Versículo para hoy:

miércoles, 22 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)


15. El triunfo público de Cristo

No solo se dice que el juicio será victorioso, sino también que Cristo lo sacará a victoria abiertamente. Esto nos permite ver que la gracia se transformará en gloria y será puesta ante los ojos de todos. En la actualidad, Cristo triunfa y consigue Sus propios objetivos, pero lo hace, hasta un cierto punto, de manera invisible. Sus enemigos dentro y fuera de nosotros parecen prevalecer. Pero Él sacará el juicio a la victoria, a plena vista de todos. Los impíos, que ahora cierran sus ojos ante esta verdad, la verán para su tormento. Los hombres astutos no tendrán el poder de ver o dejar de ver lo que ellos quieran. Cristo tendrá poder sobre sus corazones, y de la misma manera en la que Su ira caerá sobre sus almas (aunque ellos no lo quieran), así también Cristo controlará los ojos de sus almas, para que ellos puedan ver y conocer su triste miseria. El dolor se apoderará de todos sus sentidos, y todos sus sentidos serán saturados de dolor.

         Entonces se borrarán todas las apariencias falsas que les dan a las cosas. El hombre desea tener la reputación de la bondad y al mismo tiempo la dulzura de la maldad. No contradice nada con tanta sinceridad como la verdad que lo deja desnudo ante sí mismo y ante los ojos de los demás, pues su preocupación principal es saber cómo engañar al mundo y a su propia conciencia. Sin embargo, llegará el momento en que serán sacados de ese paraíso del necio, y mientras más astuta haya sido su manipulación de las cosas, mayor será su vergüenza.

La gloria manifiesta de Cristo en sus miembros

Cristo, a quien Dios ha elegido para exponer la mayor gloria de Sus excelencias, está ahora velado en relación con Su cuerpo, la Iglesia, pero volverá en breve para ser glorificado en Sus santos (2 Tesalonicenses 1:10), y no escatimará en manifestar claramente ninguno de Sus atributos. Declarará a todo el mundo lo que Él es, y entonces no habrá gloria alguna fuera de la de Cristo y de Su esposa. Los que ahora son como pábilos que humean entonces brillarán como el sol en el firmamento (Mateo 13:43), y su derecho será exhibido como el mediodía (Salmo 37:6).

         La imagen de Dios en Adán tenía una cierta majestad imponente, de modo que todas las criaturas lo reverenciaban. Con mayor razón, la imagen de Dios en su perfección demandará el respeto de todos. Incluso ahora en el corazón de los más grandiosos está implantado un respeto secreto hacia aquellos en los que se aprecia el brillo de cualquier gracia. Por esto fue que Herodes le temía a Juan el Bautista; pero si así sucede ahora ¿cómo será en el día de la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8:19)?

         Habrá tiempos más gloriosos, en que los reinos del mundo vendrán a ser los reinos de nuestro Señor y de Su Cristo (Apocalipsis 11:15), y Él reinará para siempre. Entonces el juicio y la verdad tendrán su victoria. Entonces Cristo abogará por Su propia causa. La verdad no será nunca más llamada herejía y cisma, y la herejía no será más llamada doctrina católica. La impiedad ya no podrá enmascararse ni camuflarse. La bondad se mostrará en su propio lustre y brillará con luz propia. Las cosas serán lo que son: «Nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado» (Mateo 10:26). Nunca más se ejecutará la iniquidad en lo oculto. Los impostores profundos que creen poder ocultar sus consejos del Señor ya no serán invisibles como si estuvieran ocultos tras las nubes. Cristo no apagará ni la menor de las chispas encendidas por Él mismo, pero sí sofocará hasta las llamas más hermosas de las bellas apariencias que no vienen de lo alto.

Sigan la sinceridad y la verdad

Si creyeran esto, los hombres tendrían en mayor estima la sinceridad, que es lo único que nos puede dar valentía, y no buscarían cubiertas para su vergüenza, pues si confiamos en ellas, no solo nos harán más presuntuosos ahora, sino que también nos expondrán a una vergüenza aún mayor en el futuro.

         Si el juicio saldrá a luz a victoria, entonces los que se han regido según sus propios corazones engañosos y los espíritus de error saldrán a la luz para desgracia. El Dios que ha ligado la gracia y la verdad con el honor ha también ligado el pecado y la vergüenza a la postre. Ni toda la astucia y el poder del hombre podrán separar jamás lo que Dios ha unido. Puede que la verdad y la piedad sean pisoteadas por un tiempo, pero, así como los dos testigos (Apocalipsis 11:11) resucitaron luego de ser asesinados y se pararon sobre sus pies, así también todo lo que es de Dios a la postre se pondrá de pie sobre su propio fundamento. Habrá una resurrección, no solo de cuerpos, sino también de reputaciones. ¿Podemos imaginarnos que el que arrojó a los ángeles del cielo permitirá que el polvo y la comida de los gusanos corra en dirección contraria a Él y siga haciéndolo por siempre? No, así como es cierto que Cristo es «Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19:16), también es cierto que desmenuzará todos los terrones de tierra que se levantan contra Él «como vasija de alfarero» (Salmo 2:9). ¿Alguna vez ha habido alguien que se airara contra Dios y prosperara (Job 9:4)? No, indudablemente la ira del hombre se transformará en alabanza para Cristo (Salmo 76:10). Lo que se dijo de Faraón se dirá de todos los enemigos impetuosos que prefieren perder sus almas antes que perder sus voluntades: que han sido levantados solo para que Cristo se glorifique en su confusión.

         Por tanto, tengamos cuidado de no seguir los pasos de aquellos hombres cuyo fin será temible. No hay un juicio más espantoso que el de ser entregado a una mente reprobada: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!

         ¡Cuántas maldiciones caerán como carga un día sobre los que abusan el juicio de los otros con sus sofisterías y halagos, «engañando y siendo engañados» (2 Timoteo 3:13)! Entonces se repetirá, pero en vano, la queja de nuestra primera madre Eva: «La serpiente me engañó» (Génesis 3:13); Satanás me engañó en tal y cual asunto, el pecado me engañó, un corazón necio me engañó. Una de las mayores muestras de sabiduría es considerar cuáles son las razones por las que arriesgamos nuestras almas. Dichosos serán los hombres que, gracias a la luz de Cristo, tienen un juicio correcto de las cosas y permiten que ese juicio prevalezca sobre sus corazones.

         Las almas de la mayoría de los hombres están ahogadas por sus sentidos y son arrastradas por opiniones débiles, que surgen de errores vulgares y sombras de las cosas. Y Satanás está pronto a exagerar la percepción de los bienes y los males externos pintándolos mayores de lo que son y presentando las cosas espirituales como menos de lo que son al hacernos ver todo con lentes distorsionados. De esta manera, los hombres, confiando en la vanidad, se destruyen a sí mismos con sus propias opiniones. El hecho de que nosotros y aquello que estimamos mucho nos desvaneceremos, es una deplorable condición, y es tan cierta como que el juicio de Cristo vencerá. Y el hecho de que el corazón del hombre sea capaz de considerar las cosas de este mundo como más valiosas de lo que son, le causará más tormentos cuando pueda ser consciente de su miseria. Esta es la diferencia entre un hombre sabio y piadoso, y un mundano engañado: lo que el primero tiene ahora por vano, el segundo sentirá que es vano cuando sea demasiado tarde. Sin embargo, la vanidad de nuestra naturaleza es tal que, aunque no odiamos nada tanto como estar engañados y equivocados con respecto a las cosas presentes, somos ignorantes y nos dejamos engañar voluntariamente respecto a los asuntos más importantes de todos.

Solo Cristo impulsa este gobierno

Otra conclusión es que este gobierno es establecido e impulsado exclusivamente por Cristo. Él saca a victoria el juicio. Luchamos y prevalecemos «en el poder de su fuerza» (Efesios 6:10). Vencemos por el Espíritu, obtenido por «la sangre del Cordero» (Apocalipsis 12:11).

         Él es el único que puede adiestrar nuestras manos para la batalla (Salmo 144:1). La naturaleza corrompida del hombre, buscará su propio interés y se mantendrá contraria al gobierno de Cristo. La naturaleza, considerada por sí sola, no puede elevarse por sobre sí misma para realizar acciones que son espirituales, de orden y naturaleza superiores. Por lo tanto, es necesario que el poder divino de Cristo nos eleve por sobre nuestra propia fuerza, en especial en los deberes en que encontramos más oposición, pues en ellos, no solo nos decepcionará nuestra naturaleza, sino también la gracia ordinaria, a menos que recibamos un suministro nuevo y más intenso. Cuando una persona toma una carga más pesada de lo común, si no tiene una medida de fuerza mayor al peso de la carga, quedará aplastada bajo ella, de modo que para cada encuentro poderoso es necesario un nuevo suministro de poder, como en el caso de Pedro, que al ser asaltado por una tentación más fuerte y no ser sostenido y apuntalado por una mano más poderosa, cayó vilmente, a pesar de su antigua fuerza (Mateo 26:69-74). Y una vez que hemos caído, es Cristo quien debe hacer la obra de volver a levantarnos al (1) quitar, (2) debilitar o (3) suspender los obstáculos hostiles, y (4) impulsar el poder de Su gracia en nosotros en un grado mayor que el que teníamos antes de caer. Por lo tanto, cuando hayamos caído y hayamos sido cascados por esas caídas, vayamos inmediatamente a Cristo para que vuelva a vendarnos.

No debemos mirarnos a nosotros mismos

Sepamos, entonces, que es peligroso esperar hallar en nosotros mismos lo que debemos recibir de Cristo. Desde la caída, toda nuestra fuerza está en Él, así como la de Sansón estaba en su cabello (Jueces 16:17). Solo somos agentes subordinados en todo lo que emprendemos, agentes que se mueven según son movidos y obran según primero se obró en ellos, libres hasta donde hemos sido libertados, ni más sabios ni más fuertes que lo que Él ha hecho que seamos en este instante. Es Su Espíritu el que actúa, vivifica y aplica el conocimiento y la fuerza que tenemos, de lo contrario estos caen sobre nosotros y reposan en nosotros sin ningún provecho. Cuando obramos, obramos por la fuerza que tenemos en ese momento; por lo tanto, los espíritus dependientes son los más sabios y los más capaces. No hay nada más fuerte que la humildad, que sale fuera de sí misma, ni nada más débil que el orgullo, que descansa en su propio cimiento. Frustra nititur qui non innititur (Se esfuerza en vano el que no es dependiente). Y esto merece especial atención, pues por naturaleza aspiramos a una suerte de divinidad y emprendemos acciones en el poder de nuestras propias capacidades cuando Cristo dice: «separados de mí», vosotros (los apóstoles, que estaban en el estado de gracia), «nada podéis hacer» (Juan 15:5). No dice «podéis hacer poco», sino nada. ¡En nosotros mismos, qué fácil es derrotarnos! ¡Qué débiles somos para resistir! Somos como cañas agitadas con cada brisa. Nos agitamos con el solo sonido y la sola idea de la pobreza, de la desgracia y de la pérdida. Nos rendimos de inmediato. No tenemos poder sobre los ojos, la lengua, los pensamientos ni los afectos, sino que dejamos que el pecado entre y salga. Cuán pronto somos vencidos por el mal cuando deberíamos vencer el mal con el bien. Cuántas buenas intenciones llegan al punto de nacer y no hay fuerza para darlas a luz, todo lo cual muestra que no somos nada sin el Espíritu de Cristo. Vemos cuán débiles eran los mismos apóstoles antes de ser revestidos con poder de lo alto. Pedro fue derrotado por las palabras de una criada (Mateo 26:69), pero una vez que el Espíritu de Cristo cayó sobre todos ellos, mientras más sufrían, más se sentían animados a sufrir. Su consuelo crecía junto a sus problemas. Por lo tanto, en todas las situaciones, en especial en los enfrentamientos difíciles, elevemos nuestros corazones a Cristo, quien tiene suficiente de Su Espíritu para todos nosotros en todas nuestras exigencias, y digamos junto al buen Josafat: «En nosotros no hay fuerza […] no sabemos qué hacer, y a Ti volvemos nuestros ojos» (2 Crónicas 20:12), la batalla que peleamos es Tuya y la fuerza por la que luchamos debe ser Tuya. Si Tú no sales con nosotros, es seguro que seremos derrotados. Satanás sabe que nada puede prevalecer contra Cristo ni contra los que descansan en Su poder. Por lo tanto, se afana por mantenernos en nosotros mismos y en la criatura. Pero siempre debemos tener esto en mente: que lo que empezamos confiando en nosotros mismos termina en vergüenza.

Cristo nos hace sentir nuestra dependencia

La manera en que Cristo saca a victoria el juicio es permitirnos ver la necesidad de que dependamos de Él. A esto se deben esos abandonos espirituales en los que a menudo nos deja a nosotros mismos, tanto con relación a la gracia como con relación al consuelo, para que sepamos que la fuente de estas cosas se halla fuera de nosotros. Por eso es que en el monte (es decir, las extremidades) Dios puede ser más apreciado (Génesis 22:14). Por esto mismo es que somos salvos por la gracia de la fe, la cual nos lleva fuera de nosotros a descansar en Otro. Dicha fe opera mejor cuando está sola, con el menor apoyo externo posible. Esta es la razón por la que muchas veces flaqueamos en los conflictos menores y permanecemos firmes en los mayores, pues en los conflictos menores nos apoyamos más en nosotros mismos, pero en los mayores huimos a la Roca de nuestra salvación, que es más alta que nosotros (Salmo 61:2). Por eso también somos más fuertes después de las derrotas, pues la corrupción oculta, que antes no se discernía, ahora queda descubierta, y por ello nos vemos impulsados a utilizar la misericordia perdonadora y el poder sustentador.

         Uno de los propósitos principales de esta dispensación es que sepamos que es Cristo quien nos da tanto el querer como el hacer, y eso como una obra voluntaria según Su propio beneplácito. Por lo tanto, debemos ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor celoso (Filipenses 2:12), no sea que por nuestra conducta irreverente y presuntuosa le demos razones para interrumpir la influencia de Su gracia y dejarnos en la oscuridad de nuestros propios corazones.

El triunfo de la gracia

Aquellos que están bajo el gobierno de Cristo, tienen el espíritu de revelación, mediante el cual pueden ver y sentir cómo el poder divino los capacita dulce y fuertemente para seguir creyendo cuando sienten lo contrario; también para esperar en medio de la desesperanza, y para amar a Dios a pesar de estar bajo señales de su desprecio; asimismo para tener una mentalidad celestial en medio de tantos afanes terrenales y tentaciones contrarias. Ellos pueden llegar a sentir paciencia, incluso gozo en medio de momentos lamentables, paz interna en medio de conflictos. ¿A qué se debe el hecho de que, cuando hemos sido asaltados por la tentación y nos hemos visto rodeados de angustias, hemos permanecido firmes, sino a un poder secreto que nos sostiene? Hacer que una gracia tan pequeña triunfe tan ampliamente sobre una masa de corrupción tan enorme requiere un espíritu sobrehumano. Es como conservar el fuego en el mar e incluso un pedazo del cielo, por así decirlo, en el infierno. Sabemos dónde obtener ese poder y a Quién devolverle la alabanza por él. Y es nuestra dicha que esté escondido tan seguro para nosotros en Cristo, en Aquel que es tan cercano a Dios y a nosotros. Desde la caída, Dios no nos confía nuestra propia salvación, sino que Cristo la ha comprado y la guarda para nosotros, y también nos guarda a nosotros para ella por la fe, que es obrada por el poder de Dios, de la cual nos asimos. Pablo presenta este poder de forma gloriosa: es (1) un gran poder, (2) un poder sobreabundante, (3) un poder operante y poderoso, (4) el poder que operó en la resurrección de Cristo de los muertos (Efesios 1:19-20). La gracia que no es más que una oferta persuasiva que nosotros tenemos la facultad de recibir o rechazar no es la gracia que nos lleva al cielo. Por el contrario, el pueblo de Dios siente una obra poderosa del Espíritu, que no solo nos revela nuestra miseria y liberación por medio de Cristo, sino que también nos vacía de nosotros mismos (pues hemos sido redimidos de nosotros mismos), nos infunde nueva vida y luego nos fortalece y vivifica cuando estamos agotados y flaqueamos, sin dejarnos nunca hasta perfeccionar la conquista.

domingo, 19 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 

14. Medios para que la gracia sea victoriosa

En cuanto a las instrucciones de cómo conducirnos para que el juicio de Cristo sea en verdad victorioso en nosotros, debemos saber que, aunque Cristo ha comenzado esta victoria, Él la consigue enseñándonos a pelear Sus batallas. Vence en nosotros haciéndonos «sabios para la salvación» (2 Timoteo 3:15), y mientras más creamos que Cristo vencerá, más nos esforzaremos por Su gracia para vencer, pues la fe es una gracia obediente y sabia. Cristo nos hace sabios para ponderar y pesar las cosas, y para clasificarlas y ordenarlas en consecuencia, de modo que podamos tomar la decisión más adecuada de lo que es mejor. Las siguientes son algunas reglas para ayudarnos a juzgar:

Reglas para un juicio correcto

Debemos juzgar las cosas a la luz de si promueven u obstaculizan nuestro propósito principal; si aclaran u oscurecen nuestro juicio; si nos hacen más o menos espirituales, acercándonos así a la fuente de la bondad, que es Dios mismo; si nos darán paz o dolor al final; si agradarán o desagradarán a Dios, y si son cosas que Él aprobará en nosotros. También debemos juzgar las cosas ahora como lo haríamos posteriormente, cuando el alma esté mejor capacitada para juzgar, por ejemplo, cuando enfrentemos cualquier calamidad pública o nos hallemos en la hora de la muerte, momentos en que el alma deja de contemplar todas las otras cosas para observarse a sí misma. Debemos considerar también las experiencias del pasado, y pensar qué habría sido mejor hacer en nuestros peores momentos. La gracia que hubiera sido adecuada entonces, lo sigue siendo ahora. Asimismo, debemos juzgar las cosas como lo hace Aquel que tiene la facultad de juzgar, y como ciertamente las juzgan los hombres santos que son guiados por el Espíritu. Más en específico, debemos juzgar como juzgan los que no están interesados en ningún beneficio que pueda venir del asunto en cuestión, pues las cosas externas ciegan incluso los ojos de los sabios. Vemos que los papistas son más corruptos en las cosas en que están vinculadas a su honor, su situación y su ganancia, pero son sanos en la doctrina de la Trinidad, que no afecta nada de eso. Sin embargo, no es suficiente que el juicio sea correcto, también debe ser pronto y fuerte.

Cómo mantener el juicio claro

1.   Cuando Cristo establece Su gobierno, crea un interés por mantener el juicio claro y fresco, pues mientras el juicio está derecho y firme, toda la complexión del alma se mantiene fuerte e inexpugnable. El juicio verdadero en nosotros promueve a Cristo, y Cristo lo promoverá. Todos los pecados surgen de principios falsos, ignorancia, falta de reflexión o incredulidad respecto a lo que es verdadero. Debido a su falta de consideración y a la debilidad de sus principios, Eva perdió el control en el comienzo (Génesis 3:6). Por lo tanto, es bueno almacenar principios verdaderos en nuestros corazones y repasarlos con frecuencia para que, en virtud de ellos, nuestros afectos y acciones puedan ser más vigorosos. Cuando el juicio está fortificado, el mal no halla entrada, pero las cosas buenas tienen aliados en nuestro interior, que nos hacen admitirlas. Cuando la luz verdadera de la convicción está brillando, no estamos dispuestos a cometer ni el menor mal pecando, aunque no hacerlo implique sufrir el mayor mal siendo castigados. «En vano se tenderá la red ante los ojos de toda ave» (Proverbios 1:17). Mientras el alma se mantiene volando, hay poco peligro en las trampas de abajo. Debemos perder nuestra alta estima por las cosas celestiales antes de poder ser arrastrados hacia cualquier pecado.

2.   Y como el conocimiento y los afectos se ayudan mutuamente, es bueno conservar nuestros afectos de amor y deleite usando todos los estímulos dulces y todos los alicientes divinos, pues la mente considera más lo que más le gusta al corazón. Los que pueden hacer que sus corazones se deleiten en Cristo son los que mejor conocen Sus caminos. La sabiduría ama a los que la aman. El amor es el mejor anfitrión de la verdad, y cuando el amor de la verdad no es recibido (2 Tesalonicenses 2:10), entonces abandona el corazón. El juicio comienza a corromperse cuando el amor se va, porque nosotros juzgamos según como amamos. Y, por lo tanto, es difícil ser afectivo y sabio en las cosas terrenales, pero en las cosas celestiales, cuando el juicio ha sido correctamente informado con anterioridad, mientras más crecen nuestros afectos, mejores y más claros son nuestros juicios, pues nuestros afectos, por fuertes que sean, nunca podrán elevarse lo suficiente como para alcanzar a la excelencia de las cosas. En los mártires, vemos que cuando la dulce doctrina de Cristo conquistó sus corazones, no pudo ser eliminada ni por todos los tormentos que la astucia de la crueldad logró idear. Si Cristo ha tomado posesión de los afectos, no hay forma de hacer que los desaloje. El fuego en el corazón vence todos los fuegos exteriores.

3.   La sabiduría también nos enseña dónde están nuestras debilidades, y dónde está la fortaleza de nuestro enemigo. De esta manera, en nuestro interior se aviva un temor celoso que nos preserva, pues dicho celo santo nos hace mantener las provocaciones, que son activas y operantes, alejadas de lo que es pasivo y reactivo en nosotros, así como mantenemos el fuego lejos de la pólvora. Los que desean evitar la generación de criaturas desagradables, impiden su concepción manteniendo alejados a los machos de las hembras. Este cuidado celoso se verá muy favorecido si consideramos diligentemente qué es lo que ha promovido u obstaculizado un carácter piadoso en nosotros, y nos hará asegurarnos de no consultar con sangre y carne, ya sean de nosotros o de otros. Si lo hacemos, ¿cómo podemos esperar que Cristo nos guíe a la victoria cuando escuchamos los consejos de los enemigos Suyos y nuestros?

4.   Cristo también hace que seamos diligentes para usar todos los medios que pueden avivar y preservar en nosotros los pensamientos y afectos renovados. Cristo honra tanto el uso de los medios y el cuidado que pone en nosotros que atribuye nuestra preservación y victoria a nuestra diligencia para guardarnos a nosotros mismos. «El que es engendrado de Dios, se guarda a sí mismo» (1 Juan 5:18, RV1909), aunque no por sí mismo, sino por el Señor, en dependencia de Él y usando los medios. Solo estamos seguros cuando usamos sabiamente todos los recursos ventajosos que tenemos a nuestro alcance. Cuando salimos de los caminos de Dios, salimos de Su gobierno, perdemos nuestra lucidez mental, y de un momento a otro, nos vemos sumidos en una disposición hostil. Cuando nos acercamos a Cristo (Santiago4:8) en Sus ordenanzas, Él se acerca a nosotros.

5.   Debemos mantenernos ejercitando la gracia. No nos preservan los hábitos somnolientos, sino la gracia en ejercicio. Cuando el alma está empleada en un deber civil o sacro, las corrupciones de nuestro interior están muy suprimidas, y los caminos por los que Satanás nos aborda están cerrados. Entonces, el Espíritu tiene la puerta abierta para expandir Su influencia sobre nosotros, y además la protección de los ángeles está más cerca nuestro en ese momento. Esta táctica muchas veces es más efectiva contra nuestros enemigos espirituales que la oposición directa. A causa del honor, Cristo tiene el compromiso de sostener a los que están en Su obra.

6.   Al seguir todas estas instrucciones, debemos alzar la mirada a Cristo, al Espíritu vivificante, y hacer nuestras resoluciones en Su poder. Aunque somos exhortados a allegarnos al Señor con propósito de corazón (Hechos11:23), debemos orar junto a David: «Conserva perpetuamente esta voluntad del corazón de Tu pueblo, y encamina su corazón a Ti» (1 Crónicas 29:18). Nuestros corazones por sí mismos son muy relajados e inestables. «Afirma mi corazón para que tema tu nombre» (Salmo 86:11), pues sin Cristo nuestras mejores intenciones se irán a pique. Es una petición agradable cuando, por amor a Dios, le pedimos que disponga nuestra alma para que Él pueda deleitarse en ella. Por lo tanto, al usar los medios, debemos elevar a Él nuestros deseos y nuestras quejas para que nos dé fortaleza y ayuda, y entonces podremos estar seguros de que sacará «a victoria el juicio».

7.   Por último, es beneficioso para la condición del alma que conozcamos el estado en que debería hallarse, pues así podemos ordenarla a la luz de lo que vemos. Siempre deberíamos estar listos para tener comunión con Dios; asimismo, siempre deberíamos tener la mente puesta en lo celestial, mientras lidiamos con asuntos terrenales, de tal manera que podamos redimir el tiempo para las cosas mejores. En todo momento, deberíamos estar listos para partir de aquí; deberíamos vivir en un estado en que quisiéramos estar al morir. Nuestros corazones deben estar preparados para cumplir todos los deberes buenos, abiertos a aprovechar todas las oportunidades buenas, cerrados para todas las tentaciones, siempre vigilantes y siempre con las armas en la mano. Mientras más lejos estemos de este ideal, más razones tenemos para humillarnos, pero aun así debemos seguir adelante, de modo que podamos tener más victoria sobre nosotros mismos y hacer que estas cosas nos sean más familiares y encantadoras. Cuando vemos que nuestras almas declinan, es mejor despertarlas mediante meditaciones trascendentes como la presencia de Dios, las cuentas estrictas que tendremos que dar ante Él, el infinito amor de Dios en Cristo y sus respectivos frutos, la excelencia de la vocación cristiana, la brevedad e incertidumbre de esta vida, el escaso bien que nos traerán aquellas cosas que pretenden robar nuestro corazón, y el resultado eterno del uso del tiempo presente. Mientras más lugar demos a que estas consideraciones calen hondo en nuestro corazón, más cerca nos elevaremos del estado en que nuestras almas gozarán en el cielo. Cuando nos volvemos negligentes en el cuidado de nuestras almas, Dios nos restaura el gusto por lo bueno a través de cruces duras. Así fueron restaurados David, Salomón y Sansón. Es mucho más fácil conservar el gusto por lo bueno que recuperarlo.

 Causas de la aparente falta de progreso

 Objeción: Pero, a pesar de mi esfuerzo, parece que sigo estancado.

1.   Al igual que la semilla de la parábola, no sabemos cómo crece la gracia. Sin embargo, a la larga, cuando Dios estime que es el mejor momento, veremos que todo nuestro esfuerzo no ha sido en vano. El árbol cae con el último hachazo, pero todos los golpes contribuyen a la obra.

2.   Algunas veces la victoria se posterga, porque un Acán se encuentra escondido, o porque nos falta humildad al igual que a los israelitas que no dieron su mejor esfuerzo contra los benjamitas, sino hasta que ayunaron y oraron (Jueces 20:26); o quizás porque no echamos mano de nuestras ayudas, sino que en vez de eso nos falta velar, y no obedecemos las indicaciones del Espíritu, quien siempre nos pretende dirigir a lo bueno. Nuestras propias conciencias nos dirán, si las dejamos hablar, que la causa es que nos hemos estado favoreciendo pecaminosamente. El método para vencer en este caso es, en primer lugar, obtener la victoria sobre el orgullo de nuestra propia naturaleza avergonzándonos a nosotros mismos en una confesión humilde ante Dios; en segundo lugar, derrotar la incredulidad de nuestros corazones sometiéndonos a la promesa del perdón, y luego, en tercer lugar, oponernos a los pecados que han prevalecido sobre nosotros confiando en la asistencia de Cristo. Si nos vencemos así a nosotros mismos, nos será fácil prevalecer sobre todos nuestros enemigos y conquistar todas las situaciones en que seamos colocados.

Todos deben ponerse del lado de Cristo

La segunda aplicación de la verdad acerca de la victoria inminente de Cristo, consiste en que lo mejor que las gentes y los pueblos pueden hacer es «honrar al Hijo» (Salmo 2:12), abrazando enteramente a Cristo y Su religión, y poniéndose de Su lado comprometiéndose a Su causa en el mundo. Su bando demostrará ser el más fuerte al final. Dichosos somos si Cristo nos honra al punto de usar nuestra ayuda para pelear Su batalla «contra los fuertes» (Jueces 5:23). La verdadera religión es para el Estado lo que el pilar principal es para una casa y lo que el poste es para la tienda: lo sostiene todo. Del mismo modo, Cristo debe ser el gobernante principal en las familias. Y que cada familia sea como una casa donde Cristo viva confiadamente y gobierne. Donde está Cristo, debe haber toda clase de felicidad. Si Cristo se va, toda la felicidad se va. Donde Cristo gobierna en Sus ordenanzas y Espíritu, todos los gobiernos subordinados prosperarán. La religión inspira vida y gracia en todas las demás cosas. Todas las otras virtudes sin ella no son más que una imagen linda sin cabeza. Donde las leyes de Cristo están escritas en el corazón, todas las otras leyes buenas son obedecidas de la mejor manera. Nadie menosprecia las leyes del hombre sin primero menospreciar las leyes de Cristo. Nemo humanam auctoritatem contemnit, nisi qui divinam prius contempsit (nadie desprecia la autoridad humana a menos que primero desprecie la autoridad divina). El hombre que es guiado por Cristo es la mejor de todas las personas, y el hombre que solo es guiado por su voluntad y sus afectos es, después del diablo, la peor de todas las criaturas. La dicha de las cosas más débiles radica en ser gobernadas por cosas más fuertes. Para el ciego es mejor ser guiado por alguien que tiene vista. Para las ovejas y otras criaturas frágiles es mejor ser guiadas por el hombre. Y para el hombre es sumamente dichoso ser guiado por Cristo, pues Su gobierno es tan victorioso que nos liberta del temor y del peligro de nuestros peores enemigos, y tiende a llevarnos a la máxima felicidad de la que nuestra naturaleza es capaz. Esto debería hacer que nos regocijáramos cuando Cristo reina en nosotros. Cuando Salomón fue coronado, el pueblo se regocijó hasta que la ciudad se llenó de estruendo (1 Reyes 1:45). Mucho más deberíamos regocijarnos nosotros en Cristo nuestro Rey.

         De igual forma, en el caso de las almas que nos son queridas, nuestra intención debiera ser que Cristo reine también en ellas, que Cristo las bautice con este fuego (Mateo 3:11), que estas chispas sean encendidas en ellas. Las personas se esfuerzan por cultivar entereza y temple, como dicen, en los niños que crían porque piensan que les serán útiles en los múltiples negocios y problemas de esta vida. Oh, pero cultivemos las chispas de la gracia en ellos, pues la entereza natural flaqueará ante los grandes problemas, pero estas chispas los harán conquistar los peores males.

         La tercera aplicación de la verdad de la victoria de Cristo es que nos lleva a observar que, si el juicio de Cristo será victorioso, entonces el papado, dado a que es de una naturaleza opuesta a él y ha sido instituido por el ingenio del hombre para preservar su pereza imponente, necesariamente caerá. Y ya ha caído en los corazones de aquellos en los que ha brillado la luz de Cristo. El papismo es una mentira fundada sobre la mentira del juicio infalible del hombre, que está sujeto al pecado y al error. Cuando lo que se tiene por principio de verdad se transforma en un principio de error, mientras más confiemos en él, en más peligro estaremos.

sábado, 18 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

13. La gracia reinará

    La tercera conclusión que se desprende de la última parte del texto es que el gobierno de Cristo será victorioso. Veamos las razones de ello.

Por qué el Reino de Cristo debe prevalecer

    1. Cristo ya ha conquistado todo por Sí mismo, y es «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos» (Romanos 9:5). Por lo tanto, es Dios sobre el pecado, la muerte, el infierno, Satanás y el mundo. Y así como los venció por Sí mismo, los vence en nuestros corazones y conciencias. Comúnmente decimos que la conciencia hace que el hombre sea majestuoso o despreciable, pues está puesta en nosotros para emitir juicio en lugar de Dios, ya sea a nuestro favor o en nuestra contra. Si la conciencia natural puede llegar a ser tan fuerte por sí misma ¿cómo será cuando cuenta con la luz de la verdad divina? Sin duda alguna, prevalecerá, ya para hacernos alzar la cabeza con valentía o para humillarnos profundamente. Si, por la gracia, se sujeta a la verdad de Cristo, enfrenta con valentía la muerte, el infierno, el juicio y todos los enemigos espirituales, pues entonces Cristo erige Su Reino en la conciencia y la transforma en una suerte de paraíso.

    El conflicto más terrible que tiene el alma es entre la conciencia y la justicia de Dios. Pues bien, si la conciencia, rociada con la sangre de Cristo, ha prevalecido ante los embates de la justicia de Dios, que ahora ha sido satisfecha por Cristo, prevalecerá sobre cualquier otra oposición.

    2. Enfrentamos enemigos malditos y condenados; por lo tanto, si han comenzado a caer ante el Espíritu en nosotros, caerán. Si vuelven a levantarse, será para tener una caída aún mayor.

    3. El Espíritu de verdad, a cuya tutela Cristo ha encomendado Su Iglesia, y la verdad del Espíritu, que es el cetro de Cristo, permanecen para siempre. Por lo tanto, el alma engendrada por la simiente incorruptible del Espíritu (1 Pedro 1:23) y esa verdad no solo debe vivir para siempre, sino que también debe prevalecer sobre todos los que la resisten, pues tanto la Palabra como el Espíritu son poderosos en sus operaciones (Hebreos 4:12). Y si el espíritu impío nunca está ocioso en los que Dios ha entregado a su dominio, no podemos imaginarnos que el Espíritu Santo vaya a estar ocioso en aquellos que han sido encomendados a Su dirección y gobierno. De manera que, al morar en ellos expulsará entonces a todos los que se rebelan contra Él, hasta llegar a ser el todo en todos.

    Lo espiritual es eterno. La verdad es un rayo del Espíritu de Cristo, tanto en sí misma como cuando es injertada en el alma. Por lo tanto, prevalecerá junto a la gracia obrada a través de ella, aunque sea poca. Un objeto pequeño en las manos de un gigante puede hacer grandes cosas. Una fe pequeña fortalecida por Cristo puede hacer maravillas.

    4. «Al que tiene, le será dado» (Mateo 25:29). La victoria sobre la corrupción o la tentación es una garantía de la victoria final. Como dijo Josué cuando puso el pie sobre los cinco reyes a los que conquistó: «así hará Jehová a todos vuestros enemigos» (Josué 10:25). El cielo ya es nuestro, solo luchamos hasta tomar plena posesión de él.

    5. Cristo como Rey arroja una luz imperiosa sobre el alma, hace agachar el cuello y ablanda los nervios de acero del hombre interior. Además, donde empieza a regir, rige para siempre: «Su reino no tendrá fin» (Lucas 1:33).

    6. El propósito de la venida de Cristo fue destruir las obras del diablo, tanto por nosotros como en nosotros, y el propósito de la resurrección no fue solo darnos una garantía de la seguridad de Su victoria, sino también (1) resucitar nuestras almas de la muerte en el pecado; (2) librar nuestras almas de las trampas y los dolores de la muerte espiritual que acompañan la culpa por el pecado; (3) elevarlas a un mayor consuelo, como el sol que irrumpe con más gloria desde una nube densa; (4) levantarnos más fuertes de tropiezos y caídas específicas; (5) elevarnos de todas las situaciones inquietantes y oscuras de esta vida, y (6) levantar al final nuestros cuerpos del polvo. El mismo poder que el Espíritu demostró al resucitar a Cristo (nuestra Cabeza) de los dolores de la muerte y del grado más alto de humillación (obtenido del Padre por la muerte de Cristo), es el mismo poder que el Espíritu mostrará en cada miembro de la Iglesia, la cual es Su cuerpo.

    Este poder es transmitido mediante la fe, por la que, luego de nuestra unión con Cristo en Sus estados de humillación y exaltación, nos vemos a nosotros mismos, no solo muertos en Cristo, sino también resucitados y sentados con Él en los lugares celestiales (Efesios 2:6). Y entonces, habiéndonos considerado muertos, resucitados, y por tanto victoriosos sobre todos nuestros enemigos en nuestra Cabeza; y habiendo comprendido que el propósito de Dios en todo esto es conformarnos a Su imagen por medio de la fe (2 Corintios 3:18); entonces podemos llegar a vencer todos nuestros enemigos espirituales por el poder que obtenemos de Él, Quien es la fuente de toda la fuerza espiritual de Su pueblo. Cristo cumplirá Su propósito en nosotros, lo cual es creído por medio de una fe certera, la cual nos incita a unirnos a Cristo en el cumplimiento de Sus propósitos.

     Del mismo modo, la Iglesia en general tendrá su victoria por Cristo. Cristo es la piedra pequeña cortada no con mano que desmenuzó la imagen terrible (Daniel 2:34) -es decir, todo gobierno hostil- hasta transformarse en «un gran monte que llenó toda la tierra» (Daniel 2:35). De manera que la piedra cortada del monte a la larga se transforma en un monte. Entonces, ¿quién eres tú, monte, que crees poder alzarte contra este Monte? Todo quedará liso y llano delante de Él. Él derribará todos los pensamientos montuosos, altivos y exaltados, y humillará el orgullo de toda carne. Cuando el tamo lucha con el viento, o la paja con el fuego, cuando el talón patea el aguijón, cuando la vasija pelea con el alfarero, cuando el hombre discute con Dios, es fácil saber qué bando tendrá la victoria. Los vientos pueden sacudir el barco donde está Cristo, pero no volcarlo. Las olas pueden golpear la roca, pero solo se quiebran a sí mismas cuando lo hacen.

¿Por qué parece que el enemigo es victorioso?

    Objeción: ¿Por qué la condición de la Iglesia y de los cristianos parece tan contraria a esta descripción? La victoria parece estar del lado del enemigo.


    Para entender esto, debemos recordar, en primer lugar, que generalmente los hijos de Dios vencen en sus angustias mediante el sufrimiento. Los corderos vencen a los leones y las palomas a las águilas mediante el sufrimiento, a fin de que puedan ser semejantes a Cristo, que conquistó más cuando sufrió más. Cristo tiene tanto un reino de paciencia, como un reino de poder.

    En segundo lugar, esta victoria es gradual y por lo tanto aquellos que quieren vencer al dar el primer ataque, o que quieren ganar la carrera al emprender los primeros pasos, son personas impacientes. Los israelitas estaban seguros de que tendrían la victoria en su paso a Canaán, pero aun así debían ganarla luchando. Dios no quiere que olvidemos en seguida cuán crueles son los enemigos que Cristo venció por nosotros. «No los mates, para que mi pueblo no olvide», dice el salmista (Salmo 59:11), de modo que, al experimentar el fastidio que nos causan, nos mantengamos temerosos de caer bajo su poder.

    En tercer lugar, Dios muchas veces obra a través de los opuestos: cuando quiere darnos victoria, primero permite que seamos derrotados; cuando quiere consolarnos, primero nos aterra; cuando quiere justificarnos, primero nos condena; cuando quiere glorificarnos, primero nos humilla. El cristiano vence incluso cuando es vencido. Cuando es vencido por algunos pecados, gana la victoria sobre otros más peligrosos, como el orgullo espiritual y la falsa seguridad.

    En cuarto lugar la obra de Cristo, tanto en la Iglesia como en el corazón de los cristianos, muchas veces retrocede para poder avanzar mejor. La semilla se pudre en la tierra durante el invierno, pero luego brota mejor, y mientras más duro es el invierno, más flores hay en la primavera. De igual forma, aprendemos a permanecer firmes mediante las caídas y somos fortalecidos cuando se descubren nuestras debilidades. Virtutis custos infirmitas (la debilidad es el guardián de la virtud). Echamos raíces más profundas cuando somos sacudidos, y así como las antorchas flamean con más brillo cuando se mueven, a Cristo le place en Su libertad, mantener de esa forma Su gobierno en nosotros. Esforcémonos por ejercer nuestra fe en esta verdad, de modo que corresponda a la forma en que Cristo lidia con nosotros. Cuando somos vencidos, creamos que venceremos; cuando hemos caído, creamos que volveremos a levantarnos. Jacob, luego de recibir un golpe que lo dejó cojo, no dejó de luchar (Génesis 32:25) hasta que obtuvo la bendición. De igual forma, nunca nos rindamos, sino que vinculemos el comienzo, el progreso y el final en nuestros pensamientos; entonces nos veremos en el cielo, fuera del alcance de todos los enemigos. Convenzámonos de que la gracia de Dios, incluso en este estado imperfecto, es más fuerte que el libre albedrío del hombre en el estado de perfección original. Ahora está basada en Cristo, quien además de ser el Autor, será el Consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2). Estamos bajo un pacto de mayor gracia.

    Algunos dicen que la fe arraigada (fides radicata) persevera, mientras que la fe débil llega a extinguirse. Pero esto no es verdad, pues la fe más fuerte es susceptible a ser sacudida, y la fe débil, si está puesta en la verdad, está tan arraigada que ciertamente prevalecerá. La debilidad con vigilancia se mantiene firme mientras la fortaleza con demasiada confianza flaquea. La debilidad, cuando es reconocida, es el lugar y el objeto más adecuado para que Dios perfecciones Su poder, pues la conciencia de nuestras flaquezas nos lleva fuera de nosotros mismos, hacia Aquel en Quien se halla nuestro poder.

    De aquí se deduce que la debilidad puede ser consistente con la seguridad de salvación. Los discípulos, a pesar de todas sus debilidades, reciben la orden de regocijarse porque sus nombres están escritos en el cielo (Lucas 10:20). Los fracasos, acompañados de conflictos en la santificación, no deberían debilitar la paz de nuestra justificación ni de nuestra seguridad de salvación. Lo malo que hay en nosotros no importa tanto como lo bueno; las corrupciones que tenemos no son tan importantes como la forma en que las consideramos; las fallas puntuales no son tan importantes como la trama y el tenor de nuestra vida, pues el desagrado que Cristo tiene por lo que está mal en nosotros no se transforma en un odio hacia nuestras personas, sino en el sometimiento victorioso de todas nuestras debilidades.

    Algunos, luego del conflicto se han asombrado por la bondad de Dios, que hizo que una fe tan pequeña y temblorosa los sostuviera en combates tan duros, en los que Satanás por poco los atrapó. Y en verdad es asombroso lo mucho que prevalece un poco de gracia para que Dios nos acepte y nos dé la victoria sobre nuestros enemigos si el corazón es recto. Tal es la bondad de nuestro dulce Salvador que incluso se deleita en mostrar Su poder en nuestra debilidad.

Consuelo para los cristianos débiles

    La primera aplicación de esta verdad es para el gran consuelo de los cristianos pobres y débiles. Que sepan que la chispa del cielo, aunque esté encendida en madera verde, mojada y humeante, a la larga será un fuego que lo consumirá todo. Cuando el amor se ha encendido es fuerte como la muerte. Las muchas aguas no pueden apagarlo, y por ello es llamado fuerte llama, o llama de Dios (Cantares 8:6), encendida en el corazón por el Espíritu Santo. Lo poco que hay en nosotros es alimentado por un manantial eterno. El fuego que cayó del cielo en los días de Elías (1 Reyes 18:38) lamió toda el agua como prueba de que venía de Dios, así también este fuego consumirá toda nuestra corrupción. Ninguna aflicción externa ni ninguna corrupción interna lo apagarán. En la mañana, muchas veces vemos que las nubes se juntan alrededor del sol, como si quisieran esconderlo, pero el sol las vence poco a poco hasta llegar a su máximo vigor. En un comienzo, los temores y las dudas dificultan que este fuego crezca, pero a la larga los supera a todos y Cristo prevalece. Entonces Él sostienen Sus propias gracias en nosotros. Primero la gracia nos conquista a nosotros y luego nosotros conquistamos todo lo demás mediante ella, ya sean propias corrupciones interiores o tentaciones externas.

    La Iglesia de Cristo, engendrada por la Palabra de verdad, tiene la doctrina de los apóstoles por corona y pisa la luna (es decir, el mundo y todas las cosas mundanas) «debajo de sus pies» (Apocalipsis 12:1). Todo aquel «que es nacido de Dios vence al mundo» (1 Juan 5:4). La fe, mediante la cual Cristo gobierna especialmente, eleva tanto el alma que esta ve todas las demás cosas como si estuvieran muy abajo, pues el Espíritu de Cristo le presenta riquezas, honores, bellezas y placeres de una naturaleza superior.

Evidencias del gobierno de Cristo en nosotros

    Ahora bien, si no queremos ser privados del consuelo deseado, hay dos cosas que debemos considerar: Primero, debemos preguntarnos si hay tal juicio o gobierno en nosotros; y en segundo lugar debemos ponderar de qué manera debemos conducirnos para que el juicio de Cristo en nosotros llegue a ser victorioso.

    Las evidencias que nos permiten saber que el juicio de Cristo en nosotros será victorioso son las siguientes: 

    1. El poder considerar excelentes todos los caminos de Cristo (a pesar de la oposición de los hombres), y el poder someternos a la manera que Dios ha provisto en Cristo para llevarnos al cielo, anhelando y buscando una mayor medida de gracia que la que ya tenemos. De entre todos los hombres que tienen una conciencia despierta, solamente los creyentes pueden sinceramente ver esta evidencia en ellos.

    2. Considerar las razones de la religión como las más poderosas; ellas prevalecen por sobre las razones derivadas de la sabiduría mundana.

    3. Estar completamente resueltos a llevar a cabo nuestro deber, de tal manera que ni los temores, ni otras propuestas pueden desviarnos del mismo.

    4. «Nada podemos contra la verdad, sino por la verdad» (2 Corintios 13:8), pues la verdad nos es más preciada que nuestras vidas. La verdad no ejerce esta soberanía en el corazón de ningún hombre carnal.

    5. Escoger que Cristo nos rija antes que cualquier otro amo aún si tuviéramos la libertad de escoger bajo qué gobierno vivir, pues en el hombre interior nos deleitamos en el gobierno de Cristo. Esto indica que tenemos ideas afines a las de Cristo, que somos un pueblo libre y dispuesto, y que no estamos obligados a servir a Cristo por nada sino la dulce coacción del amor. El estar satisfechos con el gobierno del Espíritu de Cristo, de tal manera que estemos dispuestos a someternos a Él en todas las cosas, es una clara evidencia de que Su reino ha llegado a nosotros, y de que nuestra voluntad se encuentra sometida a la Suya. Por lo tanto, la tendencia de nuestra voluntad es lo que nos muestra si somos aprobados o reprobados.

    6. Tener una vida ordenada, uniforme, la cual muestra un corazón ordenado. Esto es similar a cuando la alarma y las manecillas de un reloj funcionan correctamente, porque las tuercas están bien ajustadas.

    7. Cuando la voluntad de Cristo compite con una pérdida o un beneficio terrenal, es una buena señal que el corazón esté dispuesto a inclinarse a Cristo en ese caso particular, pues las pruebas más genuinas del poder de la gracia se hallan en los casos específicos que nos tocan más de cerca, ya que entonces nuestra corrupción muestra la mayor resistencia. Cuando Cristo tocó la fibra más sensible del joven en el evangelio, perdió un discípulo (Mateo 19:22).

    8. El ser capaces de practicar los deberes que son agradables a Cristo, y a la vez contrarios a la carne y a la corriente del mundo. Asimismo, el ser capaces de vencer al mal al que tiende nuestra naturaleza (que corresponde al desenfreno de nuestros tiempos, y bajo el cual muchos se encuentran cautivos, como el deseo por venganza, el odio a los enemigos, fines egoístas, etc.). Estas cosas claramente muestran que la gracia que tenemos es celestial, superior a lo terrenal y que tendrá la victoria final.

    Para aclarar más esto y ayudarnos en nuestras pruebas, debemos saber que hay tres grados de victoria: el primero es cuando resistimos, pero somos derrotados; el segundo es cuando la gracia triunfa, aunque con conflicto, y el tercero es cuando todas las corrupciones son totalmente subyugadas. Si solo tenemos la fuerza para resistir, podemos saber que el gobierno de Cristo en nosotros será victorioso, pues lo que se dice del diablo es cierto respecto a todos nuestros enemigos espirituales: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Santiago 4:7), pues «mayor es el que está en vosotros», que toma el lado de Su propia gracia, «que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4). Si podemos esperar la victoria en la labor de resistencia ¿acaso no podemos esperar una victoria aun mayor cuando el Espíritu intervenga?

domingo, 12 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

12. El sabio gobierno de Cristo

    La segunda conclusión que se desprende de la última parte del texto es que el gobierno de Cristo sobre Su Iglesia y Sus hijos es un gobierno sabio y bien organizado, pues es llamado juicio, y el juicio es la vida y el alma de la sabiduría. De esta conclusión se desprenden dos deducciones: primero, que el gobierno espiritual de Cristo en nosotros va de la mano con el juicio y la sabiduría, y segundo, que donde hay verdadera sabiduría y juicio, el Espíritu de Cristo ha traído Su gobierno clemente.

Juicio y sabiduría

    Con respecto a la primera, la vida bien guiada por las reglas de Cristo está respaldada por las razones más fuertes y sublimes, por eso los santos son llamados «hijos de la sabiduría» (Lucas 7:35), y pueden justificar, tanto por la razón como por la experiencia, todos los caminos de la sabiduría. Los caminos contrarios son necedad y locura. Pablo dice que «el espiritual juzga todas las cosas» (1 Corintios 2:15) que tienen que ver con él, y no puede ser juzgado correctamente por nadie de rango inferior, porque carecen de la luz y visión espiritual para poder juzgar. Sin embargo, esa clase de personas juzgan y hablan «mal de cosas que no entienden» (2 Pedro 2:12); pasan de la ignorancia al prejuicio y la condena precipitada sin considerar el juicio recto, por lo que su juicio es anulado. Por el contrario, el juicio del hombre espiritual, hasta donde es espiritual, permanecerá, pues es acorde a la naturaleza de las cosas. Ante su juicio, las cosas son como son en realidad. Dios es en Sí mismo infinito en bondad y majestad, y así es Él para ellos. En sus corazones, le atribuyen a Dios Su divinidad y todas Sus excelencias. Cristo es en Sí mismo el único Mediador y el todo en todos (Colosenses 3:11), y así es concebido por la Iglesia en sus corazones. Todas las cosas son basura en comparación con Cristo (Filipenses 3:8), y eso son para Pablo, un hombre santificado. Incluso el peor aspecto de la religión, «el vituperio de Cristo», es mejor que «los deleites temporales del pecado» (Hebreos 11:25-26), y así lo considera Moisés, un hombre de buena reputación. Un día en los atrios de Dios es mejor que mil fuera de ellos (Salmo 84:10), y así lo considera David, un hombre de juicio reformado. El juicio del bueno es acorde a las cosas tal como son en sí mismas, y difiere o concuerda con ellas según Dios difiere o concuerda.

    La verdad es verdad, el error es error, lo que es ilícito es ilícito, de tal manera que no importa si los hombres piensan lo contrario. Dios ha colocado una discrepancia eterna entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, y la imaginación de la criatura nunca podrá alterarla. Por lo tanto, la medida de las cosas no es el juicio del hombre cuando este está en desacuerdo con la verdad que Dios impregnó en ellas mismas. Por esta razón, dado que el juicio del sabio concuerda con la verdad de las cosas, es posible decir en un cierto sentido que el sabio es la medida de las cosas, y que el juicio de un solo sabio es preferible por sobre el de mil personas necias. Por lo general, esos hombres son tan inamovibles como el curso del sol, ya que piensan, hablan y viven según las reglas. Josué y su casa servirán a Dios (Josué 24:15) sin importar lo que hagan los demás y correrán en la dirección opuesta al mundo porque sus juicios los guían en esa dirección. Es por eso que Satanás aborrece el ojo del alma, que es el juicio, y quiere arrancarlo a punta de ignorancia y razonamientos falsos, pues no puede regir en nadie sin primero quitar o pervertir el juicio. Es el príncipe de las tinieblas, y rige en las tinieblas del entendimiento. Por lo tanto, es necesario que primero sea sacado del entendimiento por la prevalencia de la verdad y su asentamiento en el alma. En consecuencia, los enemigos del conocimiento ayudan a erigir el trono de Satanás y el anticristo, cuyo reino, al igual que el del diablo, es un reino de tinieblas. En consecuencia, Cristo promete que el Espíritu Santo convencerá al mundo de justicia o juicio (Juan 16:8); es decir, está decidido a establecer un trono de dominio, pues el gran señor del desgobierno, Satanás, «el príncipe de este mundo», es juzgado por el evangelio y por el Espíritu que acompaña Su predicación. Sus imposturas quedan al descubierto, sus intenciones son desenmascaradas. Cuando el evangelio comenzó a expandirse, cesaron los oráculos y Satanás cayó del cielo como un rayo (Lucas 10:18); y los hombres comenzaron a ser trasladados al reino de Cristo. Si el enemigo prevalece a punta de mentiras, el desenmascaramiento equivale a su derrota: «Mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos» (2 Timoteo 3:9). De modo que cuando el error es descubierto, se detiene, pues nadie quiere ser engañado voluntariamente. Permitan que la verdad tenga su pleno alcance, sin controles ni restricciones: Satanás y sus instrumentos no prevalecerán, aunque hagan todo el mal que puedan. Jerónimo dice respecto a los pelagianos de su tiempo: «El que ustedes expliquen sus opiniones es contraproducente, pues las blasfemias de ustedes son evidenciadas a los ojos de todos»6.

Jerónimo (c.347-419) en Epistle to Ctesiphon [Epístola a Ctesifonte].

La necesidad de la luz celestial

    Así vemos que es necesario que el entendimiento esté fundamentado en un conocimiento sobrenatural para poder vivir una vida cristiana ordenada. Debe haber luz para que podamos descubrir un propósito que trasciende la naturaleza, debido al cual somos cristianos, y una regla adecuada para dirigirnos a ese propósito, que es la voluntad de Dios en Cristo, que revela Su beneplácito para con nosotros y nuestro deber para con Él. Y es en virtud de esa revelación que hacemos todo lo que, de algún modo, puede fomentar lo que consideramos cierto. Primero es necesario que el ojo sea bueno, y luego toda la estructura y el tenor de nuestra conducta será luminosa (Mateo 6:22), de lo contrario, tanto nosotros como el curso de nuestra vida no somos más que tinieblas. Toda la conducta del cristiano no es nada más que el conocimiento reducido a la voluntad, los afectos y la práctica. Si la digestión de los alimentos en el estómago no es buena, la función del hígado no puede ser buena; de igual forma, los errores de juicio dañan toda la práctica, así como los errores de los cimientos dañan toda la construcción. Dios no quiere sacrificios ciegos, servicios irracionales (Isaías 1:13), sino que desea que lo amemos con toda nuestra mente (Romanos 12:2), es decir, con todo nuestro entendimiento además de todo nuestro corazón (Lucas 10:27), que es la parte sensible del alma.

    Que el gobierno de Cristo sea administrado a través del juicio es algo grato para el alma, y Dios se deleita en preservar el modo de actuar propio del hombre, que es el de hacer lo que hace, movido por el juicio. La gracia presupone la existencia de una naturaleza, pues está basada en ella, y del mismo modo, la estructura de la gracia preserva la estructura de la naturaleza en el hombre. Por lo tanto, Cristo produce todo lo que es bueno en el alma a través del juicio, y lo hace con tanta dulzura que muchos caen en el error pernicioso de pensar que lo bueno que hay en ellos y sale de ellos proviene de de sí mismos, no de la obra poderosa de la gracia. Lo mismo ocurre respecto al mal; pues el diablo nos incita tan sutilmente mediante nuestra propia naturaleza, que los hombres llegan a pensar que Satanás no tiene nada que ver con sus pecados; aunque el error en este punto no es tan peligroso, porque la maldad sale de nosotros, siendo solamente incitada y promovida por el diablo; pero respecto a lo primero no existe semilla de bondad alguna en nosotros. Por el contrario, en nosotros no hay absolutamente ninguna semilla de bondad sobrenatural. Lo único que Dios encuentra en nosotros es enemistad, y solo Él ha esculpido en nuestra naturaleza una inclinación general hacia lo que juzgamos bueno. A diferencia del pasado, ahora cuando Dios nos revela lo que es particularmente bueno, nos sentimos atraídos hacia ello; y cuando nos muestra convincentemente que algo es malo, llegamos a aborrecerlo tan libremente como antes lo abrazábamos.

    Podemos concluir que estamos operando como deberíamos, cuando podemos ver que nuestras obras provienen de principios internos; es decir, nuestro proceder no solamente tiene que ver con nuestra educación, ni se debe a alguna influencia ejemplar, ni porque queremos pertenecer a un grupo; sino porque realmente practicamos la bondad porque la consideramos buena, y nos alejamos de la maldad porque la consideramos mala. Un cristiano saludable ha escogido la mejor parte al igual que María (Lucas 10:42), y sus pensamientos con el consejo se ordenan (Proverbios 20:18). Es verdad que Dios mueve a los hombres carnales a hacer buena obras, pero esto lo hace sin alterar sus convicciones. Dios obra a través de ellos, pero no en ellos; de tal manera que los impíos no aprueban el bien que pueden llegar a hacer, ni aborrecen el mal del cual se pudieran llegar a abstener.

Dónde se instaura el gobierno de Cristo

    La segunda deducción de esta conclusión es que donde se encuentran la verdadera sabiduría y el verdadero juicio, allí Cristo ha instaurado Su gobierno, pues donde se halla la sabiduría, ella no solo nos lleva a entender, sino también a ordenar bien nuestros caminos. Cuando Cristo como profeta enseña mediante Su Espíritu, también subyuga el corazón por Su Espíritu como Rey, de modo que este obedezca lo que aprende. Dios ha prometido, no solamente instruir el cerebro, sino enseñar el corazón, de tal manera que los hombres no solo saben lo que tienen que hacer, sino se les concede el poder hacerlo. No solo aprenden que deberían amar, temer y obedecer, sino que también aprenden el amor, el temor y la obediencia. Cristo afianza Su trono en el corazón mismo, y consecuentemente altera su dirección, de manera que no solo les enseña a sus súbditos a ser buenos, sino que también los transforma en personas buenas. Los otros príncipes pueden hacer leyes buenas, pero no pueden escribirlas en los corazones de su pueblo (Jeremías 31:33). Esa es la prerrogativa de Cristo: Él infunde Su propio Espíritu en Sus súbditos. En Él no solo reposa el espíritu de sabiduría e inteligencia, sino también el espíritu de temor de Jehová (Isaías 11:2). El conocimiento que Él nos da de Sí mismo es un conocimiento transformador (2 Corintios 3:18). El mismo Espíritu que ilumina la mente también inspira las inclinaciones hacia la gracia en la voluntad y los afectos, y le infunde vigor a todo el hombre. El hombre sobre el que opera la gracia no solo juzga como debe hacerlo, sino que también se inclina hacia lo que juzga y lo hace. Su vida es un comentario de su hombre interior. En esta persona existe entonces, una dulce armonía entre la verdad de Dios, su juicio y su manera de vivir.

Cómo nos gobierna Cristo

    El corazón del cristiano es como Jerusalén en su mejor momento, una ciudad que está bien unida entre sí (Salmo 122:3), donde están las sillas del juicio (Salmo 122:5). El juicio debería tener su trono en el corazón de cada cristiano. No es que el juicio por sí solo vaya a provocar un cambio; es necesario que la gracia altere la predisposición y la tendencia de la voluntad antes de que esta se deje influenciar por el entendimiento. Dios ha unido estas cosas, de tal manera que cuando resplandece en el entendimiento, a su vez concede un corazón sensible y sumiso. Esto es así, ya que sin una obra del Espíritu de Dios en el corazón, la persona seguiría sus propias inclinaciones hacia lo que ama, aunque su intelecto dijera lo contrario. No hay una correlación natural entre el corazón no santificado y el juicio santificado, pues el corazón que no ha sido cambiado no permitirá que el juicio concluya fría y sobriamente lo que es mejor; será como un enfermo que, mientras el cuadro febril le corrompe el paladar, tiene más deseos de complacerlo que de escuchar lo que el médico tiene que decir. El juicio no tiene poder sobre sí mismo si la voluntad no está subyugada, pues la voluntad y los afectos lo sobornan para que dé un veredicto a su favor cada vez que el provecho o el placer compiten con lo que el juicio solo considera bueno en términos generales. Por lo tanto, la mayoría de las veces el corazón tiene el poder de decidir lo que el entendimiento juzga y determina en los casos específicos. Si la gracia ha subyugado al corazón, las pasiones incontrolables no crean una niebla que le impide al entendimiento ver lo que es mejor en los casos específicos. Las consideraciones viles, que surgen del amor por nosotros mismos, no cambian la situación ni sesgan el juicio para que opine lo contrario, sino que lo que es bueno en sí mismo será bueno para nosotros, aunque entre en conflicto con nuestros propios intereses mundanos.

Consecuencias prácticas

    Entender correctamente esta verdad produce consecuencias prácticas, lo que me lleva a explicarlas con más detalle. Nos enseña cuál es el método correcto de la piedad: comenzar con el juicio, y luego rogarle a Dios que nos dé iluminación e inclinaciones santas en la voluntad y los afectos para que así se instaure en nuestro corazón un gobierno perfecto y que nuestro conocimiento sea «en buen juicio» (Filipenses 1:9, NVI), es decir, que involucre la experiencia y los sentimientos. Cuando el juicio de Cristo es instaurado en nuestros juicios y así, irrumpe en nuestros corazones por el Espíritu de Cristo, se halla en la posición y el trono que le corresponden. Hasta entonces, la verdad no nos sirve de nada, sino solo contribuye a condenarnos. La vida del cristiano es una vida regular, y el que anda conforme a la regla (Gálatas 6:16) de la nueva criatura, paz será sobre él. El que menosprecia el camino de Dios y ama vivir a lo grande, procurando todas las libertades de la carne, morirá (Proverbios 19:16). Y eso lo confirma Pablo: «Si vivís conforme a la carne, moriréis» (Romanos 8:13).

    Asimismo, aprendemos que los hombres que llevan una vida desordenada no tienen un juicio verdadero. Ningún impío puede ser sabio. Sin el Espíritu de Cristo, el alma está confusa, sin forma ni belleza, como estaban todas las cosas en el caos que antecedió a la Creación. Toda el alma está fuera de lugar hasta que es rectificada por aquel cuyo oficio es «restaurar todas las cosas». La parte más vil del alma, que debería estar sujeta, rige todo y subyuga todas las verdades presentes en el entendimiento, por pequeñas que sean, manteniéndolo cautivo a los bajos afectos. Y Satanás, mediante la corrupción, conquista todas las fortalezas del alma hasta que Cristo, que es más fuerte que él, viene y lo echa fuera, tomando posesión de todas las facultades y las partes del alma y del cuerpo para que sean armas de justicia a Su servicio. Entonces se cumple el dicho: «Amo nuevo, leyes nuevas». Cristo, el nuevo Vencedor, cambia las leyes fundamentales del viejo Adán y establece Su propio gobierno.

martes, 7 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

11. El juicio y la victoria de Cristo

    Ahora pasamos a la última parte de nuestro texto, que tiene que ver con el progreso constante del poder de la gracia de Cristo hasta llegar a establecer un gobierno absoluto en nosotros que prevalecerá sobre todas las corrupciones. Aquí se dice que avivará los comienzos de Su gracia en nosotros hasta «que saque a victoria el juicio» (Mateo 12:20).

El juicio de Cristo establecido en nosotros

    La palabra juicio se refiere aquí al reino de la gracia en nosotros, al gobierno mediante el cual Cristo erige un trono en nuestros corazones. Los gobernantes de los judíos primero eran llamados jueces y luego reyes, razón por la cual este dominio interno es denominado juicio. Otro motivo es que concuerda con el juicio de la Palabra, que el salmista llama muchas veces juicio (por ejemplo, en el Salmo 72:1,2) porque concuerda con el juicio de Dios. El hombre puede leer su perdición en la Palabra de Dios. El juicio que ella emite sobre ellos lo emite Dios. Cuando este juicio se establece en nosotros, el bien es discernido, permitido y realizado, y el pecado es juzgado, condenado y ajusticiado. Como nuestro espíritu está sometido al Espíritu de Cristo, es gobernado por Él, y hasta donde es gobernado por Cristo, nos gobierna con gracia.

    Cristo y nosotros tenemos un mismo juicio y una misma voluntad. Su voluntad es hecha en nosotros, y Sus juicios están dotados de tanta autoridad en nosotros que se transforman en nuestro juicio, pues tenemos Su ley en nuestros corazones, escrita allí por Su Espíritu (Jeremías 21:33). La ley del hombre interior y la ley escrita son copias idénticas.

    Entonces, el significado es que la tendencia a la santidad que el Espíritu de Cristo ha establecido en nuestros corazones por Su gracia seguirá progresando hasta que todos los poderes contrarios sean subyugados. El espíritu de juicio será un espíritu de devastación (Isaías 4:4) que consumirá toda corrupción hostil que corroe el alma cual óxido. Si los edificadores de Dios caen en errores y construyen hojarasca sobre el buen fundamento, el Espíritu de Dios, como un fuego espiritual, lo revelará a Su tiempo (1 Corintios 3:13) y destruirá esa hojarasca. Por el espíritu de juicio, los edificadores condenarán sus propios errores y caminos. Toda la obra de la gracia en nosotros nos es presentada bajo el nombre de juicio, y a veces, de sabiduría, pues el juicio es la parte principal y preponderante de la gracia, de modo que la gracia del arrepentimiento es llamada un cambio de mente y una sabiduría posterior. Por otro lado, en las lenguas clásicas las palabras que expresan la idea de la sabiduría también implican un deleite general de toda el alma, y la percepción del gusto por sobre la vista o cualquier otro sentido, pues el gusto es el sentido más necesario y el que requiere la aplicación más cercana del objeto que percibe. De igual manera, en la vida espiritual es sumamente necesario que el Espíritu cambie el paladar del alma para que pueda deleitarse tanto en el sabor de las cosas del Espíritu que pierda el gusto por todo lo demás.

    Y así como es cierto que el juicio de Cristo será victorioso en cada cristiano, también es cierto que lo será en todo el cuerpo de los cristianos, la Iglesia. El gobierno de Cristo y de Su verdad, mediante la cual Él rige como con un cetro, a la larga será victorioso a pesar de Satanás, del anticristo y de todos los enemigos. Cristo, que cabalga sobre Su caballo blanco (Apocalipsis 6:2), tiene un arco y sale venciendo en el ministerio para imponerse, ya sea mediante la conversión o la confusión. Sin embargo, pienso que la palabra juicio se refiere principalmente al Reino de Cristo y a Su gobierno en interior, en primer lugar, porque Dios requiere especialmente la sumisión del alma y la conciencia, que es el trono que Le corresponde; y, en segundo lugar, porque si el juicio prevalece en todos los que nos rodean, pero no en nuestros propios corazones, eso no nos daría ningún consuelo. Por lo tanto, lo primero que deseamos cuando oramos «Venga tu Reino» es que Cristo venga a reinar en nuestros corazones. El Reino de Cristo en Sus ordenanzas tiene la sola función de llevar a Cristo al lugar que le pertenece: nuestros corazones.

    Si explicamos las palabras así, entendiendo que este juicio incluye el gobierno de la mente, la voluntad y los afectos, hay varias conclusiones que se desprenden naturalmente de ellas.

La dulzura y el gobierno de Cristo

    La primera conclusión que surge al conectar esta parte del versículo con la anterior es que Cristo es tan dulce como hemos visto con el propósito de establecer Su gobierno en las personas con las que es tan bueno y tierno. Él perdona de esa manera para que lo obedezcan como Rey; nos toma por esposa para que lo obedezcamos como Marido. El mismo Espíritu que nos convence de que necesitamos que Su justicia nos cubra, también nos convence de que es necesario que Su gobierno nos rija. Su amor por nosotros lo hace moldearnos para que seamos como Él, nuestro amor por Él nos impulsa a convertirnos en personas en las que Él puede deleitarse y nuestra fe y esperanza no pueden ser mayores a nuestro interés en ser purificados como Él es puro. Nos transforma en gobernadores subordinados, sí, en reyes bajo Su autoridad, y nos da gracia, no solo para luchar contra nuestros afectos viles, sino también para subyugarlos en cierta medida. Uno de los principales frutos de la exaltación de Cristo es que puede convertirnos a todos de nuestra maldad (Hechos 3:26). «Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven» (Romanos 14:9). Dios ha prometido bajo juramento concedernos que «librados de nuestros enemigos, sin temor» le sirvamos «en santidad y en justicia delante de Él» (Lucas 1:75), y no solo delante del mundo.

El perdón nos lleva a la obediencia

    Esto puede servir como un examen para discernir quién puede reclamar con justicia la misericordia de Cristo. Solo los que toman Su yugo y tienen por mayor dicha estar bajo Su gobierno que gozar cualquier libertad de la carne; solo los que toman al Cristo completo y no seleccionan exclusivamente lo que puede coexistir con su contentamiento presente; solo los que no separan a Jesús de Su señorío, creando así a un Cristo a su imaginación, son los que pueden hacer este reclamo. Nunca ha habido nadie que desee verdaderamente la misericordia del perdón sin desear también la misericordia de la sanación. David ora pidiendo un espíritu nuevo además del sentido de la misericordia perdonadora (Salmo 51:10).

La justificación nos lleva a la santificación

    Esto también nos muestra el error de los que solo hacen que Cristo nos sea hecho justicia, pero no santificación (salvo en el sentido de la imputación). En realidad, gran parte de nuestra felicidad consiste en estar bajo un Señor que no solo nació por nosotros y nos fue dado a nosotros, sino que también tiene el principado sobre su hombro (Isaías 9:6, 7). Él es tanto nuestro Santificador, como nuestro Salvador por el poder de Su Espíritu, librándonos del poder de la culpa del pecado por el mérito de Su muerte. Debemos entonces recordar siempre estas cosas:

    1. El primer fundamento de nuestro consuelo, y el principal, es que Cristo como Sacerdote se ofreció a Sí mismo en sacrificio al Padre por nosotros. El alma culpable huye primero a Cristo crucificado, hecho por nosotros maldición. Por eso Cristo tiene derecho a gobernarnos y por eso nos da Su Espíritu como guía para llevarnos a casa.

    2. Durante el curso de nuestra vida, una vez que estamos en el estado de la gracia, si somos sorprendidos por cualquier pecado, tenemos que recordar acudir primero a la misericordia de Cristo para nuestro perdón y luego a la promesa de Su Espíritu para que nos gobierne.

    3. Y cuando sentimos que nos enfriamos en los afectos y el deber, lo mejor que podemos hacer es calentarnos al fuego de Su amor y misericordia, que lo llevaron a darse a Sí mismo por nosotros.

    4. Además, recuerden esto: que Cristo nos rige por un Espíritu de amor -por el sentido de Su amor-, y por eso Sus mandamientos nos son fáciles. Nos guía por Su Espíritu libre, un Espíritu de libertad. Sus súbditos son voluntarios. El apremio que imprime en Sus súbditos es el del amor. Nos lleva dulcemente con las cuerdas del amor. Sin embargo, recuerden también que nos arrastra fuertemente por el Espíritu de poder, pues no basta que el amor de Cristo que lo llevó a darse a Sí mismo para justificarnos nos dé motivos e incentivos para amarlo y obedecerle, sino que también es necesario que el Espíritu de Cristo subyugue nuestros corazones y los santifique para que lo amemos; sin eso, todos los motivos serán ineficaces.

    Nuestra disposición debe cambiar. Debemos ser nuevas criaturas. Los que buscan el amor espiritual en un corazón que no ha sido cambiado buscan el cielo en el infierno. Cuando un niño obedece a su padre, lo hace porque hay razones que lo persuaden y también por la naturaleza filial que le da vigor a esas razones. Es natural que, hasta donde ha sido renovado, el hijo de Dios ame a Cristo, no solo porque la razón lo incentiva a hacerlo, sino también por un principio y una obra de gracia interna, que les dan la fuerza principal a esas razones. Primero llegamos a ser participantes de la naturaleza divina y luego el Espíritu de Cristo nos incita y guía fácilmente a los deberes espirituales.