Versículo para hoy:

jueves, 27 de febrero de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

(b) Note, en segundo lugar, qué sentido correcto tenía del pecado. Le dice a su compañero: "Nosotros recibimos lo que merecieron nuestros hechos". Reconoce su impiedad y la justicia de su castigo. No hace ningún intento por justificarse o buscar excusas por su iniquidad. Habla como un hombre humillado y degradado al recordar sus iniquidades del pasado. Esto es lo que sienten todos los hijos de Dios. Están prontos a reconocer que son pobres pecadores que merecen el infierno. Pueden decir de corazón, al igual que con su boca: "Hemos dejado de hacer las cosas que deberíamos haber hecho, e hicimos las cosas que no deberíamos haber hecho, y no hay salud en nosotros" (Mt. 23:23).

    ¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que ahora le hago: ¿Tiene conciencia de sus pecados?

    (c) Veamos, en tercer lugar, el amor fraternal que demostró el ladrón hacia su compañero. Procuró conseguir que dejara de injuriar y blasfemar, y que reaccionara. "¿Ni aun temes tú a Dios", le dice, "estando en la misma condenación?" ¡No hay mejor señal de gracia que esta! La gracia despoja al hombre de su egoísmo y lo lleva a identificarse con el alma de los demás. Cuando se convirtió la mujer samaritana, dejó su jarro y corrió a la ciudad diciendo: "Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuando he hecho. ¿No será este el Cristo?" (Jn. 4:28-29). Cuando se convirtió Saulo, fue inmediatamente a la sinagoga en Damasco y testificó a sus hermanos israelitas que Jesús "era el Hijo de Dios" (Hch. 9.20).

    ¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces, ¿dónde está su caridad y amor por las almas?

    En suma, vemos en el ladrón arrepentido una obra consumada del Espíritu Santo. Podemos encontrar en el malhechor arrepentido cada parte del carácter del creyente. Con todo lo breve que fue su vida después de su conversión, usó el tiempo que le quedaba para dejar abundantes evidencias de que era hijo de Dios. Su fe, su oración, su humildad y su amor fraternal son testimonio indudable de la realidad de su arrepentimiento. No era un hombre arrepentido de palabra únicamente, sino de hecho y en verdad.

    Nadie piense, entonces, porque el ladrón arrepentido fue salvo, que una persona puede ser salva sin dejar ninguna evidencia de la obra del Espíritu. Analice bien cada uno las evidencias que dejó este hombre y tenga cuidado.