14. Advertencia a las iglesias visibles
Me supongo que puedo contar con que cada uno de mis lectores pertenece a alguna iglesia visible de Cristo. No le pregunto si es usted episcopal, presbiteriano o independiente. Lo único que supongo es que no le gustaría que lo llamaran ateo o incrédulo. También supongo que asiste al culto público de un cuerpo visible, particular o nacional de cristianos que profesan serlo exteriormente.
Ahora bien, sea cual fuere el nombre de su iglesia, le invito a prestar especial atención al versículo bíblico que tiene ante sus ojos. Le encargo que tenga en mente que las palabras de ese versículo le conciernen a usted. Fueron escritas para su conocimiento y para todos los que se consideran cristianos. "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias".
En el segundo y tercer capítulo del libro de Apocalipsis, este versículo se repite siete veces. En estos capítulos, el Señor envía, por la mano de Juan, una carta a cada una de las siete iglesias de Asia. Siete veces termina sus cartas diciendo las mismas palabras solemnes. "El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias".
Todo lo que el Señor Dios hace es perfecto. No hace nada por casualidad. No causó que ninguna parte de las Escrituras se escribiera por casualidad. En todos sus tratos, podemos encontrar un designio, propósito y plan. Hubo un diseño en el tamaño y órbita de cada planeta. Hay un designio en la forma y estructura del ala de la mosca más diminuta. Hay una intención en cada versículo de la Biblia. Hay un objetivo en cada repetición de un versículo, sea donde sea que aparezca. Hay un propósito en las siete repeticiones del versículo que estamos enfocando. Significa algo y la intención es que le demos nuestra atención.
Estos versículos piden la atención especial de todos los cristianos auténticos de las siete "cartas a las iglesias". Estoy convencido de que su intención es hacer que los creyentes tomen nota, en particular, de los asuntos que estas siete epístolas tratan.
Procuraré señalar ciertas verdades principales que me parece que estas siete epístolas enseñan. Son verdades para nuestra época, verdades que nunca se pueden conocer demasiado bien y que nos beneficia conocerlas y percibirlas mucho mejor de lo que lo hacemos.
I. Cuestiones relacionadas con doctrinas, prácticas, advertencias y promesas
En primer lugar, les pido a mis lectores que noten que, en las siete epístolas, el Señor Jesús no habla más que de doctrinas, prácticas, advertencias y promesas. Les pido que lean estas siete epístolas en silencio y a su propio ritmo; cuando lo hagan, comprenderán lo que quiero decir.
Observarán que, a veces, el Señor Jesús habla de falsas doctrinas, personas impías y prácticas erradas, y las reprende con vehemencia. También notarán que, a veces, elogia altamente la fe, paciencia, obra, labor y perseverancia. Lo verán, otras veces, rogando que se arrepientan, corrijan, regresen a su primer amor, que renueven su fe en él y cosas así.
También quiero que noten que, en ninguna de las epístolas, el Señor habla del gobierno ni las ceremonias de la iglesia. No dice nada de sacramentos ni de ordenanzas. No menciona liturgias ni procedimientos o formas. No le indica a Juan que escriba ni una palabra sobre el bautismo, la Cena del Señor ni de una sucesión apostólica. En suma, los principios principales de lo que podríamos llamar "el sistema sacramental", no aparece en ninguna de las siete epístolas.
¿Por qué señalo esto? Lo hago porque muchos profesantes cristianos, en la actualidad, quieren hacernos creer que estas cosas son de primera, primordial y capital importancia. Son muchos los que opinan que no puede haber una iglesia sin un obispo, ni piedad sin liturgia. Parece que creen que enseñar el valor de los sacramentos es la primera obligación del pastor y que la continuidad de la iglesia local es la tarea de las personas.
Ahora bien, nadie me malinterprete cuando digo esto. Nadie se vaya con la idea de que no le doy ninguna importancia a los sacramentos. Al contrario, los considero de gran bendición para todos los que participan de ellos "correcta, dignamente y con fe". No crea que no le doy ningún valor al gobierno episcopal, la liturgia y al sistema parroquial. Al contrario, considero que una iglesia bien administrada que cuenta con estas tres cosas, además de un ministerio evangélico es una iglesia mucho más completa y provechosa que una en la que no se encuentran. Pero afirmo que los sacramentos, el gobierno de la iglesia, el uso de una liturgia, las ceremonias y procedimientos no son nada en comparación con la fe, el arrepentimiento y la santidad. Y mi autoridad para decir esto es todo el tenor de las palabras de nuestro Señor Jesucristo a las siete iglesias.
Me es imposible creer que si cierta forma de gobierno eclesiástico fuera tan importante como algunos afirman, la gran Cabeza de la Iglesia no la hubiera mencionado aquí. Encontraríamos algo sobre esto dirigido a Sardis y Laodicea. Pero no encuentro absolutamente nada. Creo que ese silencio es algo para tener muy en cuenta.
No puedo menos que mencionar que fue lo mismo con las palabras de despedida de Pablo a los ancianos efesios (Hch. 20:27-35). Se estaba despidiendo para siempre. Esta dando sus últimas instrucciones sobre la tierra, escribiendo como alguien que no volverá a ver los rostros de sus oyentes. No obstante, no hay ninguna instrucción sobre los sacramentos ni el gobierno de la iglesia. Si alguna vez hubo necesidad de hablar de estos, fue en esa ocasión. Pero el apóstol no dijo absolutamente nada y creo que su silencio fue intencional.
Y esa es la razón por la cual nosotros, los llamados (para bien o para mal) clero evangélico, no predicamos sobre obispos, el Libro de Oraciones y las ordenanzas más de lo que lo hacemos. No es porque no las valoremos en el lugar, la proporción y manera que les corresponde. Las valoramos tanto y verdaderamente como cualquiera, y damos gracias a Dios por ellos. No obstante, creemos que el arrepentimiento ante Dios, la fe en nuestro Señor Jesucristo y una conversación santa son temas mucho más importantes para el alma. Sin estos, nadie puede ser salvo. Estas son las cuestiones más importantes y de más peso y, por ello, estas son las que enfatizamos.
Aquí tenemos una razón por la cual, a menudo, instamos a las personas que no se contenten con la parte externa de la religión. Usted habrá observado que le advertimos con frecuencia que no confíe en el hecho de ser miembro de la iglesia y los privilegios de la iglesia. Le advertimos que no se crea que todo anda bien porque usted asiste a la iglesia los domingos y participa de la Cena del Señor.
Con frecuencia, le instamos que recuerde que no es un cristiano el que lo es solo exteriormente, sino el que ha "nacido de nuevo", el que tiene una "fe que obra por amor" y es una "nueva creación" por el Espíritu en su corazón. Lo hacemos porque pensamos que es la mente de Cristo. Este es el tipo de cosas que él enfatiza cuando escribe a las siete iglesias. Creemos que si lo imitamos a él no cometeremos errores graves.
Sé que nos acusan de tener "puntos de vista deficientes" sobre los temas a los cuales me he referido. Poco importa si alguien piensa que nuestros puntos de vista son considerados "deficientes" siempre y cuando nuestra conciencia nos diga que son bíblicos. Los pensamientos elevados, como los llaman, no siempre son terreno seguro sobre el cual transitar. Nuestra respuesta debe ser lo que dijo Balaam: "Lo que hable Jehová, eso diré" (Nm. 24:13).
La verdad simple y llana es que hay dos sistemas cristianos diferentes y separados en Inglaterra hoy día. Es inútil negarlo. Su existencia es una gran realidad y eso hay que entenderlo claramente.
Según uno de los sistemas, la religión es sólo una cuestión corporativa. Uno tiene que pertenecer a cierto grupo de personas. En virtud de ser miembro de este grupo o cuerpo, a uno le son conferidos vastos privilegios, tanto en el tiempo como en la eternidad. Poco importa lo que uno es y lo que siente. No tiene que ponerse a prueba en base a sus sentimientos. Si uno es miembro de una gran corporación eclesiástica, entonces cuenta con todas sus concesiones y privilegios. ¿Pertenece usted a una corporación visible auténtica? Este es el quid de la cuestión.
Según el otro sistema, la religión es principalmente un asunto personal entre usted y Cristo. Ser miembro de algún cuerpo eclesiástico no le salvará el alma, no importa lo sano que sea ese cuerpo. El solo hecho de ser miembro no le limpiará ni un pecado ni le dará seguridad en el Día del Juicio. Tiene que haber una fe personal en Cristo, una relación personal entre usted y Dios, una comunión personal sentida entre su corazón y el Espíritu Santo. ¿Tiene usted esta fe personal? ¿Siente en su alma la obra del Espíritu Santo? Este es el quid de la cuestión. Si su respuesta es negativa, usted está perdido.
Este último sistema es al que se aferran y enseñan los que se denominan pastores evangélicos. Lo hacen porque están seguros de que este es el sistema que enseñan las Sagradas Escrituras. Lo hacen porque están convencidos de que cualquier otro sistema produce consecuencias muy peligrosas y tienen el fin de engañar fatalmente a los hombres en cuanto a su verdadero estado. Lo hacen porque creen que es el único sistema que Dios ha de bendecir y que ninguna iglesia prosperará tanto como aquella en la que el arrepentimiento, la fe, la conversión y la obra del Espíritu son los temas primordiales de los sermones del pastor.
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