa, el poder y las consecuencias del pecado. Lo ha llamado por medio de su Espíritu a conocerse a sí mismo, al arrepentimiento, a la fe, esperanza y santidad. Le ha perdonado y borrado sus muchos pecados. Lo ha librado de la esclavitud del pecado, la carne y el diablo. Lo ha rescatado del borde del infierno, lo ha puesto en el camino angosto y rumbo al cielo. Le ha dado luz donde había oscuridad, paz a su conciencia donde había intranquilidad, esperanza donde había incertidumbre y vida donde había muerte. ¿Puede asombrarnos que el cristiano auténtico ame a Cristo?

    Y lo ama además, por todo lo que sigue haciendo. Siente que todos los días le está limpiando sus muchas faltas y flaquezas, y defendiendo la causa de su alma ante Dios. Satisface todos los días las necesidades de su alma y le brinda una provisión constante de misericordia y gracia. Día tras día lo va conduciendo por medio de su Espíritu hacia la ciudad que será su morada, cargándolo cuando es débil e ignorante, levantándole cuando tropieza y cae, protegiéndolo contra sus muchos enemigos y preparándole un hogar eterno en el cielo. ¿Puede asombrarnos que el cristiano auténtico ame a Cristo?

    ¿Acaso no ama el deudor encarcelado al amigo que, sorpresivamente y sin merecerlo, paga todas sus deudas, le da nuevo capital y lo hace su socio? ¿Y no ama el prisionero de guerra al hombre que arriesga su propia vida y, entrando en las líneas enemigas, lo rescata y lo pone en libertad? ¿No ama el marinero que se está ahogando al hombre que se tira al mar, se zambulle para tomarlo del cabello y con un esfuerzo casi sobrehumano lo salva de morir ahogado? Hasta un niño puede contestar preguntas como estas. De la misma manera y por las mismas premisas, el cristiano auténtico ama a Jesucristo.

    (a) Este amor a Cristo es el compañero inseparable de la fe salvadora. Es posible tener fe como la de los demonios, una fe sólo intelectual. El amor no puede usurpar el lugar de la fe. No puede justificar. No une el alma a Cristo. No puede dar paz a la conciencia. Pero donde hay una fe real en Cristo que justifica, siempre hay amor a Cristo. La persona que realmente ama es la persona que ha sido perdonada (Lc. 7:47). Si uno no ama a Cristo, puede estar seguro de que tampoco tiene fe.

    (b) Amar a Cristo es el móvil de la obra para Cristo. Poco se hace por su causa en el mundo por obligación o por saber lo que es correcto y adecuado. El corazón tiene que interesarse antes de que las manos comiencen a moverse y lo sigan haciendo. El entusiasmo puede causar un movimiento frenético y espasmódico de las manos. Pero sin amor, no habrá un seguimiento continuo y paciente de su obra misionera aquí y por todo el mundo. La enfermera en el hospital puede cumplir bien sus obligaciones, le puede dar al enfermo sus medicamentos a la hora que tiene que hacerlo, darle de comer y atender todas sus necesidades. Pero hay una gran diferencia entre esa enfermera  la esposa cuidando a su amado esposo que está enfermo o una madre cuidando a su hijo en su lecho de muerte. La primera actúa porque ese es su deber, la otra hace lo que hace por lo que siente en su corazón. Lo mismo sucede en el servicio de Cristo. Los grandes obreros de la iglesia, los hombres que han dirigido empresas arriesgadas entrando a nuevos campos de labor y los han revolucionado con el evangelio, han sido hombres que amaban a Cristo.

    Examinemos el carácter de Owen y Baxter, de Rutherford y George Herbert, de Leighton y Hervey, de Whitefield  Wesley, de Henry Martyn y Judson, de Bickersteth y Simeon, de Hewitson y M'Cheyne, de Stowell y M'Neile. Estos hombres han dejado una huella sobre el mundo. ¿Y cuál es la característica que tenían en común? Todos amaban a Cristo. No sólo tenían un credo. Amaban a una persona, amaban al Señor Jesucristo.

domingo, 6 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

15. "¿Me amas?"

"¿Me amas?" Juan 21:16

    Cristo dirigió al apóstol Pedro la pregunta que encabeza este capítulo. No existe una más importante. Han pasado más de diecinueve siglos desde que Jesús dijo estas palabras. Pero hasta la fecha la pregunta sigue siendo muy inquietante y provechosa.

    La disposición de amar a alguien es uno de los sentimientos más comunes que Dios ha implantado en la naturaleza humana. Lamentablemente y con demasiada frecuencia, la gente consagra su amor a objetos que no lo merecen. Quiero ahora reclamar un lugar para él, el único que es digno de todos los mejores sentimientos de nuestro corazón. Quiero que todos le den parte de su amor a la Persona Divina que nos amó y se dio por nosotros. Entre todo lo que aman, les pido que no se olviden de amar a Cristo.

    Quiero que cada uno de mis lectores enfoque su atención en este tema tan portentoso. Este no es un tema sólo para los exaltados y fanáticos. Merece la consideración de cada creyente que cree la Biblia. Nuestra salvación misma depende de ello. La vida o la muerte, el cielo o el infierno dependen de nuestra aptitud de contestar una sencilla pregunta: "¿Ama usted a Cristo?"

    Quiero destacar dos puntos al iniciar este tema.

I. El cristiano auténtico ama a Cristo

    En primer lugar, quiero mostrarle el sentimiento singular hacia Cristo del cristiano auténtico: Lo ama.

    Cristiano auténtico no es simplemente una mujer o un hombre bautizado. Es más. No es la persona que asiste, por costumbre, a la iglesia los domingos y vive el resto de la semana como si Dios no existiera. Costumbre no es cristianismo, adoración solamente de labios no es cristianismo. Las Escrituras lo afirman expresamente: "No todos los que descienden de Israel son israelitas" (Ro. 9:6). La lección práctica de esas palabras es clara y sencilla. No todo el que es miembro de la iglesia visible de Cristo es, necesariamente, un cristiano auténtico.

    Cristiano auténtico es aquel cuya fe en Cristo es de corazón y es su vida. La siente en su corazón. Es vista por los demás en su conducta y su vida. Siente que es pecaminoso, culpable e indigno. Y se arrepiente. Considera a Jesucristo un Salvador divino que su alma necesita y se entrega a él. Se despoja del viejo hombre con sus hábitos corruptos y carnales y se viste del nuevo hombre. Vive una vida nueva y santa, luchando habitualmente contra el mundo, la carne y el diablo. Cristo mismo es la piedra angular de su fe en Cristo. Pregúntele en qué confía para perdón de sus muchos pecados y le dirá que en la muerte de Cristo. Pregúntele en qué justicia espera ser declarado inocente el Día del Juicio y le dirá que en la justicia de Cristo. Pregúntele siguiendo qué ejemplo trata de vivir su vida y le dirá que siguiendo el ejemplo de Cristo.

    Además de todo esto, hay una característica más que es singular del cristiano auténtico. Esa característica es que ama a Cristo. Conocimiento, fe, esperanza, reverencia y obediencia son todas características que distinguen al cristiano auténtico. Pero la descripción de él es imperfecta si omitimos su "amor" por su divino Maestro. No sólo conoce, confía y obedece. Va más allá: Ama.

    Esta característica singular del cristiano auténtico se menciona varias veces en la Biblia. "Fe en el Señor Jesucristo", es una expresión con la cual muchos cristianos están familiarizados. Nunca olvidemos que el amor es mencionado por el Espíritu Santo en términos casi tan fuertes como la fe. Grande es el peligro del que "no cree"; pero el peligro del que "no ama" es igualmente grande. No creer y no amar son pasos hacia la perdición eterna.

    Vea lo que les dice Pablo a los corintios: "El que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema. El Señor viene" (1Co. 16:22). Pablo no ofrece ninguna vía de escape al que no ama a Cristo. No le deja ninguna excusa o escapatoria. Uno puede carecer de conocimiento intelectual y, no obstante, ser salvo. Puede caer tremendamente, como David y, no obstante, volver a levantarse. Pero si no ama a Cristo, no anda en el camino de la vida. Sigue siendo objeto de maldición. Anda en el camino ancho que lleva a la perdición.

    Vea lo que Pablo le dice a los efesios: "La gracia sea con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con amor inalterable" (Ef. 6:24). Aquí Pablo está enviando sus saludos y declarando su simpatía por todos los cristianos auténticos. A muchos de ellos, indudablemente, nunca los había visto. Muchos en la iglesia primitiva eran débiles en la fe, en conocimiento y fallaban en negarse a sí mismos. ¿Cómo, entonces, podía describirlos al enviarles su mensaje? ¿Qué palabras podía usar para no desanimar a los hermanos débiles? Pablo escoge una expresión genérica que describe con exactitud a todos los cristinos auténticos. No todos habían alcanzado la misma madurez ni en la doctrina ni en la práctica. Pero todos amaban a Cristo con sinceridad.

    Vea lo que nuestro Jesucristo mismo le dice a los judíos: "Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais" (Jn. 8:42). Vio a sus errados enemigos satisfechos con su condición espiritual por el hecho de ser todos descendientes de Abraham. Los vio, como sucede con muchos cristianos ignorantes de nuestra época, que se creen hijos de Dios nada más por haber sido circuncidados y pertenecer a la iglesia judía. Se establece el amplio principio de que nadie es hijo de Dios si no ama al Hijo unigénito de Dios. Nadie que no ama a Cristo tiene el derecho de llamar "Padre" a Dios. Bueno sería si muchos cristianos recordaran que este principio portentoso se aplica a ellos tal cojo se aplica a los judíos. ¡Sin amor a Cristo nadie se puede llamar hijo de Dios!

viernes, 4 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Aplicación práctica

    Daré algunas palabras de aplicación de todo el tema y, con esto, habré terminado.

    (a) Para empezar, advierto a todo el que está viviendo solo para el mundo, que piense bien lo que está haciendo. Aunque no lo sepa, usted es enemigo de Cristo. Él conoce sus caminos aunque le esté dando la espalda y se niegue a entregarle su corazón. Está observando su vivir cotidiano y notando lo que hace. Habrá una resurrección de todos sus pensamientos, palabras y acciones. Usted puede olvidarlas, pero Dios no las olvida. Puede ser que usted ni les dé importancia, pero están escritas con cuidado en el libro de memorias. ¡Oh, hombre mundano! ¡Piense en esto! Tiemble, tiemble y arrepiéntase.

    (b) En segundo lugar, advierto a todo formalista y fariseo que mire bien que no sea engañado. Usted se imagina que irá al cielo porque asiste regularmente a la iglesia. Se queda tranquilo pensando que tiene vida eterna porque siempre participa de la Cena del Señor y su asistencia  a los cultos es perfecta. Pero, ¿dónde está su arrepentimiento? ¿Dónde está su fe? ¿Dónde están las evidencias de un nuevo corazón? ¿Dónde están las evidencias de regeneración? ¡Oh, cristiano de nombre solamente! ¡Piense en estas preguntas! ¡Tiemble, tiemble y arrepiéntase!

    (c) En tercer lugar, advierto a todo miembro negligente de las iglesias que tengan cuidado, no sea que por su negligencia, su alma termine en el infierno. Usted vive año tras año como si no hubiera ninguna batalla que pelear con el pecado, el mundo y el diablo. Pasa la vida sonriendo, riendo y portándose como un caballero o una dama, y actúa como si no hubiera un diablo, un cielo ni un infierno. Oh, miembro negligente de la iglesia, episcopal negligente, presbiteriano negligente, independiente negligente, bautista negligente: ¡Despierte para ver las realidades eternas en su verdadera perspectiva! ¡Despierte y póngase la armadura de Dios! ¡Despierte y luche duro por la vida! Tiemble, tiemble y arrepiéntase.

    (d) En cuarto lugar, advierto a todo aquel que quiera ser salvo, que no se contente con las normas del mundo concernientes al cristianismo. Nadie que tiene los ojos abiertos puede dejar de ver que el cristianismo del Nuevo Testamento es muy superior y más profundo que el que profesa la mayoría de los cristianos. Esas prácticas ceremoniosas, fáciles y carentes de obras que la mayoría llama cristianismo, evidentemente, no es el cristianismo del Señor Jesús. Las virtudes que elogia en estas siete epístolas no son las que elogia el mundo. Las cosas que condena son cosas en las que el mundo no ve nada malo. ¡Oh, si su intención es seguir a Cristo, no se contente con el cristianismo del mundo! Tiemble, tiemble y arrepiéntase.

    (e) En último lugar, advierto a todo el que profesa creer en el Señor Jesús, que no se contente con una medida escasa de él.

    De todas las cosas que se ven en la iglesia de Cristo, no hay ninguna más penosa que el cristiano que se contenta y está satisfecho con un poquito de gracia, un poquito de arrepentimiento, un poquito de fe, un poquito de conocimiento, un poquito de amor y un poquito de santidad. Le ruego a cada uno que lee estas líneas que no sea ese tipo de cristiano. Si quiere ser útil, si desea promover la gloria de su Señor y si anhela paz interior, no se contente con solo un poquito de cristianismo.

    En cambio, busquemos cada día de nuestra vida progresar espiritualmente cada vez más, crecer en la gracia y el conocimiento del Señor Jesús, ser más humildes y conocernos mejor, crecer en espiritualidad, pensando en el cielo y conformarnos, cada vez mejor, a la imagen de nuestro Señor.

    Tengamos cuidado de no dejar nuestro primer amor como la iglesia en Éfeso, de ser tibios como la de Laodicea, de tolerar prácticas falsas como la de Pérgamo, de jugar con falsas doctrinas como la de Tiatira y de estar al borde de la muerte como la de Sardis.

    En cambio, anhelemos los dones mejores. Sea nuestra meta lograr una santidad excelente. Procuremos ser como la iglesia de Esmirna y la de Filadelfia. Mantengamos, sin fluctuar, lo que ya tenemos y procuremos continuamente, lograr más. Trabajemos para ser incuestionablemente cristianos. Que no seamos identificados como hombres de ciencia, ni escritores exitosos, ni hombres de mundo, ni gente divertida ni hombres de negocios, sino "hombres de Dios". Vivamos de modo que todos vean que lo más importante para nosotros es todo lo que se relaciona con Dios y que la gloria de Dios es nuestra primera prioridad, seguir a Cristo el gran objetivo del presente y estar con Cristo, el gran anhelo para la vida venidera.

    Vivamos de esta manera y seremos felices. Vivamos de esta manera y le haremos bien al mundo. Vivamos de esta manera y dejaremos buena evidencia detrás de nosotros cuando muramos. Vivamos de esta manera y lo que el Espíritu dijo a las iglesias no habrá sido dicho en vano.

miércoles, 2 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)



III. Una promesa al que venciere

    Les pido a mis lectores que observen, en tercer y último lugar, que en cada epístola el Señor Jesús hace una promesa al que venciere.

    Siete veces Jesús promete a las iglesias cosas muy grandes y preciosas. Cada una es diferente y cada una está llena de consolación, pero cada una va dirigida al cristiano vencedor. Es siempre "al que venciere" o "el que venciere".

    Cada cristiano es un soldado de Cristo. Por su bautismo está comprometido a librar la batalla de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. El hombre que no lo hace está rompiendo su pacto. Es un moroso espiritual. No cumple los compromisos que le corresponden. El cristiano que rompe su compromiso, prácticamente, renuncia a su cristianismo. El hecho mismo de que pertenece a una iglesia, asiste a un lugar de adoración cristiano, es una declaración pública de que quiere ser contado como soldado de Cristo.

    El Señor provee una armadura para la lucha, pero el cristiano tiene que usarla. "Tomad", dice Pablo a los efesios, "toda la armadura de Dios". "Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz". "Y tomad el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios". "Sobre todo, tomad el escudo de la fe" (Ef. 6:13-17).

    Y no de menos importancia, el cristiano profesante tiene...

    - el mejor de los líderes: Jesús, el Capitán de la salvación, por medio del cual es más que vencedor.

    - las mejores provisiones: El pan de vida y el agua viva y

    - la promesa del mejor pago: Un eterno peso de gloria.

    Todas estas cosas no son nada nuevo. No me desviaré de mi tema a fin de explicarlas.

    Un punto que quiero dejar en su alma ahora es que el creyente auténtico, no sólo es un soldado, sino un soldado victorioso. No sólo profesa luchar del lado de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo, sino que realmente lucha y vence.

    He aquí la gran característica que distingue al cristiano auténtico. A otros quizá, les guste solamente el hecho de ser contados en el ejército de Cristo. Otros pueden tener pocos deseos y anhelos lánguidos de lograr la corona de gloria. Pero es únicamente el cristiano auténtico el que le hace frente a los enemigos de su alma, quien realmente lucha contra ellos y, en esa lucha, los vence.

    Una gran lección que deseo que mis lectores aprendan de estas epístolas es que, si han de dar pruebas de haber nacido de nuevo y de que van en dirección al cielo, tienen que ser soldados victoriosos de Cristo. Si anhelan estar seguros de que tienen derecho a las promesas preciosas de Cristo, tienen que pelear la buena batalla en la causa de Cristo y salir airosos.

    La victoria es la única evidencia satisfactoria de que tienen una fe salvadora. Quizá les guste escuchar buenos sermones. Respetan la Biblia y la leen ocasionalmente. Elevan a Dios sus oraciones en la noche y en la mañana. Tienen el culto familiar y ofrendan a la obra misionera. Doy gracias a Dios por esto. Pero, ¿cómo va la batalla? ¿Cómo pelean sus batallas durante el tiempo de lucha? ¿Están venciendo el amor al mundo y el temor al hombre? ¿Están venciendo las pasiones, el mal carácter y la lascivia de sus propios corazones? ¿Están resistiendo al diablo y obligándolo a huir? ¿Cómo va esto? Tienen que vencer o servir al pecado, al diablo y al mundo. No hay otra alternativa. Tienen que vencer o ser vencidos para perdición.

    Sé muy bien y quiero que ustedes también sepan que es una batalla difícil la que tienen que pelear. Deben pelear la buena batalla de la fe y soportar aflicciones para alcanzar la vida eterna. Tienen que decidirse a luchar diariamente si quieren llegar al cielo. Puede haber caminos breves al cielo inventados por el hombre, pero el cristianismo legado de la antigüedad es el camino de la cruz, el camino de conflictos. El pecado, el mundo y el diablo tienen que ser realmente mortificados, resistidos y vencidos.

    Este es el camino que los santos de antaño tomaron dejando "su récord en lo más alto".

    (a) Moisés rechazó los placeres pecaminosos en Egipto y escogió las aflicciones del pueblo de Dios. Esto fue vencer: Venció el amor a los placeres.

    (b) Micaías se negó a profetizar buen éxito al rey Acab, aunque sabía que profetizar la verdad significaría que sería perseguido. Esto fue vencer: Venció el amor a la comodidad.

    (c) Daniel se negó a dejar de orar, aunque sabía que había un foso de leones preparado para él. Esto fue vencer: Venció el temor a la muerte.

    (d) Mateo abandonó sus negocios cuando nuestro Señor le pidió que lo siguiera. Esto fue vencer: Venció el amor al dinero.

    (e) Pedro y Juan ante el concilio dijeron con valentía: "No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído". Esto fue vencer: Vencieron el temor al hombre.

    (f) Saulo, el fariseo, renunció a su fama entre los judíos y predicó a ese mismo Jesús que había perseguido. Esto fue vencer: Venció el amor a la alabanza del hombre.

    Nosotros tenemos que hacer el mismo tipo de acciones de estos hombres, si queremos ser salvos. Eran hombres con pasiones como las nuestras y las vencieron. Tenían tantas pruebas, como posiblemente tenemos nosotros, pero vencieron. Lucharon. Batallaron. Pelearon. Nosotros tenemos que hacer lo mismo.

    ¿Cuál fue el secreto de su victoria? Su fe. Creyeron en Cristo y, creyendo, recibieron fuerzas. Creyeron en Cristo y, creyendo, fueron sostenidos. En todas sus batallas, tuvieron sus ojos puestos en Jesús y él nunca los dejó ni los abandonó. "Y ellos le han vencido [al acusador] por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos" y lo mismo será con nosotros (Ap. 12:11).

    Les dejo estas palabras. Les pido que las tomen a pecho. Cada uno decida, por la gracia de Dios, ser un cristiano vencedor.

    Me preocupan muchos cristianos profesantes. No veo en ellos ninguna señal de lucha y, menos aún de victorias. Nunca abren la boca en defensa de Cristo. Están en paz con sus enemigos. No tienen problemas con el pecado. Le advierto que esto no es ser cristiano. Este no es el camino al cielo.

    A menudo, me preocupo mucho por los que escuchan el evangelio regularmente. Me preocupa que se acostumbren tanto a oír su doctrina, que se insensibilizan a su poder. Me temo que su fe se limite a una conversación incierta acerca de su propia flaqueza y corrupción, y algunas expresiones sentimentales acerca de Cristo, mientras ignoran totalmente la necesidad de luchar por Cristo de verdad y en la práctica. Cuídese de no caer en este mismo error. "Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores". ¡Sin victoria no hay corona! ¡Luche y venza! (Stg. 1:22).

    Jóvenes y señoritas y, especialmente los que se han criado en un hogar cristiano: Temo por ustedes. Temo que se acostumbren a ceder a las tentaciones. Temo que les dé miedo decirle "¡no!" al mundo y al diablo, y que cuando los pecadores los tientan, no tengan reparos en ceder. Tengan cuidado, les ruego que no cedan. Cada vez que lo hacen, se van debilitando. Salgan al mundo decididos a pelear la batalla de Cristo y a abrirse paso luchando.

    Creyentes en el Señor Jesús, de todas las iglesias y posiciones en la vida: Me identifico mucho con ustedes. Sé que su camino es difícil. Sé que la batalla que tienen que pelear es difícil. Sé que, a menudo, se sienten tentados a decir: "No vale la pena" y a bajar sus brazos.

    Anímense queridos hermanos y hermanas. Les ruego que sean valientes. Vean el lado positivo de su posición. Cobren aliento para seguir luchando. El tiempo es breve. El Señor viene pronto. La noche está avanzada. Millones de personas débiles como ustedes han peleado la misma batalla. Ni uno de todos esos millones ha terminado cautivo de Satanás. Sus enemigos son poderosos, pero el Capitán de su salvación es aún más poderoso. Su brazo, su gracia y su Espíritu los mantendrán en pie. Alégrense. No se desanimen.

    ¿Qué si pierde una batalla o dos? No las perderá todas. ¿Qué si a veces desmaya? No será destruido. Guárdese del pecado y el pecado no tendrá poder sobre usted. Resista al diablo y él huirá de usted. Aléjese audazmente del mundo y el mundo se verá obligado a dejarlo ir. Al final será más que vencedor.

martes, 1 de abril de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

II. "Yo conozco tus obras"

    Digo una vez más que repasemos con frecuencia las siete "epístolas a las iglesias". En segundo lugar, les pido a mis lectores que noten que en cada epístola el Señor Jesús dice: "yo conozco tus obras". Esta expresión que se repite una y otra vez es muy impresionante. Es por algo que leemos estas palabras siete veces.

    A una iglesia el Señor Jesús dice "tu arduo trabajo y tu paciencia", a otra "tu tribulación y tu pobreza", a la tercera "tu amor, y fe, y servicio". En cambio, a todas les dice las palabras que ahora estamos enfocando: "Yo conozco tus obras". No dice: "Yo conozco la fe que profesas, tus anhelos, tus decisiones", sino que dice obras. Yo conozco tus obras.

    Las obras de un cristiano profesante son de gran importancia. No pueden salvar su alma. No pueden justificarlo. No pueden limpiarlo de sus pecados. No pueden librarlo de la ira de Dios. Pero porque no puedan salvarlo, no significa que no sean importantes. Tenga cuidado, no sea que se le ocurra creer esto. La persona que lo cree está terriblemente engañada.

    A menudo, pienso que con gusto moriría por defender la doctrina de la justificación por la fe sin las obras de la ley. Pero mantengo firmemente que, por lo general, las obras del hombre son evidencia de su fe. Si se denomina usted cristiano, tiene que demostrarlo en su diario vivir y su comportamiento cotidiano. Recuerde que la fe de Abraham y la de Rahab se comprobó por sus obras (Stg. 2:21-26). Recuerde que no le sirve a usted ni me sirve a mí profesar que conozco a Dios, si nuestras obras lo desdicen (Tito 1:16). Recuerde las palabras de nuestro Señor Jesús: "Porque cada árbol se conoce por su fruto" (Lc. 6:44).

    Además, sean las que fueren las obras de un cristiano profesante, dice la Palabra: "Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos" (Pr. 15:3). Nunca ha realizado usted una acción, por más privada que haya sido, que el Señor no viera. Nunca dijo una palabra, no, ni siquiera un susurro, que Jesús no oyera. Nunca escribió una carta, aun a su amigo más querido, que Jesús no haya leído. Nunca ha tenido un pensamiento, por más secreto que haya sido, que Jesús no sabía. Sus ojos son como fuego que arde. La oscuridad no es oscuridad para él. Todas las cosas le son manifiestas. Le dice a cada uno: "Yo conozco tus obras".

    (a) El Señor Jesús conoce las obras de todas las almas impenitentes e incrédulas y, un día, las castigará. No son olvidadas en el cielo, aunque se olviden en la tierra. Cuando el gran trono blanco esté preparado y los libros sean abiertos, los impíos muertos serán juzgados "según sus obras" (Ap. 20:12-13).

    (b) El Señor conoce las obras de su propio pueblo y las pesa. "A él le toca pesar las acciones" (1 S. 2:3). Él conoce el por qué y el para qué de las obras de todos los creyentes. Ve las motivaciones de cada paso que dan. Discierne cuánto se realiza en su nombre y cuánto para ser alabado. ¡Ay! Muchas cosas que hacen los creyentes nos parecen muy buenas a usted y a mí, pero Cristo les da una calificación muy baja.

    (c) El Señor Jesús conoce las obras de todos los que pertenecen a su pueblo y, un día, las recompensará. Nunca pasa por alto una palabra cariñosa ni una buena obra realizada en su nombre. A él le pertenecen todos los frutos de la fe, aun los más pequeños; y los declarará ante el mundo el día de su venida. Si ama usted al Señor Jesús y le sigue, puede estar seguro de que sus obras para el Señor no serán en vano. Las obras de los que mueren en el Señor "con ellos siguen" (Ap. 14:13). No irán antes que ellos, ni a su lado, sino que los siguen y serán los elementos para su balance el día de la venida de Cristo. La parábola de las minas se hará realidad (Lc. 19:12-27). "Cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor" (1 Co. 3:8). El mundo no lo conoce a usted porque no conoce a su Hacedor. Pero Jesús ve y sabe todo. "Yo conozco tus obras".

    Reflexione acerca de la advertencia solemne que hay aquí para todo el que profesa una religión mundana e hipócrita. Lea, subraye y digiera estas palabras. Jesús le dice: "Yo conozco tus obras". Usted puede engañarme a mí y a otros pastores; es fácil hacerlo. Usted puede recibir de mis manos el pan y la copa y, no obstante, estar aferrándose a la iniquidad en su corazón. Puede asistir a la iglesia semana tras semana y escuchar con seriedad las palabras del predicador y, sin embargo no creerlas. Pero recuerde que no puede engañar a Cristo. Aquel que descubrió lo muerta que estaba la iglesia en Sardis y lo tibia que era la de Laodicea, lo conoce a usted de pies a cabeza, y lo expondrá en el día final, a menos que se arrepienta.

    Oh, créame, la hipocresía siempre pierde. Nunca da resultado parecer una cosa  ser otra, ni llamarse cristiano y no serlo. Puede estar seguro de que si le remuerde la conciencia en este sentido, también su pecado será descubierto. Los ojos que vieron a Acán robar un lingote de oro y esconderlo, están sobre usted. El libro que registró las obras de Giezi, Ananías y Safira, está registrando sus obras. Jesús, en su misericordia, le envía hoy una advertencia. Dice: "Yo conozco tus obras".

    Por otro lado, piense en el aliento que hay aquí para cada creyente sincero y auténtico. También a usted le dice Jesús: "Yo conozco tus obras". Usted no ve nada especial en ninguna de sus acciones. Todo le parece imperfecto, manchado y deshonroso. A veces, se siente mal por sus propias faltas. A menudo, siente que toda su vida es un gran error y que cada día es un espacio en blanco o un manchón. Pero sepa ahora que Jesús puede ver algo de hermosura en todo lo que hace con el anhelo consciente de complacerle. Sus ojos pueden discernir la excelencia, aun en lo más pequeño, que es fruto de su propio Espíritu. Él puede sacar las pepitas de oro de la escoria de sus acciones y separar la cizaña del trigo en todos sus quehaceres. Todas sus lágrimas van en su redoma (Sal. 56:8). Sus esfuerzos por ayudar a los demás, por más pequeños que sean, están escritos en su libro memorial. La copa más pequeña de agua, dada en su nombre, recibirá su recompensa. El Señor no olvida sus obras y trabajos de amor, aunque el mundo no los valore.

    Parece demasiado maravilloso y sí, lo es. A Jesús le encanta honrar la obra del Espíritu en su pueblo y de pasar por alto sus flaquezas. Toma en cuenta la fe de Rahab, pero no su mentira. Felicita a sus apóstoles por permanecer con él durante sus tentaciones y no tiene en cuenta su ignorancia y falta de fe (Lc. 12:28). "Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen" (Sal. 103:13). Y de la misma manera como un padre de familia se complace con las más pequeñas y dignas acciones de sus hijos, de las cuales los extraños nada saben, se complace el Señor con nuestros débiles esfuerzos por servirle.

    Es todo muy maravilloso. Puedo comprender por qué los justos en el Día del Juicio dirán: "¿Cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?" (Mt. 25:37-39). ¡Les parecerá increíble e imposible haber hecho algo digno de mencionar en aquel gran día! No obstante, así es. Cobren aliento por esto, todos los creyentes. El Señor dice: "Yo conozco todas tus obras". Esto debe hacerle humilde, pero no temeroso.

lunes, 31 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

14. Advertencia a las iglesias visibles

"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias". Apocalipsis 3:22

    Me supongo que puedo contar con que cada uno de mis lectores pertenece a alguna iglesia visible de Cristo. No le pregunto si es usted episcopal, presbiteriano o independiente. Lo único que supongo es que no le gustaría que lo llamaran ateo o incrédulo. También supongo que asiste al culto público de un cuerpo visible, particular o nacional de cristianos que profesan serlo exteriormente.

    Ahora bien, sea cual fuere el nombre de su iglesia, le invito a prestar especial atención al versículo bíblico que tiene ante sus ojos. Le encargo que tenga en mente que las palabras de ese versículo le conciernen a usted. Fueron escritas para su conocimiento y para todos los que se consideran cristianos. "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias".

    En el segundo y tercer capítulo del libro de Apocalipsis, este versículo se repite siete veces. En estos capítulos, el Señor envía, por la mano de Juan, una carta a cada una de las siete iglesias de Asia. Siete veces termina sus cartas diciendo las mismas palabras solemnes. "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias".

    Todo lo que el Señor Dios hace es perfecto. No hace nada por casualidad. No causó que ninguna parte de las Escrituras se escribiera por casualidad. En todos sus tratos, podemos encontrar un designio, propósito y plan. Hubo un diseño en el tamaño y órbita de cada planeta. Hay un designio en la forma y estructura del ala de la mosca más diminuta. Hay una intención en cada versículo de la Biblia. Hay un objetivo en cada repetición de un versículo, sea donde sea que aparezca. Hay un propósito en las siete repeticiones del versículo que estamos enfocando. Significa algo y la intención es que le demos nuestra atención.

    Estos versículos piden la atención especial de todos los cristianos auténticos de las siete "cartas a las iglesias".  Estoy convencido de que su intención es hacer que los creyentes tomen nota, en particular, de los asuntos que estas siete epístolas tratan.

    Procuraré señalar ciertas verdades principales que me parece que estas siete epístolas enseñan. Son verdades para nuestra época, verdades que nunca se pueden conocer demasiado bien y que nos beneficia conocerlas y percibirlas mucho mejor de lo que lo hacemos.

I. Cuestiones relacionadas con doctrinas, prácticas, advertencias y promesas

    En primer lugar, les pido a mis lectores que noten que, en las siete epístolas, el Señor Jesús no habla más que de doctrinas, prácticas, advertencias y promesas. Les pido que lean estas siete epístolas en silencio y a su propio ritmo; cuando lo hagan, comprenderán lo que quiero decir.

    Observarán que, a veces, el Señor Jesús habla de falsas doctrinas, personas impías y prácticas erradas, y las reprende con vehemencia. También notarán que, a veces, elogia altamente la fe, paciencia, obra, labor y perseverancia. Lo verán, otras veces, rogando que se arrepientan, corrijan, regresen a su primer amor, que renueven su fe en él y cosas así.

    También quiero que noten que, en ninguna de las epístolas, el Señor habla del gobierno ni las ceremonias de la iglesia. No dice nada de sacramentos ni de ordenanzas. No menciona liturgias ni procedimientos o formas. No le indica a Juan que escriba ni una palabra sobre el bautismo, la Cena del Señor ni de una sucesión apostólica. En suma, los principios principales de lo que podríamos llamar "el sistema sacramental", no aparece en ninguna de las siete epístolas.

    ¿Por qué señalo esto? Lo hago porque muchos profesantes cristianos, en la actualidad, quieren hacernos creer que estas cosas son de primera, primordial y capital importancia. Son muchos los que opinan que no puede haber una iglesia sin un obispo, ni piedad sin liturgia. Parece que creen que enseñar el valor de los sacramentos es la primera obligación del pastor y que la continuidad de la iglesia local es la tarea de las personas.

    Ahora bien, nadie me malinterprete cuando digo esto. Nadie se vaya con la idea de que no le doy ninguna importancia a los sacramentos. Al contrario, los considero de gran bendición para todos los que participan de ellos "correcta, dignamente y con fe". No crea que no le doy ningún valor al gobierno episcopal, la liturgia y al sistema parroquial. Al contrario, considero que una iglesia bien administrada que cuenta con estas tres cosas, además de un ministerio evangélico es una iglesia mucho más completa y provechosa que una en la que no se encuentran. Pero afirmo que los sacramentos, el gobierno de la iglesia, el uso de una liturgia, las ceremonias y procedimientos no son nada en comparación con la fe, el arrepentimiento y la santidad. Y mi autoridad para decir esto es todo el tenor de las palabras de nuestro Señor Jesucristo a las siete iglesias.

    Me es imposible creer que si cierta forma de gobierno eclesiástico fuera tan importante como algunos afirman, la gran Cabeza de la Iglesia no la hubiera mencionado aquí. Encontraríamos algo sobre esto dirigido a Sardis y Laodicea. Pero no encuentro absolutamente nada. Creo que ese silencio es algo para tener muy en cuenta.

    No puedo menos que mencionar que fue lo mismo con las palabras de despedida de Pablo a los ancianos efesios (Hch. 20:27-35). Se estaba despidiendo para siempre. Esta dando sus últimas instrucciones sobre la tierra, escribiendo como alguien que no volverá a ver los rostros de sus oyentes. No obstante, no hay ninguna instrucción sobre los sacramentos ni el gobierno de la iglesia. Si alguna vez hubo necesidad de hablar de estos, fue en esa ocasión. Pero el apóstol no dijo absolutamente nada y creo que su silencio fue intencional.

    Y esa es la razón por la cual nosotros, los llamados (para bien o para mal) clero evangélico, no predicamos sobre obispos, el Libro de Oraciones y las ordenanzas más de lo que lo hacemos. No es porque no las valoremos en el lugar, la proporción y manera que les corresponde. Las valoramos tanto y verdaderamente como cualquiera, y damos gracias a Dios por ellos. No obstante, creemos que el arrepentimiento ante Dios, la fe en nuestro Señor Jesucristo y una conversación santa son temas mucho más importantes para el alma. Sin estos, nadie puede ser salvo. Estas son las cuestiones más importantes y de más peso y, por ello, estas son las que enfatizamos.

    Aquí tenemos una razón por la cual, a menudo, instamos a las personas que no se contenten con la parte externa de la religión. Usted habrá observado que le advertimos con frecuencia que no confíe en el hecho de ser miembro de la iglesia y los privilegios de la iglesia. Le advertimos que no se crea que todo anda bien porque usted asiste a la iglesia los domingos y participa de la Cena del Señor.

    Con frecuencia, le instamos que recuerde que no es un cristiano el que lo es solo exteriormente, sino el que ha "nacido de nuevo", el que tiene una "fe que obra por amor" y es una "nueva creación" por el Espíritu en su corazón. Lo hacemos porque pensamos que es la mente de Cristo. Este es el tipo de cosas que él enfatiza cuando escribe a las siete iglesias. Creemos que si lo imitamos a él no cometeremos errores graves.

    Sé que nos acusan de tener "puntos de vista deficientes" sobre los temas a los cuales me he referido. Poco importa si alguien piensa que nuestros puntos de vista son considerados "deficientes" siempre y cuando nuestra conciencia nos diga que son bíblicos. Los pensamientos elevados, como los llaman, no siempre son terreno seguro sobre el cual transitar. Nuestra respuesta debe ser lo que dijo Balaam: "Lo que hable Jehová, eso diré" (Nm. 24:13).

    La verdad simple y llana es que hay dos sistemas cristianos diferentes y separados en Inglaterra hoy día. Es inútil negarlo. Su existencia es una gran realidad y eso hay que entenderlo claramente.

    Según uno de los sistemas, la religión es sólo una cuestión corporativa. Uno tiene que pertenecer a cierto grupo de personas. En virtud de ser miembro de este grupo o cuerpo, a uno le son conferidos vastos privilegios, tanto en el tiempo como en la eternidad. Poco importa lo que uno es y lo que siente. No tiene que ponerse a prueba en base a sus sentimientos. Si uno es miembro de una gran corporación eclesiástica, entonces cuenta con todas sus concesiones y privilegios. ¿Pertenece usted a una corporación visible auténtica? Este es el quid de la cuestión.

    Según el otro sistema, la religión es principalmente un asunto personal entre usted y Cristo. Ser miembro de algún cuerpo eclesiástico no le salvará el alma, no importa lo sano que sea ese cuerpo. El solo hecho de ser miembro no le limpiará ni un pecado ni le dará seguridad en el Día del Juicio. Tiene que haber una fe personal en Cristo, una relación personal entre usted y Dios, una comunión personal sentida entre su corazón y el Espíritu Santo. ¿Tiene usted esta fe personal? ¿Siente en su alma la obra del Espíritu Santo? Este es el quid de la cuestión. Si su respuesta es negativa, usted está perdido.

    Este último sistema es al que se aferran y enseñan los que se denominan pastores evangélicos. Lo hacen porque están seguros de que este es el sistema que enseñan las Sagradas Escrituras. Lo hacen porque están convencidos de que cualquier otro sistema produce consecuencias muy peligrosas y tienen el fin de engañar fatalmente a los hombres en cuanto a su verdadero estado. Lo hacen porque creen que es el único sistema que Dios ha de bendecir y que ninguna iglesia prosperará tanto como aquella en la que el arrepentimiento, la fe, la conversión y la obra del Espíritu son los temas primordiales de los sermones del pastor.

miércoles, 26 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Aplicaciones prácticas

    Ahora concluiré este capítulo con unas palabras de aplicación práctica.

    (a) Las primeras serán en forma de una pregunta. ¿Cuál será esa pregunta? ¿Qué preguntaré? Regresaré al punto con el que comencé. Iré a la primera frase de este capítulo, personalizándola. Pregunto: ¿Es usted miembro de la única Iglesia verdadera de Cristo? ¿Es usted, en el mejor sentido, un "hombre de iglesia" a los ojos de Dios? Ahora ya sabe lo que quiero decir. Miro mucho más allá de la Iglesia Anglicana. No estoy hablando de una denominación o grupo en particular. Hablo de "la Iglesia edificada sobre la Roca". Le pregunto con toda seriedad: ¿Es usted miembro de esa Iglesia? ¿Está usted unido al gran Fundamento? ¿Está cimentado sobre la Roca? ¿Ha recibido al Espíritu Santo? ¿Testifica el Espíritu a su espíritu de que usted es uno con Cristo y Cristo con usted? Le ruego, en el nombre de Dios, que tome a pecho estas preguntas y reflexione bien sobre ellas. Si no se ha convertido, no pertenece todavía a "la Iglesia sobre la Roca".

    Si no puede dar una respuesta satisfactoria a mis preguntas, tome en cuenta cada uno de mis lectores su propia condición. Tenga cuidado, tenga cuidado de no arruinar su alma para toda la eternidad. Tenga cuidado, no sea que al final de cuentas las puertas del infierno prevalezcan contra usted, que el diablo declare que usted le pertenece y sea echado fuera para siempre. Tenga cuidado de no ser arrojado al abismo desde la tierra donde hay tantas Biblias, que le hubieran podido ayudar a evitar su derrota, y a la vista del evangelio de Cristo que lo hubiera podido salvar. Tenga cuidado que no vaya a estar a la izquierda de Cristo en el día final, un episcopal perdido o un presbiteriano perdido o un bautista perdido o un metodista perdido, perdido debido a que por su celo por su propia denominación y su propia Cena del Señor, nunca se hizo miembro de la única Iglesia verdadera.

    (b) Mis segundas palabras de aplicación serán una invitación. Se las dirijo a todo el que todavía no es un verdadero creyente: Venga y súmese sin dilación a la única Iglesia verdadera. Venga y únase al Señor Jesucristo en un pacto eterno que nunca será olvidado.

    Considere bien lo que digo. Le encargo con toda seriedad que no malentienda el significado de mi invitación. No le pido que deje la iglesia visible a la cual pertenece. Aborrezco toda idolatría a los formulismos y partidismos. Detesto al espíritu proselitista. Pero sí le pido que acuda a Cristo y sea salvo. El día de decisión, tarde o temprano, tiene que llegar. ¿Por qué no hoy mismo, en este mismo momento? ¿Por qué no este día mientras el día dura? ¿Por qué no esta misma noche, antes de que claree la mañana? Venga a él, quien murió por los pecados en la cruz e invita a todos los pecadores que vengan a él por fe para ser salvos. Venga a mi Señor Jesucristo.

    Venga, le ruego, porque ya todo está preparado. La misericordia lo está. El cielo lo está. Los ángeles lo esperan para regocijarse por usted. Cristo lo recibirá con gozo y le dará la bienvenida entre sus hijos. Venga al arca. El diluvio de la ira de Dios se desatará pronto sobre la tierra, venga al arca y sea salvo.

    Entre en el bote salvavidas de la única Iglesia verdadera. ¡Este viejo mundo pronto se hará pedazos! ¿Oye usted sus temblores? El mundo no es más que un viejo barco encallado en un banco de arena. La noche ya está avanzada y las olas comienzan a subir, el viento comienza a soplar y la tormenta pronto destruirá el viejo barco naufragado. Pero el bote salvavidas ha sido echado al agua y nosotros, los ministros del evangelio, le rogamos que entre en el bote y sea salvo. Le rogamos que se levante ya y venga a Cristo.

    Se pregunta usted: "¿Cómo puedo venir? Mis pecados son demasiados. Todavía soy muy impío. No me animo a venir". ¡Fuera con ese pensamiento! Es Satanás que lo tienta. Venga a Cristo como un pecador. Venga tal como está. Reflexione en las palabras de aquel himno tan hermoso:

"Tal como soy, de pecador,
sin más confianza que tu amor,
ya que me llamas, acudí,
Cordero de Dios, heme aquí".

    Esta es la manera de venir a Cristo. No se quede esperando nada ni se demore por ninguna razón. Venga como un pecador hambriento que busca satisfacer su apetito, un pecador pobre para enriquecerse, un pecador sin méritos para vestirse de justicia. Si viene, Cristo lo recibe. Cristo dice: "Al que a mí viene, no le echo fuera". ¡Oh! Venga, venga a Jesucristo. Venga a la "Iglesia verdadera" por fe y sea salvo.

    (c) Por último, quiero dar una palabra de exhortación a todo creyente auténtico que tiene este escrito en sus manos.

    Procure vivir una vida santa. Ande como es dino de la Iglesia a la cual pertenece. Viva como un ciudadano del cielo. Haga que su luz brille delante de los hombres para que el mundo se beneficie por su conducta. Hágales saber a quién pertenece y a quién sirve. Sea una epístola de Cristo, conocida y leída por todos, escrita con letras tan claras que nadie pueda decir de usted: "No sé si este hombre es un miembro de Cristo o no". El que nada sabe de santidad real y práctica no es miembro de "la Iglesia sobre la Roca".

    Procure vivir una vida valiente. Confiese a Cristo delante de los hombres. Sea cual sea su posición, en esa posición confiese a Cristo. ¿Por qué habría usted de avergonzarse de él? Él no se avergonzó de usted en la cruz. Él está listo para confesarlo a usted ante su Padre en el cielo. ¿Por qué habría usted de avergonzarse de él en la tierra? Sea valiente. Sea muy valiente. El buen soldado no se avergüenza de su uniforme. El verdadero cristiano nunca debiera avergonzarse de Cristo.

    Procure vivir una vida gozosa. Viva como alguien que tiene esta bendita esperanza: La segunda venida de Jesucristo. Este es el acontecimiento que todos debemos esperar con expectación. No es tanto la idea de ir al cielo, sino que el cielo venga a nosotros lo que debiera llenar nuestra mente. "Vienen buenos tiempos" para todo el pueblo de Dios, buenos tiempos para toda la Iglesia de Cristo, buenos tiempos para todos los creyentes; malos tiempos para el impenitente y el incrédulo, pero buenos tiempos para el cristiano auténtico. Esperemos, velemos y oremos por esos buenos tiempos.

    El andamiaje pronto será quitado. La última piedra pronto será colocada. La piedra final será instalada en el edificio. Un poco más de tiempo y la belleza total de la Iglesia que Cristo está edificando será vista claramente.

    El gran Maestro Constructor pronto vendrá. El edificio sin ninguna imperfección será exhibido ante los mundos reunidos. El Salvador y los salvos se regocijarán juntos. Todo el universo reconocerá que en la edificación de la Iglesia de Cristo todo se hizo a la perfección. "Bienaventurados" se dirá en aquel día, si nunca fue dicho antes: "¡Bienaventurados todos los que pertenecen a la Iglesia sobre la Roca!"