Versículo para hoy:

domingo, 26 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)


16. Del conflicto a la victoria

El texto también implica que la prevalencia del gobierno de Cristo no llegará sin batallas. No puede haber victoria donde no hay ningún combate. En Isaías se dice: «sacará el juicio a verdad» (Isaías 42:3, RVR 1909). En Mateo se dice que sacará «a victoria el juicio» (Mateo 12:20). La palabra «sacar» tiene un sentido más intenso en el texto original –sacar con fuerza-, lo que muestra que donde Su gobierno es genuino, será resistido hasta que obtenga la ventaja. Nada enfrenta tanta oposición como Cristo y Su gobierno, tanto en nuestro interior como en el exterior (y en nuestro interior mayormente en la conversión). Aunque la corrupción no prevalece al punto de invalidar la poderosa obra de la gracia, no solo existe la posibilidad de resistirla, sino que también hay una tendencia a resistirla, y no solo una tendencia, sino también una resistencia concreta contra la obra del Espíritu de Cristo, y eso en cada acción. Sin embargo, la resistencia no prevalece al punto de invalidar la obra de la gracia, sino que la corrupción a la larga cede ante la gracia.

         Llevar a Cristo al corazón y erigir un tribunal para que Él juzgue allí conlleva muchas dificultades. Hay un ejército de concupiscencias que se amotinan contra Él. Todo el vigor de la mayor parte de los esfuerzos y las capacidades del hombre está dirigido a impedir que Cristo rija en el alma. La carne sigue esforzándose por conservar su propio gobierno y, por lo tanto, desacredita a viva voz todo lo que la perturba (por ejemplo, las benditas ordenanzas de Dios) y tiene en alta estima todas las cosas, por muertas y vacías que sean, que le otorgan la libertad de la carne.

¿Por qué es resistido el gobierno de Cristo?

No es sorprendente que el gobierno espiritual de Cristo sea resistido así:

         Primero, porque es un gobierno, y eso limita el curso de la voluntad y pone freno a sus deambulaciones. Todo lo natural resiste a lo que se le opone y, por lo tanto, la voluntad corrupta se esfuerza por echar abajo todas las leyes y considera que es noble no sentir miedo, que experimentar temor es una muestra de un espíritu inferior, aunque sea temor de Dios mismo. Piensa así hasta que el peligro inevitable se apodera del hombre. Entonces, los que menos temían cuando no estaban en peligro son los que más temen en el peligro, como vemos en el caso de Belsasar (Daniel 5:6).

         Segundo, porque es un gobierno espiritual, y, por lo tanto, la carne lo tolera aún menos. El gobierno de Cristo pone en obediencia incluso los pensamientos y deseos, que son el flujo más inmediato y libre del alma. Aunque alguien pudiera controlar su comportamiento toda su vida, al grado de no cometer ofensas externas, aún así a los ojos de Cristo la mente puesta en la carne es muerte (Romanos 8:6 NBLA). Él contempla la mente carnal con más odio que cualquier ofensa específica.

         Alguien podría objetar: «Pero el Espíritu de Cristo está en aquellos que tienen una mente terrenal en cierto grado». Eso es cierto, pero no está allí para permitirla y conservarla, sino para resistirla, subyugarla y, a la larga, conquistarla. Los hombres carnales desean unir a Cristo y a la carne, y estarían contentos de someterse al Señor con ciertas reservas. Pero Cristo no será subalterno de ningún afecto vil, y por lo tanto, si permitimos en nosotros cualquier concupiscencia pecaminosa, eso demuestra que nunca le entregamos las llaves a Cristo para que nos gobierne.

         Tercero, este juicio es resistido porque es un juicio y a las personas no les gusta ser juzgadas y censuradas. Pues bien, Cristo, con Su verdad, las emplaza, pronuncia un veredicto contra ellas y las obliga a comparecer ante el juicio final del gran día; por eso, el hombre pretende juzgar la verdad que lo juzgará a él. Pero la verdad es demasiado fuerte para el hombre. El hombre ahora tiene su día, que Pablo llama «día humano» (1 Corintios 4:3 [nota marginal])7, durante el cual se sienta en el estrado y usurpa el juicio sobre Cristo y Sus caminos, pero Dios tiene un día en que rectificará todas las cosas, y Su juicio perdurará. Los santos tendrán su tiempo en que se sentarán para juzgar a los que ahora los juzgan a ellos (1 Corintios 6:2). En el intertanto, Cristo domina en medio de Sus enemigos (Salmo 110:2), aun en medio de nuestros corazones.

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7 Aquí Sibbes está haciendo referencia a la 1599 Geneva Biblie que tiene esta nota marginal.

 

Debemos esperar resistencia

Por lo tanto, no es una muestra de que estamos en una buena condición que encontremos todo tranquilo, sin ninguna resistencia, pues ¿podemos imaginarnos que la corrupción, el elemento más antiguo en nosotros, y Satanás, el fuerte que tiene muchas fortalezas en nuestro interior, cederán su terreno tranquilamente? No, apenas el diablo descubre un pensamiento bondadoso, se une a la corrupción para matarlo tan pronto nace. Y así como la crueldad de Faraón estaba especialmente dirigida a los niños varones, así también la malicia de Satanás está dirigida especialmente a las resoluciones más religiosas y varoniles.

         Siempre debemos esperar que donde llegue Cristo, habrá oposición. Cuando Cristo nació, toda Jerusalén se turbó, y cuando Cristo nace en alguna persona, el alma se halla en un tumulto, y todo debido a que el corazón no está dispuesto a rendirse para dejar que Cristo lo rija.

         Cada vez que Cristo viene, trae división, no solo entre el hombre y su propio yo, sino también entre los distintos hombres y entre las distintas iglesias. De estas perturbaciones Cristo no es más responsable que la medicina de la agitación del cuerpo enfermo. Los agentes patógenos son la verdadera causa, pues el propósito de la medicina es restaurar la salud. Sin embargo, Cristo considera adecuado que los pensamientos del corazón del hombre sean revelados, y ha sido puesto tanto para la caída como para el levantamiento de muchos en Israel (Lucas 2:34).

         De esta manera queda manifiesta la locura desesperada del hombre, pues prefiere ser guiado por sus propias concupiscencias –y, en consecuencia, por el mismísimo diablo- para su destrucción eterna que colocar los pies en los grilletes de Cristo y el cuello bajo Su yugo, aun cuando de hecho, el servicio de Cristo es la única libertad genuina. Su yugo es un yugo fácil, Su carga es como la carga de las alas del ave, que solo la hacen volar más alto. El gobierno de Satanás consiste en una esclavitud a la cual Cristo entrega a aquellos que rechazan Su gobierno (otorgándole a Satanás y a sus demonios poder sobre ellos). Como no quieren recibir «el amor de la verdad» (2 Tesalonicenses 2:10), tómalos, Jesuita, tómalos, Satanás; ciégalos, encadénalos y guíalos a la perdición. Los que más se otorgan libertades para pecar son los esclavos más grandes, ya que son los esclavos más voluntarios. La voluntad es lo mejor o lo peor de las cosas. Mientras más avanza el hombre en el curso de su propia voluntad, más se hunde en su rebelión, y mientras más resiste a Cristo haciendo lo que él mismo desea, más sufrirá un día lo que no quiere sufrir. En el intertanto, estas personas son prisioneras en sus propias almas, sus conciencias están esclavizadas al juicio póstumo de Aquel cuyo juicio no quieren aceptar en la vida. ¿Y acaso no es justo que vayan a verlo como un Juez severo que las condenará cuando no quisieron recibirlo como un Juez afable para regirlas?

Nuestra victoria en Cristo es segura

En conclusión, y como aplicación general de todo lo que se ha dicho, vemos el estado conflictivo, pero a la vez seguro y esperanzador del pueblo de Dios. La victoria no radica en nosotros, sino en Cristo, quien ha asumido la tarea de conquistar por nosotros y también en nosotros. La victoria no radica en nuestra propia fuerza para obtenerla ni en la fuerza de nuestros enemigos para impedirla. Si dependiera de nosotros, tendríamos buenos motivos para temer. Pero Cristo mantendrá Su propio gobierno en nosotros y tomará nuestro lado contra nuestras corrupciones que son tanto Sus enemigos como los nuestros. Por eso, fortalezcámonos «en el Señor, y en el poder de su fuerza» (Efesios 6:10). No pongamos tanto la mirada en quiénes son nuestros enemigos, sino más bien en Quién es nuestro Juez y Capitán, no en lo que ellos amenazan, sino en lo que Él promete. Tenemos más por nosotros que contra nosotros. ¿Qué clase de cobarde no pelearía cuando está seguro de la victoria? En esta batalla nadie es derrotado sino el que no quiere pelear. Por lo tanto si hay pereza vil en nosotros, identifiquemos eso como la causa del problema.

         El desánimo provocado por la incredulidad y el mal reporte de la buena tierra dado por los espías hicieron que Dios jurara en Su ira que no entrarían en Su reposo. Tengamos cuidado, no sea que el espíritu del desaliento, que surge de la aparente dificultad y desgracia involucrada en los buenos caminos de Dios, provoque a Dios a privarnos del ingreso al cielo. Vemos aquí qué es lo que podemos esperar que nos llegue del cielo. Oh, amados, es un consuelo tener un concepto correcto de Cristo, conocer el amor, la misericordia y el poder que están guardados para nosotros en el seno de Cristo. Decimos que tener un buen concepto del médico es la mitad de la cura. Hagamos uso de esta misericordia y este poder cada día en nuestros combates cotidianos: «Señor Jesús, Tú has prometido que no apagarás el pábilo que humea ni quebrarás la caña cascada. Fomenta Tu gracia en mí, no me dejes a mí mismo; la gloria será Tuya». No permitamos que Satanás nos quiera cambiar a Cristo, ni que lo pretenda presentar como alguien distinto a como Él es para con los Suyos. Cristo no nos dejará hasta que nos haya hecho como Él mismo, totalmente gloriosos por dentro y por fuera, y nos haya presentado sin mancha delante de Su Padre (Judas 24).

         ¡Es un verdadero consuelo saber que no siempre tendremos los mismos conflictos con nuestro corazón rebelde! Esforcémonos durante un breve tiempo, y seremos felices por siempre. Cuando nos veamos atribulados por nuestros pecados, pensemos que Cristo ha recibido del Padre la orden de no apagar «el pábilo que humeare» hasta que lo haya subyugado todo. Esto coloca en nuestras manos un escudo con el que podremos hacer rebotar «todos los dardos de fuego del maligno» (Efesios 6:16). Satanás objetará: «Eres un gran pecador». Podemos responder: «Cristo es un Salvador poderoso». Sin embargo, él objetará: «No tienes fe ni amor». «Sí, tengo una chispa de fe y amor». «Pero Cristo no va a tener eso en consideración». «Sí lo va a hacer, Él no apagará el pábilo que humeare». «Pero eso es tan pequeño y débil que se desvanecerá y no servirá para nada». «No, al contrario, Cristo lo avivará hasta que saque a victoria el juicio». Cuando creímos por primera vez, luchamos con Dios y vencimos (por así decirlo) al creer el perdón de nuestros pecados, a pesar de la culpa de nuestras conciencias y de Su justicia absoluta. Ahora, habiendo vencido con Dios, y aprendido a ejercer la fe ¿qué puede oponerse a nosotros?

         Oh, qué gran humillación le causa a Satanás el hecho de que tenga que esforzarse tanto para apagar una pobre chispa, sin conseguirlo. Oh qué gran humillación es el hecho de que un grano de mostaza sea más fuerte que las puertas del infierno, al grado de que pueda remover las montañas de las oposiciones y tentaciones del diablo y de nuestros corazones rebeldes para con Dios. Abimelec no pudo soportar que se dijera «Una mujer lo mató» (Jueces 9:54), y por lo tanto debe ser un gran tormento para Satanás el hecho de que un niño débil, una mujer, un anciano decrépito puedan hacerlo huir mediante un espíritu de fe.

Atesoren hasta la menor medida de gracia

Ya que donde hay un poco de gracia genuina hay tanto consuelo que esta será victoriosa, examinemos con frecuencia lo que Dios ha obrado en nosotros, consideremos tanto nuestro bien como nuestro mal, y sintamos más gratitud a Dios incluso por la menor medida de gracia que por cualquier cosa externa. Esa gracia será de más utilidad y consuelo que todo este mundo, que pasará y quedará reducido a nada. Sí, seamos agradecidos por esa victoria prometida y garantizada en que podemos descansar sin presunción como lo hace Pablo: «Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 15:57). Vean una llama en la chispa, un árbol en la semilla. Vean grandes cosas en los comienzos pequeños. No miren tanto el comienzo como la perfección, y así estaremos, en cierta medida gozosos y agradecidos de Cristo.

         Tampoco debemos concluir que si no tenemos una gran medida de gracia, no tenemos nada de gracia, pues la fe y la gracia no consisten en una medida indivisible, como si el que no tiene tal o cual medida no tuviera nada en absoluto. Por el contrario, así como hay una gran diferencia entre una chispa y una llama, también hay una gran diferencia entre la menor y la mayor medida de gracia, y el que tiene la menor medida está dentro del círculo del favor eterno de Dios. Aunque no sea una luz brillante, sí es una mecha humeante que el tierno cuidado de Cristo no le permitirá apagar.

Estímulos para acudir a Cristo

Y que todo lo que se ha dicho atraiga a los que aún no están en un estado de gracia, de modo que se pongan bajo el gobierno dulce y victorioso de Cristo, pues, aunque tendremos mucha oposición, si nos esforzamos Él nos ayudará. Si fallamos, Él nos preservará. Si somos guiados por Él, venceremos. Si vencemos, de seguro seremos coronados. Vemos la gran desolación del estado actual de la Iglesia, pero consolémonos, pues la causa de Cristo prevalecerá. Cristo reinará hasta que Sus enemigos se transformen en el estrado de Sus pies (Salmo 110:1), estrado que no solo será pisado por Él, sino que también lo ayudará a elevarse aún más en gloria. Babilonia caerá: «porque poderoso es Dios el Señor, que la juzga» (Apocalipsis 18:8). El juicio de Cristo será victorioso, no solo en Sus hijos, sino también sobre Sus enemigos, pues es «Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19:16). Dios no tolerará para siempre que el anticristo y sus partidarios se rebelen y se ensoberbezcan en la Iglesia como ahora lo hacen.

Cristo es la esperanza de la Iglesia

Si miramos la condición actual de la Iglesia de Cristo, es como un Daniel rodeado de leones, como el lirio entre las espinas, como un navío que no solo es llevado por las olas, sino que por poco está cubierto por ellas. Su condición es tan baja que los enemigos piensan que han enterrado a Cristo, en cuanto a Su evangelio, en la tumba y piensan que allí le impedirán levantarse. Sin embargo, así como Cristo resucitó personalmente, también quitará todas las piedras y volverá a levantarse en Su Iglesia. ¡Qué poco apoyo tienen la Iglesia y la causa de Cristo en la actualidad! ¡Cuán fuerte es la conspiración en su contra! El espíritu del anticristo está ahora alzado y marcha furioso. Pareciera que las cosas penden de un hilo diminuto e invisible. Pero nuestro consuelo es que Cristo vive, reina y está en el monte Sión para defender a los que están a favor de Su causa (Apocalipsis 14:1). Y cuando los estados y los reinos se desmenucen entre sí, Cristo cuidará de Sus propios hijos y Su propia causa, pues no hay nada más en el mundo que Él estime tanto. En este mismo instante, la liberación de Su iglesia y la ruina de Sus enemigos están en progreso. No vemos que nada se mueva mientras Cristo hace la obra, pero veremos que el Señor reina.

         Cuando Cristo y Su Iglesia están en su punto más bajo, están más cerca de la exaltación. Cuando sus enemigos están en su punto más alto, están más cerca de la caída. Los judíos aún no se han alistado bajo el estandarte de Cristo, pero el Dios que ha persuadido a Jafet para que more en las tiendas de Sem (Génesis 9:27) persuadirá a Sem para que more en las tiendas de Jafet. La «plenitud de los gentiles» aún no ha entrado (Romanos 11:25), pero Cristo, que ha recibido por posesión los confines de la tierra (Salmo 2:8), reunirá a todas las ovejas que Su Padre le dio en un redil, para que haya un rebaño y un Pastor (Juan 10:16). Los judíos fieles se regocijaban al pensar en el llamamiento de los gentiles, ¿por qué no deberíamos regocijarnos nosotros al pensar en el llamamiento de los judíos?

         Hasta ahora, el curso del evangelio ha sido como el del sol, de oriente a occidente, y de igual manera, en el momento de Dios, puede seguir progresando hacia occidente. Ninguna criatura puede impedir el avance del sol, detener la influencia del cielo, impedir el soplo del viento, ni mucho menos entorpecer el poder prevalente de la verdad divina hasta que Cristo haya colocado todo bajo una Cabeza y luego le presente todo a Su Padre: «Estos son los que me has dado; estos son los que me han recibido como su Señor y Rey, los que han sufrido conmigo. Mi voluntad es que estén donde Yo estoy y reinen conmigo». Entonces le entregará el Reino a Su Padre y acabará con todos los otros regímenes, autoridades y poderes (1 Corintios 15:24).

La fe prevalecerá

Por lo tanto, hagamos que nuestro corazón adopte resoluciones santas y determinémonos a hacer lo bueno y a oponernos a lo malo, tanto en nosotros mismos como en los demás, en conformidad a nuestras vocaciones, con el incentivo de que la gracia y el poder de Cristo irán con nosotros. ¿Qué habría sido de aquella gran obra de Reforma de la religión en la reciente primavera del evangelio, si aquellos hombres no se hubieran armado de valor invencible para vencer todos los obstáculos, y además si no se hubieran armado con la fe de que la causa era de Cristo, Quien es fiel para Sí mismo? Lutero confesó ingenuamente que muchas veces actuó de forma desconsiderada y movido por diversas pasiones. Pero aunque admitió eso, Dios no lo condenó por sus errores, ya que la causa era Divina, y Lutero se esforzó por ser un hombre santo, por promover la verdad y por ser poderoso en oración y fuerte en la fe. Por lo tanto Dios lo usó para encender un fuego que el mundo entero jamás será capaz de apagar. Conforme a nuestra fe es nuestro estímulo para realizar todos los deberes; por lo tanto, fortalezcamos la fe, de modo que ella fortalezca todas las otras gracias. La mera creencia en que la fe será victoriosa es un medio para hacer que en verdad lo sea. Por lo tanto, crean que, aunque muchas veces es como un pábilo que humea, igualmente prevalecerá. Si incluso prevalece con Dios en las pruebas, ¿no prevalecerá sobre toda otra oposición? Esperemos un tiempo: «estad firmes, y ved la salvación» de Jehová (Éxodo 14:13).

         Que el Señor Se revele cada vez más a nosotros en la faz de Su Hijo Jesucristo, que magnifique el poder de Su gracia avivando los comienzos de la gracia en medio de nuestras corrupciones y que santifique la meditación en nuestras propias debilidades para que nos humillemos y para que seamos animados por Su tierna misericordia. Que también nos persuada de que no nos echará fuera por nuestras corrupciones (que lo contristan, y que a nosotros nos hacen sentir miserables) debido a que nos ha recibido en el pacto de gracia. Y debido a que Satanás se esfuerza por oscurecer la gloria de la misericordia divina, y de estorbar nuestro consuelo mediante desánimos, que el Señor entonces quiera concedernos el usar correctamente Su gracia para no perder ninguna parte del consuelo que nos ha dado en Cristo; y que nos conceda que el poder victorioso del Espíritu Santo en nosotros sea una evidencia de la veracidad de la gracia, y una garantía de la victoria final, cuando Él será el todo en todos los Suyos, por la eternidad. Amén.

miércoles, 22 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)


15. El triunfo público de Cristo

No solo se dice que el juicio será victorioso, sino también que Cristo lo sacará a victoria abiertamente. Esto nos permite ver que la gracia se transformará en gloria y será puesta ante los ojos de todos. En la actualidad, Cristo triunfa y consigue Sus propios objetivos, pero lo hace, hasta un cierto punto, de manera invisible. Sus enemigos dentro y fuera de nosotros parecen prevalecer. Pero Él sacará el juicio a la victoria, a plena vista de todos. Los impíos, que ahora cierran sus ojos ante esta verdad, la verán para su tormento. Los hombres astutos no tendrán el poder de ver o dejar de ver lo que ellos quieran. Cristo tendrá poder sobre sus corazones, y de la misma manera en la que Su ira caerá sobre sus almas (aunque ellos no lo quieran), así también Cristo controlará los ojos de sus almas, para que ellos puedan ver y conocer su triste miseria. El dolor se apoderará de todos sus sentidos, y todos sus sentidos serán saturados de dolor.

         Entonces se borrarán todas las apariencias falsas que les dan a las cosas. El hombre desea tener la reputación de la bondad y al mismo tiempo la dulzura de la maldad. No contradice nada con tanta sinceridad como la verdad que lo deja desnudo ante sí mismo y ante los ojos de los demás, pues su preocupación principal es saber cómo engañar al mundo y a su propia conciencia. Sin embargo, llegará el momento en que serán sacados de ese paraíso del necio, y mientras más astuta haya sido su manipulación de las cosas, mayor será su vergüenza.

La gloria manifiesta de Cristo en sus miembros

Cristo, a quien Dios ha elegido para exponer la mayor gloria de Sus excelencias, está ahora velado en relación con Su cuerpo, la Iglesia, pero volverá en breve para ser glorificado en Sus santos (2 Tesalonicenses 1:10), y no escatimará en manifestar claramente ninguno de Sus atributos. Declarará a todo el mundo lo que Él es, y entonces no habrá gloria alguna fuera de la de Cristo y de Su esposa. Los que ahora son como pábilos que humean entonces brillarán como el sol en el firmamento (Mateo 13:43), y su derecho será exhibido como el mediodía (Salmo 37:6).

         La imagen de Dios en Adán tenía una cierta majestad imponente, de modo que todas las criaturas lo reverenciaban. Con mayor razón, la imagen de Dios en su perfección demandará el respeto de todos. Incluso ahora en el corazón de los más grandiosos está implantado un respeto secreto hacia aquellos en los que se aprecia el brillo de cualquier gracia. Por esto fue que Herodes le temía a Juan el Bautista; pero si así sucede ahora ¿cómo será en el día de la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8:19)?

         Habrá tiempos más gloriosos, en que los reinos del mundo vendrán a ser los reinos de nuestro Señor y de Su Cristo (Apocalipsis 11:15), y Él reinará para siempre. Entonces el juicio y la verdad tendrán su victoria. Entonces Cristo abogará por Su propia causa. La verdad no será nunca más llamada herejía y cisma, y la herejía no será más llamada doctrina católica. La impiedad ya no podrá enmascararse ni camuflarse. La bondad se mostrará en su propio lustre y brillará con luz propia. Las cosas serán lo que son: «Nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado» (Mateo 10:26). Nunca más se ejecutará la iniquidad en lo oculto. Los impostores profundos que creen poder ocultar sus consejos del Señor ya no serán invisibles como si estuvieran ocultos tras las nubes. Cristo no apagará ni la menor de las chispas encendidas por Él mismo, pero sí sofocará hasta las llamas más hermosas de las bellas apariencias que no vienen de lo alto.

Sigan la sinceridad y la verdad

Si creyeran esto, los hombres tendrían en mayor estima la sinceridad, que es lo único que nos puede dar valentía, y no buscarían cubiertas para su vergüenza, pues si confiamos en ellas, no solo nos harán más presuntuosos ahora, sino que también nos expondrán a una vergüenza aún mayor en el futuro.

         Si el juicio saldrá a luz a victoria, entonces los que se han regido según sus propios corazones engañosos y los espíritus de error saldrán a la luz para desgracia. El Dios que ha ligado la gracia y la verdad con el honor ha también ligado el pecado y la vergüenza a la postre. Ni toda la astucia y el poder del hombre podrán separar jamás lo que Dios ha unido. Puede que la verdad y la piedad sean pisoteadas por un tiempo, pero, así como los dos testigos (Apocalipsis 11:11) resucitaron luego de ser asesinados y se pararon sobre sus pies, así también todo lo que es de Dios a la postre se pondrá de pie sobre su propio fundamento. Habrá una resurrección, no solo de cuerpos, sino también de reputaciones. ¿Podemos imaginarnos que el que arrojó a los ángeles del cielo permitirá que el polvo y la comida de los gusanos corra en dirección contraria a Él y siga haciéndolo por siempre? No, así como es cierto que Cristo es «Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19:16), también es cierto que desmenuzará todos los terrones de tierra que se levantan contra Él «como vasija de alfarero» (Salmo 2:9). ¿Alguna vez ha habido alguien que se airara contra Dios y prosperara (Job 9:4)? No, indudablemente la ira del hombre se transformará en alabanza para Cristo (Salmo 76:10). Lo que se dijo de Faraón se dirá de todos los enemigos impetuosos que prefieren perder sus almas antes que perder sus voluntades: que han sido levantados solo para que Cristo se glorifique en su confusión.

         Por tanto, tengamos cuidado de no seguir los pasos de aquellos hombres cuyo fin será temible. No hay un juicio más espantoso que el de ser entregado a una mente reprobada: ¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo!

         ¡Cuántas maldiciones caerán como carga un día sobre los que abusan el juicio de los otros con sus sofisterías y halagos, «engañando y siendo engañados» (2 Timoteo 3:13)! Entonces se repetirá, pero en vano, la queja de nuestra primera madre Eva: «La serpiente me engañó» (Génesis 3:13); Satanás me engañó en tal y cual asunto, el pecado me engañó, un corazón necio me engañó. Una de las mayores muestras de sabiduría es considerar cuáles son las razones por las que arriesgamos nuestras almas. Dichosos serán los hombres que, gracias a la luz de Cristo, tienen un juicio correcto de las cosas y permiten que ese juicio prevalezca sobre sus corazones.

         Las almas de la mayoría de los hombres están ahogadas por sus sentidos y son arrastradas por opiniones débiles, que surgen de errores vulgares y sombras de las cosas. Y Satanás está pronto a exagerar la percepción de los bienes y los males externos pintándolos mayores de lo que son y presentando las cosas espirituales como menos de lo que son al hacernos ver todo con lentes distorsionados. De esta manera, los hombres, confiando en la vanidad, se destruyen a sí mismos con sus propias opiniones. El hecho de que nosotros y aquello que estimamos mucho nos desvaneceremos, es una deplorable condición, y es tan cierta como que el juicio de Cristo vencerá. Y el hecho de que el corazón del hombre sea capaz de considerar las cosas de este mundo como más valiosas de lo que son, le causará más tormentos cuando pueda ser consciente de su miseria. Esta es la diferencia entre un hombre sabio y piadoso, y un mundano engañado: lo que el primero tiene ahora por vano, el segundo sentirá que es vano cuando sea demasiado tarde. Sin embargo, la vanidad de nuestra naturaleza es tal que, aunque no odiamos nada tanto como estar engañados y equivocados con respecto a las cosas presentes, somos ignorantes y nos dejamos engañar voluntariamente respecto a los asuntos más importantes de todos.

Solo Cristo impulsa este gobierno

Otra conclusión es que este gobierno es establecido e impulsado exclusivamente por Cristo. Él saca a victoria el juicio. Luchamos y prevalecemos «en el poder de su fuerza» (Efesios 6:10). Vencemos por el Espíritu, obtenido por «la sangre del Cordero» (Apocalipsis 12:11).

         Él es el único que puede adiestrar nuestras manos para la batalla (Salmo 144:1). La naturaleza corrompida del hombre, buscará su propio interés y se mantendrá contraria al gobierno de Cristo. La naturaleza, considerada por sí sola, no puede elevarse por sobre sí misma para realizar acciones que son espirituales, de orden y naturaleza superiores. Por lo tanto, es necesario que el poder divino de Cristo nos eleve por sobre nuestra propia fuerza, en especial en los deberes en que encontramos más oposición, pues en ellos, no solo nos decepcionará nuestra naturaleza, sino también la gracia ordinaria, a menos que recibamos un suministro nuevo y más intenso. Cuando una persona toma una carga más pesada de lo común, si no tiene una medida de fuerza mayor al peso de la carga, quedará aplastada bajo ella, de modo que para cada encuentro poderoso es necesario un nuevo suministro de poder, como en el caso de Pedro, que al ser asaltado por una tentación más fuerte y no ser sostenido y apuntalado por una mano más poderosa, cayó vilmente, a pesar de su antigua fuerza (Mateo 26:69-74). Y una vez que hemos caído, es Cristo quien debe hacer la obra de volver a levantarnos al (1) quitar, (2) debilitar o (3) suspender los obstáculos hostiles, y (4) impulsar el poder de Su gracia en nosotros en un grado mayor que el que teníamos antes de caer. Por lo tanto, cuando hayamos caído y hayamos sido cascados por esas caídas, vayamos inmediatamente a Cristo para que vuelva a vendarnos.

No debemos mirarnos a nosotros mismos

Sepamos, entonces, que es peligroso esperar hallar en nosotros mismos lo que debemos recibir de Cristo. Desde la caída, toda nuestra fuerza está en Él, así como la de Sansón estaba en su cabello (Jueces 16:17). Solo somos agentes subordinados en todo lo que emprendemos, agentes que se mueven según son movidos y obran según primero se obró en ellos, libres hasta donde hemos sido libertados, ni más sabios ni más fuertes que lo que Él ha hecho que seamos en este instante. Es Su Espíritu el que actúa, vivifica y aplica el conocimiento y la fuerza que tenemos, de lo contrario estos caen sobre nosotros y reposan en nosotros sin ningún provecho. Cuando obramos, obramos por la fuerza que tenemos en ese momento; por lo tanto, los espíritus dependientes son los más sabios y los más capaces. No hay nada más fuerte que la humildad, que sale fuera de sí misma, ni nada más débil que el orgullo, que descansa en su propio cimiento. Frustra nititur qui non innititur (Se esfuerza en vano el que no es dependiente). Y esto merece especial atención, pues por naturaleza aspiramos a una suerte de divinidad y emprendemos acciones en el poder de nuestras propias capacidades cuando Cristo dice: «separados de mí», vosotros (los apóstoles, que estaban en el estado de gracia), «nada podéis hacer» (Juan 15:5). No dice «podéis hacer poco», sino nada. ¡En nosotros mismos, qué fácil es derrotarnos! ¡Qué débiles somos para resistir! Somos como cañas agitadas con cada brisa. Nos agitamos con el solo sonido y la sola idea de la pobreza, de la desgracia y de la pérdida. Nos rendimos de inmediato. No tenemos poder sobre los ojos, la lengua, los pensamientos ni los afectos, sino que dejamos que el pecado entre y salga. Cuán pronto somos vencidos por el mal cuando deberíamos vencer el mal con el bien. Cuántas buenas intenciones llegan al punto de nacer y no hay fuerza para darlas a luz, todo lo cual muestra que no somos nada sin el Espíritu de Cristo. Vemos cuán débiles eran los mismos apóstoles antes de ser revestidos con poder de lo alto. Pedro fue derrotado por las palabras de una criada (Mateo 26:69), pero una vez que el Espíritu de Cristo cayó sobre todos ellos, mientras más sufrían, más se sentían animados a sufrir. Su consuelo crecía junto a sus problemas. Por lo tanto, en todas las situaciones, en especial en los enfrentamientos difíciles, elevemos nuestros corazones a Cristo, quien tiene suficiente de Su Espíritu para todos nosotros en todas nuestras exigencias, y digamos junto al buen Josafat: «En nosotros no hay fuerza […] no sabemos qué hacer, y a Ti volvemos nuestros ojos» (2 Crónicas 20:12), la batalla que peleamos es Tuya y la fuerza por la que luchamos debe ser Tuya. Si Tú no sales con nosotros, es seguro que seremos derrotados. Satanás sabe que nada puede prevalecer contra Cristo ni contra los que descansan en Su poder. Por lo tanto, se afana por mantenernos en nosotros mismos y en la criatura. Pero siempre debemos tener esto en mente: que lo que empezamos confiando en nosotros mismos termina en vergüenza.

Cristo nos hace sentir nuestra dependencia

La manera en que Cristo saca a victoria el juicio es permitirnos ver la necesidad de que dependamos de Él. A esto se deben esos abandonos espirituales en los que a menudo nos deja a nosotros mismos, tanto con relación a la gracia como con relación al consuelo, para que sepamos que la fuente de estas cosas se halla fuera de nosotros. Por eso es que en el monte (es decir, las extremidades) Dios puede ser más apreciado (Génesis 22:14). Por esto mismo es que somos salvos por la gracia de la fe, la cual nos lleva fuera de nosotros a descansar en Otro. Dicha fe opera mejor cuando está sola, con el menor apoyo externo posible. Esta es la razón por la que muchas veces flaqueamos en los conflictos menores y permanecemos firmes en los mayores, pues en los conflictos menores nos apoyamos más en nosotros mismos, pero en los mayores huimos a la Roca de nuestra salvación, que es más alta que nosotros (Salmo 61:2). Por eso también somos más fuertes después de las derrotas, pues la corrupción oculta, que antes no se discernía, ahora queda descubierta, y por ello nos vemos impulsados a utilizar la misericordia perdonadora y el poder sustentador.

         Uno de los propósitos principales de esta dispensación es que sepamos que es Cristo quien nos da tanto el querer como el hacer, y eso como una obra voluntaria según Su propio beneplácito. Por lo tanto, debemos ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor celoso (Filipenses 2:12), no sea que por nuestra conducta irreverente y presuntuosa le demos razones para interrumpir la influencia de Su gracia y dejarnos en la oscuridad de nuestros propios corazones.

El triunfo de la gracia

Aquellos que están bajo el gobierno de Cristo, tienen el espíritu de revelación, mediante el cual pueden ver y sentir cómo el poder divino los capacita dulce y fuertemente para seguir creyendo cuando sienten lo contrario; también para esperar en medio de la desesperanza, y para amar a Dios a pesar de estar bajo señales de su desprecio; asimismo para tener una mentalidad celestial en medio de tantos afanes terrenales y tentaciones contrarias. Ellos pueden llegar a sentir paciencia, incluso gozo en medio de momentos lamentables, paz interna en medio de conflictos. ¿A qué se debe el hecho de que, cuando hemos sido asaltados por la tentación y nos hemos visto rodeados de angustias, hemos permanecido firmes, sino a un poder secreto que nos sostiene? Hacer que una gracia tan pequeña triunfe tan ampliamente sobre una masa de corrupción tan enorme requiere un espíritu sobrehumano. Es como conservar el fuego en el mar e incluso un pedazo del cielo, por así decirlo, en el infierno. Sabemos dónde obtener ese poder y a Quién devolverle la alabanza por él. Y es nuestra dicha que esté escondido tan seguro para nosotros en Cristo, en Aquel que es tan cercano a Dios y a nosotros. Desde la caída, Dios no nos confía nuestra propia salvación, sino que Cristo la ha comprado y la guarda para nosotros, y también nos guarda a nosotros para ella por la fe, que es obrada por el poder de Dios, de la cual nos asimos. Pablo presenta este poder de forma gloriosa: es (1) un gran poder, (2) un poder sobreabundante, (3) un poder operante y poderoso, (4) el poder que operó en la resurrección de Cristo de los muertos (Efesios 1:19-20). La gracia que no es más que una oferta persuasiva que nosotros tenemos la facultad de recibir o rechazar no es la gracia que nos lleva al cielo. Por el contrario, el pueblo de Dios siente una obra poderosa del Espíritu, que no solo nos revela nuestra miseria y liberación por medio de Cristo, sino que también nos vacía de nosotros mismos (pues hemos sido redimidos de nosotros mismos), nos infunde nueva vida y luego nos fortalece y vivifica cuando estamos agotados y flaqueamos, sin dejarnos nunca hasta perfeccionar la conquista.

domingo, 19 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 

14. Medios para que la gracia sea victoriosa

En cuanto a las instrucciones de cómo conducirnos para que el juicio de Cristo sea en verdad victorioso en nosotros, debemos saber que, aunque Cristo ha comenzado esta victoria, Él la consigue enseñándonos a pelear Sus batallas. Vence en nosotros haciéndonos «sabios para la salvación» (2 Timoteo 3:15), y mientras más creamos que Cristo vencerá, más nos esforzaremos por Su gracia para vencer, pues la fe es una gracia obediente y sabia. Cristo nos hace sabios para ponderar y pesar las cosas, y para clasificarlas y ordenarlas en consecuencia, de modo que podamos tomar la decisión más adecuada de lo que es mejor. Las siguientes son algunas reglas para ayudarnos a juzgar:

Reglas para un juicio correcto

Debemos juzgar las cosas a la luz de si promueven u obstaculizan nuestro propósito principal; si aclaran u oscurecen nuestro juicio; si nos hacen más o menos espirituales, acercándonos así a la fuente de la bondad, que es Dios mismo; si nos darán paz o dolor al final; si agradarán o desagradarán a Dios, y si son cosas que Él aprobará en nosotros. También debemos juzgar las cosas ahora como lo haríamos posteriormente, cuando el alma esté mejor capacitada para juzgar, por ejemplo, cuando enfrentemos cualquier calamidad pública o nos hallemos en la hora de la muerte, momentos en que el alma deja de contemplar todas las otras cosas para observarse a sí misma. Debemos considerar también las experiencias del pasado, y pensar qué habría sido mejor hacer en nuestros peores momentos. La gracia que hubiera sido adecuada entonces, lo sigue siendo ahora. Asimismo, debemos juzgar las cosas como lo hace Aquel que tiene la facultad de juzgar, y como ciertamente las juzgan los hombres santos que son guiados por el Espíritu. Más en específico, debemos juzgar como juzgan los que no están interesados en ningún beneficio que pueda venir del asunto en cuestión, pues las cosas externas ciegan incluso los ojos de los sabios. Vemos que los papistas son más corruptos en las cosas en que están vinculadas a su honor, su situación y su ganancia, pero son sanos en la doctrina de la Trinidad, que no afecta nada de eso. Sin embargo, no es suficiente que el juicio sea correcto, también debe ser pronto y fuerte.

Cómo mantener el juicio claro

1.   Cuando Cristo establece Su gobierno, crea un interés por mantener el juicio claro y fresco, pues mientras el juicio está derecho y firme, toda la complexión del alma se mantiene fuerte e inexpugnable. El juicio verdadero en nosotros promueve a Cristo, y Cristo lo promoverá. Todos los pecados surgen de principios falsos, ignorancia, falta de reflexión o incredulidad respecto a lo que es verdadero. Debido a su falta de consideración y a la debilidad de sus principios, Eva perdió el control en el comienzo (Génesis 3:6). Por lo tanto, es bueno almacenar principios verdaderos en nuestros corazones y repasarlos con frecuencia para que, en virtud de ellos, nuestros afectos y acciones puedan ser más vigorosos. Cuando el juicio está fortificado, el mal no halla entrada, pero las cosas buenas tienen aliados en nuestro interior, que nos hacen admitirlas. Cuando la luz verdadera de la convicción está brillando, no estamos dispuestos a cometer ni el menor mal pecando, aunque no hacerlo implique sufrir el mayor mal siendo castigados. «En vano se tenderá la red ante los ojos de toda ave» (Proverbios 1:17). Mientras el alma se mantiene volando, hay poco peligro en las trampas de abajo. Debemos perder nuestra alta estima por las cosas celestiales antes de poder ser arrastrados hacia cualquier pecado.

2.   Y como el conocimiento y los afectos se ayudan mutuamente, es bueno conservar nuestros afectos de amor y deleite usando todos los estímulos dulces y todos los alicientes divinos, pues la mente considera más lo que más le gusta al corazón. Los que pueden hacer que sus corazones se deleiten en Cristo son los que mejor conocen Sus caminos. La sabiduría ama a los que la aman. El amor es el mejor anfitrión de la verdad, y cuando el amor de la verdad no es recibido (2 Tesalonicenses 2:10), entonces abandona el corazón. El juicio comienza a corromperse cuando el amor se va, porque nosotros juzgamos según como amamos. Y, por lo tanto, es difícil ser afectivo y sabio en las cosas terrenales, pero en las cosas celestiales, cuando el juicio ha sido correctamente informado con anterioridad, mientras más crecen nuestros afectos, mejores y más claros son nuestros juicios, pues nuestros afectos, por fuertes que sean, nunca podrán elevarse lo suficiente como para alcanzar a la excelencia de las cosas. En los mártires, vemos que cuando la dulce doctrina de Cristo conquistó sus corazones, no pudo ser eliminada ni por todos los tormentos que la astucia de la crueldad logró idear. Si Cristo ha tomado posesión de los afectos, no hay forma de hacer que los desaloje. El fuego en el corazón vence todos los fuegos exteriores.

3.   La sabiduría también nos enseña dónde están nuestras debilidades, y dónde está la fortaleza de nuestro enemigo. De esta manera, en nuestro interior se aviva un temor celoso que nos preserva, pues dicho celo santo nos hace mantener las provocaciones, que son activas y operantes, alejadas de lo que es pasivo y reactivo en nosotros, así como mantenemos el fuego lejos de la pólvora. Los que desean evitar la generación de criaturas desagradables, impiden su concepción manteniendo alejados a los machos de las hembras. Este cuidado celoso se verá muy favorecido si consideramos diligentemente qué es lo que ha promovido u obstaculizado un carácter piadoso en nosotros, y nos hará asegurarnos de no consultar con sangre y carne, ya sean de nosotros o de otros. Si lo hacemos, ¿cómo podemos esperar que Cristo nos guíe a la victoria cuando escuchamos los consejos de los enemigos Suyos y nuestros?

4.   Cristo también hace que seamos diligentes para usar todos los medios que pueden avivar y preservar en nosotros los pensamientos y afectos renovados. Cristo honra tanto el uso de los medios y el cuidado que pone en nosotros que atribuye nuestra preservación y victoria a nuestra diligencia para guardarnos a nosotros mismos. «El que es engendrado de Dios, se guarda a sí mismo» (1 Juan 5:18, RV1909), aunque no por sí mismo, sino por el Señor, en dependencia de Él y usando los medios. Solo estamos seguros cuando usamos sabiamente todos los recursos ventajosos que tenemos a nuestro alcance. Cuando salimos de los caminos de Dios, salimos de Su gobierno, perdemos nuestra lucidez mental, y de un momento a otro, nos vemos sumidos en una disposición hostil. Cuando nos acercamos a Cristo (Santiago4:8) en Sus ordenanzas, Él se acerca a nosotros.

5.   Debemos mantenernos ejercitando la gracia. No nos preservan los hábitos somnolientos, sino la gracia en ejercicio. Cuando el alma está empleada en un deber civil o sacro, las corrupciones de nuestro interior están muy suprimidas, y los caminos por los que Satanás nos aborda están cerrados. Entonces, el Espíritu tiene la puerta abierta para expandir Su influencia sobre nosotros, y además la protección de los ángeles está más cerca nuestro en ese momento. Esta táctica muchas veces es más efectiva contra nuestros enemigos espirituales que la oposición directa. A causa del honor, Cristo tiene el compromiso de sostener a los que están en Su obra.

6.   Al seguir todas estas instrucciones, debemos alzar la mirada a Cristo, al Espíritu vivificante, y hacer nuestras resoluciones en Su poder. Aunque somos exhortados a allegarnos al Señor con propósito de corazón (Hechos11:23), debemos orar junto a David: «Conserva perpetuamente esta voluntad del corazón de Tu pueblo, y encamina su corazón a Ti» (1 Crónicas 29:18). Nuestros corazones por sí mismos son muy relajados e inestables. «Afirma mi corazón para que tema tu nombre» (Salmo 86:11), pues sin Cristo nuestras mejores intenciones se irán a pique. Es una petición agradable cuando, por amor a Dios, le pedimos que disponga nuestra alma para que Él pueda deleitarse en ella. Por lo tanto, al usar los medios, debemos elevar a Él nuestros deseos y nuestras quejas para que nos dé fortaleza y ayuda, y entonces podremos estar seguros de que sacará «a victoria el juicio».

7.   Por último, es beneficioso para la condición del alma que conozcamos el estado en que debería hallarse, pues así podemos ordenarla a la luz de lo que vemos. Siempre deberíamos estar listos para tener comunión con Dios; asimismo, siempre deberíamos tener la mente puesta en lo celestial, mientras lidiamos con asuntos terrenales, de tal manera que podamos redimir el tiempo para las cosas mejores. En todo momento, deberíamos estar listos para partir de aquí; deberíamos vivir en un estado en que quisiéramos estar al morir. Nuestros corazones deben estar preparados para cumplir todos los deberes buenos, abiertos a aprovechar todas las oportunidades buenas, cerrados para todas las tentaciones, siempre vigilantes y siempre con las armas en la mano. Mientras más lejos estemos de este ideal, más razones tenemos para humillarnos, pero aun así debemos seguir adelante, de modo que podamos tener más victoria sobre nosotros mismos y hacer que estas cosas nos sean más familiares y encantadoras. Cuando vemos que nuestras almas declinan, es mejor despertarlas mediante meditaciones trascendentes como la presencia de Dios, las cuentas estrictas que tendremos que dar ante Él, el infinito amor de Dios en Cristo y sus respectivos frutos, la excelencia de la vocación cristiana, la brevedad e incertidumbre de esta vida, el escaso bien que nos traerán aquellas cosas que pretenden robar nuestro corazón, y el resultado eterno del uso del tiempo presente. Mientras más lugar demos a que estas consideraciones calen hondo en nuestro corazón, más cerca nos elevaremos del estado en que nuestras almas gozarán en el cielo. Cuando nos volvemos negligentes en el cuidado de nuestras almas, Dios nos restaura el gusto por lo bueno a través de cruces duras. Así fueron restaurados David, Salomón y Sansón. Es mucho más fácil conservar el gusto por lo bueno que recuperarlo.

 Causas de la aparente falta de progreso

 Objeción: Pero, a pesar de mi esfuerzo, parece que sigo estancado.

1.   Al igual que la semilla de la parábola, no sabemos cómo crece la gracia. Sin embargo, a la larga, cuando Dios estime que es el mejor momento, veremos que todo nuestro esfuerzo no ha sido en vano. El árbol cae con el último hachazo, pero todos los golpes contribuyen a la obra.

2.   Algunas veces la victoria se posterga, porque un Acán se encuentra escondido, o porque nos falta humildad al igual que a los israelitas que no dieron su mejor esfuerzo contra los benjamitas, sino hasta que ayunaron y oraron (Jueces 20:26); o quizás porque no echamos mano de nuestras ayudas, sino que en vez de eso nos falta velar, y no obedecemos las indicaciones del Espíritu, quien siempre nos pretende dirigir a lo bueno. Nuestras propias conciencias nos dirán, si las dejamos hablar, que la causa es que nos hemos estado favoreciendo pecaminosamente. El método para vencer en este caso es, en primer lugar, obtener la victoria sobre el orgullo de nuestra propia naturaleza avergonzándonos a nosotros mismos en una confesión humilde ante Dios; en segundo lugar, derrotar la incredulidad de nuestros corazones sometiéndonos a la promesa del perdón, y luego, en tercer lugar, oponernos a los pecados que han prevalecido sobre nosotros confiando en la asistencia de Cristo. Si nos vencemos así a nosotros mismos, nos será fácil prevalecer sobre todos nuestros enemigos y conquistar todas las situaciones en que seamos colocados.

Todos deben ponerse del lado de Cristo

La segunda aplicación de la verdad acerca de la victoria inminente de Cristo, consiste en que lo mejor que las gentes y los pueblos pueden hacer es «honrar al Hijo» (Salmo 2:12), abrazando enteramente a Cristo y Su religión, y poniéndose de Su lado comprometiéndose a Su causa en el mundo. Su bando demostrará ser el más fuerte al final. Dichosos somos si Cristo nos honra al punto de usar nuestra ayuda para pelear Su batalla «contra los fuertes» (Jueces 5:23). La verdadera religión es para el Estado lo que el pilar principal es para una casa y lo que el poste es para la tienda: lo sostiene todo. Del mismo modo, Cristo debe ser el gobernante principal en las familias. Y que cada familia sea como una casa donde Cristo viva confiadamente y gobierne. Donde está Cristo, debe haber toda clase de felicidad. Si Cristo se va, toda la felicidad se va. Donde Cristo gobierna en Sus ordenanzas y Espíritu, todos los gobiernos subordinados prosperarán. La religión inspira vida y gracia en todas las demás cosas. Todas las otras virtudes sin ella no son más que una imagen linda sin cabeza. Donde las leyes de Cristo están escritas en el corazón, todas las otras leyes buenas son obedecidas de la mejor manera. Nadie menosprecia las leyes del hombre sin primero menospreciar las leyes de Cristo. Nemo humanam auctoritatem contemnit, nisi qui divinam prius contempsit (nadie desprecia la autoridad humana a menos que primero desprecie la autoridad divina). El hombre que es guiado por Cristo es la mejor de todas las personas, y el hombre que solo es guiado por su voluntad y sus afectos es, después del diablo, la peor de todas las criaturas. La dicha de las cosas más débiles radica en ser gobernadas por cosas más fuertes. Para el ciego es mejor ser guiado por alguien que tiene vista. Para las ovejas y otras criaturas frágiles es mejor ser guiadas por el hombre. Y para el hombre es sumamente dichoso ser guiado por Cristo, pues Su gobierno es tan victorioso que nos liberta del temor y del peligro de nuestros peores enemigos, y tiende a llevarnos a la máxima felicidad de la que nuestra naturaleza es capaz. Esto debería hacer que nos regocijáramos cuando Cristo reina en nosotros. Cuando Salomón fue coronado, el pueblo se regocijó hasta que la ciudad se llenó de estruendo (1 Reyes 1:45). Mucho más deberíamos regocijarnos nosotros en Cristo nuestro Rey.

         De igual forma, en el caso de las almas que nos son queridas, nuestra intención debiera ser que Cristo reine también en ellas, que Cristo las bautice con este fuego (Mateo 3:11), que estas chispas sean encendidas en ellas. Las personas se esfuerzan por cultivar entereza y temple, como dicen, en los niños que crían porque piensan que les serán útiles en los múltiples negocios y problemas de esta vida. Oh, pero cultivemos las chispas de la gracia en ellos, pues la entereza natural flaqueará ante los grandes problemas, pero estas chispas los harán conquistar los peores males.

         La tercera aplicación de la verdad de la victoria de Cristo es que nos lleva a observar que, si el juicio de Cristo será victorioso, entonces el papado, dado a que es de una naturaleza opuesta a él y ha sido instituido por el ingenio del hombre para preservar su pereza imponente, necesariamente caerá. Y ya ha caído en los corazones de aquellos en los que ha brillado la luz de Cristo. El papismo es una mentira fundada sobre la mentira del juicio infalible del hombre, que está sujeto al pecado y al error. Cuando lo que se tiene por principio de verdad se transforma en un principio de error, mientras más confiemos en él, en más peligro estaremos.

sábado, 18 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

13. La gracia reinará

    La tercera conclusión que se desprende de la última parte del texto es que el gobierno de Cristo será victorioso. Veamos las razones de ello.

Por qué el Reino de Cristo debe prevalecer

    1. Cristo ya ha conquistado todo por Sí mismo, y es «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos» (Romanos 9:5). Por lo tanto, es Dios sobre el pecado, la muerte, el infierno, Satanás y el mundo. Y así como los venció por Sí mismo, los vence en nuestros corazones y conciencias. Comúnmente decimos que la conciencia hace que el hombre sea majestuoso o despreciable, pues está puesta en nosotros para emitir juicio en lugar de Dios, ya sea a nuestro favor o en nuestra contra. Si la conciencia natural puede llegar a ser tan fuerte por sí misma ¿cómo será cuando cuenta con la luz de la verdad divina? Sin duda alguna, prevalecerá, ya para hacernos alzar la cabeza con valentía o para humillarnos profundamente. Si, por la gracia, se sujeta a la verdad de Cristo, enfrenta con valentía la muerte, el infierno, el juicio y todos los enemigos espirituales, pues entonces Cristo erige Su Reino en la conciencia y la transforma en una suerte de paraíso.

    El conflicto más terrible que tiene el alma es entre la conciencia y la justicia de Dios. Pues bien, si la conciencia, rociada con la sangre de Cristo, ha prevalecido ante los embates de la justicia de Dios, que ahora ha sido satisfecha por Cristo, prevalecerá sobre cualquier otra oposición.

    2. Enfrentamos enemigos malditos y condenados; por lo tanto, si han comenzado a caer ante el Espíritu en nosotros, caerán. Si vuelven a levantarse, será para tener una caída aún mayor.

    3. El Espíritu de verdad, a cuya tutela Cristo ha encomendado Su Iglesia, y la verdad del Espíritu, que es el cetro de Cristo, permanecen para siempre. Por lo tanto, el alma engendrada por la simiente incorruptible del Espíritu (1 Pedro 1:23) y esa verdad no solo debe vivir para siempre, sino que también debe prevalecer sobre todos los que la resisten, pues tanto la Palabra como el Espíritu son poderosos en sus operaciones (Hebreos 4:12). Y si el espíritu impío nunca está ocioso en los que Dios ha entregado a su dominio, no podemos imaginarnos que el Espíritu Santo vaya a estar ocioso en aquellos que han sido encomendados a Su dirección y gobierno. De manera que, al morar en ellos expulsará entonces a todos los que se rebelan contra Él, hasta llegar a ser el todo en todos.

    Lo espiritual es eterno. La verdad es un rayo del Espíritu de Cristo, tanto en sí misma como cuando es injertada en el alma. Por lo tanto, prevalecerá junto a la gracia obrada a través de ella, aunque sea poca. Un objeto pequeño en las manos de un gigante puede hacer grandes cosas. Una fe pequeña fortalecida por Cristo puede hacer maravillas.

    4. «Al que tiene, le será dado» (Mateo 25:29). La victoria sobre la corrupción o la tentación es una garantía de la victoria final. Como dijo Josué cuando puso el pie sobre los cinco reyes a los que conquistó: «así hará Jehová a todos vuestros enemigos» (Josué 10:25). El cielo ya es nuestro, solo luchamos hasta tomar plena posesión de él.

    5. Cristo como Rey arroja una luz imperiosa sobre el alma, hace agachar el cuello y ablanda los nervios de acero del hombre interior. Además, donde empieza a regir, rige para siempre: «Su reino no tendrá fin» (Lucas 1:33).

    6. El propósito de la venida de Cristo fue destruir las obras del diablo, tanto por nosotros como en nosotros, y el propósito de la resurrección no fue solo darnos una garantía de la seguridad de Su victoria, sino también (1) resucitar nuestras almas de la muerte en el pecado; (2) librar nuestras almas de las trampas y los dolores de la muerte espiritual que acompañan la culpa por el pecado; (3) elevarlas a un mayor consuelo, como el sol que irrumpe con más gloria desde una nube densa; (4) levantarnos más fuertes de tropiezos y caídas específicas; (5) elevarnos de todas las situaciones inquietantes y oscuras de esta vida, y (6) levantar al final nuestros cuerpos del polvo. El mismo poder que el Espíritu demostró al resucitar a Cristo (nuestra Cabeza) de los dolores de la muerte y del grado más alto de humillación (obtenido del Padre por la muerte de Cristo), es el mismo poder que el Espíritu mostrará en cada miembro de la Iglesia, la cual es Su cuerpo.

    Este poder es transmitido mediante la fe, por la que, luego de nuestra unión con Cristo en Sus estados de humillación y exaltación, nos vemos a nosotros mismos, no solo muertos en Cristo, sino también resucitados y sentados con Él en los lugares celestiales (Efesios 2:6). Y entonces, habiéndonos considerado muertos, resucitados, y por tanto victoriosos sobre todos nuestros enemigos en nuestra Cabeza; y habiendo comprendido que el propósito de Dios en todo esto es conformarnos a Su imagen por medio de la fe (2 Corintios 3:18); entonces podemos llegar a vencer todos nuestros enemigos espirituales por el poder que obtenemos de Él, Quien es la fuente de toda la fuerza espiritual de Su pueblo. Cristo cumplirá Su propósito en nosotros, lo cual es creído por medio de una fe certera, la cual nos incita a unirnos a Cristo en el cumplimiento de Sus propósitos.

     Del mismo modo, la Iglesia en general tendrá su victoria por Cristo. Cristo es la piedra pequeña cortada no con mano que desmenuzó la imagen terrible (Daniel 2:34) -es decir, todo gobierno hostil- hasta transformarse en «un gran monte que llenó toda la tierra» (Daniel 2:35). De manera que la piedra cortada del monte a la larga se transforma en un monte. Entonces, ¿quién eres tú, monte, que crees poder alzarte contra este Monte? Todo quedará liso y llano delante de Él. Él derribará todos los pensamientos montuosos, altivos y exaltados, y humillará el orgullo de toda carne. Cuando el tamo lucha con el viento, o la paja con el fuego, cuando el talón patea el aguijón, cuando la vasija pelea con el alfarero, cuando el hombre discute con Dios, es fácil saber qué bando tendrá la victoria. Los vientos pueden sacudir el barco donde está Cristo, pero no volcarlo. Las olas pueden golpear la roca, pero solo se quiebran a sí mismas cuando lo hacen.

¿Por qué parece que el enemigo es victorioso?

    Objeción: ¿Por qué la condición de la Iglesia y de los cristianos parece tan contraria a esta descripción? La victoria parece estar del lado del enemigo.


    Para entender esto, debemos recordar, en primer lugar, que generalmente los hijos de Dios vencen en sus angustias mediante el sufrimiento. Los corderos vencen a los leones y las palomas a las águilas mediante el sufrimiento, a fin de que puedan ser semejantes a Cristo, que conquistó más cuando sufrió más. Cristo tiene tanto un reino de paciencia, como un reino de poder.

    En segundo lugar, esta victoria es gradual y por lo tanto aquellos que quieren vencer al dar el primer ataque, o que quieren ganar la carrera al emprender los primeros pasos, son personas impacientes. Los israelitas estaban seguros de que tendrían la victoria en su paso a Canaán, pero aun así debían ganarla luchando. Dios no quiere que olvidemos en seguida cuán crueles son los enemigos que Cristo venció por nosotros. «No los mates, para que mi pueblo no olvide», dice el salmista (Salmo 59:11), de modo que, al experimentar el fastidio que nos causan, nos mantengamos temerosos de caer bajo su poder.

    En tercer lugar, Dios muchas veces obra a través de los opuestos: cuando quiere darnos victoria, primero permite que seamos derrotados; cuando quiere consolarnos, primero nos aterra; cuando quiere justificarnos, primero nos condena; cuando quiere glorificarnos, primero nos humilla. El cristiano vence incluso cuando es vencido. Cuando es vencido por algunos pecados, gana la victoria sobre otros más peligrosos, como el orgullo espiritual y la falsa seguridad.

    En cuarto lugar la obra de Cristo, tanto en la Iglesia como en el corazón de los cristianos, muchas veces retrocede para poder avanzar mejor. La semilla se pudre en la tierra durante el invierno, pero luego brota mejor, y mientras más duro es el invierno, más flores hay en la primavera. De igual forma, aprendemos a permanecer firmes mediante las caídas y somos fortalecidos cuando se descubren nuestras debilidades. Virtutis custos infirmitas (la debilidad es el guardián de la virtud). Echamos raíces más profundas cuando somos sacudidos, y así como las antorchas flamean con más brillo cuando se mueven, a Cristo le place en Su libertad, mantener de esa forma Su gobierno en nosotros. Esforcémonos por ejercer nuestra fe en esta verdad, de modo que corresponda a la forma en que Cristo lidia con nosotros. Cuando somos vencidos, creamos que venceremos; cuando hemos caído, creamos que volveremos a levantarnos. Jacob, luego de recibir un golpe que lo dejó cojo, no dejó de luchar (Génesis 32:25) hasta que obtuvo la bendición. De igual forma, nunca nos rindamos, sino que vinculemos el comienzo, el progreso y el final en nuestros pensamientos; entonces nos veremos en el cielo, fuera del alcance de todos los enemigos. Convenzámonos de que la gracia de Dios, incluso en este estado imperfecto, es más fuerte que el libre albedrío del hombre en el estado de perfección original. Ahora está basada en Cristo, quien además de ser el Autor, será el Consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2). Estamos bajo un pacto de mayor gracia.

    Algunos dicen que la fe arraigada (fides radicata) persevera, mientras que la fe débil llega a extinguirse. Pero esto no es verdad, pues la fe más fuerte es susceptible a ser sacudida, y la fe débil, si está puesta en la verdad, está tan arraigada que ciertamente prevalecerá. La debilidad con vigilancia se mantiene firme mientras la fortaleza con demasiada confianza flaquea. La debilidad, cuando es reconocida, es el lugar y el objeto más adecuado para que Dios perfecciones Su poder, pues la conciencia de nuestras flaquezas nos lleva fuera de nosotros mismos, hacia Aquel en Quien se halla nuestro poder.

    De aquí se deduce que la debilidad puede ser consistente con la seguridad de salvación. Los discípulos, a pesar de todas sus debilidades, reciben la orden de regocijarse porque sus nombres están escritos en el cielo (Lucas 10:20). Los fracasos, acompañados de conflictos en la santificación, no deberían debilitar la paz de nuestra justificación ni de nuestra seguridad de salvación. Lo malo que hay en nosotros no importa tanto como lo bueno; las corrupciones que tenemos no son tan importantes como la forma en que las consideramos; las fallas puntuales no son tan importantes como la trama y el tenor de nuestra vida, pues el desagrado que Cristo tiene por lo que está mal en nosotros no se transforma en un odio hacia nuestras personas, sino en el sometimiento victorioso de todas nuestras debilidades.

    Algunos, luego del conflicto se han asombrado por la bondad de Dios, que hizo que una fe tan pequeña y temblorosa los sostuviera en combates tan duros, en los que Satanás por poco los atrapó. Y en verdad es asombroso lo mucho que prevalece un poco de gracia para que Dios nos acepte y nos dé la victoria sobre nuestros enemigos si el corazón es recto. Tal es la bondad de nuestro dulce Salvador que incluso se deleita en mostrar Su poder en nuestra debilidad.

Consuelo para los cristianos débiles

    La primera aplicación de esta verdad es para el gran consuelo de los cristianos pobres y débiles. Que sepan que la chispa del cielo, aunque esté encendida en madera verde, mojada y humeante, a la larga será un fuego que lo consumirá todo. Cuando el amor se ha encendido es fuerte como la muerte. Las muchas aguas no pueden apagarlo, y por ello es llamado fuerte llama, o llama de Dios (Cantares 8:6), encendida en el corazón por el Espíritu Santo. Lo poco que hay en nosotros es alimentado por un manantial eterno. El fuego que cayó del cielo en los días de Elías (1 Reyes 18:38) lamió toda el agua como prueba de que venía de Dios, así también este fuego consumirá toda nuestra corrupción. Ninguna aflicción externa ni ninguna corrupción interna lo apagarán. En la mañana, muchas veces vemos que las nubes se juntan alrededor del sol, como si quisieran esconderlo, pero el sol las vence poco a poco hasta llegar a su máximo vigor. En un comienzo, los temores y las dudas dificultan que este fuego crezca, pero a la larga los supera a todos y Cristo prevalece. Entonces Él sostienen Sus propias gracias en nosotros. Primero la gracia nos conquista a nosotros y luego nosotros conquistamos todo lo demás mediante ella, ya sean propias corrupciones interiores o tentaciones externas.

    La Iglesia de Cristo, engendrada por la Palabra de verdad, tiene la doctrina de los apóstoles por corona y pisa la luna (es decir, el mundo y todas las cosas mundanas) «debajo de sus pies» (Apocalipsis 12:1). Todo aquel «que es nacido de Dios vence al mundo» (1 Juan 5:4). La fe, mediante la cual Cristo gobierna especialmente, eleva tanto el alma que esta ve todas las demás cosas como si estuvieran muy abajo, pues el Espíritu de Cristo le presenta riquezas, honores, bellezas y placeres de una naturaleza superior.

Evidencias del gobierno de Cristo en nosotros

    Ahora bien, si no queremos ser privados del consuelo deseado, hay dos cosas que debemos considerar: Primero, debemos preguntarnos si hay tal juicio o gobierno en nosotros; y en segundo lugar debemos ponderar de qué manera debemos conducirnos para que el juicio de Cristo en nosotros llegue a ser victorioso.

    Las evidencias que nos permiten saber que el juicio de Cristo en nosotros será victorioso son las siguientes: 

    1. El poder considerar excelentes todos los caminos de Cristo (a pesar de la oposición de los hombres), y el poder someternos a la manera que Dios ha provisto en Cristo para llevarnos al cielo, anhelando y buscando una mayor medida de gracia que la que ya tenemos. De entre todos los hombres que tienen una conciencia despierta, solamente los creyentes pueden sinceramente ver esta evidencia en ellos.

    2. Considerar las razones de la religión como las más poderosas; ellas prevalecen por sobre las razones derivadas de la sabiduría mundana.

    3. Estar completamente resueltos a llevar a cabo nuestro deber, de tal manera que ni los temores, ni otras propuestas pueden desviarnos del mismo.

    4. «Nada podemos contra la verdad, sino por la verdad» (2 Corintios 13:8), pues la verdad nos es más preciada que nuestras vidas. La verdad no ejerce esta soberanía en el corazón de ningún hombre carnal.

    5. Escoger que Cristo nos rija antes que cualquier otro amo aún si tuviéramos la libertad de escoger bajo qué gobierno vivir, pues en el hombre interior nos deleitamos en el gobierno de Cristo. Esto indica que tenemos ideas afines a las de Cristo, que somos un pueblo libre y dispuesto, y que no estamos obligados a servir a Cristo por nada sino la dulce coacción del amor. El estar satisfechos con el gobierno del Espíritu de Cristo, de tal manera que estemos dispuestos a someternos a Él en todas las cosas, es una clara evidencia de que Su reino ha llegado a nosotros, y de que nuestra voluntad se encuentra sometida a la Suya. Por lo tanto, la tendencia de nuestra voluntad es lo que nos muestra si somos aprobados o reprobados.

    6. Tener una vida ordenada, uniforme, la cual muestra un corazón ordenado. Esto es similar a cuando la alarma y las manecillas de un reloj funcionan correctamente, porque las tuercas están bien ajustadas.

    7. Cuando la voluntad de Cristo compite con una pérdida o un beneficio terrenal, es una buena señal que el corazón esté dispuesto a inclinarse a Cristo en ese caso particular, pues las pruebas más genuinas del poder de la gracia se hallan en los casos específicos que nos tocan más de cerca, ya que entonces nuestra corrupción muestra la mayor resistencia. Cuando Cristo tocó la fibra más sensible del joven en el evangelio, perdió un discípulo (Mateo 19:22).

    8. El ser capaces de practicar los deberes que son agradables a Cristo, y a la vez contrarios a la carne y a la corriente del mundo. Asimismo, el ser capaces de vencer al mal al que tiende nuestra naturaleza (que corresponde al desenfreno de nuestros tiempos, y bajo el cual muchos se encuentran cautivos, como el deseo por venganza, el odio a los enemigos, fines egoístas, etc.). Estas cosas claramente muestran que la gracia que tenemos es celestial, superior a lo terrenal y que tendrá la victoria final.

    Para aclarar más esto y ayudarnos en nuestras pruebas, debemos saber que hay tres grados de victoria: el primero es cuando resistimos, pero somos derrotados; el segundo es cuando la gracia triunfa, aunque con conflicto, y el tercero es cuando todas las corrupciones son totalmente subyugadas. Si solo tenemos la fuerza para resistir, podemos saber que el gobierno de Cristo en nosotros será victorioso, pues lo que se dice del diablo es cierto respecto a todos nuestros enemigos espirituales: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Santiago 4:7), pues «mayor es el que está en vosotros», que toma el lado de Su propia gracia, «que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4). Si podemos esperar la victoria en la labor de resistencia ¿acaso no podemos esperar una victoria aun mayor cuando el Espíritu intervenga?