Versículo para hoy:

domingo, 19 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 

14. Medios para que la gracia sea victoriosa

En cuanto a las instrucciones de cómo conducirnos para que el juicio de Cristo sea en verdad victorioso en nosotros, debemos saber que, aunque Cristo ha comenzado esta victoria, Él la consigue enseñándonos a pelear Sus batallas. Vence en nosotros haciéndonos «sabios para la salvación» (2 Timoteo 3:15), y mientras más creamos que Cristo vencerá, más nos esforzaremos por Su gracia para vencer, pues la fe es una gracia obediente y sabia. Cristo nos hace sabios para ponderar y pesar las cosas, y para clasificarlas y ordenarlas en consecuencia, de modo que podamos tomar la decisión más adecuada de lo que es mejor. Las siguientes son algunas reglas para ayudarnos a juzgar:

Reglas para un juicio correcto

Debemos juzgar las cosas a la luz de si promueven u obstaculizan nuestro propósito principal; si aclaran u oscurecen nuestro juicio; si nos hacen más o menos espirituales, acercándonos así a la fuente de la bondad, que es Dios mismo; si nos darán paz o dolor al final; si agradarán o desagradarán a Dios, y si son cosas que Él aprobará en nosotros. También debemos juzgar las cosas ahora como lo haríamos posteriormente, cuando el alma esté mejor capacitada para juzgar, por ejemplo, cuando enfrentemos cualquier calamidad pública o nos hallemos en la hora de la muerte, momentos en que el alma deja de contemplar todas las otras cosas para observarse a sí misma. Debemos considerar también las experiencias del pasado, y pensar qué habría sido mejor hacer en nuestros peores momentos. La gracia que hubiera sido adecuada entonces, lo sigue siendo ahora. Asimismo, debemos juzgar las cosas como lo hace Aquel que tiene la facultad de juzgar, y como ciertamente las juzgan los hombres santos que son guiados por el Espíritu. Más en específico, debemos juzgar como juzgan los que no están interesados en ningún beneficio que pueda venir del asunto en cuestión, pues las cosas externas ciegan incluso los ojos de los sabios. Vemos que los papistas son más corruptos en las cosas en que están vinculadas a su honor, su situación y su ganancia, pero son sanos en la doctrina de la Trinidad, que no afecta nada de eso. Sin embargo, no es suficiente que el juicio sea correcto, también debe ser pronto y fuerte.

Cómo mantener el juicio claro

1.   Cuando Cristo establece Su gobierno, crea un interés por mantener el juicio claro y fresco, pues mientras el juicio está derecho y firme, toda la complexión del alma se mantiene fuerte e inexpugnable. El juicio verdadero en nosotros promueve a Cristo, y Cristo lo promoverá. Todos los pecados surgen de principios falsos, ignorancia, falta de reflexión o incredulidad respecto a lo que es verdadero. Debido a su falta de consideración y a la debilidad de sus principios, Eva perdió el control en el comienzo (Génesis 3:6). Por lo tanto, es bueno almacenar principios verdaderos en nuestros corazones y repasarlos con frecuencia para que, en virtud de ellos, nuestros afectos y acciones puedan ser más vigorosos. Cuando el juicio está fortificado, el mal no halla entrada, pero las cosas buenas tienen aliados en nuestro interior, que nos hacen admitirlas. Cuando la luz verdadera de la convicción está brillando, no estamos dispuestos a cometer ni el menor mal pecando, aunque no hacerlo implique sufrir el mayor mal siendo castigados. «En vano se tenderá la red ante los ojos de toda ave» (Proverbios 1:17). Mientras el alma se mantiene volando, hay poco peligro en las trampas de abajo. Debemos perder nuestra alta estima por las cosas celestiales antes de poder ser arrastrados hacia cualquier pecado.

2.   Y como el conocimiento y los afectos se ayudan mutuamente, es bueno conservar nuestros afectos de amor y deleite usando todos los estímulos dulces y todos los alicientes divinos, pues la mente considera más lo que más le gusta al corazón. Los que pueden hacer que sus corazones se deleiten en Cristo son los que mejor conocen Sus caminos. La sabiduría ama a los que la aman. El amor es el mejor anfitrión de la verdad, y cuando el amor de la verdad no es recibido (2 Tesalonicenses 2:10), entonces abandona el corazón. El juicio comienza a corromperse cuando el amor se va, porque nosotros juzgamos según como amamos. Y, por lo tanto, es difícil ser afectivo y sabio en las cosas terrenales, pero en las cosas celestiales, cuando el juicio ha sido correctamente informado con anterioridad, mientras más crecen nuestros afectos, mejores y más claros son nuestros juicios, pues nuestros afectos, por fuertes que sean, nunca podrán elevarse lo suficiente como para alcanzar a la excelencia de las cosas. En los mártires, vemos que cuando la dulce doctrina de Cristo conquistó sus corazones, no pudo ser eliminada ni por todos los tormentos que la astucia de la crueldad logró idear. Si Cristo ha tomado posesión de los afectos, no hay forma de hacer que los desaloje. El fuego en el corazón vence todos los fuegos exteriores.

3.   La sabiduría también nos enseña dónde están nuestras debilidades, y dónde está la fortaleza de nuestro enemigo. De esta manera, en nuestro interior se aviva un temor celoso que nos preserva, pues dicho celo santo nos hace mantener las provocaciones, que son activas y operantes, alejadas de lo que es pasivo y reactivo en nosotros, así como mantenemos el fuego lejos de la pólvora. Los que desean evitar la generación de criaturas desagradables, impiden su concepción manteniendo alejados a los machos de las hembras. Este cuidado celoso se verá muy favorecido si consideramos diligentemente qué es lo que ha promovido u obstaculizado un carácter piadoso en nosotros, y nos hará asegurarnos de no consultar con sangre y carne, ya sean de nosotros o de otros. Si lo hacemos, ¿cómo podemos esperar que Cristo nos guíe a la victoria cuando escuchamos los consejos de los enemigos Suyos y nuestros?

4.   Cristo también hace que seamos diligentes para usar todos los medios que pueden avivar y preservar en nosotros los pensamientos y afectos renovados. Cristo honra tanto el uso de los medios y el cuidado que pone en nosotros que atribuye nuestra preservación y victoria a nuestra diligencia para guardarnos a nosotros mismos. «El que es engendrado de Dios, se guarda a sí mismo» (1 Juan 5:18, RV1909), aunque no por sí mismo, sino por el Señor, en dependencia de Él y usando los medios. Solo estamos seguros cuando usamos sabiamente todos los recursos ventajosos que tenemos a nuestro alcance. Cuando salimos de los caminos de Dios, salimos de Su gobierno, perdemos nuestra lucidez mental, y de un momento a otro, nos vemos sumidos en una disposición hostil. Cuando nos acercamos a Cristo (Santiago4:8) en Sus ordenanzas, Él se acerca a nosotros.

5.   Debemos mantenernos ejercitando la gracia. No nos preservan los hábitos somnolientos, sino la gracia en ejercicio. Cuando el alma está empleada en un deber civil o sacro, las corrupciones de nuestro interior están muy suprimidas, y los caminos por los que Satanás nos aborda están cerrados. Entonces, el Espíritu tiene la puerta abierta para expandir Su influencia sobre nosotros, y además la protección de los ángeles está más cerca nuestro en ese momento. Esta táctica muchas veces es más efectiva contra nuestros enemigos espirituales que la oposición directa. A causa del honor, Cristo tiene el compromiso de sostener a los que están en Su obra.

6.   Al seguir todas estas instrucciones, debemos alzar la mirada a Cristo, al Espíritu vivificante, y hacer nuestras resoluciones en Su poder. Aunque somos exhortados a allegarnos al Señor con propósito de corazón (Hechos11:23), debemos orar junto a David: «Conserva perpetuamente esta voluntad del corazón de Tu pueblo, y encamina su corazón a Ti» (1 Crónicas 29:18). Nuestros corazones por sí mismos son muy relajados e inestables. «Afirma mi corazón para que tema tu nombre» (Salmo 86:11), pues sin Cristo nuestras mejores intenciones se irán a pique. Es una petición agradable cuando, por amor a Dios, le pedimos que disponga nuestra alma para que Él pueda deleitarse en ella. Por lo tanto, al usar los medios, debemos elevar a Él nuestros deseos y nuestras quejas para que nos dé fortaleza y ayuda, y entonces podremos estar seguros de que sacará «a victoria el juicio».

7.   Por último, es beneficioso para la condición del alma que conozcamos el estado en que debería hallarse, pues así podemos ordenarla a la luz de lo que vemos. Siempre deberíamos estar listos para tener comunión con Dios; asimismo, siempre deberíamos tener la mente puesta en lo celestial, mientras lidiamos con asuntos terrenales, de tal manera que podamos redimir el tiempo para las cosas mejores. En todo momento, deberíamos estar listos para partir de aquí; deberíamos vivir en un estado en que quisiéramos estar al morir. Nuestros corazones deben estar preparados para cumplir todos los deberes buenos, abiertos a aprovechar todas las oportunidades buenas, cerrados para todas las tentaciones, siempre vigilantes y siempre con las armas en la mano. Mientras más lejos estemos de este ideal, más razones tenemos para humillarnos, pero aun así debemos seguir adelante, de modo que podamos tener más victoria sobre nosotros mismos y hacer que estas cosas nos sean más familiares y encantadoras. Cuando vemos que nuestras almas declinan, es mejor despertarlas mediante meditaciones trascendentes como la presencia de Dios, las cuentas estrictas que tendremos que dar ante Él, el infinito amor de Dios en Cristo y sus respectivos frutos, la excelencia de la vocación cristiana, la brevedad e incertidumbre de esta vida, el escaso bien que nos traerán aquellas cosas que pretenden robar nuestro corazón, y el resultado eterno del uso del tiempo presente. Mientras más lugar demos a que estas consideraciones calen hondo en nuestro corazón, más cerca nos elevaremos del estado en que nuestras almas gozarán en el cielo. Cuando nos volvemos negligentes en el cuidado de nuestras almas, Dios nos restaura el gusto por lo bueno a través de cruces duras. Así fueron restaurados David, Salomón y Sansón. Es mucho más fácil conservar el gusto por lo bueno que recuperarlo.

 Causas de la aparente falta de progreso

 Objeción: Pero, a pesar de mi esfuerzo, parece que sigo estancado.

1.   Al igual que la semilla de la parábola, no sabemos cómo crece la gracia. Sin embargo, a la larga, cuando Dios estime que es el mejor momento, veremos que todo nuestro esfuerzo no ha sido en vano. El árbol cae con el último hachazo, pero todos los golpes contribuyen a la obra.

2.   Algunas veces la victoria se posterga, porque un Acán se encuentra escondido, o porque nos falta humildad al igual que a los israelitas que no dieron su mejor esfuerzo contra los benjamitas, sino hasta que ayunaron y oraron (Jueces 20:26); o quizás porque no echamos mano de nuestras ayudas, sino que en vez de eso nos falta velar, y no obedecemos las indicaciones del Espíritu, quien siempre nos pretende dirigir a lo bueno. Nuestras propias conciencias nos dirán, si las dejamos hablar, que la causa es que nos hemos estado favoreciendo pecaminosamente. El método para vencer en este caso es, en primer lugar, obtener la victoria sobre el orgullo de nuestra propia naturaleza avergonzándonos a nosotros mismos en una confesión humilde ante Dios; en segundo lugar, derrotar la incredulidad de nuestros corazones sometiéndonos a la promesa del perdón, y luego, en tercer lugar, oponernos a los pecados que han prevalecido sobre nosotros confiando en la asistencia de Cristo. Si nos vencemos así a nosotros mismos, nos será fácil prevalecer sobre todos nuestros enemigos y conquistar todas las situaciones en que seamos colocados.

Todos deben ponerse del lado de Cristo

La segunda aplicación de la verdad acerca de la victoria inminente de Cristo, consiste en que lo mejor que las gentes y los pueblos pueden hacer es «honrar al Hijo» (Salmo 2:12), abrazando enteramente a Cristo y Su religión, y poniéndose de Su lado comprometiéndose a Su causa en el mundo. Su bando demostrará ser el más fuerte al final. Dichosos somos si Cristo nos honra al punto de usar nuestra ayuda para pelear Su batalla «contra los fuertes» (Jueces 5:23). La verdadera religión es para el Estado lo que el pilar principal es para una casa y lo que el poste es para la tienda: lo sostiene todo. Del mismo modo, Cristo debe ser el gobernante principal en las familias. Y que cada familia sea como una casa donde Cristo viva confiadamente y gobierne. Donde está Cristo, debe haber toda clase de felicidad. Si Cristo se va, toda la felicidad se va. Donde Cristo gobierna en Sus ordenanzas y Espíritu, todos los gobiernos subordinados prosperarán. La religión inspira vida y gracia en todas las demás cosas. Todas las otras virtudes sin ella no son más que una imagen linda sin cabeza. Donde las leyes de Cristo están escritas en el corazón, todas las otras leyes buenas son obedecidas de la mejor manera. Nadie menosprecia las leyes del hombre sin primero menospreciar las leyes de Cristo. Nemo humanam auctoritatem contemnit, nisi qui divinam prius contempsit (nadie desprecia la autoridad humana a menos que primero desprecie la autoridad divina). El hombre que es guiado por Cristo es la mejor de todas las personas, y el hombre que solo es guiado por su voluntad y sus afectos es, después del diablo, la peor de todas las criaturas. La dicha de las cosas más débiles radica en ser gobernadas por cosas más fuertes. Para el ciego es mejor ser guiado por alguien que tiene vista. Para las ovejas y otras criaturas frágiles es mejor ser guiadas por el hombre. Y para el hombre es sumamente dichoso ser guiado por Cristo, pues Su gobierno es tan victorioso que nos liberta del temor y del peligro de nuestros peores enemigos, y tiende a llevarnos a la máxima felicidad de la que nuestra naturaleza es capaz. Esto debería hacer que nos regocijáramos cuando Cristo reina en nosotros. Cuando Salomón fue coronado, el pueblo se regocijó hasta que la ciudad se llenó de estruendo (1 Reyes 1:45). Mucho más deberíamos regocijarnos nosotros en Cristo nuestro Rey.

         De igual forma, en el caso de las almas que nos son queridas, nuestra intención debiera ser que Cristo reine también en ellas, que Cristo las bautice con este fuego (Mateo 3:11), que estas chispas sean encendidas en ellas. Las personas se esfuerzan por cultivar entereza y temple, como dicen, en los niños que crían porque piensan que les serán útiles en los múltiples negocios y problemas de esta vida. Oh, pero cultivemos las chispas de la gracia en ellos, pues la entereza natural flaqueará ante los grandes problemas, pero estas chispas los harán conquistar los peores males.

         La tercera aplicación de la verdad de la victoria de Cristo es que nos lleva a observar que, si el juicio de Cristo será victorioso, entonces el papado, dado a que es de una naturaleza opuesta a él y ha sido instituido por el ingenio del hombre para preservar su pereza imponente, necesariamente caerá. Y ya ha caído en los corazones de aquellos en los que ha brillado la luz de Cristo. El papismo es una mentira fundada sobre la mentira del juicio infalible del hombre, que está sujeto al pecado y al error. Cuando lo que se tiene por principio de verdad se transforma en un principio de error, mientras más confiemos en él, en más peligro estaremos.

sábado, 18 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

13. La gracia reinará

    La tercera conclusión que se desprende de la última parte del texto es que el gobierno de Cristo será victorioso. Veamos las razones de ello.

Por qué el Reino de Cristo debe prevalecer

    1. Cristo ya ha conquistado todo por Sí mismo, y es «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos» (Romanos 9:5). Por lo tanto, es Dios sobre el pecado, la muerte, el infierno, Satanás y el mundo. Y así como los venció por Sí mismo, los vence en nuestros corazones y conciencias. Comúnmente decimos que la conciencia hace que el hombre sea majestuoso o despreciable, pues está puesta en nosotros para emitir juicio en lugar de Dios, ya sea a nuestro favor o en nuestra contra. Si la conciencia natural puede llegar a ser tan fuerte por sí misma ¿cómo será cuando cuenta con la luz de la verdad divina? Sin duda alguna, prevalecerá, ya para hacernos alzar la cabeza con valentía o para humillarnos profundamente. Si, por la gracia, se sujeta a la verdad de Cristo, enfrenta con valentía la muerte, el infierno, el juicio y todos los enemigos espirituales, pues entonces Cristo erige Su Reino en la conciencia y la transforma en una suerte de paraíso.

    El conflicto más terrible que tiene el alma es entre la conciencia y la justicia de Dios. Pues bien, si la conciencia, rociada con la sangre de Cristo, ha prevalecido ante los embates de la justicia de Dios, que ahora ha sido satisfecha por Cristo, prevalecerá sobre cualquier otra oposición.

    2. Enfrentamos enemigos malditos y condenados; por lo tanto, si han comenzado a caer ante el Espíritu en nosotros, caerán. Si vuelven a levantarse, será para tener una caída aún mayor.

    3. El Espíritu de verdad, a cuya tutela Cristo ha encomendado Su Iglesia, y la verdad del Espíritu, que es el cetro de Cristo, permanecen para siempre. Por lo tanto, el alma engendrada por la simiente incorruptible del Espíritu (1 Pedro 1:23) y esa verdad no solo debe vivir para siempre, sino que también debe prevalecer sobre todos los que la resisten, pues tanto la Palabra como el Espíritu son poderosos en sus operaciones (Hebreos 4:12). Y si el espíritu impío nunca está ocioso en los que Dios ha entregado a su dominio, no podemos imaginarnos que el Espíritu Santo vaya a estar ocioso en aquellos que han sido encomendados a Su dirección y gobierno. De manera que, al morar en ellos expulsará entonces a todos los que se rebelan contra Él, hasta llegar a ser el todo en todos.

    Lo espiritual es eterno. La verdad es un rayo del Espíritu de Cristo, tanto en sí misma como cuando es injertada en el alma. Por lo tanto, prevalecerá junto a la gracia obrada a través de ella, aunque sea poca. Un objeto pequeño en las manos de un gigante puede hacer grandes cosas. Una fe pequeña fortalecida por Cristo puede hacer maravillas.

    4. «Al que tiene, le será dado» (Mateo 25:29). La victoria sobre la corrupción o la tentación es una garantía de la victoria final. Como dijo Josué cuando puso el pie sobre los cinco reyes a los que conquistó: «así hará Jehová a todos vuestros enemigos» (Josué 10:25). El cielo ya es nuestro, solo luchamos hasta tomar plena posesión de él.

    5. Cristo como Rey arroja una luz imperiosa sobre el alma, hace agachar el cuello y ablanda los nervios de acero del hombre interior. Además, donde empieza a regir, rige para siempre: «Su reino no tendrá fin» (Lucas 1:33).

    6. El propósito de la venida de Cristo fue destruir las obras del diablo, tanto por nosotros como en nosotros, y el propósito de la resurrección no fue solo darnos una garantía de la seguridad de Su victoria, sino también (1) resucitar nuestras almas de la muerte en el pecado; (2) librar nuestras almas de las trampas y los dolores de la muerte espiritual que acompañan la culpa por el pecado; (3) elevarlas a un mayor consuelo, como el sol que irrumpe con más gloria desde una nube densa; (4) levantarnos más fuertes de tropiezos y caídas específicas; (5) elevarnos de todas las situaciones inquietantes y oscuras de esta vida, y (6) levantar al final nuestros cuerpos del polvo. El mismo poder que el Espíritu demostró al resucitar a Cristo (nuestra Cabeza) de los dolores de la muerte y del grado más alto de humillación (obtenido del Padre por la muerte de Cristo), es el mismo poder que el Espíritu mostrará en cada miembro de la Iglesia, la cual es Su cuerpo.

    Este poder es transmitido mediante la fe, por la que, luego de nuestra unión con Cristo en Sus estados de humillación y exaltación, nos vemos a nosotros mismos, no solo muertos en Cristo, sino también resucitados y sentados con Él en los lugares celestiales (Efesios 2:6). Y entonces, habiéndonos considerado muertos, resucitados, y por tanto victoriosos sobre todos nuestros enemigos en nuestra Cabeza; y habiendo comprendido que el propósito de Dios en todo esto es conformarnos a Su imagen por medio de la fe (2 Corintios 3:18); entonces podemos llegar a vencer todos nuestros enemigos espirituales por el poder que obtenemos de Él, Quien es la fuente de toda la fuerza espiritual de Su pueblo. Cristo cumplirá Su propósito en nosotros, lo cual es creído por medio de una fe certera, la cual nos incita a unirnos a Cristo en el cumplimiento de Sus propósitos.

     Del mismo modo, la Iglesia en general tendrá su victoria por Cristo. Cristo es la piedra pequeña cortada no con mano que desmenuzó la imagen terrible (Daniel 2:34) -es decir, todo gobierno hostil- hasta transformarse en «un gran monte que llenó toda la tierra» (Daniel 2:35). De manera que la piedra cortada del monte a la larga se transforma en un monte. Entonces, ¿quién eres tú, monte, que crees poder alzarte contra este Monte? Todo quedará liso y llano delante de Él. Él derribará todos los pensamientos montuosos, altivos y exaltados, y humillará el orgullo de toda carne. Cuando el tamo lucha con el viento, o la paja con el fuego, cuando el talón patea el aguijón, cuando la vasija pelea con el alfarero, cuando el hombre discute con Dios, es fácil saber qué bando tendrá la victoria. Los vientos pueden sacudir el barco donde está Cristo, pero no volcarlo. Las olas pueden golpear la roca, pero solo se quiebran a sí mismas cuando lo hacen.

¿Por qué parece que el enemigo es victorioso?

    Objeción: ¿Por qué la condición de la Iglesia y de los cristianos parece tan contraria a esta descripción? La victoria parece estar del lado del enemigo.


    Para entender esto, debemos recordar, en primer lugar, que generalmente los hijos de Dios vencen en sus angustias mediante el sufrimiento. Los corderos vencen a los leones y las palomas a las águilas mediante el sufrimiento, a fin de que puedan ser semejantes a Cristo, que conquistó más cuando sufrió más. Cristo tiene tanto un reino de paciencia, como un reino de poder.

    En segundo lugar, esta victoria es gradual y por lo tanto aquellos que quieren vencer al dar el primer ataque, o que quieren ganar la carrera al emprender los primeros pasos, son personas impacientes. Los israelitas estaban seguros de que tendrían la victoria en su paso a Canaán, pero aun así debían ganarla luchando. Dios no quiere que olvidemos en seguida cuán crueles son los enemigos que Cristo venció por nosotros. «No los mates, para que mi pueblo no olvide», dice el salmista (Salmo 59:11), de modo que, al experimentar el fastidio que nos causan, nos mantengamos temerosos de caer bajo su poder.

    En tercer lugar, Dios muchas veces obra a través de los opuestos: cuando quiere darnos victoria, primero permite que seamos derrotados; cuando quiere consolarnos, primero nos aterra; cuando quiere justificarnos, primero nos condena; cuando quiere glorificarnos, primero nos humilla. El cristiano vence incluso cuando es vencido. Cuando es vencido por algunos pecados, gana la victoria sobre otros más peligrosos, como el orgullo espiritual y la falsa seguridad.

    En cuarto lugar la obra de Cristo, tanto en la Iglesia como en el corazón de los cristianos, muchas veces retrocede para poder avanzar mejor. La semilla se pudre en la tierra durante el invierno, pero luego brota mejor, y mientras más duro es el invierno, más flores hay en la primavera. De igual forma, aprendemos a permanecer firmes mediante las caídas y somos fortalecidos cuando se descubren nuestras debilidades. Virtutis custos infirmitas (la debilidad es el guardián de la virtud). Echamos raíces más profundas cuando somos sacudidos, y así como las antorchas flamean con más brillo cuando se mueven, a Cristo le place en Su libertad, mantener de esa forma Su gobierno en nosotros. Esforcémonos por ejercer nuestra fe en esta verdad, de modo que corresponda a la forma en que Cristo lidia con nosotros. Cuando somos vencidos, creamos que venceremos; cuando hemos caído, creamos que volveremos a levantarnos. Jacob, luego de recibir un golpe que lo dejó cojo, no dejó de luchar (Génesis 32:25) hasta que obtuvo la bendición. De igual forma, nunca nos rindamos, sino que vinculemos el comienzo, el progreso y el final en nuestros pensamientos; entonces nos veremos en el cielo, fuera del alcance de todos los enemigos. Convenzámonos de que la gracia de Dios, incluso en este estado imperfecto, es más fuerte que el libre albedrío del hombre en el estado de perfección original. Ahora está basada en Cristo, quien además de ser el Autor, será el Consumador de nuestra fe (Hebreos 12:2). Estamos bajo un pacto de mayor gracia.

    Algunos dicen que la fe arraigada (fides radicata) persevera, mientras que la fe débil llega a extinguirse. Pero esto no es verdad, pues la fe más fuerte es susceptible a ser sacudida, y la fe débil, si está puesta en la verdad, está tan arraigada que ciertamente prevalecerá. La debilidad con vigilancia se mantiene firme mientras la fortaleza con demasiada confianza flaquea. La debilidad, cuando es reconocida, es el lugar y el objeto más adecuado para que Dios perfecciones Su poder, pues la conciencia de nuestras flaquezas nos lleva fuera de nosotros mismos, hacia Aquel en Quien se halla nuestro poder.

    De aquí se deduce que la debilidad puede ser consistente con la seguridad de salvación. Los discípulos, a pesar de todas sus debilidades, reciben la orden de regocijarse porque sus nombres están escritos en el cielo (Lucas 10:20). Los fracasos, acompañados de conflictos en la santificación, no deberían debilitar la paz de nuestra justificación ni de nuestra seguridad de salvación. Lo malo que hay en nosotros no importa tanto como lo bueno; las corrupciones que tenemos no son tan importantes como la forma en que las consideramos; las fallas puntuales no son tan importantes como la trama y el tenor de nuestra vida, pues el desagrado que Cristo tiene por lo que está mal en nosotros no se transforma en un odio hacia nuestras personas, sino en el sometimiento victorioso de todas nuestras debilidades.

    Algunos, luego del conflicto se han asombrado por la bondad de Dios, que hizo que una fe tan pequeña y temblorosa los sostuviera en combates tan duros, en los que Satanás por poco los atrapó. Y en verdad es asombroso lo mucho que prevalece un poco de gracia para que Dios nos acepte y nos dé la victoria sobre nuestros enemigos si el corazón es recto. Tal es la bondad de nuestro dulce Salvador que incluso se deleita en mostrar Su poder en nuestra debilidad.

Consuelo para los cristianos débiles

    La primera aplicación de esta verdad es para el gran consuelo de los cristianos pobres y débiles. Que sepan que la chispa del cielo, aunque esté encendida en madera verde, mojada y humeante, a la larga será un fuego que lo consumirá todo. Cuando el amor se ha encendido es fuerte como la muerte. Las muchas aguas no pueden apagarlo, y por ello es llamado fuerte llama, o llama de Dios (Cantares 8:6), encendida en el corazón por el Espíritu Santo. Lo poco que hay en nosotros es alimentado por un manantial eterno. El fuego que cayó del cielo en los días de Elías (1 Reyes 18:38) lamió toda el agua como prueba de que venía de Dios, así también este fuego consumirá toda nuestra corrupción. Ninguna aflicción externa ni ninguna corrupción interna lo apagarán. En la mañana, muchas veces vemos que las nubes se juntan alrededor del sol, como si quisieran esconderlo, pero el sol las vence poco a poco hasta llegar a su máximo vigor. En un comienzo, los temores y las dudas dificultan que este fuego crezca, pero a la larga los supera a todos y Cristo prevalece. Entonces Él sostienen Sus propias gracias en nosotros. Primero la gracia nos conquista a nosotros y luego nosotros conquistamos todo lo demás mediante ella, ya sean propias corrupciones interiores o tentaciones externas.

    La Iglesia de Cristo, engendrada por la Palabra de verdad, tiene la doctrina de los apóstoles por corona y pisa la luna (es decir, el mundo y todas las cosas mundanas) «debajo de sus pies» (Apocalipsis 12:1). Todo aquel «que es nacido de Dios vence al mundo» (1 Juan 5:4). La fe, mediante la cual Cristo gobierna especialmente, eleva tanto el alma que esta ve todas las demás cosas como si estuvieran muy abajo, pues el Espíritu de Cristo le presenta riquezas, honores, bellezas y placeres de una naturaleza superior.

Evidencias del gobierno de Cristo en nosotros

    Ahora bien, si no queremos ser privados del consuelo deseado, hay dos cosas que debemos considerar: Primero, debemos preguntarnos si hay tal juicio o gobierno en nosotros; y en segundo lugar debemos ponderar de qué manera debemos conducirnos para que el juicio de Cristo en nosotros llegue a ser victorioso.

    Las evidencias que nos permiten saber que el juicio de Cristo en nosotros será victorioso son las siguientes: 

    1. El poder considerar excelentes todos los caminos de Cristo (a pesar de la oposición de los hombres), y el poder someternos a la manera que Dios ha provisto en Cristo para llevarnos al cielo, anhelando y buscando una mayor medida de gracia que la que ya tenemos. De entre todos los hombres que tienen una conciencia despierta, solamente los creyentes pueden sinceramente ver esta evidencia en ellos.

    2. Considerar las razones de la religión como las más poderosas; ellas prevalecen por sobre las razones derivadas de la sabiduría mundana.

    3. Estar completamente resueltos a llevar a cabo nuestro deber, de tal manera que ni los temores, ni otras propuestas pueden desviarnos del mismo.

    4. «Nada podemos contra la verdad, sino por la verdad» (2 Corintios 13:8), pues la verdad nos es más preciada que nuestras vidas. La verdad no ejerce esta soberanía en el corazón de ningún hombre carnal.

    5. Escoger que Cristo nos rija antes que cualquier otro amo aún si tuviéramos la libertad de escoger bajo qué gobierno vivir, pues en el hombre interior nos deleitamos en el gobierno de Cristo. Esto indica que tenemos ideas afines a las de Cristo, que somos un pueblo libre y dispuesto, y que no estamos obligados a servir a Cristo por nada sino la dulce coacción del amor. El estar satisfechos con el gobierno del Espíritu de Cristo, de tal manera que estemos dispuestos a someternos a Él en todas las cosas, es una clara evidencia de que Su reino ha llegado a nosotros, y de que nuestra voluntad se encuentra sometida a la Suya. Por lo tanto, la tendencia de nuestra voluntad es lo que nos muestra si somos aprobados o reprobados.

    6. Tener una vida ordenada, uniforme, la cual muestra un corazón ordenado. Esto es similar a cuando la alarma y las manecillas de un reloj funcionan correctamente, porque las tuercas están bien ajustadas.

    7. Cuando la voluntad de Cristo compite con una pérdida o un beneficio terrenal, es una buena señal que el corazón esté dispuesto a inclinarse a Cristo en ese caso particular, pues las pruebas más genuinas del poder de la gracia se hallan en los casos específicos que nos tocan más de cerca, ya que entonces nuestra corrupción muestra la mayor resistencia. Cuando Cristo tocó la fibra más sensible del joven en el evangelio, perdió un discípulo (Mateo 19:22).

    8. El ser capaces de practicar los deberes que son agradables a Cristo, y a la vez contrarios a la carne y a la corriente del mundo. Asimismo, el ser capaces de vencer al mal al que tiende nuestra naturaleza (que corresponde al desenfreno de nuestros tiempos, y bajo el cual muchos se encuentran cautivos, como el deseo por venganza, el odio a los enemigos, fines egoístas, etc.). Estas cosas claramente muestran que la gracia que tenemos es celestial, superior a lo terrenal y que tendrá la victoria final.

    Para aclarar más esto y ayudarnos en nuestras pruebas, debemos saber que hay tres grados de victoria: el primero es cuando resistimos, pero somos derrotados; el segundo es cuando la gracia triunfa, aunque con conflicto, y el tercero es cuando todas las corrupciones son totalmente subyugadas. Si solo tenemos la fuerza para resistir, podemos saber que el gobierno de Cristo en nosotros será victorioso, pues lo que se dice del diablo es cierto respecto a todos nuestros enemigos espirituales: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros» (Santiago 4:7), pues «mayor es el que está en vosotros», que toma el lado de Su propia gracia, «que el que está en el mundo» (1 Juan 4:4). Si podemos esperar la victoria en la labor de resistencia ¿acaso no podemos esperar una victoria aun mayor cuando el Espíritu intervenga?

domingo, 12 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

12. El sabio gobierno de Cristo

    La segunda conclusión que se desprende de la última parte del texto es que el gobierno de Cristo sobre Su Iglesia y Sus hijos es un gobierno sabio y bien organizado, pues es llamado juicio, y el juicio es la vida y el alma de la sabiduría. De esta conclusión se desprenden dos deducciones: primero, que el gobierno espiritual de Cristo en nosotros va de la mano con el juicio y la sabiduría, y segundo, que donde hay verdadera sabiduría y juicio, el Espíritu de Cristo ha traído Su gobierno clemente.

Juicio y sabiduría

    Con respecto a la primera, la vida bien guiada por las reglas de Cristo está respaldada por las razones más fuertes y sublimes, por eso los santos son llamados «hijos de la sabiduría» (Lucas 7:35), y pueden justificar, tanto por la razón como por la experiencia, todos los caminos de la sabiduría. Los caminos contrarios son necedad y locura. Pablo dice que «el espiritual juzga todas las cosas» (1 Corintios 2:15) que tienen que ver con él, y no puede ser juzgado correctamente por nadie de rango inferior, porque carecen de la luz y visión espiritual para poder juzgar. Sin embargo, esa clase de personas juzgan y hablan «mal de cosas que no entienden» (2 Pedro 2:12); pasan de la ignorancia al prejuicio y la condena precipitada sin considerar el juicio recto, por lo que su juicio es anulado. Por el contrario, el juicio del hombre espiritual, hasta donde es espiritual, permanecerá, pues es acorde a la naturaleza de las cosas. Ante su juicio, las cosas son como son en realidad. Dios es en Sí mismo infinito en bondad y majestad, y así es Él para ellos. En sus corazones, le atribuyen a Dios Su divinidad y todas Sus excelencias. Cristo es en Sí mismo el único Mediador y el todo en todos (Colosenses 3:11), y así es concebido por la Iglesia en sus corazones. Todas las cosas son basura en comparación con Cristo (Filipenses 3:8), y eso son para Pablo, un hombre santificado. Incluso el peor aspecto de la religión, «el vituperio de Cristo», es mejor que «los deleites temporales del pecado» (Hebreos 11:25-26), y así lo considera Moisés, un hombre de buena reputación. Un día en los atrios de Dios es mejor que mil fuera de ellos (Salmo 84:10), y así lo considera David, un hombre de juicio reformado. El juicio del bueno es acorde a las cosas tal como son en sí mismas, y difiere o concuerda con ellas según Dios difiere o concuerda.

    La verdad es verdad, el error es error, lo que es ilícito es ilícito, de tal manera que no importa si los hombres piensan lo contrario. Dios ha colocado una discrepancia eterna entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, y la imaginación de la criatura nunca podrá alterarla. Por lo tanto, la medida de las cosas no es el juicio del hombre cuando este está en desacuerdo con la verdad que Dios impregnó en ellas mismas. Por esta razón, dado que el juicio del sabio concuerda con la verdad de las cosas, es posible decir en un cierto sentido que el sabio es la medida de las cosas, y que el juicio de un solo sabio es preferible por sobre el de mil personas necias. Por lo general, esos hombres son tan inamovibles como el curso del sol, ya que piensan, hablan y viven según las reglas. Josué y su casa servirán a Dios (Josué 24:15) sin importar lo que hagan los demás y correrán en la dirección opuesta al mundo porque sus juicios los guían en esa dirección. Es por eso que Satanás aborrece el ojo del alma, que es el juicio, y quiere arrancarlo a punta de ignorancia y razonamientos falsos, pues no puede regir en nadie sin primero quitar o pervertir el juicio. Es el príncipe de las tinieblas, y rige en las tinieblas del entendimiento. Por lo tanto, es necesario que primero sea sacado del entendimiento por la prevalencia de la verdad y su asentamiento en el alma. En consecuencia, los enemigos del conocimiento ayudan a erigir el trono de Satanás y el anticristo, cuyo reino, al igual que el del diablo, es un reino de tinieblas. En consecuencia, Cristo promete que el Espíritu Santo convencerá al mundo de justicia o juicio (Juan 16:8); es decir, está decidido a establecer un trono de dominio, pues el gran señor del desgobierno, Satanás, «el príncipe de este mundo», es juzgado por el evangelio y por el Espíritu que acompaña Su predicación. Sus imposturas quedan al descubierto, sus intenciones son desenmascaradas. Cuando el evangelio comenzó a expandirse, cesaron los oráculos y Satanás cayó del cielo como un rayo (Lucas 10:18); y los hombres comenzaron a ser trasladados al reino de Cristo. Si el enemigo prevalece a punta de mentiras, el desenmascaramiento equivale a su derrota: «Mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos» (2 Timoteo 3:9). De modo que cuando el error es descubierto, se detiene, pues nadie quiere ser engañado voluntariamente. Permitan que la verdad tenga su pleno alcance, sin controles ni restricciones: Satanás y sus instrumentos no prevalecerán, aunque hagan todo el mal que puedan. Jerónimo dice respecto a los pelagianos de su tiempo: «El que ustedes expliquen sus opiniones es contraproducente, pues las blasfemias de ustedes son evidenciadas a los ojos de todos»6.

Jerónimo (c.347-419) en Epistle to Ctesiphon [Epístola a Ctesifonte].

La necesidad de la luz celestial

    Así vemos que es necesario que el entendimiento esté fundamentado en un conocimiento sobrenatural para poder vivir una vida cristiana ordenada. Debe haber luz para que podamos descubrir un propósito que trasciende la naturaleza, debido al cual somos cristianos, y una regla adecuada para dirigirnos a ese propósito, que es la voluntad de Dios en Cristo, que revela Su beneplácito para con nosotros y nuestro deber para con Él. Y es en virtud de esa revelación que hacemos todo lo que, de algún modo, puede fomentar lo que consideramos cierto. Primero es necesario que el ojo sea bueno, y luego toda la estructura y el tenor de nuestra conducta será luminosa (Mateo 6:22), de lo contrario, tanto nosotros como el curso de nuestra vida no somos más que tinieblas. Toda la conducta del cristiano no es nada más que el conocimiento reducido a la voluntad, los afectos y la práctica. Si la digestión de los alimentos en el estómago no es buena, la función del hígado no puede ser buena; de igual forma, los errores de juicio dañan toda la práctica, así como los errores de los cimientos dañan toda la construcción. Dios no quiere sacrificios ciegos, servicios irracionales (Isaías 1:13), sino que desea que lo amemos con toda nuestra mente (Romanos 12:2), es decir, con todo nuestro entendimiento además de todo nuestro corazón (Lucas 10:27), que es la parte sensible del alma.

    Que el gobierno de Cristo sea administrado a través del juicio es algo grato para el alma, y Dios se deleita en preservar el modo de actuar propio del hombre, que es el de hacer lo que hace, movido por el juicio. La gracia presupone la existencia de una naturaleza, pues está basada en ella, y del mismo modo, la estructura de la gracia preserva la estructura de la naturaleza en el hombre. Por lo tanto, Cristo produce todo lo que es bueno en el alma a través del juicio, y lo hace con tanta dulzura que muchos caen en el error pernicioso de pensar que lo bueno que hay en ellos y sale de ellos proviene de de sí mismos, no de la obra poderosa de la gracia. Lo mismo ocurre respecto al mal; pues el diablo nos incita tan sutilmente mediante nuestra propia naturaleza, que los hombres llegan a pensar que Satanás no tiene nada que ver con sus pecados; aunque el error en este punto no es tan peligroso, porque la maldad sale de nosotros, siendo solamente incitada y promovida por el diablo; pero respecto a lo primero no existe semilla de bondad alguna en nosotros. Por el contrario, en nosotros no hay absolutamente ninguna semilla de bondad sobrenatural. Lo único que Dios encuentra en nosotros es enemistad, y solo Él ha esculpido en nuestra naturaleza una inclinación general hacia lo que juzgamos bueno. A diferencia del pasado, ahora cuando Dios nos revela lo que es particularmente bueno, nos sentimos atraídos hacia ello; y cuando nos muestra convincentemente que algo es malo, llegamos a aborrecerlo tan libremente como antes lo abrazábamos.

    Podemos concluir que estamos operando como deberíamos, cuando podemos ver que nuestras obras provienen de principios internos; es decir, nuestro proceder no solamente tiene que ver con nuestra educación, ni se debe a alguna influencia ejemplar, ni porque queremos pertenecer a un grupo; sino porque realmente practicamos la bondad porque la consideramos buena, y nos alejamos de la maldad porque la consideramos mala. Un cristiano saludable ha escogido la mejor parte al igual que María (Lucas 10:42), y sus pensamientos con el consejo se ordenan (Proverbios 20:18). Es verdad que Dios mueve a los hombres carnales a hacer buena obras, pero esto lo hace sin alterar sus convicciones. Dios obra a través de ellos, pero no en ellos; de tal manera que los impíos no aprueban el bien que pueden llegar a hacer, ni aborrecen el mal del cual se pudieran llegar a abstener.

Dónde se instaura el gobierno de Cristo

    La segunda deducción de esta conclusión es que donde se encuentran la verdadera sabiduría y el verdadero juicio, allí Cristo ha instaurado Su gobierno, pues donde se halla la sabiduría, ella no solo nos lleva a entender, sino también a ordenar bien nuestros caminos. Cuando Cristo como profeta enseña mediante Su Espíritu, también subyuga el corazón por Su Espíritu como Rey, de modo que este obedezca lo que aprende. Dios ha prometido, no solamente instruir el cerebro, sino enseñar el corazón, de tal manera que los hombres no solo saben lo que tienen que hacer, sino se les concede el poder hacerlo. No solo aprenden que deberían amar, temer y obedecer, sino que también aprenden el amor, el temor y la obediencia. Cristo afianza Su trono en el corazón mismo, y consecuentemente altera su dirección, de manera que no solo les enseña a sus súbditos a ser buenos, sino que también los transforma en personas buenas. Los otros príncipes pueden hacer leyes buenas, pero no pueden escribirlas en los corazones de su pueblo (Jeremías 31:33). Esa es la prerrogativa de Cristo: Él infunde Su propio Espíritu en Sus súbditos. En Él no solo reposa el espíritu de sabiduría e inteligencia, sino también el espíritu de temor de Jehová (Isaías 11:2). El conocimiento que Él nos da de Sí mismo es un conocimiento transformador (2 Corintios 3:18). El mismo Espíritu que ilumina la mente también inspira las inclinaciones hacia la gracia en la voluntad y los afectos, y le infunde vigor a todo el hombre. El hombre sobre el que opera la gracia no solo juzga como debe hacerlo, sino que también se inclina hacia lo que juzga y lo hace. Su vida es un comentario de su hombre interior. En esta persona existe entonces, una dulce armonía entre la verdad de Dios, su juicio y su manera de vivir.

Cómo nos gobierna Cristo

    El corazón del cristiano es como Jerusalén en su mejor momento, una ciudad que está bien unida entre sí (Salmo 122:3), donde están las sillas del juicio (Salmo 122:5). El juicio debería tener su trono en el corazón de cada cristiano. No es que el juicio por sí solo vaya a provocar un cambio; es necesario que la gracia altere la predisposición y la tendencia de la voluntad antes de que esta se deje influenciar por el entendimiento. Dios ha unido estas cosas, de tal manera que cuando resplandece en el entendimiento, a su vez concede un corazón sensible y sumiso. Esto es así, ya que sin una obra del Espíritu de Dios en el corazón, la persona seguiría sus propias inclinaciones hacia lo que ama, aunque su intelecto dijera lo contrario. No hay una correlación natural entre el corazón no santificado y el juicio santificado, pues el corazón que no ha sido cambiado no permitirá que el juicio concluya fría y sobriamente lo que es mejor; será como un enfermo que, mientras el cuadro febril le corrompe el paladar, tiene más deseos de complacerlo que de escuchar lo que el médico tiene que decir. El juicio no tiene poder sobre sí mismo si la voluntad no está subyugada, pues la voluntad y los afectos lo sobornan para que dé un veredicto a su favor cada vez que el provecho o el placer compiten con lo que el juicio solo considera bueno en términos generales. Por lo tanto, la mayoría de las veces el corazón tiene el poder de decidir lo que el entendimiento juzga y determina en los casos específicos. Si la gracia ha subyugado al corazón, las pasiones incontrolables no crean una niebla que le impide al entendimiento ver lo que es mejor en los casos específicos. Las consideraciones viles, que surgen del amor por nosotros mismos, no cambian la situación ni sesgan el juicio para que opine lo contrario, sino que lo que es bueno en sí mismo será bueno para nosotros, aunque entre en conflicto con nuestros propios intereses mundanos.

Consecuencias prácticas

    Entender correctamente esta verdad produce consecuencias prácticas, lo que me lleva a explicarlas con más detalle. Nos enseña cuál es el método correcto de la piedad: comenzar con el juicio, y luego rogarle a Dios que nos dé iluminación e inclinaciones santas en la voluntad y los afectos para que así se instaure en nuestro corazón un gobierno perfecto y que nuestro conocimiento sea «en buen juicio» (Filipenses 1:9, NVI), es decir, que involucre la experiencia y los sentimientos. Cuando el juicio de Cristo es instaurado en nuestros juicios y así, irrumpe en nuestros corazones por el Espíritu de Cristo, se halla en la posición y el trono que le corresponden. Hasta entonces, la verdad no nos sirve de nada, sino solo contribuye a condenarnos. La vida del cristiano es una vida regular, y el que anda conforme a la regla (Gálatas 6:16) de la nueva criatura, paz será sobre él. El que menosprecia el camino de Dios y ama vivir a lo grande, procurando todas las libertades de la carne, morirá (Proverbios 19:16). Y eso lo confirma Pablo: «Si vivís conforme a la carne, moriréis» (Romanos 8:13).

    Asimismo, aprendemos que los hombres que llevan una vida desordenada no tienen un juicio verdadero. Ningún impío puede ser sabio. Sin el Espíritu de Cristo, el alma está confusa, sin forma ni belleza, como estaban todas las cosas en el caos que antecedió a la Creación. Toda el alma está fuera de lugar hasta que es rectificada por aquel cuyo oficio es «restaurar todas las cosas». La parte más vil del alma, que debería estar sujeta, rige todo y subyuga todas las verdades presentes en el entendimiento, por pequeñas que sean, manteniéndolo cautivo a los bajos afectos. Y Satanás, mediante la corrupción, conquista todas las fortalezas del alma hasta que Cristo, que es más fuerte que él, viene y lo echa fuera, tomando posesión de todas las facultades y las partes del alma y del cuerpo para que sean armas de justicia a Su servicio. Entonces se cumple el dicho: «Amo nuevo, leyes nuevas». Cristo, el nuevo Vencedor, cambia las leyes fundamentales del viejo Adán y establece Su propio gobierno.

martes, 7 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

11. El juicio y la victoria de Cristo

    Ahora pasamos a la última parte de nuestro texto, que tiene que ver con el progreso constante del poder de la gracia de Cristo hasta llegar a establecer un gobierno absoluto en nosotros que prevalecerá sobre todas las corrupciones. Aquí se dice que avivará los comienzos de Su gracia en nosotros hasta «que saque a victoria el juicio» (Mateo 12:20).

El juicio de Cristo establecido en nosotros

    La palabra juicio se refiere aquí al reino de la gracia en nosotros, al gobierno mediante el cual Cristo erige un trono en nuestros corazones. Los gobernantes de los judíos primero eran llamados jueces y luego reyes, razón por la cual este dominio interno es denominado juicio. Otro motivo es que concuerda con el juicio de la Palabra, que el salmista llama muchas veces juicio (por ejemplo, en el Salmo 72:1,2) porque concuerda con el juicio de Dios. El hombre puede leer su perdición en la Palabra de Dios. El juicio que ella emite sobre ellos lo emite Dios. Cuando este juicio se establece en nosotros, el bien es discernido, permitido y realizado, y el pecado es juzgado, condenado y ajusticiado. Como nuestro espíritu está sometido al Espíritu de Cristo, es gobernado por Él, y hasta donde es gobernado por Cristo, nos gobierna con gracia.

    Cristo y nosotros tenemos un mismo juicio y una misma voluntad. Su voluntad es hecha en nosotros, y Sus juicios están dotados de tanta autoridad en nosotros que se transforman en nuestro juicio, pues tenemos Su ley en nuestros corazones, escrita allí por Su Espíritu (Jeremías 21:33). La ley del hombre interior y la ley escrita son copias idénticas.

    Entonces, el significado es que la tendencia a la santidad que el Espíritu de Cristo ha establecido en nuestros corazones por Su gracia seguirá progresando hasta que todos los poderes contrarios sean subyugados. El espíritu de juicio será un espíritu de devastación (Isaías 4:4) que consumirá toda corrupción hostil que corroe el alma cual óxido. Si los edificadores de Dios caen en errores y construyen hojarasca sobre el buen fundamento, el Espíritu de Dios, como un fuego espiritual, lo revelará a Su tiempo (1 Corintios 3:13) y destruirá esa hojarasca. Por el espíritu de juicio, los edificadores condenarán sus propios errores y caminos. Toda la obra de la gracia en nosotros nos es presentada bajo el nombre de juicio, y a veces, de sabiduría, pues el juicio es la parte principal y preponderante de la gracia, de modo que la gracia del arrepentimiento es llamada un cambio de mente y una sabiduría posterior. Por otro lado, en las lenguas clásicas las palabras que expresan la idea de la sabiduría también implican un deleite general de toda el alma, y la percepción del gusto por sobre la vista o cualquier otro sentido, pues el gusto es el sentido más necesario y el que requiere la aplicación más cercana del objeto que percibe. De igual manera, en la vida espiritual es sumamente necesario que el Espíritu cambie el paladar del alma para que pueda deleitarse tanto en el sabor de las cosas del Espíritu que pierda el gusto por todo lo demás.

    Y así como es cierto que el juicio de Cristo será victorioso en cada cristiano, también es cierto que lo será en todo el cuerpo de los cristianos, la Iglesia. El gobierno de Cristo y de Su verdad, mediante la cual Él rige como con un cetro, a la larga será victorioso a pesar de Satanás, del anticristo y de todos los enemigos. Cristo, que cabalga sobre Su caballo blanco (Apocalipsis 6:2), tiene un arco y sale venciendo en el ministerio para imponerse, ya sea mediante la conversión o la confusión. Sin embargo, pienso que la palabra juicio se refiere principalmente al Reino de Cristo y a Su gobierno en interior, en primer lugar, porque Dios requiere especialmente la sumisión del alma y la conciencia, que es el trono que Le corresponde; y, en segundo lugar, porque si el juicio prevalece en todos los que nos rodean, pero no en nuestros propios corazones, eso no nos daría ningún consuelo. Por lo tanto, lo primero que deseamos cuando oramos «Venga tu Reino» es que Cristo venga a reinar en nuestros corazones. El Reino de Cristo en Sus ordenanzas tiene la sola función de llevar a Cristo al lugar que le pertenece: nuestros corazones.

    Si explicamos las palabras así, entendiendo que este juicio incluye el gobierno de la mente, la voluntad y los afectos, hay varias conclusiones que se desprenden naturalmente de ellas.

La dulzura y el gobierno de Cristo

    La primera conclusión que surge al conectar esta parte del versículo con la anterior es que Cristo es tan dulce como hemos visto con el propósito de establecer Su gobierno en las personas con las que es tan bueno y tierno. Él perdona de esa manera para que lo obedezcan como Rey; nos toma por esposa para que lo obedezcamos como Marido. El mismo Espíritu que nos convence de que necesitamos que Su justicia nos cubra, también nos convence de que es necesario que Su gobierno nos rija. Su amor por nosotros lo hace moldearnos para que seamos como Él, nuestro amor por Él nos impulsa a convertirnos en personas en las que Él puede deleitarse y nuestra fe y esperanza no pueden ser mayores a nuestro interés en ser purificados como Él es puro. Nos transforma en gobernadores subordinados, sí, en reyes bajo Su autoridad, y nos da gracia, no solo para luchar contra nuestros afectos viles, sino también para subyugarlos en cierta medida. Uno de los principales frutos de la exaltación de Cristo es que puede convertirnos a todos de nuestra maldad (Hechos 3:26). «Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven» (Romanos 14:9). Dios ha prometido bajo juramento concedernos que «librados de nuestros enemigos, sin temor» le sirvamos «en santidad y en justicia delante de Él» (Lucas 1:75), y no solo delante del mundo.

El perdón nos lleva a la obediencia

    Esto puede servir como un examen para discernir quién puede reclamar con justicia la misericordia de Cristo. Solo los que toman Su yugo y tienen por mayor dicha estar bajo Su gobierno que gozar cualquier libertad de la carne; solo los que toman al Cristo completo y no seleccionan exclusivamente lo que puede coexistir con su contentamiento presente; solo los que no separan a Jesús de Su señorío, creando así a un Cristo a su imaginación, son los que pueden hacer este reclamo. Nunca ha habido nadie que desee verdaderamente la misericordia del perdón sin desear también la misericordia de la sanación. David ora pidiendo un espíritu nuevo además del sentido de la misericordia perdonadora (Salmo 51:10).

La justificación nos lleva a la santificación

    Esto también nos muestra el error de los que solo hacen que Cristo nos sea hecho justicia, pero no santificación (salvo en el sentido de la imputación). En realidad, gran parte de nuestra felicidad consiste en estar bajo un Señor que no solo nació por nosotros y nos fue dado a nosotros, sino que también tiene el principado sobre su hombro (Isaías 9:6, 7). Él es tanto nuestro Santificador, como nuestro Salvador por el poder de Su Espíritu, librándonos del poder de la culpa del pecado por el mérito de Su muerte. Debemos entonces recordar siempre estas cosas:

    1. El primer fundamento de nuestro consuelo, y el principal, es que Cristo como Sacerdote se ofreció a Sí mismo en sacrificio al Padre por nosotros. El alma culpable huye primero a Cristo crucificado, hecho por nosotros maldición. Por eso Cristo tiene derecho a gobernarnos y por eso nos da Su Espíritu como guía para llevarnos a casa.

    2. Durante el curso de nuestra vida, una vez que estamos en el estado de la gracia, si somos sorprendidos por cualquier pecado, tenemos que recordar acudir primero a la misericordia de Cristo para nuestro perdón y luego a la promesa de Su Espíritu para que nos gobierne.

    3. Y cuando sentimos que nos enfriamos en los afectos y el deber, lo mejor que podemos hacer es calentarnos al fuego de Su amor y misericordia, que lo llevaron a darse a Sí mismo por nosotros.

    4. Además, recuerden esto: que Cristo nos rige por un Espíritu de amor -por el sentido de Su amor-, y por eso Sus mandamientos nos son fáciles. Nos guía por Su Espíritu libre, un Espíritu de libertad. Sus súbditos son voluntarios. El apremio que imprime en Sus súbditos es el del amor. Nos lleva dulcemente con las cuerdas del amor. Sin embargo, recuerden también que nos arrastra fuertemente por el Espíritu de poder, pues no basta que el amor de Cristo que lo llevó a darse a Sí mismo para justificarnos nos dé motivos e incentivos para amarlo y obedecerle, sino que también es necesario que el Espíritu de Cristo subyugue nuestros corazones y los santifique para que lo amemos; sin eso, todos los motivos serán ineficaces.

    Nuestra disposición debe cambiar. Debemos ser nuevas criaturas. Los que buscan el amor espiritual en un corazón que no ha sido cambiado buscan el cielo en el infierno. Cuando un niño obedece a su padre, lo hace porque hay razones que lo persuaden y también por la naturaleza filial que le da vigor a esas razones. Es natural que, hasta donde ha sido renovado, el hijo de Dios ame a Cristo, no solo porque la razón lo incentiva a hacerlo, sino también por un principio y una obra de gracia interna, que les dan la fuerza principal a esas razones. Primero llegamos a ser participantes de la naturaleza divina y luego el Espíritu de Cristo nos incita y guía fácilmente a los deberes espirituales.

jueves, 2 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

10. No apaguéis al Espíritu

Ahora consideraremos las distintas clases de personas que cometen ofensas muy serias contra la disposición misericordiosa de Cristo.

Los que renuncian a la esperanza de la misericordia de Cristo

    Hay algunos que avanzan en las sendas torcidas de la vida bajo el pretexto de que sería inútil que acudieran a Cristo porque sus vidas han sido muy malas, pero, en realidad, tan pronto miramos al cielo vemos que todos los estímulos están listos para encontrarnos y guiarnos. Uno de los estímulos es que Cristo está listo para darnos la bienvenida y seguir guiándonos. Los únicos que se condenan en la Iglesia son los que están decididos a condenarse, entre ellos los que persisten en concebir ideas severas de Cristo para poder contar con un supuesto motivo para contentarse en otras cosas, como el siervo inútil (Mateo 25:30) que tuvo que convencerse de que su amo era hombre duro para poder adularse en sus caminos infructuosos y no multiplicar el talento que tenía.

Los que abrigan una falsa esperanza en la misericordia de Cristo

    Hay algunos que se aferran a una esperanza que ellos mismos fabrican: que Cristo les permitirá andar por las sendas que conducen al infierno y aun así los llevará al cielo, cuando en realidad todos los consuelos deberían acercarnos más a Cristo. Si ese no es el caso, se trata de un consuelo mentiroso, o bien en sí mismo o en la aplicación que estamos dando.

Los que resisten la misericordia de Cristo

    Hay algunos que se dedican a arrojar agua a las chispas que Cristo se esfuerza por encender en ellos porque no quieren ser inquietados por Su luz. Esas personas deben saber que el Cordero puede airarse y que los que no acudan bajo Su cetro de misericordia serán despedazados por Su cetro de poder (Salmo 2:9). Aunque en Su gracia Él cuida y preserva hasta la chispita más pequeña de gracia genuina, si en lugar de encontrar la chispa de la gracia, halla oposición a Su Espíritu que contiende con el hombre, se encenderá Su ira, y, una vez encendida, arderá hasta el infierno. No hay provocación que demande más justicia que cuando Su bondad es rechazada groseramente.

    Cuando Dios quiso curar a Babilonia y ella no quiso ser curada, fue entregada a la destrucción (Jeremías 51:9). Cuando Jerusalén no quiso juntarse bajo las alas de Cristo, su casa quedó desierta (Mateo 23:37, 38). Cuando la sabiduría extiende su mano y los hombres la rechazan, se reirá de la destrucción de ellos (Proverbios 1:26). Ni siquiera la salvación misma salvará a los que escupen la medicina y se quitan la venda. Será muy lamentable cuando este Salvador misericordioso se deleite en la destrucción, cuando el que hizo a los hombres no tenga compasión de ellos (Isaías 27:11).

    Oh, dicen los rebeldes de la época, Dios no nos hizo para condenarnos. Sí, si no te encuentras con Cristo en las sendas de Su misericordia, corresponde que comas del fruto de tu camino, y seas hastiado de tus propios consejos (Proverbios1:31). El infierno del infierno será cuando el hombre piense en que amó sus pecados más que su alma, cuando piense en el gran amor y la gran misericordia que casi se impusieron sobre él, pero aun así quiso perecer. Mientras más contribuyamos a nuestro propio juicio, más avergonzada de sí misma estará la conciencia. Entonces, el hombre reconocerá que Cristo no tiene culpa alguna y que él mismo no tiene excusa alguna.

    Si el hombre apela a su propia conciencia, esta le dirá que el Espíritu Santo golpeó muchas veces la puerta de su corazón, estando dispuesto a encender ciertos deseos santos en él. ¿Cómo más podría decirse que el hombre resiste al Espíritu Santo si el Espíritu no estuviera dispuesto a llevarlo a un grado de bondad mayor que el consistente con la propia voluntad humana? Por lo tanto, los que se pierden en la Iglesia son los que se auto condenan previamente. De manera que no necesitamos presentar más evidencia cuando el hombre mismo tiene una evidencia concluyente en su propio seno.

Los que presumen de la misericordia de Cristo

    Incluso los mejores de nosotros podemos pecar contra esta disposición misericordiosa si no velamos por guardarnos de la libertad que nuestra tendencia carnal está pronta a derivar de ella. Razonamos de la siguiente manera: si Cristo no apagará el pábilo que humea, ¿qué necesidad tenemos de temer que un descuido de nuestra parte nos lleve a un estado en que no tengamos consuelo? Si Cristo no lo apagará, ¿qué puede hacerlo?

    Sin embargo, ya conocen la prohibición del apóstol: «No apaguéis al Espíritu» (1 Tesalonicenses 5:19). Estas advertencias de no apagar el Espíritu son santificadas por Él como un medio para no apagarlo. Cristo ejecuta Su oficio de no apagar el Espíritu avivando en nosotros los esfuerzos correspondientes, y no hay nadie más solícito en el uso de los medios que los que están más seguros de que tendrán éxito. La razón es esta: los medios que Dios ha apartado para efectuar las cosas están incluidos en Su propósito de hacer que ellas acontezcan. Y ese principio se da por sentado incluso en los asuntos civiles, pues ¿quién colgaría el arado y descuidaría la labranza porque sabe que el año entrante será fructífero?

    Es por ello que el apóstol nos anima a la luz de la expectación certera de la bendición (1 Corintios 15:57,58), y esta motivación basada en el porvenir victorioso tiene el propósito de animarnos, no de desanimarnos. Si somos negligentes en el ejercicio de la gracia recibida y el uso de los medios prescritos, permitiendo que nuestros espíritus se carguen bajo los afanes de esta vida, y no nos concentramos en las necesidades de nuestra época, entonces frecuentemente Dios permitirá que caigamos en una condición sentimental peor que la de aquellos que no han recibido tanta luz. Sin embargo, en Su misericordia, no permitirá que seamos tan hostiles hacia nosotros mismos como para descuidar totalmente esas chispas una vez que han sido encendidas. Si fuera posible que se nos permitiera abandonar completamente todos los esfuerzos, lo único que podríamos esperar es apagar el Espíritu, pero Cristo conserva esta chispa y cuida esta semillita, de modo que siempre preserva en el alma un cierto grado de cuidado.

    Si queremos utilizar estas verdades para nuestro consuelo, debemos considerar todos los medios por los que Cristo preserva la gracia que ha empezado, medios como, en primer lugar, la comunión de los santos, mediante la que un cristiano le da calor al otro. «Mejores son dos que uno» (Eclesiastés 4:9). «¿No ardía nuestro corazón en nosotros?», dijeron los discípulos (Lucas 24:32). En segundo lugar, una comunión con Dios mucho mayor en los deberes santos como la meditación y la oración, que no solo encienden, sino que también le dan lustre al alma. En tercer lugar, en nuestra experiencia sentimos que el aliento del Espíritu va de la mano con el aliento de Sus ministros. Esa es la razón por la que el apóstol vincula esas dos cosas: «No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías» (1 Tesalonicenses 5:19, 20). Natán, con unas pocas palabras, avivó las chispas moribundas de David. En lugar de permitir que Su fuego en nosotros se apague, Dios mandará algún Natán que nos reprenda, y además siempre dejará algo en nosotros que corresponde con la Palabra; para que de la misma manera que un carbón puede ser avivado cuando tiene fuego previamente, así nosotros también podamos ser restaurados. El pábilo que humea se incendia fácilmente. En cuarto lugar, la gracia es fortalecida a través del ejercicio: «Levántate, y manos a la obra; y Jehová esté contigo» (1 Crónicas 22:16), le dijo David a su hijo Salomón. Aviva la gracia que está en ti, pues, de esta manera, las emociones santas se transforman en resoluciones, las resoluciones en práctica y la práctica en una disposición pronta para toda buena obra.

    Sin embargo, recordemos que la gracia aumenta con el ejercicio, no en virtud del ejercicio mismo, sino porque Cristo, mediante Su Espíritu, fluye hacia el interior del alma y nos acerca más a Él, que es la fuente, inculcando tanto consuelo que el corazón se expande más. El corazón del cristiano es el jardín de Cristo, y sus gracias son muchas especias y flores dulces que, cuando Su Espíritu sopla en ellas, emiten un rico aroma. Por lo tanto, mantengan el alma abierta a recibir al Espíritu Santo, pues Él siempre otorgará fuerzas renovadas para vencer la corrupción, sobre todo en el día del Señor. Juan estaba en el Espíritu en el día del Señor incluso en Patmos, el lugar de su destierro (Apocalipsis 1:10). Es entonces que el vendaval del Espíritu sopla con más vigor y dulzura.

    Por lo tanto, al buscar el consuelo de esta doctrina, no favorezcamos nuestra pereza natural, más bien ejercitémonos para la piedad (1 Timoteo 4:7) y esforcémonos por mantener este fuego ardiendo siempre en el altar de nuestros corazones. Preparemos nuestras lámparas todos los días, pongámosles aceite nuevo, y demos cuerda a nuestras almas para que se eleven cada vez más. Quedarse reposando en una buena condición es contrario a la gracia, que no puede evitar promover su propio avance. Que nadie convierta esta gracia «en libertinaje» (Judas 4). Las debilidades son motivos para tener humildad, no excusas para ser negligentes ni alicientes para ser presuntuosos. No deberíamos ser malos porque Cristo es bueno; por el contrario, esos carbones de amor deberían derretirnos. Por lo tanto, los que no experimentan ese último resultado al considerar la dulzura de Cristo bien pueden tener sospechas de sí mismos. Ciertamente, donde se halla la gracia, la corrupción es «como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos» (Proverbios 10:26). En consecuencia, los santos se esfuerzan para que su luz despunte, tanto por su propio consuelo como por el crédito de la religión y la gloria de Dios. Si una chispa de fe y amor es tan preciosa, ¡qué honor será ser ricos en fe! ¿Quién no preferiría caminar en la luz y en los consuelos del Espíritu Santo antes que vivir en una condición oscura y perpleja? ¿Quién no preferiría ser guiado con las velas llenas al cielo antes que ser llevado de acá para allá por los temores y las dudas? La angustia presente en el conflicto contra el pecado no es tan intensa como la intranquilidad que cualquier corrupción gratificada nos traerá más adelante. La paz verdadera radica en conquistar, no en ceder. El consuelo previsto en este texto es para los que quisieran hacerlo mejor, pero hallan que las corrupciones los obstruyen. Ellos son los que se hallan en una niebla que muchas veces les impide saber qué pensar de sí mismos. Son los que quisieran creer, pero muchas veces temen que no creen y los que creen que no puede ser posible que Dios sea tan bueno con infelices tan pecaminosos como ellos, pero al mismo tiempo no le dan su consentimiento a estos miedos y estas dudas interiores.

Los que buscan otras fuentes de misericordia

    Además, ¡qué gran agravio contra sí mismos y contra Cristo es el que cometen, entre otros, los que pretenden tener otros mediadores ante Dios! ¿Acaso hay alguno más compasivo que el que Se hizo hombre con el preciso propósito de poder ser compasivo con Su propia carne? Que todos recurramos a este dócil Salvador en todo tiempo y que elevemos todas nuestras peticiones en Su nombre victorioso. ¿Qué necesidad tenemos de golpear otra puerta? ¿Puede alguien ser más tierno con nosotros que Cristo? Tenemos muchos incentivos para encomendarle en oración el estado de la Iglesia en general o de cualquier cristiano de corazón quebrantado en particular. Podemos decirle de ellos lo que le dijeron de Lázaro: «Señor, la Iglesia que amas y por la te diste a Ti mismo está en aflicción»; «Señor, este pobre cristiano por el que fuiste molido (Isaías 53:5) está cascado y muy abatido». Es inevitable que Su corazón se conmueva cuando le presentan la miseria de los que Él ama tanto.

Los que maltratan a los herederos de la misericordia

    Al considerar la naturaleza clemente de Cristo, debemos también pensar en lo siguiente: si Él es tan bueno con nosotros, ¿seremos nosotros crueles con Él en Su nombre, en Su verdad, en Sus hijos? ¿Cómo pueden esperar ver cara a cara a este Salvador tan clemente los que son terribles con «los humildes de la tierra» (Sofonías 2:3)? Los que son tan agresivos con Su esposa sabrán un día que estaban tratando con Él mismo en Su Iglesia. De igual forma, es inevitable que el corazón de los que han sentido el amor de Cristo se hiera cuando escuchan cómo los demás hieren al que es la vida de sus vidas y el alma de sus almas. Eso hace que los que han experimentado misericordia lloren por Cristo, a quien traspasaron con sus pecados. Es inevitable que haya una simpatía mutua y pronta entre la Cabeza y los miembros. Cuando somos tentados a cometer cualquier pecado, si no nos compadecemos a nosotros mismos, al menos deberíamos escatimar a Cristo y no causarle nuevos tormentos. El apóstol no pudo encontrar un motivo más conmovedor para instarnos a presentarnos como sacrificio a Dios que el de apelar a «las misericordias de Dios» en Cristo (Romanos 12:1).

Los que siembran conflictos entre los herederos de la misericordia

    La misericordia de Cristo también debería movernos a la compasión por el estado de la pobre Iglesia, que es despedazada por enemigos externos y se desgarra a sí misma mediante divisiones internas. Las almas que han recibido consuelo de Cristo deben verse afectadas al considerar el ruego afectuoso que el apóstol hace para que haya un acuerdo mutuo en opinión y afectos. «Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo» (Filipenses 2:1-2), que es como si dijera: «A no ser que quieran renunciar a todo el consuelo de Cristo, esfuércense por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». ¡Qué espectáculo más dichoso es para el diablo y su séquito ver a los que se han separado del mundo hacerse pedazos entre ellos mismos! Nuestra discordia es música para nuestro enemigo.

    Más culpables aún son los que, por intereses privados, pretenden ser diferentes a los otros y no permiten que las heridas de la Iglesia se cierren y se sanen. Esto no quiere decir que las personas deban guardarse sus opiniones sobre la verdad cuando hay una razón justa para expresarlas, pues incluso la verdad más ínfima es de Cristo, no nuestra, y, por lo tanto no debemos tomarnos la libertad de afirmarla o negarla según nos plazca. Hay algo de valor tanto en el centavo como en la libra, así que debemos ser fieles incluso en la menor de las verdades cuando la ocasión lo requiere. Entonces nuestras palabras son como «manzana de oro con figuras de plata» (Proverbios 25:11). Una palabra a tiempo hace más bien que mil a destiempo. Pero, en algunos casos, la paz de tener nuestra fe para con nosotros delante de Dios (Romanos 14:22) es más importante que revelar ciertas cosas que tenemos por ciertas, tomando en cuenta que la debilidad de la naturaleza humana es tal que difícilmente es posible exhibir una diferencia de opiniones sin generar lejanía en los afectos. Mientras los hombres no sean de un parecer, difícilmente serán de un solo corazón, excepto cuando la gracia y la paz de Dios dominan ampliamente en el corazón (Colosenses 3:15). Por lo tanto, manifestar abiertamente las diferencias solo es bueno cuando es necesario, aunque algunos, movidos por un deseo de ser alguien, se meten en desvíos y se dejan llevar por una actitud contradictora. Sin embargo, Pablo sí puede juzgarlos, «aún [son] carnales» (1 Corintios 3:3). Si tienen sabiduría, es la sabiduría de lo bajo, pues la sabiduría que es de lo alto no solo es pura, sino también pacífica (Santiago 3:17). Nuestro bendito Salvador, cuando iba a dejar el mundo, ¿qué les recalcó a los discípulos más que la paz y el amor? Y en Su última oración, oró con gran fervor al Padre para «que todos sean uno», como Él y el Padre son uno (Juan 17:21). Sin embargo, solo disfrutaremos perfectamente aquello por lo que oró en la tierra cuando estemos en el cielo. Que eso haga que pensar en aquel tiempo nos sea aún más dulce.

Los que se aprovechan de los cascados

    Y para seguir exponiendo a esta clase de ofensores, ¿de qué espíritu debemos pensar que son los que se aprovechan de la cascadura y las debilidades espirituales de las personas para aliviarlas con una paz falsa y conseguir así sus propios fines mundanos? El espíritu herido está dispuesto a desprenderse de lo que sea. La mayoría de las ideas lucrativas del papado como la confesión, la satisfacción, el mérito y el purgatorio, surgen de esta fuente, pero son médicos inútiles, o mejor dicho, son torturadores. La bendición de haber sido libertados del aguijón de esos escorpiones (Apocalipsis 9:5) merece más gratitud que la que sentimos. La tiranía espiritual es la mayor tiranía, en especial si se ejerce cuando debería mostrarse más misericordia. Sin embargo, incluso entonces algunos, cual cirujanos crueles, se deleitan en administrar curas prolongadas para sacar provecho de la miseria de los demás. Hay una maldición terrible para el que «no se acordó de hacer misericordia, y persiguió al hombre afligido y menesteroso, al quebrantado de corazón, para darle muerte» (Salmo 109:16).

    De igual manera, además de los que sacan ventajas temporales de la miseria espiritual de los demás, debemos considerar a los que aumentan su patrimonio traicionando a la Iglesia y son infieles al deber que les fue encomendado, pues los hijos claman por el pan de vida, pero no hay nadie que se los dé. De esta manera, tales personas traen sobre el pueblo de Dios el duro juicio de la hambruna espiritual y hacen pasar hambre a Cristo en Sus miembros. ¿Retribuiremos así a un Salvador tan bueno que cuenta el amor y la misericordia mostrada al alimentar a Sus corderos (Juan 21:15) como si se la hubieran mostrado a Él mismo?

Los que desprecian los medios sencillos de la misericordia

    Por último, son muy hostiles para con Cristo los que se ofenden porque Él se inclina a nuestra baja condición en Su gobierno y Sus ordenanzas, los que se avergüenzan de la sencillez del evangelio, los que piensan que la predicación es locura. Esas personas, por el orgullo de su corazón, se imaginan que pueden hacerlo lo suficientemente bien sin la ayuda de la Palabra ni de los sacramentos, y piensan que Cristo no se dignificó lo suficiente. Por lo tanto, pretenden enmendar el asunto por sus propios medios para satisfacer de mejor forma la carne y la sangre, como lo hace el papismo. ¿Qué puede ser más ingrato que rechazar las asistencias que Cristo nos ha dado en Su misericordia? En los días de Su carne, los fariseos orgullosos se ofendieron porque Cristo conversaba con soltura con los hombres pecadores, aunque solo lo hacía como un médico para curar sus almas. ¿Cuántas veces Pablo se vio forzado a defenderse por su claridad al explicar el evangelio? Mientras más descienda Cristo, en Su propia persona y en Sus siervos, para exaltarnos, más deberíamos con toda humildad y prontitud, apreciar ese amor y magnificar la bondad de Dios que le ha encomendado la gran obra de nuestra salvación y le ha asignado el gobierno a este Salvador tan bondadoso, que se comporta de un modo tan afable en todas las funciones en que debe mediar entre Dios y nosotros, y entre nosotros y Dios. Mientras más se incline Cristo hacia nosotros, más alto elevémoslo en nuestros corazones. Eso harán todos los que han vivido la experiencia de la obra de Cristo en sus corazones.