Versículo para hoy:

sábado, 10 de agosto de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (-1816-1900)

 Las preguntas

6. En sexto lugar, ¿es sabio trazar una línea tan profunda, ancha y marcada de separación entre conversión y consagración, o la llamada vida superior, como lo hacen algunos en la actualidad? ¿Coincide esto con lo que afirma la Palabra de Dios? Lo dudo.

Es indudable que no hay nada nuevo en esta enseñanza. Es bien sabido que los escritores católico romanos, a menudo, afirman que la iglesia se divide en tres clases: Pecadores, penitentes y santos. ¡Me parece a mí que los maestros modernos de esta época que nos dicen que hay tres tipos de los que profesan ser cristianos -los no convertidos, los convertidos y los que viven la "vida superior" de total consagración-, se refieren a prácticamente los mismos niveles! Pero sea la idea antigua o nueva, católica romana o no, me es totalmente imposible ver que tenga una base bíblica. La Palabra de Dios siempre habla de dos grandes divisiones de la humanidad y únicamente dos. Habla de los vivos y de los muertos en pecado, el creyente y el no creyente, el convertido y el inconverso, los que están en el camino angosto y los que están en el ancho, los sabios y los necios, los hijos de Dios y los hijos del diablo. Dentro de cada una de estas dos clases hay, sin duda, distintas medidas de pecado y de gracia, pero es sólo una diferencia entre el extremo más elevado y el más bajo de una misma condición. Entre estas dos grandes clases hay una enorme abismo; son tan individuales como la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, el cielo y el infierno. ¡Pero sobre una división en tres clases, la Palabra de Dios no dice absolutamente nada! Cuestiono la pretendida sabiduría de hacer divisiones nuevas que la Biblia no ha hecho y me disgusta totalmente la noción de una "segunda conversión".

Que hay una gran diferencia entre un grado de gracia y otro -que la vida espiritual se trata de crecimiento y que el creyente debe ser exhortado continuamente a crecer en la gracia en todo sentido-, es algo que acepto totalmente. Pero no puedo concebir la teoría de una transición súbita y misteriosa, de un solo salto, del creyente a un estado de bendición y total consagración. A mí me parece una invención del hombre; no puedo ver ningún texto específico que lo pruebe en las Escrituras. Un crecimiento gradual en la gracia, crecimiento en conocimiento, crecimiento en la fe, crecimiento en el amor, crecimiento en santidad, crecimiento en humildad y crecimiento en mentalidad espiritual; todos estos sí los veo claramente enseñados; contundentemente exigidos en las Escrituras y ejemplificados claramente en la vida de muchos santos de Dios. Pero no veo en la Biblia saltos súbitos e instantáneos de la conversión a la consagración.

¡Realmente dudo si tenemos derecho a decir que alguien puede convertirse sin consagrarse a Dios! Que puede ser más consagrado es indudable y lo será a medida que aumenta su gracia; pero si no se consagró a Dios el día que se convirtió y nació de nuevo, no sé lo que significa conversión. ¿No es cierto que los hombres corren el peligro de no darle el valor y el lugar que merece a la bendición inmensa de la conversión? ¿Acaso no están restándole valor a aquel primer y gran cambio que las Escrituras llaman el nuevo nacimiento, la nueva creación, la resurrección espiritual, cuando les exigen a los creyentes la "vida superior" de una segunda conversión? Puedo estar equivocado. Pero a veces he pensado, al leer el lenguaje fuerte usado por muchos en los últimos años al referirse a "consagración", que deben haber tenido anteriormente un concepto bajo e inadecuado de la "conversión", si es que acaso habrán sabido algo de ella. En suma, ¡hasta casi sospecho que cuando se habían consagrado, en realidad, se habían convertido por primera vez.

Confieso francamente que prefiero las sendas antiguas. Creo que es más sabio y seguro instar a todos los convertidos a que crezcan continuamente en la gracia y hacer hincapié en la necesidad absoluta de marchar adelante, a desarrollarse más y más, cada año dedicándose y consagrándose más en espíritu, alma y cuerpo a Cristo. Usemos todos los medios para enseñar que hay más gracia para obtener y más cielo para disfrutar en la tierra que la mayoría de los creyentes gozan desde ahora. Pero me niego a decirle a ningún convertido que necesita una segunda conversión y que algún día dará un paso enorme a un estado de total consagración. Me niego a enseñarlo porque no veo en las Escrituras justificación alguna para hacerlo. Me niego a enseñarlo porque creo que la tendencia de la doctrina es totalmente maliciosa, que deprime al humilde de corazón y llena de orgullo al superficial, al ignorante y al presuntuoso, en un grado sumamente peligroso.

viernes, 9 de agosto de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Las preguntas

5. En quinto lugar, ¿es sabio usar el lenguaje usado a menudo en la actualidad para referirse a la doctrina de "Cristo en nosotros"? Lo dudo. ¿No es  esta doctrina exaltada con frecuencia a una posición que no ocupa en las Escrituras? Me temo que sí.

El hecho de que el verdadero creyente es uno con Cristo y Cristo está en él, es algo que ningún lector cuidadoso del Nuevo Testamento pensaría en negar. Hay sin duda, una unión mística entre Cristo y el creyente. Con él morimos, con él fuimos sepultados, con él resucitamos y con él estamos sentados en lugares celestiales. Tenemos cinco textos claros que nos enseñan específicamente que Cristo está "en nosotros" (Ro. 8:9, 10; Gá. 2:20; 4:19; Ef. 3:17; Col. 3:11).

Hemos de tener cuidado de que comprendemos lo que queremos decir con esta expresión. Que "Cristo mora en nuestros corazones por fe" y realiza su obra interior por medio de su Espíritu es precioso y claro. Pero si queremos decir que, además y aparte de esto, hay un vivir misterioso de Cristo en el creyente, tenemos que tener cuidado a qué nos referimos. Si no tenemos cuidado, nos encontraremos ignorando la obra del Espíritu Santo. Estaremos olvidando que la economía divina de la elección de la salvación del hombre es la obra especial de Dios, el Padre, que la expiación, mediación e intercesión, son la obra especial de Dios, el Hijo y que la santificación es la obra especial de Dios, el Espíritu Santo. Estaremos olvidando lo que dijo nuestro Señor cuando partió a la gloria: Que enviaría a otro Consolador que tomaría su lugar y que estaría con nosotros para siempre (Juan 14:16). En suma, con la idea de que estamos honrando a Cristo, resultará que estaremos deshonrando su don especial y singular: El Espíritu Santo. Cristo, sin duda, siendo Dios, está en todas partes -en nuestros corazones, en el cielo, en el lugar donde dos o tres se reúnen en su nombre-, pero hemos de recordar que Cristo, como nuestra Cabeza y Sumo Sacerdote, está a la diestra de Dios intercediendo especialmente por nosotros hasta su segunda venida y que Cristo realiza su obra en el corazón de las personas por medio de la obra especial de su Espíritu, a quien nos prometió enviar cuando partió del mundo (Juan 15:26). Me parece que esto se hace evidente en una comparación entre los versículos nueve y diez del octavo capítulo de Romanos. Me convence que "Cristo en nosotros" significa Cristo en nosotros "por su Espíritu". Ante todo, las palabras de San Juan son muy claras y expresan: "Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado" (1Juan 3:24).

Espero que nadie malentienda todo esto que estoy diciendo. No digo que la expresión "Cristo en nosotros" no sea bíblica. Pero sí digo que veo un grave peligro de que se adjudique una importancia extravagante y no bíblica a la idea contenida en la expresión y sí temo que muchos la usan en la actualidad sin saber lo que quieren decir y, sin darse cuenta, quizá deshonran la obra poderosa del Espíritu Santo. Si algún lector piensa que soy innecesariamente escrupuloso en este punto, le recomiendo que tome nota de un libro singular por Samuel Rutherford (autor de las bien conocidas cartas), llamado "The Spiritual Antichrist" (El anticristo espiritual). Verán allí que, dos siglos atrás, aparecieron las herejías alocadas de una enseñanza extravagante, precisamente acerca de esta doctrina de que "Cristo mora" en los creyentes. Encontrarán a Saltmarsh, Dell, Towne y otros maestros falsos contra quienes contendió el acertado Samuel Rutherford. Aquellos tenían extrañas nociones acerca de "Cristo en nosotros" y luego procedieron a edificar sobre la doctrina antinomiana, sobre un fanatismo de la peor clase y con tendencias de las más viles. Así, ellos mantenían que la vida separada y personal del creyente había desaparecido completamente, ¡que Cristo viviendo en él era quien se arrepentía, creía y actuaba!

La raíz de este tremendo error era una interpretación forzada y nada bíblica de textos como "ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí" (Gá. 2:20) y el resultado natural de esto fue que muchos infelices seguidores de este pensamiento llegaron a la cómoda conclusión de que los creyentes no eran responsables de sus acciones, ¡hicieran lo que hicieran! Según esta interpretación, ¡los creyentes estaban muertos y sepultados y sólo Cristo vivía en ellos y se hacía cargo de todo! ¡La consecuencia definitiva fue que algunos creían que podían quedarse tranquilos con una seguridad carnal, que ya no tenían ninguna responsabilidad personal y podían cometer cualquier clase de pecado sin ningún temor! No olvidemos nunca que la verdad distorsionada y exagerada, puede convertirse en el origen de las herejías más peligrosas. Cuando hablamos de que "Cristo está en nosotros", tengamos el cuidado de explicar lo que queremos decir. Me temo que hay quienes descuidan esto en la actualidad.

jueves, 8 de agosto de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

Las preguntas

4. En cuarto lugar: ¿Es sabio afirmar tan positiva y violentamente, como muchos lo hacen, que el séptimo capítulo de la Epístola a los Romanos no describe la experiencia del santo consagrado, sino la experiencia del hombre no regenerado o del creyente débil y no firme todavía? Lo dudo.

Admito plenamente que este punto es uno que ha sido discutido durante dieciocho siglos, de hecho, desde la época de San Pablo. Admito plenamente que cristianos insignes de hace cien años, como John y Charles Wesley, Fletcher y ni mencionar algunos escritores prominentes de nuestra propia época, mantienen firmemente que Pablo no estaba describiendo su propia experiencia de aquel momento, cuando escribió este séptimo capítulo. Admito plenamente que muchos no pueden ver lo que muchos otros y yo vemos: A saber, que Pablo no dice nada en este capítulo que no coincida precisamente con la experiencia registrada de los santos más renombrados de todas las épocas y que sí dice varias cosas, que ninguno que no sea creyente ni que sea un creyente débil, jamás pensaría ni podría decir. Por lo menos, esto me parece a mí. Pero no entraré en una discusión detallada sobre el capítulo.

Lo que sí quisiera enfatizar es el hecho que los mejores comentaristas en cada período de la Iglesia, casi invariablemente, han aplicado el séptimo capítulo de Romanos a creyentes maduros. Los comentaristas que no comparten esta posición han sido, con unas pocas excepciones, los romanistas, los socinianos y los arminianos. Contra la posición de ellos están casi todos los reformadores, casi todos los puritanos y los mejores teólogos evangélicos modernos. Pueden decirme, por supuesto, que nadie es infalible y que los reformadores, los puritanos y los teólogos modernos a los que me refiero están totalmente equivocados y que los romanistas, socinianos y arminianos tenían razón. Pero, aunque no pido que nadie llame a los reformadores y los puritanos "maestros", les pido que lean lo que dicen sobre este tema y que respondan a sus argumentos, si es que pueden. ¡Hasta ahora, nadie lo ha hecho! Decir, como dicen algunos, que no quieren "dogmas" y "doctrinas" humanas no es una respuesta. La cuestión para determinar es: "¿Cuál es el significado de un pasaje de las Escrituras? ¿Cómo hay que interpretar el séptimo capítulo de la epístola a los Romanos? ¿Cuál es el verdadero sentido de sus palabras?". Sea como sea, recordemos que hay una gran realidad que no podemos ignorar. Por un lado están las opiniones y la interpretación de los reformadores y puritanos, y, por el otro, las opiniones e interpretaciones de los romanistas, socinianos y arminianos. Que esto quede muy claro.

En vista de una realidad como esta, tengo que protestar contra el lenguaje burlón, provocador y despectivo que últimamente ha sido usado a menudo por algunos de los defensores de lo que tengo que llamar el punto de vista arminiano del séptimo capítulo de Romanos, cuando hablan de las opiniones de sus opositores. Lo menos que podemos decir es que tal lenguaje es impropio y contraproducente para ellos. Una causa que es defendida con tal lenguaje es, con razón, sospechosa. La verdad no necesita esta clase de armas. Si no podemos coincidir con alguien, no tenemos que hablar de sus puntos de vista con descortesía y desprecio. Una opinión que es apoyada por hombres como los mejores reformadores y puritanos, quizá no convenza a todas las mentes en este siglo, pero igualmente se debe hablar de ella con respeto.

miércoles, 7 de agosto de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 Las preguntas

3. Pregunto, en tercer lugar, si es sabio usar un lenguaje impreciso acerca de la perfección y recalcarles a los cristianos que hay un estándar de santidad que se puede obtener en esta vida, pero que las Escrituras no garantizan ni lo muestra la experiencia. Lo dudo.

Ningún lector cuidadoso de su Biblia pensaría negar que los creyentes son exhortados a ir "perfeccionando la santidad en el temor de Dios", a ir "adelante a la perfección" y a perfeccionarse (2 Co. 7:1; He. 6:1; 2 Co. 13:11). Pero todavía no he visto que haya algún pasaje en las Escrituras que enseñe que puede lograrse una perfección literal, una liberación completa y absoluta del pecado, ni en los pensamientos, ni palabras ni hechos, ni tampoco que ningún hijo de Adán lo haya logrado en este mundo. Lo que es posible ver, ocasionalmente en algunos creyentes entre el pueblo de Dios, es una perfección relativa, una perfección en sus conocimientos, una consistencia general en cada relación en la vida y un acierto total en cada punto doctrinal. Pero en cuanto a una perfección absoluta literal, ¡los últimos en decir que la tienen siempre han sido los santos más insignes de cada generación! Al contrario, siempre han tenido el sentido profundo de su propia falta de mérito y de su imperfección. Cuanta más luz espiritual han disfrutado, mejor han visto sus innumerables defectos y faltas. Más gracia han tenido, más han sido revestidos "de humildad" (1 Pe. 5:5).

¿Qué santo mencionado en la Palabra de Dios, de cuya vida se den detalles, ha sido literal y absolutamente perfecto? ¿Cuál de ellos, al escribir de ellos mismos, alguna vez menciona sentirse libre de toda imperfección? Al contrario, hombres como David, San Pablo y San Juan declaran en términos contundentes que sienten debilidad y pecado en su propio corazón. Los hombres más santos de los tiempos modernos se han destacado siempre por su profunda humildad. ¿Hemos visto alguna vez hombres más santos que el martirizado John Bradford, o Hooker, o Usher, o Baxter (1615-1691), o Rutherford (1600-1661), o M'Cheyne (1813-1843)? ¡Aun así, nadie puede leer los escritos y cartas de estos hombres sin ver que se sentían "deudores de la misericordia y la gracia" cada día y que lo último que hubieran hecho es pretender que eran perfectos!

En vista de tales realidades como estas, tengo que protestar contra el lenguaje que se utiliza hoy día en muchos sectores, acerca de la perfección. Tengo que asumir que los que la usan saben muy poco de la naturaleza de pecado, de los atributos de Dios, de sus propios corazones, de la Biblia o del significado de las palabras. Cuando alguien que profesa ser cristiano me dice tranquilamente que ya ha superado la etapa de himnos como "Tal como soy de pecador" y que estos ya no son parte de su experiencia presente, aunque sí se aplicaban a él cuando al principio se había acercado a la fe cristiana, ¡tengo que pensar que su alma está enferma! Cuando alguien puede hablar tranquilamente de "vivir sin pecado" mientras está en el cuerpo y que puede, de hecho, afirmar que "no ha tenido ni un pensamiento malo en tres meses", ¡solo puedo decir que, en mi opinión, es un cristiano muy ignorante! Protesto contra enseñanzas como esta. No sólo no hacen nada de bien, sino que hacen un daño inmenso. Disgustan y enemistan con la fe cristiana a hombres inteligentes de este mundo, que saben qué es incorrecto y qué no es cierto. Deprimen a algunos de los mejores hijos de Dios que sienten que nunca pueden obtener una "perfección" de este tipo. Causa engreimiento en muchos hermanos débiles, que se creen ser algo cuando no son nada. En suma, es un error peligroso.

martes, 6 de agosto de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

Las preguntas

2. Pregunto, en segundo lugar, si es sabio restarle tanta importancia, como algunos parecen hacer, comparativamente, a las muchas exhortaciones prácticas a la santidad en el diario vivir que se encuentran en el Sermón del Monte y la última parte de la mayoría de las epístolas de San Pablo. ¿Coincide con lo que dice la Palabra de Dios? Lo dudo.

Que todos los que profesamos ser creyentes en Cristo debiéramos vivir avanzando hacia la meta de alcanzar una consagración personal diaria y de tener comunión con Dios todos los días; que debiéramos esforzarnos por ir al Señor Jesucristo con todo lo que nos es una carga, sea grande o pequeña, y entregársela a él. Todo esto, lo repito, es algo que ningún hijo de Dios bien fundamentado soñaría en disputar. Pero el Nuevo Testamento nos enseña, sin lugar a dudas, que queremos algo más que generalidades con respecto a un vivir santo, algo que a menudo sacuda la conciencia sin ofender. Los detalles e ingredientes, en particular, de los cuales se compone la santidad en el diario vivir, debieran ser presentados plenamente y subrayados por todos los que pretenden manejar el tema. La santidad verdadera no consiste meramente en creer y sentir, sino en hacer y sobrellevar. Nuestra boca, nuestro humor, nuestras pasiones e inclinaciones naturales, nuestra conducta como progenitores e hijos, patrones y siervos, esposos y esposas, gobernantes y gobernados; cómo nos vestimos, cómo empleamos nuestro tiempo, cómo nos comportamos en los negocios, nuestro comportamiento en la enfermedad y en buena salud, en riquezas y en pobreza, todos estos, son temas tratados cabalmente por escritores inspirados.

No se contentan con una declaración generalizada de lo que debemos creer y sentir, y cómo hemos de tener las raíces de la santidad plantadas en nuestro corazón. Profundizan más en el tema. Tratan los pormenores. Especifican en detalle lo que el hombre santo debe hacer y ser en su propia familia y en el seno de su hogar, si permanece en Cristo. Dudo que en la actualidad se enfoque lo suficiente, este tipo de enseñanza. Cuando la gente habla de haber recibido "tal bendición" o de haber encontrado "la vida superior", después de haber escuchado a algún defensor sincero de la "santidad por fe y auto consagración", mientras que sus familiares y amigos no ven ninguna mejora ni un incremento de santidad en su temperamento y conducta cotidiana, se hace un daño inmenso a la causa de Cristo. La verdadera santidad, tenemos que recordar, no consiste meramente de sensaciones e impresiones interiores. Se trata más que de lágrimas, suspiros y un entusiasmo corporal, un pulso acelerado y una pasión por nuestros predicadores favoritos o nuestro propio grupo religioso. No es solamente una pronta disposición a hacerle frente a cualquiera que no coincide con nosotros. En cambio, es más bien algo de "la imagen de Cristo" que puede ser vista y observada por otros en nuestra vida privada, nuestros hábitos, nuestro carácter y nuestras acciones (Ro. 8:29).

lunes, 5 de agosto de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816 - 1900)

La confusión

Sin embargo, es muy importante que todo el tema se establezca sobre un fundamento correcto y que lo que de él se desprenda, no sea perjudicado por declaraciones burdas, desproporcionadas y unilaterales. No nos sorprendamos de que tales declaraciones abunden. Satanás conoce bien el poder de la verdadera santidad y el daño inmenso que una atención creciente al tema causará a su reino. Es pues su intención, promover contiendas y controversias acerca de esta parte de la verdad de Dios. Justamente como en el pasado ha tenido éxito en mistificar y confundir el pensamiento humano con respecto a la justificación, ahora está tratando de dar "consejos oscuros con palabras sin conocimiento" acerca de la santificación. ¡Que Dios lo reprenda! No obstante, yo no puedo perder la esperanza de que del mal surja la buena voluntad de discutir lo que revele la verdad y que una variedad de opiniones nos lleven a escudriñar más las Escrituras, a orar más y a ser más diligentes en tratar de encontrar cuál es "el sentir del Espíritu".

Al dar a conocer esta obra, creo mi deber, ofrecer algunas sugerencias introductorias para los que están poniendo especial atención al tema de la santificación en la actualidad. Sé que hago esto a riesgo de parecer presuntuoso y, posiblemente, ofensivo. Pero algo hay que aventurar por el bien de la verdad de Dios. Por lo tanto, pondré mis sugerencias en forma de preguntas y les pido a mis lectores que las tomen como "precauciones para estos tiempos", en relación con el tema de la santidad.

Las preguntas

1. Pregunto, en primer lugar: Si es sabio hablar de la fe como lo necesario y como lo único requerido, según muchos parecen afirmar en la actualidad, al abordar la doctrina de la santificación.

¿Es sabio proclamar de una manera tan directa y no calificada, como muchos lo hacen, que la santidad del convertido es únicamente por fe y sin ningún esfuerzo de su parte? ¿Concuerda esto con la Palabra de Dios? Lo dudo.

Que la fe en Cristo es la raíz de toda santidad...

-Que el primer paso hacia una vida santa es creer en Cristo,

-Que hasta que no creemos no tenemos nada de santidad,

-Que la unión con Cristo, por fe, es el secreto, tanto del comienzo de ser santo y de seguir siendo santo,

-Que la vida que vivimos en la carne tenemos que vivirla por fe en el Hijo de Dios,

-Que la fe purifica el corazón,

-Que la fe es la victoria que vence al mundo,

-Que por fe los antiguos obtuvieron su recompensa

 Todas estas son verdades que ningún cristiano bien fundamentado pensaría en negar. Aparte de esto, lo cierto es que las Escrituras nos enseñan que para seguir la santidad, el verdadero cristiano tiene que poner de su parte y esforzarse, además de tener fe. El mismo apóstol lo dice en una oportunidad "lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios". En otro lugar dice: "Peleo...  corro...  golpeo mi cuerpo" y en otros lugares: "Limpiémonos nosotros mismos...  trabajemos...  despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia..." (Gá. 2:20; 1 Co. 9:26,27; 2 Co. 7:1; He. 4:11; 12:1).

¡Además, las Escrituras no nos enseñan en ninguna parte que la fe nos santifica en el mismo sentido y de la misma manera como la fe nos justifica! La fe que justifica es una gracia que "no trabaja", sino que, sencillamente, confía, descansa y se apoya en Cristo (Ro. 4:5). La fe santificadora es una gracia cuya misma vida es acción, "obra por el amor" y, como una vertiente, mueve a todo el hombre interior (Gá. 5:6). Después de todo, la frase precisa "santificado por fe", se encuentra una sola vez en el Nuevo Testamento. El Señor Jesús le dijo a Saulo que lo enviaba "para que [otros] reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados". No obstante, en esto coincido con Alford que "por fe" se refiere a toda la oración y no se debe limitar a calificar la palabra "santificados". El sentido verdadero es que por fe en él: "...tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados". El sentido verdadero es que por fe en él: "...tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados". (Compare Hch. 26:18 con 20:32).

En cuanto a la frase "santidad por fe", no la encuentro en el Nuevo Testamento. No hay controversia en cuanto a que nuestra justificación ante Dios por fe en Cristo es lo primordial. Todos los que sencillamente creen, son justificados. La justicia es imputada "al que no obra, sino cree" (Ro. 4:5). Es absolutamente bíblico y correcto decir que "solo la fe justifica". Pero no es bíblico ni correcto decir "solo la fe santifica". La frase requiere mucha calificación. Baste lo siguiente: Pablo nos dice a menudo que el hombre es "justificado sin las obras de la ley". Por el contrario, Santiago nos dice expresamente que la fe que no se justifica visiblemente y se demuestra delante del hombre, es una fe que "si no tiene obras, es muerta en sí misma" (Stg. 2:17). Quizá me respondan que por supuesto nadie quiere descartar a las "obras" como una parte esencial de una vida santa. No obstante, creo conveniente aclarar mejor esto, que lo que parece estar haciéndose en estos días.

domingo, 4 de agosto de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816 - 1900)

 

INTRODUCCIÓN

Los veinte capítulos que contienen los dos tomos de esta obra, son una humilde contribución a una causa que está generando mucho interés en la actualidad. Me refiero a la causa de la santidad bíblica. Es una causa a la que todo el que ama a Cristo y anhela extender su reino en el mundo, debiera ayudar. Todos pueden hacer algo y yo quiero aportar mi granito de arena.

El lector encontrará poco que sea directamente controversial en estos capítulos. He tenido cuidado de no mencionar maestros modernos ni libros modernos. Me he contentado con dar el resultado de mi propio estudio de la Biblia, mis propias meditaciones personales, mis propias oraciones pidiendo iluminación y mi propia lectura de los escritos de teólogos del pasado. Si en algo estoy equivocado, espero saberlo antes de partir de este mundo. Todos vemos en parte y tenemos un tesoro en vasijas de barro. Confío en que estoy dispuesto a aprender.

La necesidad de una vida santa

Durante muchos años he tenido una profunda convicción de que los cristianos modernos no le dan suficiente importancia a la santidad práctica ni a la consagración total del yo a Dios. La política, o las controversias, o el espíritu partidista [contenciones antagónicas], o la mundanalidad, han socavado el centro mismo de la piedad viva en demasiados de nosotros. El tema de una consagración personal ha quedado relegado al olvido. Las normas para vivir la vida son dolorosamente bajas en muchos entornos. La importancia enorme de "que en todo adornen la doctrina de Dios" (Tito 2:10) y de que la hagamos bella y hermosa por nuestros hábitos y temperamentos, ha sido demasiado ignorada. Las gentes del mundo, a veces se quejan con razón, de que las personas supuestamente "cristianas", no son tan afables, desinteresadas y gentiles como otros que no profesan ninguna religión. No obstante, la santificación, entendida correctamente, y armonizando con la Palabra, es tan importante como la justificación. La sana doctrina protestante y evangélica es inútil si no va acompañada de una vida santa. Es peor que inútil; es sumamente perjudicial. Es despreciada por hombres observadores y sagaces del mundo como algo irreal y vacío, y produce desprecio por la fe cristiana. Estoy firmemente convencido de que queremos un avivamiento total en relación con la santidad bíblica y estoy profundamente agradecido de que se le está dando atención al tema.

sábado, 3 de agosto de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
UN LLAMADO A QUE LA IGLESIA GUARDE EL CORAZÓN


9. Por último, guardemos nuestro corazón y entonces los consuelos del Espíritu y la influencia de todos los tiempos con Dios serán más firmes y duraderos de lo que son ahora.

¿Acaso nos parecen pequeños los consuelos de Dios? Tenemos razones para avergonzarnos por el hecho de que los tiempos con Dios tengan un efecto tan ligero y pasajero a la hora de avivarnos y consolarnos.

Lector, considera bien estos beneficios especiales de guardar el corazón. Examínalos. ¿Se trata de asuntos sin importancia? ¿Es de poca importancia recibir ayuda para tu entendimiento? ¿Que tu alma que peligra sea puesta a salvo? ¿Que sea probada tu sinceridad? ¿Que sea endulzada tu comunión con Dios? ¿Que tu corazón sea llenado de motivos para orar? ¿Es cosa pequeña tener el poder la piedad y que todos los escándalos sean quitados? ¿Lo es conseguir una capacidad instrumental para servir a Cristo? ¿Que la comunión de los santos sea restaurada a su primitiva gloria? ¿Que la influencia de los tiempos con Dios permanezca en el alma de los santos?

Si estas bendiciones no son comunes ni ordinarias, seguramente es un gran e indispensable deber guardar el corazón con toda diligencia. ¿Te sientes ahora inclinado a ocuparte de guardar tu corazón? ¿Estás resuelto a hacerlo? 

Te encargo entonces que lo hagas con seriedad. Acaba con todo sentimiento de cobardía, y disponte a encontrar dificultades. Saca tu armadura de la Palabra de Dios. Deja que la palabra de Cristo more abundantemente en ti, y que sus mandamientos, promesas y advertencias se fijen en tu entendimiento, en tu memoria, tu conciencia y tus afectos. Debes aprender a empuñar la espada del Espíritu (que es la Palabra de Dios) con familiaridad, para defender tu corazón y vencer a tus enemigos.

Debes llamarte a cuentas con frecuencia, examínate como si estuvieses en presencia del Dios que todo lo ve. Trae tu conciencia, por así decirlo, a la mesa del juicio. Cuídate de entrar en demasiados negocios mundanos, de cómo practicas las reglas del mundo, y de cómo te aventuras a permitir tus inclinaciones depravadas. Debes ejercer la más completa vigilancia para descubrir y encargarte de los primeros síntomas de alejamiento de Dios, el menor declinar en espiritualidad, o la menor indisposición a la meditación contigo mismo y a la conversación y comunión santa con otros.

Debemos emprender estas cosas en las fuerzas de Cristo, con una resolución invencible al comenzarlas. Y si nos involucramos en esta gran obra, estemos seguros de que no gastaremos nuestras fuerzas en vano; consuelos que nunca habíamos sentido o pensado fluirán hacia nosotros desde todas partes. La búsqueda diligente de esta obra nos proveerá constantemente de la motivación más potente para vigilar y de un ardor para la vida de fe, mientras aumenta nuestra fe y agota a nuestros enemigos.

Y cuando hayamos guardado el corazón sobre toda cosa guardada durante un poco de tiempo, cuando hayamos luchado las batallas de esta guerra espiritual, ganado dominio sobre la corrupción interior, y derrotado a los enemigos de afuera, entonces Dios abrirá las puertas de los cielos sobre nosotros, y nos dará la porción que se promete a aquellos que vencieren.

Despertemos pues en este mismo instante. Pongamos el mundo bajo nuestros pies, no anhelemos las cosas que alguien pueda tener a la vez que pierde eternamente su alma, sino bendigamos a Dios porque podemos tener su servicio aquí, y después la gloria que Él asigna a sus elegidos.

"Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo Él en vosotros lo que es agradable delante de Él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén" (Hebreos 13:20-21).

viernes, 2 de agosto de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
UN LLAMADO A QUE LA IGLESIA GUARDE EL CORAZÓN 


7. Mediante la diligencia en el cuidado de nuestros corazones podremos prevenir las ocasiones de escándalos fatales y piedras de tropiezo del mundo.

¡Ay del mundo por los tropiezos! Mantengamos un corazón fiel, y estaremos preparados para cualquier situación o servicio al que seamos llamados.

Este es el único deber que nos prepara para ser útiles en cualquier situación. Con él podemos soportar la prosperidad y la adversidad, podemos negarnos a nosotros mismos, y volvernos a cualquier mundo. Fue de esta manera que Pablo convirtió toda circunstancia en algo bueno, y se hizo a sí mismo tan útil. Cuando predicaba a otros, le proveyó para no ser arrastrado con ellos: él guardaba su corazón, y todo aquello en lo que destacaba parecía tener una conexión cercana con su diligencia a la hora de guardar su corazón.

8. Si el pueblo de Dios guardase sus corazones con diligencia, su compromiso unos con otros sería mucho más provechoso.

Entonces se diría "¡Cuán hermosas son tus tiendas, oh Jacob, tus habitaciones, oh Israel!" Es la comunión que el pueblo de Dios tiene con Padre y con el Hijo la que aviva los deseos de otros a tener comunión junto con ellos.

Si los creyentes se convencieran de pasar más tiempo y tomarse más molestias sobre sus corazones, habría pronto una divina excelencia en su conversación y otros considerarían que estar con ellos no es un privilegio pequeño. Son el orgullo, las pasiones y lo terrenal que hay en nuestros corazones los que han arruinado el compañerismo cristiano.

¿Por qué es que cuando los cristianos se reúnen, con frecuencia están peleando y contendiendo, sino porque sus pasiones no están mortificadas? ¿De dónde vienen las censuras sin misericordia que hacen los cristianos de sus hermanos, si no es de la ignorancia de ellos mismos? ¿Por qué son tan rígidos y tienen tan pocos sentimientos por los que han caído, sino por el hecho de que no sienten sus propias debilidades e inclinaciones a la tentación? ¿Por qué es su conversación tan ligera e infructuosa cuando se reúnen, si no es porque sus corazones son terrenales y vanos?

Pero, si los cristianos estudiasen sus corazones más y los guardasen mejor, la hermosura y gloria de la comunión sería restaurada. No se dividirían más, ni pelearían mas, pararían de censurarse con aspereza. Sus sentimientos serían buenos los unos hacia los otros si cada día se viesen humillados por el sentir de la maldad de su propio corazón.

jueves, 1 de agosto de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 

UN LLAMADO A QUE LA IGLESIA GUARDE EL CORAZÓN

4. Si nuestro corazón se guarda fielmente, todos los tiempos con Dios nos darán consuelo y provecho.

Si nuestro corazón estuviese en la disposición correcta, tendríamos una viva comunión con Dios cada vez que nos acercásemos a Él. Podríamos decir con David "Dulce será mi meditación en Él" (Salmos 104:34).

Es la indisposición del corazón lo que hace que las ordenanzas y las oraciones en privado de algunos no sean de consuelo. Luchan por elevar sus corazones a Dios, utilizando primero un argumento y luego otro para avivarse y emocionarse, sin embargo, a menudo han casi terminado el tiempo antes de que sus corazones comiencen a interesarse, y algunas veces acaban yéndose igual que vinieron.

Pero el cristiano que está preparado porque guarda su corazón constantemente, entra inmediatamente y de todo corazón a sus tiempos con Dios; supera a su vecino perezoso y obtiene el primer atisbo de Cristo en los sermones, el primer sello de Cristo en un sacramento, la primera comunicación de gracia y amor en sus oraciones privadas. Si ha de haber algo valioso y que traiga consuelo en las ordenanzas y tiempos privados con Dios, observemos nuestro corazón y guardémoslo.

5. Un conocimiento de nuestro propio corazón nos proveerá de una fuente de motivos para la oración.

La persona que es diligente al trabajar su corazón, tendrá un suministro rico de asuntos que presentar a Dios. No se verá confundida con una falta de pensamientos, ni a su lengua le faltarán expresiones.

6. La cosa más deseable del mundo, es decir, el avivamiento de la fe en un pueblo, puede efectuarse por medio de aquello a lo que estamos instando.

¡Oh, cuánto desearía ver el tiempo en el que la gente que dice ser cristiana no anduviese haciendo demostraciones vanas! ¡Un tiempo en el que no se sintiesen más contentos con ganar renombre para sus vidas, mientras están espiritualmente muertos! ¡Un tiempo en que no siguiesen siendo compañeros de personas vanas e infladas, sino que la santidad brillara en su conversación y asombrase al mundo! ¡Un tiempo en que su hablar produjese reverencia de todos los que les rodeasen y les hiciera decir "Dios está en verdad en estas personas"!

¿Podemos esperar un tiempo así? ¡Hasta que trabajar el corazón se convierta en la ocupación de los que profesan ser creyentes, no espero ver tal bendición!
¿No es triste ver cómo la fe es despreciada y pisoteada, y los que la profesan son ridiculizados y menospreciados en el mundo? Aquellos que la profesan ¿no recuperaremos su crédito? ¿No buscaremos obtener un testimonio honroso en la conciencia de nuestros mismos enemigos?

miércoles, 31 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
UN LLAMADO A QUE LA IGLESIA GUARDE EL CORAZÓN


2. El estudio y observación de nuestro propio corazón nos guardará contra los peligrosos y contagiosos errores de la época en que vivimos.

¿Cuál es la razón de que tanta gente que profesa la fe, la haya abandonado y se haya vuelto hacia las fábulas? ¿Por qué tantos se han visto arrastrados por el error de los impíos? ¿Por qué aquellos que han sembrado doctrinas corruptas tienen tan buena cosecha entre nosotros, sino porque se han encontrado con una raza de gente que nunca supo qué es lo que pertenece a la piedad práctica y al estudio y cuidado de sus corazones?

3. Nuestro cuidado y diligencia a la hora de guardar el corazón será una de las mejores evidencias de nuestra sinceridad.

No conozco ningún acto externo que verdaderamente distinga al creyente verdadero del falso. Es maravilloso lo lejos que los hipócritas pueden llegar en sus obras externas, lo plausiblemente que pueden ordenar el exterior, escondiendo todas sus indecencias de la observación del mundo.

Pero no se preocupan de sus corazones. En lo secreto no son las mismas personas que son en público. Y ante esa prueba, no hay ningún hipócrita que pueda sostenerse. Pueden, desde luego, en un ataque de terror o en sus lechos de muerte, clamar por la maldad de sus corazones; pero tales quejas forzadas no tienen ningún efecto. En la ley no debe darse crédito al testimonio de alguien que está en el potro de tortura, porque es de suponer que lo extremo de su sufrimiento, lo hará decir cualquier cosa para obtener alivio.

Pero si el celo por nosotros mismos, el cuidado y la vigilancia son una labor diaria que enmarca nuestros corazones, podremos tener alguna evidencia de nuestra sinceridad.

martes, 30 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
UN LLAMADO A QUE LA IGLESIA GUARDE EL CORAZÓN

Si guardar el corazón es un asunto tan importante, si se pueden derivar grandes ventajas de ello, si hay tantos intereses valiosos involucrados en esto, permítanme que clame sobre el pueblo de Dios en todo lugar para que se involucre en este trabajo de todo corazón.

Oh, estudiemos nuestros corazones, vigilemos nuestros corazones, ¡guardemos nuestros corazones! Abandonemos las controversias infructuosas y las preguntas inútiles, abandonemos los nombres y demostraciones vanas, dejemos las conversaciones infructuosas y la atrevida censura que hacemos de los demás, y volvámosla sobre nosotros mismos. ¡Que en este día y en esta hora nos propongamos hacerlo!

Lector, creo que debo continuar contigo. Todo lo que te ruego es esto: que te apartes más a menudo para hablar con Dios y con tu propio corazón, que no consientas que ninguna trivialidad te distraiga, que mantengas una cuenta más seria y fiel de tus pensamientos y tus afectos; que seriamente exijas a tu propio corazón, al menos cada noche: "Oh corazón mío, ¿dónde has estado hoy, y en qué has ocupado tus pensamientos?"

Si todo lo dicho para animar a esto no es suficiente, todavía tengo algunos motivos más para ofrecer:

1. Estudiar, observar, y guardar diligentemente nuestros corazones ayudará de forma sorprendente a entender los profundos misterios de la fe.

Un corazón honesto y bien experimentado es una ayuda excelente para la cabeza. Tal corazón servirá de comentario a una gran parte de las Escrituras. Por medio de un corazón así tendremos un mayor entendimiento de lo divino que el hombre más estudiado (pero sin gracia) haya tenido o pueda tener jamás. No solo tendremos un entendimiento más claro de esto, sino una comprensión más interesante y provechosa. Una persona puede discurrir de manera ortodoxa y profunda sobre los efectos de la fe, las tribulaciones y consuelos de la conciencia y la dulzura de la comunión con Dios, sin haber sentido la eficacia y la dulce impresión que estas cosas producen sobre el alma. ¡Pero cuán oscuras y secas son sus nociones comparadas con las de un cristiano experimentado!

lunes, 29 de julio de 2024

Cosmovisión: elasticidad, crisis y evangelismo - Sam Masters

 


GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

CONSIDERACIONES FINALES SOBRE LA FALTA DE CUIDADO DEL CORAZÓN

3. Falta de verdaderos cristianos

Finalmente, para despertar a todos, infiero que, si el guardar el corazón es la gran obra del cristiano, existen pocos cristianos verdaderos en el mundo.

Si todo aquel que ha aprendido el dialecto del cristianismo y que puede hablar como un santo, si todo el que tiene don y parte y puede predicar, orar, o hablar como un cristiano, en otras palabras, si todos los que se asocian con el pueblo de Dios y toman parte en las ordenanzas pueden pasar por ser considerados cristianos, entonces sí que hay muchos.

Pero encontramos muy pocos si los juzgamos por esta regla: ¡Cuán pocos hay que guarden sus corazones conscientemente, que miren sus pensamientos y disciernan escrupulosamente sus motivaciones! Hay pocas personas que entren al cuarto de oración entre los que dicen ser cristianos. Es más fácil ponerse al día con otros deberes de la fe que con este.

La parte secular del mundo hará poco más que entremeterse de vez en cuando con los deberes religiosos, y mucho menos se involucrará con el cuidado del corazón; y en lo que respecta a los hipócritas, aunque pueden ser muy meticulosos con lo externo, es difícil persuadirlos de cumplir con este trabajo interior y difícil, que descubre rápidamente aquello que el hipócrita no se preocupa por conocer.

Así que, por consenso general, este trabajo del corazón se deja en manos de unas pocas personas apartadas, y me da temor pensar en lo pocas que son estas manos.

domingo, 28 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

CONSIDERACIONES FINALES SOBRE LA FALTA DE CUIDADO DEL CORAZÓN

2. La falta de consuelo en este mundo

También se deduce, para humillación del pueblo de Dios, que, a menos que se dedique más tiempo y esfuerzo a los corazones del que normalmente se dedica, es probable que nunca hagan mucho servicio a Dios, ni tengan mucho consuelo en este mundo. Podríamos decir del cristiano que es renuente y abandonado en cuidar su corazón, lo que Jacob dijo a Rubén: no serás el principal (Génesis 49:4).

Entristece ver cuántos cristianos hay que viven en un nivel muy pobre, tanto de servicio como de consuelo espiritual, y que se mueven por ahí deprimidos y quejándose. Pero ¿cómo podrían esperar que fuese de otra manera si viven de manera tan descuidada? ¡Oh, cuán poco tiempo pasan en su cuarto, examinando, humillando y avivando sus corazones! Cristiano, dices que tu corazón está muerto, ¿y te sorprendes de que lo esté, si no lo mantienes junto a la fuente de vida? Si tu cuerpo tuviese la misma dieta que tu alma, también estaría muerto. Y no puedes esperar que tu corazón esté en mejor estado hasta que te tomes más esfuerzos con él.

¡Oh cristianos! Temo que nuestro celo y fuerzas hayan estado esforzándose en la capilla equivocada. Temo que la mayoría de nosotros pueda recoger la queja de la iglesia: "Me pusieron a guardar las viñas; y mi viña, que era mía, no guardé" (Cantares 1:6).

Hay dos cosas que han devorado el tiempo de los que profesan ser creyentes en esta generación, y que los han distraído tristemente del trabajo de su corazón.

En primer lugar, las controversias infructuosas, iniciadas por Satanás. No dudo que con el propósito de apartarnos de una piedad práctica, nos haya hecho rompernos la cabeza cuando deberíamos estar inspeccionando nuestros corazones.

Hemos tenido en poco la observación de "buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas" (es decir, con disputas y controversias acerca de las viandas), (Hebreos 13:9). ¡Cuánto mejor es ver a los hombres vivir como deben, que escucharles disputar con sutileza! ¡Cuánto daño han hecho a las iglesias esas preguntas infructuosas, cuánto tiempo y cuántos espíritus malgastados, y cuántos cristianos retirados de su ocupación principal!

¿No habría sido mejor si las preguntas que agitan al pueblo de Dios en los últimos tiempos fuesen estas?:

    • ¿Cómo puede alguien distinguir las operaciones especiales del Espíritu de las comunes?
    • ¿Cómo puede un alma discernir sus primeros pasos apartándose de Dios?
    • ¿Cómo puede un cristiano que se ha apartado recuperar su primer amor?
    • ¿Cómo puede el corazón preservarse de los pensamientos poco razonables cuando está en su tiempo con Dios?
    • ¿Cómo puede descubrirse y mortificarse un pecado que está en nuestro seno?

Seguir este curso ¿No daría como resultado más honra para la fe y más consuelo para las almas? Avergüenza ver que los profesantes de esta generación son todavía insensibles a su necedad. ¡Oh si Dios cambiase sus disputas y contenciones por una piedad práctica!

En segundo lugar, las preocupaciones y estorbos del mundo han aumentado enormemente el descuido de nuestros corazones.

Las cabezas y los corazones de mucha gente se han llenado con tal acumulación y ruido de los negocios mundanos que, lamentablemente han declinado en su celo, su amor, su deleite en Dios, y en su forma celestial seria y provechosa de conversar con los hombres.

¡Cuán miserablemente nos hemos enredado en la espesura de estos asuntos sin importancia! Nuestros discursos, conferencias, e incluso nuestras mismas oraciones se han visto teñidos con ello. Tenemos tanto quehacer fuera, que no hemos podido hacer mucho dentro. ¿Y cuántas preciosas oportunidades hemos perdido así? ¿Cuántas amonestaciones del Espíritu han pasado infructuosamente? ¿Cuán a menudo nos ha llamado Dios y nuestros pensamientos mundanos nos han impedido escuchar?

Pero ciertamente existe una forma de disfrutar de Dios incluso en nuestros empleos mundanos. Si perdemos la vista de Él cuando estamos ocupados en nuestros asuntos temporales, la falta es nuestra.

Es bien cierto que los cristianos deberían llegar frente a la puerta de la eternidad teniendo más trabajo en sus manos del que pueden hacer debido a su tiempo, ¡y sin embargo están llenando sus mentes y corazones con tonterías!

sábado, 27 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
CONSIDERACIONES FINALES SOBRE LA FALTA DE CUIDADO DEL CORAZÓN

Pasamos ahora a mejorar y aplicar lo anterior.

Hemos visto que el cuidado del corazón es la gran obra de un cristiano, en la que consisten el alma y vida mismas de la fe, y sin la cual todas las demás obligaciones no tienen valor a ojos de Dios. Por tanto, para consternación de los hipócritas y de las personas que solo profesan el cristianismo formalmente, concluimos:

1. La inutilidad del esfuerzo de muchos que dicen ser creyentes

Los dolores y trabajos por los que muchas personas han pasado en su religión no tienen valor, y no serán tenidos en buena cuenta. Los seres humanos han realizado muchos servicios espléndidos que Dios, al final, rechazará: no se sostendrán en el registro para aceptación eterna, porque los que los realizaron no pusieron atención en guardar sus corazones con Dios. Esta es la fatal piedra en la que miles de personas que dicen ser cristianos tropiezan y se arruina eternamente. Son precisos en los asuntos externos de la fe, pero sin cuidar sus corazones.

Oh, ¡cuántas horas han pasado algunos escuchando, orando, leyendo y conferenciando! Y aun así, en lo que respecta al objetivo final de la fe, tanto da que se hubiesen sentado en silencio sin hacer nada, ya que la gran obra, es decir, la del corazón, estaba siendo descuidada todo el tiempo.

Si somos falsos cristianos ¿Cuándo hemos derramado una lágrima por lo muerto, endurecido, incrédulo y terrenal que es nuestro corazón? ¿Creemos que esta religión fácil nos salvará? Si creemos que sí, deberíamos dar la vuelta a las palabras de Cristo y decir: grande es la puerta y ancho el camino que lleva a la vida, y muchos son los que entran por él.

Que me escuchen los hipócritas que se autoengañan: has apartado a Dios con tus deberes sin corazón, has actuado en tu religión como si bendijeses un ídolo, tú, que no has podido observar tu corazón, regularlo y ejercitarlo en tus obras, ¿cómo permanecerás en la venida del Señor? ¿Cómo mantendrás en alto la cabeza cuando Él diga: "Oh, hombre disimulado y de corazón falso ¿cómo puedes profesar la fe? ¿Con ese rostro pudiste decir tantas veces que me amabas, cuando sabías por tu conciencia que tu corazón no estaba conmigo?" Temblemos al pensar el terrible juicio que se dará a los corazones desatendidos y descuidados, que toman los deberes religiosos como si fuesen un sonajero para calmar y silenciar la conciencia.

viernes, 26 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

12. EL TIEMPO DE UNA ENFERMEDAD MORTAL

EN CUARTO LUGAR, reflexionar en el hecho de que mediante la muerte Dios evita a su pueblo grandes problemas y tentaciones puede mejorar nuestra disposición a morir.

Cuando una calamidad extraordinaria viene sobre el mundo, Dios a veces quita a sus santos del camino del mal. Así murió Matusalén en el año antes del diluvio; Agustín un poco antes del saqueo de Hipona; Pareus justo antes de la toma de Heidelberg. Lutero observa que todos los apóstoles murieron antes de la destrucción de Jerusalén, y Lutero mismo murió antes de que las guerras estallasen en Alemania.

Puede ser por tanto, que la muerte nos haga escapar de una dura prueba, que no podríamos ni necesitamos soportar. Pero si no hay ningún problema extraordinario que fuera a venir en caso de que nuestra vida fuese prolongada, puede que aun así Dios quiera librarnos de los innumerables males y cargas que son inseparables de nuestro estado actual.

Seríamos librados del pecado que aún queda en nuestro interior, que es el mayor problema. Seríamos librados de todas las tentaciones de cualquier tipo, de los problemas y vergüenzas corporales, y de todas las aflicciones y tristezas de esta vida. Los días de nuestro lamentar terminarían y Dios enjugaría todas las lágrimas de nuestros ojos. ¿Por qué entonces no tendríamos prisa por marcharnos?

EN QUINTO LUGAR, si todavía nos resistimos a marchar, como Lot en Sodoma, ¿cuál es nuestro ruego y preferencia por una vida más larga? ¿Por qué estamos poco dispuestos a morir?

Puede que estemos preocupados por el bienestar de las personas cercanas a nosotros. Si es así, y estamos preocupados por su sustento temporal, permitamos que la Palabra de Dios nos satisfaga: "Deja tus huérfanos, yo los criaré; y en mí confiarán tus viudas" (Jeremías 49:11). Lutero decía en su última voluntad: "Señor, tú me has dado una esposa e hijos, no tengo nada que dejarles, pero te los encomiendo a ti. Oh, padre de los huérfanos y defensor de viudas, susténtalos, guárdalos y enséñales".

Pero ¿estamos preocupados por el bienestar espiritual de nuestras personas cercanas? Recordemos que no podemos convertirlas ni aun si siguiésemos viviendo; y Dios puede hacer que nuestras oraciones y consejos sean efectivos después de muertos.

Quizás es que deseamos servir a Dios durante más tiempo en este mundo. Pero si Él no tiene nada más para que hagamos aquí, ¿por qué no decir junto con David, "aquí estoy, haga de mí lo que bien le pareciere" (2 Samuel 15:26)? Él nos está llamando a lo alto, a servir en el cielo, y puede cumplir con otras manos lo que deseamos hacer aquí.

¿Es que nos sentimos demasiado imperfectos para ir al cielo? Pensemos que hemos de ser imperfectos hasta la muerte, nuestra santificación no puede completarse hasta que lleguemos al cielo.

"Pero", se podría decir, "quiero estar seguro; si pudiera tener seguridad podría morir con facilidad". Consideremos entonces que, una disposición del corazón por dejarlo todo en el mundo y ser libres del pecado y estar con Dios es la forma directa de la seguridad que se desea; ninguna persona carnal estaría dispuesta a morir, en base a eso.

Así hemos mostrado cómo el pueblo de Dios, en los tiempos más difíciles, puede guardar sus corazones con toda diligencia.

jueves, 25 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

12. EL TIEMPO DE UNA ENFERMEDAD MORTAL

EN SEGUNDO LUGAR, puede que sirva de ayuda para que nuestro corazón no se atemorice al considerar que la muerte es necesaria para prepararnos para el pleno disfrute de Dios.

Ya sea que estemos dispuestos a morir o no, ciertamente no hay otro modo de completar la felicidad de nuestra alma. La muerte debe hacernos el oficio de quitarnos este velo de carne, esta vida animal que nos separa de Dios, antes de que lo podamos ver y disfrutar plenamente.

"Entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor" (2 Corintios 5:6) ¿Quién no estaría dispuesto a morir por el disfrute perfecto de Dios? Deberíamos gemir como un prisionero a través de los barrotes de esta mortalidad: "¡Oh, si tuviese alas como una paloma, entonces volaría y descansaría!"

Cierto es que la mayoría de los hombres necesitan paciencia para morir, pero un santo, que entiende a qué lo introducirá la muerte, más bien necesita paciencia para vivir. En su lecho de muerte debería mirar afuera y escuchar la venida de su Señor, y cuando percibe que su partida está cerca debería decir: "¡La voz de mi amado! He aquí Él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados" (Cantares 2:8).

EN TERCER LUGAR, consideremos que la felicidad del cielo comienza inmediatamente después de la muerte.

Esa felicidad no será pospuesta hasta la resurrección, sino que tan pronto como la muerte haya pasado sobre nosotros, nuestra alma será sorbida por la vida. Cuando hayamos soltado amarras de esta costa, seremos rápidamente impulsados hasta las orillas de una eternidad gloriosa.

¿No podremos decir entonces: "Deseo partir y estar con Cristo"? Si el alma y el cuerpo muriesen juntos, o durmiesen hasta la resurrección como algunos han imaginado, hubiese sido una necedad por parte de Pablo desear partir para disfrutar de Cristo, poque habría disfrutado más en el cuerpo de lo que hubiese podido hacerlo fuera de él.

Las Escrituras hablan solo de dos maneras en las que el alma puede vivir: Por fe y por vista. Estas dos formas comprenden la existencia presente y la futura. Ahora bien, si cuando la fe falta, la vista no continúa inmediatamente, ¿qué sería del alma?

Pero la verdad sobre este asunto está claramente revelada en las Escrituras. Miremos en Lucas 24:3 y Juan 14:3. ¡Qué bendito cambio hará la muerte en nuestra condición! ¡Levántate, santo moribundo, y regocíjate! Deja que la muerte haga su trabajo, que los ángeles conduzcan tu alma al mundo de la luz.

miércoles, 24 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

12. EL TIEMPO DE UNA ENFERMEDAD MORTAL

El último tiempo que mencionaremos en el que es necesario guardar el corazón con toda diligencia, es cuando la enfermedad nos advierte que nuestra hora está cerca.

Cuando un hijo de Dios se acerca a la eternidad, el adversario realiza su último esfuerzo, y como no puede ganar el alma que está en Dios porque no puede destruir la ligadura que une el alma a Cristo, su gran plan es despertar el temor a la muerte, llenar la mente con aversión y horror ante el pensamiento de ser separados del cuerpo.

Es por eso que en el pueblo de Dios se puede observar que hay mucho temor a tomar la mano fría de la muerte, una falta de disposición a marcharse. Pero de la misma manera en que hemos de vivir como santos, así hemos de morir.

Ofreceremos varias consideraciones pensadas para ayudar al pueblo de Dios en el tiempo de enfermedad, para mantener sus corazones libres de todos los objetos terrenales, y dispuestos a morir con contentamiento.

EN PRIMER LUGAR, la muerte es algo inocuo para el pueblo de Dios. Sus flechas no dejan la punta clavada. ¿Por qué tener temor de que nuestra enfermedad pueda ser para muerte? Si fuésemos a morir en nuestros pecados, si la muerte fuese a reinar sobre nosotros como un tirano, si fuese a alimentarse de nosotros como un león de su presa, si la muerte fuese un precursor del infierno, entonces podríamos asustarnos con razón y encogernos ante ella desmayando con terror. Pero si nuestros pecados han sido borrados y Cristo ha vencido a la muerte en nuestro favor, de forma que lo único con lo que nos encontraremos es con dolor corporal, y posiblemente ni siquiera eso, si la muerte es la que nos trae el cielo ¿por qué habríamos de preocuparnos? ¿Por qué no darle la bienvenida? No nos puede hacer daño, es liviana e inocua. Es como quitarnos la ropa o irnos a descansar.

martes, 23 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

11. EL TIEMPO DE LOS SUFRIMIENTOS POR LA FE 

En cuarto lugar, ¿Es que el Redentor descuidó nuestros intereses y pensó poco en nosotros cuando por nuestro bien soportó sufrimientos que no tienen comparación con los nuestros? ¿Él se echó atrás? No. "Sufrió la cruz, menospreciando el oprobio" (Hebreos 12:2). ¿Soportó Él esto por nosotros con paciencia y constancia inquebrantable, y nos encogeremos por un sufrimiento temporal por su causa?

En quinto lugar, ¿es que podemos abandonar tan fácilmente la comunidad de creyentes y los privilegios de los santos y volvernos al lado del enemigo? ¿Estamos dispuestos a retirar nuestro apoyo a aquellos que se han propuesto perseverar, y poner nuestra influencia en la balanza en contra de ellos? Preferible sería que nuestro cuerpo y alma se deshicieran. "Si retrocediere, no agradará a mi alma" (Hebreos 10:38).

En sexto lugar, ¿cómo podremos mantenernos frente a Cristo en el día del juicio si lo abandonamos ahora? "El que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles (Marcos 8:38).

Solo un poco más, y el Hijo del Hombre vendrá en las nubes del cielo, con poder y gran gloria, para juzgar al mundo. Se sentará en el trono de juicio, y todas las naciones serán puestas delante de Él. Imaginemos que estamos viendo lo que sucederá aquel día. Contemplemos a los impíos, a los apóstatas, y escuchemos la sentencia consumadora que se pronuncia sobre ellos, y veamos cómo se hunden en el pozo de la desgracia infinita y eterna. ¿Abandonaremos a Cristo ahora, dejaremos su causa para librarnos de un poco de sufrimiento o para promover una infructuosa vida en la tierra? ¿Nos expondremos al destino de un apóstata?

Recordemos que aunque podamos silenciar las reconvenciones de nuestra conciencia ahora, no podremos evitar luego la sentencia del Juez. Guardemos nuestro corazón por estos medios, para que no se aparte del Dios viviente.

lunes, 22 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

11. EL TIEMPO DE LOS SUFRIMIENTOS POR LA FE

Otro tiempo en el que el corazón ha de guardarse con toda diligencia es cuando se ponen sobre nosotros sufrimientos por nuestra fe. Bendito es el hombre que en este tiempo no se ofende en Cristo.

Sea cual sea el tipo o grado de nuestros sufrimientos, si son por causa de Cristo y del Evangelio, no escatimemos ninguna diligencia para guardar nuestro corazón. Si nos vemos tentados a encogernos o vacilar bajo ellos, permitamos que las siguientes consideraciones nos ayuden a repeler y a superar la instigación.

En primer lugar ¡Cuánto reproche pondríamos sobre el Redentor y la fe si lo abandonamos en un tiempo como este! Estaríamos proclamando al mundo cuánto nos hemos jactado de las promesas, que cuando somos puestos a prueba, en medio de las mismas no nos atrevemos a arriesgar nada sobre la fe. Y esto daría a los enemigos de Cristo ocasión para blasfemar. 
¿Adornaremos de tal manera los triunfos de los incircuncisos? 

Ah, si valorásemos el nombre de Cristo tanto como los hombres impíos valoran sus propios nombres, no dejaríamos que el suyo fuese expuesto al desprecio de esta manera. ¿Acaso las orgullosas cenizas y el polvo no temen la muerte y el infierno más que ver desgraciados sus nombres? ¿Y nosotros no soportaremos nada por mantener el honor de Cristo?

En segundo lugar ¿Nos atreveremos a violar nuestra conciencia dando gusto a nuestra carne y sangre?

¿Quién nos consolará cuando nuestra conciencia nos acuse y condene? ¿Qué felicidad puede haber en la vida, en la libertad o en los amigos cuando la paz interior es arrebatada? Consideremos bien lo que hacemos.

En tercer lugar ¿No es el interés público de Cristo una causa mucho más importante que cualquier interés propio? ¿No preferiremos su gloria y la prosperidad de su reino antes que cualquier otra cosa? ¿Debería un sufrimiento temporal, o cualquier sacrificio que nos veamos llamados a hacer entrar en competición con el honor de su nombre?

domingo, 21 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 
3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

10. EL TIEMPO DE DUDA Y DE OSCURIDAD ESPIRITUAL.

MOTIVOS PROPIOS PARA EL ABATIMIENTO

6. La falta de respuesta a la oración

¿Es la aparente falta de respuesta a la oración motivo de nuestro abatimiento? ¿Estamos dispuestos a decir: "Si Dios tuviese algún tipo de preocupación por mi alma habría escuchado mis peticiones antes; pero no tengo respuesta de Él, por tanto no hay interés"?

Esperemos un momento. Aunque el hecho de que Dios aborrezca y finalmente rechace la oración es evidencia de que rechaza a la persona que ora, ¿nos atrevemos a concluir que Él nos ha rechazado porque una respuesta a nuestra oración se retrasa o porque no hemos descubierto que ya está concedida?

"¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?" (Lucas 18:7). Otros han tropezado en el mismo sitio que nosotros: "Cortado soy de delante de tus ojos; Pero tú oíste la voz de mis ruegos cuando a ti clamaba" (Salmos 31:22).

¿Acaso no hay algo en nuestra experiencia que indique que nuestras oraciones no son rechazadas, aunque la respuesta a las mismas se retrase? ¿No estamos dispuestos a continuar orando aunque no veamos una respuesta? ¿No estamos dispuestos a atribuir rectitud a Dios mientras consideramos la causa de su silencio como algo que está dentro de nosotros? Así lo hizo David: "Dios mío, clamo de día y no respondes; Y de noche, y no hay para mí reposo. Pero tú eres santo" (Salmos 22:2-3).

Preguntémonos si el retraso de la respuesta a nuestra oración nos incita a examinar nuestro corazón y probar nuestros caminos para que podamos eliminar la dificultad. Si es así, tenemos motivo para sentirnos humildes, pero no para desesperar.

*******

Así hemos mostrado cómo guardar el corazón en las temporadas de oscuridad y duda. Que Dios evite que ningún corazón falso pueda tomar aliento de estas cosas. Es lamentable que cuando damos a cada uno su parte, el santo y el pecador tienden a tomar la parte del otro.

sábado, 20 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 

3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

10. EL TIEMPO DE DUDA Y DE OSCURIDAD ESPIRITUAL.

MOTIVOS PROPIOS PARA EL ABATIMIENTO

4. Falta de emoción en la devoción en privado

Las dudas y miedos podrían venir de una carencia de emoción en privado que sí encontramos en los ejercicios públicos. Consideremos entonces si hay alguna circunstancia al atender a la devoción en público que está particularmente calculada para despertar nuestros sentimientos y elevar nuestra mente, y que no puede afectarnos en privado. De ser así, si nuestra comunión secreta está siendo realizada con fidelidad y de manera adecuada, puede ser provechosa aunque no tenga todas las características de la que hacemos en público.

Si pensamos que tenemos ensanchamiento y deleite espiritual en el ejercicio público mientras descuidamos los tiempos con Dios en privado, sin duda nos engañamos. Ciertamente, si estamos descuidando la devoción privada o no nos importa la misma, hay grandes razones para temer. Pero si las realizamos con regularidad y fidelidad, no se puede concluir que sean vanas e inútiles o que no tengan gran valor solo porque no sean atendidas con tanta emoción como a veces encontramos en público.

¿Y qué si al Espíritu le agrada más favorecerte con su influencia llena de gracia en un lugar y momento que en otro? ¿Debería eso ser motivo para la murmuración y la incredulidad, o más bien un motivo para agradecer?

5. Las sugerencias del enemigo

Las sugerencias blasfemas y viles de Satanás a veces causan gran confusión y angustia. Parecen poner un abismo de corrupción en el corazón y decirnos que no hay gracia en él. Pero puede haber gracia en un corazón en el que tales pensamientos se inyectan, aunque no en un corazón que consiente y disfruta de esos pensamientos.

Preguntémonos si aborrecemos y nos oponemos a esos pensamientos, si nos negamos a abandonarnos a su influencia, y si luchamos por mantener pensamientos reverentes y santos acerca de Dios y de todas las cosas de la fe. Si es así, tales sugestiones son involuntarias, y no son evidencia contra nuestra piedad.

viernes, 19 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL


 3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

10. EL TIEMPO DE DUDA Y DE OSCURIDAD ESPIRITUAL.

MOTIVOS PROPIOS PARA EL ABATIMIENTO

2. Disminución de nuestros afectos por Dios

¿Sentimos un declinar de nuestros sentimientos por Dios y los temas espirituales? Puede que siga habiendo esperanza aunque este sea el caso.

Pero es posible que haya una equivocación respecto a esto. Hay muchas cosas que aprender, y la experiencia cristiana tiene relación con una gran variedad de temas. Puede que en esta experiencia estemos aprendiendo algo que es muy necesario que sepamos como cristianos.

¿Y qué si no somos tan sensibles y tan vivos en nuestras emociones, o no tenemos las mismas visiones arrebatadoras que teníamos al principio? ¿Es que no puede estar creciendo nuestra piedad en solidez y consistencia, y adaptándose mejor a propósitos prácticos? ¿Acaso puede deducirse del hecho de que no siempre estemos en la misma disposición mental o de que los mismos objetos no nos emocionen igual en todo tiempo, que nuestra fe no es verdadera? Quizás nos engañamos a nosotros mismos al mirar hacia adelante a lo que seremos, en lugar de contemplar lo que somos comparado con lo que fuimos una vez.

3. Aumento de nuestro amor por disfrutes terrenales

Si la base para tomar conclusiones desesperadas con respecto a nosotros mismos es la fuerza de nuestro amor por los disfrutes terrenales, quizás estemos argumentando de la siguiente forma: "Temo que amo las creaciones más que a Dios, y si es así, no tengo verdadero amor por Dios. A veces tengo sentimientos más fuertes por los consuelos terrenales que por los celestiales, por tanto, mi alma no es recta".

Si verdaderamente amamos lo creado por sí mismo, si lo convertimos en nuestro objetivo y nuestra fe solo es un medio para obtenerlo, entonces la conclusión anterior es la correcta, porque esto es incompatible con el amor supremo a Dios.

Pero una persona puede amar a Dios más ardientemente de lo que ama cualquier otra cosa, y aun así, cuando Dios no es el objeto directo de sus pensamientos, puede ser sensible a un amor más fuerte por lo creado que el que tiene por Dios en ese instante. Del mismo modo que la maldad enraizada indica un odio más fuerte que una emoción repentina más violenta, hemos de juzgar nuestro amor, no por un movimiento impetuoso del mismo de vez en cuando, sino por la profundidad de su raíz y lo constante de su ejercicio. Quizás nuestra dificultad viene como resultado de probar nuestro amor con una prueba extraña e impropia.

Muchas personas temieron que cuando fueran sometidas a una gran prueba renunciarían a Cristo y se aferrarían a lo creado; pero cuando la prueba vino, Cristo lo fue todo, y el mundo no fue nada en su estima. Ese fue el temor de algunos mártires cuya victoria fue completa. Pero solo podemos esperar la ayuda divina en el tiempo y proporción de nuestra necesidad. Si queremos probar nuestro amor, miremos si estaríamos dispuestos a renunciar a Cristo en este mismo momento.

jueves, 18 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 

3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

10. EL TIEMPO DE DUDA Y DE OSCURIDAD ESPIRITUAL.

MOTIVOS PROPIOS PARA EL ABATIMIENTO

1. Recaída en pecados anteriores

¿Hemos caído en pecados de los que ya nos habíamos recuperado con vergüenza y dolor? Puede que concluyamos de eso, que estamos pecando con consentimiento y con frecuencia, y que nuestra oposición al pecado era hipócrita. Pero no demos todo por perdido apresuradamente.

¿Acaso no se renueva nuestro arrepentimiento y el cuidado que ponemos en no pecar con la misma frecuencia que pecamos? ¿Acaso no es el pecado en sí mismo lo que nos preocupa, y acaso no es verdad que, cuanto más pecamos más nos angustiamos?

Esto no sucede cuando se peca de forma normal. Es excelente lo que Bernard dice de esto: "Cuando un hombre acostumbrado a contenerse peca abultadamente, se le hace insoportable. Es como si descendiese vivo al infierno. Con el tiempo no parece insoportable, sino pesado, y entre insoportable y pesado la diferencia no es pequeña. Luego, el pecar se vuelve ligero, su conciencia apenas lo golpea y la persona no presta atención a los reproches de esa. Después ya no solo es insensible a la culpa, sino que aquello que le resultaba amargo y desagradable se convierte en algo dulce y placentero en cierta medida. Aún después se hace costumbre, y no solo agrada, sino que lo hace habitualmente. A su debido tiempo la costumbre se convierte en naturaleza, y la persona no puede ser disuadida de la misma, sino que la defiende y ruega por ella".

Así es el pecado habitual y permitido. Ese es el camino del impío. Pero ¿no es nuestro camino contrario a esto?

miércoles, 17 de julio de 2024

GUARDANDO EL CORAZÓN - JOHN FLAVEL

 

3- TIEMPOS QUE REQUIEREN UN CUIDADO ESPECIAL DEL CORAZÓN

10. EL TIEMPO DE DUDA Y DE OSCURIDAD ESPIRITUAL.

Cuando hemos digerido bien estas verdades, si seguimos con dudas y angustia, consideremos lo siguiente:

¿Sentimos que no tenemos parte en el favor de Dios porque nos hemos visto visitados por alguna aflicción extraordinaria?

Si ese es el caso, ¿estamos concluyendo de ello que las grandes pruebas son signos del odio de Dios? ¿Es eso lo que enseñan las Escrituras? ¿Nos atrevemos a pensar lo mismo de aquellos que han sido afligidos tanto o más que nosotros? Si el argumento es bueno en nuestro caso, también debería serlo en la aplicación al caso de ellos, y hasta más concluyente, ya que, en proporción, sus pruebas son mayores que las nuestras. Si es así, entonces ¡Ay de David, Job, Pablo y todos los que han sido afligidos como lo fueron ellos!

Pero si hubiésemos estado en quietud y prosperidad, si Dios hubiese retenido esas disciplinas con las que ordinariamente visita a su pueblo, ¿no tendríamos más razones para dudar y angustiarnos de las que tenemos ahora?

¿Estamos concluyendo precipitadamente que el Señor no nos ama porque ha retirado la luz de su rostro?

Si estamos considerando que nuestro estado es desesperado porque es oscuro e incómodo, mejor no nos precipitemos a formar esa conclusión. Si cualquiera de las dispensaciones de Dios para su pueblo puede ser considerada como favorable o dura, ¿por qué no habría de ser considerada en el mejor sentido? ¿No es posible que Dios tenga un designio de amor en lugar de uno de odio en la situación de la que nos estamos lamentando? ¿No es posible que se esté apartando un tiempo sin apartarse para siempre?

No somos los primeros que hemos confundido el designio de Dios al apartarse: "Sion dijo: Me dejó el Señor, y el Señor se olvidó de mí" (Isaías 49:14). Pero ¿fue así en realidad? ¿Cuál fue la respuesta de Dios? "¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz?" (Isaías 49:15). Y sin embargo ¿nos hundimos bajo la idea de que las evidencias de un abandono final y completo son claras en lo que experimentamos? ¿Hemos perdido la sensibilidad consciente con respecto al pecado? ¿Nos sentimos inclinados a abandonar a Dios?

Si es así, tenemos motivos para sentirnos alarmados. Pero si nuestra conciencia está viva, si estamos dispuestos a aferrarnos al Señor, si el lenguaje de nuestro corazón es "no puedo abandonar a Dios, no puedo vivir sin su presencia aunque me mate; aun así seguiré confiando en Él", entonces tenemos razón al esperar que nos visite de nuevo. Es mediante estos ejercicios que Él mantiene su interés en nosotros. Una vez más ¿el sentido y los sentimientos son adecuados para juzgar las dispensaciones de Dios en ello? ¿Se puede confiar de manera segura en su testimonio? ¿Podemos decir: "si Dios tiene algún amor por mi alma, debería sentirlo ahora al igual que lo sentía antes, pero no puedo sentirlo, por tanto se ha ido"? ¿Podríamos concluir de la misma forma que cuando el sol no es visible para nosotros, ha dejado de existir?

Leamos Isaías 1:10. Si no hay nada en el trato divino con respecto a nosotros que sea una base razonable para estar abatidos y angustiados, preguntémonos qué motivos hay en nuestra propia conducta por los cuales nos podemos sentir tan deprimidos.