Sexto, cuando el fuego está presente, tiene un cierto grado de actividad. Así también la gracia, por poca que sea, obra, pues proviene del Espíritu de Dios, que, debido a Sus operaciones, es comparado con el fuego. Incluso en medio del pecado, cuando pareciera que lo único que está activo es la corrupción, hay un principio contrario que rompe su fuerza, y que ocasiona que no sea sobremanera pecaminoso, como el pecado de los hombres carnales (Romanos 7:13).
Séptimo, el fuego vuelve a los metales flexibles y maleables. Así también, cuando la gracia es otorgada, flexibiliza al corazón y lo dispone a recibir cualquier impresión buena. Los espíritus obstinados demuestran que ni siquiera son pábilos que humean.
Octavo, el fuego incendia todo lo que puede incendiar. De la misma manera, la gracia se esfuerza por producir una impresión favorable en los demás y por transformar tantas personas para bien como le sea posible. Además, la gracia usa incluso las cosas naturales y civiles de forma santa, y las espiritualiza. Lo que otras personas solo hacen de forma civil, el hombre en que opera la gracia lo hace santamente. Si come, bebe, o hace otra cosa, lo hace todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31), poniendo todo al servicio de ese fin supremo.
Noveno, las chispas vuelan hacia arriba por naturaleza. De la misma manera, el Espíritu de la gracia lleva al alma hacia el cielo y nos presenta fines santos y celestiales. Fue encendido desde el cielo y también nos lleva de regreso al cielo. La parte sigue al todo: el fuego va hacia arriba, y por eso todas las chispas siguen a su elemento. Donde hay un alma que apunta y se extiende al cielo, allí hay gracia, aunque enfrente resistencia. La mínima medida de esta gracia puede ser vista en los deseos santos, los cuales brotan de la fe y el amor, pues no podríamos desear nada que primero no creyéramos que existe. Dicho deseo brota del amor. Por eso los deseos se consideran parte de lo deseado en un cierto sentido.
Sin embargo, estos deseos deben ser (1) constantes, pues la constancia muestra que son sobrenaturalmente naturales y no forzados; (2) dirigidos a cosas espirituales como creer y amar a Dios, no por causa de una emergencia particular (como escapar del peligro), sino con un corazón lleno de amor que es cautivado por la excelencia del Amado. (3) acompañados de dolor si el deseo se ve frustrado, de modo que nos vemos impulsados a orar: «¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!» (Salmo 119:5), «¡Miserable de mí! ¿quién me librará?» (Romanos 7:24), y (4) deseos que nos hacen seguir adelante: «¡Oh, ojalá pudiera servir a Dios con mayor libertad! ¡Ojalá estuviera más libre de estas concupiscencias ofensivas, desagradables y odiosas!
Décimo, el fuego, si tiene combustible para alimentarse, se agranda y asciende cada vez más alto, y mientras más alto sube, más pura es la llama. De la misma manera, donde hay gracia genuina, esta crece en cantidad y pureza. El pábilo que humea crecerá hasta formar una llama, y, a medida que vaya creciendo, también eliminará lo que le es contrario y se perfeccionará cada vez más. Ignis, quo magis lucet, eo minus fumat (Mientras más luz da el fuego, menos humo arroja). Por lo tanto, queda demostrado que tenemos un corazón falso si nos conformamos con un estándar rebajado de la gracia y reposamos en los comienzos alegando que Cristo no apagará el pábilo que humeare. Esta disposición misericordiosa de Cristo va unida a una santidad perfecta que se manifiesta en Su odio perfecto por el pecado, pues para que el pecado no quedara sin su justo castigo, Cristo prefirió entregarse a Sí mismo como sacrificio por el pecado. En esto, la santidad de Su Padre y la Suya se muestran en su máximo esplendor. Asimismo podemos verlo en la obra de santificación en la cual mientras Él ya está complacido con Su obra en nosotros (sin tolerar el pecado) a su vez nunca cesará de obrar hasta quitar enteramente el pecado de nuestra naturaleza. El mismo Espíritu que purificó Su santa naturaleza humana nos limpia gradualmente para adaptarnos a esa Cabeza tan santa, y moldea el juicio y los afectos de todos a los que muestra misericordia para que se conformen a los Suyos trabajando para avanzar Su propósito de abolir el pecado de nuestra naturaleza.
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