PAN DE VIDA
JESÚS, PAN DE VIDA ETERNA
Versículo para hoy:
jueves, 21 de mayo de 2026
miércoles, 20 de mayo de 2026
El Contentamiento Cristiano… Una Joya Rara Jeremiah Burroughs (1601 – 1646)
1. La Felicidad Cristiana
Todos quisiéramos ser felices, pero no nos es fácil lograrlo. El problema es que creemos que solo obteniendo más de lo que este mundo nos ofrece, podemos tener la felicidad. El apóstol Pablo tenía una actitud muy diferente. Pablo escribió: “He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé vivir humildemente y sé tener abundancia: En todo y por todo estoy enseñado…” (Fil. 4:11-12). El apóstol había aprendido el secreto del contentamiento, cualquiera que fuera su lugar o circunstancia.Dios es la única fuente de la felicidad verdadera. Dios no necesita nada ni a nadie para hacerle feliz; aún antes de que el mundo fuese, las tres personas de la Trinidad estaban en completa felicidad. Dios hace que los creyentes sean felices, tal como Él lo está. Esto es necesario porque los creyentes no son lo suficientemente fuertes y buenos para hacerse felices a sí mismos. Dios les da todo lo que necesitan como Juan escribió: “de su plenitud recibimos todos, y gracia sobre gracia” (Jn. 1:16). Entonces los creyentes pueden estar siempre felices, porque aún y cuando tengan muy poco de lo que este mundo ofrece, tienen las bendiciones espirituales de parte de Dios. En Cristo tienen todas las cosas que necesitan.
Esta felicidad cristiana es llamada a veces, el contentamiento. Pablo escribió: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento; porque nada hemos traído a este mundo y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición” (1 Tim. 6:6-9). “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque Él dijo: No te desampararé ni te dejaré” (Heb. 13:5).
La primera cosa que podemos decir acerca de la felicidad cristiana es que proviene de dentro. Es posible que una persona pueda dar la impresión de estar feliz simplemente por no quejarse, cuando en realidad en lo profundo de su ser, la persona esté inconforme. Pero Dios sabe realmente lo que uno piensa y siente. El rey David escribió en Salmo 62:5, “Alma mía, en Dios solamente reposa”, porque él sabía que esta era la única manera para estar verdaderamente feliz. En forma semejante, esta confianza en Dios, esta felicidad que proviene de dentro del cristiano afecta la totalidad de su ser. David sabía que Dios estaba controlando todo; pero, aun así, cayó en depresión porque no dejó que la verdad afectara su manera de pensar. Por eso escribió: “¿Por qué te abates alma mía y te conturbas dentro de mí?” (Sal. 42:5). Igual como David, nosotros tenemos que fijar nuestros corazones en el tipo de felicidad que comienza de dentro y nos hace completamente felices.
La segunda cosa que podemos decir acerca de la felicidad cristiana es que permanece aun cuando nos suceden tragedias o desgracias. Cuando los creyentes están en dificultades, se entristecen igual como los demás. Cuando otros están en problemas, los creyentes simpatizan con ellos. Oran tanto por ellos mismos como por otros que sufren, porque saben que el Señor Jesucristo es “poderoso para socorrer a los que son tentados” (Heb. 2:18). Aun cuando son tentados a quejarse, resisten la tentación. No se quejan de Dios, sino que le siguen obedeciendo y amando. En sus oraciones hablan a Dios de sus problemas, porque creen que Dios les puede ayudar.
Un tercer aspecto importante de la felicidad cristiana es el hecho de que es una obra de Dios. No es el resultado de un temperamento naturalmente feliz, ni tampoco es el resultado de escapar de la realidad. La felicidad cristiana es mucho más que un intento de “no preocuparse”, porque contiene un elemento positivo. El creyente quiere estar feliz porque eso glorificará a Dios.
La cuarta cosa que podemos decir acerca de la felicidad cristiana es que lo que realmente hace feliz al creyente es hacer la voluntad de Dios. Los creyentes no son forzados a obedecer a Dios; lo hacen voluntariamente y encuentran que esto es lo que les hace felices. Cuando se ponen a pensar, se dan cuenta que no hay nada que les haga tan felices como la sumisión a la voluntad de Dios. Están contentos con dejar que Dios planee su futuro, aun y cuando los propósitos de Dios sean muy distintos a lo que ellos pensaban. De hecho, prefieren la voluntad de Dios antes que sus propios planes, porque saben que Dios entiende mejor que ellos, lo que les es benéfico. Dios les conoce mejor de lo que se conocen a sí mismos. Los no creyentes que creen que su destino está en sus propias manos solamente pueden tener miedo con respecto al futuro, porque un solo error o equivocación les podría conducir al desastre. Los creyentes no tienen nada que temer porque pueden encomendar su futuro a Dios y contentarse con la guía divina. Salomón escribió: “Fíate en Jehová de todo tu corazón, no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas” (Prov. 3:5-6). El saber que Dios tiene el control hace a los creyentes felices, no solo cuando están experimentando problemas, sino aun después, cuando ven hacia atrás y se dan cuenta cómo Dios los ayudó.
Aún más, la felicidad cristiana perdura, no importando la clase de problemas que nos sobrevengan. Los creyentes no tienen el derecho de decidir cuál tipo de sufrimiento experimentarán. Por ejemplo, no pueden decir que no están de acuerdo en perder sus posesiones, ni oponerse a perder su salud. Están felices cualesquiera que sean los sufrimientos que padezcan. Quizás una clase de sufrimiento venga tras de otro, hasta que la totalidad de sus vidas parezca estar llena de dificultades; no obstante, en lo más profundo son todavía felices. Quizás parezca que el fin de sus problemas no aparece; sin embargo, en los más profundo de su ser son felices. Dios, quien ha planeado la totalidad de sus vidas es glorificado por ello.
viernes, 15 de mayo de 2026
LA DOCTRINA Y EL DEBER DEL AUTOEXAMEN - James Haldane (1786-1851)
Sugiramos ahora algunos temas hacia los cuales deben dirigirse nuestras indagaciones al dedicarnos al deber del autoexamen.
1. Preguntémonos cómo nos ha afectado el evangelio.
¿Nos da esperanza, mientras nos consideramos justamente merecedores de la ira de Dios a causa del pecado? ¿Vemos en él una respuesta a las acusaciones de la conciencia? ¿Están estas acusaciones respondidas por las consideraciones de su verdad? Este es el primer efecto necesario del evangelio, si sabemos lo que significa y lo hemos recibido no solo de palabra, sino en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre (1 Tes. 1:5). Es un efecto sin el cual ningún otro puede existir, y de cuya existencia y grado dependen todos los frutos del Espíritu. Pero, aunque este es el primero en orden, nunca está solo. ¿Qué otros efectos ha producido el evangelio en nuestras mentes? No me refiero a si han sido producidos súbitamente; sino si ha obrado eficazmente en nosotros, ya sea de manera más gradual o inmediata, cambiando los objetos de nuestra búsqueda y los temperamentos y disposiciones de nuestro corazón. Muchas cosas, aun siendo muy interesantes, pueden creerse sin que el corazón sea afectado.
No así el evangelio de Cristo: este abre una nueva escena ante los ojos de todos los que lo reciben; los introduce, por así decirlo, en una nueva creación. Las cosas que antes llenaban su mente ahora parecen viles y despreciables, comparadas con las reveladas en el evangelio; y aquellas cosas que antes eran consideradas como indignas de atención, ahora parecen de suma importancia. Habiendo resucitado con Cristo por la fe en el poder de Dios que lo levantó de los muertos, el cristiano busca «las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col. 3:1). Habiendo sido regenerado para una esperanza viva de una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, se considera a sí mismo extranjero y peregrino en la tierra, y declara claramente que busca una patria celestial. ¿Es este nuestro caso? ¿Han hecho los vastos y trascendentes asuntos de la eternidad que todo lo que hay en el mundo nos parezca vano? «Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe» (1 Jn. 5:4). Si, por tanto, el mundo no está crucificado para nosotros y nosotros para el mundo mediante la doctrina de la cruz, entonces jamás hemos contemplado la gloria de esa doctrina y, en consecuencia, estamos rechazando el testimonio de Jesús.
2. Debemos examinar los principios generales sobre los cuales actuamos.
La fe obra por el amor a Dios. Los creyentes son constreñidos: «Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron» (2 Co. 5:14); es decir, todos padecieron muerte en Él, el sacrificio sustituto, por sus pecados. «Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co. 5:15). Se consideran no deudores a la carne para vivir conforme a la carne; se reconocen como no siendo suyos, sino comprados por precio. Son siervos voluntarios de su Redentor, deseando glorificarlo con sus cuerpos y espíritus, los cuales son Suyos. ¿Corresponde esta descripción con nuestro carácter? ¿Qué concepto tenemos del carácter de Dios? ¿Temblamos ante Su presencia como esclavos, considerándolo un amo duro y severo? ¿O carecemos de reverencia y santo temor por Su majestad? La fe del evangelio produce el más profundo respeto y veneración hacia Dios. El creyente lo contempla como fuego consumidor, y al mismo tiempo tiene confianza en Su presencia, y es enseñado a clamar: «¡Abba, Padre!». Los consuelos del Espíritu Santo siempre se hallan unidos al temor de Dios.
¿Qué concepto tenemos del pecado? ¿Nos
parece una cosa ligera, o el sentido del mismo nos impulsa al abatimiento o la
desesperación? En cualquiera de los casos, podemos estar seguros, por la
autoridad de Dios, de que no estamos creyendo el evangelio. El evangelio
produce aborrecimiento propio a causa del pecado, y eso en grado supremo.
Proporciona una visión del pecado tan espantosa, que bien puede confirmar todo
temor suscitado por las más severas alarmas de la conciencia. Pero también
calma esas alarmas y produce paz, gozo y viva esperanza en los creyentes, sin
disminuir en nada su sentido de la malignidad y terribles consecuencias del
pecado. Recordamos y nos avergonzamos, y no volvemos a abrir nuestra boca
jamás, a causa de nuestra vergüenza, cuando sabemos que Dios ha sido apaciguado
para con nosotros por todo lo que hemos hecho (Ez. 16:63).
De nuevo, debemos inquirir qué cosas
ocupan principalmente nuestros pensamientos: si las cosas de la carne o las del
Espíritu. «Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne;
pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu» (Ro. 8:5). ¿En qué
dirección corren nuestras mentes? Así debemos no solo guardar, sino examinar
nuestros corazones con toda diligencia. Pero, como somos propensos a engañarnos
a nosotros mismos cuando juzgamos solamente por nuestros sentimientos, e
imaginar que nuestras mentes son espirituales mientras nuestra conversación es
carnal, debemos preguntar:
3. 3. ¿Hasta qué punto sacrificamos en realidad todo a la voluntad de Dios?
¿Nuestra práctica demuestra claramente que buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia? ¿Nuestra conducta deja ver que tenemos un corazón desapegado del mundo? ¿Nuestras vidas manifiestan que ni las riquezas, ni los honores, ni los placeres del mundo son el objeto principal de nuestro afecto, que no estamos conformados a este siglo, sino transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento? Este es el resultado cierto de aferrarse a la verdad.
4. 4. ¿Cómo empleamos los talentos que Dios nos ha confiado?
¿Consideramos seriamente qué talentos poseemos? ¿Actuamos como quienes han de dar cuenta –sin procurar, por un lado, ostentarlos para adquirir honra para nosotros mismos, ni, por otro, por pereza o falsa humildad, dejar de usarlos porque son pequeños o insignificantes, o porque no provocan la admiración de los hombres? ¿Los empleamos con conciencia, con la mira puesta en la gloria de Dios? Esto abre un amplio campo para el autoexamen.
5. ¿Cómo soportamos las pruebas que Dios dispone para nosotros?
¿Somos como el novillo acostumbrado al yugo? ¿Desmayamos en el día de la adversidad, o nos irritamos bajo nuestras aflicciones? ¿O despreciamos la disciplina del Señor, soportando la aflicción con una firmeza hosca y estoica, endureciendo nuestra mente frente a la decepción? Es característica del creyente “gloriarse en las tribulaciones” (Ro. 5:3), considerarlas leves y momentáneas, no dignas de ser comparadas con el eterno peso de gloria mucho más excelente que estas aflicciones están produciendo (2 Co. 4:17-18). El lenguaje de la fe, por lo tanto, será siempre: “¿No he de beber la copa que el Padre me ha dado?”. El creyente, sabiendo que todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, da gracias en todo. Ha aprendido a estar contento cualquiera que sea su situación. Su alma es como la de un niño destetado. Aunque sienta profundamente la vara de su Padre celestial; aunque pueda estar, tal vez, afligido en gran manera por múltiples pruebas, sin embargo, se regocija mucho, añadiendo fortaleza y paciencia a la fe.
6. ¿Cómo actuamos hacia nuestros hermanos?
«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso; porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Jn. 4:20). ¿Consideramos a Cristo como nuestro gran modelo, a quien estamos obligados a imitar haciendo el bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe? ¿Amamos realmente a los discípulos de Jesús? ¿Los estimamos como lo más excelente de la tierra? ¿Nos asociamos con ellos, y damos testimonio de nuestro amor por medio de todo acto de bondad que esté en nuestro poder? Nada define mejor el carácter que la compañía con la que nos deleitamos en asociarnos. Tendríamos que salir del mundo para evitar completamente a los impíos. Pero su compañía no es para el cristiano una cuestión de elección ni de satisfacción. Él es consciente del peligro al que lo expone, y está siempre temeroso y vigilante de sus efectos.
Si el autoexamen se lleva a cabo
correctamente, el resultado será siempre un profundo sentido de nuestra
pecaminosidad y una convicción creciente de nuestra constante necesidad de
misericordia perdonadora. Esto debe ser así incluso en el caso del individuo
más celoso, circunspecto y concienzudo. Cuanto más estemos convencidos del
fundamento racional, y más impresionados por la sabiduría y excelencia de los
mandamientos de Cristo, y cuanto más conozcamos la felicidad de aquellos que
los obedecen, con mayor severidad nos condenaremos a nosotros mismos y
lamentaremos no haberlos considerado hasta ahora como debiéramos.
Si, al examinarnos, tenemos razón para
concluir, o si sospechamos, que no estamos en la fe, es nuestro deber presente
creer en Jesús, quien murió por los impíos, y confiar confiadamente en Él para
salvación. Nada que podamos hacer o sufrir puede prepararnos mejor para recibir
el testimonio de Dios. La salvación es proclamada a los hombres como pecadores.
El evangelio se dirige a todos, en las circunstancias en que los encuentra.
Ciertamente no podemos disfrutar de las bendiciones que comunica sin fe, pero
no necesitamos otra calificación para la misericordia divina sino culpa y
miseria; y si soñamos que la tenemos, o que alguna vez llegaremos a poseer
alguna otra, nos estamos engañando a nosotros mismos. Solo el orgullo y el amor
al pecado, con la ceguera y el error que les son inseparables, impiden a todos
los hombres recibir con gozo el evangelio. Desean tener algo de qué gloriarse;
desean sentir algo que les dé derecho a creer. Pero al hacer esto, yerran, no
conociendo su propio carácter, ni la gracia de Dios.
Algunos objetan: “No podemos creer; la
fe es un don de Dios; nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo trae”. Esto
es verdad y, entendida correctamente, es algo que todo cristiano debe sentir y
creer. Pero se teme, que muchos malinterpretan y tuercen estas Escrituras para
su propia perdición. Lamentan su incapacidad como si fuera una desgracia, y no
su culpa, y luego tranquilizan sus conciencias considerando la incomodidad que
sienten como una evidencia de que hay algo bueno en ellos hacia Dios, y que a
su debido tiempo todo estará bien.
Pero ¿en qué consiste esta incapacidad?
Podemos recibir el testimonio de los hombres; podemos conducirnos cada hora por
fe en la veracidad humana; ¿y por qué no podemos recibir el testimonio de Dios?
¿Es acaso menos sólido o más cuestionable? ¿Estamos sometidos a una necesidad
invencible de considerar mentiroso al Dios de verdad? No; pero Su evangelio
desprecia todo aquello a lo que estamos apegados. Ofende el orgullo del corazón
humano. Describe nuestra justicia como trapo de inmundicia, y proclama
salvación al más sobrio y decente en los mismos términos que al asesino y al
sensual; no reconoce diferencia alguna entre los hombres como recomendación a
la misericordia divina. Así elimina toda gloria humana y corta toda ocasión de
jactancia. Por eso Cristo es piedra de tropiezo y roca de escándalo, y Satanás,
en forma de ángel de luz, sugiere a aquellos que están cegados por él, que como
esta doctrina confunde todas las distinciones morales y desprecia la virtud
humana, no puede venir de Dios.
A esto se añade que el evangelio no
hace concesión alguna a los deseos de la carne ni de la mente. No perdona ni al
ojo derecho ni a la mano derecha, sino que proclama liberación completa de todo
pecado. Esta salvación no es futura, sino presente. Ahora bien, suponer que un
hombre impío desea sinceramente ser hecho santo, es suponer que ama la
santidad, cosa que las Escrituras niegan de manera uniforme. Entonces, si la
incapacidad del pecador para creer consiste en el orgullo y el amor a la
iniquidad, es evidente que, lejos de ser una atenuante, es el mayor agravante
de la incredulidad. «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra
Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden» (Ro. 8:7). Y,
sin embargo, este Dios, contra quien los hombres son enemigos, compadeciéndose
de su condición arruinada, ha dado a Su Hijo para morir por los pecadores, y
les ruega que se vuelvan a Él y vivan. Pero ellos no pueden siquiera pensarlo;
no hallan en su corazón disposición para reconciliarse con Dios; y tranquilizan
sus conciencias alegando: “Soy tentado por Dios; Él es quien me incita a pecar;
soy incapaz de creer”.
Cuando estos hombres objetan que no
pueden creer y que la fe es un don de Dios, sus ideas son totalmente distintas
de lo que las Escrituras quieren decir con esas declaraciones. Naturalmente,
consideramos la fe como algo que ha de recomendarnos al favor de Dios. Por más
cegada que esté la mente humana, pocos logran persuadirse a sí mismos de que
pueden guardar perfectamente Su santa ley. Piensan que pueden hacer algo,
aunque no lo suficiente, y procuran establecer su propia justicia bajo el
nombre de fe, la cual, aunque imperfecta, consideran una obediencia aceptable. Sin
embargo, si sus conciencias continúan intranquilas, se refugian en el engaño de
que deben esperar hasta que Dios les conceda la fe. Tales personas aún
necesitan aprender que están completamente perdidas y arruinadas; y hasta que
no vean que este es su caso, la predicación de la cruz les parecerá locura.
Mientras tanto, sueñan con hacer lo que puedan para obtener la fe, y así
intentan comprar las bendiciones de la salvación. Pero a los incrédulos nunca
se les requiere en las Escrituras que utilicen medios para creer. Esto sería,
en realidad, una contradicción de todo el evangelio. Sería un mandamiento a los
hombres para que procuren establecer su propia justicia y tratar de reconciliar
a Dios con ellos; como si Él fuese su enemigo, mientras ellos deseasen Su
amistad.
Se nos enseña en el evangelio que no
podemos hacer nada, ni más ni menos, para obtener el favor de Dios; que estamos
desprovistos de toda buena disposición; que nuestros corazones están llenos de
enemistad contra Él; y que el único obstáculo para ser reconciliados es nuestra
aversión a la reconciliación. Él manda a toda criatura a confiar en la obra
consumada de Cristo, la cual ha declarado suficiente para la remisión de
pecados, por más graves que sean. Y mientras los hombres desobedezcan este
mandamiento, muestran claramente, sea cual sea su profesión de fe, que aman más
las tinieblas que la luz, que aborrecen tanto a Cristo como a Su Padre. La vida
eterna es predicada a todos como un don gratuito mediante Jesucristo; y
aquellos que la rechazan, muestran claramente que prefieren la satisfacción de
su orgullo y pasiones malignas antes que el disfrute de las bendiciones de la
salvación de Cristo.
Por el engaño del corazón humano,
muchos que no creen imaginan que desean ser libertados del pecado. Pero si el
poder del pecado en el corazón es tal como las Escrituras lo afirman de manera
uniforme; si los hombres están completamente bajo su dominio –impíos y sin
fuerza- hasta que Cristo los libere; y si solo aquel que cree es así libertado
por Cristo, entonces es absurdo suponer que algún incrédulo desea
verdaderamente la salvación. Puede que desee ser librado de algún pecado
particular que le acarrea molestias, pero el dominio de la iniquidad está tan
firmemente establecido en su corazón que no puede desear verdaderamente ser
libertado de su esclavitud, la cual consiste enteramente en sus inclinaciones
depravadas.
Algunos suponen que cuestionar su
propio estado es rechazar el testimonio de Dios, y así descartan todo
autoexamen. Según ellos, dudar de su salvación eterna es hacer a Dios
mentiroso. Pero Dios no ha testificado a ningún individuo en particular que
será salvo. Su testimonio es verdadero, lo crean los hombres o no: que quien
cree en Jesucristo no perecerá jamás, sino que tendrá vida eterna. De allí la
necesidad de inquirir: ¿Estoy en la fe?
Otros, que no llegan tan lejos, aceptan
con demasiada facilidad que toda sospecha respecto a su estado espiritual es
una tentación, de la cual procuran deshacerse lo más pronto posible. Pero tales
personas deben recordar que sus temores pueden estar perfectamente bien
fundados. En la medida en que su conducta y conversación no se correspondan con
lo que las Escrituras declaran ser inseparable de la fe en la verdad, tienen
motivo para dudar, para escudriñar y para examinar sus caminos. Es cierto que
todas las dudas acerca de nuestro interés personal en Cristo tienen su origen
en la incredulidad.
Si estuviéramos plenamente persuadidos
de la verdad del evangelio, si nuestros ojos estuvieran siempre fijos en él, si
percibiéramos siempre con claridad la gloriosa plenitud y gratuidad de la
salvación de Cristo, nos regocijaríamos constantemente con gozo inefable y
glorioso; y también seríamos santificados proporcionalmente por la verdad,
abundaríamos en toda buena obra, y así poseeríamos la plena certeza de la
esperanza que Dios ha proclamado en el evangelio. Es por no discernir la gloria
de esta doctrina que, en cualquier momento, dudamos de alcanzar la
bienaventuranza eterna. Pero no mejoraremos nuestra situación engañándonos a
nosotros mismos y concluyendo, sin razón ni evidencia, que, a pesar de nuestra
inquietud, todo está bien con nosotros.
Debemos considerar esas dudas como
síntomas de algún desorden interno; y recordar que tenemos en todo momento a un
Médico todopoderoso a quien podemos acudir con confianza, cuya habilidad es
suficiente para el caso más desesperado; y que, creyendo en Él, ningún pecador
de la raza humana perecerá jamás, sino que indudablemente obtendrá vida eterna.
Amén.
* * *
Este librito fue traducido del inglés de The
Doctrine and Duty of Self-examination por James A. Haldane
(1786-1851).
Copyright © 2025 Chapel Library. Traducido y
editado por Jorge E. Castañeda. Impreso en los EE.UU.
Se otorga permiso expreso para reproducir este
material por cualquier medio, siempre que 1) no se cobre más que un
monto nominal por el costo de la duplicación. 2) se incluya esta nota
de copyright y todo el texto que aparece en esta página.
A menos que se indique de otra manera, las citas
bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
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domingo, 3 de mayo de 2026
LA DOCTRINA Y EL DEBER DEL AUTOEXAMEN - James Haldane (1786-1851)
Consideremos ahora qué propósitos y
fines debemos tener presentes al practicar el autoexamen.
1°.
El autoexamen, entonces, no está destinado a aquietar la conciencia, a
desterrar el temor servil, ni a eliminar dudas y temores sobre si somos
incrédulos.
Cuando
la mente teme el desagrado divino y sus consecuencias, tenemos para nuestro
alivio el testimonio de Dios, que la sangre de Cristo limpia de todo pecado.
Somos invitados a acercarnos al trono de la gracia para alcanzar misericordia,
y se nos asegura que Cristo no echará fuera al más vil que venga a Él. Si esto
no nos alivia, Dios no ha provisto otro fundamento de consuelo, y debemos tener
cuidado de no buscar otro, ya sea para nosotros mismos o para otros. Si esto no
nos da paz, debe ser porque no creemos el testimonio de Dios, porque no estamos
dispuestos a depender únicamente de Su misericordia gratuita y soberana. Y en
tal estado de ánimo necesitamos ser despertados al temor y a los celos respecto
de nosotros mismos, y ser llamados al arrepentimiento, no ser tranquilizados en
nuestra incredulidad y rebelión.
2°.
El objeto del autoexamen, según las Escrituras, es probar la autenticidad de la
paz y el consuelo que disfrutamos.
La
paz y el consuelo son los efectos necesarios del evangelio, cuando su
significado es comprendido correctamente y su certeza es considerada por
nosotros como indudable. Pero existe una paz falsa que puede confundirse con la
verdadera. La paz verdadera surge del conocimiento de la expiación de Cristo, y
está siempre vinculada a una visión profunda y viva de las cosas eternas. La
paz falsa nace de la indiferencia hacia las cosas eternas; y de ello tenemos
abundante evidencia en un mundo que yace bajo el poder del maligno.
Así,
vemos que, aunque el autoexamen no está diseñado para restaurar la paz a la
mente atribulada, sí es de suma importancia para determinar si la esperanza que
tenemos es conforme a las Escrituras. Sin un autoexamen frecuente, no
conservaremos por mucho tiempo una paz sólida.
3°.
El objeto del autoexamen, según las Escrituras, es detectar “los males ocultos
del corazón”.
Muchas
concupiscencias carnales combaten contra nuestras almas. Estamos rodeados de
trampas y constantemente propensos a extraviarnos; no solo a caer en pecado
abierto, sino a engañarnos a nosotros mismos, y mientras en lo exterior andamos
religiosamente, no estar viviendo para Dios –continuando en una frialdad
formal, sin mortificar nuestros miembros-, sino, de algún modo secreto y quizá
no percibido, sirviendo a la carne. Al llevar con frecuencia nuestros corazones
a la prueba de la Escritura, y comparar nuestro espíritu y conducta con los
preceptos de la Palabra de Dios, podremos evitar más fácilmente las trampas de
Satanás y mantener más habitualmente una manera de vivir apropiada y decorosa.
4°.
Uno de los grandes fines por los cuales se prescribe el autoexamen en la
Escritura, es aumentar nuestro gozo en el Señor.
El
gozo es un fruto del Espíritu: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, fe» (Gál. 5:22), y es de grandísima importancia, siendo muy
enfatizado en la Palabra de Dios. «El gozo de Jehová es vuestra fuerza» (Neh.
8:10). Nos anima en el deber y nos sostiene en las pruebas. Impide que los
placeres inocentes de esta vida acaparen en exceso nuestro afecto. Vuelve
insípidos los deleites en los que se complacen principalmente los hombres del
mundo, y nos alienta a dedicarlo todo al Señor, en cuyo servicio se encuentra
la mayor felicidad.
Muchos
no parecen estar conscientes de esto, ni de la gran importancia de tener el
alma llena del gozo de Dios. Incluso lo miran con sospecha, como si procediera
de la presunción, y fuera incompatible con la humildad que debe caracterizar al
discípulo del manso Jesús. Nada puede ser más falso e infundado. Tal idea solo
puede surgir de la falta de experiencia del gozo que fluye del evangelio.
Es
cierto que hay entre algunos profesantes una confianza presuntuosa, quienes
hablan palabras hinchadas de vanidad acerca de su gozo, lo cual, ¡ay!, es
tristemente demasiado evidente. Pero no por ello debemos contradecir toda la
revelación de Dios, que representa el gozo como un rasgo eminente de los
creyentes. Pablo nos dice que el reino de Dios es justicia, paz y gozo en el
Espíritu Santo, y exhorta a sus hermanos a regocijarse siempre en el Señor
(Fil. 3:1; 4:4).
Nada recomienda más el evangelio de
Cristo al mundo que el que sus seguidores estén llenos de gozo y paz. Los
hombres impíos tienden siempre a malinterpretar y tergiversar la religión como
algo que produce tristeza y melancolía, y han tenido demasiadas razones para
ello por la conducta de muchos profesantes. Tenemos toda razón para creer que
las visiones poco felices que muchos tienen de la religión surgen de no
discernir la gloria y plenitud del evangelio, junto con la carnalidad de sus
mentes, que los lleva a tratar de mantener tranquila su conciencia sin vivir
cerca de Dios. De allí que se halaguen creyendo que su falta de consuelo es
fruto de su humildad, y que los gozos de otros son producto del orgullo, si no
una simple pretensión. No es raro que Satanás se disfrace como ángel de luz, y
represente los frutos genuinos del Espíritu Santo como si procedieran de un
corazón que no está bien con Dios.
En conclusión, parece claro que, aunque nuestra paz y gozo deben surgir enteramente, en primer lugar, de creer el testimonio de Dios, y solo pueden conservarse permaneciendo en Su doctrina, es de suma importancia y necesidad –si deseamos guardarnos del autoengaño, corregir lo que hay de errado en nosotros, aumentar nuestro gozo y, por consiguiente, nuestra actividad en el servicio del Señor- que nos examinemos de cerca y constantemente si estamos en la fe.
* * *
Este librito fue traducido del inglés de The
Doctrine and Duty of Self-examination por James A. Haldane
(1786-1851).
Copyright © 2025 Chapel Library. Traducido y
editado por Jorge E. Castañeda. Impreso en los EE.UU.
Se otorga permiso expreso para reproducir este
material por cualquier medio, siempre que 1) no se cobre más que un
monto nominal por el costo de la duplicación. 2) se incluya esta nota
de copyright y todo el texto que aparece en esta página.
A menos que se indique de otra manera, las citas
bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
viernes, 1 de mayo de 2026
LA DOCTRINA Y EL DEBER DEL AUTOEXAMEN - James Haldane (1786-1851)
«Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?»
Introducción
El apóstol Pablo, al escribir a la iglesia en Corinto, exhorta a los conversos gentiles: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?» Aunque confiaba en que los corintios, en general, eran sinceros en su fe y miembros de la verdadera iglesia de Cristo, sin embargo, consideraba posible que algunos de ellos carecieran de la fe del evangelio –que se hubiesen engañado a sí mismos, y fueran objeto de la ira divina, en lugar de que su “vida estuviera escondida con Cristo en Dios”.
Es algo serio para quien profesa el cristianismo reflexionar sobre esta posibilidad, pero precisamente por esto se le insta al deber del autoexamen bajo las más altas ordenanzas.
Al procurar explicar y exigir este deber, haré:
I. Algunas observaciones generales sobre el tema.
II. Consideraré el propósito que debemos tener en vista al autoexaminarnos.
III. Sugeriré algunos temas hacia los cuales deben dirigirse nuestras indagaciones al atender este precepto divino.
I. Algunas observaciones generales
1°.
Consideremos que el mandamiento de examinarnos a nosotros mismos no implica que
no podamos tener una conciencia inmediata de que creemos en el evangelio, y por
lo tanto tener gozo y paz en el creer. La mente percibe y conoce todos sus
propios pensamientos, juicios y emociones. Cuando creemos que algo es
verdadero, sentimos que lo creemos; y podemos saber que creemos el evangelio de
Dios, del mismo modo que sabemos que creemos cualquier informe basado en la
autoridad de una criatura. Pero recordemos que, aun en los asuntos de esta
vida, tendemos a engañarnos a nosotros mismos. El engaño del corazón se
manifiesta especialmente en lo relacionado con las cosas invisibles y eternas;
y de allí que muchos clamen: “paz, paz”, cuando no hay paz.
Una causa fecunda de autoengaño en todo país
llamado cristiano, es que la mayoría de las personas han estado acostumbradas
desde su infancia a eso llamado evangelio y a reconocer su verdad, sin entender
su significado, sin atender a su evidencia ni sentir su importancia. Podemos
ser conscientes de que creemos en aquello que consideramos como el evangelio, y
sin embargo estar en hiel de amargura y en prisión de maldad. Por lo tanto, es
necesario que todos se examinen, no solo para saber si creen en aquello que
llaman evangelio, sino para discernir si lo que creen es verdaderamente el
evangelio.
2°. Por la misma naturaleza del evangelio,
así como por las declaraciones expresas de Dios, estamos seguros de que la fe
en Cristo debe producir sentimientos, experiencias y una práctica que le son
peculiares. La conexión entre la fe y la práctica se declara uniformemente como
inseparable, de modo que la última debe corresponder siempre exactamente con la
primera.
3°. En consecuencia, se han hecho grandes
esfuerzos para distinguir con precisión entre la fe común y la fe salvadora. Y
se ha enseñado a las personas a juzgar favorable o desfavorablemente su estado,
según hayan ejercido actos de fe salvadora y no meramente actos naturales de
fe. La consecuencia inevitable de esto debe ser llevar a los hombres a procurar
realizar tales actos salvadores, y a confiar en ellos cuando creen haberlos
realizado. Así, la mente se desvía de Jesucristo, de la gloria de Su expiación
y de la misericordia de Dios revelada en Él –que es el único fundamento de
esperanza-, hacia una búsqueda ilusoria de algo más que calme la conciencia. De
este modo se establece un sistema de justicia propia bajo el nombre de
salvación por la fe.
Además, nada puede exponernos más al
autoengaño. Cuando, en lugar de estar ocupados en contemplar la verdad,
nuestras mentes están enfocadas en considerar la manera en que creemos, estamos
bajo una fuerte tentación de persuadirnos de que nuestra fe posee todas las
cualidades de la fe salvadora, y de allí obtener nuestro consuelo. Las
Escrituras nos muestran un camino más excelente. Apelan al sentido común del
hombre, nos enseñan lo que hemos de creer, y describen los efectos que la
creencia de la verdad debe necesariamente producir. Así, nuestras mentes están
constantemente dirigidas hacia el testimonio de Dios, y se nos da una prueba
mucho más inequívoca por la cual podemos comprobar si creemos el evangelio.
4°. Debemos tener siempre presente que somos
extremadamente propensos a refugiarnos en la opinión de otros, especialmente de
aquellos a quienes estimamos por su juicio y piedad. Las opiniones ajenas
pueden ser muy útiles al cristiano. Sin embargo, a menudo es más importante
considerar los sentimientos de quienes están prejuiciados contra nosotros que
los de nuestros amigos.
Se requiere precaución, tanto más cuanto
existe una fuerte tendencia, especialmente en aquellos que son débiles en la fe
–y más aún en quienes han recibido impresiones recientes-, a estar muy atentos
a las opiniones de quienes los rodean. Y se teme que muchos, al imaginar que
otros tienen una opinión favorable de ellos, se vean sostenidos por esperanzas
ilusorias, y se endurezcan para su propia perdición.
5°.
La doctrina de Jesús se dirige al corazón, y nunca deja de afectarlo cuando es
entendida y creída. No produce meramente una reforma exterior, mientras la
mente permanece bajo el dominio del pecado. «Porque las armas de nuestra
milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de
fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el
conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a
Cristo» (2 Co. 10:4-5).
En el autoexamen, por lo tanto,
debemos atender a nuestros sentimientos internos, así como a la conducta
general de nuestra vida. En este punto, muchos han errado. Mientras algunos han
considerado que la verdadera religión consiste casi exclusivamente en ciertas
emociones mentales, sin prestar la debida atención a la conducta; otros, al
observar cuán poco se corresponde la práctica de algunos con lo que profesan
sentir, han desechado por completo la consideración de las emociones internas,
y se han fijado únicamente en el comportamiento exterior. Ambos están en error.
Al atender tanto a los movimientos de nuestra mente como a nuestra práctica,
estamos en menor peligro de ser engañados. Lo uno sirve de control para lo
otro. Nuestra conducta puede parecer buena en muchos aspectos, aunque proceda
de un principio corrupto. Y al juzgar nuestros sentimientos sin someterlos a la
prueba de la práctica, somos siempre propensos a engañarnos y a alimentar
aquellos sentimientos que nos producen placer, sin considerar de dónde
provienen. Solo cuando nuestros sentimientos y nuestra práctica corresponden
entre sí podemos tener una satisfacción bien fundada.
6°. Debemos cuidarnos de formarnos un
juicio sobre nosotros mismos a partir de observaciones parciales y aisladas de
nuestra conducta. A esto somos extremadamente propensos. Siempre dispuestos a
alejarnos de una consideración universal de los caminos de Dios, tendemos a
descansar en una acción, o serie de acciones, como evidencia de que todo está
bien con nosotros, y así halagarnos creyendo que en verdad somos siervos de
Cristo.
7°. La evidencia de que estamos en la
fe es siempre susceptible de aumento. Por tanto, no debemos contentarnos con la
presunción de que, en términos generales, el balance está a nuestro favor, sino
buscar la evidencia más decisiva posible. No debemos adormecernos diciendo que,
aunque somos imperfectos en muchos aspectos y ciertamente débiles en la fe,
estamos bien en lo fundamental. Según sea la evidencia de esta imperfección o
de nuestra debilidad en la fe, así será el peligro de naufragar completamente
en ella.
En resumen, cuanto mayor sea nuestro
progreso, menos estaremos dispuestos a admirar o depender de nuestros logros,
pues nuestro estándar de santidad se elevará proporcionalmente.
8°. La revelación de Dios –que Su amor
es inmutable, que los creyentes finalmente y ciertamente perseverarán, y que
los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables- se abusa con frecuencia
para descuidar o dejar de lado la necesidad del autoexamen. Cuando nos hallamos
tibios en nuestro amor y comenzamos a apartarnos de Dios, tendemos a apaciguar
nuestras conciencias con tales consideraciones. Los santos ciertamente
perseverarán, pero no podemos tener evidencia de que somos del número de ellos
a menos que permanezcamos en la verdad.
Las Escrituras distinguen uniformemente las operaciones salvadoras de Dios en el alma por su permanencia. Los hijos de Dios no son de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Hb. 10:39); mientras que aquellos que reciben la Palabra con gozo, pero no tienen raíz, se manifiestan por su tropiezo y apostasía, siendo incapaces de soportar la tentación. De allí se sigue que, cualquiera que sea lo que hayamos hecho o sufrido por el evangelio, si no permanecemos en la fe, no podemos ser salvos. Solo podemos ser salvos por el evangelio si retenemos en la memoria la verdad. Nadie, por lo tanto, puede lícitamente consolarse con las promesas de Dios –de que los creyentes perseverarán- si no está realmente perseverando y, bajo la influencia de esas promesas, ocupándose en su salvación con temor y temblor. De ahí que, en el autoexamen, la pregunta no es si alguna vez creímos en un momento pasado, sino si ahora estamos en la fe de Cristo.
* * *
Este librito fue traducido del ingles de The Doctrine and Duty of Self-examination por James A. Haldane (1786-1851).
Copyright © 2025 Chapel Library. Traducido y editado por Jorge E. Castañeda. Impreso en los EE.UU.
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A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
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domingo, 26 de abril de 2026
LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)
16. Del conflicto a la victoria
El texto también implica que la prevalencia del gobierno de Cristo no llegará sin batallas. No puede haber victoria donde no hay ningún combate. En Isaías se dice: «sacará el juicio a verdad» (Isaías 42:3, RVR 1909). En Mateo se dice que sacará «a victoria el juicio» (Mateo 12:20). La palabra «sacar» tiene un sentido más intenso en el texto original –sacar con fuerza-, lo que muestra que donde Su gobierno es genuino, será resistido hasta que obtenga la ventaja. Nada enfrenta tanta oposición como Cristo y Su gobierno, tanto en nuestro interior como en el exterior (y en nuestro interior mayormente en la conversión). Aunque la corrupción no prevalece al punto de invalidar la poderosa obra de la gracia, no solo existe la posibilidad de resistirla, sino que también hay una tendencia a resistirla, y no solo una tendencia, sino también una resistencia concreta contra la obra del Espíritu de Cristo, y eso en cada acción. Sin embargo, la resistencia no prevalece al punto de invalidar la obra de la gracia, sino que la corrupción a la larga cede ante la gracia.
Llevar a Cristo al corazón y erigir un tribunal para que Él juzgue allí conlleva muchas dificultades. Hay un ejército de concupiscencias que se amotinan contra Él. Todo el vigor de la mayor parte de los esfuerzos y las capacidades del hombre está dirigido a impedir que Cristo rija en el alma. La carne sigue esforzándose por conservar su propio gobierno y, por lo tanto, desacredita a viva voz todo lo que la perturba (por ejemplo, las benditas ordenanzas de Dios) y tiene en alta estima todas las cosas, por muertas y vacías que sean, que le otorgan la libertad de la carne.
¿Por qué es resistido el gobierno de Cristo?
No es sorprendente que el gobierno espiritual de Cristo sea resistido así:
Primero, porque es un gobierno, y eso limita el curso de la voluntad y pone freno a sus deambulaciones. Todo lo natural resiste a lo que se le opone y, por lo tanto, la voluntad corrupta se esfuerza por echar abajo todas las leyes y considera que es noble no sentir miedo, que experimentar temor es una muestra de un espíritu inferior, aunque sea temor de Dios mismo. Piensa así hasta que el peligro inevitable se apodera del hombre. Entonces, los que menos temían cuando no estaban en peligro son los que más temen en el peligro, como vemos en el caso de Belsasar (Daniel 5:6).
Segundo, porque es un gobierno espiritual, y, por lo tanto, la carne lo tolera aún menos. El gobierno de Cristo pone en obediencia incluso los pensamientos y deseos, que son el flujo más inmediato y libre del alma. Aunque alguien pudiera controlar su comportamiento toda su vida, al grado de no cometer ofensas externas, aún así a los ojos de Cristo la mente puesta en la carne es muerte (Romanos 8:6 NBLA). Él contempla la mente carnal con más odio que cualquier ofensa específica.
Alguien podría objetar: «Pero el Espíritu de Cristo está en aquellos que tienen una mente terrenal en cierto grado». Eso es cierto, pero no está allí para permitirla y conservarla, sino para resistirla, subyugarla y, a la larga, conquistarla. Los hombres carnales desean unir a Cristo y a la carne, y estarían contentos de someterse al Señor con ciertas reservas. Pero Cristo no será subalterno de ningún afecto vil, y por lo tanto, si permitimos en nosotros cualquier concupiscencia pecaminosa, eso demuestra que nunca le entregamos las llaves a Cristo para que nos gobierne.
Tercero, este juicio es resistido porque es un juicio y a las personas no les gusta ser juzgadas y censuradas. Pues bien, Cristo, con Su verdad, las emplaza, pronuncia un veredicto contra ellas y las obliga a comparecer ante el juicio final del gran día; por eso, el hombre pretende juzgar la verdad que lo juzgará a él. Pero la verdad es demasiado fuerte para el hombre. El hombre ahora tiene su día, que Pablo llama «día humano» (1 Corintios 4:3 [nota marginal])7, durante el cual se sienta en el estrado y usurpa el juicio sobre Cristo y Sus caminos, pero Dios tiene un día en que rectificará todas las cosas, y Su juicio perdurará. Los santos tendrán su tiempo en que se sentarán para juzgar a los que ahora los juzgan a ellos (1 Corintios 6:2). En el intertanto, Cristo domina en medio de Sus enemigos (Salmo 110:2), aun en medio de nuestros corazones.
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7 Aquí Sibbes está haciendo referencia a la 1599 Geneva Biblie que tiene esta nota marginal.
Debemos esperar resistencia
Por lo tanto, no es una muestra de que estamos en una buena condición que encontremos todo tranquilo, sin ninguna resistencia, pues ¿podemos imaginarnos que la corrupción, el elemento más antiguo en nosotros, y Satanás, el fuerte que tiene muchas fortalezas en nuestro interior, cederán su terreno tranquilamente? No, apenas el diablo descubre un pensamiento bondadoso, se une a la corrupción para matarlo tan pronto nace. Y así como la crueldad de Faraón estaba especialmente dirigida a los niños varones, así también la malicia de Satanás está dirigida especialmente a las resoluciones más religiosas y varoniles.
Siempre debemos esperar que donde llegue Cristo, habrá oposición. Cuando Cristo nació, toda Jerusalén se turbó, y cuando Cristo nace en alguna persona, el alma se halla en un tumulto, y todo debido a que el corazón no está dispuesto a rendirse para dejar que Cristo lo rija.
Cada vez que Cristo viene, trae división, no solo entre el hombre y su propio yo, sino también entre los distintos hombres y entre las distintas iglesias. De estas perturbaciones Cristo no es más responsable que la medicina de la agitación del cuerpo enfermo. Los agentes patógenos son la verdadera causa, pues el propósito de la medicina es restaurar la salud. Sin embargo, Cristo considera adecuado que los pensamientos del corazón del hombre sean revelados, y ha sido puesto tanto para la caída como para el levantamiento de muchos en Israel (Lucas 2:34).
De esta manera queda manifiesta la locura desesperada del hombre, pues prefiere ser guiado por sus propias concupiscencias –y, en consecuencia, por el mismísimo diablo- para su destrucción eterna que colocar los pies en los grilletes de Cristo y el cuello bajo Su yugo, aun cuando de hecho, el servicio de Cristo es la única libertad genuina. Su yugo es un yugo fácil, Su carga es como la carga de las alas del ave, que solo la hacen volar más alto. El gobierno de Satanás consiste en una esclavitud a la cual Cristo entrega a aquellos que rechazan Su gobierno (otorgándole a Satanás y a sus demonios poder sobre ellos). Como no quieren recibir «el amor de la verdad» (2 Tesalonicenses 2:10), tómalos, Jesuita, tómalos, Satanás; ciégalos, encadénalos y guíalos a la perdición. Los que más se otorgan libertades para pecar son los esclavos más grandes, ya que son los esclavos más voluntarios. La voluntad es lo mejor o lo peor de las cosas. Mientras más avanza el hombre en el curso de su propia voluntad, más se hunde en su rebelión, y mientras más resiste a Cristo haciendo lo que él mismo desea, más sufrirá un día lo que no quiere sufrir. En el intertanto, estas personas son prisioneras en sus propias almas, sus conciencias están esclavizadas al juicio póstumo de Aquel cuyo juicio no quieren aceptar en la vida. ¿Y acaso no es justo que vayan a verlo como un Juez severo que las condenará cuando no quisieron recibirlo como un Juez afable para regirlas?
Nuestra victoria en Cristo es segura
En conclusión, y como aplicación general de todo lo que se ha dicho, vemos el estado conflictivo, pero a la vez seguro y esperanzador del pueblo de Dios. La victoria no radica en nosotros, sino en Cristo, quien ha asumido la tarea de conquistar por nosotros y también en nosotros. La victoria no radica en nuestra propia fuerza para obtenerla ni en la fuerza de nuestros enemigos para impedirla. Si dependiera de nosotros, tendríamos buenos motivos para temer. Pero Cristo mantendrá Su propio gobierno en nosotros y tomará nuestro lado contra nuestras corrupciones que son tanto Sus enemigos como los nuestros. Por eso, fortalezcámonos «en el Señor, y en el poder de su fuerza» (Efesios 6:10). No pongamos tanto la mirada en quiénes son nuestros enemigos, sino más bien en Quién es nuestro Juez y Capitán, no en lo que ellos amenazan, sino en lo que Él promete. Tenemos más por nosotros que contra nosotros. ¿Qué clase de cobarde no pelearía cuando está seguro de la victoria? En esta batalla nadie es derrotado sino el que no quiere pelear. Por lo tanto si hay pereza vil en nosotros, identifiquemos eso como la causa del problema.
El desánimo provocado por la incredulidad y el mal reporte de la buena tierra dado por los espías hicieron que Dios jurara en Su ira que no entrarían en Su reposo. Tengamos cuidado, no sea que el espíritu del desaliento, que surge de la aparente dificultad y desgracia involucrada en los buenos caminos de Dios, provoque a Dios a privarnos del ingreso al cielo. Vemos aquí qué es lo que podemos esperar que nos llegue del cielo. Oh, amados, es un consuelo tener un concepto correcto de Cristo, conocer el amor, la misericordia y el poder que están guardados para nosotros en el seno de Cristo. Decimos que tener un buen concepto del médico es la mitad de la cura. Hagamos uso de esta misericordia y este poder cada día en nuestros combates cotidianos: «Señor Jesús, Tú has prometido que no apagarás el pábilo que humea ni quebrarás la caña cascada. Fomenta Tu gracia en mí, no me dejes a mí mismo; la gloria será Tuya». No permitamos que Satanás nos quiera cambiar a Cristo, ni que lo pretenda presentar como alguien distinto a como Él es para con los Suyos. Cristo no nos dejará hasta que nos haya hecho como Él mismo, totalmente gloriosos por dentro y por fuera, y nos haya presentado sin mancha delante de Su Padre (Judas 24).
¡Es un verdadero consuelo saber que no siempre tendremos los mismos conflictos con nuestro corazón rebelde! Esforcémonos durante un breve tiempo, y seremos felices por siempre. Cuando nos veamos atribulados por nuestros pecados, pensemos que Cristo ha recibido del Padre la orden de no apagar «el pábilo que humeare» hasta que lo haya subyugado todo. Esto coloca en nuestras manos un escudo con el que podremos hacer rebotar «todos los dardos de fuego del maligno» (Efesios 6:16). Satanás objetará: «Eres un gran pecador». Podemos responder: «Cristo es un Salvador poderoso». Sin embargo, él objetará: «No tienes fe ni amor». «Sí, tengo una chispa de fe y amor». «Pero Cristo no va a tener eso en consideración». «Sí lo va a hacer, Él no apagará el pábilo que humeare». «Pero eso es tan pequeño y débil que se desvanecerá y no servirá para nada». «No, al contrario, Cristo lo avivará hasta que saque a victoria el juicio». Cuando creímos por primera vez, luchamos con Dios y vencimos (por así decirlo) al creer el perdón de nuestros pecados, a pesar de la culpa de nuestras conciencias y de Su justicia absoluta. Ahora, habiendo vencido con Dios, y aprendido a ejercer la fe ¿qué puede oponerse a nosotros?
Oh, qué gran humillación le causa a Satanás el hecho de que tenga que esforzarse tanto para apagar una pobre chispa, sin conseguirlo. Oh qué gran humillación es el hecho de que un grano de mostaza sea más fuerte que las puertas del infierno, al grado de que pueda remover las montañas de las oposiciones y tentaciones del diablo y de nuestros corazones rebeldes para con Dios. Abimelec no pudo soportar que se dijera «Una mujer lo mató» (Jueces 9:54), y por lo tanto debe ser un gran tormento para Satanás el hecho de que un niño débil, una mujer, un anciano decrépito puedan hacerlo huir mediante un espíritu de fe.
Atesoren hasta la menor medida de gracia
Ya que donde hay un poco de gracia genuina hay tanto consuelo que esta será victoriosa, examinemos con frecuencia lo que Dios ha obrado en nosotros, consideremos tanto nuestro bien como nuestro mal, y sintamos más gratitud a Dios incluso por la menor medida de gracia que por cualquier cosa externa. Esa gracia será de más utilidad y consuelo que todo este mundo, que pasará y quedará reducido a nada. Sí, seamos agradecidos por esa victoria prometida y garantizada en que podemos descansar sin presunción como lo hace Pablo: «Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Corintios 15:57). Vean una llama en la chispa, un árbol en la semilla. Vean grandes cosas en los comienzos pequeños. No miren tanto el comienzo como la perfección, y así estaremos, en cierta medida gozosos y agradecidos de Cristo.
Tampoco debemos concluir que si no tenemos una gran medida de gracia, no tenemos nada de gracia, pues la fe y la gracia no consisten en una medida indivisible, como si el que no tiene tal o cual medida no tuviera nada en absoluto. Por el contrario, así como hay una gran diferencia entre una chispa y una llama, también hay una gran diferencia entre la menor y la mayor medida de gracia, y el que tiene la menor medida está dentro del círculo del favor eterno de Dios. Aunque no sea una luz brillante, sí es una mecha humeante que el tierno cuidado de Cristo no le permitirá apagar.
Estímulos para acudir a Cristo
Y que todo lo que se ha dicho atraiga a los que aún no están en un estado de gracia, de modo que se pongan bajo el gobierno dulce y victorioso de Cristo, pues, aunque tendremos mucha oposición, si nos esforzamos Él nos ayudará. Si fallamos, Él nos preservará. Si somos guiados por Él, venceremos. Si vencemos, de seguro seremos coronados. Vemos la gran desolación del estado actual de la Iglesia, pero consolémonos, pues la causa de Cristo prevalecerá. Cristo reinará hasta que Sus enemigos se transformen en el estrado de Sus pies (Salmo 110:1), estrado que no solo será pisado por Él, sino que también lo ayudará a elevarse aún más en gloria. Babilonia caerá: «porque poderoso es Dios el Señor, que la juzga» (Apocalipsis 18:8). El juicio de Cristo será victorioso, no solo en Sus hijos, sino también sobre Sus enemigos, pues es «Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19:16). Dios no tolerará para siempre que el anticristo y sus partidarios se rebelen y se ensoberbezcan en la Iglesia como ahora lo hacen.
Cristo es la esperanza de la Iglesia
Si miramos la condición actual de la Iglesia de Cristo, es como un Daniel rodeado de leones, como el lirio entre las espinas, como un navío que no solo es llevado por las olas, sino que por poco está cubierto por ellas. Su condición es tan baja que los enemigos piensan que han enterrado a Cristo, en cuanto a Su evangelio, en la tumba y piensan que allí le impedirán levantarse. Sin embargo, así como Cristo resucitó personalmente, también quitará todas las piedras y volverá a levantarse en Su Iglesia. ¡Qué poco apoyo tienen la Iglesia y la causa de Cristo en la actualidad! ¡Cuán fuerte es la conspiración en su contra! El espíritu del anticristo está ahora alzado y marcha furioso. Pareciera que las cosas penden de un hilo diminuto e invisible. Pero nuestro consuelo es que Cristo vive, reina y está en el monte Sión para defender a los que están a favor de Su causa (Apocalipsis 14:1). Y cuando los estados y los reinos se desmenucen entre sí, Cristo cuidará de Sus propios hijos y Su propia causa, pues no hay nada más en el mundo que Él estime tanto. En este mismo instante, la liberación de Su iglesia y la ruina de Sus enemigos están en progreso. No vemos que nada se mueva mientras Cristo hace la obra, pero veremos que el Señor reina.
Cuando Cristo y Su Iglesia están en su punto más bajo, están más cerca de la exaltación. Cuando sus enemigos están en su punto más alto, están más cerca de la caída. Los judíos aún no se han alistado bajo el estandarte de Cristo, pero el Dios que ha persuadido a Jafet para que more en las tiendas de Sem (Génesis 9:27) persuadirá a Sem para que more en las tiendas de Jafet. La «plenitud de los gentiles» aún no ha entrado (Romanos 11:25), pero Cristo, que ha recibido por posesión los confines de la tierra (Salmo 2:8), reunirá a todas las ovejas que Su Padre le dio en un redil, para que haya un rebaño y un Pastor (Juan 10:16). Los judíos fieles se regocijaban al pensar en el llamamiento de los gentiles, ¿por qué no deberíamos regocijarnos nosotros al pensar en el llamamiento de los judíos?
Hasta ahora, el curso del evangelio ha sido como el del sol, de oriente a occidente, y de igual manera, en el momento de Dios, puede seguir progresando hacia occidente. Ninguna criatura puede impedir el avance del sol, detener la influencia del cielo, impedir el soplo del viento, ni mucho menos entorpecer el poder prevalente de la verdad divina hasta que Cristo haya colocado todo bajo una Cabeza y luego le presente todo a Su Padre: «Estos son los que me has dado; estos son los que me han recibido como su Señor y Rey, los que han sufrido conmigo. Mi voluntad es que estén donde Yo estoy y reinen conmigo». Entonces le entregará el Reino a Su Padre y acabará con todos los otros regímenes, autoridades y poderes (1 Corintios 15:24).
La fe prevalecerá
Por lo tanto, hagamos que nuestro corazón adopte resoluciones santas y determinémonos a hacer lo bueno y a oponernos a lo malo, tanto en nosotros mismos como en los demás, en conformidad a nuestras vocaciones, con el incentivo de que la gracia y el poder de Cristo irán con nosotros. ¿Qué habría sido de aquella gran obra de Reforma de la religión en la reciente primavera del evangelio, si aquellos hombres no se hubieran armado de valor invencible para vencer todos los obstáculos, y además si no se hubieran armado con la fe de que la causa era de Cristo, Quien es fiel para Sí mismo? Lutero confesó ingenuamente que muchas veces actuó de forma desconsiderada y movido por diversas pasiones. Pero aunque admitió eso, Dios no lo condenó por sus errores, ya que la causa era Divina, y Lutero se esforzó por ser un hombre santo, por promover la verdad y por ser poderoso en oración y fuerte en la fe. Por lo tanto Dios lo usó para encender un fuego que el mundo entero jamás será capaz de apagar. Conforme a nuestra fe es nuestro estímulo para realizar todos los deberes; por lo tanto, fortalezcamos la fe, de modo que ella fortalezca todas las otras gracias. La mera creencia en que la fe será victoriosa es un medio para hacer que en verdad lo sea. Por lo tanto, crean que, aunque muchas veces es como un pábilo que humea, igualmente prevalecerá. Si incluso prevalece con Dios en las pruebas, ¿no prevalecerá sobre toda otra oposición? Esperemos un tiempo: «estad firmes, y ved la salvación» de Jehová (Éxodo 14:13).
Que el Señor Se revele cada vez más a nosotros en la faz de Su Hijo Jesucristo, que magnifique el poder de Su gracia avivando los comienzos de la gracia en medio de nuestras corrupciones y que santifique la meditación en nuestras propias debilidades para que nos humillemos y para que seamos animados por Su tierna misericordia. Que también nos persuada de que no nos echará fuera por nuestras corrupciones (que lo contristan, y que a nosotros nos hacen sentir miserables) debido a que nos ha recibido en el pacto de gracia. Y debido a que Satanás se esfuerza por oscurecer la gloria de la misericordia divina, y de estorbar nuestro consuelo mediante desánimos, que el Señor entonces quiera concedernos el usar correctamente Su gracia para no perder ninguna parte del consuelo que nos ha dado en Cristo; y que nos conceda que el poder victorioso del Espíritu Santo en nosotros sea una evidencia de la veracidad de la gracia, y una garantía de la victoria final, cuando Él será el todo en todos los Suyos, por la eternidad. Amén.
