Versículo para hoy:

martes, 8 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

4. La batalla

"Pelea la buena batalla de la fe". 1 Timoteo 6:12

Es un hecho curioso que no haya otro tema en el que tanta gente se interese tanto como el de riñas o "peleas". Tanto jóvenes como señoritas, ancianos y niños, encumbrados y humildes, ricos y pobres, letrados e iletrados, tienen un profundo interés por las guerras, pleitos, riñas, batallas y luchas.

Es la simple realidad, no importa cómo la tratemos de explicar. Llamaríamos insulso al inglés que no se interesara nada en la historia de Waterloo, o Inkerman, o Balaclava o Lucknow. Creeríamos que es frio y torpe el corazón que no se conmueve y emociona por las luchas en Sedan y Estrasburgo, Metz y Paris durante la guerra entre Francia y Alemania.

Hay una guerra espiritual

Pero hay otra guerra de mucha mayor importancia que ninguna contienda que el hombre haya librado jamás. Es una guerra que concierne, no sólo a dos o tres naciones, sino a cada cristiano que haya nacido en el mundo. A lo que me refiero es a la guerra espiritual. Es la batalla que todo el que quiere ser salvo tiene que encarar con respecto a su alma.

Sé que esta guerra es una de la cual muchos no saben nada. Hábleles de ella y lo tildan de loco, fanático o iluso. Y sin embargo, es tan real y verdadera como cualquier combate que se haya librado en la tierra. Tiene conflictos cuerpo a cuerpo y sus consecuentes heridas. Tiene el velar y el cansancio. Tiene asedios y asaltos. Tiene sus victorias y sus fracasos. Sobre todo, tiene consecuencias que son terribles, tremendas y muy peculiares. En las guerras terrenales hay consecuencias que, a menudo, son temporales y remediables. En la guerra espiritual las cosas son muy diferentes. En esta guerra, cuando termina la lucha, las consecuencias son eternas, no se pueden cambiar.

Fue ésta la guerra de la que Pablo le hablaba a Timoteo cuando escribió aquellas ardientes palabras: "Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna". Es a esta guerra que propongo referirme en este capítulo. Considero que el tema tiene una relación cercana con el de santificación y santidad. Todo el que entienda la naturaleza de la verdadera santidad, sabrá que el cristiano es un "guerrero". Si queremos ser santos tenemos que luchar.

lunes, 7 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

La santidad viene...

- No de la sangre, los padres no se la pueden pasar a sus hijos.

- Tampoco de la voluntad de la carne, el hombre por él mismo no la puede producir.

- Ni de voluntad de hombre, los pastores no la pueden dar con el bautismo.

La santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con él. Es el fruto de ser una rama viviente de la Vid verdadera. Acuda entonces a Cristo y diga: "Señor, no sólo sálvame de la culpa de pecado y de su poder. También envíame el Espíritu que has prometido. Hazme santo. Enséñame a hacer tu voluntad".

¿Quiere seguir siendo santo? Entonces permanezca en Cristo. Él mismo dice: "Permaneced en mí, y yo en vosotros... el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto" (Jn. 15:4-5). Le plugo al Padre que en él morara toda plenitud, la satisfacción total para todas las necesidades del creyente. Él es el Médico a quien tiene que acudir cada día, él lo mantendrá sano. Él es el Maná que debe comer cada día y la Roca de la cual debe beber cada día. Su brazo es el brazo sobre el cual tiene que apoyarse cada día al salir del desierto de este mundo. Usted, no sólo tiene que echar raíces, también tiene que edificarse en él. Pablo fue ciertamente un hombre de Dios, un hombre santo, un creyente que crecía y prosperaba. ¿Y cuál era su secreto? Era alguien para quien Cristo era "todo en todo". Tenía siempre "puestos los ojos en Jesús". El apóstol decía: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios" (He. 12:2; Fil. 4:13; Gá. 2:20). Vayamos y hagamos lo mismo.

Dios quiera que todos los que leen estas páginas, conozcan estas cosas por experiencia y no únicamente por haberlas oído. ¡Que todos sintamos la importancia de la santidad mucho más de lo que la hemos sentido hasta ahora! ¡Que nuestros años sean años santos para nuestras almas; si lo son, serán años felices! ¡Si vivimos, vivamos para el Señor, o si morimos, muramos para el Señor; si viene por nosotros, que nos encuentre en paz, sin mancha ni culpa!

domingo, 6 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 III. Consejos para todos los que anhelan ser santos

Por último, quiero ofrecer una palabra de consejo a todos los que anhelan ser santos. ¿Quiere usted ser santo? ¿Quiere ser una nueva criatura? Entonces tiene que comenzar con Cristo. Usted no hará nada y no progresará nada hasta que sienta su pecado y debilidad y acuda a él. Él es la raíz y el comienzo de toda santidad; y el camino para ser santo es venir a él por fe y estar unido a él. Cristo no sólo es sabiduría para su pueblo, sino santificación también. Algunas veces, los hombres quieren tratar de alcanzar la santidad por ellos mismos, con un resultado lastimoso. Se esfuerzan y trabajan, quieren empezar una página nueva en sus vidas y cambiar mucho; pero, como la mujer con el flujo de sangre, antes de venir a Cristo, "nada había aprovechado, antes le iba peor" (Mr. 5:26). Corren en vano y trabajan en vano; esto no es de sorprender porque están empezando por el final. Construyen un muro de arena, sus obras van desapareciendo como el agua en una vasija agujereada. Nadie puede poner otro fundamento para la "santidad" que el que ya está puesto, o sea Cristo Jesús, quien dijo: "Separados de mí nada podéis hacer" (Jn. 15:5). Traill dijo unas palabras fuertes, pero muy ciertas: "La sabiduría que no es de Cristo es una necedad que lleva a la condenación; la santificación fuera de Jesús es suciedad y pecado; la redención fuera de Cristo es esclavitud".

¿Quiere usted lograr santidad? ¿Siente este día un anhelo fuerte de ser santo? ¿Quiere ser partícipe de la naturaleza divina? Entonces acuda a Cristo. No busque ninguna razón. No espere a nadie. No piense en prepararse. Acuda a él y dígale, en las palabras de aquel hermoso himno...

"Nada traigo para Ti, Mas tu cruz es mi sostén;

Desprovisto y en escasez, Hallo en Ti la paz y el bien".

(Augustus Toplady, 1776)

No hay ni un ladrillo ni una roca para edificar la obra de nuestra santificación hasta que acudimos a Cristo. La santidad es su don especial para su pueblo creyente. Santidad es la obra que lleva a cabo en sus corazones, por el Espíritu que coloca dentro de ellos. Es asignado "Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados". "Más a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Hch. 5:31; Jn. 1:12).

sábado, 5 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816 - 1900)

 

El gran teólogo John Owen, maestro de la Iglesia de Cristo hace más de doscientos años, solía decir que hay gente cuya religión parece consistir en andar quejándose todo el tiempo de sus propias corrupciones y diciéndoles a todos que no pueden hacer nada al respecto. Me temo que ahora, después de dos siglos, lo mismo podría decirse de algunos seguidores de Cristo. Sé que hay pasajes en las Escrituras que ameritan estas quejas. No pongo objeción a ellas cuando proceden de hombres que siguen los pasos del Apóstol Pablo y pelean la buena batalla, como lo hizo él, contra el pecado, el diablo y el mundo. Pero nunca me gustan tales quejas cuando sospecho, como lo hago a menudo, que son sólo un manto para cubrir la pereza espiritual. Si decimos con Pablo: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?", que podamos decir también con él: "Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". No citemos sólo un ejemplo de él, cuando no lo seguimos en otro (Ro. 7:24; Fil. 3:14).

No pretendo ser mejor que los demás y si alguno pregunta: "¿Quién es usted, que escribe de esta manera?" Contesto yo: "No soy más que una muy pobre criatura". Pero digo que no puedo leer la Biblia sin anhelar ver que más creyentes sean más espirituales, más santos, más enfocados, que piensen más en el cielo, que estén más consagrados de lo que están ahora. Quiero ver entre los creyentes un espíritu más como el de un peregrino, más apartados del mundo, una conversación más evidentemente celestial, un andar más íntimo con Dios y por eso he escrito como lo he hecho.

¿No es cierto que necesitamos una norma superior de santidad personal en este tiempo? ¿Dónde está nuestra paciencia? ¿Dónde está nuestro celo? ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde están nuestras obras? ¿Dónde se puede ver el poder de la fe cristiana, como se vio en el pasado? ¿Dónde está aquel tono inconfundible que solía distinguir a los santos del pasado y que sacudía al mundo? Ciertamente nuestra plata se ha convertido en escoria, nuestro vino se ha mezclado con agua y nuestra sal tiene muy poco sabor. Todos estamos más que medio dormidos. La noche ha pasado y ya viene la mañana. Despertemos y dejemos de dormir. Abramos más nuestros ojos de lo que hemos hecho hasta ahora, "despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia", "limpiémonos de toda contaminación de carne y espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios" (He. 12:1; 2 Co. 7:1). "Habiendo muerto Cristo", dice Owen, "¿vivirá el pecado? ¿Fue él crucificado en el mundo y serán nuestros sentimientos hacia el mundo entusiastas y vivaces? ¡Oh! ¿Dónde está el espíritu de aquel por quien el mundo ha sido crucificado para él y él para el mundo?" (Gá. 6:14).

viernes, 4 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (21816-1900)


(2) Quiero ahora hablarles un poco a los creyentes. Les pregunto: "¿Creen que sienten la importancia de la santidad tanto como debieran?"

La actitud que tiene la gente de estos tiempos con respecto a este tema es de temer. Dudo mucho que ocupe el lugar que merece en los pensamientos y la atención de algunos en el pueblo del Señor. Sugiero, humildemente, que somos propensos a pasar por alto la doctrina del crecimiento en la gracia y que no consideramos suficientemente, cuán avanzado puede estar el hombre en la profesión de su religión y, aun así, carecer de gracia y, finalmente, estar muerto a los ojos de Dios. Creo que Judas Iscariote era muy parecido a los demás apóstoles. Cuando el Señor anunció que uno lo traicionaría, nadie dijo: "¿Es Judas?". Nos conviene pensar más en las iglesias de Sardis y Laodicea de lo que lo hacemos.

No es mi intención hacer un ídolo de la santidad. No quiero destronar a Cristo y poner a la santidad en su lugar. Pero tengo que decir cándidamente que desearía que la santificación ocupara más de los pensamientos de lo que parece hacerlo en la actualidad y, por lo tanto, aprovecho la ocasión para insistirles sobre el tema a aquellos en cuyas manos caen estas páginas. Me temo que, a veces, se olvidan de que Dios ha unido la justificación con la santificación. Sin duda, son cosas distintivamente diferentes, pero la una nunca se encuentra sin la otra. Lo que Dios ha juntado no se atreva nadie a separar. No me cuente de su justificación, a menos que tenga algunas señales de santificación. No se vanaglorie de la obra que Cristo realizó para usted, a menos que pueda mostrarme la obra del Espíritu en usted. No piense que Cristo y el Espíritu alguna vez puedan ser divididos. Dudo que no haya muchos creyentes que saben estas cosas, pero creo que es bueno que las recordemos. Demos pruebas de que las conocemos por nuestra manera de vivir. Tratemos de tener constantemente en cuenta este texto: "Seguid la santidad, sin la cual nadie verá al Señor".

Tengo que decir francamente que me gustaría que no hubiera tanta sensibilidad al tema de la santidad como, a veces percibo entre los creyentes. ¡Se toca con tanta cautela que alguien pudiera pensar que realmente es un tema peligroso de encarar! Por cierto que cuando hemos exaltado a Cristo como "el camino, la verdad y la vida", no podemos equivocarnos si hablamos con firmeza sobre lo que debiera ser el carácter de su pueblo. Bien dice Rutherford: "El camino que rebaja los deberes y la santificación, no es el camino de la gracia. El creer y el hacer son amigos inseparables".

Tengo que decirlo, pero lo digo con reverencia. A veces me temo que si Cristo estuviera hoy en la tierra, no faltarían los que pensaran que su predicación es legalista y si Pablo estuviera escribiendo sus epístolas, habría aquellos que pensarían que mejor le sería no escribir la última parte de la mayoría de las epístolas, tal como lo hizo. Pero recordemos que el Señor Jesús sí predicó el Sermón del Monte y que la Epístola a los Efesios contiene seis capítulos y no cuatro. Me duele tener que hablar de esta manera, pero hay una razón para hacerlo.

jueves, 3 de octubre de 2024

MARTÍN LUTERO: reformador alemán | BITE


SANTIDAD - J. C. RYLE (1816 - 1900)


Usted puede decir: "En este caso, serán muy pocos los que habrán de ser salvos". Contesto yo: "Lo sé. Es precisamente lo que Cristo nos dice en el Sermón del Monte". El Señor Jesús así lo dijo hace 1.900 años. "Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan" (Mt. 7:14). Pocos serán salvos porque pocos se tomarán el trabajo de buscar la salvación. Los hombres no quieren negarse los placeres del pecado y de su propia voluntad por un poquito de tiempo. Le dan la espalda a la vida: "No queréis venir a mí para que tengáis vida, dijo Jesús" (Jn. 5:40).

Usted puede decir: "El hecho de que el camino es muy angosto es algo difícil de aceptar". Contesto yo: "Lo sé". Es lo que dice el Sermón del Monte. Es lo que dijo el Señor Jesús hace 1.900 años. Siempre decía que los hombres tenían que tomar su cruz diariamente y que debían estar listos para amputarse una mano o un pie, si querían ser sus discípulos. En la fe cristiana sucede lo mismo que en otras cosas: "Sin dolor no hay ganancias". Lo que nada cuesta, nada vale.

No importa lo que sea que pensemos que es correcto, lo cierto es que debemos ser santos si queremos ver al Señor. ¿Dónde está nuestro cristianismo si no lo somos? No sólo hemos de ser cristianos de nombre y tener conocimiento, tenemos que tener también un carácter cristiano. Tenemos que ser santos en la tierra, si es que tenemos la intención de ser santos en el cielo. "Sin santidad nadie verá al Señor". "La agenda del Papa", dice Jenkyn, "sólo convierte en santos a los muertos, en cambio las Escrituras requieren santidad en los vivos". "Que nadie se engañe", dice Owen, "la santificación es una cualidad indispensable para los que están bajo la dirección de Cristo el Señor para salvación. Él no lleva nadie al cielo que no santifica en la tierra. La Cabeza viviente no admitirá miembros muertos".

No nos maravillemos porque las Escrituras digan: "Os es necesario nacer de nuevo" (Jn. 3:7). Es claro como el agua que muchos que profesan ser cristianos necesitan un cambio completo -un nuevo corazón, una nueva naturaleza-, si han de ser salvos. Las cosas viejas tienen que pasar, tienen que convertirse en criaturas nuevas. "Sin santidad nadie", sea quien sea, "verá al Señor".

miércoles, 2 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Respuestas típicas a la pregunta

Puede usted tratar de callarme diciendo: "Siento mucho más y pienso mucho más acerca de estas cosas, sí, mucho más de lo que muchos suponen". Contesto yo: "Ésta no es la cuestión. Las pobres almas perdidas en el infierno también lo hacen". La pregunta importante no es lo que usted piensa, ni lo que siente, sino lo que hace.

Usted puede decir: "Nunca hubo la intención de que todos los cristianos fueran santos. La santidad, como usted la ha descrito, es sólo para los grandes santos y las personas que tienen dones especiales". Contesto yo: "No veo eso en las Escrituras. Leo que cada uno que tiene esperanza en Cristo «se purifica a sí mismo»" (1 Jn. 3:3). "Sin santidad nadie verá al Señor".

Usted puede decir: "Es imposible ser santo y, a la misma vez, cumplir con nuestras obligaciones diarias; es imposible". Contesto yo: "Usted está equivocado. Sí se puede. Con Cristo de nuestro lado nada es imposible. Muchos lo han hecho. David, Abdías, Daniel y los siervos de la casa de Nerón, son ejemplos de que sí es posible".

Usted puede decir: "Si yo fuera santo sería diferente de otra gente". Contesto yo: "Lo sé. Es justamente lo que usted debiera ser. Los siervos auténticos de Cristo siempre son diferentes del mundo que los rodea -una nación distinta, un pueblo singular- ¡y usted debe serlo también si ha de ser salvo!"

martes, 1 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

Aplicaciones prácticas

Ahora quiero dar algunas palabras a manera de aplicación.

(1) Para empezar, quiero preguntarles a cada uno que lee estas páginas: ¿Es usted santo? Escuche, le ruego, la pregunta que ahora le hago. ¿Sabe usted algo de la santidad de la que he estado hablando?

No le pregunto si asiste a su iglesia regularmente, si ha sido bautizado y participado de la Cena del Señor, ni si se denomina cristiano. Le pregunto algo que es mucho más que esto: ¿Es usted santo o no lo es?

No le pregunto si aprueba usted de la santidad en otros, si le gusta leer acerca de la vida de personas santas, hablar de cosas santas, si tiene libros santos sobre la mesa ni tampoco si piensa ser santo y espera serlo algún día. Lo que le pregunto es más: ¿Es usted santo hoy mismo o no lo es?

¿Y por qué lo pregunto tan directamente e insisto tanto? Lo hago porque la Biblia dice: "Seguid la paz... y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor". Está escrito, no es una invención mía, no es mi opinión personal; es la Palabra de Dios: "Seguid la paz... y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (He. 12:14).

¡Ay, qué palabras tan escrutadoras e inquietantes son éstas! ¡Qué pensamientos cruzan por mi mente mientras las escribo! Observo el mundo y veo a la mayor parte de sus habitantes en la impiedad. Observo a los que profesan ser cristianos y veo que la gran mayoría no tienen nada de cristianos aparte del nombre. Me vuelvo a la Biblia y oigo decir al Espíritu: "Seguid la paz... y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor".

Es un texto que debiera obligarnos a considerar nuestros caminos y escudriñar nuestros corazones. Realmente debiera generar en nosotros pensamientos muy serios e impulsarnos a orar.

lunes, 30 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

Apelo solemnemente a todo el que lee estas páginas: ¿Cómo nos sentiremos en casa y felices en el cielo si morimos sin santidad? La muerte no obra ningún cambio. Cada uno volverá a vivir con el mismo carácter con el que dio su último suspiro. ¿Cuál será nuestro lugar si no conocemos ahora la santidad?

Supongamos por un momento que se le permitiera entrar al cielo sin santidad. ¿Qué haría? ¿De qué podría disfrutar allí? ¿A cuál de todos los santos se acercaría y al lado de quién se sentaría? Sus placeres no son los placeres de usted, ni sus gustos los gustos de usted, ni su carácter el carácter de usted. ¿Cómo podría ser feliz, si no fue santo en la tierra?

Quizás prefiere ahora la compañía de los superficiales y los indiferentes, los mundanos y los avaros, los parranderos y los que van tras los placeres, los impíos y los profanos. No habrá ninguno de ellos en el cielo.

Quizás cree ahora que los santos de Dios son demasiado estrictos, exigentes y serios. Prefiere evitarlos. No disfruta de su compañía. No habrá ninguna otra compañía en el cielo.

Quizás piense ahora que orar, leer la Biblia y cantar himnos es aburrido, triste y tonto, algo para ser tolerado de vez en cuando, pero no disfrutado. Considera al Día del Señor como una carga y cosa pesada; no podría pasar más que una porción pequeña del día adorando a Dios. Pero recuerde, el cielo es un Día del Señor sin fin. Los que allí viven no descansan de decir día y noche: "Santo, santo, santo, Señor Omnipotente" y de cantar alabanzas al Cordero. ¿Cómo podría, alguien que no es santo disfrutar de ocupaciones como éstas?

¿Cree usted que a alguien así le encantaría conocer a David, a Pablo y a Juan después de haber pasado toda la vida haciendo las cosas de las cuales ellos hablaban en contra? ¿Disfrutaría de dulces conversaciones con ellos, comprobando que tiene con ellos mucho en común? Sobre todo, ¿piensa usted que se regocijaría de conocer cara a cara a Jesús, el Crucificado, después de aferrarse a los pecados por los que él murió? Se pondría de pie ante él con confianza y se sumaría a la exclamación: "Éste es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación" (Is. 25:9). ¿No le parece que la lengua del hombre impío se le pegaría al paladar de pura vergüenza y que su único deseo sería que lo echaran de allí? Se sentiría como un extraño en una tierra desconocida, una oveja negra en medio del rebaño santo de Cristo. La voz de querubines y serafines, el canto de ángeles y arcángeles, y toda la compañía del cielo, sería un lenguaje que no podría comprender. El aire mismo del entorno le parecería tan diferente que no lo podría respirar.

No sé que opinarán los demás, pero a mí me resulta claro que el cielo sería un lugar muy desagradable para el que no es santo. Imposible que sea de otra manera. La gente puede decir, de un modo muy incierto, que "espera ir al cielo", pero no piensa en lo que dice. Tiene que haber cierta capacitación "...para participar de la herencia de los santos en luz" (Col. 1:12). Nuestros corazones tienen que armonizar con lo que es el cielo. Para alcanzar el refrigerio de gloria, tenemos que pasar por la escuela de la gracia que nos prepara para ello. Tenemos que tener pensamientos celestiales, gustos celestiales en la vida ahora, de lo contrario, nunca nos encontraremos en el cielo en la vida venidera.

domingo, 29 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

(g) Tenemos que ser santos porque nuestra tranquilidad actual depende mucho de ello. No podemos darnos el lujo de olvidarlo. Es lamentable que somos propensos a olvidar que hay una conexión fuerte entre el pecado y el dolor, la santidad y felicidad, y entre la santificación y la consolación. Dios ha ordenado, sabiamente, que nuestro bienestar y nuestro bien hacer estén entrelazados. Ha provisto en su misericordia, que aun en este mundo, le convenga al hombre ser santo. Nuestra justificación no es por obras -nuestro llamado y elección no son por nuestras obras-, pero en vano es que alguien suponga que puede tener un sentido vivo de su justificación o de una seguridad de su llamado, mientras, por otro lado, descuida las buenas obras o no se esfuerza por vivir una vida santa. "Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos". "Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones" (1 Jn. 2:3; 3:19). Así como el creyente no puede esperar sentir los rayos del en un día oscuro y nublado, tampoco puede sentir la fuerte consolación en Cristo, si no lo sigue plenamente. Cuando los discípulos abandonaron al Señor y huyeron, se libraron del peligro, pero se sintieron mal y tristes. Cuando, poco después, lo confesaron valientemente ante los hombres, y fueron encarcelados y flagelados, nos dice la Palabra que "ellos salieron... gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre"(Hch.5:41). ¡Oh, por nuestro propio bien, si no hubiera ninguna otra razón, esforcémonos por ser santos! Aquel que sigue a Jesús más de lleno, siempre lo seguirá contento.

(h) En último lugar, tenemos que ser santos porque sin santidad sobre la tierra nunca estaremos preparados para disfrutar del cielo. El cielo es un lugar santo. El Señor del cielo es un Ser santo. Los ángeles son criaturas santas. La santidad está estampada en todo lo que hay en el cielo. El libro de Apocalipsis dice expresamente: "No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira" (Ap. 21:27).

viernes, 27 de septiembre de 2024

¿Qué son el bautismo y la llenura del Espíritu? | Textos fuera de contexto


SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

(f) Tenemos que ser santos porque es la mejor manera de hacerle el bien a otros. No podemos vivir sólo para nosotros mismos en este mundo. Nuestra vida estará haciéndole bien o mal a los que la observan. Es un sermón silencioso que todos pueden leer. Es realmente triste cuando son un sermón para la causa del diablo y no para la de Dios. Creo que se logra mucho más para el reino de Dios por medio de un vivir santo por parte de los creyentes de lo que nos imaginamos. Hay en este vivir santo, una realidad que lleva a los hombres a sentir y los obliga a pensar. Lleva un peso e influencia que ninguna otra cosa puede dar. Da hermosura a la fe cristiana y atrae a los hombres para que la tengan en cuenta, como un faro que se ve desde lejos. El Día del juicio probará que muchos, además de los esposos, han sido ganados "sin palabra" y gracias, más bien, a una vida santa (1 P. 3:1). Podemos hablarles a las personas sobre las doctrinas de los Evangelios y pocos escucharán, y menos las comprenderán. Pero nuestra vida de santidad es un argumento del cual nadie puede escapar. Hay un significado de la santidad que, ni siquiera el más ignorante, puede ignorar. Las personas pueden no comprender la justificación, pero pueden comprender la caridad.

Creo que los cristianos inconstantes e impuros hacen mucho más daño de lo que nos imaginamos. Están entre los mejores aliados de Satanás. Echan por tierra con sus vidas lo que los pastores edifican con sus palabras. Causan que las ruedas del carruaje del evangelio giren con dificultad. Les proveen a los hijos de este mundo, un sin fin de excusas para mantenerse como están. "No veo la necesidad de tanta religión", dijo hace poco un comerciante no creyente. "Noto que muchos de mis clientes hablan siempre del evangelio, la fe, la elección, las promesas divinas y lo demás, pero estas mismas personas no tienen reparo en estafarme cuando tienen la oportunidad de hacerlo. Entonces, si la gente religiosa hace estas cosas, no veo qué provecho hay en la fe cristiana". Me lamento de tener que escribir estas cosas, pero me temo que, demasiadas veces, la vida de los cristianos es una blasfemia contra el nombre de Cristo. Tengamos cuidado de que no nos sea imputada la sangre de algún alma. ¡Líbranos, Señor, de matar a las almas por nuestra inconstancia y nuestro andar indiferente! ¡Oh, sea por el bien de otros y no por ninguna otra razón, que nos esforcemos por ser santos!

jueves, 26 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(d) Tenemos que ser santos porque ésta es la única prueba de que amamos sinceramente al Señor Jesucristo. Éste es un punto del cual él habló con total claridad en los capítulos catorce y quince de Juan. "Si me amáis, guardad mis mandamientos". "El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama". "El que me ama, mi palabra guardará". "Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando". (Jn. 14:15, 21, 23; 15:14). Sería difícil encontrar palabras más claras que estas y ¡ay de aquellos que las hacen a un lado! El alma del hombre que puede pensar en todo lo que sufrió Jesús y aun así aferrarse a los pecados por los cuales sufrió, está enferma. Fue el pecado el que entretejió la corona de espinas. Fue el pecado el que traspasó las manos y los pies de nuestro Señor e hirió su costado. Fue el pecado lo que lo llevó a Getsemaní y al Calvario, a la cruz y al sepulcro. ¡Qué fríos deben estar nuestros corazones si no aborrecemos el pecado y nos esforzamos por librarnos de él, aunque tengamos que amputarnos la mano derecha y arrancarnos el ojo derecho!

(e) Tenemos que ser santos, porque serlo, es la única evidencia fidedigna de que somos verdaderos hijos de Dios. Los hijos de este mundo, generalmente, son como sus padres. Algunos, sin duda, lo son más y otros lo son menos, pero rara vez sucede que no se pueda rastrear algún parecido familiar. Y sucede lo mismo con los hijos de Dios. El Señor Jesucristo dice: "Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais". "Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais" (Jn. 8:39, 42). Si los hombres no se parecen en nada al Padre celestial, es en vano hablar de que son sus "hijos". Si nada sabemos de santidad, podemos engañarnos todo lo que queramos, pero el Espíritu Santo no mora en nosotros: Estamos muertos y necesitamos que nos vuelvan a la vida. Estamos perdidos y tenemos que ser encontrados. "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, ..." y, sólo ellos, "...son hijos de Dios" (Ro. 8:14). Tenemos que mostrar por nuestra manera de vivir a qué familia pertenecemos. Tenemos que dejar que los hombres se den cuenta por nuestra manera de hablar, que somos realmente hijos del Santísimo, de otro modo "hijo", no es más que un nombre sin sentido. "No digas", dice Gurnall, "que tienes sangre real en tus venas y que eres nacido de Dios, a menos que puedas probar tu realeza por atreverte a ser santo".

miércoles, 25 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(b) Tenemos que ser santos porque es la única gran finalidad y propósito por el cual Cristo vino al mundo. Pablo escribe a los corintios: "Por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos" (2 Co. 5:15). Y a los efesios: "Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado" (Ef. 5:25, 26). Y a Tito: "Se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras" (Tito 2:14). En suma, decir que los hombres son salvados de la culpa de pecado, sin ser salvos del dominio de éste en sus corazones, es contradecir el testimonio de todas las Escrituras. ¿Dice la Biblia que los creyentes son escogidos? Es por medio de "la santificación del Espíritu". ¿Son predestinados? Es "para que sean santos". ¿Son llamados? Es con un "llamamiento santo". Jesús es un Salvador completo. No es meramente para quitar la culpa del pecado del creyente; va aún más allá, quita su poder (1 P. 1:2; Ro. 8:29; Ef. 1:4; He. 12:10).

(c) Tenemos que ser santos porque es la única evidencia fehaciente de que contamos con una fe salvadora en nuestro Señor Jesucristo. El Artículo 12 de la Iglesia Anglicana dice apropiadamente que: "Aunque las buenas obras no pueden quitarnos los pecados ni cargar con la severidad del juicio de Dios, son agradables y aceptables a Dios en Cristo, y surgen por la necesidad de una fe verdadera y viva; porque por ellas se hace evidente una fe viva tal como el árbol se conoce por sus frutos". Santiago nos advierte que la fe muerta existe: Es una fe que no va más allá de profesarse con la boca y no tiene influencia alguna sobre el carácter del hombre (Stg. 2:17). La verdadera fe salvadora es distinta. La verdadera fe siempre se verá en sus frutos: Santificará, obrará por amor, vencerá al mundo y purificará el corazón. Sé que a la gente le gusta hablar de evidencias en su lecho de muerte. Confían en palabras dichas en horas de temor, dolor y debilidad, consolándose con ellas por los amigos que pierden. Pero me temo que no se puede confiar en el noventa y nueve por ciento de tales supuestas evidencias. Sospecho  que, salvo raras excepciones, los seres humanos como han vivido, así mueren. La única evidencia segura de que somos uno con Cristo y que Cristo está en nosotros, es la vida santa. Los que viven para el Señor, generalmente, son los únicos que mueren en el Señor. Si queremos morir la muerte del justo, no confiemos sólo en anhelos indolentes; procuremos vivir la vida del Maestro. Traill dice bien: "El estado del hombre no es nada  y su fe es precaria si su esperanza de gloria no purifica su corazón y su vida".

martes, 24 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

II. Por qué la verdadera santidad práctica es tan importante

Ahora intentaré mostrar algunas razones por las que la santidad práctica es tan importante.

¿Puede la santidad salvarnos? ¿Puede la santidad quitar el pecado, cubrir las iniquidades, ofrecer satisfacción por las transgresiones, pagar nuestra deuda con Dios? No, de ninguna manera. Quiera Dios que jamás diga esto. La santidad no puede nacer ninguna de estas cosas. Todos los santos más brillantes, no son más que "siervos inútiles". Nuestras obras más puras no son más que trapos de inmundicia comparadas a la luz de la ley santa de Dios (Is. 64:6). El ropaje blanco que Jesús ofrece y que viste la fe tiene que ser nuestra única justicia, el nombre de Cristo nuestra única confianza, y el libro de la vida del Cordero nuestro único derecho al cielo. Aun con toda nuestra santidad, no somos más que pecadores. Nuestras mejores ropas están manchadas de imperfecciones. En menor o mayor grado, nuestras acciones son incompletas, tienen errores y defectos. Ningún hijo de Adán será justificado por las obras de la ley. "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Ef. 2:8, 9).

¿Por qué es entonces, tan importante la santidad? ¿Por qué dice el apóstol: "Sin santidad nadie verá al Señor"? A continuación daré algunas razones:

(a) Para empezar, tenemos que ser santos porque la voz de Dios en las Escrituras claramente lo ordena. El Señor le dice a su pueblo: "Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt. 5:20). "Sed pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto" (Mt. 5:48). Pablo le dice a los tesalonicenses: "La voluntad de Dios es vuestra santificación" (1 Ts. 4:3). Y Pedro dice: "Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo" (1 P. 1:15-16). "En esto", dice Leighton, "la ley y el evangelio coinciden".

lunes, 23 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

Santidad y pecado

No digo de ninguna manera que la santidad impide la presencia del pecado que ya mora en el hombre. No, lejos de esto. La desgracia más grande del hombre santo es que carga un "cuerpo de muerte" que, a menudo, cuando quiere hacer el bien, "el mal está en él", que el viejo hombre está observando todos sus movimientos y, por así decir, tratando de hacerlo retroceder cada vez que da un paso (Ro. 7:21). Pero la excelencia del hombre santo es que no se queda en paz con el pecado que mora en él, como lo hacen algunos. Aborrece el pecado, se lamenta por él y anhela librarse de él. La obra de santificación dentro de él es como el muro de Jerusalén, la obra sigue adelante aun "en tiempos angustiosos" (Dn. 9:25).

Tampoco digo que la santidad alcanza la madurez y es perfecta instantáneamente. Las gracias de algunos están en una etapa inicial, otras más adelantadas y algunas han llegado a la madurez. Todos tienen que tener un comienzo. Nunca debemos despreciar "el día de las cosas pequeñas".

La santificación es siempre una obra progresiva. La historia de los santos más brillantes que jamás han vivido contiene muchos "peros", "sin embargo" y "no obstante" hasta el final. El oro nunca deja de tener escoria y la luz nunca brilla sin algunas nubes hasta que lleguemos a la Jerusalén celestial. El sol tiene manchas en su superficie. El más santo de los hombres tiene imperfecciones y defectos cuando es pesado en la balanza de la santidad divina. Su vida es una batalla continua contra el pecado, el mundo y el diablo y, a veces, no lo vemos vencedor, sino vencido. La carne está siempre luchando contra el espíritu y el espíritu contra la carne y así sabemos que "todos ofendemos muchas veces" (Gá. 5:17; Stg. 3:2).

Aun así, estoy seguro de que el carácter que he esbozado débilmente, es el anhelo y la oración de todos los cristianos auténticos. Perseveran en lograr tenerlo, si no lo tienen. Quizá no lo logren, pero esa es siempre su meta. Es siempre por lo que se esfuerzan y trabajan, si no tienen ese carácter.

Y esto digo audaz y confiadamente: Que la verdadera santidad es una gran realidad. Es algo en el hombre que puede verse, conocerse, señalarse y que es percibido por todos los que lo rodean. Es luz: Si existe, se ve. Es sal: Si existe, su sabor se percibe. Es un óleo preciado: Si existe, no se puede esconder.

Todos tenemos que estar dispuestos a ser indulgentes con las caídas, con la sequedad ocasional de los cristianos. Sé que un camino puede llegar de un punto a otro y, aun así, tener muchas curvas y vueltas; y que las debilidades pueden desviar al hombre realmente santo. El oro no es menos oro porque tenga aleaciones, ni la luz es menos luz porque sea débil, ni la gracia es menos gracia porque esté presente en seres inmaduros y débiles. Pero después de admitir todo esto, no puedo entender cómo alguien merezca ser llamado "santo", si peca a sabiendas y no se humilla ni se avergüenza por ello. No se le puede llamar "santo" a alguien que, a sabiendas, descuida habitualmente sus deberes y, conscientemente, hace lo que sabe que Dios le ha ordenado no hacer. Bien dice Owen: "No entiendo cómo alguien pueda ser un verdadero creyente si su carga más pesada no es el pecado, no siente dolor por él y no lo ve como un problema".

Tales son las principales características de la santidad práctica. Examinémonos y comprobemos que la conocemos. Probémonos a nosotros mismos.

domingo, 22 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(l) En último lugar, el hombre santo procurará una mentalidad espiritual. Se esforzará por consagrar sus afectos enteramente a las cosas de arriba y considerar las cosas de la tierra mucho menos importantes. No descuidará la vida actual, pero el primer lugar en su mente y pensamientos lo dará a la vida venidera. Su meta será vivir como aquel cuyo tesoro está en el cielo y pasar por este mundo como un extraño y peregrino rumbo a su hogar. Tener comunión con Dios en oración, en la Biblia y en la reunión de su pueblo, son las cosas que más le agradarán. Le dará valor a todas las cosas, los lugares y las relaciones, en la proporción que lo acerquen más a Dios. Compartirá algo del sentimiento de David, cuando dice: "Está mi alma apegada a ti". "Mi porción es Jehová" (Sal. 63:8; 119:57).

Tal es el bosquejo de la santidad que me aventuro a esbozar. Tal es el carácter que procuran tener los que son llamados "santos". Tales son las principales características del hombre santo.

Pero quiero decir aquí, que espero que nadie me malentienda, tengo cierta aprehensión de que lo que he querido decir sea equivocado y que la descripción que he dado de la santidad pueda desalentar a alguna conciencia sensible. Mi intención no es entristecer a ningún corazón recto, ni poner una piedra de tropiezo en el camino de ningún creyente.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Cosmovisión reformacional: una visión bíblica que lo transforma todo - Albert M. Wolters

 Foto: BITE

La Reforma Protestante redescubrió en la Biblia el alcance del pecado y la redención en todas las áreas de la vida. ¿Qué implica hoy vivir bajo una "cosmovisión reformacional" y sus raíces en la Escritura?

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)


 (j) El hombre santo procurará la humildad. Anhelará, modestamente, estimar a otros mejores que él. Verá más maldad en su propio corazón, que en el de cualquier otro en el mundo. Comprenderá algo del sentimiento de Abraham cuando dice: "Soy polvo y cenizas" y entenderá a Jacob cuando dice: "Soy menos que el más pequeño de todas tus misericordias" e interpretará a Job cuando dice: "Yo soy vil" y a Pablo cuando dice: "Yo soy el primero de los pecadores". El santo Bradford, fiel mártir de Cristo, a veces terminaba sus cartas saludando con estas palabras: "El más miserable pecador, John Bradford". Las últimas palabras del buen anciano Grimshaw en su lecho de muerte, fueron estas: "Aquí va un siervo inútil".

(k) El hombre santo procurará ser fiel en todas sus obligaciones y relaciones en la vida. Tratará, no sólo de cumplir con su lugar, al igual que otros que no piensan en sus almas, sino que hará algo mejor, porque tiene motivos superiores y más ayuda que ellos. No hay que olvidar nunca aquellas palabras de Pablo: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor...", "...no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor;..." (Col. 3:23; Ro. 12:11). Las personas santas debieran apuntar a hacer todo bien y debieran avergonzarse de permitirse hacer algo mal, si pueden evitarlo. Al igual que Daniel, deben procurar no tener ningún cargo contra ellos, excepto su "relación con la ley de su Dios" (Dn. 6:5). Deben esforzarse por ser buenos cónyuges, buenos padres y buenos hijos, buenos patrones y buenos siervos, buenos vecinos, buenos amigos, buenos en privado y buenos en público, buenos en su lugar de trabajo y buenos en su hogar. Poco vale la santidad, si no lleva este tipo de fruto. El Señor Jesús le hace una pregunta inquietante a su pueblo cuando dice: "¿Qué hacéis de más?" (Mt. 5:47).

viernes, 20 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(g) El hombre santo procurará practicar un espíritu de misericordia y benevolencia hacia los demás. No permanecerá inactivo todo el día. No se contentará con no hacer daño. Tratará de hacer el bien. Se esforzará todo lo posible por ser útil en su época y generación, y de aliviar las necesidades espirituales y los sufrimientos a su alrededor. Tal como Dorcas que, "abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía". No sólo se proponía hacer algo y hablaba de lo que pensaba hacer, sino que ponía manos a la obra (Hch. 9:36). Así también era Pablo. Él decía: "Y yo con el mayor placer gastaré lo mío... aunque amándoos más, sea amado menos" (2 Co. 12:15).

(h) El hombre santo procurará pureza del corazón. Aborrecerá toda suciedad y contaminación de su espíritu, y buscará evitar todas las cosas que puedan llevarlo a ellas. Sabe que su propio corazón es como paja y será diligente en mantenerse lejos de las chispas de la tentación. ¿Quién se atreverá a hablar de fortaleza sabiendo que alguien como David puede caer? Podemos percibir pistas en la ley ceremonial. Bajo ella, el hombre que apenas tocaba un hueso, un cadáver, un sepulcro o a un enfermo era impuro a los ojos de Dios. Y estas cosas eran, meramente, símbolos y figuras. Son pocos los cristianos que alguna vez están demasiado en guardia o son demasiado cautelosos en relación con este punto.

(i) El hombre santo procurará tener temor a Dios. No me refiero al temor de un esclavo que sólo trabaja porque teme al castigo y no haría nada, si no temiera que lo descubrieran. Me refiero más bien al temor de un niño que anhela vivir y comportarse como si siempre estuviera ante su padre, porque lo ama. ¡Qué ejemplo tan noble de esto nos da Nehemías! Cuando fue nombrado gobernador de Jerusalén hubiera podido exigir impuestos al pueblo para su mantenimiento. Eso es lo que había hecho el gobernador anterior. Nadie lo hubiera recriminado por ello. Pero dice: "Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios" (Neh. 5:15).

jueves, 19 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(d) El hombre santo procurará humildad, longanimidad, mansedumbre, paciencia, bondad y control de su lengua. Soportará mucho, sobrellevará mucho y será lento en hablar de sus derechos. Vemos un ejemplo brillante de esto en la conducta de David cuando Simei lo maldijo y en la de Moisés cuando Aarón y Miriam hablaron en su contra (2 S. 16:7; Nm. 12:1).

(e) El hombre santo procurará dominio propio y autonegación. Trabajará para mortificar los deseos de su cuerpo, para crucificar su carne con sus afectos y lascivias, dominar sus pasiones, restringir sus inclinaciones carnales, por si alguna vez, una de estas se desatara. Oh, qué palabras fueron aquellas del Señor Jesús a sus apóstoles cuando les dijo: "Mirad también por vosotros mismos, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los afanes de esta vida" (Lc. 21:34) y las del apóstol Pablo: "Golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado" (1 Co. 9:27).

(f) El hombre santo procurará practicar la caridad y la bondad fraternal. Se esforzará por observar la regla de oro de hacer a los demás lo que quiere que le hagan y hablar a los otros como quiere que le hablen a él (Mt. 7:12; Jn. 13:34). Estará lleno de cariño por sus hermanos, por sus cuerpos, sus propiedades, sus personalidades, sus sentimientos y sus almas. "El que ama al prójimo", dice Pablo, "ha cumplido la ley" (Ro. 13:8). Aborrecerá toda mentira, calumnia, murmuración engaño, deshonestidad, y trato injusto, aun en su mínima expresión. El shekel y el codo del santuario eran más grandes que los de uso común. Tratará de adornar su fe con todo su aspecto y porte, y de presentarla hermosa y bella a los ojos de todos los que lo rodean. ¡Ay, qué palabras de condenación son las del capítulo 13 de 1 Corintios y el Sermón del Monte comparadas con la conducta de muchos cristianos profesantes!

miércoles, 18 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

(b) El hombre santo se esforzará por rechazar todo pecado conocido y guardar todo mandamiento conocido. Tendrá una mente decididamente predispuesta hacia Dios, un fuerte anhelo de cumplir su voluntad y más temor de desagradar a Dios que de desagradar al mundo, y un amor por todos sus caminos. Siente lo que Pablo sentía cuando dijo: "Según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios" (Ro. 7:21-23) y lo que sentía David cuando dijo: "Estimé rectos todos tus mandamientos sobre todas las cosas, y aborrecí todo camino de mentira" (Sal. 119:128).

(c) El hombre santo luchará para ser como nuestro Señor Jesucristo. No solo vivirá una vida de fe en él y tomará de él toda su paz y fortaleza diaria, sino que también trabajará para conformarse a la mente de él y ser hecho "conforme a su imagen" (Ro. 8:29). Su meta será comprender y perdonar a los demás, así como Cristo nos perdonó a nosotros; ser generosos, así como Cristo no vivía para complacerse a sí mismo; andar en amor, así como Cristo nos amó; ser modestos y humildes, así como Cristo se humilló a sí mismo.

El hombre santo recordará...

- que Cristo fue testigo fiel de la verdad,

- que no vino para hacer su propia voluntad,

- que su comida y bebida fue hacer la voluntad de su Padre,

- que se negaba continuamente a sí mismo con el fin de servir a otros,

- que era humilde y paciente ante insultos inmerecidos,

- que tenía mejor opinión de los piadosos pobres que de los reyes,

- que estaba lleno de amor y compasión por los pecadores,

- que era valiente y firme en denunciar el pecado,

- que no buscaba el elogio de los hombres, cuando lo hubiera podido recibir,

- que iba por todas partes haciendo el bien,

- que estaba separado de la gente mundana,

- que se mantenía siempre en oración,

- que no permitía que, ni siquiera sus relaciones más cercanas, le impidieran hacer la obra de Dios que tenía que hacer.

Estas son cosas que el hombre santo tratará de recordar. Por ellas, se esforzará en dar forma a su curso en la vida. Tomará en serio lo que dijo Juan: "El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo" (1 Jn. 2:6) y lo que dijo Pedro: "Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas" (1 P. 2:21). ¡Feliz es aquel que ha aprendido a hacer de Cristo su "todo", tanto de su salvación como de su ejemplo! Se ahorrarían mucho tiempo y se prevendrían muchos pecados si los hombres se preguntaran más seguido: "¿Qué hubiera dicho y hecho Cristo si hubiera estado en mi lugar?" 

martes, 17 de septiembre de 2024

Reseña histórica de la Biblia en la Argentina.

Así dice el Señor:
«Párense en los caminos y miren, y pregunten por los senderos antiguos, cuál es el buen camino, y anden por él; y hallarán descanso para sus almas. Pero dijeron: “No andaremos en él”
Jeremías 6:16

Día Nacional de la Biblia: Cuarto domingo de septiembre.

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

I. La definición verdadera y práctica de la santidad

En primer lugar, entonces, trataré de mostrar qué es la verdadera santidad práctica y a qué tipo de personas llama Dios santas.

El hombre puede esforzarse mucho y, no obstante, no alcanzar nunca la verdadera santidad. Santidad no es...

- Conocimiento, eso es lo que tenía Balaam.

- Una profesión externa, eso es lo que hacía Judas Iscariote.

- Realizar muchas cosas, eso es lo que hacía Herodes.

- Celo sobre ciertos asuntos religiosos, eso es lo que tenía Jehú.

- Moralidad y respetabilidad de conducta, como las tenía el joven rico.

- Disfrutar de escuchar a predicadores, los judíos de la época de Ezequiel hacían eso.

-Andar en compañía de gente piadosa; Joab, Giezi y Demas hacían esto.

 ¡No obstante, ninguno de estos personajes era santo! Estas prácticas, por sí solas, no constituyen santidad. El hombre puede exhibir alguna de ellas y, no obstante, nunca ver al Señor.

¿Qué es, entonces, la verdadera santidad práctica? Esta es una pregunta difícil de contestar. No quiero decir que falten enseñanzas bíblicas sobre el tema. Pero temo dar un concepto defectuoso sobre la santidad y no decir todo lo que habría que decir; o decir lo que no hay que decir y así causar daño. No obstante, trataré de presentar una imagen de la santidad para que podamos verla claramente con los ojos de nuestra mente. Pero nunca olviden, cuando haya dicho todo, que en el mejor de los casos, mi explicación es un bosquejo imperfecto.

(a) Santidad es el hábito de ser de un mismo sentir con Dios, según se describe su sentir en las Escrituras. Es el hábito de coincidir con los criterios de Dios -aborreciendo lo que él aborrece, amando lo que él ama- y midiendo todo en este mundo, según las normas de su Palabra. El hombre que más coincide con Dios, es el más santo.

lunes, 16 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 3. Santidad

"Seguid la... santidad, sin la cual nadie verá al Señor". Hebreos 12:14

¿Somos santos?

El texto bíblico que encabeza esta página abre un tema de suma importancia. El tema es la santidad práctica. Sugiere una pregunta que requiere la atención de todos los que profesan ser cristianos: ¿Somos santos? ¿Veremos al Señor?

Esta pregunta nunca está fuera de lugar. El sabio nos dice que hay: "Tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de hablar"(Ec. 3:4, 7), pero no existe ni un momento, no, ni un día, cuando el hombre no debiera ser santo. ¿Somos santos?

La pregunta es para todos sin importar rango ni condiciones. Algunos son ricos y algunos son pobres, algunos son eruditos y algunos son ignorantes, algunos son amos y algunos son sirvientes; pero no existe rango ni condición en la vida en la que el hombre no debiera ser santo. ¿Somos santos?

Pido que me presten atención hoy al enfocar esta pregunta. ¿Cómo se encuentra la relación entre nuestras almas y Dios? En este mundo apurado y ajetreado en que vivimos, estemos quietos durante unos minutos y consideremos la cuestión de la santidad. Creo que hubiera podido escoger un tema más popular y agradable. Estoy seguro de haber podido encontrar un asunto más fácil de encarar. Pero siento profundamente que no hubiera podido escoger uno más oportuno y más provechoso para nuestras almas. Es cosa seria oír decir a la Palabra de Dios que sin santidad "nadie verá al Señor" (He. 12:12-15).

Procuraré, con la ayuda de Dios...

I. Examinar qué es la verdadera santidad.

II. Explicar la razón por la cual la santidad es tan importante

y

III. Trataré de destacar la única manera de obtener la santidad.

En el capítulo anterior, traté este tema desde un punto de vista doctrinal. Ahora procuraré presentar a mis lectores, un punto de vista más claro y práctico.

domingo, 15 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

(4)  Si queremos crecer en santidad y ser más santificados, tenemos que seguir continuamente tal como empezamos, y seguir llevando nuevas solicitudes a Cristo sin cesar. Él es la Cabeza de la cual se tiene que suplir cada miembro (Ef. 4:15-16). Vivir la vida de una fe cotidiana en el Hijo de Dios y tomar de su plenitud cada día, la gracia y las fuerzas prometidas que tiene reservadas para pueblo, es el gran secreto de la santificación progresiva. Los cristianos que parecen siempre iguales, por lo general, están descuidando la comunión íntima con Jesús y, por ende, contristando al Espíritu. Aquel que oró: "Santifícalos", la noche antes de su crucifixión, está infinitamente dispuesto a ayudar a todo aquel que con fe solicita su ayuda y anhela ser santo.

(5) No esperemos demasiado de nuestros corazones aquí en la tierra. En el mejor de los casos, encontraremos todos los días razones para sentirnos humillados y descubrir cada hora que somos deudores, necesitados de misericordia y gracia. Cuanta más luz tengamos, más veremos nuestra propia imperfección. Éramos pecadores cuando empezamos, pecadores somos a medida que seguimos adelante, renovados, perdonados, justificados, pero aun así, pecadores hasta el último día. Nuestra perfección absoluta está por venir y el sentido de expectativa de obtenerla es una razón por la cual debiéramos ansiar el cielo.

(6) Por último, no nos avergoncemos nunca de darle importancia a la santificación y aspirar a lograr más y más santificación. Cuando algunos se conforman con lograr un grado lamentablemente inferior y otros no se avergüenzan de vivir sin nada de santidad contentándose con la mera costumbre de ir a la iglesia, pero sin avanzar nunca, como un caballo en una noria,  mantengámonos firmes en las sendas antiguas, aspiremos nosotros mismos a tener más santidad y recomendémosla valientemente a otros. Esta es la única manera de ser realmente felices.

Estemos convencidos, no importa lo que otros digan, de que santidad es felicidad, y que el hombre que pasa por la vida con más paz es el hombre santificado. Sin duda que hay algunos cristianos de verdad que por enfermedad, problemas familiares u otras causas secretas, disfrutan de poca paz y siguen lamentándose todos los días mientras van rumbo al cielo. Por regla general, en el largo camino de la vida, encontraremos que es verdad que las personas "santificadas" son las más felices sobre la tierra. Tienen consuelos fehacientes que el mundo no puede dar ni quitar. "Sus caminos son caminos deleitosos". "Mucha paz tienen los que aman tu ley". Aquel que no puede mentir dijo: "Mi yugo es fácil, y ligera mi carga". Pero también está escrito: "No hay paz para los malos" (Pr. 3:17; Sal. 119:165; Mt. 11:30; Is. 48:22).

sábado, 14 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Aplicación práctica 

Sólo me queda concluir este tema con algunas palabras claras de aplicación. Hemos presentado la naturaleza y las señales visibles de la santificación. ¿Qué reflexiones prácticas debiera generar todo este tema?

(1) Despertemos todos a la realidad del estado peligroso de muchos cristianos. "Seguid... la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (He. 12:14). Entonces, ¡qué cantidad enorme hay de seguidores de una supuesta religión que es totalmente inútil! ¡Qué proporción inmensa de gente que asiste a la iglesia se encuentra en el camino ancho que lleva a la destrucción! ¡Pensarlo es terrible, aplastante y abrumador! ¡Oh, que los predicadores y maestros abrieran sus ojos y tuvieran conciencia de la condición de las almas a su alrededor! ¡Oh, que se pudiera convencer a los hombres que "huyan de la ira que vendrá"! Si las almas no santificadas pueden ser salvas e ir al cielo, la Biblia no dice la verdad. ¡Pero la Biblia es veraz y no puede mentir! ¡Imaginemos cómo será el final!

(2) Asegurémonos de nuestra propia condición y no descansemos hasta sentir y saber que nosotros mismos estamos siendo "santificados". ¿Cuáles son nuestros gustos, nuestras decisiones, preferencias e inclinaciones? Esta es la gran pregunta de prueba. Poco importa lo que queremos, lo que esperamos y lo que anhelemos antes de morir. ¿Dónde estamos ahora? ¿Qué estamos haciendo? ¿Estamos creciendo en santidad o no? Si no, la culpa es nuestra.

(3) Si queremos ser santificados, nuestro camino es claro y sencillo: Tenemos que comenzar con Cristo. Tenemos que acudir a él como pecadores, sin ninguna discusión, sino sólo con nuestra necesidad y entregarle nuestra alma por fe para obtener paz y reconciliación con Dios. Tenemos que ponernos en sus manos, como en las manos de un buen médico, y clamar a él pidiendo misericordia y gracia. No necesitamos presentarnos con una recomendación. El primer paso hacia la santificación, como hacia la justificación, es acudir a Cristo con fe. Tenemos que vivir primero y luego obrar.

viernes, 13 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Consideremos ahora lo opuesto y veamos en qué sentido difieren

(a) La justificación, es Dios declarando justos a aquellos que reciben a Cristo, basándose en que la justicia de Cristo es imputada a la cuenta de aquellos que lo reciben. La santificación es, de hecho, hacer justo al hombre en su interior, aunque sea en un grado muy débil.

(b) La justicia que tenemos para nuestra justificación no es nuestra, sino que es la eterna y perfecta justicia de nuestro gran Mediador Cristo, que nos es imputada y de la cual nos apropiamos por fe. La justicia que tenemos por santificación es nuestra propia justicia, impartida, inherente y realizada en nosotros por el Espíritu Santo, pero mezclada con debilidades e imperfecciones. 

 (c) En la justificación, nuestras propias obras no tienen nada que ver y una fe sencilla en Cristo es lo único necesario. En la santificación nuestras propias obras son de suma importancia y, por eso, Dios nos insta a luchar, a velar, orar, esforzarnos y trabajar.

(d) La justificación es una obra terminada y completa, y el hombre es justificado perfectamente en el instante cuando cree. La santificación, comparativamente, es una obra imperfecta y nunca ser[a perfecta hasta que lleguemos al cielo. 

(e) La justificación no incluye crecimiento ni aumento: El hombre es justificado en la hora cuando inicialmente acude a Cristo por fe, tal como lo será por toda la eternidad. La santificación es, principalmente una obra progresiva e incluye un crecimiento y aumento continuo durante toda la vida.

(f) La justificación se refiere, en especial a nuestra persona,  nuestra posición ante los ojos de Dios y nuestra liberación de culpa. La santificación se refiere, en especial, a nuestra naturaleza y la renovación moral de nuestro corazón.

(g) La justificación nos da el derecho al cielo y la valentía para entrar en él. La santificación es el proceso que se inicia con la justificación y nos va preparando para ir al cielo, y a disfrutarlo cuando moremos en él.

(h) La justificación es el acto en el que la justicia de Cristo se imputa al creyente y no es fácil que otros la disciernan. La santificación es la obra de Dios dentro de nosotros y, porque su manifestación es externa, no puede esconderse de la vista de los demás. 

Encomiendo estas diferencias a la atención de mis lectores y les pido que reflexionen bien sobre ellas. Estoy convencido de que una de las grandes razones de la oscuridad y de los sentimientos inquietos de mucha gente bien intencionada en lo que respecta a la fe cristiana, es su costumbre de confundir y no diferenciar la justificación de la santificación. Nunca podremos recalcar demasiado que son dos cosas separadas. Es cierto que no pueden ser divididas y que cualquiera que es partícipe de una de las dos es partícipe de ambas. Pero nunca, nunca, deben ser confundidas y nunca deben olvidarse las diferencias entre ellas.


jueves, 12 de septiembre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

III. Diferencia entre justificación y santificación

En último lugar, me propongo considerar la diferencia entre justificación y santificación. ¿En qué coinciden y en qué difieren?

Esta rama de nuestro tema es de gran importancia, aunque me temo que no lo consideren así todos mis lectores. La trataré brevemente, pero no me atrevo a pasarla totalmente por alto. Muchos no van más allá de lo superficial de las cosas en la religión y consideran las buenas diferencias teológicas como cuestión de "preguntas y nomenclaturas" que son de poco valor real. Pero advierto a todos los que consideran seriamente las cuestiones del alma, que la gran inquietud que sienten por no "distinguir entre las cosas en que difieren" en la doctrina cristiana, es muy grande y les aconsejo, de manera especial, que si aman la paz, busquen conceptos claros sobre el tema que nos ocupa. Tenemos que recordar siempre que justificación y santificación son dos cosas diferentes. No obstante, hay puntos en los cuales coinciden y puntos en que difieren. Tratemos de encontrar cuáles son.

¿En qué sentido, pues son iguales la justificación y santificación?

(a) Ambas proceden originalmente de la gracia de Dios. Es únicamente por su gracia que el creyente es justificado o santificado.

(b) Ambas son parte de la gran obra de salvación que Cristo, en el pacto eterno, ha realizado para bien de su pueblo. Cristo es la fuente de vida, de la cual fluyen, tanto el perdón como la santidad. La raíz de cada una es Cristo.

(c) Ambas están en una misma persona. Aquellos que son justificados, siempre son santificados y aquellos que son santificados, son siempre justificados. Dios ha unido en una sola persona la justificación y la santificación, y no pueden ser separadas.

(d) Ambas comienzan al mismo tiempo. El momento en que una persona comienza a ser una persona justificada, comienza también a ser santificada. Quizá no lo perciba, pero esta es la realidad.

(e) Ambas son necesarias para la salvación. Nadie ha llegado al cielo sin un corazón renovado, al igual que perdonado; sin la gracia del Espíritu, al igual que la sangre de Cristo; sin idoneidad para la gloria eterna, al igual que un título. Una es tan necesaria como la otra.

Estos son los puntos en que coinciden la justificación y santificación.