12.
El sabio gobierno de Cristo
La segunda conclusión que
se desprende de la última parte del texto es que el gobierno de Cristo sobre Su
Iglesia y Sus hijos es un gobierno sabio y bien organizado, pues es llamado
juicio, y el juicio es la vida y el alma de la sabiduría. De esta conclusión se
desprenden dos deducciones: primero, que el gobierno espiritual de Cristo en
nosotros va de la mano con el juicio y la sabiduría, y segundo, que donde hay
verdadera sabiduría y juicio, el Espíritu de Cristo ha traído Su gobierno
clemente.
Juicio
y sabiduría
Con respecto a la
primera, la vida bien guiada por las reglas de Cristo está respaldada por las
razones más fuertes y sublimes, por eso los santos son llamados «hijos de la
sabiduría» (Lucas 7:35), y pueden justificar, tanto por la razón como por la
experiencia, todos los caminos de la sabiduría. Los caminos contrarios son
necedad y locura. Pablo dice que «el espiritual juzga todas las cosas» (1
Corintios 2:15) que tienen que ver con él, y no puede ser juzgado correctamente
por nadie de rango inferior, porque carecen de la luz y visión espiritual para
poder juzgar. Sin embargo, esa clase de personas juzgan y hablan «mal de cosas
que no entienden» (2 Pedro 2:12); pasan de la ignorancia al prejuicio y la
condena precipitada sin considerar el juicio recto, por lo que su juicio es
anulado. Por el contrario, el juicio del hombre espiritual, hasta donde es
espiritual, permanecerá, pues es acorde a la naturaleza de las cosas. Ante su
juicio, las cosas son como son en realidad. Dios es en Sí mismo infinito en
bondad y majestad, y así es Él para ellos. En sus corazones, le atribuyen a
Dios Su divinidad y todas Sus excelencias. Cristo es en Sí mismo el único
Mediador y el todo en todos (Colosenses 3:11), y así es concebido por la
Iglesia en sus corazones. Todas las cosas son basura en comparación con Cristo
(Filipenses 3:8), y eso son para Pablo, un hombre santificado. Incluso el peor
aspecto de la religión, «el vituperio de Cristo», es mejor que «los deleites
temporales del pecado» (Hebreos 11:25-26), y así lo considera Moisés, un hombre
de buena reputación. Un día en los atrios de Dios es mejor que mil fuera de
ellos (Salmo 84:10), y así lo considera David, un hombre de juicio reformado.
El juicio del bueno es acorde a las cosas tal como son en sí mismas, y difiere
o concuerda con ellas según Dios difiere o concuerda.
La verdad es verdad, el
error es error, lo que es ilícito es ilícito, de tal manera que no importa si
los hombres piensan lo contrario. Dios ha colocado una discrepancia eterna
entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal, y la imaginación de la
criatura nunca podrá alterarla. Por lo tanto, la medida de las cosas no es el
juicio del hombre cuando este está en desacuerdo con la verdad que Dios
impregnó en ellas mismas. Por esta razón, dado que el juicio del sabio
concuerda con la verdad de las cosas, es posible decir en un cierto sentido que
el sabio es la medida de las cosas, y que el juicio de un solo sabio es
preferible por sobre el de mil personas necias. Por lo general, esos hombres
son tan inamovibles como el curso del sol, ya que piensan, hablan y viven según
las reglas. Josué y su casa servirán a Dios (Josué 24:15) sin importar lo que
hagan los demás y correrán en la dirección opuesta al mundo porque sus juicios
los guían en esa dirección. Es por eso que Satanás aborrece el ojo del alma,
que es el juicio, y quiere arrancarlo a punta de ignorancia y razonamientos
falsos, pues no puede regir en nadie sin primero quitar o pervertir el juicio.
Es el príncipe de las tinieblas, y rige en las tinieblas del entendimiento. Por
lo tanto, es necesario que primero sea sacado del entendimiento por la prevalencia
de la verdad y su asentamiento en el alma. En consecuencia, los enemigos del
conocimiento ayudan a erigir el trono de Satanás y el anticristo, cuyo reino,
al igual que el del diablo, es un reino de tinieblas. En consecuencia, Cristo
promete que el Espíritu Santo convencerá al mundo de justicia o juicio (Juan
16:8); es decir, está decidido a establecer un trono de dominio, pues el gran
señor del desgobierno, Satanás, «el príncipe de este mundo», es juzgado por el
evangelio y por el Espíritu que acompaña Su predicación. Sus imposturas quedan
al descubierto, sus intenciones son desenmascaradas. Cuando el evangelio
comenzó a expandirse, cesaron los oráculos y Satanás cayó del cielo como un
rayo (Lucas 10:18); y los hombres comenzaron a ser trasladados al reino de
Cristo. Si el enemigo prevalece a punta de mentiras, el desenmascaramiento
equivale a su derrota: «Mas no irán más adelante; porque su insensatez será
manifiesta a todos» (2 Timoteo 3:9). De modo que cuando el error es
descubierto, se detiene, pues nadie quiere ser engañado voluntariamente.
Permitan que la verdad tenga su pleno alcance, sin controles ni restricciones:
Satanás y sus instrumentos no prevalecerán, aunque hagan todo el mal que
puedan. Jerónimo dice respecto a los pelagianos de su tiempo: «El que ustedes
expliquen sus opiniones es contraproducente, pues las blasfemias de ustedes son
evidenciadas a los ojos de todos»6.
6 Jerónimo (c.347-419) en Epistle to Ctesiphon
[Epístola a Ctesifonte].
La
necesidad de la luz celestial
Así vemos que es necesario que el
entendimiento esté fundamentado en un conocimiento sobrenatural para poder
vivir una vida cristiana ordenada. Debe haber luz para que podamos descubrir un
propósito que trasciende la naturaleza, debido al cual somos cristianos, y una
regla adecuada para dirigirnos a ese propósito, que es la voluntad de Dios en
Cristo, que revela Su beneplácito para con nosotros y nuestro deber para con
Él. Y es en virtud de esa revelación que hacemos todo lo que, de algún modo,
puede fomentar lo que consideramos cierto. Primero es necesario que el ojo sea
bueno, y luego toda la estructura y el tenor de nuestra conducta será luminosa
(Mateo 6:22), de lo contrario, tanto nosotros como el curso de nuestra vida no
somos más que tinieblas. Toda la conducta del cristiano no es nada más que el
conocimiento reducido a la voluntad, los afectos y la práctica. Si la digestión
de los alimentos en el estómago no es buena, la función del hígado no puede ser
buena; de igual forma, los errores de juicio dañan toda la práctica, así como
los errores de los cimientos dañan toda la construcción. Dios no quiere
sacrificios ciegos, servicios irracionales (Isaías 1:13), sino que desea que lo
amemos con toda nuestra mente (Romanos 12:2), es decir, con todo nuestro
entendimiento además de todo nuestro corazón (Lucas 10:27), que es la parte
sensible del alma.
Que el gobierno de Cristo sea administrado a través del juicio es algo
grato para el alma, y Dios se deleita en preservar el modo de actuar propio del
hombre, que es el de hacer lo que hace, movido por el juicio. La gracia
presupone la existencia de una naturaleza, pues está basada en ella, y del
mismo modo, la estructura de la gracia preserva la estructura de la naturaleza
en el hombre. Por lo tanto, Cristo produce todo lo que es bueno en el alma a
través del juicio, y lo hace con tanta dulzura que muchos caen en el error
pernicioso de pensar que lo bueno que hay en ellos y sale de ellos proviene de
de sí mismos, no de la obra poderosa de la gracia. Lo mismo ocurre respecto al
mal; pues el diablo nos incita tan sutilmente mediante nuestra propia
naturaleza, que los hombres llegan a pensar que Satanás no tiene nada que ver
con sus pecados; aunque el error en este punto no es tan peligroso, porque la
maldad sale de nosotros, siendo solamente incitada y promovida por el diablo;
pero respecto a lo primero no existe semilla de bondad alguna en nosotros. Por
el contrario, en nosotros no hay absolutamente ninguna semilla de bondad
sobrenatural. Lo único que Dios encuentra en nosotros es enemistad, y solo Él
ha esculpido en nuestra naturaleza una inclinación general hacia lo que
juzgamos bueno. A diferencia del pasado, ahora cuando Dios nos revela lo que es
particularmente bueno, nos sentimos atraídos hacia ello; y cuando nos muestra
convincentemente que algo es malo, llegamos a aborrecerlo tan libremente como
antes lo abrazábamos.
Podemos concluir que estamos operando como deberíamos, cuando podemos
ver que nuestras obras provienen de principios internos; es decir, nuestro proceder
no solamente tiene que ver con nuestra educación, ni se debe a alguna
influencia ejemplar, ni porque queremos pertenecer a un grupo; sino porque
realmente practicamos la bondad porque la consideramos buena, y nos alejamos de
la maldad porque la consideramos mala. Un cristiano saludable ha escogido la
mejor parte al igual que María (Lucas 10:42), y sus pensamientos con el consejo
se ordenan (Proverbios 20:18). Es verdad que Dios mueve a los hombres carnales
a hacer buena obras, pero esto lo hace sin alterar sus convicciones. Dios obra
a través de ellos, pero no en ellos; de tal manera que los impíos no aprueban
el bien que pueden llegar a hacer, ni aborrecen el mal del cual se pudieran
llegar a abstener.
Dónde
se instaura el gobierno de Cristo
La segunda deducción de
esta conclusión es que donde se encuentran la verdadera sabiduría y el
verdadero juicio, allí Cristo ha instaurado Su gobierno, pues donde se halla la
sabiduría, ella no solo nos lleva a entender, sino también a ordenar bien nuestros
caminos. Cuando Cristo como profeta enseña mediante Su Espíritu, también
subyuga el corazón por Su Espíritu como Rey, de modo que este obedezca lo que
aprende. Dios ha prometido, no solamente instruir el cerebro, sino enseñar el
corazón, de tal manera que los hombres no solo saben lo que tienen que hacer,
sino se les concede el poder hacerlo. No solo aprenden que deberían amar, temer
y obedecer, sino que también aprenden el amor, el temor y la obediencia. Cristo
afianza Su trono en el corazón mismo, y consecuentemente altera su dirección,
de manera que no solo les enseña a sus súbditos a ser buenos, sino que también
los transforma en personas buenas. Los otros príncipes pueden hacer leyes
buenas, pero no pueden escribirlas en los corazones de su pueblo (Jeremías
31:33). Esa es la prerrogativa de Cristo: Él infunde Su propio Espíritu en Sus
súbditos. En Él no solo reposa el espíritu de sabiduría e inteligencia, sino
también el espíritu de temor de Jehová (Isaías 11:2). El conocimiento que Él
nos da de Sí mismo es un conocimiento transformador (2 Corintios 3:18). El
mismo Espíritu que ilumina la mente también inspira las inclinaciones hacia la
gracia en la voluntad y los afectos, y le infunde vigor a todo el hombre. El
hombre sobre el que opera la gracia no solo juzga como debe hacerlo, sino que
también se inclina hacia lo que juzga y lo hace. Su vida es un comentario de su
hombre interior. En esta persona existe entonces, una dulce armonía entre la
verdad de Dios, su juicio y su manera de vivir.
Cómo
nos gobierna Cristo
El corazón del cristiano
es como Jerusalén en su mejor momento, una ciudad que está bien unida entre sí
(Salmo 122:3), donde están las sillas del juicio (Salmo 122:5). El juicio
debería tener su trono en el corazón de cada cristiano. No es que el juicio por
sí solo vaya a provocar un cambio; es necesario que la gracia altere la
predisposición y la tendencia de la voluntad antes de que esta se deje
influenciar por el entendimiento. Dios ha unido estas cosas, de tal manera que
cuando resplandece en el entendimiento, a su vez concede un corazón sensible y
sumiso. Esto es así, ya que sin una obra del Espíritu de Dios en el corazón, la
persona seguiría sus propias inclinaciones hacia lo que ama, aunque su
intelecto dijera lo contrario. No hay una correlación natural entre el corazón
no santificado y el juicio santificado, pues el corazón que no ha sido cambiado
no permitirá que el juicio concluya fría y sobriamente lo que es mejor; será
como un enfermo que, mientras el cuadro febril le corrompe el paladar, tiene
más deseos de complacerlo que de escuchar lo que el médico tiene que decir. El
juicio no tiene poder sobre sí mismo si la voluntad no está subyugada, pues la
voluntad y los afectos lo sobornan para que dé un veredicto a su favor cada vez
que el provecho o el placer compiten con lo que el juicio solo considera bueno
en términos generales. Por lo tanto, la mayoría de las veces el corazón tiene
el poder de decidir lo que el entendimiento juzga y determina en los casos
específicos. Si la gracia ha subyugado al corazón, las pasiones incontrolables
no crean una niebla que le impide al entendimiento ver lo que es mejor en los
casos específicos. Las consideraciones viles, que surgen del amor por nosotros
mismos, no cambian la situación ni sesgan el juicio para que opine lo
contrario, sino que lo que es bueno en sí mismo será bueno para nosotros,
aunque entre en conflicto con nuestros propios intereses mundanos.
Consecuencias
prácticas
Entender correctamente
esta verdad produce consecuencias prácticas, lo que me lleva a explicarlas con
más detalle. Nos enseña cuál es el método correcto de la piedad: comenzar con
el juicio, y luego rogarle a Dios que nos dé iluminación e inclinaciones santas
en la voluntad y los afectos para que así se instaure en nuestro corazón un
gobierno perfecto y que nuestro conocimiento sea «en buen juicio» (Filipenses
1:9, NVI), es decir, que involucre la experiencia y los sentimientos. Cuando el
juicio de Cristo es instaurado en nuestros juicios y así, irrumpe en nuestros corazones
por el Espíritu de Cristo, se halla en la posición y el trono que le
corresponden. Hasta entonces, la verdad no nos sirve de nada, sino solo
contribuye a condenarnos. La vida del cristiano es una vida regular, y el que
anda conforme a la regla (Gálatas 6:16) de la nueva criatura, paz será sobre
él. El que menosprecia el camino de Dios y ama vivir a lo grande, procurando
todas las libertades de la carne, morirá (Proverbios 19:16). Y eso lo confirma
Pablo: «Si vivís conforme a la carne, moriréis» (Romanos 8:13).
Asimismo, aprendemos que los hombres que llevan una vida desordenada no tienen un juicio verdadero. Ningún impío puede ser sabio. Sin el Espíritu de Cristo, el alma está confusa, sin forma ni belleza, como estaban todas las cosas en el caos que antecedió a la Creación. Toda el alma está fuera de lugar hasta que es rectificada por aquel cuyo oficio es «restaurar todas las cosas». La parte más vil del alma, que debería estar sujeta, rige todo y subyuga todas las verdades presentes en el entendimiento, por pequeñas que sean, manteniéndolo cautivo a los bajos afectos. Y Satanás, mediante la corrupción, conquista todas las fortalezas del alma hasta que Cristo, que es más fuerte que él, viene y lo echa fuera, tomando posesión de todas las facultades y las partes del alma y del cuerpo para que sean armas de justicia a Su servicio. Entonces se cumple el dicho: «Amo nuevo, leyes nuevas». Cristo, el nuevo Vencedor, cambia las leyes fundamentales del viejo Adán y establece Su propio gobierno.


