Versículo para hoy:

viernes, 6 de marzo de 2026

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

4. Cristo no apagará el pábilo que humeare

La segunda observación respecto al comienzo débil y humilde de la gracia es que Cristo no apagará el pábilo que humeare. Esto se debe principalmente a dos razones. Primero, esa chispa viene del cielo: es Suya, fue encendida por Su propio Espíritu. Segundo, el hecho de que Él preserve la luz en medio de la oscuridad, una chispa en medio de la inundación de la corrupción, promueve la gloria de Su gracia poderosa en Sus hijos.

Incluso la chispa más ínfima de la gracia es preciosa

Esa chispita tiene una bendición especial. «Como si alguno hallase mosto en un racimo, y dijese: "No lo desperdicies, porque bendición hay en él"; así haré Yo por Mis siervos» (Isaías 65:8). Vemos cómo nuestro Salvador Jesucristo toleró a Tomás con sus dudas (Juan 20:27) y a los dos discípulos camino a Emaús, que no estaban seguros de si Él había venido a redimir a Israel o no (Lucas 24:21). No apagó la lucecita de Pedro, que fue asfixiada: Pedro lo negó a Él, pero Él no negó a Pedro (Lucas 22:61). «Si quieres, puedes», dijo un pobre hombre en el evangelio (Mateo 8:2). «Si puedes hacer algo», dijo otro (Marcos 9:22). Ambos eran pábilos humeantes, pero ninguno fue apagado. Si Cristo hubiera estado pensando en Su propia grandeza, habría rechazado al que vino con este «si». Pero Cristo responde a este «si» con una concesión clemente y absoluta: «Quiero; sé limpio». La mujer que estaba enferma de flujo apenas tocó, con mano temblorosa, el borde de Su túnica, pero volvió sanada y consolada. En las siete iglesias (Apocalipsis 2 y 3), vemos que Cristo reconoce y atesora cualquier cosa buena que hay en ellas. Como los discípulos se durmieron debido a su debilidad cuando estaban oprimidos por la tristeza, nuestro Salvador les excusó con consuelo: «El espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil» (Mateo 26:41).

    Si Cristo no fuera misericordioso, frustraría Sus propios propósitos: «Pero en Ti hay perdón, para que seas reverenciado» (Salmo 130:4). Ahora todos están invitados a colocarse bajo la bandera de amor que Él extiende sobre los Suyos: «A Ti vendrá toda carne» (Salmo 65:2). Él obra con moderación y cuidado para que no decaiga ante Él el espíritu y las almas que ha creado (Isaías 57:16). La Biblia dice que el corazón de Cristo se conmovió al ver a la gente sin comida, «no sea que desmayen en el camino» (Mateo 15:32); con mayor razón se ocupará en prevenir nuestro desmayo espiritual.

Soporten a los débiles

Observen aquí las tendencias opuestas de la naturaleza santa de Cristo y la naturaleza impura del hombre. El hombre apaga la luz por un poco de humo. Como vemos, Cristo siempre cuida con ternura incluso de los comienzos más ínfimos. ¡Cómo toleró las múltiples imperfecciones de Sus pobres discípulos! y cuando los reprendió con dureza, lo hizo con amor y con el propósito de que llegaran a brillar más. ¿Podemos tener un mejor modelo a seguir que este que viene del que esperamos que nos salve? «Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles» (Romanos 15:1). «A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos» (1 Corintios 9:22). ¡Oh, que esa disposición a ganar y conquistar estuviera más presente en muchas personas! Hasta donde depende de nosotros, muchas almas se pierden por falta de aliento. Observen cómo el apóstol Pablo, aquel fiel pescador de hombres, se esfuerza por capturar a su juez -«Yo sé que crees [a los profetas]» (Hechos 26:27)- y luego le desea todos los beneficios salvíficos, pero no las cadenas. Podría haberlas añadido también, pero no quiso desanimar a alguien que podía responder. Por eso, le deseó a Agripa solo lo bueno de la religión. ¡Qué importante era para nuestro bendito Salvador que nadie hiciera tropezar a los pequeñitos! ¡Cómo defiende a Sus discípulos de las acusaciones maliciosas de los fariseos! Qué cuidadoso fue de no echar vino nuevo en odres viejos (Mateo 9:17), de no alejar a los nuevos creyentes con las austeridades de la religión (lo que algunos hacen sin ninguna discreción). Oh, dice Él, ellos tendrán tiempo para ayunar cuando me haya ido, y fuerza para ayunar cuando el Espíritu Santo haya venido sobre ellos.

    Lo mejor es no atacar a los creyentes nuevos con asuntos menores, sino mostrarles un camino más excelente e instruirlos en los puntos fundamentales; entonces las otras cosas les serán creíbles. No está mal ocultar sus defectos, excusar algunas faltas, elogiar su desempeño, fomentar su progreso, sacar todas las dificultades de su camino, ayudarlos de todas las maneras posibles a llevar el yugo de la religión con mayor facilidad y hacerlos amar a Dios y Su servicio, para que no se desencanten antes de conocerlo. Por lo general, vemos que Cristo implanta un amor que llamamos el «primer amor» (Apocalipsis 2:4) en los creyentes nuevos con el propósito de guiarlos en su profesión con más deleite, y no los expone a cruces antes de que cobren fuerza. Su cuidado es similar al que nosotros le mostramos a las plantas jóvenes, protegiéndolas de las inclemencias del tiempo hasta que echan raíz. La misericordia por los otros debería impulsarnos con frecuencia a negarnos en nuestras libertades para no hacer tropezar a los débiles. Son los «pequeños» los que tropiezan (Mateo 18:6). Los débiles son más propensos a sentirse despreciados, así que debemos ser más cuidadosos de complacerlos.

    Sería un buen concurso para los cristianos que uno se esforzara por no causar ofensa y el otro, por no darse por ofendido. Las mejores personas son severas consigo mismas, pero tiernas con los demás. Sin embargo, nadie debería agotar y desgastar la paciencia de los otros; tampoco deben los más débiles exigir moderación de los demás al punto de confiar en que les serán indulgentes y conformarse así con sus propias debilidades, pues esa actitud conlleva riesgo para sus propias almas y causa escándalo en la Iglesia.

    Tampoco deben menospreciar los dones que Dios ha dado a otros (que la gracia nos enseña a honrar dondequiera que los encontremos), sino que deben saber cuál es su papel y lugar, y no deben emprender nada demasiado grandioso para ellos, pues eso puede exponer sus personas y su caso al escarnio de los demás. Cuando en los hombres se encuentran la ceguera y la audacia, la ignorancia y la arrogancia, la debilidad y la obstinación, se vuelven odiosos a Dios, gravosos para la sociedad, peligrosos al aconsejar, perturbadores de los mejores propósitos, intratables, incapaces de recibir mejor dirección y miserables en el actuar. Cuando Cristo muestra Su poder clemente en la debilidad, lo hace permitiendo que los hombres se entiendan tan bien a sí mismos que se ven con humildad y magnifican el amor que Dios les mostró a personas como ellos. Lo hace para preservarlos del desánimo producido por la debilidad, para colocarlos a una menor distancia de la gracia y para promover la pobreza espiritual en lugar de la altivez respecto a la propia situación o a las propias características, que es como combustible para que la naturaleza corrupta se enorgullezca. Cristo no rechaza a nadie por ser débil para que nadie se desanime, pero no acepta a nadie por ser grandioso para que nadie se envanezca por lo que tiene tan poco valor para Dios. Importa poco qué tan torpe es el alumno cuando Cristo asume el rol de Maestro, pues Él no solo prescribe qué es lo que debe conocer, sino que también le otorga el conocimiento mismo, incluso al más simple.

    La Iglesia sufre mucho por los débiles, así que podemos aseverar que tenemos la libertad de tratar a menudo con ellos de forma directa, aunque con suavidad. El propósito del amor verdadero es mejorar a la otra parte, lo que a menudo se ve obstaculizado por la disimulación. Con algunas personas prevalece más el espíritu de mansedumbre, pero con otras prevalece la vara. Algunos deben ser «arrebatados del fuego» (Judas 23) con violencia, y bendecirán a Dios por nosotros en el día de su visitación. Vemos que nuestro Salvador pronuncia un ¡ay! tras otro cuando tiene que tratar con hipócritas endurecidos (Mateo 23:13), pues los hipócritas requieren una convicción más intensa que los pecadores flagrantes porque su voluntad es mala y, por lo tanto, su conversión suele ser violenta. El nudo duro en la madera debe recibir un hachazo proporcional, de lo contrario, engañamos sus almas con nuestra compasión cruel. A veces, la reprensión dura es una perla preciosa y un bálsamo dulce. Las heridas de los pecadores que se sienten seguros no se curan con palabras dulces. El Espíritu Santo no solo descendió en la semejanza de una paloma, sino también en lenguas de fuego, y ese mismo Espíritu Santo otorga una actitud de prudencia y discreción, que es la sal que sazona todas nuestras palabras y acciones. Esa sabiduría nos enseñará a «saber hablar en sazón palabra» (Isaías 50:4, RVA), tanto al alma cansada como a la que se siente segura. Y en verdad necesitamos la «lengua de sabios» si queremos levantar o abatir, aunque aquí estoy hablando de la dulzura hacia los que son débiles y sensibles a su condición. A ellos debemos llevarlos y guiarlos con suavidad, como lo hizo Jacob con su hacienda (Génesis 33:14), a su propio paso y al que podían tolerar los niños.

    Los cristianos débiles son como cristales que se quiebran ante la menor violencia, pero duran mucho tiempo si son tratados con delicadeza. Debemos rendir este honor del trato delicado a los vasos más frágiles (1 Pedro 3:7), y así los protegeremos y también haremos que sean provechosos para la Iglesia y para nosotros mismos.

    Si sacáramos todos los humores enfermizos del cuerpo enfermo², eliminaríamos también la vida y todo lo demás. Por lo tanto, aunque Dios dice «Los fundiré como se funde la plata» (Zacarías 13:9), también dice «Te he purificado, y no como a plata» (Isaías 48:10), es decir, no con tanta minuciosidad como para no dejar ninguna impureza, pues Él tiene en cuenta nuestra debilidad. El refinado perfecto es para otro mundo, para el mundo de las almas de los perfectos.
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² Nota del traductor: cf. nota número 1 en el capítulo 2.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 3. El pábilo que humea

Al desempeñar Su vocación, Cristo no apagará el pábilo o la mecha que humeare, sino que la atizará hasta que arda en llamas. El pábilo que humea emite muy poca luz, y esa luz es débil, pues no puede flamear y está mezclada con humo. La observación que se deduce de esto es que, en los hijos de Dios, especialmente justo después de su conversión, apenas hay un poco de gracia, y esa poca gracia está mezclada con mucha corrupción, que, al igual que el humo, es ofensiva; sin embargo, Cristo no apagará ese pábilo que humea.

La gracia es poca en un comienzo

Los cristianos son de distintas edades, algunos son bebés y algunos son jóvenes. La fe puede ser «como un grano de mostaza» (Mateo 17:20). No hay nada tan pequeño como la gracia en un comienzo ni nada más glorioso que lo que la gracia llega a ser posteriormente. Las cosas más perfectas son las que más se demoran en crecer. El hombre, la criatura más perfecta, llega a la perfección poco a poco; las cosas insignificantes, como los hongos y la calabacera de Jonás, brotan rápidamente y también se desvanecen con presteza. La nueva criatura es la criatura más excelente de todo el mundo y, por lo tanto, crece gradualmente. En la naturaleza vemos que el roble robusto crece a partir de una bellota. Con el cristiano ocurre lo mismo que con Cristo, que brotó del tronco muerto de Isaí, de la familia de David (Isaías 53:2), cuando se hallaba en su punto más bajo, pero al crecer llegó a ser más alto que los cielos. Los árboles de justicia no son como los árboles del paraíso, que fueron creados totalmente perfectos desde un comienzo. Los gérmenes de todas las criaturas que se encuentran en la belleza actual del mundo estaban ocultos en el caos, en esa masa primigenia confusa de la que Dios ordenó que surgieran todas las criaturas. En las semillitas de las plantes se esconden el tronco y las ramas, el brote y el fruto. En unos pocos principios están ocultas todas las conclusiones consoladoras de la verdad santa. Todos esos fuegos artificiales gloriosos del celo y la santidad de los santos se originaron en unas pocas chispas.

    Por lo tanto, nonos desanimemos por el comienzo pequeño de la gracia, sino que percibámonos como elegidos para ser «santos y sin mancha» (Efesios 1:4). Solo observemos nuestro comienzo imperfecto para exigirnos un mayor esfuerzo por alcanzar la perfección y para conservar un bajo concepto de nosotros mismos. Fuera de eso, si nos sentimos desanimados, debemos considerarnos como nos considera Cristo, que nos ve como objetos que Él pretende adaptar para Sí mismo. Cristo nos valora por lo que seremos y por aquello para lo que nos ha escogido. Decimos que una plantita es un árbol porque está creciendo para llegar a serlo.«¿Pues quién ha menospreciado el día de las pequeñeces?» (Zacarías 4:10, LBLA). Cristo no quiere que menospreciemos las pequeñeces.

    Los ángeles gloriosos no desdeñan asistir a los pequeños, a los pequeños ante sus propios ojos y a los pequeños ante los ojos del mundo. Aunque la gracia sea poca en cantidad, es mucha en vigor y valor. Cristo es Quien aumenta el valor de las personas y los lugares pequeños y bajos. Belén era la más pequeña (Miqueas 5:2; Mateo 2:6), pero al mismo tiempo no era la más pequeña. Era la más pequeña en sí misma, pero no era la más pequeña en el sentido de que Cristo nació allí. El segundo templo (Hageo 2:9) no llegó a tener la magnificencia externa del primero; sin embargo, fue más glorioso que el primero porque Cristo entró a él. El Señor del templo ingresó a Su propio templo. La pupila del ojo es muy pequeña, pero ve una gran parte del cielo de una sola vez. La perla, aunque es pequeña, es de gran estima. No hay nada en el mundo de tanto provecho como elgranito de gracia más ínfimo.

La gracia está mezclada con corrupción

Pero la gracia no solo es pequeña, sino que también está mezclada con la corrupción; por esa razón se dice que el cristiano es un pábilo que humea. Vemos, entonces, que la gracia no elimina toda la corrupción de inmediato, sino que queda una cierta medida con la que los creyentes deben luchar. Las acciones más puras de los hombres más puros requieren que Cristo las perfume, y ese es Su oficio. Cuando oramos, necesitamos volver a orar para que Cristo perdone los defectos de nuestras oraciones. Consideremos algunos ejemplos de este pábilo que humea.

    Frente al Mar Rojo, Moisés estaba muy perplejo y no sabía qué decir ni a qué dirección voltearse, así que gimió a Dios. Indudablemente, ese fue un gran conflicto interno para él. Cuando estamos en grandes angustias, no sabemos qué pedir en oración, pero el Espíritu pide por nosotros con gemidos indecibles (Romanos 8:26). Los corazones quebrantados solo pueden ofrecer oraciones quebrantadas.

    Cuando David estuvo frente al rey de Gat (1 Samuel 21:13) y ensució su reputación de forma impropia, también había algo de fuego en ese humo. Pueden ver qué excelente es el salmo que escribió en esa ocasión, el Salmo 34, en el que, basado en su experiencia, dice: «Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón» (Salmo 34:18). «Decía yo en mi premura: "Cortado soy de delante de tus ojos"» -ahí está el humo-, «pero tú oíste la voz de mis ruegos» (Salmo 31:22) -ahí está el fuego-. «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» (Mateo 8:25), gritan los discípulos: allí está el humo de la infidelidad, pero al mismo tiempo hay suficiente de la luz de la fe para animarlos a orar a Cristo. «Creo» -ahí está la luz-; «ayuda mi incredulidad» -ahí está el humo- (Marcos 9:24). Jonás clama: «Desechado soy de delante de tus ojos» -ahí está el humo-; «mas aún veré tu santo templo» -ahí está la luz- (Jonás 2:4).

    «¡Miserable de mí!, dice Pablo, al sentir su corrupción. Sin embargo, estalla en gratitud a Dios por Jesucristo Señor nuestro (Romanos 7:24).

    «Yo dormía», dice la Iglesia en el Cantar de los Cantares, «pero mi corazón velaba» (Cantares 5:2). La mayor parte de las siete iglesias, que son llamadas «los siete candeleros de oro» por su luz (Apocalipsis 2 y 3), tenían mucho humo junto a su luz.

    La razón de esta mixtura es que tenemos un principio doble: la gracia y la naturaleza. Su propósito especial es guardarnos de las dos rocas peligrosas con las que nuestra naturaleza tiende a chocar, la seguridad y el orgullo, y forzarnos a cimentar nuestro descanso en la justificación, no en la santificación, que, además de ser imperfecta, tiene algunas manchas. Nuestro fuego espiritual es como el fuego común aquí abajo, es decir, está mezclado. El fuego alcanza la máxima pureza en su propio elemento en las alturas; así también nuestras gracias serán puras cuando estemos donde queremos estar, en el cielo, que es nuestro elemento apropiado.

    A esta mixtura se debe el hecho de que el pueblo de Dios se juzgue a sí mismo de formas tan diferentes. A veces, observan la obra de la gracia; otras veces, la corrupción remanente, y cuando miran esta última, piensan que no tienen gracia. Aunque aman a Cristo en Sus ordenanzas y Sus hijos, no se atreven a afirmar que están tan íntimamente relacionados con él como para decir que son Suyos. Así como la vela en la base a veces exhibe su luz y a veces no, los cristianos a veces están bien persuadidos con respecto a sí mismos y a veces no saben qué pensar.

jueves, 27 de noviembre de 2025

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

2. Cristo no quebrará la caña cascada

Al desempeñar Su vocación, Cristo no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humeare. Estas palabras implican más de lo que dicen, pues Él no solo no quebrará ni apagará a los que trata de esa manera, sino que también los tratará con ternura y afecto.

¿Cómo trata Cristo a la caña cascada?

Aunque los doctores les causan mucho dolor a sus pacientes, no destruyen sus cuerpos, sino que los restauran gradualmente. Los cirujanos cortan y abren heridas, pero no desmiembran. La madre que tiene un hijo enfermo y obstinado no lo abandona por esa razón. ¿Y habrá más misericordia en el arroyo que en la fuente? ¿Pensaremos que hay más misericordia en nosotros mismos que en Dios, que planta el sentimiento de misericordia en nosotros?

    A fin de que podamos contemplar más la misericordia de Cristo para todas las cañas cascadas, hemos de considerar las relaciones consoladoras que Él ha asumido gloriosamente, al constituirse esposo, pastor y hermano. ¿Cumplirán otros por Su gracia las vocaciones que Él les ha dado y no lo hará Aquel que por amor asumió estas relaciones basadas completamente en la designación de Su Padre y en Su propia iniciativa voluntaria? Consideren los nombres que tomó prestados de las criaturas más dóciles como el cordero y la gallina para mostrar su cuidado tierno. Consideren incluso el nombre Jesús -Salvador-, que le dió Dios mismo. Consideren el oficio acorde con Su nombre que Él desempeña, que es el de «vendar a los quebrantados de corazón» (Isaías 61:1). En Su bautismo, el Espíritu Santo reposó sobre Él en forma de paloma para mostrar que sería un Mediador apacible como paloma.

    ¡Miren con cuánta gracia ejerce Sus oficios! Él vino como profeta con bendición en Sus labios: «Bienaventurados los pobres en espíritu» (Mateo 5:3), invitando a venir a Él a aquellos quienes más se ponen trabas para acudir: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados» (Mateo 11:28). ¡Cómo le dolió el corazón al ver a las personas «como ovejas que no tienen pastor»! (Mateo 9:36). Nunca hizo volver a nadie que viniera a Él, aunque algunos se apartaron por sí solos. Vino para morir por Sus enemigos como sacerdote. En los días de Su carne, les dictó a Sus discípulos un modelo de oración, puso en sus bocas peticiones para Dios y colocó Su Espíritu para que intercediera en sus corazones. Derramó lágrimas por los que derramaron Su sangre y ahora hace intercesión en el cielo por los cristianos débiles, interponiéndose entre ellos y la ira de Dios. Es un Rey manso que admite a los enlutados en Su presencia, un Rey de personas pobres y afligidas. Tiene una majestad resplandeciente y también un corazón de misericordia y compasión. Es el Príncipe de paz (Isaías 9:6). ¿Para qué fue tentado sino para «socorrer a los que son tentados» (Hebreos 2:18)? ¿Hay alguna misericordia que no podamos esperar de un Mediador tan clemente (1 Timoteo 2:5), que asumió nuestra naturaleza para poder mostrarnos gracia? Es un buen médico para tratar todas las enfermedades, en especial para vendar el corazón quebrantado. Murió para sanar nuestras almas con el bálsamo de Su propia sangre y para salvarnos mediante esa muerte que nosotros mismos causamos por nuestros propios pecados. ¿Y no tiene el mismo corazón en el cielo? «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?», gritó la Cabeza en el cielo cuando pisaron al pie en la tierra (Hechos 9:4). Su exaltación no lo ha hecho olvidar a Su propia carne. Aunque lo ha librado de la pasión, no lo ha librado de la compasión hacia nosotros. El León de la tribu de Judá solo despedazará a los que dicen «No queremos que este reine sobre nosotros» (Lucas 19:14). No exhibirá Su poder contra los que se postran ante Él.

Aplicaciones para nosotros

1. ¿Qué debemos aprender de esto sino a «acercarnos confiadamente al trono de la gracia» (Hebreos 4:16) en todas nuestras tristezas? ¿Nos desanimarán nuesros pecados, sabiendo que Él está allí para los pecadores? ¿Estás cascado? Ten confianza, te llama. No escondas tus heridas, ábrelas todas ante Él y no sigas el consejo de Satanás. Acude a Cristo, aunque sea temblando como la pobre mujer que dijo: «Si tocare solamente su manto» (Mateo 9:21). Seremos sanados y recibiremos una respuesta clemente. Acudamos confiadamente a Dios en nuestra carne; Él es carne de nuestra carne y hueso de nuestro hueso para que podamos ir confiadamente a Él. Nunca tengan miedo de acudir a Dios, pues tenemos ante Él un Mediador que no solo es nuestro amigo, sino también nuestro hermano y nuestro esposo. Bien puede el ángel proclamar del cielo: «He aquí os doy nuevas de gran gozo» (Lucas 2:10). Bien puede el apóstol animarnos: «Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!» (Filipenses 4:4). Pablo conocía bien las razones por las que daba esa orden. La paz y el gozo son dos frutos principales del Reino de Cristo. Sea como sea el mundo, aunque no podamos regocijarnos en él, podemos regocijarnos en el Señor. Su presencia ameniza cualquier condición. «No temáis», les dice a Sus discípulos cuando estaban asustados pensando que veían un fantasma, «Yo soy» (Mateo 14:27), como si no hubiera ninguna razón para temer cuando Él está presente.

2. Que esto nos sirva de apoyo cuando nos sintamos cascados. El método de Cristo es herir primero para sanar después. Al cielo nunca entrará un alma sana y sin rasguños. En la tentación, piensen: «Cristo fue tentado por mí; mis gracias y mis consuelos serán acordes a mis pruebas. Si Cristo ha sido tan misericordioso como para no quebrarme, no me quebraré a mí mismo con la desesperación ni me entregaré al león rugiente, Satanás, para que me despedace».

3. Observen la disposición opuesta de Cristo por un lado y de Satanás y sus instrumentos por el otro. Satanás se abalanza sobre nosotros cuando estamos más débiles, como Simeón y Leví, que atacaron a los siquemitas «cuando sentían ellos el mayor dolor» (Génesis 34:25), pero Cristo repara en nosotros todas las grietas causadas por el pecado y por Satanás. Él venda «a los quebrantados de corazón» (Isaías 61:1). Así como la madre es más tierna con su hijo más enfermo y débil, Cristo se inclina con más misericordia hacia el más débil. De igual forma, dota a las cosas más débiles del instinto de apoyarse en algo más fuerte como sostén. La viña se apoya en el olmo y, con frecuencia, las criaturas más débiles son las que tienen los refugios más fuertes. El hecho de que la Iglesia esté consciente de su propia debilidad la dispone a reposar sobre su Amado y a esconderse bajo Sus alas.

¿Quiénes son las cañas cascadas?

¿Pero cómo podemos saber que somos la clase de personas que pueden esperar recibir misericordia?

    Respuesta: (1) Cuando el texto se refiere a los cascados, no alude a los que son humillados mediante cruces, sino a quienes por esas dificultades llegan a ver su pecado, el cual se convierte en la razón principal de su quebranto. Cuando la conciencia está bajo la culpa del pecado, cada juicio le recuerda al alma de la ira de Dios, y todas las inquietudes menores desembocan en esa gran inquietud de conciencia causada por el pecado. Todos los humores corruptos llegan a la parte enferma y amoratada del cuerpo¹ y todos los acreedores se arrojan sobre el deudor cuando ha sido arrestado; de igual manera, cuando la conciencia ha sido despertada, todos los pecados pasados y las cruces presentes obran en conjunto para incrementar el dolor de la cascadura. Ahora, quien ha sido cascado no se conformará con nada más que la misericordia de Aquel que lo cascó. Él ha herido, y Él debe sanar (Oseas 6:1). El Señor que me ha cascado por mis pecados como yo lo merezco debe volver a vendar mi corazón. (2) Además, quien ha sido verdaderamente cascado considera el pecado como el mal más grande y el favor de Dios como el bien más grande. (3) Preferiría oír de misericordia que oír de un reino. (4) Tiene una baja opinión de sí mismo y piensa que no es digno ni siquiera de la tierra que está pisando. (5) No es crítico con los demás -por ejemplo, no es obsesivo en el hogar-, sino que está lleno de simpatía y compasión hacia los que se encuentran bajo la mano de Dios. (6) Piensa que los que andan en los consuelos del Espíritu de Dios son las personas más felices del mundo. (7) Tiembla a la Palabra de Dios (Isaías 66:2) y honra incluso a los pies de los instrumentos benditos que le llevan la paz (Romanos 10:15). (8) Está más absorto en los ejercicios internos del corazón quebrantado que en la formalidad, pero aun así es cuidadoso de usar todos los medios santificados para impartir consuelo.

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¹ Nota del traductor: Esta frase del autor tiene relación con la teoría de los cuatro humores, también conocida como teoría humoral, que entendía que el funcionamiento del cuerpo humano dependía de cuatros sustancias conocidas como humores: la sangre, la bilis amarilla, la bilis negra y la flema. Los médicos de la época pensaban que, por ejemplo, el exceso de un humor en una región del cuerpo podía causar enfermedades, y por eso usaban técnicas como el sangrado para intentar curarlas.

Pero ¿cómo podemos llegar a ese estado mental?

    Respuesta: primero, debemos concebir la cascadura como un estado al que Dios nos lleva y también como un deber que nosotros debemos cumplir. Aquí se entienden ambas ideas. Debemos unirnos a Dios para cascarnos a nosotros mismos. Cuando nos humille, humillémonos y no lo resistamos, pues si lo hacemos, redoblará sus golpes. Confesemos la justicia de Cristo en todos Sus castigos, sabiendo que todo lo que hace con nosotros es para hacernos volver a nuestros propios corazones. Su obra al cascarnos promueve que nos casquemos a nosotros mismos. Lamentemos nuestra propia perversión y digamos: «Señor, ¡qué corazón tan malo tengo que necesita todo esto, que nada de esto se haya podido escatimar!» Debemos asediar la dureza de nuestros propios corazones y acentuar tanto como podamos lo malo que es el pecado. Debemos mirar a Cristo, que fue molido por nosotros, mirar al que hemos traspasado con nuestros pecados. Pero ninguna instrucción bastará a menos que Dios nos convenza profundamente mediante Su Espíritu, poniendo nuestros pecados ante nosotros y haciendo que nos detengamos. Entonces clamaremos pidiendo misericordia. La convicción creará contrición, y la contrición nos llevará a la humillación. Por lo tanto, deseemos que Dios haga brillar una luz clara y fuerte en todos los rincones de nuestras almas y que la acompañe de un espíritu de poder para humillar nuestros corazones.

    No podemos prescribir hasta qué punto debemos cascarnos a nosotros mismos, pero al menos debe ser (1) hasta que apreciemos a Cristo por sobre todo y veamos que debemos tener un Salvador, y (2) hasta que reformemos lo que está mal, aunque eso implique cortarnos la manos derecha o sacarnos el ojo derecho. Existe un menosprecio peligroso de la obra de la humillación, y algunos esgrimen como excusa para su trato casual con sus propios corazones el hecho de que Cristo no quebrará la caña cascada. Sin embargo, esas personas deben saber que no cualquier terror repentino ni cualquier dolor efímero nos convierte en cañas cascadas. Lo que nos hace cañas cascadas no es inclinar por un tiempo la «cabeza como junco» (Isaías 58:5), sino una obra en nuestros corazones que genera un dolor que hace que el pecado nos sea más odioso que el castigo y nos lleva a ejercer «violencia santa» contra él. Por el contrario, si nos favorecemos a nosotros mismos, estamos pavimentando el camino para que Dios nos casque y después tengamos que arrepentirnos amargamente. Admito que, en algunos casos, con algunas almas, es peligroso enfatizar esta cascadura con demasiada intensidad o por demasiado tiempo, pues pueden morir bajo la herida y la carga antes de volver a levantarse. Por eso es bueno alternarla con consuelo cuando nos estamos dirigiendo a congregaciones mixtas, de modo que cada alma reciba su porción debida. Pero si consideramos como verdad fundamental que hay más misericordia en Cristo que pecado en nosotros, no puede haber peligro alguno en el trato riguroso. Es mejor ir al cielo cascado que al infierno entero. Por lo tanto, no aflojemos la presión sobre nosotros demasiado pronto ni quitemos el bálsamo antes de que llegue la cura, sino que sigamos realizando esta obra hasta que el pecado sea lo más amargo y Cristo lo más dulce de todo cuanto existe. Además, cuando la mano de Dios de alguna manera está sobre nosotros, es bueno trasvasar nuestro dolor causado por otras cosas a la raíz de toda pena, que es el pecado. Que nuestro dolor fluya principalmente por ese canal, para que así como el pecado produjo dolor, el dolor consuma al pecado.

Pero ¿es cierto que no estamos cascados a menos que el pecado nos duela más que su castigo?

    Respuesta: a veces, el dolor por los agravios externos oprime más nuestra alma que el dolor por la desaprobación de Dios porque, en esos casos, el dolor opera sobre todo el hombre, tanto sobre su exterior como sobre su interior, y este solo tiene una chispita de fe para sostenerlo. El ejercicio de esa fe se ve suspendido a causa de la impresión violenta del agravio. Eso se siente con mayor intensidad en las aflicciones repentinas que acometen el alma como un torrente o una inundación y especialmente en las enfermedades corporales que, debido a la simpatía entre el alma y el cuerpo, operan sobre el alma al punto de obstaculizar no solo las acciones espirituales, sino muchas veces también las naturales. Por esa razón, Santiago desea que en la aflicción oremos nosotros mismos, pero que cuando estemos enfermos «llamemos a los ancianos de la Iglesia» (Santiago 5:14). Ellos pueden hacer lo mismo que hicieron algunas personas en los evangelios: presentar a Dios en oración al enfermo que no puede presentar su propio caso. Además, Dios recibe las súplicas basadas en la agudeza y la amargura del agravio, como lo hizo en el caso de David (Salmo 6). El Señor conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo (Salmo 103:4), de que nuestra fortaleza no es la fortaleza del acero.

    Esa es parte de Su fidelidad con nosotros como criaturas, y por eso es llamado «fiel Creador» (1 Pedro 4:19). «Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir» (1 Corintios 10:13). Los judíos decían que ciertos mandamientos eran los cercos de la ley. Así, por ejemplo, para cercar al hombre y apartarlo de la crueldad, Dios le mandó que no tomara la madre con los pollos ni «guisara el cabrito en la leche de su madre» (Éxodo 23:19) ni le «pusiera bozal al buey» (1 Corintios 9:9). ¿Acaso tiene Dios cuidado de las bestias, pero no de Su criatura más noble? Por lo tanto, debemos juzgar con caridad las quejas que se exprimen del pueblo de Dios en tales casos. Dios estimó a Job como un hombre paciente a pesar de sus quejas apasionadas. La fe que de momento está sobrepasada volverá a ganar terreno, y el dolor por el pecado, aunque es menos violento que el dolor por la miseria, supera a este último en constancia, así como el arroyo alimentado por una fuente perdura mientras el torrente repentino se disipa.

    Para concluir este punto y fomentar que nos casquemos cabalmente y tengamos paciencia cuando Dios nos casque, todos debemos saber que nadie es más adecuado para recibir el consuelo que los que piensan que están más alejados de él. Por lo general, las personas no se sienten lo suficientemente perdidas cuando piensan en un Salvador. La santa desesperanza de nosotros mismos es el fundamento de la esperanza verdadera. En Dios el huérfano alcanza misericordia (Oseas 14:3); si los hombres fueran más huérfanos, sentirían más del amor paternal celestial de Dios, pues el Dios que habita en las alturas de los cielos también habita en el alma más humilde (Isaías 57:15). Las ovejas de Cristo son ovejas débiles y carecen de una u otra cosa; por lo tanto, Él se ocupa de las necesidades de cada oveja. Busca a la que estaba perdida, vuelve a traer a la que se había descarriado del camino, venda a la que se quebró y fortalece a la débil (Ezequiel 34:16). Su cuidado más tierno es para la más débil. A los corderos los lleva en Su seno (Isaías 40:11). Le dice a Pedro: «Apacienta mis corderos» (Juan 21:15). Fue sumamente afable y abierto con las almas perturbadas. ¡Qué cuidadoso fue para garantizar que Pedro y el resto de los apóstoles no estuvieran demasiado abatidos luego de Su resurrección! «Pero id, decid a sus discípulos, y a Pedro» (Marcos 16:7). Cristo sabía que la culpa por la mala actitud que mostraron al abandonarlo había abatido sus espíritus. ¡Con cuánta ternura toleró la incredulidad de Tomás y se rebajó a su debilidad al punto de permitirle poner la mano en Su costado!

lunes, 24 de noviembre de 2025

LA CAÑA CASCADA - RICHARD SIBBES (1577-1635)

 

1. La caña y la cascadura

El profeta Isaías, alzado y transportado en las alas de un espíritu profético, atraviesa todo el tiempo entre él y la venida de Jesucristo en carne. Viendo a Cristo presente con el ojo de la profecía y el ojo de la fe, lo presenta ante la mirada espiritual de los demás en el nombre de Dios con las siguientes palabras: «He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones. No gritará, ni alzará su voz, ni la hará oír en las calles. No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare; por medio de la verdad traerá justicia» (Isaías 42:1-3). Mateo afirma que estas palabras ahora están cumplidas en Cristo (Mateo 12:18-20). En ellas se exhibe, en primer lugar, la vocación de Cristo a desempeñar Su oficio y, en segundo lugar, la manera en que lo desempeña.

La vocación de Cristo

Aquí Dios lo llama Su siervo. Cristo fue siervo de Dios, pues rindió el servicio más formidable que ha habido, un siervo escogido y selecto que hizo y sufrió todo por comisión del Padre. En esto podemos ver el dulce amor de Dios por nosotros: en que considera la obra de nuestra salvación efectuada por Cristo como Su mayor servicio y en que quiso colocar a Su amado Hijo Unigénito en ese servicio. Bien puede anteponer las palabras «He aquí» para elevar nuestros pensamientos a la cúspide de la atención y la admiración. En los tiempos de tentación, las conciencias aprensivas fijan tanto la mirada en la dificultad presente en que se hallan que necesitan que se las despierte para contemplar a Aquel en Quien pueden encontrar descanso para sus almas angustiadas. En las tentaciones, lo más seguro es no mirar nada más que Cristo, la verdadera serpiente de bronce, el verdadero «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29). Este objeto salvador ejerce una influencia consoladora especial en el alma, sobre todo si no solo miramos a Cristo, sino también a la autoridad y el amor del Padre en Él. En todo lo que Cristo hizo y sufrió como Mediador, debemos contemplar a Dios reconciliando al mundo en Él (2 Corintios 5:19).

    ¡Qué gran sostén es para nuestra fe el saber que Dios el Padre (a Quien ofendimos con nuestros pecados) esté tan complacido con la obra de redención! ¡Y qué consuelo es el saber que el amor y complacencia de Dios están en Cristo, y por lo tanto en nosotros que estamos en Cristo! Su amor está en un Cristo completo, tanto místico como natural pues Dios lo ama a Él y a nosotros con el mismo amor.  Por lo tanto, abracemos a Cristo y al amor de Dios en Él, y cimentemos nuestrafe sobre la base segura de un Salvador tan grande, que tiene una comisión tan noble.

    Veamos aquí, para nuestro consuelo, el dulce consenso de las tres personas: el Padre le da una comisión a Cristo, el Espíritu lo equipa y lo santifica para cumplirla y Cristo mismo ejerce el oficio de Mediador. Nuestra redención se basa en el consenso de cada una de las tres personas de la Trinidad.

¿Cómo Cristo desempeña Su vocación?

Nuestro texto dice que lo hace modestamente, sin hacer ruido ni levantar polvo con una venida aparatosa como suelen hacerlo los príncipes. «No hará oír Su voz». En verdad, sí hizo oír Su voz, pero ¿qué voz? «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados» (Mateo 11:28). Es cierto que gritó, ¿pero qué gritó? «A todos los sedientos: Venid a las aguas» (Isaías 55:1). Y así como Su venida fue modesta, también fue apacible, lo que se expresa en las siguientes palabras: «No quebrará la caña cascada, ni apagará el pábilo que humeare».

    Por lo tanto, vemos que la condición de aquellos con los que debía tratar era la de cañas cascadas y pábilos que humeaban; no de árboles, sino de cañas, y no de cañas enteras, sino de cañas cascadas. La Iglesia es comparada con cosas débiles: con una paloma entre las aves, con una viña entre las plantas, con ovejas entre las bestias, con una mujer, que es el vaso más frágil.

    Los hijos de Dios son cañas cascadas antes de su conversión y muchas veces después de ella. Antes de la conversión, todos (excepto los que crecen en la Iglesia y a Dios le place mostrarles gracia desde la niñez) somos cañas cascadas, aunque en diferente medida, según Dios estima conveniente. Y así como hay diferencias en cuanto a temperamentos, dones y estilos de vida, también hay diferencias en la intención divina de usar a las personas en el futuro, pues por lo general Él las vacía de sí mismas y las vuelve nada antes de usarlas en grandes servicios.

¿Qué es estar cascado?

La caña cascada es una persona que, por lo general, se halla en alguna miseria (como los que acudieron a Cristo buscando ayuda) y que, movida por esa misma miseria, llega a ver que es causada por el pecado. Es que por mucho que sean los pretextos del pecado, estos se acaban cuando estamos cascados y quebrantados. Dicha persona es sensible a su pecado y miseria, incluso al punto de llegar a cascarse, y, como no ve ningún socorro en sí misma, está dominada por el deseo incansable de ser abastecida por otro y tiene algo de esperanza -esperanza que la eleva ligeramente de sí misma a Cristo-, aunque no se atreve a afirmar que ya ha recibido misericordia. Esta chispa de esperanza es combatida por las dudas y los temores que surgen de la corrupción, lo que convierte a la persona en un pábilo que humea, de modo que estas dos imágenes en conjunto -la caña cascada y el pábilo que humea- conforman el estado de una sola persona angustiada. A esta gente nuestro Salvador Jesucristo llama «pobres en espíritu» (Mateo 5:3), a los que ven sus carencias y también se consideran deudores a la justicia divina. No tienen en sí mismos ni en la criatura ningún medio de subsistencia, y lloran por ello. Además, movidos por una esperanza de recibir misericordia que surge de la promesa y de los ejemplos que los que ya la han recibido, son incitados a sentir ha bre y sed de ella.

Las consecuencias positivas de ser cascados

Es necesario que seamos cascados antes de la conversión para que el Espíritu pueda preparar el camino para ingresar al corazón allanando todos los pensamientos soberbios y altivos, y para que podamos entender realmente lo que somos por naturaleza. Todos nosotros amamos el andar errantes y fuera de nuestro verdadero hogar, hasta que Dios nos casca mediante alguna cruz. Solo entonces es que podemos reconsiderar y volver a casa como el hijo pródigo (Lucas 15:17). Es muy difícil hacer que un corazón adormecido y evasivo clame con sinceridad pidiendo misericordia. Nuestros corazones, son como los criminales que solo claman por la misericordia del Juez, hasta que están recibiendo su castigo.

    Además, ser cascados nos hace atribuirle un gran valor a Cristo. Entonces el evangelio se transforma de verdad en el evangelio; entonces la hojas de higuera de la moralidad no nos sirven de nada. También nos hace más agradecidos y, como consecuencia de la gratitud, más fructíferos en la vida, pues ¿qué es lo que hace que tantos sean fríos y estériles, sino que nunca han podido apreciar la gracia de Dios, ya que nunca han sido cascados por su pecado? De la misma manera, esta forma de actuar por parte de Dios nos asienta más en Sus caminos, ya que recibimos golpes y moretones en nuestros propios senderos. Muchas veces la causa de las recaídas y la apostasía es que las personas nunca fueron castigadas por el pecado en un comienzo; no estuvieron el tiempo suficiente bajo el látigo de la ley. Por eso, esta obra menor del Espíritu -la de derribar pensamientos altivos (2 Corintios 10:5)- es necesaria antes de la conversión. Y la mayoría de las veces, para promover la obra de la convicción, el Espíritu Santo la une a una aflicción, que, cuando es santificada tiene un poder curativo y purificador.

    Después de la conversión, necesitamos ser cascados para que las cañas sepan que son cañas, no robles. Incluso las cañas necesitamos ser cascadas debido a los remanentes del orgullo que hay en nuestra naturaleza y para hacernos ver que vivimos por misericordia. Esa cascadura puede ayudar a los cristianos más débiles a no desanimarse en demasía al ver a los que son más fuertes agitados y cascados. Pedro fue cascado de esta manera cuando llegó a llorar amargamente (Mateo 26:75). Antes de ser cascada, esa caña tenía más aire que sustancia en su interior cuando dijo: «Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré» (Mateo 26:33). El pueblo de Dios no puede estar sin estos ejemplos. Los actos heroicos de aquellos grandes valientes no confortan a la Iglesia tanto como sus caídas y cascaduras. Así también fue cascado David hasta que confesó libremente con un espíritu sin engaño (Salmo 32:3-5). Es más, sus dolores aumentaron en su propio sentir hasta llegar al dolor supremo del abatimiento de huesos (Salmo 51:8). De igual manera, Ezequías alegó que Dios había «molido sus huesos» como un león (Isaías 38:13). Asimismo, Pablo, el instrumento escogido, requirió que un mensajero de Satanás lo abofeteara para que no se exaltara desmedidamente (2 Corintios 12:7).

    Todo esto nos enseña que no debemos juzgarnos a nosotros mismos ni juzgar a los otros con demasiada dureza cuando Dios nos ejercita cascándonos una y otra vez. Debemos ser conformados a nuestra Cabeza Cristo, quien fue «molido por nuestros pecados» (Isaías 53:5), para que sepamos cuán ligados estamos a Él. Las almas impías, que ignoran los caminos por los que Dios lleva a Sus hijos al cielo, condenan a los cristianos de corazón quebrantado tildándolos de personas miserables, pero Dios está haciendo una obra clemente y buena en ellos. No es sencillo llevar a un hombre de la naturaleza a la gracia y de la gracia a la gloria, pues nuestros corazones son muy rígidos y obstinados.

martes, 18 de noviembre de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

¿Es usted nacido de nuevo?

J. C. Ryle

    Esta es una de las preguntas más importantes de la vida. Dijo Jesucristo: "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (Jn. 3:3). No basta contestar a la pregunta diciendo. "Soy miembro de la iglesia, así que seguramente soy cristiano". miles de cristianos nominales no tienen ninguna de las características del que ha nacido de nuevo, muchas de las cuales consigna la Primera Epístola de Juan.

No pecar habitualmente

    En primer lugar, Juan escribió. "Aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado" (1 Jn. 3:9). "Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado" (1 Jn. 5:18).

    La persona que ha nacido de nuevo, no peca habitualmente. y no peca con todo su corazón y su voluntad ni con una inclinación completa por hacerlo. Hubo posiblemente un tiempo cuando ni se preocupaba de que sus acciones fueran pecaminosas o no, y no siempre se sentía triste después de cometer un mal. No había enemistad entre él y el pecado, eran amigos. En cambio, el cristiano auténtico aborrece el pecado, huye de él, lucha con él, lo considera su peor desgracia, resiente la carga de su presencia, se lamenta cuando cae bajo su influencia y ansía ser librado totalmente de él. El pecado ya no le da satisfacción, se ha convertido en algo terrible que aborrece. No obstante, no puede librarse de él en su interior.

    Si dijera usted que no tiene pecado, estaría mintiendo (1 Jn. 1:8). Pero sí puede decir que aborrece el pecado y que el gran anhelo de su alma es no cometer ninguno más. No puede impedir que surjan pensamientos malos en su mente, ni que haya faltas en su vida, omisiones y defectos en sus palabras y sus acciones. Sabe que "todos ofendemos muchas veces" (Stg. 3:2). Pero puede decir, sinceramente ante Dios, que estas cosas le causan aflicción y dolor, y nada en su naturaleza las consiente.

    ¿Qué diría el Apóstol acerca de usted? ¿Ha nacido de nuevo?

Creer en Cristo

    En segundo lugar, Juan escribió: "Todo aquel que cree que jesús es el Cristo, es nacido de Dios" (1 Jn. 5:1). El hombre nacido de nuevo, o sea regenerado, cree que Jesucristo es el único Salvador que puede perdonar a su alma, que él es la persona divina designada por Dios el Padre para cumplir precisamente este propósito y que no hay otro Salvador fuera de él. Se considera totalmente indigno, pero tiene completa confianza en Cristo, confía en él y cree que todos sus pecados han sido perdonados. Cree que, por fe en la obra consumada de Cristo y su muerte en la cruz, es considerado justo ante Dios y puede esperar a la muerte y el juicio sin alarmarse.

    Puede tener temores y dudas. A veces, puede sentirse que no tiene fe alguna. Pero pregúntele si está dispuesto a confiar en otra cosa que no sea Cristo y vea lo que dice. Pregúntele si pondría su esperanza de vida eterna en su propia bondad, sus propias obras, sus oraciones, su pastor o su iglesia, y escuche su respuesta.

    ¿Qué diría el Apóstol acerca de usted? ¿Ha nacido de nuevo?

Practicar justicia

    En tercer lugar, Juan escribió: "Todo el que hace justicia es nacido de él" (1 Jn. 2:29). El hombre nacido de nuevo, o regenerado, es un hombre santo. Se esfuerza por vivir según la voluntad de Dios, hacer las cosas que agradan a Dios y evitar hacer las que aborrece. Desea poner sus ojos continuamente en Cristo como su ejemplo, como su Salvador, y ser amigo de Cristo cumpliendo sus mandatos. Sabe que no es perfecto. Percibe con dolor la corrupción que mora en él. Nota un principio de maldad dentro de él que lucha constantemente contra la gracia y quiere apartarlo de Dios. Pero no lo consiente, aunque no puede impedir su presencia.

    Aunque a veces se sienta tan mal que cuestiona si es o no cristiano, podrá decir con John Newton: "No soy lo que debo ser, no soy lo que quiero ser, no soy lo que espero ser en el más allá, pero no soy lo que antes fui y, por la gracia de Dios, soy lo que soy".

    ¿Qué diría el Apóstol acerca de usted? ¿Ha nacido de nuevo?

Amar a otros cristianos

    En cuarto lugar, escribió Juan: "Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos" (1 Jn. 3:14).

    El que es nacido de nuevo tiene un amor especial por los discípulos auténticos de Cristo. Igual como su Padre en el cielo, ama a todos con un gran amor general, pero tiene un amor especial por los que comparten su fe en Cristo. Al igual que su Señor y Salvador, ama al peor de los pecadores y siente dolor por ellos, pero tiene un amor especial por los que son creyentes. Nunca se siente tan en familia como cuando está en compañía de ellos.

    Siente que todos son miembros de la misma familia. Son sus compañeros de lucha, luchando contra el mismo enemigo. Son sus compañeros de viaje, andando por el mismo camino. Los comprende y ellos lo comprenden a él. Pueden ser muy diferentes a él en muchos sentidos: en categoría, posición y riquezas. Pero eso no importa, son hijos e hijas de su Padre y no puede menos que amarlos. ¿Qué diría el Apóstol acerca de usted? ¿Ha nacido de nuevo?

Vencer al mundo

    En quinto lugar, Juan escribió: "Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo" (1 Jn. 5:4). El que es nacido de nuevo no basa su convicción de lo bueno y lo malo según la opinión del mundo. No le importa estar opuesto a las prácticas, ideas y costumbres del mundo. Lo que piensan y dicen los demás ya no le afecta. No encuentra placer en las cosas que parecen dar felicidad a la mayoría de la gente. A él le parecen insensatas e indignas de un ser inmortal.

    Prefiere la alabanza de Dios más que la alabanza del hombre. Teme ofender a Dios más que ofender al hombre. Le da lo mismo que lo culpen o alaben; su meta principal es complacer a Dios.

    ¿Qué diría el Apóstol acerca de usted? ¿Ha nacido de nuevo?

Mantenerse puro

    En sexto lugar, Juan escribió: "Aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado" (1 Jn. 5:18).

    El que es nacido de nuevo cuida su propia alma. Procura, no sólo evitar el pecado; sino también todo lo que pueda llevarlo a pecar. Tiene cuidado de las compañías que frecuenta. Sabe que las malas conversaciones corrompen el corazón y que el mal es más contagioso que el bien, tal como una enfermedad es más infecciosa que la salud. Cuida el uso de su tiempo, su mayor anhelo es usarlo para provecho. Anhela vivir como un soldado en territorio enemigo, tener puesta siempre su armadura y estar siempre preparado para encarar las tentaciones. Es diligente en ser una persona que siempre está en guardia, es humilde y fiel en la oración. 

    ¿Qué diría el Apóstol acerca de usted? ¿Ha nacido de nuevo?

La comprobación

    Esas son las seis grandes características del cristiano que verdaderamente ha nacido de nuevo.

    Existe una diferencia inmensa en cuanto a la profundidad y manifestación de estas características en distintas personas. En algunos pueden ser débiles y casi invisibles. En otros, pueden ser destacadas, claras e indubitables, de manera que cualquiera las puede ver. Algunas de estas características son más visibles que otras en cada individuo. Rara vez se manifiestan en forma idéntica en una misma persona.

    Pero aún con todo, encontramos aquí dibujadas con trazos vigorosos, las seis características de haber nacido de Dios.

    ¿Cómo hemos de reaccionar a ellas? Por lógica, podemos llegar a una sola conclusión: Sólo los que son nacidos de nuevo cuentan con estas seis características y los que no las tienen, no son nacidos de nuevo. Esta parece ser la conclusión a la que quiso llegar el Apóstol.

    ¿Tiene usted estas características? ¿Ha nacido de nuevo?

lunes, 17 de noviembre de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 2. Reverendo Thomas Brooks

    Rector de St. Margaret, Fish Street Hill, Londres, 1662.

    Consideremos la necesidad de la santidad. Es imposible que alguno sea feliz, a menos que sea santo. Nada de santidad aquí, nada de santidad en el más allá. Las Escrituras mencionan tres habitantes corporales del cielo: Enoc, antes de la ley; Elías, bajo la ley y Jesucristo, bajo el evangelio; los tres, eminentes en santidad para enseñarnos que normalmente nadie va al cielo sin santidad. Hay muchos miles de miles ahora en el cielo, pero entre ellos no hay ni un impío, no hay ni un pecador entre todos esos santos, ni una cabra entre todas esas ovejas, ni una mala hierba entre todas esas flores, ni una espina entre todas esas rosas, ni una piedrecita entre todos los diamantes resplandecientes. No hay en el cielo ni un Caín entre todos esos Abel, ni un Ismael entre todos esos Isaac, ni un Esaú entre todos esos Jacob. No hay ningún Cam entre todos los patriarcas (Gén. 9:18), ni un Saúl entre todos los profetas, ni un Judas entre todos los apóstoles, ni un Demas entre todos los predicadores, ni un Simón el Mago entre todos los fieles.

    El cielo es sólo para el santo y el santo es sólo para el cielo; el cielo es un manto de gloria apto sólo para el santo. Dios, quien es la verdad en sí mismo, no puede mentir y lo ha dicho: Sin santidad nadie verá al Señor. Tome nota de esa palabra "nadie". Sin santidad el rico no verá al Señor, sin santidad el obrero no verá al Señor; sin santidad el noble no verá al Señor, sin santidad el humilde no verá al Señor; sin santidad el príncipe no verá al Señor, sin santidad el campesino no verá al Señor; sin santidad el gobernante no verá al Señor, sin santidad el súbdito no verá al Señor; sin santidad el letrado no verá al Señor, sin santidad el iletrado no verá al Señor; sin santidad el esposo no verá al Señor, sin santidad la esposa no verá al Señor; sin santidad el padre de familia no verá al Señor, sin santidad el hijo no verá al Señor; sin santidad el patrón no verá al Señor, sin santidad el sirviente no verá al Señor. Porque fiel y fuerte es el Señor de señores, quien lo ha dicho (Jos. 23:14).

    En la actualidad, algunos pregonan una forma de culto, otros otra; algunos pregonan una "iglesia del estado", otros otra. Algunos pregonan un camino al cielo, otros otro; pero lo cierto es que las sendas de santidad son las sendas antiguas (Jer. 6:16); el Camino del Rey de reyes es el camino al cielo y la felicidad: "Y habrá allí calzada y camino, y será llamado Camino de Santidad; no pasará inmundo por él, sino que él mismo estará con ellos; el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará" (Is. 35:8). Algunos dicen: "He aquí, este es el camino", otros dicen: "He aquí, aquel es el camino", pero lo cierto es que el caminode santidad es el más seguro, el más fácil, el más noble y el más corto a la felicidad.

    Entre los paganos, nadie puede entrar en el templo de honor sin antes entrar en el templo de virtud. No hay entrada al templo de felicidad sin antes entrar al templo de santidad. Usted primero tiene que entrar en la santidad, antes de que pueda entrar en la morada de Dios. Tal como Sansón clamó "¿moriré yo ahora de sed?" o como clamó Raquel "dame hijos, o si no, me muero", deben clamar las almas no santificadas: "Señor, dame santidad, si no, moriré eternamenteW. Si los ángeles, esos príncipes de gloria, caen una vez de su santidad, son excluidos de la felicidad y bendición eterna. Si Adán en el paraíso, cae una vez perdiendo su pureza, será prontamente echado fuera de la presencia de la gloria divina. Agustín ya no quiso ser malvado ni impío porque no sabía si moriría esa misma hora y, si moría en ese estado impío, sabía que estaría separado para siempre de la presencia del Señor y la gloria de su poder.

    Oh, querido lector, no engañe a su propia alma; la santidad es absolutamente necesaria, sin ella "nadie verá al Señor" (He. 12:14). No es absolutamente necesario que sea usted rico en este mundo, pero es absolutamente necesario que sea santo. No es absolutamente necesario que tenga buena salud, fuerzas, amigos, libertad y vida, pero es absolutamente necesario que sea santo. Podemos ver al Señor sin tener prosperidad mundana, pero nunca podremos ver al Señor, excepto que seamos santos. Podremos ir al cielo sin honra o gloria del mundo, pero nunca podremos llegar al cielo sin santidad. Sin santidad aquí, no hay cielo en el más allá: "No entrará en ella ninguna cosa inmunda" (Ap. 21:27). En el día final, Dios cerrará las puertas a la gloria dejando fuera a toda persona que no es pura de corazón.

    La santidad es una flor que no crece en el jardín de la naturaleza. El ser humano no nace con santidad en su corazón, como nace con una lengua en la boca. La santidad es de origen divino, es una perla de gran precio que no se encuentra en cualquier naturaleza, sino en una naturaleza renovada. No hay ningún rayo ni chispa de santidad en nadie revestido de naturaleza terrenal. "Todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal" (Gn. 6:5). "¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?" (Job 25:4). La pregunta tiene una connotación fuertemente negativa: "¿Cómo puede ser limpio el hombre?", es decir, el hombre que nace de mujer no puede ser limpio; el hombre nacido de mujer nace en pecado y nace bajo la ira y la maldición. "¿Quién hará limpio a lo inmundo?" "Todos nosotros somos como sucidad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia" (Job 14:4; Is. 64:6). "No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios" (Ro. 3:10, 11). Todo hombre es por naturaleza un extraño, sí, un enemigo de la santidad (Ro. 8:7). Cada uno que nace en este mundo, lo hace con su rostro hacia el pecado y el infierno y su espalda hacia Dios y la santidad.

    Nuestra naturaleza es tan corrupta que no tiene en ella ningún bien divino, es como el fuego y el agua, como leña mojada y leña ardiendo. En cambio, en cuanto al mal, es como fuego con paja, es como el sátiro necio que se apuró a besar el fuego cuando lo vio por primera vez, es como el material que los naturalistas dicen que atrae el fuego, que luego lo consume. Todos nacemos pecadores y no hay nada, fuera de un poder divino, que pueda transformarnos en santos. Todos podemos ser felices, pero por naturaleza, detestamos la idea de serlo. Por esto, vemos que así como el alimento es indispensable para la vida natural, la santidad lo es para la preservación y salvación del alma. Si tuviéramos la sabiduría de Salomón, la fuerza de Sansón, la valentía de Josué, el consejo de Ahitofel, los honores de Amán, el poder de Asuero y la elocuencia de Apolo, aun con todo, sin santidad no tendríamos salvación. Los tiempos en que vivimos exigen que tengamos santidad. Si los consideramos como tiempos bajo la gracia, ¿qué móvil ha tenido un pueblo, tan fuerte como el que Dios nos ha dado a nosotros que gozamos de tantos medios, maneras y ayudas para que seamos santos? ¡Oh, el sacrificio, el cuidado, el costo, la empresa en que ha estado y está ocupado Dios todos los días, para hacernos santos! ¿Acaso no nos envía todavía a sus mensajeros que se levantan temprano y se acuestan tarde, y todo para instarnos a ser santos? Muchos de ellos, ¿acaso no han dado su tiempo, su fuerza, su espíritu y sus vidas para hacernos santos?

    Oh amigos, ¿de qué valen las ordenanzas sagradas sin corazones santos y sin vidas santas? ¿De qué valen los días de luz, si no andamos en la luz y nos despojamos de las obras de las tinieblas? ¿Cuál es el mensaje de todos los medios de gracia, sino este: Oh, esfuérzate para ser objeto de la gracia? ¿Y qué es la voz del Espíritu Santo, sino esta: ¡Oh, esfuérzate por ser santo!? ¿Y qué dice la voz de todos los milagros de misericordia que Dios ha realizado en medio nuestro, sino: "Sed santos, sed santos"? ¡Oh! ¿qué podría realizar Dios que no haya realizado ya para hacernos santos? ¿Acaso no nos ha dado ya todas las ayudas santas del cielo? ¿No nos ha seguido muy de cerca hasta ahora con ofrecimientos santos, ruegos santos, consejos santos, palabras de aliento santas y todo para hacernos santos? Y con todo esto, ¿seguiremos siendo indiferentes, orgullosos, mundanos, maliciosos, envidiosos, contenciosos e impíos?

    ¡Oh! ¿qué es esto, sino provocar a Dios para que apague todas las luces del cielo, deje a un lado nuestros maestros, quite nuestros candeleros que han sido débiles, y dé todos estos favores a un pueblo que los valore más, los ame más, los defienda con más firmeza y los ponga en práctica con más consagración de lo que lo hemos hecho nosotros hasta hoy? (Ap. 2:4, 5; Is. 42:25). Creo que no hay nada más evidente que el hecho de que los tiempos en que vivimos claman pidiendo que cada uno procure santidad y se esfuerce por tener más santidad. Nunca nos quejemos del tiempo en que vivimos, en cambio, dejemos de hacer el mal, esforcémonos por hacer lo bueno y todo estará bien. Tengamos corazones mejores, vidas mejores y pronto veremos tiempos mejores (Is. 1:16-19).

Tomado de Crown and Glory of Christianity, or Holiness: The only way to happiness (Corona y  gloria del cristianismo, o Santidad: El único camino a la felicidad). Brook´s Works (Obras de Brooks), tomo 4, pp. 151-153, 187-188, edición de Grosart, 1866.