Versículo para hoy:

miércoles, 11 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 6. Características del pábilo que humea

    Para determinar si somos ese pábilo humeante que Cristo no apagará, debemos recordar las siguientes reglas:

    Debemos tener dos ojos, uno para ver las imperfecciones en nosotros mismos y en los demás, y otro para ver lo que es bueno. «Morena soy», dice la Iglesia, «pero codiciable» (Cantares 1:5). Los que son dados a reñir con ellos mismos nunca tienen tranquilidad, y, debido a sus flaquezas, tienden a consumir las cosas amargas que más alimentan la enfermedad que los agobia. Tales personas se deleitan en ver solamente el lado oscuro de la nube.

    No debemos juzgarnos siempre por lo que sentimos en un momento dado, pues en las tentaciones no veremos nada más que el humo de los pensamientos de la desconfianza. El fuego puede estar ardiendo bajo las cenizas, aunque no podamos verlo. En el invierno, la vida está oculta en la raíz.

    Debemos cuidarnos de razonamientos falaces como, por ejemplo, que debido a que nuestro fuego no flamea como el de otros, no tenemos nada de fuego. Mediante esas conclusiones erróneas podemos pecar contra la ley hablando falso testimonio contra nosotros mismos. El pródigo no dijo que no era hijo, sino que no era digno de ser llamado hijo (Lucas 15:19). No debemos confiar en la evidencia falsa ni negar la que es verdadera, pues al hacerlo deshonramos la obra del Espíritu de Dios en nosotros y perdemos la asistencia de esa evidencia, que puede avivar nuestro amor por Cristo y armarnos contra los desánimos de Satanás. Algunos son tan culpables de hacer esto, que tal pareciera que han sido contratados por Satanás «el acusador de nuestros hermanos» (Apocalipsis 12:10) para acusarse a sí mismos.

Nuestra norma es el pacto de gracia

    Debemos reconocer que en el pacto de gracia lo que Dios requiere es que la gracia sea verdadera, no que haya una cierta cantidad de ella. Una chispa de fuego es tan fuego como todo el elemento, por lo tanto, debemos ver la gracia también en la chispa y no solo en la llama. No todos tienen una fe igual de fuerte, pero todos tienen una fe igual de preciosa (2 Pedro 1:1), mediante la cual se aferran y se visten de la justicia perfecta de Cristo. La mano débil puede recibir una joya valiosa. Unas pocas uvas demuestran que la planta es una viña y no un abrojo. Una cosa es ser deficiente en la gracia y otra muy distinta es no tener gracia en absoluto. Dios sabe que no tenemos nada en nosotros mismos, y por eso, en el pacto de gracia, no exige nada más de lo que Él da, sino que da lo que exige y acepta lo que da: «Y si no tiene lo suficiente para un cordero, tomará entonces dos tórtolas» (Levítico 12:8). ¿Qué es el evangelio sino una moderación misericordiosa en que la obediencia de Cristo es contada como nuestra y nuestros pecados son colocados sobre Él, en que Dios pasa de ser nuestro Juez a ser nuestro Padre, perdona nuestros pecados y acepta nuestra obediencia, aunque es débil e imperfecta? Ahora, bajo el pacto de gracia, somos llevados al cielo por el sendero del amor y la misericordia.

    Resultará especialmente útil conocer las diferencias específicas entre el pacto de obras y el pacto de gracia, entre Moisés y Cristo. Moisés, sin ninguna misericordia, quiebra todas las cañas cascadas y apaga todos los pábilos que humean. La ley demanda obediencia de corazón personal, perpetua y perfecta, con la amenaza de una terrible maldición, pero sin dar las fuerzas para llevarlo a cabo. Es un capataz severo, que como Faraón, demanda ladrillo sin proveer paja. Cristo viene con una bendición tras otra, incluso para los que Moisés ha maldecido, y con un bálsamo sanador para las heridas que Moisés ha abierto.

    En ambos pactos se requieren las mismas obligaciones, como la de amar a Jehová con todo el corazón y con toda el alma (Deuteronomio 6:5). En el pacto de obras, deben cumplirse de forma absoluta, pero en el pacto de gracia deben contar con una mitigación evangélica. Se acepta el esfuerzo sincero acorde a la gracia recibida (y así debemos entender los casos de Josías y otros reyes de los que se dice que hicieron lo recto ante los ojos de Jehová).

    El evangelio endulza la ley y la transforma en un deleite para el hombre interior (Romanos 7:22). Bajo este pacto clemente, la sinceridad es perfección. La muerte que hay en la olla de la religión romana es que confunden los dos pactos, y el hecho de que no puedan distinguirlos mitiga el consuelo de los abatidos. De esta manera, se permiten seguir encadenados cuando Cristo los ha libertado y siguen en la prisión cuando Cristo ha abierto las puertas frente a ellos.

    Debemos recordar que a veces la gracia es tan pequeña que no podemos discernirla. En ocasiones, el Espíritu tiene operaciones secretas en nosotros que por ahora nos son desconocidas, pero que Cristo conoce. A veces, en la amargura de la tentación, cuando el alma lucha con la sensación de la ira de Dios, somos propensos a pensar que Dios es nuestro enemigo. El alma agitada es como el agua agitada: es imposible ver algo en ella, y, mientras no sea limpiada, arrojará cieno y lodo. Está llena de objeciones contra sí misma, pero la mayoría de las veces es posible discernir algo de la vida oculta y de las chispas sofocadas. En los días sombríos hay suficiente luz como para saber que es de día y no de noche, así también en el cristiano bajo la nube hay algo que permite discernir que es un creyente verdadero y no un hipócrita. En el estado de la gracia no hay solo tinieblas, sino que siempre se halla un haz de luz que hace que el reino de las tinieblas no prevalezca por completo.

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