Versículo para hoy:
viernes, 12 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 12
“El Padre os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre”.
EL gran Padre se reveló a los creyentes de la antigüedad, antes de la venida de su Hijo, y fue conocido por Abraham, Isaac y Jacob, como el Dios Todopoderoso. Después vino Jesús, y el siempre bendito Hijo, en su misma persona, fue el deleite de los ojos de su pueblo. Desde la ascensión del Redentor, el Espíritu Santo fue la cabeza de la presente dispensación y su poder se manifestó gloriosamente en Pentecostés y después de él. El permanece en esta hora presente como Emmanuel –Dios con nosotros- morando en y con su pueblo, vivificando, guiando y reinando en su medio. ¿Es reconocida su presencia como debiera? No podemos restringir su acción; él es enteramente soberano en todas sus obras. Pero, ¿estamos nosotros suficientemente ansiosos de obtener su auxilio, o suficientemente alertas para no provocarlo a que nos retire su ayuda? Sin él, nada podemos hacer, pero por su poderosa energía, los más extraordinarios resultados pueden producirse; cada cosa depende de la manifestación o del ocultamiento de su poder. ¿Le aguardamos siempre tanto para nuestra vida interior como para nuestro servicio exterior, con la respetuosa dependencia que conviene? ¿No acudimos, con frecuencia, presurosos a su llamado y obramos, después, independientemente de su ayuda? Humillémonos esta tarde por los errores pasados e imploremos ahora que el celestial rocío repose sobre nosotros; que el sagrado óleo nos unja y que la llama celestial arda en nosotros. El Espíritu Santo no es un don temporal; él permanece con los santos. No tenemos más que buscarlo acertadamente y será hallado por nosotros. El es celoso, pero compasivo; si se va con ira, vuelve con merced. Condescendiente y tierno, no se cansa de nosotros, sino aguarda para ser benigno siempre.
Charles Haddon Spurgeon.
jueves, 11 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 11
“Has dejado tu primer amor”. Apocalipsis 2:4.
DEBE ser siempre recordada aquella hora, la mejor y la más brillante de todas, cuando por primera vez vimos al Señor, soltamos nuestra carga, recibimos el rollo de la promesa, nos gozamos en la completa salvación y proseguimos nuestro camino en paz. Fue aquella la hora de primavera para nuestra alma; el invierno había pasado. Los ruidos de los truenos del Sinaí habían cesado, el centelleo de sus relámpagos no se veían más. Dios estaba reconciliado, la ley no amenazaba más con venganza, la justicia no exigía castigo. Entonces las flores aparecieron en nuestro corazón; esperanza, amor, paz y paciencia brotaron del césped. El jacinto del arrepentimiento, la campanilla de la santidad, el azafrán de la áurea fe, el narciso del primer amor, todos adornaban el jardín del alma. El tiempo del canto de los pájaros había llegado y nosotros nos regocijamos con acción de gracias; magnificamos el santo nombre de nuestro clemente Dios, y nuestra resolución fue esta: “Señor, yo soy tuyo, enteramente tuyo; todo lo que soy y todo lo que tengo lo quisiera consagrar a ti. Tú me has comprado con tu sangre; permíteme, pues, que me consuma y sea consumido en tu servicio. Me consagro a ti tanto en la vida como la muerte”. ¿Cómo hemos cumplido esta resolución? Nuestro amor ardía con santa llama de consagración a Jesús. ¿Arde ahora? ¿No puede Jesús decirnos con razón: “Tengo contra ti que has dejado tu primer amor”? ¡Ay!, cuán poco hemos hecho por la gloria de nuestro Maestro. Nuestro invierno ha durado demasiado. Estamos tan fríos como el hielo, cuando debiéramos sentir el calor del verano y dar flores sagradas. Damos a Dios centavos cuando merece pesos oro, sí, merece la sangre de nuestro corazón para ser acuñada en el servicio de su iglesia, y de su verdad. ¿Continuaremos así? ¡Oh! Señor, después que tú nos has bendecido tan ricamente, ¿seremos ingratos y llegaremos a ser indiferentes a tu buena causa? ¡Oh!, avívanos para que podamos volver a nuestro primer amor y hacer las primeras obras. Envíanos una benéfica primavera, ¡oh, sol de justicia!
Charles Haddon Spurgeon.
miércoles, 10 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 10
“Yo deshice como a nube tus rebeliones y como a niebla tus pecados; tórnate a mí porque yo te redimí”. Isaías 44:22.
OBSERVA con atención la instructiva similitud: nuestros pecados son como una nube. Como hay nubes de muchas formas y de variados matices, así acontece también con nuestras transgresiones. Como las nubes obscurecen la luz del sol y ensombrecen el paisaje que está abajo, así nuestros pecados nos ocultan la luz del rostro de Jehová, y nos hacen sentar en sombra de muerte. Los pecados son cosas terrenas y se originan en los lugares cenagosos de nuestra naturaleza; y cuando se amontonan hasta colmar la medida, nos amenazan con tormenta y tempestad. Pero, ¡ay!, a diferencia de las nubes, nuestros pecados no nos dan lluvias beneficiosas, sino más bien nos amenazan con inundarnos en un espantoso diluvio de destrucción. ¡Oh!, negras nubes de pecado, ¿cómo puede haber buen tiempo en nuestra alma mientras vosotras permanecéis?
Miremos con gozo el notable acto de la misericordia divina: “deshice”. Dios mismo aparece en la escena y, con la divina benignidad, en lugar de manifestar su ira, revela su gracia: Él, de una vez y para siempre, elimina el mal, no quitando simplemente la nube, sino deshaciéndola para siempre. Contra el hombre justificado no queda ningún pecado; el gran pacto de la cruz ha quitado de él para siempre sus transgresiones. En la cumbre del Calvario fue realizada por completo la gran obra, por la cual los pecados de todos los elegidos han sido redimidos para siempre.
Llevemos a la práctica la invitación de gracia: “tórnate a mí”. ¿Por qué los pecadores perdonados deben vivir distanciados de su Dios? Si hemos recibido el perdón de todos nuestros pecados, no permitamos que algún temor legal nos impida allegarnos resueltamente al Señor. Que las caídas sean lamentadas, pero no permanezcamos en ellas. Esforcémonos por retornar al Señor, en el poder del Espíritu Santo, para que podamos tener con él la comunión más estrecha posible. ¡Oh, Señor, restáuranos esta noche!
Charles Haddon Spurgeon.
martes, 9 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 9
“No nos metas en tentación, mas líbranos del malo”. Lucas 11:4.
AQUELLO que se nos enseña a buscar o evitar en oración debiéramos buscarlo y evitarlo también en la práctica. Muy diligentemente, pues, debiéramos evitar la tentación, procurando andar tan cautelosamente en la senda de la obediencia que nunca lleguemos a tentar al diablo para que él nos tiente a nosotros. No debemos entrar en la selva en busca del león, pues podríamos pagar con la muerte tal arrogancia. Este león puede cruzar por nuestro camino o saltar sobre nosotros desde la selva, pero nosotros no podemos hacer nada para cazarlo. El que se encuentre con él, si sale victorioso, será después de una dura lucha. Que ore pues el cristiano para que pueda evitar el encuentro. Nuestro Salvador, que sabe lo que es la tentación, amonesta así a sus discípulos: “Orad para que no entréis en tentación”.
Pero sea como quiera, la verdad es que seremos tentados; de ahí la oración: “líbranos del mal”. Dios tuvo un hijo sin pecado, pero ninguno sin tentación. El hombre natural ha nacido para la aflicción, y el cristiano para la tentación. Debemos estar siempre en guardia contra Satanás, porque, a semejanza de un ladrón, no avisa cuando se acerca. Los creyentes que conocen los métodos de Satán, saben que hay ciertas ocasiones cuando él muy probablemente hará un ataque. Así el cristiano es colocado doblemente en guardia por temor del peligro, y el peligro se previene preparándose para hacerle frente. La prevención es mejor que la cura. Es mejor que estés tan bien armado que el diablo no se atreva a atacarte, que sufrir los peligros de la lucha, aunque salgas vencedor. Pide en oración esta tarde, en primer lugar, que no seas metido en tentación; y, en segundo lugar, que si la tentación fuese permitida, tú puedas ser librado del mal.
Charles Haddon Spurgeon.
lunes, 8 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 8
“Y él salvará a su pueblo de sus pecados”. Mateo 1:21.
MUCHAS personas, si se les preguntase qué entienden por salvación, responderían: “Ser salvos del infierno y llevados al cielo”. Este es uno de los resultados de la salvación, pero no es ni la décima parte de lo que contiene esa gracia. Es cierto que nuestro Señor Jesucristo redime a todo su pueblo de la ira que ha de venir. El lo salva de la espantosa condenación que sus pecados le han acarreado, pero el triunfo de Jesús es mucho más completo que esto. El salva a su pueblo “de sus pecados”. ¡Oh!, dulce liberación de nuestros peores enemigos. Cuando Cristo obra la salvación, expulsa a Satán de su trono y no le permite más ser dueño. Ningún hombre es verdadero cristiano si el pecado reina en su cuerpo mortal. El pecado estará en nosotros; nunca será completamente desterrado hasta que el alma entre en la gloria; pero nunca tendrá dominio. Habrá lucha por el dominio –un codiciar contra la nueva ley y el nuevo espíritu que Dios ha implantado-, pero el pecado nunca obtendrá la ventaja como para ser el monarca absoluto de nuestra naturaleza. Cristo será el dueño del corazón, y el pecado debe ser subyugado. El León de la tribu de Judá prevalecerá y el dragón será echado fuera. ¡Creyente!, ¿está dominado en ti el pecado? Si tu vida no está santificada es porque tu corazón no ha sido cambiado, y si tu corazón no ha sido cambiado es porque aún no ha sido salvado. Si el Salvador no te santificó, no te renovó, no te dio odio al pecado y amor a la santidad, entonces no ha hecho nada en ti de carácter salvador. La gracia que no hace a un hombre mejor que los demás es una indigna impostura. Cristo salva a su pueblo no en sus pecados sino de sus pecados. “Sin la santidad nadie verá al Señor”. “Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo”. Si no estamos salvados del pecado, ¿cómo esperamos ser contados entre su pueblo? Señor, sálvame ahora mismo de todo mal, y capacítame para honrar a mi Salvador.
Charles Haddon Spurgeon.
domingo, 7 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 7
“Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid acá”.
DEJANDO de lado la consideración de estas palabras en su conexión profética, considerémoslas, más bien, como la invitación de nuestro Gran Precursor a su santificado pueblo. A su debido tiempo “una gran voz del cielo” será dirigida a todo creyente, diciéndole: “Sube acá”. Esto debiera ser para los santos asunto de gozosa expectativa. En lugar de temer el tiempo cuando dejaremos este mundo para ir al Padre, debiéramos estar suspirando por la hora de nuestra emancipación. Nuestro canto debiera ser
En Jesús tengo paz y no debo temer
Que se acerque la muerte fatal;
Porque al fin de esta vida fugaz yo tendré
Libre acceso al Edén celestial.
Nosotros no somos llamados abajo, al sepulcro, sino arriba, al cielo. Nuestros espíritus, nacidos para el cielo, debieran suspirar por su ambiente natal. Con todo, el llamamiento celestial debiera ser objeto de paciente espera. Nuestro Dios sabe mejor que nosotros cuándo debe llamarnos para ir arriba. No debemos desear anticipar el momento de nuestra partida. Sé que un fuerte amor nos hará exclamar: “¡Oh!, Señor de los Ejércitos, divide las olas y llévanos al cielo”. Pero la paciencia debe tener su obra perfecta. Dios ordena con perfecta sabiduría el tiempo más apropiado en que los redimidos deben vivir aquí. Sin duda, si el pesar pudiese experimentarse en los cielos, los santos lamentarían no haber vivido más aquí para hacer mayor bien. ¡Oh, ansiamos más gavillas para los graneros del Señor! ¡Más joyas para su corona! Pero, ¿cómo conseguirlo sin obrar más? Es cierto que tenemos que considerar el otro lado del asunto, pues viviendo aquí menos tiempo, nuestros pecados serán menos. Sin embargo, cuando estamos enteramente sirviendo al Señor, y él nos permite esparcir la preciosa simiente y recoger a ciento, estamos tentados a decir que es bien quedarnos donde estamos. Ya nos diga nuestro Maestro, “Ven”, o nos diga, “Quédate”, estemos igualmente contentos, mientras él nos favorece con su presencia.
Charles Haddon Spurgeon.
sábado, 6 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 6
“Rogad los unos por los otros”. Santiago 5:16.
COMO un estímulo jubiloso para la oración intercesora, recuerda que tal oración es la más agradable a los oídos de Dios, pues la oración de Cristo es de ese carácter. De todo el incienso que nuestro gran Sumo sacerdote pone en el incensario de oro, no hay un solo grano para sí mismo. Su intercesión debe ser la más aceptable de todas las súplicas, y cuanto más semejante a la de Cristo sea nuestra oración, más fragante será. Así, si bien las peticiones por nosotros serán aceptadas, nuestras intercesiones por otros, por tener en sí mismas más de los frutos del Espíritu, más amor, más fe, más afecto fraternal, serán por los preciosos méritos de Jesús, la oblación más agradable que podríamos ofrecer a Dios, la grosura misma de nuestro sacrificio. Recuerda, además, que la oración intercesora es sumamente eficaz. ¡Qué portentos ha obrado! La Palabra de Dios está llena de sus maravillosos hechos. Creyente, tú tienes en tus manos un poderoso instrumento; úsalo bien, úsalo constantemente, úsalo con fe, y tú serás, con seguridad, un benefactor de tus hermanos. Cuando tengas audiencia ante el Rey, háblale a favor de los miembros de su cuerpo que sufren. Cuando te sientas favorecido con la gracia de estar cerca de su Trono y el Rey te diga: “Pídeme y yo te daré lo que deseas”, que tus peticiones se eleven no sólo en favor de ti mismo, sino de muchos que necesitan de su ayuda. Si tienes gracia en alguna medida y no eres un intercesor, entonces esa gracia es pequeña como un grano de mostaza. Pues tú, es cierto, has tenido suficiente gracia como para mantener a flote tu alma, lejos de la arena movediza; pero no tuviste gracia en abundancia, de lo contrario hubieras llevado en tu alegre barco las muchas necesidades de otros y les hubieras traído de parte del Señor, ricas bendiciones que, sin tu mediación, no hubiesen podido obtener.
Charles Haddon Spurgeon.
viernes, 5 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 5

ES este un modo singular de comenzar un versículo: “En aquel tiempo respondió Jesús”. Si observas el contexto no podrás ver señales de que alguna persona le haya preguntado algo o que él haya estado conversando con alguien. No obstante, está escrito: “Jesús respondió y dijo: Te alabo, Padre”. Cuando un hombre responde, responde a una persona que ha estado hablando. ¿Quién, pues, ha hablado a Cristo? ¿Su Padre? Sin embargo, no hay indicio de ello. Esto debiera enseñarnos que Jesús tuvo siempre constante comunión con su Padre, y que Dios habló a su corazón tan frecuentemente, que la presente no era una circunstancia tan extraordinaria como para ser recordada. Conversar con Dios constituía el hábito y la vida de Jesús. Como Jesús era en este mundo, así somos nosotros. Aprendamos, pues, la lección que esta simple declaración acerca de él nos enseña. Tengamos, además, silencioso compañerismo con el Padre, de manera que podamos responderle frecuentemente, y aunque el mundo no sepa a quién hablamos, podamos nosotros responder a aquella voz secreta, desconocida sí para otros oídos, mas no para los nuestros, que, abiertos por el Espíritu de Dios, la reconocen con gozo. Dios nos ha hablado; hablémosle nosotros a él, ya para certificar que Dios es veraz y fiel a sus promesas, ya para confesar el pecado del que el Espíritu Santo nos ha convencido, ya para reconocer el perdón que nos ha dado o ya para expresar nuestro asentimiento a las grandes verdades que el Espíritu Santo ha declarado a nuestro entendimiento. ¡Qué privilegio es tener íntima comunión con el Padre de nuestros espíritus! Es este un secreto oculto para el mundo, un gozo en el cual ni aun los más íntimos amigos se inmiscuyen. Si deseamos oír los susurros del amor de Dios, nuestros oídos deben estar purificados y dispuestos a oír su voz. Que en esta misma tarde nuestros corazones puedan hallarse en tal condición, que cuando Dios nos hable, nosotros, a semejanza de Jesús, podamos estar preparados para responderle enseguida.
Charles Haddon Spurgeon.
jueves, 4 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 4
“Refugio contra el vengador de la sangre”. Josué 20:3.
SE dice que en la tierra de Canaán las ciudades de refugio estaban distribuidas de tal forma que cualquier persona podía llegar a algunas de ellas en medio día, a lo sumo. Así también la palabra de nuestra salvación está cerca de nosotros. Jesús es un Salvador presente, y el camino que conduce a él es corto. Ese camino no es sólo una renuncia de nuestros méritos y la aceptación de Jesús para que sea nuestro todo en todo. En cuanto a los caminos que conducían a la ciudad de refugio, se nos dice que eran rigurosamente preservados; todos los ríos tenían puentes; todo obstáculo era removido, de suerte que el hombre que huía pudiese hallar fácil camino a la ciudad. Una vez por año los ancianos recorrían los caminos y observaban su estado, de modo que nada pudiese impedir la huida de alguno y, por la demora, fuese eso causa de su captura y de su muerte. ¡Con cuánta bondad las promesas del Evangelio remueven del camino las piedras de tropiezo! Doquiera haya atajos y curvas hay letreros indicadores, con esta inscripción: “A la ciudad de refugio”. Esto es una figura del camino a Jesucristo. Ese camino no es el camino vago de la ley. No es el camino de obedece a esto o aquello o lo de más allá; no, es un camino directo: “Cree y vive”. Es un camino tan tosco que el que confía en su justicia propia no lo puede transitar, pero, por otra parte es tan fácil que cualquier pecador que se reconozca tal puede hallar en él su camino al cielo. No bien el hombre alcanzaba las afueras de la ciudad ya estaba seguro; no era necesario que cruzase las murallas, pues los suburbios mismos eran suficiente protección. Aprende de esto esta verdad: que si tú te prendes de él con “fe como un grano de mostaza”, serás sano. “Un poco de genuina gracia nos asegura la muerte de todos nuestros pecados”. No pierdas tiempo, no demores en el camino porque el vengador de la sangre es ligero de pies; y puede ser que esté pisándote los talones en esta hora tranquila de la noche.
Charles Haddon Spurgeon.
miércoles, 3 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 3
“Hazme saber… dónde repastas, dónde haces tener majada al mediodía”.
ESTAS palabras expresan el deseo del creyente por Cristo y sus ansias de comunión permanente con él. ¿Dónde repastas tu majada? ¿En tu casa? Entonces iré allí, si allí puedo hallarte. ¿En la oración privada? Entonces oraré sin cesar. ¿En la Palabra? Entonces la leeré diligentemente. ¿En tus ordenanzas? Entonces andaré en ellas de todo corazón. Dime dónde repastas, porque donde quiera que tú estés como Pastor, allí yaceré yo como oveja; pues nadie sino tú mismo puede suplir mis necesidades. No puedo vivir satisfecho lejos de ti. Mi alma tiene hambre y sed de refrigerio de tu presencia. “¿Dónde haces tener majada al mediodía?”; porque ya sea al amanecer, ya al mediodía, mi único descanso debe estar donde tú y tu amado rebaño están. El descanso de mi alma debe ser un descanso otorgado por gracia; y esto sólo puede ser hallado en ti. ¿Dónde está la sombra de aquella roca? ¿Por qué no habría de reposar yo debajo de ella? “¿Por qué había yo de estar como vagueando tras los rebaños de tus compañeros?” (Cantares 1:7). Tú tienes compañeros, ¿por qué no debía yo ser uno de ellos? Satán me dijo que yo soy indigno; es cierto, yo siempre fui indigno, pero sin embargo tú me has amado en todo tiempo, y, por lo tanto, mi indignidad no puede ser un impedimento para que tenga ahora comunión contigo. Es cierto que soy débil en la fe y propenso a caer, pero esa misma debilidad es la razón por la cual yo debiera siempre estar donde tú repastas tu majada para que pueda ser fortalecido y preservado en seguridad junto a aguas de reposo. ¿Por qué debía yo apartarme? No hay razón para ello; en cambio hay mil razones porque no me aparte, pues Jesús me invita a ir a él. Si él se aparta un poco, es sólo para hacerme apreciar más su presencia. Ahora que estoy afligido y angustiado por estar apartado de él, él me guiará de nuevo a aquel abrigado rincón donde las ovejas de su dehesa están protegidas del calor del sol.
Charles Haddon Spurgeon.
martes, 2 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 2
“Que son cosas antiguas”. 1 Crónicas 4:22.
SIN embargo, no tan antiguas como aquellas preciosas cosas que son el deleite de nuestras almas. Volvamos por un momento a contarlas, enumerándolas una y otra vez como cuenta el avaro su dinero. La soberana elección del Padre, por la que él nos eligió para vida eterna antes que la tierra fuese, es un asunto de remota antigüedad, ya que ninguna fecha puede asignarle a este hecho la mente humana. Hemos sido elegidos desde antes de la fundación del mundo. El amor eterno acompañó la elección, pues no hemos sido apartados por un simple acto de la voluntad divina, sino porque intervino el amor de Dios. El Padre nos amó desde el principio. Aquí tenemos un tema para meditación diaria. El propósito eterno de redimirnos de nuestra ruina, de limpiarnos, de santificarnos y, al fin, de glorificarnos es asunto de infinita antigüedad y corre parejo con el inmutable amor y la absoluta soberanía. El pacto es siempre descripto como eterno, y Jesús, la segunda parte de ese pacto, tiene “sus salidas desde el principio”. (Miqueas 5:2). El fue nuestro fiador mucho antes que los primeros astros empezaran a alumbrar, y fue en él que los elegidos fueron ordenados para vida eterna. Así, en los propósitos divinos, fue establecido entre el Hijo de Dios y su pueblo elegido un pacto de unión muy bendito, que permanecerá como el fundamento de su seguridad cuando el tiempo ya no sea más. ¿No es bueno estar ocupados en estas cosas antiguas? ¿No es vergonzoso que sean tan olvidadas y aún desechadas por la mayoría de los creyentes? Si conocieran más de sus propios pecados, ¿no estarían más dispuestos a adorar esta eminente gracia? Admiremos y adoremos esta noche a nuestro Dios mientras cantamos:
Soy salvo por su gracia,
Su tierno amor me sacia;
Su preciosa sangre me lavó
Y hasta hoy su brazo me guardó.
Charles Haddon Spurgeon.
lunes, 1 de febrero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – FEBRERO 1
“Maravilloso me fue tu amor”. 2 Samuel 1:26.
VENID, queridos lectores, hablemos cada uno por sí mismo del admirable amor, no de Jonathan, sino de Jesús. No relataremos lo que nos han dicho, sino lo que hemos gustado y palpado; hablaremos del amor de Cristo. Tu amor por mí, oh Jesús, fue admirable cuando vagaba como un extraño lejos de ti, “haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos”. Tu amor me contuvo para que no cometiera el pecado de muerte y me libró de mi propia perdición. Tu amor detuvo el hacha cuando la Justicia dijo: “Córtala, ¿por qué ocupará aún la tierra?” Tu amor me llevó al desierto, allí me desnudó y me hizo sentir la culpa de mi pecado y la carga de mi iniquidad. Cuando estaba tristemente desanimado, tu amor me habló con dulzura en estos términos: “Ven a mí, que yo te haré descansar”. ¡Oh!, cuán incomparable fue tu amor cuando, en un momento, lavaste por completo mis pecados e hiciste que mi alma, roja por la sangre de mi naturaleza pecaminosa y negra por la suciedad de mis transgresiones, fuese blanca como la nieve y pura como la lana. ¡Cómo encomendaste tu amor cuando susurraste así en mis oídos: “Yo soy tuyo y tú eres mío”. Afectuosos fueron estos acentos cuando tú dijiste: “El Padre mismo os ama”. Y dulces, muy dulces fueron los momentos cuando me declaraste “el amor del Espíritu”. Nunca mi alma olvidará aquellos lugares de comunión donde tú te revelaste a mí. ¿Tuvo Moisés su hendidura en la peña donde vio la gloria, las espaldas de su Dios? Nosotros también tenemos nuestras hendiduras en la peña donde hemos visto los esplendores de la Deidad en la persona de Cristo. ¿Recuerda David los rastros de las cabras monteses, la tierra del Jordán y de los Hermonitas? Nosotros también podemos recordar lugares queridos a la memoria, iguales a aquellos en felicidad. Precioso Jesús, danos una nueva porción de tu admirable amor para que podamos con él empezar el mes. Amén.
Charles Haddon Spurgeon.
domingo, 31 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 31
“Corrió pues Ahimaas por el camino de la llanura y pasó delante de Cusi”.
CORRER no es todo; hay otras cosas en el camino que hemos elegido. El que corre velozmente por los valles y montañas no avanzará más que el que viaje lentamente por un camino llano. ¿Cómo va mi viaje espiritual? ¿Estoy subiendo fatigosamente el collado de mis propias obras y descendiendo por las barrancas de mis humillaciones y resoluciones o corro por el camino llano de “Cree y vive”? ¡Cuán bienaventurado es esperar en el Señor por fe! El alma corre sin cansancio y marcha sin fatiga por el camino de la fe. Jesucristo es el camino de la vida, un camino llano, placentero, apropiado para los pies vacilantes y para las rodillas débiles de los temblorosos pecadores. ¿Me hallo yo en este camino o estoy ansiosamente buscando otra senda como la que me promete la superchería o la metafísica? He leído acerca del camino de santidad, en el cual el viajante, aunque sea un necio no errará. ¿He sido librado de la arrogante razón y llevado, como un niñito, a descansar en el amor y sangre de Jesús? Si es así, ganaré, por la gracia de Dios, al más diestro corredor que haya elegido cualquier otro camino. Recordaré para mi bien esta verdad en mis ansiedades y necesidades diarias. Mi determinación más sabia será ir directamente a mi Dios y no vagar de un lado para el otro. El conoce mis necesidades y puede aliviarlas. ¿A quién recurriré sino a Dios por el directo medio de la oración y el sencillo argumento de la promesa? No conferenciaré con los sirvientes, sino iré directamente al Señor.
Al leer este pasaje llego a esta conclusión: si los hombres compiten en cosas triviales y uno sobrepasa al otro, yo también, por mi parte, debo mostrarme celoso para “correr de tal manera que obtenga el premio”. Señor, ayúdame a ceñir los lomos de mi entendimiento, para que “prosiga al blanco al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús”.
Charles Haddon Spurgeon.
sábado, 30 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 30
“En quien también nosotros tuvimos herencia”. Efesios 1:11.
CUANDO Jesús se dio a sí mismo por nosotros, nos otorgó sus derechos y privilegios, de modo que aunque, como eterno Dios, tiene derechos esenciales que ninguna criatura puede aventurarse a pretender, sin embargo, como Jesús, el Mediador, la Cabeza representativa del pacto de gracia, tiene una herencia común con nosotros. Todos los gloriosos resultados de su obediencia hasta la muerte son posesiones comunes de todos los que están en él, en cuyo beneficio él cumplió la divina voluntad. Mira, Jesús entra en la gloria, pero no sólo por sí mismo, pues está escrito: “Donde entró por nosotros, como precursor”. Hebreos 6:20. ¿Está en la presencia de Dios? Sí, lo está “para presentarse por nosotros”. Hebreos 9:24. Considera esto, creyente. En ti mismo no tienes derecho para ir al cielo; tu derecho está en Cristo. Si estás perdonado es por su sangre; si estás justificado es por su justicia; si estás santificado es porque él te es hecho por Dios santificación; si permanecieres sin caer es porque estás preservado en Cristo Jesús; y si, al fin, llegares a ser perfecto será porque estás cumplido en él. De este modo Jesús es magnificado, pues todo existe en él y por él; así la herencia nos está asegurada, porque la obtuvimos en él; así las bendiciones son más ricas y el mismo cielo es más esplendente, porque es en Jesús nuestro Amado en quien lo hemos obtenido todo. ¿Dónde está el hombre que podrá valorar nuestra divina porción? Pesa las riquezas y los tesoros de Cristo en balanzas si puedes; y entonces intenta calcular los tesoros que pertenecen a los santos. Mira si puedes llegar al fondo del mar de gozo que hay en Cristo, y entonces podrás tener esperanza de comprender la gloria que Dios ha preparado para los que le aman. Salta, si puedes, por encima de las fronteras de las posesiones de Cristo y entonces sueña en poner límite a la hermosa herencia de los elegidos. “Todo es vuestro, porque vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios”.
Charles Haddon Spurgeon.
viernes, 29 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 29
“Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde”. Génesis 8:11.
BENDITO sea el Señor por este otro día de gracia, aunque esté yo ahora fatigado con sus afanes. Al preservador de los hombres elevo mi canto de gratitud. La paloma no halló descanso fuera del arca y, por lo mismo, volvió a ella; y mi alma conoció hoy más plenamente que nunca que no hay satisfacción en las cosas terrenales. Sólo Dios puede dar descanso a mi espíritu. Mis negocios, mis posesiones, mi familia, mis conocimientos, todo está bien en su lugar, pero esas cosas no pueden satisfacer los deseos de mi naturaleza inmortal. “Vuelve a tu reposo, ¡oh!, alma mía, pues el Señor te ha tratado generosamente”. Fue en la hora de reposo, cuando las puertas del día se cerraban, que, con las alas fatigadas, la paloma volvió a su dueño. ¡Oh!, Señor, capacítame esta noche para volver a Jesús. La paloma no podía estar revoloteando toda la noche sobre las turbulentas aguas; tampoco puedo estar yo ni una hora más apartado de Jesús: descanso de mi corazón y hogar de mi espíritu. La paloma no descendió meramente sobre el techo del arca, sino entró en ella. Así quisiera mi ansioso espíritu considerar lo secreto del Señor, penetrar en el interior de la verdad, entrar dentro del velo y llegar a mi Amado. Debo ir a Jesús: Mi anheloso espíritu sólo quedará satisfecho con una comunión muy íntima y amorosa con él. Bendito Jesús, quédate conmigo, revélate y permanece conmigo toda la noche, de suerte que, cuando despierte, pueda estar aun contigo. Observo que la paloma traía en su pico una hoja de oliva, recuerdo de los días pasados y profecía de los futuros. ¿No tengo yo algún placentero recuerdo que traer a la memoria? ¿Alguna promesa de cariño? Sí, Señor mío, yo te presento mi agradecido reconocimiento por tus apacibles mercedes que has renovado todas las mañanas y repetido todas las tardes; y ahora te ruego que extiendas tu mano y pongas a tu paloma en tu pecho.
Charles Haddon Spurgeon.
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