Sugiramos ahora algunos temas hacia los cuales deben dirigirse nuestras indagaciones al dedicarnos al deber del autoexamen.
1. Preguntémonos cómo nos ha afectado el evangelio.
¿Nos da esperanza, mientras nos consideramos justamente merecedores de la ira de Dios a causa del pecado? ¿Vemos en él una respuesta a las acusaciones de la conciencia? ¿Están estas acusaciones respondidas por las consideraciones de su verdad? Este es el primer efecto necesario del evangelio, si sabemos lo que significa y lo hemos recibido no solo de palabra, sino en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre (1 Tes. 1:5). Es un efecto sin el cual ningún otro puede existir, y de cuya existencia y grado dependen todos los frutos del Espíritu. Pero, aunque este es el primero en orden, nunca está solo. ¿Qué otros efectos ha producido el evangelio en nuestras mentes? No me refiero a si han sido producidos súbitamente; sino si ha obrado eficazmente en nosotros, ya sea de manera más gradual o inmediata, cambiando los objetos de nuestra búsqueda y los temperamentos y disposiciones de nuestro corazón. Muchas cosas, aun siendo muy interesantes, pueden creerse sin que el corazón sea afectado.
No así el evangelio de Cristo: este abre una nueva escena ante los ojos de todos los que lo reciben; los introduce, por así decirlo, en una nueva creación. Las cosas que antes llenaban su mente ahora parecen viles y despreciables, comparadas con las reveladas en el evangelio; y aquellas cosas que antes eran consideradas como indignas de atención, ahora parecen de suma importancia. Habiendo resucitado con Cristo por la fe en el poder de Dios que lo levantó de los muertos, el cristiano busca «las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios» (Col. 3:1). Habiendo sido regenerado para una esperanza viva de una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, se considera a sí mismo extranjero y peregrino en la tierra, y declara claramente que busca una patria celestial. ¿Es este nuestro caso? ¿Han hecho los vastos y trascendentes asuntos de la eternidad que todo lo que hay en el mundo nos parezca vano? «Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe» (1 Jn. 5:4). Si, por tanto, el mundo no está crucificado para nosotros y nosotros para el mundo mediante la doctrina de la cruz, entonces jamás hemos contemplado la gloria de esa doctrina y, en consecuencia, estamos rechazando el testimonio de Jesús.
2. Debemos examinar los principios generales sobre los cuales actuamos.
La fe obra por el amor a Dios. Los creyentes son constreñidos: «Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron» (2 Co. 5:14); es decir, todos padecieron muerte en Él, el sacrificio sustituto, por sus pecados. «Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Co. 5:15). Se consideran no deudores a la carne para vivir conforme a la carne; se reconocen como no siendo suyos, sino comprados por precio. Son siervos voluntarios de su Redentor, deseando glorificarlo con sus cuerpos y espíritus, los cuales son Suyos. ¿Corresponde esta descripción con nuestro carácter? ¿Qué concepto tenemos del carácter de Dios? ¿Temblamos ante Su presencia como esclavos, considerándolo un amo duro y severo? ¿O carecemos de reverencia y santo temor por Su majestad? La fe del evangelio produce el más profundo respeto y veneración hacia Dios. El creyente lo contempla como fuego consumidor, y al mismo tiempo tiene confianza en Su presencia, y es enseñado a clamar: «¡Abba, Padre!». Los consuelos del Espíritu Santo siempre se hallan unidos al temor de Dios.
¿Qué concepto tenemos del pecado? ¿Nos
parece una cosa ligera, o el sentido del mismo nos impulsa al abatimiento o la
desesperación? En cualquiera de los casos, podemos estar seguros, por la
autoridad de Dios, de que no estamos creyendo el evangelio. El evangelio
produce aborrecimiento propio a causa del pecado, y eso en grado supremo.
Proporciona una visión del pecado tan espantosa, que bien puede confirmar todo
temor suscitado por las más severas alarmas de la conciencia. Pero también
calma esas alarmas y produce paz, gozo y viva esperanza en los creyentes, sin
disminuir en nada su sentido de la malignidad y terribles consecuencias del
pecado. Recordamos y nos avergonzamos, y no volvemos a abrir nuestra boca
jamás, a causa de nuestra vergüenza, cuando sabemos que Dios ha sido apaciguado
para con nosotros por todo lo que hemos hecho (Ez. 16:63).
De nuevo, debemos inquirir qué cosas
ocupan principalmente nuestros pensamientos: si las cosas de la carne o las del
Espíritu. «Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne;
pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu» (Ro. 8:5). ¿En qué
dirección corren nuestras mentes? Así debemos no solo guardar, sino examinar
nuestros corazones con toda diligencia. Pero, como somos propensos a engañarnos
a nosotros mismos cuando juzgamos solamente por nuestros sentimientos, e
imaginar que nuestras mentes son espirituales mientras nuestra conversación es
carnal, debemos preguntar:
3. 3. ¿Hasta qué punto sacrificamos en realidad todo a la voluntad de Dios?
¿Nuestra práctica demuestra claramente que buscamos primeramente el reino de Dios y su justicia? ¿Nuestra conducta deja ver que tenemos un corazón desapegado del mundo? ¿Nuestras vidas manifiestan que ni las riquezas, ni los honores, ni los placeres del mundo son el objeto principal de nuestro afecto, que no estamos conformados a este siglo, sino transformados por medio de la renovación de nuestro entendimiento? Este es el resultado cierto de aferrarse a la verdad.
4. 4. ¿Cómo empleamos los talentos que Dios nos ha confiado?
¿Consideramos seriamente qué talentos poseemos? ¿Actuamos como quienes han de dar cuenta –sin procurar, por un lado, ostentarlos para adquirir honra para nosotros mismos, ni, por otro, por pereza o falsa humildad, dejar de usarlos porque son pequeños o insignificantes, o porque no provocan la admiración de los hombres? ¿Los empleamos con conciencia, con la mira puesta en la gloria de Dios? Esto abre un amplio campo para el autoexamen.
5. ¿Cómo soportamos las pruebas que Dios dispone para nosotros?
¿Somos como el novillo acostumbrado al yugo? ¿Desmayamos en el día de la adversidad, o nos irritamos bajo nuestras aflicciones? ¿O despreciamos la disciplina del Señor, soportando la aflicción con una firmeza hosca y estoica, endureciendo nuestra mente frente a la decepción? Es característica del creyente “gloriarse en las tribulaciones” (Ro. 5:3), considerarlas leves y momentáneas, no dignas de ser comparadas con el eterno peso de gloria mucho más excelente que estas aflicciones están produciendo (2 Co. 4:17-18). El lenguaje de la fe, por lo tanto, será siempre: “¿No he de beber la copa que el Padre me ha dado?”. El creyente, sabiendo que todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, da gracias en todo. Ha aprendido a estar contento cualquiera que sea su situación. Su alma es como la de un niño destetado. Aunque sienta profundamente la vara de su Padre celestial; aunque pueda estar, tal vez, afligido en gran manera por múltiples pruebas, sin embargo, se regocija mucho, añadiendo fortaleza y paciencia a la fe.
6. ¿Cómo actuamos hacia nuestros hermanos?
«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso; porque el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Jn. 4:20). ¿Consideramos a Cristo como nuestro gran modelo, a quien estamos obligados a imitar haciendo el bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe? ¿Amamos realmente a los discípulos de Jesús? ¿Los estimamos como lo más excelente de la tierra? ¿Nos asociamos con ellos, y damos testimonio de nuestro amor por medio de todo acto de bondad que esté en nuestro poder? Nada define mejor el carácter que la compañía con la que nos deleitamos en asociarnos. Tendríamos que salir del mundo para evitar completamente a los impíos. Pero su compañía no es para el cristiano una cuestión de elección ni de satisfacción. Él es consciente del peligro al que lo expone, y está siempre temeroso y vigilante de sus efectos.
Si el autoexamen se lleva a cabo
correctamente, el resultado será siempre un profundo sentido de nuestra
pecaminosidad y una convicción creciente de nuestra constante necesidad de
misericordia perdonadora. Esto debe ser así incluso en el caso del individuo
más celoso, circunspecto y concienzudo. Cuanto más estemos convencidos del
fundamento racional, y más impresionados por la sabiduría y excelencia de los
mandamientos de Cristo, y cuanto más conozcamos la felicidad de aquellos que
los obedecen, con mayor severidad nos condenaremos a nosotros mismos y
lamentaremos no haberlos considerado hasta ahora como debiéramos.
Si, al examinarnos, tenemos razón para
concluir, o si sospechamos, que no estamos en la fe, es nuestro deber presente
creer en Jesús, quien murió por los impíos, y confiar confiadamente en Él para
salvación. Nada que podamos hacer o sufrir puede prepararnos mejor para recibir
el testimonio de Dios. La salvación es proclamada a los hombres como pecadores.
El evangelio se dirige a todos, en las circunstancias en que los encuentra.
Ciertamente no podemos disfrutar de las bendiciones que comunica sin fe, pero
no necesitamos otra calificación para la misericordia divina sino culpa y
miseria; y si soñamos que la tenemos, o que alguna vez llegaremos a poseer
alguna otra, nos estamos engañando a nosotros mismos. Solo el orgullo y el amor
al pecado, con la ceguera y el error que les son inseparables, impiden a todos
los hombres recibir con gozo el evangelio. Desean tener algo de qué gloriarse;
desean sentir algo que les dé derecho a creer. Pero al hacer esto, yerran, no
conociendo su propio carácter, ni la gracia de Dios.
Algunos objetan: “No podemos creer; la
fe es un don de Dios; nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo trae”. Esto
es verdad y, entendida correctamente, es algo que todo cristiano debe sentir y
creer. Pero se teme, que muchos malinterpretan y tuercen estas Escrituras para
su propia perdición. Lamentan su incapacidad como si fuera una desgracia, y no
su culpa, y luego tranquilizan sus conciencias considerando la incomodidad que
sienten como una evidencia de que hay algo bueno en ellos hacia Dios, y que a
su debido tiempo todo estará bien.
Pero ¿en qué consiste esta incapacidad?
Podemos recibir el testimonio de los hombres; podemos conducirnos cada hora por
fe en la veracidad humana; ¿y por qué no podemos recibir el testimonio de Dios?
¿Es acaso menos sólido o más cuestionable? ¿Estamos sometidos a una necesidad
invencible de considerar mentiroso al Dios de verdad? No; pero Su evangelio
desprecia todo aquello a lo que estamos apegados. Ofende el orgullo del corazón
humano. Describe nuestra justicia como trapo de inmundicia, y proclama
salvación al más sobrio y decente en los mismos términos que al asesino y al
sensual; no reconoce diferencia alguna entre los hombres como recomendación a
la misericordia divina. Así elimina toda gloria humana y corta toda ocasión de
jactancia. Por eso Cristo es piedra de tropiezo y roca de escándalo, y Satanás,
en forma de ángel de luz, sugiere a aquellos que están cegados por él, que como
esta doctrina confunde todas las distinciones morales y desprecia la virtud
humana, no puede venir de Dios.
A esto se añade que el evangelio no
hace concesión alguna a los deseos de la carne ni de la mente. No perdona ni al
ojo derecho ni a la mano derecha, sino que proclama liberación completa de todo
pecado. Esta salvación no es futura, sino presente. Ahora bien, suponer que un
hombre impío desea sinceramente ser hecho santo, es suponer que ama la
santidad, cosa que las Escrituras niegan de manera uniforme. Entonces, si la
incapacidad del pecador para creer consiste en el orgullo y el amor a la
iniquidad, es evidente que, lejos de ser una atenuante, es el mayor agravante
de la incredulidad. «Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra
Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden» (Ro. 8:7). Y,
sin embargo, este Dios, contra quien los hombres son enemigos, compadeciéndose
de su condición arruinada, ha dado a Su Hijo para morir por los pecadores, y
les ruega que se vuelvan a Él y vivan. Pero ellos no pueden siquiera pensarlo;
no hallan en su corazón disposición para reconciliarse con Dios; y tranquilizan
sus conciencias alegando: “Soy tentado por Dios; Él es quien me incita a pecar;
soy incapaz de creer”.
Cuando estos hombres objetan que no
pueden creer y que la fe es un don de Dios, sus ideas son totalmente distintas
de lo que las Escrituras quieren decir con esas declaraciones. Naturalmente,
consideramos la fe como algo que ha de recomendarnos al favor de Dios. Por más
cegada que esté la mente humana, pocos logran persuadirse a sí mismos de que
pueden guardar perfectamente Su santa ley. Piensan que pueden hacer algo,
aunque no lo suficiente, y procuran establecer su propia justicia bajo el
nombre de fe, la cual, aunque imperfecta, consideran una obediencia aceptable. Sin
embargo, si sus conciencias continúan intranquilas, se refugian en el engaño de
que deben esperar hasta que Dios les conceda la fe. Tales personas aún
necesitan aprender que están completamente perdidas y arruinadas; y hasta que
no vean que este es su caso, la predicación de la cruz les parecerá locura.
Mientras tanto, sueñan con hacer lo que puedan para obtener la fe, y así
intentan comprar las bendiciones de la salvación. Pero a los incrédulos nunca
se les requiere en las Escrituras que utilicen medios para creer. Esto sería,
en realidad, una contradicción de todo el evangelio. Sería un mandamiento a los
hombres para que procuren establecer su propia justicia y tratar de reconciliar
a Dios con ellos; como si Él fuese su enemigo, mientras ellos deseasen Su
amistad.
Se nos enseña en el evangelio que no
podemos hacer nada, ni más ni menos, para obtener el favor de Dios; que estamos
desprovistos de toda buena disposición; que nuestros corazones están llenos de
enemistad contra Él; y que el único obstáculo para ser reconciliados es nuestra
aversión a la reconciliación. Él manda a toda criatura a confiar en la obra
consumada de Cristo, la cual ha declarado suficiente para la remisión de
pecados, por más graves que sean. Y mientras los hombres desobedezcan este
mandamiento, muestran claramente, sea cual sea su profesión de fe, que aman más
las tinieblas que la luz, que aborrecen tanto a Cristo como a Su Padre. La vida
eterna es predicada a todos como un don gratuito mediante Jesucristo; y
aquellos que la rechazan, muestran claramente que prefieren la satisfacción de
su orgullo y pasiones malignas antes que el disfrute de las bendiciones de la
salvación de Cristo.
Por el engaño del corazón humano,
muchos que no creen imaginan que desean ser libertados del pecado. Pero si el
poder del pecado en el corazón es tal como las Escrituras lo afirman de manera
uniforme; si los hombres están completamente bajo su dominio –impíos y sin
fuerza- hasta que Cristo los libere; y si solo aquel que cree es así libertado
por Cristo, entonces es absurdo suponer que algún incrédulo desea
verdaderamente la salvación. Puede que desee ser librado de algún pecado
particular que le acarrea molestias, pero el dominio de la iniquidad está tan
firmemente establecido en su corazón que no puede desear verdaderamente ser
libertado de su esclavitud, la cual consiste enteramente en sus inclinaciones
depravadas.
Algunos suponen que cuestionar su
propio estado es rechazar el testimonio de Dios, y así descartan todo
autoexamen. Según ellos, dudar de su salvación eterna es hacer a Dios
mentiroso. Pero Dios no ha testificado a ningún individuo en particular que
será salvo. Su testimonio es verdadero, lo crean los hombres o no: que quien
cree en Jesucristo no perecerá jamás, sino que tendrá vida eterna. De allí la
necesidad de inquirir: ¿Estoy en la fe?
Otros, que no llegan tan lejos, aceptan
con demasiada facilidad que toda sospecha respecto a su estado espiritual es
una tentación, de la cual procuran deshacerse lo más pronto posible. Pero tales
personas deben recordar que sus temores pueden estar perfectamente bien
fundados. En la medida en que su conducta y conversación no se correspondan con
lo que las Escrituras declaran ser inseparable de la fe en la verdad, tienen
motivo para dudar, para escudriñar y para examinar sus caminos. Es cierto que
todas las dudas acerca de nuestro interés personal en Cristo tienen su origen
en la incredulidad.
Si estuviéramos plenamente persuadidos
de la verdad del evangelio, si nuestros ojos estuvieran siempre fijos en él, si
percibiéramos siempre con claridad la gloriosa plenitud y gratuidad de la
salvación de Cristo, nos regocijaríamos constantemente con gozo inefable y
glorioso; y también seríamos santificados proporcionalmente por la verdad,
abundaríamos en toda buena obra, y así poseeríamos la plena certeza de la
esperanza que Dios ha proclamado en el evangelio. Es por no discernir la gloria
de esta doctrina que, en cualquier momento, dudamos de alcanzar la
bienaventuranza eterna. Pero no mejoraremos nuestra situación engañándonos a
nosotros mismos y concluyendo, sin razón ni evidencia, que, a pesar de nuestra
inquietud, todo está bien con nosotros.
Debemos considerar esas dudas como
síntomas de algún desorden interno; y recordar que tenemos en todo momento a un
Médico todopoderoso a quien podemos acudir con confianza, cuya habilidad es
suficiente para el caso más desesperado; y que, creyendo en Él, ningún pecador
de la raza humana perecerá jamás, sino que indudablemente obtendrá vida eterna.
Amén.
* * *
Este librito fue traducido del inglés de The
Doctrine and Duty of Self-examination por James A. Haldane
(1786-1851).
Copyright © 2025 Chapel Library. Traducido y
editado por Jorge E. Castañeda. Impreso en los EE.UU.
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A menos que se indique de otra manera, las citas
bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.
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