Versículo para hoy:

jueves, 9 de julio de 2020

Un corazón en quietud, día 4 - Nancy DeMoss Wolgemuth



9 de julio - ¿Traición o negación? - Ray Stedman


 

Judas traicionó a Jesús; Pedro negó a su Señor. ¿Cuál es la diferencia entre estos dos hombres? ¿Cuál es la diferencia entre traicionar y negar?

Jesús mismo ya ha explicado esto. Dijo que Pedro ya había sido bañado y solo necesitaba lavarse los pies. Judas no se había bañado nunca y no le había abierto nunca su vida a Jesús. Pedro tenía los pies sucios, pero tenía un corazón limpio, mientras que Judas tenía un corazón malvado de incredulidad, aunque tal vez caminase exteriormente con una aparente moralidad, y esa es la clase de persona que traicionará a Jesús.

Lo que le faltaba a Pedro era entender el amor. Pedro creía amar a Jesús y así era, con toda la emoción humana de la que era capaz, pero no había aprendido aún cómo caminar según el amor de Cristo hacia él. No había aprendido todavía a descubrir su identidad, no mediante sus esfuerzos para intentar ser alguien en sí mismo sino en que Jesús le aceptase a él. Ese es el secreto y Jesús lo sabía. Pedro, con la máxima dedicación de su carne, con la consagración completa y con la sinceridad de su corazón, pudo decirle a Jesús: “Señor, sé a dónde vas; vas a la muerte, y yo pondré mi vida contigo”. Y Jesús entendía esto y le dijo: “Pedro, pero antes de que llegue la mañana, me negarás tres veces”.

Sí, usted se acordará de que en Juan 21, cuando Jesús se reunió con Sus discípulos a la orilla de Galilea después de la resurrección, hizo una hoguera para ellos y colocó algunos pescados para que se cocinasen, y desayunaron juntos. Cuando acabaron de comer, Jesús le dijo a Pedro: ―Pedro, ¿me amas?

Y Pedro dijo: ―Señor, tú sabes que te quiero.

Volvió a decirle: ―Pedro, ¿me amas?

―Señor, tú sabes que te quiero.

Y una vez más: ―Pedro, ¿me amas?

Y Pedro le respondió: ―Señor, tú todo lo sabes; sabes que te quiero.

Y fue entonces cuando Jesús dijo: ―Pastorea mis ovejas ―y le hizo un encargo a este discípulo después de que aprendió lo que significaba realmente el amor. Cuando Pedro aprendió cómo aprovechar el amor disponible en Jesús para ser fortalecido a fin de poder alcanzar con amor a otros, entonces fue cuando Jesús le envió con una comisión de alcance mundial a alimentar a las ovejas de Dios.

Juan nos deja con este relato para que nos ayude a darnos cuenta de que Jesús nos entiende a fondo y ve todo lo que está sucediendo en nuestras vidas, y está dispuesto a impartirnos el gran secreto mediante el cual podemos cumplir esa exigencia imposible, es decir: renunciar para poder recibir, perder para poder ganar, dejarnos derrotar a fin de levantarnos como el vencedor. Es cuando aprendemos a amar con el amor de Jesús y a depender de Él que “conocerán todos que sois mis discípulos” (v. 35).

Señor, enséñame a amar de esta manera. Yo me siento, como Pedro, inseguro, asustado, sabiendo lo débil que soy, sabiendo que mi amor humano no puede nunca soportar la presión y la prueba, pero sabiendo que Tú puedes decirme a mí, como se lo dijiste a Pedro: “No puedes seguirme ahora, pero después lo harás”.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Cómo entendemos nosotros el amor? ¿Dónde tiene su origen nuestro amor y, por lo tanto, de quién procede ese amor?

 


miércoles, 8 de julio de 2020

Un corazón en quietud, día 3 - Nancy DeMoss Wolgemuth



8 de julio - El secreto de la gloria - Ray Stedman


 

Fíjese usted en que se enfatiza la gloria en estos versículos. Este es el principio secreto por el cual alcanzamos la gloria, que es algo que todos anhelamos. Todos deseamos que otras personas tengan un elevado concepto de nosotros, y es a esto a lo que se refiere Jesús. El secreto de obtener la gloria es entregarse usted a sí mismo, es perderse. Él está esperando con anhelo la cruz, que se convirtió en una certidumbre al momento en que Judas se marchó de la habitación y Jesús dijo: “Ahora (ante la certidumbre de la cruz) es glorificado el Hijo del hombre”.

Fíjese usted en tres manifestaciones de la gloria mencionadas en esta frase. Primero, Jesús es glorificado en la cruz, y en la cruz el carácter interno de Jesús se hace visible. Juan dice: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre” (1:14). Toda esa gracia y verdad se hace visible en la cruz.

En segundo lugar, Dios se glorificó en Jesús, porque la cruz revela también al Padre. Ha surgido la extraña idea entre los cristianos de que Jesús es el que sufre como inocente, aplacando la ira de un Dios furioso que está dispuesto a golpear a la humanidad, pero ese no es el punto de vista bíblico. La Biblia dice: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Corintios 5:19a). En este versículo ve usted la misericordia, el amor y la gracia del Padre.

En tercer lugar, Dios le glorificará de nuevo y lo hará de inmediato. Aquí Jesús está pensando acerca de Su resurrección, y nuestro Señor está declarando un gran principio: ¿Cómo puede usted alcanzar la gloria? ¿Cómo logra usted el cumplimiento que está usted de manera muy legítima deseando? La respuesta es morir, “porque todo el que quiere salvar su vida la perderá, y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 16:25). Y justo detrás de la muerte está la resurrección. Pedro lo expresa de una manera muy precisa en su primera epístola: “Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte a su debido tiempo” (5:6).

Nosotros luchamos con esto, debatiéndonos por alcanzar el lugar más elevado. Nos dejamos llevar por la sospecha y astucia los unos con los otros. De modo que ¿cómo puede usted perder su vida? ¿Cuál es el poder que puede hacer que esté usted dispuesto a tirarlo todo por la borda? Es por eso que añade Jesús: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros, como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34). Ese es el poder que hace posible el sacrificio. La clave es la frase: “como yo os he amado”. Ese es el secreto. Es preciso que nuestro amor tenga su origen en Su amor por nosotros. Nosotros debemos tomar de Su amor por nosotros. Hemos de depender de Su amorosa aceptación a fin de que podamos alcanzar con amorosa aceptación a otros cerca de nosotros, tanto si son personas agradables como si no lo son.

Señor, veo la aparente paradoja de que la gloria se encuentra en el amor sacrificial. Ayúdame a permanecer en Tu amor a fin de que pueda someter mi voluntad a Ti y amar a otros con el amor que Tú me has dado.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Cuál es el secreto de la gloria? ¿Cómo conseguimos sentirnos personalmente realizados en cuanto a lo que legítimamente deseamos?

 


martes, 7 de julio de 2020

Un corazón en quietud, día 2 - Nancy DeMoss Wolgemuth


7 de julio - El punto sin retorno - Ray Stedman

El silencio de la noche - dominicos

 

Este capítulo empezó con la influencia satánica sobre Judas. En el versículo 2 Juan dice: “Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón, que lo entregara”. Aquí ve usted como Judas con su avaricia le dio una oportunidad al demonio. Cuando nosotros nos resistimos al amor de Dios y seguimos la marcha determinada hacia el mal, le concedemos la oportunidad al diablo; y él tuvo la oportunidad de introducir pensamientos en el corazón de Judas que echarían raíces de inmediato. Así que ya había puesto en el corazón de Judas el traicionar a Jesús, y el trato había quedado arreglado. Cuando Jesús le dio el bocado y Judas lo tomó y se lo comió sin una sola palabra o señal de arrepentimiento o remordimiento, pasó el punto sin retorno.

Los pilotos nos dicen que cuando vuelan por encima del océano llegan a un punto en el que hay igual distancia para regresar como para continuar al otro lado. Este es el punto sin retorno, y esta es una de las escenas más trágicas en toda la historia: el ver a Judas, mientras está todavía vivo, rechazando deliberadamente la verdad hasta el punto que va más allá de ninguna esperanza de recuperación. Al llegar a este punto, Satanás entró en él, y esto se convierte en una posesión satánica. Judas no tiene ya ningún control sobre su propia voluntad y no puede ya tomar ninguna decisión para resistirse al mal.

Esto es lo que podríamos llamar el Getsemaní de Judas. Justo después de este suceso Jesús se marcha del aposento alto y va con Sus discípulos al huerto. Allí se retira un poco para orar a solas. Esta es Su última oportunidad para volverse antes de la cruz. Usted recordará que oró, diciendo: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Y aunque sudó grandes gotas de sangre en la agonía de ese momento, al final del mismo vinieron los ángeles y le fortalecieron. Su resolución había permanecido inquebrantable. De manera semejante, aquí está Judas en el punto sin retorno. Es su última oportunidad para darse la vuelta, pero no la aprovecha. Y cuando toma esa decisión, Satanás viene y le fortalece, de manera que ya no puede darse la vuelta.

De modo que Jesús le manda, ahora que ya no hay oportunidad alguna de recuperación: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Y la última palabra de Juan es: “Salió en seguida. Era ya de noche”. Es muy posible que Juan estuviese pensando en los mismos términos que las palabras que habría de escribir después en su primera epístola: “si andamos en luz, como él está en luz”, si vamos adelante cuando nuestros pecados, nuestros fallos y debilidades están todas ellas presentes ante Dios y no intentamos justificar u ocultarlas, “... la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado” (1:7). Pero si nos volvemos de la luz, le damos la espalda a Jesús y nos marchamos, dispuestos a hacer nuestra propia voluntad, estamos caminando en la oscuridad.

Señor, Tu luz ha brillado sobre mi oscuro corazón y me ha dado nueva vida y esperanza. No permitas que me olvide nunca de que aparte de Tu gracia también yo me hubiese encontrado en el punto sin retorno.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Cómo puede el que nos resistamos a la provisión de Dios hacer que lleguemos al punto en que no es posible el retorno? ¿Cómo puede el aceptar la provisión de Dios en Cristo también llevarnos al punto sin retorno?

 


lunes, 6 de julio de 2020

Un corazón en quietud, día 1 - Nancy DeMoss Wolgemuth




6 de julio - Ninguna otra manera - Ray Stedman

Donde el hombre y Dios se dirigen uno al otro - nac.today

 

El contraste aquí se encuentra entre el conocimiento de Jesús y la incredulidad ignorante de Judas. Jesús sabía por las Escrituras que uno entre aquellos que tenían una comunión íntima con Él le traicionaría, y supo desde el principio cuál de ellos sería. Pero Judas no lo sabía. Judas estaba siguiendo de manera ignorante la avaricia de su propio corazón y estaba oponiéndose a cada uno de los esfuerzos de Jesús por alcanzarle. En ese momento se encontraba al borde de ese acto final del rechazo que haría que se cayese por el precipicio para hallarse en un desastre total y espantoso.

Usted encontrará esto descrito en el próximo párrafo: cómo tomó él lo que había sido empapado de la mano de Jesús y esa fue la última oportunidad que tuvo. Cuando lo hizo, Satanás entró en él y Judas dejó de ser dueño de sí mismo. Pero Jesús indica que Él entiende lo que va a suceder. Él dice: “Os digo esto antes de que suceda, para que cuando pase sepáis que yo soy aquel que describen las Escrituras”. Por otro lado, Judas no sabía lo que le estaba sucediendo o cómo había caído en la trampa de Satanás y en esos momentos se hallaba al borde del desastre. Usted verá cómo estas dos cosas son opuestas la una a la otra. Jesús se sacrificó a sí mismo a fin de salvar a Sus discípulos; Judas sacrificó a Jesús con la intención de salvarse a sí mismo. Estas dos filosofías dominan el mundo actual.

En la apelación final, Jesús dirige una palabra a los que adoptan estas dos clases de actitudes básicas: “De cierto, de cierto os digo: El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí”. Esta es una palabra para nosotros, para que cuando venga alguien a lavarnos los pies, para ayudarnos con algún problema de pecado en nuestra vida, debemos de recordar que esta persona ha sido enviada por Jesús. Por lo tanto, es Él quien está ofreciéndose a lavarnos los pies, y no debemos mostrarnos resentidos por este ministerio realizado por otros. Pero debemos recordar lo que dice Jesús: “El que reciba al que yo envíe, me recibe a mí”.

La última palabra fue dirigida a Judas: “el que me recibe a mí, recibe al que me envió”. Es decir, recibe a Dios el Padre. Y no hay ninguna otra manera de llegar al Padre más que por medio de Jesús. Esta es la verdad que declara Jesús una y otra vez y es la gran verdad que Judas intentó eludir. Intentó vivir su vida delante de Dios sin relacionarse para nada con el ministerio y la salvación ofrecida por Jesús. Fue tropezándose a ciegas, sin darse cuenta de que se estaba enfrentando con la crisis más importante de su vida y que solo Jesús podía llevarle a Dios. Esta fue la medida final para alcanzar a Judas antes de que fuese demasiado tarde, y Judas le rechazó, como los posteriores acontecimientos mostrarán. Pero la gran verdad que deja Jesús ante nosotros es esta: No hay ninguna otra manera.

Señor, en Tu manera infalible te esforzaste por alcanzar a Judas, mostrándole que Tú eres el único camino. Ayúdame a recibir tanto a Ti como al que Tú me envíes a mí, extendiendo Tu mano para restaurar mi comunión contigo.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Cómo recibimos a las personas piadosas que nos enfrentan con amor acerca de problemas de pecado en nuestra vida? ¿Cambia nuestro enfoque a juzgarlas a ellas, a nuestra justicia, o a las palabras del Señor?

 


domingo, 5 de julio de 2020

5 de julio - Lavando los pies - Ray Stedman

Noticias en EQUILIBRIOS : Redescubriendo: Jesús y el lavamiento de ...

 

¿Qué es lo que quiere decir Jesús cuando dice que debemos lavarnos los pies los unos a los otros? Algunos cristianos se han tomado esto de una manera muy literal, pensando que nuestro Señor estaba instituyendo aquí otro sacramento.

Jesús no nos está dando otro sacramento que seguir aquí. Pero lo que quiere decir es que, de la misma manera que necesitamos la limpieza y el perdón de nuestro Señor para mantener el sentido de unidad y de refresco del espíritu en nuestra vida cristiana, necesitamos extendernos los unos a los otros libremente el perdón por la culpa y por el daño que podemos hacernos los unos a los otros. Debemos ser, según palabra de Pablo: “bondadosos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32).

Él sabe que a veces es difícil perdonar, que la carne en nuestro interior pide la venganza a gritos. Y con frecuencia nos encanta el sentimiento de guardar rencor o de resistir las proposiciones de otras personas. Pero Jesús dice que cuando estamos haciendo eso, estamos haciendo lo que Él no haría; estamos exigiendo nuestros derechos y estamos olvidando que nuestro Señor y Maestro se humilló a Sí mismo, a pesar de ser con todo derecho el Señor de la gloria, aquel que tiene todo el derecho a exigir la adoración del pueblo. A pesar de lo cual, lo dejó todo a un lado y les lavó los pies a Sus propios discípulos.

Ningún cristiano tiene derecho a imponer su propio juicio farisaico a otra persona. Es posible que coloquemos a otros bajo la luz penetrante de la Palabra de Dios. Podemos, por preocupación y por compasión por su bienestar, llamar la atención de estas personas a lo que están haciendo. Pero en ningún sentido debemos hacer esto con una actitud de nuestra propia rectitud, con la sugestión de que nosotros no haríamos nunca semejante cosa. Nuestro Señor insiste en que nos lavemos los pies los unos a los otros con amor.

El Dr. H. A. Ironside destacó lo sabio que es que nos preocupemos por la temperatura del agua cuando nos lavamos los pies los unos a los otros. Una persona furiosa estará distraída por lo que ha sucedido de manera que usará agua hirviendo, pero ninguna persona quiere que le laven los pies con agua hirviendo. Algunos vienen con una actitud como si ellos fuesen más santos que nadie e intentan usar agua helada para lavar los pies de otra persona. Nadie lo va a permitir bajo estas condiciones. Otros intentan lavarle los pies a otros sin usar agua. Se acercan con violencia a otra persona, intentando raspar la suciedad y la piel al mismo tiempo. Es posible que lo que digan sea verdad, pero es algo que no realizan con verdadero amor. Pero nuestro Señor insiste en que nos lavemos los pies los unos a los otros con amor.

Señor, ayúdame a que ame a mis hermanos y hermanas en Cristo de tal modo que esté dispuesto a lavar sus pies y a estar dispuesto a que ellos me laven los míos. Ayúdame a hacerlo con ternura y calor, sabiendo lo dulce que Tú eres conmigo.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Cuál es más fuerte, nuestro sentido del perdón o nuestro deseo de venganza? ¿Qué es lo que Jesús quiere decir cuando dice que deberíamos lavarnos los pies los unos de los otros?

 


sábado, 4 de julio de 2020

4 de julio - Cuando no necesita usted un baño - Ray Stedman


 Un bello amanecer frente al Mar | Fotiando Con Don Luis

Jesús les había dicho con anterioridad: “Lo que yo hago ahora, vosotros no lo entendéis”. Al pedir un baño, Pedro demuestra que no había entendido lo que estaba sucediendo, de modo que Jesús le corrige de nuevo. Y en esas palabras nos da una preciosa explicación del proceso de la salvación. Empieza con un baño, que es acudir inicialmente a Cristo, en el que ocupamos el lugar de la bancarrota ante Él, acudiendo sin el menor vestigio de nuestra propia justicia que ofrecer y permitiéndole a Él que nos limpie. Es algo que se compara con un baño en el que somos lavados por todas partes, completamente, de los pies a la cabeza. Como es natural, Jesús estaba refiriéndose a una costumbre social muy corriente en aquellos días. Era la costumbre de darse un baño antes de salir a comer. Pero al andar por las calles sucias de la ciudad con sandalias, los pies se ensuciaban. De manera que, cuando se llegaba a una casa como invitado, un criado le lavaba los pies, pero no tenía necesidad de repetir el baño.

Así que Jesús está diciendo: “Cuando venís a mí al principio, estáis bañados, de manera que estáis limpios por todas partes”. Esto es lo que la Biblia llama justificación por la fe. Es lavar toda la culpa y el pecado de toda una vida, pasada, presente y futura. Pero al caminar usted por la vida, Jesús sabe que sus pies se contaminarán durante el tiempo que usted camine y que será preciso lavarlos. Él no solo nos enseña que necesitamos esa limpieza inicial, que no será preciso volver a repetir, sino que además necesitamos la experiencia, muchas veces repetida, del perdón, de acudir a Cristo para que Él limpie toda esa deshonra durante nuestro caminar. Esto determina que tenemos una parte con Él.

En otras palabras, perdemos el gozo de nuestra comunión con Cristo cuando estamos temporalmente contaminados por todo el mal que hacemos durante nuestra vida. Perdemos el goce de nuestra relación con Él. Su actitud hacia nosotros no cambia, pero nuestra actitud hacia Él sí que cambia. Es por eso que se nos enseña en todas las Escrituras a confesar nuestros pecados (1 Juan 1:9). Al momento que lo hacemos se renueva la limpieza original en nosotros y podemos irnos restaurados.

Hoy en día se está repitiendo el error que cometió Pedro. Hay personas que se niegan a que Jesús les lave los pies, de manera que están rechazando el requisito indispensable para disfrutar su relación con Cristo. Cuando las personas se niegan a permitir a Jesús que les lave los pies, pierden el sentido de compañerismo con Él. Por otro lado, están aquellos que sienten que necesitan un baño de nuevo cuando pecan, creyendo que han perdido su salvación y que de alguna manera tienen que empezar de nuevo en su experiencia cristiana. Pero Jesús nos enseña por medio de todo este proceso que necesitamos un solo baño. Esto se refleja en la verdad del bautismo. Usted se bautiza una sola vez, como un acto inicial, pero la Cena del Señor refleja el lavado de los pies, la necesidad de ser limpios del pecado a lo largo de la vida.

Padre, te doy gracias porque Tú has lavado todo mi pecado y mi culpa y ahora soy justo a Tus ojos. Enséñame a venir a Ti cada día, confesando mi pecado, permitiéndote a Ti restaurarme para que pueda tener una comunión íntima contigo para la cual fui creado.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Qué se encuentra tras ese sentimiento de sentirnos separados de un Dios de amor? Cuando nos sentimos que no estamos teniendo una relación con Jesucristo, ¿qué es lo que podemos decidir hacer?

 


viernes, 3 de julio de 2020

Perseveremos juntas en la Palabra de Dios, día 3 - Nancy DeMoss Wolgemuth



3 de julio - Humildad orgullosa - Ray Stedman

Traduce varios versículos de la Biblia a ADN, se los inyecta en la ...

 

El hecho de que Pedro se negase a dejar que Jesús le lave los pies es una imagen asombrosa de la necesidad humana de la limpieza que ofrece Jesús y el orgullo pecaminoso de aquellos que rechazan el ministerio de limpieza de Jesús. Las acciones de Pedro aparentemente fueron motivadas por la humildad. Puede usted imaginarse la incredulidad en su rostro cuando Jesús se le acercó, y él protestó, diciendo: “¡Señor, no me harás esto jamás!” Da la impresión de que esta es una afirmación humilde y de que Pedro está consternado por el deseo de Jesús de realizar una labor tan inferior como lavarle los pies.

A primera vista da realmente la impresión de que la protesta de Pedro tiene su origen en su propio sentido de no ser digno ante Jesús. Pero si lo examina usted más de cerca, se dará cuenta de que es realmente la expresión de un intenso orgullo personal. Pedro está ofendido por las acciones de Jesús porque sabe que, si él fuese un maestro, nunca consideraría el inclinarse de ese modo para lavarle los pies a alguien, porque era algo inferior a él. Esta es una reprensión a su propia suficiencia. No quiere que Jesús le lave los pies. Él se hubiese sentido satisfecho lavándole los pies a Jesús, pero es un insulto a su sentido de la independencia que Jesús hiciese cualquier cosa por él. Más adelante Pedro manifiesta este mismo orgullo cuando ofrece poner su vida por Jesús, porque no desea que Jesús ponga Su vida por él.

Esta es una revelación del pecado del orgullo en nuestros propios corazones, que con frecuencia se disfraza de una apariencia de humildad, cuando nosotros realmente insistimos en nuestra autosuficiencia. No queremos admitirle a nadie que tenemos necesidad de nada, y eso es precisamente lo que está haciendo Pedro aquí. No quiere reconocer su necesidad de ser lavado y, especialmente, permitir que Jesús realizase un acto tan servil por él, que es algo que le humilla. De manera que Pedro es un ejemplo del orgullo en nuestros corazones que se resiste a que Jesús realice Su ministerio en nosotros.

Una de las cosas asombrosas acerca del evangelio es que siempre nos obliga a que nos encontremos en el punto más bajo. Es preciso que seamos totalmente humillados para que Dios pueda ministrarnos a nosotros. Es necesario que todo el orgullo humano sea eliminado ante Él antes de que podamos recibir lo que Dios quiere darnos de Su mano, y es ahí donde tenemos la lucha. No nos gusta ser llevados al lugar en el que no tenemos nada que ofrecer. Queremos añadir algo, y Pedro es una clara imagen de esto. Y cuando Jesús le explica: “si no te lavo, no tendrás parte conmigo”, Pedro se rinde de inmediato y va al otro extremo: “Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza”. En otras palabras, le pidió que le diese un baño entero.

Señor, perdóname por ese orgullo que con frecuencia se disfraza de humildad. Enséñame que necesito con desesperación que Tú me ministres y que yo mismo no tengo nada que ofrecer.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Qué se oculta tras nuestro poderoso sentido de la independencia? ¿Dónde encontramos la suficiencia para nuestras necesidades?

 


jueves, 2 de julio de 2020

Perseveremos juntas en la Palabra de Dios, día 2 - Nancy DeMoss Wolgemuth



2 de julio - El drama de la redención - Ray Stedman


 

Puede haber poca duda de que en este pasaje Jesús está deliberadamente haciendo uso de una parábola para instrucción de Sus discípulos. Está dramatizando ante ellos la verdad de Su propio ministerio, de Su propia misericordia redentora. Les está enseñando por este medio lo que ha venido a realizar en el mundo. Usted puede seguirle la pista al paralelo en los sucesos de los cuales deja constancia Juan: Primero, Jesús se levantó de la cena, de la misma manera que con anterioridad se había levantado de Su trono de gloria. A continuación puso a un lado sus prendas. Pablo nos dice que dejó a un lado Su gloria cuando vino al mundo en un estado encarnado, pero además tuvo que dejar a un lado el ejercicio de Su propia deidad. No vino para actuar como Dios, sino que vino a actuar como un hombre en el cual mora Dios (ver Filipenses 2:5-11).

Y Jesús se envolvió con una toalla, de la misma manera que Pablo dice que “se despojó a sí mismo, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres. Mas aún, hallándose en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Filipenses 2:7-8). De manera que aquí se humilla a Sí mismo, representando el papel de un esclavo, colocando una toalla a Su alrededor. A continuación “puso agua en una vasija”, de la misma manera que unas pocas horas después habría de derramar Su propia sangre en la muerte, la sangre que serviría para limpiar la suciedad humana, la culpa humana de todas clases y orígenes. De manera que puso agua en una vasija como una imagen de eso.

A continuación “comenzó a lavar los pies de sus discípulos y a secarlos con una toalla con que estaba ceñido”, lo cual es una imagen del acto mismo de aplicar la limpieza de Su propia sangre a las vidas humanas. Y si salta usted al versículo 12, se encontrará con el final de la parábola: “Así que, después que les lavó los pies, tomó su manto, volvió a la mesa”, de la misma manera que el escritor de Hebreos deja constancia de esto para nosotros: “habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). Por lo tanto, tenemos esta extraordinaria y preciosa parábola explicada para nosotros, enseñándonos el significado de todo el ministerio de Jesús.

Señor, me siento verdaderamente asombrado ante Tu amor por mí. Te doy gracias por levantarte de Tu trono de gloria, dejando de lado el ejercicio de Tu propia deidad, adoptando forma de siervo, derramando Tu sangre y volviendo a ocupar Tu lugar a la diestra del Padre.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

¿Qué significa servir humildemente con un corazón de siervo? ¿Cómo estamos poniendo en práctica la asombrosa palabra del discipulado de Jesús en nuestras vidas?

 


miércoles, 1 de julio de 2020

Perseveremos juntas en la Palabra de Dios, día 1 - Nancy DeMoss Wolgemuth



1 de julio - Una parábola viviente - Ray Stedman


 

El pasaje comienza con una parábola en acción en lugar de hacerlo con un discurso o con un mensaje. Empieza con Jesús lavándoles los pies a Sus discípulos, y en este asombroso suceso, simple como era y extraño en muchos sentidos, Juan encuentra algunos significados muy profundos y notables. Hay dos movimientos que ve Juan en este suceso, y los reúne en el prefacio de este relato. Para empezar, Juan ve en esta asombrosa escena la evidencia y la demostración del amor inmutable de Jesús por Sus discípulos. Jesús sigue siendo considerado, compasivo y atento con Sus discípulos, cosa que impresiona a Juan, que se siente asombrado por el hecho de que Jesús no estuviese pensando acerca de Sí mismo, a pesar de que sabía que aquella era la hora dramática para la cual había vivido. Pero en lugar de ello, está pensando acerca de Sus discípulos. Él les enseña y les manifiesta amor, compasión y afecto hasta el fin.

La segunda escena tiene que ver con Judas. Juan ve en el acto de lavar los pies una demostración de la verdad que se halla en Jesús, de la asombrosa pasión que elimina toda pretensión e hipocresía y revela las cosas exactamente como son. En este acto dramático en el que Jesús se inclina para lavarle los pies a Judas así como a los otros discípulos, Juan ve una manifestación de la honestidad de Dios, esa realidad de Dios que expone toda hipocresía, y por medio de esta revelación intenta apoderarse del corazón del traidor y mostrarle lo que le está sucediendo. Jesús se siente movido a hacer esto, dice Juan, siendo consciente de Su propia autoridad. El Padre había entregado todas las cosas en Sus manos; Él lo sabía. Sabía quién era y sabía que iba a ir a Dios. Así que, movido por este sentido de Su propia identidad y autoridad, Jesús comienza a hablarle directamente a Judas, exponiendo lo que estaba haciendo y a dónde se dirigía. Juan ve todo esto entrelazado en esta asombrosa escena: la entrega del amor que enseñaba hasta el fin y la pasión por la verdad que luchaba hasta el fin por la liberación de Judas.

Señor, te doy gracias por el amor que se inclina para servirme. Gracias por la honestidad que desea liberarme de mi propia hipocresía. Ayúdame a rendirme una vez más a la manera en que Tú estás obrando en mi vida.

 

 

 

Aplicación a la vida

 

Las acciones hablan más alto que las palabras. ¿Cómo demostramos la forma más elevada del amor, incluso a aquellas personas que no se lo merecen?