Versículo para hoy:

martes, 9 de abril de 2024

CRISTO ES EL TODO - J. C. Ryle (1816-1900)

“Cristo es el todo”. Colosenses 3:11

III. “Cristo es el todo” de cada cristiano auténtico

En tercer lugar, entendamos que “Cristo es el todo” de cada cristiano auténtico en la tierra.

Al decir esto, tengo que asegurarme de que no me malinterpreten. Todo ser humano tiene la absoluta necesidad de la elección de Dios el Padre y la santificación de Dios el Espíritu, a fin de que se efectúe la redención de todos los que han de ser salvos. Sostengo que hay una perfecta armonía e idéntica tonalidad en la acción de las tres Personas de la Trinidad, en llevar al hombre a la gloria. Afirmo también que los tres cooperan y obran conjuntamente en liberar al hombre del pecado y del infierno. Tal como es el Padre, es el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre es misericordioso, el Hijo es misericordioso, el Espíritu Santo es misericordioso. Los mismos tres que dijeron al principio: “Hagamos”, también han dicho: “Redimamos y salvemos al hombre”. Sostengo que todo el que llega a los cielos tiene que atribuir toda la gloria de su salvación al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, tres personas en un solo Dios.

Pero, al mismo tiempo, veo una prueba clara en las Escrituras, que es el sentir de la Santísima Trinidad, que Cristo sea exaltado prominente y distintivamente en lo que a la salvación de las almas se refiere.

Cristo es presentado como el “Verbo” mediante el cual Dios da a conocer su amor a los pecadores.

La encarnación y la muerte expiatoria de Cristo en la cruz conforman la gran piedra angular sobre la cual se apoya todo el plan de salvación.

Cristo es el camino y la puerta, medios por los cuales se tiene acceso a Dios.

Cristo es la raíz en la que todos los pecadores elegidos deben ser injertados.

Cristo es el único lugar de encuentro entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra, entre la Santa Trinidad y los pobres pecadores hijos de Adán.

Es Cristo a quien Dios el Padre ha “señalado” y asignado para que dé vida a un mundo muerto (Jn. 6:27).

Es Cristo a quien el Padre le ha dado un pueblo para que lo lleve a la gloria.

Es Cristo de quien el Espíritu da testimonio y a quien el Espíritu mismo guía a las almas para recibir perdón y paz.

En definitiva, le “agradó al Padre que en Él habitase toda plenitud” (Col. 1:19). Lo que el sol es en el vasto firmamento, Cristo es en el cristianismo auténtico. Digo estas cosas a manera de explicación. Quiero que mis lectores entiendan claramente lo que digo. “Cristo es el todo”. Con esto, no pretendo echar por la borda la obra del Padre y del Espíritu Santo. Permítame, en cambio, mostrarle lo que quiero decir.

3.a - Cristo es el todo en la justificación del pecador delante de Dios. Solamente a través de él podemos tener paz con un Dios Santo. Solamente por él podemos ser admitidos en la presencia del Altísimo y permanecer allí sin ningún temor. “Tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él”. En Cristo y, solamente en él, Dios justifica al impío (Ef. 3:12; Ro. 3:26). ¿Bajo qué circunstancias puede un mortal presentarse delante de Dios? ¿Qué podemos argumentar en favor de la absolución delante de ese Ser glorioso, en cuyos ojos los mismos cielos no están limpios? ¿Podemos alegar que hemos cumplido con nuestro deber con Dios? ¿Diríamos que hemos cumplido con nuestro deber con nuestro prójimo? ¿Podríamos presentar nuestras oraciones, nuestra regularidad, nuestra moralidad y los cambios de conducta que hemos logrado? ¿Sería un buen argumento decir que asistimos fielmente a la iglesia? ¿Nos atreveríamos a pedir ser aceptados por alguno de esos “méritos”? ¿Cuál de estas cosas podría soportar el escrutinio de los ojos de Dios? ¿Cuál de todas esas cosas nos puede justificar realmente? ¿Cuál de ellas nos garantiza que después del juicio llegaremos a la gloria? ¡Ninguna, ninguna, ninguna! Tome cualquier mandamiento del Decálogo y examínese tomando como base ese mandamiento. Seguramente encontrará que lo ha quebrantado con frecuencia. No podemos presentar a Dios ni una cosa entre mil. Escoja a alguno, a cualquiera, y analice un poco sus caminos; sin duda, su veredicto será que no somos nada, sino simples pecadores, todos somos culpables, todos merecemos el infierno y todos debemos morir. ¿Con qué podemos presentarnos ante Dios? Debemos presentarnos ante Dios en el nombre de Jesús, sin ningún otro fundamento, sin esgrimir ningún argumento que éste: “Cristo murió en la cruz por los impíos y confío en él. Cristo murió por mí y yo creo en él”.

La prenda de nuestro Hermano Mayor, la justicia de Cristo, es el único traje que puede cubrirnos y hacernos aptos para estar en la luz del cielo sin avergonzarnos. El nombre de Jesús es el único nombre con el que tendremos la entrada directa a la gloria eterna. Si llegamos a la puerta y presentamos nuestros propios nombres, estamos perdidos, no seremos admitidos, vamos a llamar en vano. Pero si llamamos en el nombre de Jesús, él es el pasaporte y la contraseña para poder entrar y vivir allí eternamente. La señal de la sangre de Cristo es el único distintivo que puede salvarnos de la destrucción. Cuando los ángeles del cielo estén separando las ovejas de los cabritos en el día final, si no estamos marcados con la sangre de la expiación, más nos vale nunca haber nacido. ¡Oh, no olvidemos nunca que Cristo debe ser “el todo” de esa alma que quiere ser justificada! Debemos contentarnos con ir al cielo como mendigos, salvados por gracia, simplemente como creyentes en Jesús; de otra manera, nunca seremos salvos. ¿Hay entre mis lectores algún alma mundana irreflexiva? ¿Habrá quien piense que para alcanzar el cielo, podrá decir en su lecho de muerte: “Señor, ten misericordia de mí”, sin antes haber conocido a Cristo? Amigo, usted mismo está sembrando la semilla de su sufrimiento y, a menos que se arrepienta, despertará a la perdición eterna. ¿Hay algún alma orgullosa y soberbia entre mis lectores? ¿Hay alguien pensando que por sus propios méritos y esfuerzo puede llegar a ser apto para el cielo y lo suficientemente bueno como para pasar el examen de sus acciones personales? Amigo, usted está construyendo una torre de Babel y nunca llegará al cielo si se mantiene en su estado actual.

¿Hay entre mis lectores quien sienta una carga en su corazón respecto a su alma? ¿Hay alguien que quiera salvarse y se siente un vil pecador? Le invito pues: “Ven a Cristo y él te salvará. Ven a Cristo y echa la carga de tu alma sobre él. No temas; cree solamente”. ¿Tiene temor de la ira venidera? Cristo puede liberarlo de ella. ¿Siente sobre usted la maldición por haber quebrantado la ley? Cristo puede redimirle de la maldición de la ley. ¿Se siente alejado de Dios? Cristo sufrió en la cruz para lograr acercarlo a Dios.

¿Se siente impuro? La sangre de Cristo puede limpiarle de todo pecado.

¿Se siente imperfecto? Usted estará completo en Cristo. ¿Se siente como si no fuera nada? Cristo es “el todo” para su alma. Nunca, ningún santo alcanzó el cielo con cualquier argumento, sino diciendo: “He lavado y emblanquecido mis ropas en la sangre del Cordero” (Ap. 7:14).

3.b - Pero, repito, Cristo no sólo es “el todo” en la justificación de un verdadero cristiano, sino también en su santificación. Espero que no haya nadie que me malinterprete. No quiero, ni por un momento, restarle importancia a la obra del Espíritu Santo. Pero sí digo que nunca, ningún hombre será santo hasta que venga a los pies de Cristo y se una a él. Hasta entonces, sus obras son obras muertas; carece totalmente de santidad. Lo primero que tiene que asegurarse es estar unido a Cristo y, luego, ser santo. El propio Jesús dice: “Porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15: 5). Ninguno puede crecer en santidad, a menos que permanezca unido a Cristo. Cristo es la raíz de la que todo creyente debe recibir su fuerza para seguir adelante. El Espíritu es su regalo especial, regalo que fue comprado para su pueblo. Un creyente, no sólo debe haber “recibido al Señor Jesucristo”, sino andar en él; siendo arraigado y edificado en él (Col. 2: 6, 7).

¿Anhela ser santo? Entonces, tiene que alimentarse diariamente de Cristo que es el maná del cielo. Recuerde el maná que comía Israel en el desierto. ¿Quiere ser santo? Entonces Cristo debe ser la roca de la que usted debe beber diariamente el agua viva.

¿Busca ser santo? Entonces usted debe estar buscando siempre a Jesús. Debe mantener su vista en la cruz y buscar diariamente motivos para caminar más cerca de Dios, siguiendo su ejemplo y tomándolo a él como su ejemplo de vida. Poniendo sus ojos en Cristo, usted llegará a ser como él. Su rostro brillará sin que usted lo sepa.

Si quita su vista de usted mismo y la pone en Cristo, encontrará que, aquellas penas que le aquejaban, se alejarán de usted y sus ojos brillarán más y más cada día (He. 12:2; 2 Co. 3:18). El verdadero secreto para salir del desierto es llegar “recostándose en el Amado” (Cnt. 8:5). La manera válida de llegar a ser fuerte es reconocer nuestra debilidad y convencernos de que Cristo debe ser “el todo”. La verdadera manera de crecer en la gracia es beber de Cristo como de una fuente inagotable que satisface las necesidades de cada momento. Debemos emplearlo como la viuda del profeta usaba el aceite; no sólo para pagar nuestras deudas, sino para seguir viviendo después de haberlas pagado (2 R. 4:7). Debemos esforzarnos por ser capaces de decir: “Lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gá. 2:20). ¡Siento lástima por aquellos que pretenden ser santos sin Cristo! Sus esfuerzos son vanos. Es como poner su dinero en una bolsa con agujeros o como vaciar agua en un colador. Se asemeja al esfuerzo de rodar una enorme piedra redonda cuesta arriba o construir una pared con lodo demasiado mojado. Actuar así es comenzar en el punto equivocado. Usted debe venir a Cristo primero y él le dará su Espíritu santificador. Tiene que aprender a decir con Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).

3.c - Además, Cristo no sólo es todo en la santificación del cristiano auténtico, sino todo en su tranquilidad en el presente. Un alma salvada tiene muchas aflicciones. Tiene un cuerpo como el de los demás seres humanos, débiles y frágiles. Tiene un corazón como los demás hombres y, muchas veces, su corazón es más sensible. Tiene sufrimientos y pérdidas como los demás y, con frecuencia, experimenta más pruebas que ellos. Tiene su cuota de duelos, muertes, decepciones y cruces. El alma salvada también tiene la oposición del mundo, un lugar en la vida que debe llenar en integridad, tiene familiares no convertidos con los que tiene que tratar con paciencia, persecuciones que soportar y una muerte que enfrentar. ¿Y quién es suficiente para estas cosas? ¿Qué es lo que capacita al creyente para encarar todo esto? Nada más que “la consolación que hay en Cristo” (Fil. 2: 1). En realidad, Jesús es, de hecho, el Hermano que nos acompaña en la adversidad. Es un Amigo más unido que un hermano y sólo él puede consolarnos. Él es capaz de compadecerse de nuestras enfermedades porque él mismo “fue tentado en todo según nuestra semejanza” (He. 4:15). Él sabe lo que es el dolor porque fue varón de dolores, experimentado en quebrantos (Is. 53:3). Él sabe lo que es un cuerpo dolorido; cuando su cuerpo estaba atormentado por el dolor clamó: “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron” (Sal. 22:14). Sabe lo que son la pobreza y el cansancio, pues a menudo, se fatigaba y no tenía dónde reclinar la cabeza. Sabe lo que es la incomprensión de la familia, pues incluso sus hermanos no le creyeron. No era honrado ni siquiera en su propia casa. Y Jesús sabe exactamente cómo consolar la aflicción de su pueblo. Sabe cómo derramar aceite y vino en las heridas del espíritu, conoce la forma de llenar los vacíos de los corazones, cómo pronunciar palabras que alivien el cansancio de los suyos, cómo curar el corazón partido, cómo atender al que está en el lecho del dolor, cómo acercarse cuando le invocamos en nuestra debilidad y decir simplemente: “No temas”, yo soy tu salvación (Lm. 3:57). Hablamos de lo reconfortante es que alguien se conduela de nosotros. ¡No hay compasión como la de Cristo! En todas nuestras aflicciones, él está con nosotros. Él conoce nuestras penas. Cuando sufrimos dolor, él se duele, y como el buen médico, no escatima ni una gota de medicina para calmar nuestro dolor. David dijo cierta vez: “En la multitud de mis pensamientos dentro de mí, tus consolaciones alegraban mi alma” (Sal. 94:19). Estoy seguro de que más de un creyente podría decir lo mismo: “A no haber estado Jehová por nosotros, hubieran entonces pasado sobre nuestra alma las aguas impetuosas” (Sal. 124:2, 5). ¡Es maravilloso cómo el creyente supera todas sus angustias! ¡Es impresionante cómo, cuando pasa a través del fuego de la prueba y la inundación de muchas aguas, recibe consolación! ¿Cómo es posible? Simple y sencillamente es posible porque Cristo, no sólo es justificación y santificación, sino también consuelo. “He visto sus caminos; pero le sanaré, y le pastorearé, y le daré consuelo a él y a sus enlutados” (Is. 57:18). ¡Oh, a usted que quiere gozar de tranquilidad constante, lo encomiendo a Cristo! Sólo en él no hay fracaso. Los ricos se decepcionan de sus bienes. Los sabios se decepcionan de sus libros. Los cónyuges se decepcionan de sus parejas. Los padres se decepcionan de sus hijos. Los estadistas se decepcionan, a pesar de que conquistan posición y poder después de mucho luchar. Al final de cuentas, descubren que tienen más problemas que placer. ¿Y qué produce la decepción, sino enojo, intranquilidad incesante, preocupación, vanidad y aflicción de espíritu? En cambio, para la gloria de Dios, nadie jamás ha sido decepcionado estando en Cristo.

3.d - Cristo no sólo es todo consuelo para el cristiano auténtico en la actualidad, Cristo es también “el todo” en su esperanza del tiempo por venir. Supongo que habrá pocos hombres y mujeres que no disfrutan de la vida porque no tienen esperanza de algún tipo relacionada con sus almas. Pero las esperanzas de la gran mayoría, no son más que vanas fantasías. No tienen ninguna base sólida para tener esperanza. Ningún ser humano, excepto el verdadero hijo de Dios, puede dar una explicación razonable de la esperanza que hay en él. Es triste encontrar gentes sin esperanza. Es bíblico afirmar que, si no tienen a Cristo, no tienen esperanza ni para el presente ni para el futuro. El cristiano auténtico tiene una esperanza segura cuando mira hacia adelante; el hombre mundano no tiene ninguna. El cristiano auténtico ve la luz en la distancia; el hombre mundano no ve nada más que oscuridad. ¿Y cuál es la esperanza del cristiano auténtico? Es precisamente ésta: Que Jesucristo viene otra vez, viene triunfante, victorioso sobre el pecado, viene con todo su pueblo y, una vez aquí, enjugará toda lágrima de los ojos de los suyos, viene para levantar a sus santos de entre los muertos, viene para reunir a toda su familia, a fin de que estén para siempre con él. ¡Esa es una esperanza segura! ¿En qué radica la paciencia del creyente? En que contempla la venida del Señor. Por eso puede soportar dificultades difíciles sin murmurar. Sabe que el tiempo es corto. Espera en silencio la venida del Rey. ¿Por qué enfrenta todas las cosas con calma? Porque espera el pronto regreso de su Señor. Su tesoro está en el cielo, sus bendiciones más ricas están por venir. El mundo no es su hogar, sino una simple posada; y estar en una posada no es estar en casa. Sabe que “el que ha de venir vendrá, y no tardará”. Cristo viene y eso es suficiente (He. 10:37). Ésta es, de hecho, una “esperanza bienaventurada” (Tito 2:13). Ahora es el tiempo de aprendizaje, luego disfrutaremos de la fiesta eterna. Ahora es tiempo de sortear las olas de un mundo problemático, luego llegaremos a puerto seguro. Ahora es la dispersión, entonces será el reencuentro. Ahora es el tiempo de la siembra, luego la cosecha. Ahora es el momento de trabajar, después el de recibir el pago. Ahora es la cruz, luego la corona. La gente habla de sus “expectativas” y esperanzas en este mundo. Pero ninguno tiene expectativas tan sólidas como las del alma salvada. Ésta puede decir: “Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza” (Sal. 62:5).

En todo cristianismo verdadero, Cristo es “el todo”. Todo en la justificación, todo en la paz y todo en la esperanza. Bienaventurado es el hijo de una madre que sabe estas verdades acerca de Cristo y mucho más bienaventurado es, si él mismo también lo siente. 

¡Oh, que los hombres pudieran probarse a sí mismos y comprobar que saben de todo esto por el bien de sus propias almas!

lunes, 8 de abril de 2024

CRISTO ES EL TODO - J. C. Ryle (1816-1900)

 “Cristo es el todo”. Colosenses 3:11


II. “Cristo es el todo” en la Biblia

En segundo lugar, entendamos que “Cristo es el todo” en los libros inspirados que componen la Biblia.

Encontramos a Cristo en todas partes de ambos testamentos. Al principio lo vemos sutil e indistintamente. En el medio, lo encontramos más clara y llanamente. Y lo vemos total y completamente, al final. 
Cristo es el todo en toda la Biblia de una manera real y sustancial. El sacrificio y muerte de Cristo por los pecadores, el reino de Cristo y su futura gloria, son la luz que tenemos que buscar en cualquier libro de las Escrituras que leamos. La cruz de Cristo y su corona son la clave a la que debemos aferrarnos si hemos de encontrar nuestro camino cuando enfrentamos alguna dificultad en nuestra lectura bíblica. 
Cristo es la única llave que abrirá muchos de los lugares, aparentemente oscuros, de la Palabra.

Algunos se quejan de que no entienden la Biblia. Y la razón es muy simple: No utilizan la clave. Para esas personas, la Biblia es como los jeroglíficos en Egipto. Es un misterio y lo es, simplemente porque no conocen ni emplean la clave.

2.a - Todo el sistema sacrificial del Antiguo Testamento estableció a Cristo crucificado. Cada animal ofrecido en un altar era una confesión práctica de que era necesario un Salvador que muriera por los pecadores, un Salvador que quitara el pecado del hombre, por su sufrimiento, como su Sustituto, es decir, que padeciera en su lugar (1 P. 3:18). ¡Es absurdo suponer que el sacrificio de animales inocentes, sin más objetivo que la sola muerte, podría agradar al Dios eterno!

2.b - Fue Cristo a quien Abel miró cuando ofreció un mejor sacrificio que Caín. No sólo era mejor el corazón de Abel que el de su hermano, sino que demostró su conocimiento del sacrificio vicario y su fe en la expiación. Ofreció los primogénitos de sus ovejas incluyendo su sangre y, al hacerlo, declaró, implícitamente, su convicción de que sin derramamiento de sangre no hay remisión de pecado (He. 9:22; 11:4). 7

2.c - Fue Cristo de quien profetizó Enoc en los días de extrema maldad antes de la inundación. “He aquí”, dijo, “vino el Señor con sus santas decenas de millares, para hacer juicio contra todos” (Jud. 14, 15).

2.d - Fue Cristo a quien vio Abraham cuando habitó en tiendas en la tierra prometida. Él creyó en la promesa de que por su simiente, por uno nacido de su familia, todas las naciones de la tierra serían bendecidas. Por la fe, vio el día de Cristo y se gozó (Jn. 8:56).

2.e - Fue Cristo de quien habló Jacob a sus hijos mientras agonizaba. Aclaró, puntualmente, la tribu de la que nacería y predijo que “se congregarán todos los pueblos” en su presencia, lo cual aún está por cumplirse. “No será quitado el cetro de Judá, ni el legislador de entre sus pies, hasta que venga Siloh; y a él se congregarán los pueblos” (Gn. 49:10).

2.f - Fue Cristo quien constituía la sustancia de la ley ceremonial que Dios dio a Israel por medio de Moisés. El sacrificio de la mañana y de la tarde, el derramamiento continuo de sangre, el altar, el propiciatorio, el sumo sacerdote, la Pascua, el día de la expiación y el chivo expiatorio, eran imágenes, tipos y emblemas de Cristo y su obra. Dios tuvo compasión de la debilidad de su pueblo. Él les enseñó a “Cristo” paso a paso, línea por línea y, por medio símiles, tal como enseñamos a los niños pequeños. Fue en este sentido, especialmente, que “la ley ha sido nuestro ayo” para guiar a los Judíos “a Cristo” (Gá. 3:24).

2.g - Fue hacia Cristo que Dios dirigió la atención de Israel con todos los milagros que diariamente se hacían frente a sus propios ojos en el desierto. La columna de fuego y la nube que los guió en el desierto, el maná del cielo que cada mañana les daba para comer, el agua de la roca golpeada y todos los demás milagros, cada uno era una figura de Cristo. La serpiente de bronce, en aquella ocasión memorable en que Dios envió la plaga de serpientes ardientes sobre ellos, fue, sin lugar a dudas, un emblema de Cristo (1 Co. 10:4; Jn. 3:14.)

2.h - Fue Cristo de quien eran un tipo todos los jueces. Josué, Gedeón, Jefté, Sansón y todos los demás a quienes Dios levantó para librar a Israel de su cautiverio, todos eran emblemas de Cristo. Débiles e inestables y tan deficientes como eran, fueron usados como un ejemplo de que vendrían cosas mejores en el futuro lejano. Todo tuvo la intención de recordar a las tribus que vendría un Libertador superior.

2.i - Fue Cristo de quien el rey David era un tipo. Ungido y elegido cuando pocos lo honraban, cuando era despreciado y rechazado por Saúl y todas las tribus de Israel, cuando era perseguido y obligado a huir para salvar su vida. Fue un hombre que sufrió durante toda su vida y, sin embargo, fue un vencedor; en todas estas cosas, David representaba a Cristo.

2.j - Fue Cristo de quien todos los profetas, desde Isaías hasta Malaquías hablaron. Ellos vieron a Cristo como a través de un espejo, oscuramente (1 Co. 13:12). Algunas veces anunciaron los sufrimientos de Cristo y, otras, las glorias que vendrían (1 P. 1:11). No siempre aclararon la diferencia entra la primera y la segunda venida de Cristo. Como dos velas en una línea recta, una detrás de la otra, a veces, vieron ambos eventos al mismo tiempo y hablaron de ellos simultáneamente. A veces, fueron movidos por el Espíritu Santo para escribir de los tiempos del Cristo crucificado y, a veces, de su reino en los últimos días, pero lo cierto es que la muerte de Jesús o Jesús reinando, es el pensamiento trascendente que siempre encontraremos en sus mentes.

2.k - Es Cristo, digo enfáticamente, de quien todo el Nuevo Testamento está saturado. Los Evangelios son Cristo viviendo, hablando y desplazándose entre los hombres. Los Hechos son Cristo predicado, publicado y proclamado. Las Epístolas son Cristo escrito, explicado y exaltado. Subrayo de nuevo: Desde Mateo hasta Apocalipsis, hay un nombre por encima de todos los demás y es el nombre de Cristo.

Exhorto a cada lector de este escrito a preguntarse con frecuencia lo que la Biblia es para él.
¿Es un libro en el que ha encontrado nada más que buenos preceptos morales y buenos consejos?
¿O es en la Biblia que usted ha encontrado a Cristo?

¿Usted comprende que en la Biblia “Cristo es el todo?”. Si no, se lo digo claramente: Hasta ahora, usted ha usado su Biblia con un propósito muy limitado.

Es como un hombre que estudia el sistema solar y deja de lado un análisis de lo que es el sol que, al final de cuentas, es el centro de todo. ¡No es de extrañar si su Biblia le resulta aburrida!

domingo, 7 de abril de 2024

CRISTO ES EL TODO - J. C. Ryle (1816-1900)

 
“Cristo es el todo”. Colosenses 3:11

 Las palabras de nuestro texto son pocas, breves y se dicen pronto; pero contienen grandes verdades. Al igual que aquellos versículos de oro: “Para mí el vivir es Cristo”, “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Fil. 1:21; Gál. 2:20), las palabras a los colosenses son singularmente ricas y significativas.

 Estas cuatro palabras son la esencia y la sustancia del cristianismo. Si nuestro corazón realmente puede estar de acuerdo con ellas, le hará bien a nuestra alma. Si no, seguramente, todavía tenemos mucho que aprender.

Voy a tratar de establecer en qué sentido “Cristo es el todo” y les pido que, a medida que vayan leyendo, juzguen con sinceridad, si acaso están seguros de que no pueden naufragar en el juicio final.

 A propósito, termino este libro con un comentario sobre este notable texto. Cristo es la fuente principal, tanto del cristianismo doctrinal como del práctico. Un conocimiento adecuado de Cristo es esencial para entender correctamente las doctrinas de la santificación y la justificación. El que comienza el camino de la santidad, no hará ningún progreso, a menos que le dé a Cristo el lugar que le corresponde. Empecé este libro con una afirmación clara acerca del pecado. Quiero terminarlo con una declaración, igualmente clara, acerca de la persona de Cristo.

I. “Cristo es el todo” respecto al hombre

Antes de cualquier otra cosa, entendamos que Cristo es el todo en todos los consejos de Dios respecto al hombre.


1.a - Hubo un tiempo cuando esta tierra no existía. Sólidas como se ven las montañas, sin límites como aparenta ser el mar, altas como se ven las estrellas en el cielo, nada de eso existía. Y el hombre, con todos los altos conceptos que ahora tiene de sí mismo, era una criatura desconocida.

 ¿Y dónde estaba Cristo entonces? Las Escrituras nos ayudan a contestar esta pregunta: “El Verbo era con Dios” y era “igual a Dios” (Jn. 1:1; Fil. 2:6). Cristo ya era en aquel entonces el Hijo amado del Padre: “Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Jn. 17:5). “Me has amado desde antes de la fundación del mundo” (Jn. 17:24). “Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra” (Pr. 8:23). Incluso ya Él era el Salvador “destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 P. 1:20) y los creyentes fueron escogidos “en Él antes de la fundación del mundo” (Ef. 1:4).

1.b - Llegó un momento cuando esta tierra fue creada en su orden actual. El sol, la luna y las estrellas, el mar, la tierra y todos sus habitantes, fueron llamados a ser y hacer en medio del caos y la confusión. Y, por último, el hombre fue formado del polvo de la tierra.

¿Y dónde estaba Cristo entonces? Lo que dicen la Escrituras: “Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Jn. 1: 3). “En Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra” (Col. 1:16). “Y: tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos” (He. 1:10). “Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo; cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento; cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Pr. 8:27-30). ¿Nos sorprende que el Señor Jesús, en su predicación, usara elementos que extraía del libro de la naturaleza? Cuando hablaba de las ovejas, los peces, los cuervos, el grano, los lirios, la higuera, la vid, se refería a las cosas que Él mismo había creado. 

1.c - Llegó un día cuando el pecado entró en el mundo. Adán y Eva comieron del fruto prohibido y cayeron. Perdieron la naturaleza santa que tenían en el principio. Perdieron la amistad y el favor de Dios y se convirtieron en seres culpables, indefensos, corruptos y pecadores sin esperanza. El pecado fue desde entonces una barrera infranqueable entre ellos y su Padre santo en el cielo. Dios tuvo que tratar con ellos de acuerdo con su pecado. Ahora no había nada delante de Adán y Eva, sino la muerte, el infierno y la ruina eterna.

¿Y dónde estaba Cristo entonces? En ese preciso momento, a nuestros temblorosos padres, les fue revelada la única esperanza de salvación: Cristo Jesús. El mismo día en que desobedecieron, se les dijo refiriéndose a la simiente de la mujer: “Ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. También se les comunicó que un Salvador nacido de mujer vencería al diablo y, de esa manera, ganaría una entrada a la vida eterna para el hombre pecador (Gn. 3: 15). Cristo fue presentado como la verdadera luz del mundo en el mismo día de la caída del hombre y, a partir de ese día, nunca se ha dado a conocer otro nombre por el cual las almas puedan ser salvas, más que el nombre Jesús (Hch. 4:12). Por él, todas las almas salvadas han entrado en el cielo, desde Adán en adelante, y sin él, nadie puede escapar de las garras del infierno.

1.d - Llegó un momento cuando el mundo estaba sumido y hundido en una profunda ignorancia de Dios. Después de 4.000 años, parece que las naciones de la tierra se han olvidado completamente del Dios que las creó. El imperio egipcio, el asirio, el persa, el griego y el romano no hicieron más que extender la superstición y la idolatría. Los poetas, historiadores y filósofos habían demostrado que, aun con todas sus facultades intelectuales, no tenían un conocimiento correcto de Dios y que el hombre, abandonado a su suerte, era totalmente corrupto. “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1 Co. 1:21). Excepto por unos cuantos judíos despreciados en un rincón de la tierra, el mundo entero estaba muerto en la ignorancia y sumido en el pecado.

¿Y qué hizo Cristo entonces? Dejó la gloria que había sido suya desde toda la eternidad con el Padre y descendió al mundo para ofrecer salvación. Él tomó nuestra naturaleza y nació como hombre. Como hombre, hizo la voluntad de Dios perfectamente, cosa que todos habíamos dejado de hacer; como hombre, sufrió en la cruz del Calvario la ira de Dios que nosotros debíamos haber sufrido. Ascendió a la gloria de Dios y se sentó a su diestra, en espera de que sus enemigos sean puestos al estrado de sus pies. Y desde allí, ofrece salvación a todo aquel que quiera venir a él. Intercede por todos los que creen en él y gestiona delante del Padre todo lo que tenga que ver con la salvación de las almas.

1.e - Vendrá el tiempo cuando el pecado será echado fuera de este mundo. La maldad no siempre florecerá en la impunidad, Satanás no reinará para siempre, la creación un día dejará de gemir sus dolores de parto. Habrá un momento cuando todas las cosas serán restauradas. Habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, donde morará la justicia, y la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar. (Ro. 8:22; Hch. 3:21; 2 P. 3:13; Is. 11:9).

¿Y dónde estará Cristo entonces? ¿Y qué hará? Cristo mismo será Rey. Regresará a esta tierra y hará nuevas todas las cosas. Descenderá en las nubes del cielo con poder y gran gloria, y los reinos del mundo se convertirán a él. Los paganos le serán dados por herencia y hasta el último rincón de la tierra por su posesión. Toda rodilla se doblará delante de él y toda lengua confesará que él es el Señor, para la gloria de Dios Padre. Su dominio será eterno, nunca pasará, y su reino no será destruido. (Mt. 24:30; Ap. 11:15; Sal. 2: 8; Fil. 2:10, 11; Dn. 7:14).

1.f - Viene el día cuando todos los hombres serán juzgados. El mar entregará a los muertos que estén en él y, lo mismo, harán la muerte y el infierno con sus muertos. Todos los que duermen en la tumba despertarán y saldrán, y todo será juzgado según sus obras, unos para vida eterna y otros para vergüenza y confusión perpetua. (Ap. 20:13; Dn. 12: 2)

¿Y dónde estará Cristo entonces? En el Día del Juicio, Cristo mismo será el Juez. “El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo”. “Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria, y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos”. “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (Jn. 5:22; Mt. 25:31-32; 2 Co. 5:10).

Ahora bien, si usted que lee este escrito no le da importancia a Cristo, ¡le hago saber que difiere de Dios! Usted es de una mente y Dios es de otra. ¿Usted cree que es suficiente dar a Cristo un poco de honor, un poco de reverencia, un poco de respeto? Está equivocado porque en todo el consejo eterno de Dios Padre, en la creación, en la redención, en la restitución y en el juicio, CRISTO ES “EL TODO”.

Consideremos estas cosas. Obviamente fueron escritas para recordarnos que: “El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió” (Jn. 5:23).

sábado, 6 de abril de 2024

Remedios Preciosos Contra Las Artimañas Del Diablo - Tomás Brooks

 

Capítulo 18

Ahora en este último capítulo vamos a pensar en algunos hechos importantes que los creyentes deben considerar cuando son tentados:

PRIMERO, los creyentes no deben echar la culpa de sus pecados a satanás. Ellos mismos tienen una naturaleza pecaminosa la cual hace que el pecado les parezca atractivo. Satanás les puede conducir hacia el pecado, pero no puede obligarles a que pequen. Satanás les puede persuadir a pecar pero no les puede forzar a efectuarlo. Entonces los creyentes cuando caen en el pecado, no deben excusarse diciendo que satanás les tentaba; son todavía responsables por sus pecados.

SEGUNDO, al mismo tiempo los creyentes deben darse cuenta de que satanás tiene algo que ver con la mayoría de sus pecados. Fue satanás quien tentó a Adán y Eva. Satanás puso en el corazón de Judas el entregar a Cristo a sus enemigos. Sin embargo, satanás necesita dos clases de permiso antes de que pueda hacer algo en los creyentes:

1-       Veamos del caso de Job: Satanás tuvo que pedirle permiso a Dios antes de poder hacerle cosa alguna a Job. Dios dijo a satanás que podía atacar a Job pero que no quitara su vida. Entonces, satanás necesita conseguir el permiso de Dios para poder atacar a los creyentes.

2-        En el libro de Hechos vemos cómo satanás llenó el corazón de Ananías para que mintiera a los apóstoles y a Dios; sin embargo, el apóstol Pedro preguntó a Ananías por qué dejaba que satanás llenara su corazón. Entonces podemos ver que Ananías dio permiso a satanás para que le condujera a ese pecado. (Hech.5:3) Entonces satanás necesita conseguir el permiso de los creyentes antes de poder hacerles daño.

TERCERO, las únicas armas que son útiles para resistir al diablo son espirituales. “Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.” (Efe.6:11) La fuerza humana es impotente en contra del diablo. Las buenas intenciones, la voluntad humana y las mejores resoluciones no son suficientes en esta lucha. Satanás es demasiado fuerte, los creyentes necesitan el poder de Dios y la verdad de Dios para resistir las tentaciones. Cristo le contestó al diablo con la palabra de Dios. Pablo dice a los creyentes que se fortalezcan en el Señor y en el poder de su fuerza. (Efe.6:10)

CUARTO, los creyentes deben acordarse de que satanás ya ha sido derrotado. Cristo triunfó sobre satanás cuando murió en la cruz. Ahora proporciona a su pueblo el poder para vencer a satanás. Algún día la victoria de Cristo sobre satanás se manifestará a los ojos del mundo. “El Dios de paz aplastará en breve a satanás bajo vuestros pies.” (Rom.16:20) Satanás es un adversario derrotado. Cristo le ha derrotado y pone en nuestras manos las armas para derrotarlo también. Mientras tanto, satanás sigue atacando a los creyentes. ¿Por qué tiene poder satanás de tentar a los creyentes? Le es permitido tentar a los creyentes para mantenerlos humildes, despiertos y conscientes de su dependencia del poder de Dios. Satanás ha estado desarrollando su capacidad para tentar a los creyentes desde la caída. Durante miles de años ha tenido experiencia tentando a los creyentes. Apocalipsis le llama, “la serpiente antigua.” (Apo.12:9) A veces se le permite a satanás tentar a los creyentes porque rehúsan obedecer a Dios. En ocasiones Dios les deja recibir lo que merecen; son engañados y derrotados por satanás. También se le permite a satanás tentar a los creyentes para que se muestre el poder y la misericordia de Dios. Cuando los creyentes son fortalecidos para pelear contra satanás y resultan vencedores, Dios es glorificado. Entonces no es sorprendente que la vida cristiana sea una guerra continua contra el maligno. En seguida mencionaremos algunas maneras en que los creyentes pueden fortalecerse para este conflicto espiritual:

Los creyentes deben andar conforme a las reglas de Dios. La Biblia, la Palabra de Dios debe gobernar en sus vidas. El descuido de la Palabra de Dios le da a satanás una ventaja. El que piensa que no necesita depender de la guía de la Palabra será desviado y engañado por el diablo.

Los creyentes deben tener cuidado de no contristar al Espíritu Santo. El Espíritu Santo nos enseña como vencer al diablo, como evitar sus trampas y artimañas. El Espíritu Santo nos fortalece para la batalla. “El que en vosotros está, es mayor que el que está en el mundo.” (1Jn.4:4)

Los creyentes deben buscar más sabiduría y madurez espiritual. El conocimiento de la verdad no basta. Nos hace falta la sabiduría y la madurez espiritual para poner en práctica nuestro conocimiento. El libro de proverbios nos servirá mucho para ir adquiriendo esta sabiduría.

Los creyentes deben seguir siendo llenos del Espíritu Santo. No es suficiente que el Espíritu more en nosotros; “Sed llenos del Espíritu.” (Efe.5:18) Esto es más que el mero hecho de no contristar al Espíritu Santo. Significa dejarnos guiar y controlar por el Santo Espíritu., significa crecer en las virtudes del Espíritu que son contrarias a los frutos de la carne que el diablo utiliza para tentarnos.

Debemos velar. Satanás nos está vigilando y nosotros debemos estar alertas. El alma que no vela contra las tentaciones inevitablemente caerá bajo el poder de ellas. “Velad y orad para que no entréis en tentación.” (Mat.26:41)

Los creyentes deben resistir a satanás al principio de la tentación. No deben discutir con él, sino que deben huir de el. Eva se puso a argumentar con el diablo y terminó vencida. Santiago 4:7 dice, “Resistid al diablo que de vosotros huirá.”

 

Debemos mantener nuestra comunión con Dios. Mientras David mantuvo su comunión con Dios, estuvo firme y triunfó sobre todos sus enemigos. Cuando se relajó y descuidó la comunión con Dios, fue derrotado fácilmente por las tentaciones del diablo.

Los creyentes deben orar y buscar nuevas fuerzas cada día. No pueden contar con la fuerza que tuvieron en el pasado; necesitan nuevas fuerzas cada día. Necesitan recibir fortaleza continuamente. Esta fortaleza puede recibirse solamente por la oración, el estudio de las Escrituras y el compañerismo cristiano.


Por último, debemos estar muy agradecidos cuando escapamos de los ataques del diablo. Es una bendición muy grande cuando somos ayudados por Dios a resistir la tentación. Escapamos del peligro y de muchas tristezas que de otro modo habríamos sufrido. Mientras que los demás hombres son llevados cautivos por el enemigo de sus almas, los creyentes deben estar agradecidos que no les suceda lo mismo.

viernes, 5 de abril de 2024

Remedios Preciosos Contra Las Artimañas Del Diablo - Tomás Brooks

 Capítulo 17

Satanás quiere hacer daño no solo a los creyentes sino también a los incrédulos. Quiere lograr que no crean en Cristo. Hará todo lo posible para impedir que se arrepientan y confíen en el Señor.

Frecuentemente satanás hace que los incrédulos sientan demasiado grandes sus pecados como para ser perdonados. Les dirá que Dios puede perdonar a otras personas pero no a ellos, porque son demasiado pecadores.

Los que son tentados a pensar así deben saber que entre más que sea su pecado, mayor es su necesidad de Cristo. Los que están sanos no son los que necesitan médico, sino los que están enfermos. Entre más grave es la enfermedad, la necesidad de médico es más grande. A nuestro Señor Jesús le complace tener misericordia y perdonar a grandes pecadores.
Dios ha prometido perdonar a todos los que acuden a Él. La magnitud de sus pecados no es ningún obstáculo para tener misericordia de ellos. Dios dice, “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos, y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y al Dios nuestro el cual será amplio en perdonar”. (Isa.55:7). Algunos de los pecadores más grandes han sido perdonados por Dios. Pablo dice que él era un hombre cruel y violento hacia los creyentes y que no obstante “fue recibido a misericordia.” (1 Tim. 1:13) Dios no dice en la Biblia que haya ciertas clases de pecadores que no puedan ser perdonados. Jesús puede salvar perpetuamente a todos los que por Él se acercan a Dios. (Heb.7:25)). Podríamos discutir o argumentar que entre más grande es el pecador es más probable que Cristo tenga misericordia de él. Los sufrimientos más grandes de Cristo fueron a favor de los más grandes pecadores.

Entre más tiempo que una persona se resiste a someterse a Cristo, más crece su pecado. El hombre natural no tiene poder en sí mismo para resistir el pecado.

Entonces la idea de que sus pecados sean muy grandes no debe obstaculizarles para creer en Cristo. Conocer a Cristo es la bendición más grande, más importante y más completa que una persona puede recibir. Todos los que no creen en Cristo serán condenados por sus pecados. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; mas el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. (Jn.3:36)

Hay otra manera que satanás intenta para persuadir a los pecadores a que no crean en Cristo. Les hace pensar que son indignos de ser perdonados por Dios. 


La Biblia no dice en ninguna parte que Dios necesite esperar a que los pecadores se reformen o sean buenos para poder salvarlos ¡Todo lo contrario! Las únicas personas perdonadas fueron las que no eran dignas. Zaqueo no fue suficiente bueno porque había robado injustamente el dinero de muchas personas. Sin embargo, la salvación le llegó a Zaqueo y fue perdonado. Pablo atacaba a los creyentes y los persiguió cruelmente, no obstante él también recibió misericordia. Estas personas no eran dignas del amor de Dios. ¡Nadie es digno del amor de Dios! 
Nadie vendrá a Cristo si espera a ser lo suficientemente bueno. El método divino es que primero crean en Cristo aunque sean indignos. Solamente creyendo en Cristo pueden ser cambiados por Dios.

Hay un tercer método usado por satanás para estorbar a los hombres a que crean en Cristo. Satanás les dice que no están preparados para creer, que necesitan tener ciertas experiencias antes de estar listos. Satanás les dirá que no han sido humillados lo suficiente para ser creyentes. De una manera u otra satanás les hará pensar que les hace falta alguna preparación para poder creer en Cristo.

Por supuesto Cristo ha salvado a algunos que parecían no estar muy preparados. Jesús dijo a Mateo, “sígueme.” (Mat.9:9) La escritura no dice que Mateo sintiera profundamente su pecado o que fuera muy humillado o que fuera preparado en forma alguna. Mateo simplemente siguió a Cristo y Dios cambió su vida. Dios no llama a todos los creyentes en la misma manera. Algunos son traídos a Cristo después de muchas tormentas, problemas y crisis espirituales; otros son traídos en forma tierna y quieta. El Espíritu Santo hace su obra en la forma que Él quiere. Nunca debemos tratar de establecer ciertos requisitos o experiencias que uno debe tener para decir que está lista para creer en Cristo. (Por ejemplo: Sentir cierto terror del infierno, experimentar cierto grado de convicción de pecado, etc.) Es cierto que cada creyente siente la tristeza, la vergüenza y la convicción de sus pecados, pero estas cosas nacen de la fe en Cristo. La fe es la tierra en la cual crece la tristeza y el arrepentimiento del pecado. Las Escrituras no enseñan que una persona tiene que pasar por una desesperación intensa antes de que pueda acudir a Cristo. La Palabra de Dios nos llama a acudir a Cristo tal como somos. La experiencia de convicción es variable, no obstante sus elementos esenciales son los mismos. Por lo tanto, no debemos pensar que es necesario que cada convicto sienta exactamente lo mismo para poder estar preparado a creer en Cristo.

Estas son algunas de las artimañas de satanás para tratar de impedir que los pecadores acudan a Cristo: que sus pecados son demasiado grandes, que no son dignos de ser perdonados y que no están preparados. Los pecadores no deben escuchar estas mentiras sino la voz del Señor que les llama al arrepentimiento y la fe en su sacrificio como único camino para ser salvos.

jueves, 4 de abril de 2024

ABRE LA BIBLIA CON EL PASTOR COLIN SMITH - DEVOCIONAL 04 DE ABRIL DE 2024

Confianza


Remedios Preciosos Contra Las Artimañas Del Diablo - Tomás Brooks

 Capítulo 16

A satanás le gusta especialmente hacer daño a la iglesia local, y esto lo procura hacer provocando divisiones entre ellos.


    Quiere lograr que se ataquen unos a otros, que se hieran entre ellos. Desea que se celen y amarguen unos contra otros. Si satanás puede lograr divisiones entre los creyentes, hará mucho daño a la obra de Dios. Por esta razón el Nuevo Testamento nos advierte continuamente acerca de no amargarnos ni resentirnos los unos para con los otros. En Gálatas 5:15 el apóstol Pablo dice, “Si os mordéis y os coméis los unos a los otros, mirad que también no seáis consumidos los unos por los otros.”

En seguida señalaremos once formas que ayudan a los creyentes a vivir en paz y amarse los unos con los otros.

Primero, los creyentes deben fijarse más en las bondades de sus hermanos que en sus debilidades y pecados. Cada creyente tiene sus fallas y sus defectos, no hay nada agradable en poner la vista solo en el mal que hay en otros creyentes. En lugar de verlos con una actitud crítica, debiéramos fijarnos en el bien que Dios está haciendo en ellos. Vemos en la Biblia muchos ejemplos de cómo Dios se fija más en las virtudes de su pueblo que en sus defectos. Esto lo notamos por ejemplo en el caso de Job; no hay duda de que Job se enojó y trató de justificarse a sí mismo bajo la presión de sus problemas. Pero lo que Dios señala en su vida es su paciencia y su fidelidad en el sufrimiento. Santiago dice, “Habéis oído la paciencia de Job.” Vemos algo semejante en el registro de los héroes de la fe de Hebreos 11; Dios destaca la fe de Abraham, de Sara, de Moisés, de Jacob y de otros, sin hablarnos de sus fallas.

Segundo, la unidad da fortaleza, la desunión debilita. Mientras los creyentes estén unidos podrán aguantar toda la oposición del mundo y del diablo. Cuando están divididos no pueden mantenerse firmes ante las pruebas más sencillas. Es por eso que el apóstol Pablo nos exhorta a que mantengamos la unidad en el Espíritu. (Efe.4:3)

Tercero, Dios ha ordenado a todos los creyentes que se amen los unos a los otros. Juan 13:34-35 dice “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos por los otros". Juan 15:12: “Este es mi mandamiento: Que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado". Romanos 13:8: “No debáis a nadie nada, sino amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo cumplió la ley". Hebreos 13:1: “Permanezca el amor fraternal". 1 Juan 4:7-8: “Carísimos, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios; porque Dios es amor". 1 Pedro 1:22: “Amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro". 1 Pedro 3:8: “Finalmente, sed todos de un mismo corazón, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables". 1 Juan 3:11: “Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros". 1 Juan 3:23: “Y este es su mandamiento: Que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros como nos lo ha mandado". 1 Juan 4:11: “Amados, si Dios nos ha mandado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros".

Cuarto, debemos fijarnos más en las cosas en que estamos de acuerdo que en aquellas en que hay diferencia de opinión. Los creyentes verdaderos deben estar de acuerdo respecto a las cosas que son enseñadas claramente en la Biblia. La Palabra de Dios enseña las cosas más importantes en forma muy explícita y sin dejar lugar a dudas. Los creyentes no deben perder su tiempo discutiendo acerca de puntos menores, ni mucho menos dejarse dividir por estas cuestiones.

Quinto, Dios ama la paz y los creyentes deben estar en paz los unos con los otros. Dios es el Dios de paz; Cristo es el Príncipe de paz; el fruto del Espíritu Santo es amor, gozo y paz. Nuestro Señor dijo, “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios.” (Mat.5:9) Cuando los creyentes viven en paz los unos con los otros, gozan de la bendición de Dios.

Sexto, los creyentes deben poner mucho cuidado en mantener su paz con Dios. Esto quiere decir que deben confesar sus pecados y arrepentirse cada día; si no mantienen la paz con Dios no tendrán la paz con los demás creyentes. Proverbios 16:7 dice, “Cuando los caminos de los hombres son agradables a Jehová, aún a sus enemigos pacificará con él”.

Séptimo, los creyentes deben guardar en mente que forman parte de una unidad espiritual con los demás creyentes y que son hermanos y hermanas en Cristo. Esta consideración le condujo a Abraham a decir a Lot, “No haya ahora altercado entre mí y ti... porque somos hermanos”. (Gen. 13:8) Los miembros de una iglesia local no deben olvidarse de que son miembros de un Cuerpo; su relación es semejante a la que existe entre los miembros de un cuerpo humano. Cada miembro del cuerpo humano ayuda a las otras partes del cuerpo. Cada miembro recibe fuerza y sostén de los demás; así debe ser entre los creyentes. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos y en armonía!” (Sal.133:1)

Octavo, la desunión entre los creyentes en la iglesia local hace mucho daño a la obra de Dios. La división entre ellos es el triunfo del diablo. Dios es deshonrado, y su nombre no recibe gloria cuando los creyentes discuten entre ellos. Inevitablemente algunos buscadores del Reino serán desanimados cuando ven estas cosas entre nosotros.

Noveno, debemos ser los primeros en procurar diligentemente la paz y la unidad. No debemos esperar a que otros lo hagan. Heb.12:14,  “Seguid la paz con todos y la santidad". Rom.14:19, “Así que sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación".  Con el uso de la palabra “seguid” el apóstol enfatiza la necesidad de que busquemos la paz, tan diligentes y ordenadamente como el cazador persigue a su presa sin descanso hasta conseguirla.

Décimo, otro remedio contra este tipo de ataques del diablo es juzgarnos a nosotros mismos antes que a otros. Los que practican el autoexamen y se juzgan a si mismos tienen mucho cuidado en su manera de juzgar a los demás. “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Jn.7:24). “No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio que juzgáis, seréis juzgados y con la medida que medís, os será medido” (Mat.7:1-2). “El que come no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido” (Rom.14:3). “Pero tú, ¿Por qué juzgas a tu hermano? o tú también, ¿Por qué menosprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Cristo” (Rom.14:10). “Así que, no juzguemos más los unos a los otros: Antes bien juzgad de no poned tropiezo o escándalo al hermano” (Rom.14:13). “Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual también aclarará lo oculto de las tinieblas, y manifestará los intentos de los corazones, entonces cada uno tendrá de Dios la alabanza” (1Cor.4:5). “Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, este tal juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres guardador de la ley sino juez. Uno es el dador de la ley que puede salvar y perder; pero tú, ¿Quién eres para que juzgues a otro?” (Stg.4:11-12). “¿Tú quién eres que juzgas al siervo ajeno? para su propio señor está en pie o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme” (Rom.14:4).

         Onceavo, los creyentes deben vestirse de humildad. “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien en humildad estimándoos inferiores los unos a los otros” (Fil.4:3). El creyente humilde que puede ver el mal de su propio corazón, puede ver el bien que Dios está realizando en otros. Si los creyentes fueran más humildes, estarían menos propensos al orgullo que es el arma principal que el diablo utiliza para dividirlos.