Versículo para hoy:

jueves, 2 de abril de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

10. No apaguéis al Espíritu

Ahora consideraremos las distintas clases de personas que cometen ofensas muy serias contra la disposición misericordiosa de Cristo.

Los que renuncian a la esperanza de la misericordia de Cristo

    Hay algunos que avanzan en las sendas torcidas de la vida bajo el pretexto de que sería inútil que acudieran a Cristo porque sus vidas han sido muy malas, pero, en realidad, tan pronto miramos al cielo vemos que todos los estímulos están listos para encontrarnos y guiarnos. Uno de los estímulos es que Cristo está listo para darnos la bienvenida y seguir guiándonos. Los únicos que se condenan en la Iglesia son los que están decididos a condenarse, entre ellos los que persisten en concebir ideas severas de Cristo para poder contar con un supuesto motivo para contentarse en otras cosas, como el siervo inútil (Mateo 25:30) que tuvo que convencerse de que su amo era hombre duro para poder adularse en sus caminos infructuosos y no multiplicar el talento que tenía.

Los que abrigan una falsa esperanza en la misericordia de Cristo

    Hay algunos que se aferran a una esperanza que ellos mismos fabrican: que Cristo les permitirá andar por las sendas que conducen al infierno y aun así los llevará al cielo, cuando en realidad todos los consuelos deberían acercarnos más a Cristo. Si ese no es el caso, se trata de un consuelo mentiroso, o bien en sí mismo o en la aplicación que estamos dando.

Los que resisten la misericordia de Cristo

    Hay algunos que se dedican a arrojar agua a las chispas que Cristo se esfuerza por encender en ellos porque no quieren ser inquietados por Su luz. Esas personas deben saber que el Cordero puede airarse y que los que no acudan bajo Su cetro de misericordia serán despedazados por Su cetro de poder (Salmo 2:9). Aunque en Su gracia Él cuida y preserva hasta la chispita más pequeña de gracia genuina, si en lugar de encontrar la chispa de la gracia, halla oposición a Su Espíritu que contiende con el hombre, se encenderá Su ira, y, una vez encendida, arderá hasta el infierno. No hay provocación que demande más justicia que cuando Su bondad es rechazada groseramente.

    Cuando Dios quiso curar a Babilonia y ella no quiso ser curada, fue entregada a la destrucción (Jeremías 51:9). Cuando Jerusalén no quiso juntarse bajo las alas de Cristo, su casa quedó desierta (Mateo 23:37, 38). Cuando la sabiduría extiende su mano y los hombres la rechazan, se reirá de la destrucción de ellos (Proverbios 1:26). Ni siquiera la salvación misma salvará a los que escupen la medicina y se quitan la venda. Será muy lamentable cuando este Salvador misericordioso se deleite en la destrucción, cuando el que hizo a los hombres no tenga compasión de ellos (Isaías 27:11).

    Oh, dicen los rebeldes de la época, Dios no nos hizo para condenarnos. Sí, si no te encuentras con Cristo en las sendas de Su misericordia, corresponde que comas del fruto de tu camino, y seas hastiado de tus propios consejos (Proverbios1:31). El infierno del infierno será cuando el hombre piense en que amó sus pecados más que su alma, cuando piense en el gran amor y la gran misericordia que casi se impusieron sobre él, pero aun así quiso perecer. Mientras más contribuyamos a nuestro propio juicio, más avergonzada de sí misma estará la conciencia. Entonces, el hombre reconocerá que Cristo no tiene culpa alguna y que él mismo no tiene excusa alguna.

    Si el hombre apela a su propia conciencia, esta le dirá que el Espíritu Santo golpeó muchas veces la puerta de su corazón, estando dispuesto a encender ciertos deseos santos en él. ¿Cómo más podría decirse que el hombre resiste al Espíritu Santo si el Espíritu no estuviera dispuesto a llevarlo a un grado de bondad mayor que el consistente con la propia voluntad humana? Por lo tanto, los que se pierden en la Iglesia son los que se auto condenan previamente. De manera que no necesitamos presentar más evidencia cuando el hombre mismo tiene una evidencia concluyente en su propio seno.

Los que presumen de la misericordia de Cristo

    Incluso los mejores de nosotros podemos pecar contra esta disposición misericordiosa si no velamos por guardarnos de la libertad que nuestra tendencia carnal está pronta a derivar de ella. Razonamos de la siguiente manera: si Cristo no apagará el pábilo que humea, ¿qué necesidad tenemos de temer que un descuido de nuestra parte nos lleve a un estado en que no tengamos consuelo? Si Cristo no lo apagará, ¿qué puede hacerlo?

    Sin embargo, ya conocen la prohibición del apóstol: «No apaguéis al Espíritu» (1 Tesalonicenses 5:19). Estas advertencias de no apagar el Espíritu son santificadas por Él como un medio para no apagarlo. Cristo ejecuta Su oficio de no apagar el Espíritu avivando en nosotros los esfuerzos correspondientes, y no hay nadie más solícito en el uso de los medios que los que están más seguros de que tendrán éxito. La razón es esta: los medios que Dios ha apartado para efectuar las cosas están incluidos en Su propósito de hacer que ellas acontezcan. Y ese principio se da por sentado incluso en los asuntos civiles, pues ¿quién colgaría el arado y descuidaría la labranza porque sabe que el año entrante será fructífero?

    Es por ello que el apóstol nos anima a la luz de la expectación certera de la bendición (1 Corintios 15:57,58), y esta motivación basada en el porvenir victorioso tiene el propósito de animarnos, no de desanimarnos. Si somos negligentes en el ejercicio de la gracia recibida y el uso de los medios prescritos, permitiendo que nuestros espíritus se carguen bajo los afanes de esta vida, y no nos concentramos en las necesidades de nuestra época, entonces frecuentemente Dios permitirá que caigamos en una condición sentimental peor que la de aquellos que no han recibido tanta luz. Sin embargo, en Su misericordia, no permitirá que seamos tan hostiles hacia nosotros mismos como para descuidar totalmente esas chispas una vez que han sido encendidas. Si fuera posible que se nos permitiera abandonar completamente todos los esfuerzos, lo único que podríamos esperar es apagar el Espíritu, pero Cristo conserva esta chispa y cuida esta semillita, de modo que siempre preserva en el alma un cierto grado de cuidado.

    Si queremos utilizar estas verdades para nuestro consuelo, debemos considerar todos los medios por los que Cristo preserva la gracia que ha empezado, medios como, en primer lugar, la comunión de los santos, mediante la que un cristiano le da calor al otro. «Mejores son dos que uno» (Eclesiastés 4:9). «¿No ardía nuestro corazón en nosotros?», dijeron los discípulos (Lucas 24:32). En segundo lugar, una comunión con Dios mucho mayor en los deberes santos como la meditación y la oración, que no solo encienden, sino que también le dan lustre al alma. En tercer lugar, en nuestra experiencia sentimos que el aliento del Espíritu va de la mano con el aliento de Sus ministros. Esa es la razón por la que el apóstol vincula esas dos cosas: «No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías» (1 Tesalonicenses 5:19, 20). Natán, con unas pocas palabras, avivó las chispas moribundas de David. En lugar de permitir que Su fuego en nosotros se apague, Dios mandará algún Natán que nos reprenda, y además siempre dejará algo en nosotros que corresponde con la Palabra; para que de la misma manera que un carbón puede ser avivado cuando tiene fuego previamente, así nosotros también podamos ser restaurados. El pábilo que humea se incendia fácilmente. En cuarto lugar, la gracia es fortalecida a través del ejercicio: «Levántate, y manos a la obra; y Jehová esté contigo» (1 Crónicas 22:16), le dijo David a su hijo Salomón. Aviva la gracia que está en ti, pues, de esta manera, las emociones santas se transforman en resoluciones, las resoluciones en práctica y la práctica en una disposición pronta para toda buena obra.

    Sin embargo, recordemos que la gracia aumenta con el ejercicio, no en virtud del ejercicio mismo, sino porque Cristo, mediante Su Espíritu, fluye hacia el interior del alma y nos acerca más a Él, que es la fuente, inculcando tanto consuelo que el corazón se expande más. El corazón del cristiano es el jardín de Cristo, y sus gracias son muchas especias y flores dulces que, cuando Su Espíritu sopla en ellas, emiten un rico aroma. Por lo tanto, mantengan el alma abierta a recibir al Espíritu Santo, pues Él siempre otorgará fuerzas renovadas para vencer la corrupción, sobre todo en el día del Señor. Juan estaba en el Espíritu en el día del Señor incluso en Patmos, el lugar de su destierro (Apocalipsis 1:10). Es entonces que el vendaval del Espíritu sopla con más vigor y dulzura.

    Por lo tanto, al buscar el consuelo de esta doctrina, no favorezcamos nuestra pereza natural, más bien ejercitémonos para la piedad (1 Timoteo 4:7) y esforcémonos por mantener este fuego ardiendo siempre en el altar de nuestros corazones. Preparemos nuestras lámparas todos los días, pongámosles aceite nuevo, y demos cuerda a nuestras almas para que se eleven cada vez más. Quedarse reposando en una buena condición es contrario a la gracia, que no puede evitar promover su propio avance. Que nadie convierta esta gracia «en libertinaje» (Judas 4). Las debilidades son motivos para tener humildad, no excusas para ser negligentes ni alicientes para ser presuntuosos. No deberíamos ser malos porque Cristo es bueno; por el contrario, esos carbones de amor deberían derretirnos. Por lo tanto, los que no experimentan ese último resultado al considerar la dulzura de Cristo bien pueden tener sospechas de sí mismos. Ciertamente, donde se halla la gracia, la corrupción es «como el vinagre a los dientes, y como el humo a los ojos» (Proverbios 10:26). En consecuencia, los santos se esfuerzan para que su luz despunte, tanto por su propio consuelo como por el crédito de la religión y la gloria de Dios. Si una chispa de fe y amor es tan preciosa, ¡qué honor será ser ricos en fe! ¿Quién no preferiría caminar en la luz y en los consuelos del Espíritu Santo antes que vivir en una condición oscura y perpleja? ¿Quién no preferiría ser guiado con las velas llenas al cielo antes que ser llevado de acá para allá por los temores y las dudas? La angustia presente en el conflicto contra el pecado no es tan intensa como la intranquilidad que cualquier corrupción gratificada nos traerá más adelante. La paz verdadera radica en conquistar, no en ceder. El consuelo previsto en este texto es para los que quisieran hacerlo mejor, pero hallan que las corrupciones los obstruyen. Ellos son los que se hallan en una niebla que muchas veces les impide saber qué pensar de sí mismos. Son los que quisieran creer, pero muchas veces temen que no creen y los que creen que no puede ser posible que Dios sea tan bueno con infelices tan pecaminosos como ellos, pero al mismo tiempo no le dan su consentimiento a estos miedos y estas dudas interiores.

Los que buscan otras fuentes de misericordia

    Además, ¡qué gran agravio contra sí mismos y contra Cristo es el que cometen, entre otros, los que pretenden tener otros mediadores ante Dios! ¿Acaso hay alguno más compasivo que el que Se hizo hombre con el preciso propósito de poder ser compasivo con Su propia carne? Que todos recurramos a este dócil Salvador en todo tiempo y que elevemos todas nuestras peticiones en Su nombre victorioso. ¿Qué necesidad tenemos de golpear otra puerta? ¿Puede alguien ser más tierno con nosotros que Cristo? Tenemos muchos incentivos para encomendarle en oración el estado de la Iglesia en general o de cualquier cristiano de corazón quebrantado en particular. Podemos decirle de ellos lo que le dijeron de Lázaro: «Señor, la Iglesia que amas y por la te diste a Ti mismo está en aflicción»; «Señor, este pobre cristiano por el que fuiste molido (Isaías 53:5) está cascado y muy abatido». Es inevitable que Su corazón se conmueva cuando le presentan la miseria de los que Él ama tanto.

Los que maltratan a los herederos de la misericordia

    Al considerar la naturaleza clemente de Cristo, debemos también pensar en lo siguiente: si Él es tan bueno con nosotros, ¿seremos nosotros crueles con Él en Su nombre, en Su verdad, en Sus hijos? ¿Cómo pueden esperar ver cara a cara a este Salvador tan clemente los que son terribles con «los humildes de la tierra» (Sofonías 2:3)? Los que son tan agresivos con Su esposa sabrán un día que estaban tratando con Él mismo en Su Iglesia. De igual forma, es inevitable que el corazón de los que han sentido el amor de Cristo se hiera cuando escuchan cómo los demás hieren al que es la vida de sus vidas y el alma de sus almas. Eso hace que los que han experimentado misericordia lloren por Cristo, a quien traspasaron con sus pecados. Es inevitable que haya una simpatía mutua y pronta entre la Cabeza y los miembros. Cuando somos tentados a cometer cualquier pecado, si no nos compadecemos a nosotros mismos, al menos deberíamos escatimar a Cristo y no causarle nuevos tormentos. El apóstol no pudo encontrar un motivo más conmovedor para instarnos a presentarnos como sacrificio a Dios que el de apelar a «las misericordias de Dios» en Cristo (Romanos 12:1).

Los que siembran conflictos entre los herederos de la misericordia

    La misericordia de Cristo también debería movernos a la compasión por el estado de la pobre Iglesia, que es despedazada por enemigos externos y se desgarra a sí misma mediante divisiones internas. Las almas que han recibido consuelo de Cristo deben verse afectadas al considerar el ruego afectuoso que el apóstol hace para que haya un acuerdo mutuo en opinión y afectos. «Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo» (Filipenses 2:1-2), que es como si dijera: «A no ser que quieran renunciar a todo el consuelo de Cristo, esfuércense por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz». ¡Qué espectáculo más dichoso es para el diablo y su séquito ver a los que se han separado del mundo hacerse pedazos entre ellos mismos! Nuestra discordia es música para nuestro enemigo.

    Más culpables aún son los que, por intereses privados, pretenden ser diferentes a los otros y no permiten que las heridas de la Iglesia se cierren y se sanen. Esto no quiere decir que las personas deban guardarse sus opiniones sobre la verdad cuando hay una razón justa para expresarlas, pues incluso la verdad más ínfima es de Cristo, no nuestra, y, por lo tanto no debemos tomarnos la libertad de afirmarla o negarla según nos plazca. Hay algo de valor tanto en el centavo como en la libra, así que debemos ser fieles incluso en la menor de las verdades cuando la ocasión lo requiere. Entonces nuestras palabras son como «manzana de oro con figuras de plata» (Proverbios 25:11). Una palabra a tiempo hace más bien que mil a destiempo. Pero, en algunos casos, la paz de tener nuestra fe para con nosotros delante de Dios (Romanos 14:22) es más importante que revelar ciertas cosas que tenemos por ciertas, tomando en cuenta que la debilidad de la naturaleza humana es tal que difícilmente es posible exhibir una diferencia de opiniones sin generar lejanía en los afectos. Mientras los hombres no sean de un parecer, difícilmente serán de un solo corazón, excepto cuando la gracia y la paz de Dios dominan ampliamente en el corazón (Colosenses 3:15). Por lo tanto, manifestar abiertamente las diferencias solo es bueno cuando es necesario, aunque algunos, movidos por un deseo de ser alguien, se meten en desvíos y se dejan llevar por una actitud contradictora. Sin embargo, Pablo sí puede juzgarlos, «aún [son] carnales» (1 Corintios 3:3). Si tienen sabiduría, es la sabiduría de lo bajo, pues la sabiduría que es de lo alto no solo es pura, sino también pacífica (Santiago 3:17). Nuestro bendito Salvador, cuando iba a dejar el mundo, ¿qué les recalcó a los discípulos más que la paz y el amor? Y en Su última oración, oró con gran fervor al Padre para «que todos sean uno», como Él y el Padre son uno (Juan 17:21). Sin embargo, solo disfrutaremos perfectamente aquello por lo que oró en la tierra cuando estemos en el cielo. Que eso haga que pensar en aquel tiempo nos sea aún más dulce.

Los que se aprovechan de los cascados

    Y para seguir exponiendo a esta clase de ofensores, ¿de qué espíritu debemos pensar que son los que se aprovechan de la cascadura y las debilidades espirituales de las personas para aliviarlas con una paz falsa y conseguir así sus propios fines mundanos? El espíritu herido está dispuesto a desprenderse de lo que sea. La mayoría de las ideas lucrativas del papado como la confesión, la satisfacción, el mérito y el purgatorio, surgen de esta fuente, pero son médicos inútiles, o mejor dicho, son torturadores. La bendición de haber sido libertados del aguijón de esos escorpiones (Apocalipsis 9:5) merece más gratitud que la que sentimos. La tiranía espiritual es la mayor tiranía, en especial si se ejerce cuando debería mostrarse más misericordia. Sin embargo, incluso entonces algunos, cual cirujanos crueles, se deleitan en administrar curas prolongadas para sacar provecho de la miseria de los demás. Hay una maldición terrible para el que «no se acordó de hacer misericordia, y persiguió al hombre afligido y menesteroso, al quebrantado de corazón, para darle muerte» (Salmo 109:16).

    De igual manera, además de los que sacan ventajas temporales de la miseria espiritual de los demás, debemos considerar a los que aumentan su patrimonio traicionando a la Iglesia y son infieles al deber que les fue encomendado, pues los hijos claman por el pan de vida, pero no hay nadie que se los dé. De esta manera, tales personas traen sobre el pueblo de Dios el duro juicio de la hambruna espiritual y hacen pasar hambre a Cristo en Sus miembros. ¿Retribuiremos así a un Salvador tan bueno que cuenta el amor y la misericordia mostrada al alimentar a Sus corderos (Juan 21:15) como si se la hubieran mostrado a Él mismo?

Los que desprecian los medios sencillos de la misericordia

    Por último, son muy hostiles para con Cristo los que se ofenden porque Él se inclina a nuestra baja condición en Su gobierno y Sus ordenanzas, los que se avergüenzan de la sencillez del evangelio, los que piensan que la predicación es locura. Esas personas, por el orgullo de su corazón, se imaginan que pueden hacerlo lo suficientemente bien sin la ayuda de la Palabra ni de los sacramentos, y piensan que Cristo no se dignificó lo suficiente. Por lo tanto, pretenden enmendar el asunto por sus propios medios para satisfacer de mejor forma la carne y la sangre, como lo hace el papismo. ¿Qué puede ser más ingrato que rechazar las asistencias que Cristo nos ha dado en Su misericordia? En los días de Su carne, los fariseos orgullosos se ofendieron porque Cristo conversaba con soltura con los hombres pecadores, aunque solo lo hacía como un médico para curar sus almas. ¿Cuántas veces Pablo se vio forzado a defenderse por su claridad al explicar el evangelio? Mientras más descienda Cristo, en Su propia persona y en Sus siervos, para exaltarnos, más deberíamos con toda humildad y prontitud, apreciar ese amor y magnificar la bondad de Dios que le ha encomendado la gran obra de nuestra salvación y le ha asignado el gobierno a este Salvador tan bondadoso, que se comporta de un modo tan afable en todas las funciones en que debe mediar entre Dios y nosotros, y entre nosotros y Dios. Mientras más se incline Cristo hacia nosotros, más alto elevémoslo en nuestros corazones. Eso harán todos los que han vivido la experiencia de la obra de Cristo en sus corazones.

lunes, 30 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

9. Créanle a Cristo, no a Satanás

    Ya que Cristo nos es presentado así para nuestro consuelo, no creamos las representaciones que Satanás hace de Él. Cuando nuestra conciencia está atribulada por nuestros pecados, la costumbre de Satanás es presentarle a Cristo al alma afligida como un juez muy riguroso, armado con la espada de la justicia contra nosotros. En cambio, presentémoslo ante nuestras almas como nos lo muestra Dios mismo: extendiendo el cetro de la misericordia y con los brazos abiertos para recibirnos.

Qué deberíamos pensar de Cristo

    Cuando pensamos en José, Daniel y Juan el evangelista, nuestras ideas son placenteras, pues los consideramos hombres afables y dulces. Con mayor razón, cuando pensamos en Cristo, debemos concebirlo como el patrón perfecto de toda mansedumbre. Si la dulzura de todas las flores estuviera concentrada en una sola, ¿qué tan dulce sería esa flor? En Cristo convergen todas las perfecciones de la misericordia y el amor. ¿Qué tan grande, entonces, debe ser la misericordia que mora en un corazón tan clemente? Toda la ternura esparcida en los esposos, los padres, los hermanos y las cabezas no es más que un rayo que emana de Él; en Él se encuentra en su máxima eminencia. Somos débiles, pero somos Suyos; somos deformes, pero portamos Su imagen. Un buen padre, no se enfoca tanto en los defectos de su hijo; más bien se concentra en su propia naturaleza reflejada en él. De la misma manera, Cristo encuentra motivos para amarnos al considerar lo que es Suyo en nosotros. Ve Su propia naturaleza en nosotros: estamos enfermos, pero somos Sus miembros. ¿Quién ha desatendido sus propios miembros porque están enfermos o débiles? Nadie aborreció jamás su propia carne. ¿Acaso puede la cabeza olvidarse de los miembros? ¿Puede Cristo olvidarse de Sí mismo? Somos Su plenitud, y Él es la nuestra. Él fue el amor en persona revestido de la naturaleza humana, naturaleza que unió muy estrechamente a Sí mismo para poder comunicarnos Su bondad con mayor libertad. Y no asumió nuestra naturaleza en su mejor momento, sino cuando estaba degradada, con todas las debilidades naturales y ordinarias a las que está sujeta.

    Por lo tanto, aborrezcamos todos los pensamientos dubitativos y consideremos que fueron introducidos o fomentados por el espíritu maldito que no solo procuró dividir al Padre y al Hijo sembrando celos al decir «Si eres Hijo de Dios» (Mateo 4:6), sino que se esfuerza todos los días para crear divisiones entre el Hijo y nosotros al engendrar en nuestro interior ideas falsas de Cristo, como si Él no amara tiernamente a los que son como nosotros. El método de Satanás en el principio fue desacreditar a Dios frente al hombre poniendo en tela de juicio Su amor ante Adán, nuestro primer padre. Debido al éxito que tuvo, desde entonces sigue usando esa estrategia.

Cuando Cristo parece ser nuestro enemigo

    «A pesar de todo, no siento que Cristo sea así conmigo», dice el pábilo que humea, «sino todo lo contrario. Parece ser uno de mis enemigos. Veo y siento las evidencias de Su justa indignación».

    Cristo puede desempeñar el papel de un enemigo durante un breve tiempo, tal como lo hizo José, pero lo hace como preparación para desempeñar Su rol misericordioso en un momento más oportuno. No puede refrenar Su misericordia entrañable por mucho tiempo. Parece pelear con nosotros como peleó con Jacob, pero nos otorga un poder oculto para vencer a la larga. La fe le saca la máscara del rostro y ve un corazón amante detrás de la apariencia hostil. Fides Christo larvam detrahit (La fe desenmascara a Cristo). En un comienzo, no le respondió absolutamente nada a la mujer cananea que daba voces tras Él. Luego, le dio una respuesta negativa. Después, le dio una respuesta más bien recriminadora, diciendo que era como un perro porque estaba ajena al pacto. Sin embargo, ella no dio marcha atrás porque tenía la vista en el propósito de Su venida. El Padre nunca estuvo más cerca con Su poder para sostener a Cristo que cuando Éste sintió más lejano Su favor para consolarlo; de igual forma, Cristo nunca está más cerca de nosotros con Su poder para sostenernos que cuando más parece ocultar Su presencia de nosotros. La influencia del Sol de Justicia penetra más hondo que Su luz. En esos casos, sea cual sea el comportamiento actual de Cristo hacia nosotros, contrapongámosle Su naturaleza y Su oficio. Él no puede negarse a Sí mismo, no puede dejar de ejecutar el oficio que Su Padre le ha asignado. El Padre se ha comprometido a no apagar «el pábilo que humeare» juntamente con Cristo, quien se ha comprometido a representarnos ante el Padre hasta que nos presente sin mancha delante de Él (Juan 17:6, 11).  El Padre nos ha entregado a Cristo, y Cristo nos retorna al Padre.

Cuando nos asalta la duda

«Eso me sería de gran consuelo», dice alguien, «si tan solo yo fuera como un pábilo que humea».

    Es correcto que tengas desconfianza de ti mismo (no de Cristo), y que confieses tu indignidad de recibir la gloriosa misericordia que Él otorga a otros. Sin embargo, no injuries la obra de Su Espíritu en tu corazón. Satanás no solo difama a Cristo ante nosotros, sino que también nos difama a nosotros mismos ante nosotros. Si ni siquiera eres un pábilo que humea, ¿entonces por qué no renuncias a Cristo y rechazas el pacto de gracia? No te atreves a hacerlo. ¿Por qué no te entregas completamente a otros placeres? Tu espíritu no te permite hacerlo. ¿De dónde vienen esos gemidos y esas quejas incesantes? Pon tu estado presente a la luz del oficio de Cristo para los que son como tú y no desprecies el consuelo del Todopoderoso ni rechaces tu propia misericordia. Arrójate a los brazos de Cristo, y si mueres, muere allí. Si no lo haces, ten por seguro que morirás. Si puedes hallar misericordia en algún lugar, es allí.

    El cuidado de Cristo por ti se muestra en el hecho de que te ha dado un corazón con un cierto grado de sensibilidad. Podría haberte entregado al endurecimiento, al descuido confiado y a la profanidad de corazón, que es el juicio espiritual más severo de todos. El que murió por Sus enemigos, ¿rechazará a aquellos cuyas almas lo desean? El que desea que nos reconciliemos y envía a Sus mensajeros con ese fin, ¿nos echará fuera cuando busquemos fervientemente que Él nos dé la reconciliación? No, claro que no, cuando Él enciende deseos santos en nosotros, está listo para recibirnos en Sus propios senderos. Cuando el pródigo decidió volver a su padre, este no lo esperó, sino que salió a encontrarlo en el camino. Cuando Dios prepara el corazón para que busque, inclina Su oído para oír (Salmo 10:17). Su corazón no le permite esconderse largamente de nosotros. Si Dios nos pone en una condición tan oscura que no nos permite ver la luz de Él ni la de la criatura, recordemos lo que dice el profeta Isaías: «¿Quién hay entre vosotros que [...] anda en tinieblas y carece de luz?» -carece de la luz del consuelo, de la luz del rostro de Dios- «Confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios» (Isaías 50:10). Nunca podemos estar en una condición que justifique la desesperación total. Por lo tanto, hagamos lo que hacen los marinos: echemos ancla en la oscuridad. Cristo sabe cómo compadecernos en este caso. Observen el consuelo que Su Padre le dio en Su quebranto (Isaías 53:5). Eso es lo que nos dará en nuestra cascadura.

    Los suspiros del corazón cascado contienen un informe de nuestro afecto por Cristo y de Su cuidado por nosotros. Los ojos de nuestra alma no pueden enfocarse en Él sin que Él primero nos haya mirado a nosotros en Su gracia. El amor más débil que podamos tener por Él no es sino un reflejo de Su amor, que brilló antes sobre nosotros. Cristo, en su ejemplo, hizo todo lo que nos manda a hacer, y también sufrió en Su propia persona todo lo que nos llama a sufrir para aprender mejor a aliviarnos y compadecernos en nuestros sufrimientos. En Su abandono en el huerto y en la cruz, se resignó a estar sin el solaz indescriptible que le daba la presencia de Su Padre, tanto con el fin de llevar por un tiempo la ira del Señor en nuestro lugar como de poder saber mejor cómo consolarnos en nuestras peores extremidades. Dios considera adecuado que saboreemos la copa que Su Hijo bebió hasta el fondo, de modo que sintamos algo de lo que es el pecado y de lo que fue el amor de Su Hijo. Sin embargo, nuestro consuelo es que Cristo bebió hasta la última gota de la copa por nosotros y nos socorrerá para que nuestro espíritu no desmaye por completo bajo la leve experiencia de Su desagrado que podemos sentir. Él no solo fue hecho hombre, sino también maldición, varón de dolores, por nosotros. Fue quebrantado para que no seamos quebrantados; fue atribulado para que no seamos atribulados hasta la desesperación; fue hecho maldición para que no seamos malditos. Todo lo que podemos desear en un Consolador todo suficiente se encuentra en Cristo:

    1. Autoridad del Padre. Le es dada toda potestad (Mateo 28:18).

    2. Fortaleza propia. Su nombre es «Dios Fuerte» (Isaías 9:6).

    3. Sabiduría, y por experiencia propia, para saber cómo y cuándo ayudar (Hebreos 2:18).

    4. Disposición, pues es hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne (Génesis 2:23; Efesios 5:30).

domingo, 22 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

8. Deberes y desánimos

    A la luz de lo que hemos dicho, no será difícil con un poco más de disertación, responder a la interrogante respecto a si debemos realizar nuestro deber cuando nuestro corazón no quiere hacerlo (varias personas necesitan ayuda con esto). Para poder estar satisfechos respecto a este asunto, debemos tomar en consideración algunas cosas.

Debemos persistir en los deberes

    1. Nuestros corazones por sí mismos son reacios a rendir su libertad, y solo es posible colocarlos bajo el yugo del deber con dificultad. Mientras más espiritual sea el deber, habrá más resistencia. La mayoría de las veces, la corrupción gana terreno en cada incumplimiento del deber. Esto es como remar contra la corriente: una palada omitida no se recupera ni con tres, y, por lo tanto, es bueno mantener nuestros corazones cerca del deber y no escuchar las excusas que ellos son dados a forjar.

    2.  Cuando emprendemos el deber, Dios fortalece Su influencia sobre nosotros. Hallamos calidez de corazón y un aumento de nuestras fuerzas, ya que el Espíritu va con nosotros y nos eleva gradualmente hasta dejarnos, por así decirlo, en el cielo. Dios muchas veces se deleita en sacar provecho de nuestra aversión para que Su obra se manifieste más claramente y para que la gloria de esa obra sea Suya, así como es Suya toda la fuerza.

    3. La obediencia es más directa cuando no hay nada más que endulce la acción. Aunque el sacrificio es imperfecto, la obediencia con la que se ofrece es acepta.

    4. El despojo resultante de vencer nuestras corrupciones, nos dará un consuelo futuro infinitamente superior a las incomodidades presentes. Muchas veces, el sentimiento y la libertad de espíritu están guardados para después de la ejecución del deber. La recompensa viene después del trabajo. En el deber y luego del deber encontramos esa experiencia de la presencia de Dios que, si no obedecemos, podemos esperar mucho tiempo sin nunca recibirla. Esto no entorpece la libertad del Espíritu para soplar en nuestras almas cuando desee hacerlo (Juan 3:8), pues solo estamos hablando del estado en que el alma está estancada y debe remar contra la corriente, por así decirlo. Así como al navegar la mano debe estar en el timón y los ojos en las estrellas, nosotros debemos usar ese poco de fuerza que tenemos para hacer el deber y elevar la mirada en busca de ayuda, la que el Espíritu, libre y oportunamente, nos concederá.

    Sin embargo, puede haber una pausa hasta que recuperemos el vigor en los deberes que requieren tanto el cuerpo como el alma. Afilar una herramienta no es un impedimento, sino una preparación. Así también, en las pasiones repentinas, debe haber un tiempo en que el alma se componga y se calme, y las cuerdas se afinen. El profeta pidió un tañedor para preparar su alma (2 Reyes 3:15).

Cómo vencer el desánimo

    El sufrimiento conlleva desánimo debido a nuestra impaciencia. «¡Ay!», nos lamentamos, «Nunca saldré de esta prueba tan terrible». Pero si Dios nos lleva a la prueba, Él estará con nosotros en la prueba y a la larga nos sacará de ella más refinados. Lo único que perderemos será la escoria (Zacarías 13:9). En nuestra fuerza, no podemos soportar ni la menor aflicción, pero, con la ayuda del Espíritu, podemos tolerar la más grande. El Espíritu nos ayudará a lidiar con nuestras debilidades. El Señor nos dará Su mano para levantarnos (Salmo 37:24). «Habéis oído de la paciencia de Job», dice Santiago (Santiago 5:11). También hemos sabido de su impaciencia, la cual fue pasada por alto por la misericordia de Dios. Además, cuando estamos en situaciones desoladoras -por ejemplo, sufriendo una enfermedad contagiosa- y estamos bajo la mano de Dios de una forma más directa, nos consuela saber que Cristo tiene un trono de misericordia a un costado de nuestra cama y que cuenta nuestras lágrimas y nuestros gemidos. Pero pasando al tema que ahora nos ocupa, el sacramento4, este no fue ordenado para los ángeles, sino para los hombres; y no para los hombres perfectos, sino para los hombres débiles; no para ligar a Cristo, que es la verdad misma, sino porque nosotros somos dados incluso a cuestionar la verdad debido a nuestro corazón culpable e incrédulo.

4  Una nota marginal de las ediciones más antiguas dice: «Esto se predicó antes del sacramento».

    Por lo tanto, no bastaba con que Su bondad nos dejara muchas promesas preciosas, sino que también nos da señales confirmadoras para fortalecernos. Incluso si no estamos tan preparados como deberíamos, oremos como lo hizo Ezequías: «Jehová, que es bueno, sea propicio a todo aquel que ha preparado su corazón para buscar a Dios, a Jehová el Dios de sus padres, aunque no esté purificado según los ritos de purificación del santuario» (2 Crónicas 30:18, 19). Entonces acudiremos a este santo sacramento con consuelo y tendremos mucho fruto. El sostén de nuestra alegría en todos los deberes debería ser que si odiamos nuestras corrupciones y luchamos contra ellas, no serán contadas como nuestras. «Ya no soy yo quien hace aquello», dice Pablo, «sino el pecado que mora en mí» (Romanos 7:17). El pecado que nos desagrada nunca podrá destruirnos; y Dios ya nos considera como si fuéramos lo que anhelamos ser. Seremos lo que deseamos ser, y conquistaremos lo que en verdad deseamos conquistar, pues Dios cumplirá el deseo de los que le temen (Salmo 145:19). El deseo genuino es una garantía de recibir lo deseado. Y esto será así, aunque a pesar de todas las ayudas que Dios nos ofrece, en ocasiones somos enredados en los asuntos de esta vida por nuestra terca naturaleza.

La fuente de los desánimos

Entonces, ¿de dónde vienen estos desánimos?

    1. No del Padre, pues Él se ha comprometido en el pacto a compadecerse de nosotros como el padre se compadece de sus hijos (Salmo 103:13) y a aceptar como un padre nuestros débiles esfuerzos. En Su misericordia clemente, Él es indulgente con nosotros respecto a nuestras flaquezas en el ejercicio del deber. De la misma manera, nosotros también tenemos que considerar la gracia en la cual Él se deleita, como digna de la misma honra que un desempeño perfecto. Possibilitas tua mensura tua (Serás medido según lo que te es posible).

    2. No de Cristo, pues, en virtud de Su oficio, Él no apagará el pábilo que humea. Vemos que Cristo otorga los mejores frutos de Su amor a personas de baja condición, de capacidades débiles, a personas que resultan ofensivas por sus flaquezas, es más, por sus caídas repugnantes. Y esto lo hace, en primer lugar, porque así le place avergonzar el orgullo de la carne, que, por lo general, mide el amor de Dios a la luz de alguna excelencia externa; y, en segundo lugar, porque Él se deleita en revelar de esta manera la libertad de Su gracia y confirmar Su prerrogativa real para que «el que se gloría» deba gloriarse «en el Señor» (1 Corintios 1:31).

    En el capítulo once de la epístola a los Hebreos, vemos en la nube de testigos a Rahab, Gedeón y Sansón junto con Abraham, el padre de los fieles (Hebreos 11:31-32). Nuestro bendito Salvador, como era la imagen de Su Padre, tenía su mismo parecer en este punto y lo glorificó por revelar el misterio del evangelio a los simples y pasar por alto a los que tenían la mayor reputación de ser sabios en el mundo (Mateo 11:25-26).

    Vale la pena mencionar lo que dice Agustín sobre un simple de su tiempo que por poco estaba totalmente destituido del uso de la razón y que, aunque era muy paciente con todas las injurias realizadas contra él, no podía tolerar ninguna injuria contra el nombre de Cristo debido a su reverencia religiosa; incluso llegó a arrojarles piedras a los que blasfemaban sin siquiera perdonar a sus propios gobernadores. Esto muestra que no hay nadie que tenga habilidades tan exiguas como para quedar fuera de la consideración clemente de Cristo. Cuando a Él le place hacer Su elección y exaltar Su misericordia no pasa por alto ni siquiera al de entendimiento más simple.

    3. Los desánimos tampoco vienen del Espíritu. Él nos ayuda en nuestra debilidad y Su oficio es el de Consolador (Romanos 8:26; Juan 14:16). Si nos convence de pecado y nos humilla, lo hace para allanar el camino para Su labor de consolarnos. 

Entonces, los desánimos deben venir de nosotros mismos y de Satanás, que se esfuerza por oprimirnos con la aversión al deber.

Algunos escrúpulos refutados

    Existen varias causas de desaliento, algunos por ejemplo, se desaniman al ser abrumados con demasiados escrúpulos, incluso teniendo un buen desempeño. Otros se desaniman por alguna enfermedad del cuerpo, ocasionada por la malicia de Satanás, quien les arroja polvo en los ojos cuando pretenden mirar al cielo. Otros por algún problema de ignorancia, el cual como la oscuridad produce temores. Este problema de ignorancia consiste principalmente de desconocer la disposición misericordiosa de Cristo. Si muchos supieran esto podrían ser librados de sus temores fácilmente. Estas personas conciben a Cristo como alguien que siempre está buscando cosas que usar contra ellas, lo que muestra que no solo se agravian mucho a sí mismas, sino que también ofenden la bondad de Dios. Estos escrúpulos, la mayoría de las veces, son evidencias de un alma piadosa, así como ciertas malezas demuestran que la tierra es buena. Por lo tanto, dichos cristianos son más dignos de lástima, pues la aflicción es dura y su causa no es una conciencia perturbada, sino más bien una imaginación desordenada. El propósito de la venida de Cristo fue librarnos de todos esos temores infundados. Algunas personas todavía son ignorantes de la condición consoladora en que nos hallamos bajo el pacto de gracia, así que se desaniman grandemente. Por lo tanto, debemos entender que:

    1. Las debilidades no quiebran el pacto con Dios. No quiebran el pacto entre el marido y su mujer, ¿y nos imaginaremos que somos más compasivos que Cristo, que se erige a sí mismo como un patrón de amor para todos los otros esposos?

    2. Las debilidades no nos excluyen de la misericordia; por el contrario, inclinan a Dios aún más hacia nosotros (Salmo 78:39). La misericordia es parte del patrimonio matrimonial de la Iglesia. Cristo la desposa «en misericordia» (Oseas 2:19). El esposo está obligado a tener paciencia con su esposa como el «vaso más frágil» (1 Pedro 3:7), ¿y pensaremos que Cristo se excusará de Su propia regla y no tendrá paciencia con Su esposa débil?

    3. Si Cristo no fuera misericordioso con nuestras debilidades, no tendría un pueblo que Lo sirviera. Por lo tanto, aun suponiendo que somos muy débiles, mientras no seamos opositores maliciosos ni socavemos la verdad de Dios, no nos dejemos llevar por los pensamientos desalentadores; tenemos a un Salvador misericordioso.

    Pero para que no nos hagamos ilusiones sin tener buenos motivos, necesitamos saber que las debilidades deben verse o como imperfecciones que se adhieren a nuestras mejores acciones o como acciones que provienen de la inmadurez en Cristo mientras aún somos infantes. También pueden ser productos de la falta de fuerza cuando la capacidad es escasa o estallidos súbitos e involuntarios, contrarios a nuestra disposición y propósito general, cuando nuestro juicio se ve oscurecido por la nube de la tentación repentina. Luego de la tentación, sentimos nuestra debilidad, nos lamentamos por ella y pasamos del lamento a la queja; entonces, quejándonos, nos esforzamos y trabajamos para reformarnos. Finalmente, al trabajar, logramos progresar en la lucha contra nuestra corrupción.

    Cuando las debilidades son consideradas así, aunque sean causales de humillación y objetos de nuestra mortificación diaria, pueden ser consistentes con la valentía para con Dios y no extinguen las buenas obras ni las contaminan al punto de hacerlas perder toda aceptación por parte de Dios. Sin embargo, abogar por la debilidad es más que una debilidad; rendirnos a la flaqueza es más que una flaqueza. La justificación del mal cierra nuestra boca, de modo que el alma no puede llamar a Dios Padre con la libertad de un hijo ni gozar de dulce comunión con Él hasta que hagamos las paces avergonzándonos y renovando nuestra fe.

Los que han sido cascados por el pecado, si caen, son restaurados pronto. Pedro fue restaurado con una mirada clemente de Cristo; David, por las palabras de Abigail. Si tú le dices a un ladrón o a un vagabundo que va por el camino incorrecto, no le va a interesar, pues no tiene el deseo de ir por algún camino en específico; simplemente anda conforme la ocasión lo requiere.

¿Qué son los pecados de debilidad?

Para aclarar este punto, debemos entender que:

    1. Para que haya pecados de debilidad en una persona, primero debe haber comenzado su vida de gracia. No puede haber debilidad donde no hay vida.

    2. Debe haber una disposición sincera y general para las cosas mejores. Aunque un hombre piadoso pueda llegar a desviarse en algunas ocasiones, sin embargo, debido a la participación que el Espíritu de Cristo tiene en él, y debido a que sus propósitos son principalmente rectos, por lo tanto se recuperará él mismo, o buscará el consejo de otros para ello.

    3. Debe haber un buen juicio que apruebe los mejores caminos. Si esto no es así, el corazón se encuentra podrido de tal manera que la corrupción infecta todo el comportamiento, al grado que todas las obras del hombre quedan contaminadas desde la raíz. Esto sucede porque los principios desde los cuales obran, no son buenos.

    4. Debe haber un amor conyugal por Cristo, de modo que la persona no cambie a su Señor y Esposo por ningún motivo ni se rinda por completo al dominio de sus propias concupiscencias o al de las de los demás.

    El comportamiento del cristiano hacia Cristo puede ser muy ofensivo en muchos aspectos y producir una cierta lejanía. Sin embargo, Cristo le pertenece al cristiano y el cristiano le pertenece a Cristo; el creyente no escogerá ir por ningún sendero que sepa que lo obligará a separarse de Cristo. Cuando el corazón está calificado en estos aspectos, debemos saber que Cristo considera honorable pasar por alto muchas debilidades, es más, en las debilidades Él perfecciona su poder. Hay algunas debilidades casi invencibles, como el olvido, la pesadez de espíritu y las pasiones y los miedos repentinos que, aunque son naturales, la mayoría de las veces están manchadas por el pecado. Si la vida de Cristo está en nosotros, estamos exhaustos de esas debilidades y deseamos librarnos de ellas como el enfermo de su fiebre. De no ser ese el caso, no debemos verlas como debilidades, sino más bien como voluntariedades, y mientras más voluntarias son nuestras acciones, más pecamos. Los pecados pequeños, cuando Dios despierte la conciencia y «los ponga delante de nuestros ojos» (Salmo 50:21), terminarán convirtiéndose en grandes cargas que no solo cascan la caña, sino que también sacuden el cedro. No obstante, los hijos de Dios nunca pecan con toda la voluntad, pues hay una ley contraria en sus mentes que ha quebrado el dominio del pecado y que siempre ejecuta su operación secreta contra la ley del pecado. Sin embargo, una acción pecaminosa puede ser tan voluntaria que destruye nuestro consuelo en una medida considerable y nos mantiene mucho tiempo bajo el tormento de una conciencia inquieta, pues Dios ha suspendido el sentido de Su amor en Su trato paternal. Mientras más demos lugar a nuestra voluntad en el pecado, más nos alejaremos del consuelo. El pecado contra la conciencia es como un ladrón5 en la vela, que arruina nuestro gozo y debilita nuestra fuerza. Por lo tanto, debemos saber que las transgresiones voluntarias en la santificación perjudican mucho el sentido de nuestra justificación.

Un defecto en la vela que hace que esta tienda a apagarse.

    ¿Qué curso deben tomar los que han pecado así para recuperar su paz? Deben auto condenarse severamente y a la vez arrojarse sobre la misericordia de Dios en Cristo como lo hicieron en el momento de su conversión. Y ahora deben abrazar a Cristo con más firmeza, pues ven que tienen más necesidad de Él; también deben recordar la dulzura de Cristo, que no apagará el pábilo que humea. Con frecuencia, vemos que luego de una humillación profunda, Cristo pronuncia más paz que antes para dar testimonio de la genuinidad de esa reconciliación, pues conoce los ardides de Satanás para abatir aún más a esas personas que ya están muy abatidas por sí mismas y tienen vergüenza de mirar el rostro de Cristo debido a su ingratitud.

    Vemos que Dios no solo perdonó a David, sino que, luego de cascarlo mucho, le dio al sabio Salomón para que lo sucediera en el reino. En Cantares 6:4, vemos que después de que la Iglesia se humilla por haber menospreciado a Cristo, Él la vuelve a recibir con dulzura y empieza a ensalzar su belleza. Para nuestro consuelo debemos saber que Cristo no fue ungido para esta gran obra de Mediador solamente respecto a los pecados pequeños, sino incluso para con los más grandes. Esto es verdad para nosotros si tenemos aunque sea una chispa de fe verdadera para aferrarnos a Él. Por lo tanto, que ninguna caña cascada huya de Cristo, pues Él no lo echa fuera: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados» (Mateo11:28). ¿Por qué deberíamos restarnos de aprovechar esa disposición tan clemente? La única razón por la que somos pobres es que no conocemos nuestras riquezas en Cristo. En los momentos de tentación, créanle a Cristo en lugar del diablo. Crean la verdad que viene de la misma Verdad. No escuchen al que es mentiroso, enemigo y homicida.

jueves, 19 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

7. Ayuda para el débil

    Al meditar en estas reglas y señales, las almas de los más débiles pueden recibir mucho consuelo. Para que ese consuelo sea aún más abundante, permítanme añadir unas palabras que los ayudarán a sortear algunas objeciones comunes y pensamientos secretos contra sí mismos que, al entrar al corazón, muchas veces los mantienen abatidos.

Tentaciones que obstaculizan el consuelo

  1. Algunos piensan que no tienen fe porque no tienen plena seguridad; pero sabemos que incluso el mejor fuego tiene algo de humo. Las mejores obras siempre tendrán olor a humo. El mortero donde se ha molido el ajo, siempre quedará impregnado de su olor; de la misma manera todas nuestras obras tendrán algo de olor del viejo hombre.
  2. Respecto a la debilidad corporal, algunos piensan que no tienen gracia porque su desempeño y su espíritu (el instrumento de las operaciones del alma) son débiles. Pero ellos no consideran que Dios toma en cuenta los gemidos ocultos de aquellos que carecen de la habilidad de expresarlos correctamente. Aquel que bendice a quien considera al pobre, ciertamente tendrá misericordia de los débiles.
  3. Algunos otros son atormentados en la imaginación con imágenes horribles y con pensamientos viles e indignos sobre Dios, sobre Cristo y sobre la Palabra, que, cual moscas molestas, inquietan e importunan su paz. Estos pensamientos son introducidos como un fuego arrasador por Satanás, lo que se puede discernir por su extrañeza, su fuerza y violencia, y lo horribles que son incluso para la naturaleza corrupta. El alma piadosa no es más culpable por ellos que lo que era Benjamín cuando le pusieron la copa de José en su saco. Además de otras ayudas recomendadas por escritores piadosos (como detestar y desviar tales pensamientos), podemos añadir el contarle a Cristo al respecto, refugiándonos bajo Sus alas protectoras, deseando que Él lidie contra nuestro enemigo (que también es Suyo). ¿Será posible que todo pecado y blasfemia sea perdonado a los hombres, y no estos pensamientos blasfemos que tienen al diablo por su padre? Cristo mismo fue perturbado de esta forma ¿acaso no ayudará a todas las pobres almas que se encuentran en esta condición?

    Sin embargo, hay una diferencia entre Cristo y nosotros en este caso. Como Satanás no tenía nada propio en Cristo, sus sugerencias no dejaron ninguna impresión en Su naturaleza santa, sino que se apagaron de inmediato como chispas que caen al océano. Cuando Satanás tentó a Cristo, solo hubo propuestas por parte del diablo y detecciones de su vileza por parte de Cristo. Detectar la maldad propuesta por otro no es malo. La tentación era un agravio para Cristo, pero pecado por parte de Satanás. Sin embargo, Él se dejó tentar de esa manera para que pudiera compadecernos en nuestros conflictos y enseñarnos a utilizar nuestras armas espirituales como Él lo hizo. Cristo podría haber vencido al diablo usando Su poder, pero lo hizo a través de la argumentación. Por otro lado, cuando Satanás viene a nosotros, encuentra algo propio en nosotros, que se mantiene en contacto y comparte información con él. En nuestra naturaleza existe, en cierto grado, la misma enemistad contra Dios, y la falta de bondad que se encuentran en el mismo diablo. Por lo tanto, sus tentaciones producen, la mayoría de las veces, una mancha en nosotros. Y si no hubiera un diablo que nos propusiera los pensamientos pecaminosos, estos surgirían desde nuestro interior, aunque ninguno fuera introducido desde el exterior. En nuestro interior hay una fábrica que los crea. Si el alma contempla estos pensamientos el tiempo suficiente para sacar de ellos algún deleite pecaminoso, dejan una culpa más pesada en el alma, obstaculizan nuestra dulce comunión con Dios, interrumpen nuestra paz y crean un apetito contrario en el alma, que la dispone a pecados mayores. Todas las acciones escandalosas son solo pensamientos en un comienzo. Los malos pensamientos son como los ladronzuelos que se meten por las ventanas para abrirles la puerta a los más grandes. Los pensamientos son las semillas de las acciones. Convierten la vida de muchos cristianos buenos en casi un martirio, en especial cuando son fomentados por Satanás. Algunos pretenden mal aconsejar a tales personas diciendo que tales pensamientos son excusables porque provienen de la naturaleza. Dicho consejo no es nada saludable. Debemos saber que la naturaleza, cuando surgió de las manos de Dios en el principio, no emanaba tales cosas. El alma, cuando fue inspirada por Dios, no tenía ese aliento tan desagradable. Sin embargo, como se autoengañó por el pecado, ahora le es natural, en un cierto sentido, forjar pensamientos pecaminosos y ser un horno que arroja tales chispas. El hecho de que nuestro pecado esté tan arraigado y esparcido en nuestra naturaleza, definitivamente agrava la pecaminosidad de nuestra corrupción natural.

    Conocer toda la anchura y profundidad del pecado promueve la humillación; pero el hecho de que nuestra naturaleza, tristemente tiende a malos pensamientos debido a que no ha sido completamente renovada, nos brinda el consuelo de que no estamos solos en esto. Quienes no han considerado esta verdad, han sido tentados incluso al grado de la profunda desesperación. «Nadie», dicen ellos, «tiene una naturaleza tan repugnante como la mía». Esa idea surge de la ignorancia de la difusión del pecado original, pues ¿qué puede venir de lo inmundo sino lo que es inmundo? «Como en el agua el rostro corresponde al rostro, así el corazón [contaminado] del hombre al del hombre» (Proverbios 27:19), a menos que la gracia haya hecho una diferencia. Al igual que ante los fastidios de Satanás, lo mejor que podemos hacer en este caso es presentar abiertamente nuestras quejas ante Cristo y clamar con Pablo: «¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Romanos 7:24). Al desahogar su angustia, halló consuelo inmediato, pues prorrumpe en gratitud: «Gracias doy a Dios». Y es bueno sacar provecho de esto para odiar más este ofensivo cuerpo de muerte y acercarnos más a Dios (como lo hizo el varón santo luego de sus pensamientos «necios» y «bestiales» [Salmo 73:22 y 28]), manteniendo así nuestros corazones más cerca de Dios, guarneciéndolos de meditaciones celestiales en la mañana, almacenando buen material para que nuestro corazón tenga un buen tesoro mientras le rogamos a Cristo que nos dé Su Espíritu Santo para que detenga ese flujo maldito y nos sea una fuente viviente de pensamientos mejores. Nada abate más el ánimo de los santos que desean deleitarse en Dios luego de haber escapado de las contaminaciones comunes del mundo que estos flujos espirituales inmundos, pues son muy contrarios a Dios, Quien es Espíritu puro. Sin embargo, el mero hecho de que estos pensamientos sean irritantes para nosotros, nos da consuelo contra ellos. Fuerzan al alma a todos los ejercicios espirituales: a velar, a caminar más cerca de Dios y a elevarse a pensamientos de una naturaleza más alta, pensamientos como los que otorgan la verdad de Dios, las obras de Dios, la comunión de los santos, el misterio de la piedad, el terror del Señor y la excelencia del estado del salmo 38 y de la vida acorde a su profesión. Nos revelan que necesitamos todos los días la gracia limpiadora y perdonadora, y que debemos procurar ser hallados en Cristo; de esta manera, hacen que los mejores se pongan con frecuencia de rodillas.

    Nuestro mayor consuelo consiste en que nuestro bendito Salvador, quien mandó al diablo que se apartara de Él después de permitir su insolencia por un tiempo (Mateo 4:10), Él mismo le dirá al diablo que se aparte de nosotros cuando eso redunde en nuestro bien. Debe quitarse ante una sola palabra de Cristo. Y el Señor puede reprender, a Su propio tiempo, la agitación extravagante y rebelde de nuestros corazones y someter a Sí mismo todos los pensamientos del hombre interior, y eso es lo que hará.

    4. Algunos piensan que debido a que están más turbados por el humo de la corrupción que antes, se hallan en un estado peor. Es cierto que las corrupciones ahora aparecen más que antes, pero son menos.

    Es que, en primer lugar, mientras más percibimos el pecado, más lo odiamos, y, por lo tanto, es menor. Las partículas de polvo están en el cuarto antes de que brille el sol, pero solo se muestran entonces.

    En segundo lugar, mientras más cerca están los bandos enemigos, más duro es el conflicto entre ellos. Ahora, el espíritu y la carne son los enemigos más cercanos entre sí, pues ambos están en el alma del hombre regenerado, en las facultades del alma y en cada acción que brota de esas facultades. Por lo tanto, no es de extrañar que el alma, que es el escenario de esa batalla y se halla así de dividida, sea como un pábilo que humea.

    En tercer lugar, mientras haya más gracia, habrá más vida espiritual, y mientras haya más vida espiritual, habrá más aborrecimiento a lo que es contrario. Por lo tanto, nadie está tan consciente de la corrupción como los que tienen las almas más vivas.

    En cuarto lugar, cuando los hombres se entregan a la auto indulgencia, sus corrupciones no los perturban porque no están limitadas ni atadas, pero cuando la gracia suprime sus excesos extravagantes y licenciosos, la carne arde, pues desdeña estar restringida. Sin embargo, ahora la persona está mejor que antes. La sustancia que arroja el humo estaba en la antorcha antes de que fuera encendida, pero no es ofensiva hasta que la antorcha empieza a arder. Que estas personas sepan que si el humo ahora les es ofensivo, es una señal de que hay luz. Es mejor gozar del beneficio de la luz, aunque arroje humo, que estar en la absoluta oscuridad.

    Además, el humo no es tan ofensivo para nosotros, ya que nos da evidencia de la veracidad de la gracia en nuestro corazón. Por lo tanto, aunque es incómodo en el conflicto, a su vez nos da consuelo como evidencia. Es mejor que la corrupción nos ofenda ahora, en lugar de que perdamos el consuelo final por pretender obtener un poco de paz en el momento. Por lo tanto, que todos aquellos que están en conflicto con sus corrupciones, miren a este texto como fuente de consuelo.

La debilidad no debe impedirnos cumplir el deber

    El hecho de que Cristo no apague el pábilo que humea, sino que lo atice hasta que arda en llamas debería animarnos a cumplir el deber. Algunos son reacios a hacer bien porque sienten que sus corazones se rebelan y los deberes les salen mal. No debemos evitar las buenas obras por las debilidades que las acompañan. Cristo se enfoca más en el bien que pretende fomentar, que en el mal que quiere eliminar. Aunque el comer pueda incrementar la enfermedad en cierto sentido, un hombre enfermo debe comer, pues de esta manera podrá ser fortalecido para luchar contra ella. De la misma manera, aunque el pecado manche todo lo que hagamos, no dejemos de realizar nuestro deber, ya que tenemos un Señor muy bondadoso, Quien Se mostrará más a nuestro favor mientras más conflictos enfrentemos. Cristo ama el saborear los buenos frutos que provienen de nosotros, aunque siempre tengan algo del sabor de nuestra antigua naturaleza.

    Un cristiano se queja de no poder orar. «¡Oh, estoy atormentado por muchos pensamientos distractores, y ahora más que nunca!». ¿Pero ha puesto Dios en tu corazón el deseo de orar? Si es así, entonces Dios escuchará los deseos de Su propio Espíritu en ti. «El Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos [ni tampoco hacer nada más como conviene], pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26) que no están ocultos de Dios. «Mi suspiro no te es oculto» (Salmo 38:9). Dios puede captar el sentido de una oración confusa. Esos deseos gimen más fuerte en Sus oídos que tus pecados. A veces, el cristiano tiene pensamientos tan confusos que no puede decir nada, sino que, al igual que un niño, clama «¡Oh, Padre!» sin poder expresar lo que necesita, como Moisés ante el mar Rojo. Estas agitaciones del espíritu conmueven el corazón de Dios y lo derriten para que nos muestre compasión cuando vienen del Espíritu de adopción y de un esfuerzo por ser mejores.

    «Oh, pero ¿es posible», piensa el corazón desconfiado, «que un Dios tan santo acepte una oración así?». ¡Claro que sí! Él aceptará lo que proviene de Él, y perdonará lo que proviene de nosotros. Jonás oró en el vientre del pez (Jonás 2:1), cargado por la culpa de su pecado, pero aun así Dios lo oyó. Por lo tanto, no dejemos que las debilidades nos desanimen. Santiago quita esa objeción (Santiago 5:17). Alguien podría objetar: «Si fuera tan santo como Elías, entonces mis oraciones serían consideradas». «Pero», dice él, «Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras». Tenía sus pasiones al igual que nosotros, ¿o acaso pensamos que Dios lo oyó porque no tenía falta? Desde luego que no. Pero miren las promesas como «Invócame en el día de la angustia; te libraré» (Salmo 50:15); «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7), y otras semejantes. Aunque son débiles, Dios acepta nuestras oraciones porque somos Sus propios hijos y vienen de Su propio Espíritu, porque son acordes a Su propia voluntad y porque son ofrecidas en la mediación de Cristo, y Él las toma y las mezcla con Su propio incienso (Apocalipsis 8:3).

    Nunca hay un suspiro santo, ni una sola lágrima que vertamos, que se pierda. Y así como todas las gracias aumentan con el ejercicio, lo mismo ocurre con la gracia de la oración. A través de la oración aprendemos a orar. De la misma manera, debemos cuidarnos del espíritu de desaliento en todos los otros deberes santos, pues tenemos a un Salvador muy clemente. Oremos como podamos, oigamos como podamos, esforcémonos como podamos, hagamos como podamos, según la medida de la gracia que hemos recibido. Dios en Cristo mirará con gracia lo que es Suyo.

    ¿Acaso Pablo no hacía nada porque no era capaz de hacer perfectamente el bien que quería? ¡Desde luego que no! él «proseguía a la meta». No seamos crueles con nosotros mismos cuando Cristo es así de clemente. Hay una cierta humildad de espíritu que nos lleva a agradecerle a Dios por cualquier capacidad que tengamos y a reposar en calma con la medida de gracia que hemos recibido, pues vemos que es la buena voluntad de Dios que eso sea así -Él es Quien da el querer como el hacer-, aunque no por eso dejamos de continuar esforzándonos. Sin embargo, cuando, a pesar de nuestros esfuerzos fieles, no lleguemos a ser lo que queremos ser ni lo que otros son, entonces sepamos para nuestro consuelo que Cristo no apagará el pábilo que humea y que la sinceridad y la veracidad junto al esfuerzo por crecer son nuestra perfección, como dijimos antes.

    Es reconfortante lo que Dios dice del hijo de Jeroboam: «Sólo él será sepultado, por cuanto se ha hallado en él alguna cosa buena delante de Jehová Dios de Israel» (1 Reyes 14:13), aunque solo era «alguna cosa buena». Señor, «creo» (Marcos 9:24) con una fe débil, pero aun así con fe; te amo con un amor feble, pero aun así con amor; me esfuerzo con flaqueza, pero aun así me esfuerzo. El fuego pequeño es fuego, aunque eche humo. Tú me has traído a Tu pacto para ser Tuyo, cuando era Tu enemigo ¿acaso entonces me desecharás por estas debilidades presentes que al igual que Te desagradan a Ti, también son el pesar de mi corazón?

martes, 17 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 

    Sexto, cuando el fuego está presente, tiene un cierto grado de actividad. Así también la gracia, por poca que sea, obra, pues proviene del Espíritu de Dios, que, debido a Sus operaciones, es comparado con el fuego. Incluso en medio del pecado, cuando pareciera que lo único que está activo es la corrupción, hay un principio contrario que rompe su fuerza, y que ocasiona que no sea sobremanera pecaminoso, como el pecado de los hombres carnales (Romanos 7:13).

    Séptimo, el fuego vuelve a los metales flexibles y maleables. Así también, cuando la gracia es otorgada, flexibiliza al corazón y lo dispone a recibir cualquier impresión buena. Los espíritus obstinados demuestran que ni siquiera son pábilos que humean.

    Octavo, el fuego incendia todo lo que puede incendiar. De la misma manera, la gracia se esfuerza por producir una impresión favorable en los demás y por transformar tantas personas para bien como le sea posible. Además, la gracia usa incluso las cosas naturales y civiles de forma santa, y las espiritualiza. Lo que otras personas solo hacen de forma civil, el hombre en que opera la gracia lo hace santamente. Si come, bebe, o hace otra cosa, lo hace todo para la gloria de Dios (1 Corintios 10:31), poniendo todo al servicio de ese fin supremo.

    Noveno, las chispas vuelan hacia arriba por naturaleza. De la misma manera, el Espíritu de la gracia lleva al alma hacia el cielo y nos presenta fines santos y celestiales. Fue encendido desde el cielo y también nos lleva de regreso al cielo. La parte sigue al todo: el fuego va hacia arriba, y por eso todas las chispas siguen a su elemento. Donde hay un alma que apunta y se extiende al cielo, allí hay gracia, aunque enfrente resistencia. La mínima medida de esta gracia puede ser vista en los deseos santos, los cuales brotan de la fe y el amor, pues no podríamos desear nada que primero no creyéramos que existe. Dicho deseo brota del amor. Por eso los deseos se consideran parte de lo deseado en un cierto sentido. 

Sin embargo, estos deseos deben ser (1) constantes, pues la constancia muestra que son sobrenaturalmente naturales y no forzados; (2) dirigidos a cosas espirituales como creer y amar a Dios, no por causa de una emergencia particular (como escapar del peligro), sino con un corazón lleno de amor que es cautivado por la excelencia del Amado. (3) acompañados de dolor si el deseo se ve frustrado, de modo que nos vemos impulsados a orar: «¡Ojalá fuesen ordenados mis caminos para guardar tus estatutos!» (Salmo 119:5), «¡Miserable de mí! ¿quién me librará?» (Romanos 7:24), y (4) deseos que nos hacen seguir adelante: «¡Oh, ojalá pudiera servir a Dios con mayor libertad! ¡Ojalá estuviera más libre de estas concupiscencias ofensivas, desagradables y odiosas!

    Décimo, el fuego, si tiene combustible para alimentarse, se agranda y asciende cada vez más alto, y mientras más alto sube, más pura es la llama. De la misma manera, donde hay gracia genuina, esta crece en cantidad y pureza. El pábilo que humea crecerá hasta formar una llama, y, a medida que vaya creciendo, también eliminará lo que le es contrario y se perfeccionará cada vez más. Ignis, quo magis lucet, eo minus fumat (Mientras más luz da el fuego, menos humo arroja). Por lo tanto, queda demostrado que tenemos un corazón falso si nos conformamos con un estándar rebajado de la gracia y reposamos en los comienzos alegando que Cristo no apagará el pábilo que humeare. Esta disposición misericordiosa de Cristo va unida a una santidad perfecta que se manifiesta en Su odio perfecto por el pecado, pues para que el pecado no quedara sin su justo castigo, Cristo prefirió entregarse a Sí mismo como sacrificio por el pecado. En esto, la santidad de Su Padre y la Suya se muestran en su máximo esplendor. Asimismo podemos verlo en la obra de santificación en la cual mientras Él ya está complacido con Su obra en nosotros (sin tolerar el pecado) a su vez nunca cesará de obrar hasta quitar enteramente el pecado de nuestra naturaleza. El mismo Espíritu que purificó Su santa naturaleza humana nos limpia gradualmente para adaptarnos a esa Cabeza tan santa, y moldea el juicio y los afectos de todos a los que muestra misericordia para que se conformen a los Suyos trabajando para avanzar Su propósito de abolir el pecado de nuestra naturaleza.

domingo, 15 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

La presencia del fuego celestial

Aplicando estas reglas podemos decir:

    Primero, si hay un fuego santo en nosotros, ha sido encendido desde el cielo por el Padre de las luces, que «mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz» (2 Corintios 4:6). Fue encendido a través del uso de los medios y es alimentado de la misma manera. La luz en nosotros brota de la luz en la Palabra y ambas provienen del mismo Espíritu Santo. Por lo tanto, los que no prestan atención a la Palabra no lo hacen «porque no les ha amanecido» (Isaías 8:20). Para poder discernir las verdades celestiales es necesaria una luz celestial. El hombre natural no percibe las cosas celestiales a su propia luz, como corresponde, sino a una luz inferior. En cada convertido, Dios pone una luz en el ojo del alma, que es proporcional a la luz de las verdades que le han sido reveladas. El ojo carnal nunca podrá ver las cosas espirituales.

    Segundo, incluso la luz divina más tenue tiene una cierta medida de calor. La luz del entendimiento produce el calor del amor en los afectos. Mientras más percibe el entendimiento santificado algo como verdadero o bueno, más lo acepta la voluntad. La luz débil produce inclinaciones débiles; la luz intensa, inclinaciones intensas. Un poco de luz espiritual es suficiente para contrarrestar las objeciones de la carne y sangre, y para considerar los argumentos terrenales y los obstáculos como inferiores a los objetos celestiales que puede contemplar. La luz que no es espiritual, puesto que carece de la fuerza de la gracia santificadora, cede ante cualquier tentación pequeña, en especial si encaja con y se conforma a las inclinaciones personales. Esa es la razón por la que los cristianos que tienen luz escasa en cantidad pero celestial en calidad perseveran, mientras otros hombres que tienen un conocimiento intelectual más amplio se hunden. La luz prevalece en el alma porque, además del espíritu de iluminación, en los santos hay un espíritu de poder (2 Timoteo 1:7) que subyuga el corazón a la verdad revelada y crea un gusto y un deleite en la voluntad que es acorde a la dulzura de la verdad. Si no fuera así, la voluntad que es meramente natural se levantaría contra todas las verdades sobrenaturales, pues siente apatía y hostilidad hacia ellas. En los piadosos, las verdades santas se transmiten mediante la degustación; los hombres en los que opera la gracia no solo tienen ojos espirituales, sino también un paladar espiritual. La gracia cambia el gusto espiritual.

    En tercer lugar, cuando se enciende esta luz celestial, nos dirige por el camino correcto. Esta luz nos es dada para mostrarnos el camino más excelente y para guiarnos a lo largo de toda la vida. En caso de no ser así, lo que se tiene es solo una luz común que es dada para el beneficio de otros solamente. Algunos tienen la luz del conocimiento, pero no la siguen; en cambio, son guiados por razonamientos y estrategias carnales, como a los que alude el profeta: «He aquí que todos vosotros encendéis fuego [...] andad a la luz de vuestro fuego, y de las teas que encendisteis. De mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados» (Isaías 50:11). Dios se deleita en confundir la sabiduría carnal, pues es hostil a Él y le roba Su prerrogativa como el único y sabio Dios. Por lo tanto, debemos andar a Su luz, no al brillo de nuestro propio fuego. Dios debe encender nuestra lámpara (Salmo 18:28), de lo contrario, seguiremos en las tinieblas. Las chispas que no provienen del cielo no son lo suficientemente capaces de librarnos de la desesperación, aunque parezcan resplandecer más que la luz de lo alto, al grado que los hombres insensatos pueden a veces llegar a hacer cosas más excelsas que los sobrios, pero mediante una fuerza falsa. El exceso del gozo de estos hombres proviene entonces de una luz falsa: «La luz de los impíos será apagada» (Job 18:5).

    La luz que tienen algunos hombres es como los relámpagos, que, después del fulgor repentino, los dejan en mayores tinieblas. Pueden amar la luz cuando brilla, pero la odian cuando desenmascara y dirige. Un poco de luz santa nos permitirá guardar la Palabra de Cristo, y no traicionar la religión ni negar Su nombre, como dice Cristo a la iglesia de Filadelfia (Apocalipsis 3:8).

    Cuarto, donde está este fuego, separa las cosas de distinta naturaleza y muestra la diferencia entre el oro y la escoria. Separa la carne y el espíritu, y muestra que la primera viene de la naturaleza y el segundo, de la gracia. No todo lo que hay en una acción mala es malo ni todo lo que hay en una acción buena es bueno. Hay oro en la roca, y Dios y Su Espíritu en nosotros pueden distinguirlo. El corazón del hombre carnal es como una prisión donde no se puede ver nada sino horror y confusión. Esta luz nos vuelve sensatos y humildes cuando vemos con más claridad la pureza de Dios y nuestra propia impureza, y nos capacita para discernir la obra del Espíritu en otras personas.

    Quinto, mientras más espiritual es un hombre, más placentera le es la luz. Está dispuesto a ver cualquier cosa impropia que deba reformar y a descubrir cualquier servicio adicional que deba rendir, pues verdaderamente odia lo malo y ama lo bueno. Si va en contra de la luz que ha descubierto, pronto será llevado de regreso al sendero, pues la luz tiene un bando favorable en su interior. Por lo tanto, ante un pequeño vistazo de su error, pronto se muestra abierto al consejo, como ocurrió con David cuando pretendía matar a Nabal y luego bendijo a Dios porque lo detuvo cuando andaba en un camino malo (1 Samuel 25:32).

    En el caso del hombre carnal, la luz irrumpe en él, pero este se esfuerza por impedir su ingreso. No se deleita en venir a la luz. Antes de que el Espíritu de gracia someta el corazón, es imposible que no peque contra la luz, ya sea resistiéndola, restringiéndola y sepultándola bajo tierra mediante concupiscencias viles; o transformándola en ocasión para la carne buscando argumentos a favor; o abusando dicha pequeña medida de luz que los hombres tienen para mantenerlos lejos de la luz más grande, alta y celestial. De esta manera, a la larga transforman la luz que tienen en una guía engañosa que los dirige a las densas tinieblas. Y esto se debe a que la luz no tiene un bando favorable al interior de ellos. El alma tiene una disposición contraria, y la luz siempre obstaculiza esa paz pecaminosa que los hombres quieren prometerse a ellos mismos. En consecuencia, vemos que la luz muchas veces enfurece más al hombre, así como el sol de la primavera origina cuadros febriles porque agita los humores corporales en lugar de subyugarlos.³

³ Nota del traductor: Esta también es una referencia a la teoría humoral. Para más información, revisar nota 1 en el capítulo 2.

    No hay nada en el mundo más incómodo que el corazón de un hombre impío que como ladrón apaga la luz para poder pecar sin restricción. La luz espiritual es distinta, pues toma el bien espiritual y lo aplica a nosotros. La luz común por el contrario es confusa y no molesta al pecado. Donde hay fuego, en cualquier cantidad, este lucha contra todo lo que le es contrario. Dios puso un odio irreconciliable entre la luz y las tinieblas desde el principio, y también entre el bien y el mal, entre la carne y el Espíritu (Gálatas 5:17). La gracia nunca se unirá al pecado más de lo que el fuego se une al agua. El fuego no se mezcla con nada que le sea contrario, sino que preserva su propia pureza y nunca se corrompe como sí lo hacen los otros elementos. Por lo tanto, los que defienden y traman libertades para la carne demuestran que están ajenos de la vida de Dios. Muchas veces, los que tienen gracia, al sentir este conflicto, se lamentan y dicen que no tienen gracia. Sin embargo, se contradicen en sus lamentos, de la misma manera que si un hombre que ve se doliera de que no puede ver, o si se lamentara de que está dormido. Asimismo, quien se lamenta del pecado, muestra que hay algo en él que es opuesto al pecado. ¿Acaso puede lamentarse un muerto? Hay ciertas cosas que aunque son malas intrínsecamente, pueden revelar algo bueno; tal es el caso del humo que revela la presencia de fuego. Las reacciones corporales violentas demuestran que hay vigor corporal. Hay flaquezas que muestran más cosas buenas que algunas acciones que parecen ser hermosas. El exceso de pasión para oponerse al mal, aunque no tiene justificación, demuestra la existencia de una actitud mejor que la calma cuando hay una razón justa para agitarse. Es mejor que el agua corra con un poco de barro, a que esté estancada. Job tenía más gracia en su mal humor que sus amigos en su conducta aparentemente sabia. Las acciones manchadas con algunos defectos son más aceptables que los elogios vacíos.

miércoles, 11 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 6. Características del pábilo que humea

    Para determinar si somos ese pábilo humeante que Cristo no apagará, debemos recordar las siguientes reglas:

    Debemos tener dos ojos, uno para ver las imperfecciones en nosotros mismos y en los demás, y otro para ver lo que es bueno. «Morena soy», dice la Iglesia, «pero codiciable» (Cantares 1:5). Los que son dados a reñir con ellos mismos nunca tienen tranquilidad, y, debido a sus flaquezas, tienden a consumir las cosas amargas que más alimentan la enfermedad que los agobia. Tales personas se deleitan en ver solamente el lado oscuro de la nube.

    No debemos juzgarnos siempre por lo que sentimos en un momento dado, pues en las tentaciones no veremos nada más que el humo de los pensamientos de la desconfianza. El fuego puede estar ardiendo bajo las cenizas, aunque no podamos verlo. En el invierno, la vida está oculta en la raíz.

    Debemos cuidarnos de razonamientos falaces como, por ejemplo, que debido a que nuestro fuego no flamea como el de otros, no tenemos nada de fuego. Mediante esas conclusiones erróneas podemos pecar contra la ley hablando falso testimonio contra nosotros mismos. El pródigo no dijo que no era hijo, sino que no era digno de ser llamado hijo (Lucas 15:19). No debemos confiar en la evidencia falsa ni negar la que es verdadera, pues al hacerlo deshonramos la obra del Espíritu de Dios en nosotros y perdemos la asistencia de esa evidencia, que puede avivar nuestro amor por Cristo y armarnos contra los desánimos de Satanás. Algunos son tan culpables de hacer esto, que tal pareciera que han sido contratados por Satanás «el acusador de nuestros hermanos» (Apocalipsis 12:10) para acusarse a sí mismos.

Nuestra norma es el pacto de gracia

    Debemos reconocer que en el pacto de gracia lo que Dios requiere es que la gracia sea verdadera, no que haya una cierta cantidad de ella. Una chispa de fuego es tan fuego como todo el elemento, por lo tanto, debemos ver la gracia también en la chispa y no solo en la llama. No todos tienen una fe igual de fuerte, pero todos tienen una fe igual de preciosa (2 Pedro 1:1), mediante la cual se aferran y se visten de la justicia perfecta de Cristo. La mano débil puede recibir una joya valiosa. Unas pocas uvas demuestran que la planta es una viña y no un abrojo. Una cosa es ser deficiente en la gracia y otra muy distinta es no tener gracia en absoluto. Dios sabe que no tenemos nada en nosotros mismos, y por eso, en el pacto de gracia, no exige nada más de lo que Él da, sino que da lo que exige y acepta lo que da: «Y si no tiene lo suficiente para un cordero, tomará entonces dos tórtolas» (Levítico 12:8). ¿Qué es el evangelio sino una moderación misericordiosa en que la obediencia de Cristo es contada como nuestra y nuestros pecados son colocados sobre Él, en que Dios pasa de ser nuestro Juez a ser nuestro Padre, perdona nuestros pecados y acepta nuestra obediencia, aunque es débil e imperfecta? Ahora, bajo el pacto de gracia, somos llevados al cielo por el sendero del amor y la misericordia.

    Resultará especialmente útil conocer las diferencias específicas entre el pacto de obras y el pacto de gracia, entre Moisés y Cristo. Moisés, sin ninguna misericordia, quiebra todas las cañas cascadas y apaga todos los pábilos que humean. La ley demanda obediencia de corazón personal, perpetua y perfecta, con la amenaza de una terrible maldición, pero sin dar las fuerzas para llevarlo a cabo. Es un capataz severo, que como Faraón, demanda ladrillo sin proveer paja. Cristo viene con una bendición tras otra, incluso para los que Moisés ha maldecido, y con un bálsamo sanador para las heridas que Moisés ha abierto.

    En ambos pactos se requieren las mismas obligaciones, como la de amar a Jehová con todo el corazón y con toda el alma (Deuteronomio 6:5). En el pacto de obras, deben cumplirse de forma absoluta, pero en el pacto de gracia deben contar con una mitigación evangélica. Se acepta el esfuerzo sincero acorde a la gracia recibida (y así debemos entender los casos de Josías y otros reyes de los que se dice que hicieron lo recto ante los ojos de Jehová).

    El evangelio endulza la ley y la transforma en un deleite para el hombre interior (Romanos 7:22). Bajo este pacto clemente, la sinceridad es perfección. La muerte que hay en la olla de la religión romana es que confunden los dos pactos, y el hecho de que no puedan distinguirlos mitiga el consuelo de los abatidos. De esta manera, se permiten seguir encadenados cuando Cristo los ha libertado y siguen en la prisión cuando Cristo ha abierto las puertas frente a ellos.

    Debemos recordar que a veces la gracia es tan pequeña que no podemos discernirla. En ocasiones, el Espíritu tiene operaciones secretas en nosotros que por ahora nos son desconocidas, pero que Cristo conoce. A veces, en la amargura de la tentación, cuando el alma lucha con la sensación de la ira de Dios, somos propensos a pensar que Dios es nuestro enemigo. El alma agitada es como el agua agitada: es imposible ver algo en ella, y, mientras no sea limpiada, arrojará cieno y lodo. Está llena de objeciones contra sí misma, pero la mayoría de las veces es posible discernir algo de la vida oculta y de las chispas sofocadas. En los días sombríos hay suficiente luz como para saber que es de día y no de noche, así también en el cristiano bajo la nube hay algo que permite discernir que es un creyente verdadero y no un hipócrita. En el estado de la gracia no hay solo tinieblas, sino que siempre se halla un haz de luz que hace que el reino de las tinieblas no prevalezca por completo.

lunes, 9 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

5. Debe movernos el espíritu de misericordia

Por todo esto, los predicadores deben tener cuidado de cómo tratan a los creyentes nuevos. Ellos deben evitar el poner estándares muy altos para ellos, pues haciendo esto demandan evidencias de gracia que no corresponden a la experiencia de muchos cristianos buenos. Este hecho lamentable consiste en poner el peso de la salvación y condenación en cosas que no son capaces de llevarlo. Cuando eso ocurre, las personas son abatidas innecesariamente y no pueden levantarse pronto, ni por sí mismas ni con la ayuda de los demás. Los embajadores de un Salvador tan apacible no deben ser autoritarios ni colocarse en el lugar del corazón de la gente que es el templo de Cristo, donde solo Él debe sentarse. Una de las razones por las que surgió el papado es que las personas tenían demasiado respeto por los hombres. «Téngannos los hombres por servidores de Cristo» (1 Corintios 4:1), solo por eso, por nada más ni por nada menos. Cuán cuidadoso fue Pablo de no colocar trampas para los débiles en los casos de conciencia.

Simplicidad y humildad

Además, los predicadores deben asegurarse de no ocultar lo que quieren decir con discursos oscuros, hablando en la niebla. El mayor miedo de la verdad es el ocultamiento y lo que más desea es ser expuesta claramente a la vista de todos. Mientras menos adornos tiene, más hermosa y poderosa es. Nuestro bendito Salvador no solo asumió nuestra naturaleza, sino que también asumió nuestra habla común, lo que fue parte de Su humillación voluntaria. Pablo era un hombre profundo, pero aun así llegó a ser como una madre para los más débiles (1 Tesalonicenses 2:7).

    Ese espíritu de misericordia que estuvo en Cristo debe llevar a Sus siervos a contentarse con la idea de humillarse por el bien de los más humildes. ¿Qué fue lo que hizo que el reino de los cielos sufriera «violencia» (Mateo 11:12) después del tiempo de Juan el Bautista, sino que muchas verdades consoladoras fueron predicadas con claridad, afectando al pueblo de tal manera que llegaron a ejercer violencia santa para obtenerlas?

    Cristo eligió que los que habían experimentado más misericordia, como Pedro y Pablo, predicaran la misericordia, para que fueran ejemplos de lo que enseñaban. Pablo se hizo todo a todos (1 Corintios 9:22), rebajándose al nivel de ellos por su bien. Cristo bajó del cielo y Se despojó de Su majestad en tierno amor por las almas. ¿No bajaremos nosotros de nuestras presunciones altivas para hacerle bien a algún alma pobre? ¿Será orgulloso el hombre después de que Dios ha sido humilde? Vemos que los ministros de Satanás asumen todas las formas para «hacer un prosélito» (Mateo 23:15). Sabemos que los hombres ambiciosos maquinan cómo conformarse a los deseos de aquellos que pueden exaltarlos ¿y acaso no nos esforzaremos por conformarnos a Cristo, Quien puede exaltarnos, con Quien incluso ya estamos sentados en los lugares celestiales? Ahora que hemos sido ganados para Cristo, debemos esforzarnos por ganar a otros para Él. La ambición y la codicia santa nos llevarán a revestirnos de la disposición de Cristo. Pero primero debemos despojarnos de nosotros mismos.

    Tampoco debemos atormentar sus mentes con curiosidades u «opiniones» (Romanos 14:1) porque así los distraremos y agotaremos; además, daremos lugar a que pierdan el interés por toda la religión. La era de la Iglesia que fue más fértil en preguntas sutiles fuel la más estéril en cuanto a la religión, pues esas cuestiones hacen que la gente crea que la religión es solo un asunto de ingenio, de atar y desatar cabos. Por lo general, las personas que tienden a esas cosas tienen más calor en el cerebro que en el corazón.

    Aun así, cuando somos puestos en tiempos y lugares en que surgen dudas sobre asuntos principales, la gente debe esforzarse por formar convicciones firmes. Muchas veces, Dios permite que surjan preguntas para probar nuestro amor y ejercitar nuestras facultades. Nada es tan certero como lo que es certero después de haberlo dudado. Las sacudidas instauran y enraízan. En una era contenciosa, es sabio ser cristiano y saber en qué fundar nuestras almas. En tales casos, es tarea del amor quitar las piedras y alisar el camino al cielo. Por lo tanto, debemos tener cuidado de no permitir, bajo el pretexto de querer evitar disputas, que un partido perjudicial prevalezca por sobre la verdad, pues de esa manera es fácil traicionar tanto la verdad de Dios como las almas de los hombres.

    De igual forma, erran los que, debido a su austeridad excesiva, se impiden ser de consuelo para las almas agobiadas, pues eso hace que muchos oculten sus tentaciones y ardan internamente porque no tienen a nadie en cuyo seno puedan desahogar su dolor y aliviar sus almas.

    No debemos atar donde Dios desata ni desatar donde Dios ata; tampoco debemos abrir donde Dios cierra ni cerrar donde Dios abre. El uso correcto de las llaves del Reino siempre es exitoso. Al hacer aplicaciones personales, es necesario que tengamos sumo cuidado, pues alguien puede ser un falso profeta y al mismo tiempo hablar la verdad. Si no es una verdad dirigida a la persona con la que está hablando, si entristece a los que Dios no ha entristecido con verdades inadecuadas para la situación o con consuelos en el camino del mal, el corazón de los impíos puede terminar fortaleciéndose. Lo que es comida para una persona puede ser veneno para otra.

    Si observamos el tenor general de estos tiempos, los pasajes bíblicos que tienden a levantar y despertar el alma parecen ser los más adecuados; sin embargo, hay muchos espíritus quebrantados que necesitan palabras suaves y reconfortantes. Incluso en los peores tiempos, los profetas mezclaron su mensaje con un dulce consuelo para el remanente oculto del pueblo fiel. Dios tiene consuelo. Le dice al profeta «Consolaos, pueblo mío» (Isaías 40:1), no solo «alza tu voz como trompeta» (Isaías 58:1).

Sano juicio

    Al mismo tiempo, aquí es necesario hacer una salvedad. La misericordia no nos quita el sano juicio ni nos hace confundir los tizones apestosos con pábilos que humean. Nadie es tan pronto para exigir misericordia de los demás como los que merecen severidad. Este ejemplo no aprueba la tibieza ni fomenta la indulgencia excesiva con los que necesitan despertar. Para las enfermedades frías hay que administrar remedios calientes. El hecho de que la iglesia de Éfeso no tolerara a los malos, hizo que fuera elogiada con justicia (Apocalipsis 2:2). Debemos tolerar a los demás de una manera que también manifieste nuestro desagrado hacia la maldad. Nuestro Salvador Cristo no se reservaba la reprensión severa cuando veía flaquezas peligrosas en Sus muy amados discípulos. Hacer la obra de Jehová con engaño (Jeremías 48:10) trae una maldición, incluso si se trata de una obra de justo rigor, como cuando hay que enterrar la espada en las entrañas del enemigo. Y, un día, las personas que dejamos ser engañadas por sus peores enemigos, sus pecados, tendrán razón para maldecirnos.

    Es difícil conservar el balance correcto entre la misericordia y la severidad sin un Espíritu superior al nuestro, por el que deberíamos desear ser guiados en todo. La sabiduría que habita con la cordura (Proverbios 8:12) nos guiará en estos asuntos específicos; sin ella, la virtud no es virtud y la verdad no es verdad. Es necesario ponderar en conjunto la regla y el caso, pues, sin una intuición aguda, la aparente similitud de las condiciones producirá errores en nuestras opiniones sobre ellas. Los espíritus furibundos, tempestuosos y destructivos del papado, que buscan promover su religión a punta de crueldad, muestran que desconocen la sabiduría que es de lo alto, que vuelve a los hombres apacibles, pacíficos y prontos a mostrar la misericordia que ellos mismos han sentido. Una forma de vencer, agradable tanto para Cristo como para la naturaleza del hombre es hacerlo a través de cierto grado de paciencia y moderación.

    Sin embargo, a menudo vemos un espíritu erróneo en los que hacen llamados a la moderación. Lo hacen solo para implementar sus propios proyectos con más fuerza, y si prevalecen, difícilmente mostrarán a los demás esa moderación que ahora exigen de los otros. También hay una moderación orgullosa, la de cuando los hombres asumen el rol de censurar a ambas partes como si fueran más sabios que ellas, a pesar de que un espectador, si tiene el espíritu adecuado, sí podría tener una visión más amplia que los que están en conflicto.

Cómo deberían actuar las autoridades

    En cuanto a las censuras eclesiásticas, es más acorde al espíritu de Cristo el actuar con equilibrio, y no pretender matar una mosca con un mazo, ni expulsar a los hombres del cielo por una cosa insignificante. Incluso las despabiladeras (tijeras para cortar las mechas de las velas) del tabernáculo estaban hechas de oro puro, para mostrar la pureza de las censuras por las que la luz de la Iglesia se mantiene brillando. El poder que le ha sido dado a la Iglesia es para edificación, no para destrucción. ¡Cuán cuidadoso fue Pablo de que el corintio incestuoso, al arrepentirse, no fuera consumido de demasiada tristeza! (1 Corintios 2:7). Los magistrados civiles, en el caso de las exigencias civiles y los motivos del Estado, deben permitir que la ley siga su curso; no obstante, deben imitar a este Rey benigno al no mezclar amargura ni pasión con la autoridad que se deriva de Dios. La autoridad es un rayo de la majestad de Dios, y prevalece más donde está menos mezclada con lo que es propio del hombre. Para poder ejercerla de forma adecuada, se necesita algo más que sabiduría ordinaria. Esta cuerda no debe estar demasiado tensa ni demasiado suelta. La justicia es armoniosa. Si las hierbas se calientan o se enfrían más allá de un cierto punto, se vuelven letales. Vemos que incluso los elementos contrarios son preservados en un solo cuerpo cuando se mezclan con sabiduría. Cuando las circunstancias considerables de todo un panorama nos inclinan a la moderación, el aplicar justicia rigurosa llega a ser injusticia extrema.

    El comportamiento insolente hacia las personas miserables cuando estas están humilladas es impropio de cualquiera que busque misericordia para sí mismo. La miseria debiera ser un imán para la misericordia, no un estrado para que el orgullo lo pisotee. A veces ocurre que los que están bajo el gobierno de otros son los que más injurias causan con su osadía y sus juicios severos, y, de esa forma, contrarrestan y frenan los esfuerzos de sus superiores por el bien público. Debido a la gran debilidad de la naturaleza humana, especialmente en esta época desquiciada, deberíamos gozar en buena parte de la alegría moderada que disfrutamos gracias al gobierno: y no deberíamos ser como dedos en la llaga, exagerando las cosas al malinterpretarlas. En este sentido, el amor debería ser una manta que arrojamos sobre los errores menores de los que están sobre nosotros. Muchas veces, el pobre se convierte en el opresor por sus clamores injustos. Deberíamos esforzarnos por interpretar las acciones de los gobernantes, de la mejor manera posible.

Somos deudores a los débiles

    Por último, hay algo que todos los cristianos deberíamos considerar en nuestras relaciones cotidianas: Somos deudores a los débiles en muchos sentidos.

    1. Seamos vigilantes en el uso de nuestra libertad, y esforcémonos por no ofender a nadie con nuestro comportamiento, de tal manera que no les incitemos a lo malo. Los ejemplos tienen poder de mando, como se aprecia en el caso de Pedro (Gálatas 2). La vida libertina es cruel tanto para nosotros mismos como para las almas de los demás. Aunque no podamos impedir que perezcan los que van a perecer, si hacemos lo que en sí mismo es propenso a destruir las almas de los otros, su ruina nos es imputable.

    2. Cuidémonos de tomar el oficio de Satanás al malinterpretar las buenas acciones de otros; tal fue el caso con Job: «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» (Job 1:9). Cuidémonos también de difamar a las personas concluyendo que sus corazones son impíos. El diablo gana más con el desaliento y los oprobios en contra de la religión que con la hoguera y la pira. Estas cosas, cual escarcha en primavera, impiden que broten las inclinaciones de la gracia; y de la misma manera que Herodes, procuran matar a Cristo en los nuevos profesos. El cristiano es alguien santificado y sagrado, el templo de Cristo, y Cristo destruirá al que destruya Su templo (1 Corintios 3:17).

    3. Una de las cosas de las que más debemos cuidarnos, es la tendencia ordinaria entre los cristianos a censurar a otros prontamente, sin considerar sus tentaciones. Algunos expulsan de la iglesia y dejan de considerar hermanos a los otros dejándose llevar por una pasión. Sin embargo, el mal humor no altera las relaciones genuinas; aunque un niño repudie a su madre, ella no abandonará a su hijo. Por lo tanto, en estos tiempos de juicio, hay buenas razones para hacer la advertencia de Santiago, que no nos hagamos «muchos maestros» (Santiago 3:1), que no nos hiramos los unos a los otros mediante censuras apresuradas, en especial respecto a cosas de naturaleza indiferente. Algunas cosas son acordes a la mente del que las hace o deja de hacerlas, pues ambas decisiones pueden ser para el Señor.

    Cuando hay un propósito santo en cosas que no son claramente buenas ni malas, los juicios de los hombres, aunque parezcan opuestos, dejan de ser tan censurables. Cristo, en virtud de los buenos propósitos que ve en nosotros, pasa por alto nuestros errores y no nos los imputa. No debemos ser demasiado curiosos para husmear en las debilidades de los demás. Debemos esforzarnos por ver las cosas eternas que tienen, inclinando nuestro corazón para amarlos, en lugar de enfocarnos en las debilidades que el Espíritu de Dios consumirá pronto en ellos. Algunos piensan que no tolerar nada en el más débil es ser fuerte en la gracia, cuando en verdad los más fuertes son los más dispuestos a soportar las flaquezas de los débiles.

    Donde hay más santidad, hay más moderación, siempre que pueda existir sin causar perjuicio a la piedad para con Dios ni al bienestar de los demás. En Cristo vemos un balance maravilloso entre la santidad absoluta y una gran moderación. ¿Qué habría sido de nuestra salvación si Él hubiera insistido en los términos de la ley y no se hubiera inclinado a nosotros? No necesitamos pretender ser más santos que Cristo. Hacer lo que Él hace no es adular, siempre y cuando sea para edificación.

    El Espíritu Santo se ha dignado a habitar en almas humeantes y ofensivas. ¡Oh, que ese Espíritu aliente en nuestro espíritu la misma disposición misericordiosa! Toleramos la amargura del ajenjo y de otras plantas y hierbas de mal sabor solamente porque sabemos que tienen propiedades saludables; entonces ¿por qué deberíamos rechazar a los hombres que tienen características y gracias útiles solo porque tienen una disposición áspera, que, así como nos ofende a nosotros, los aflige a ellos mismos?

    La gracia, mientras vivamos aquí, se encuentra en almas que, como han sido renovadas de manera imperfecta, habitan en cuerpos sujetos a diferentes humores que a veces inclinan al alma al exceso de una pasión y a veces, al exceso de otra. Martín Bucero fue un teólogo profundo y moderado. Luego de mucha experiencia, decidió no rechazar a nadie en quien viera aliquid Christi, algo de Cristo. Los mejores cristianos en este estado de imperfección son como el oro que por unos pocos gramos es demasiado liviano y necesita flexibilidad para pasar la prueba. Aun con los mejores es necesario ser flexible. Nuestro amor y nuestra misericordia deben suplir lo que vemos que les falta. La Iglesia de Cristo es un hospital en el que todos están enfermos, hasta un cierto punto, de una u otra dolencia espiritual, por lo que todos tienen la oportunidad de ejercitar el espíritu de sabiduría y mansedumbre.

    Así que, para que podamos hacer esto de mejor manera, revistámonos del Espíritu de Cristo. El Espíritu de Dios es majestuoso. La corrupción difícilmente cede ante la corrupción de los otros. El orgullo no tolera al orgullo. Las armas de esta milicia no deben ser carnales (2 Corintios 10:4). Los grandes apóstoles no emprendieron la obra del ministerio hasta que fueron «investidos de poder desde lo alto» (Lucas 24:49). El Espíritu solo trabaja con Sus propias herramientas. Y deberíamos pensar en el gran afecto que Cristo mostraría en este caso. El gran Médico tenía un ojo veloz y una lengua sanadora, también una mano afable y un corazón tierno.

    Además, consideremos la condición de la persona con la que estamos tratando. Nosotros mismos estamos, hemos estado o podemos estar en esa condición. Apropiémonos de su caso, y consideremos también cuán cercanos nos son los demás cristianos: son hermanos, miembros del mismo cuerpo, herederos de la misma salvación. Por lo tanto, cuidémoslos tiernamente de todas las formas posibles y, en especial, promovamos la paz de sus conciencias. La conciencia es tierna y delicada, y debe ser tratada en consecuencia. Es como un cerrojo: cuando sus mecanismos están averiados, es difícil de abrir.