Versículo para hoy:

sábado, 26 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

(4) Por último, le costará al hombre la amistad con el mundo. Si quiere agradar a Dios tiene que estar contento, aunque los demás piensen mal de él. No debe extrañarse que se burlen de él, que lo ridiculicen, lo calumnien, lo persigan y, aun, lo aborrezcan. No tiene que sorprenderse de encontrar que sus opiniones y sus prácticas religiosas son despreciadas y motivo de burlas. Tiene que aceptar que muchos lo crean tonto, exagerado y fanático -que perviertan sus palabras y malinterpreten sus acciones-. De hecho, no tiene que sorprenderse si algunos lo llaman loco. El Maestro dijo: "Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra" (Jn. 15:20).

Me atrevo a decir que esto también suena difícil. Por naturaleza nos desagradan los tratos injustos y las acusaciones falsas, y nos es muy difícil ser acusados sin causa. No seríamos de carne y hueso si no deseáramos que nuestros prójimos tuvieran una buena opinión de nosotros. Es siempre desagradable que hablen en nuestra contra y nos abandones, que mientan acerca de nosotros y que tengamos que estar solos. Pero esto no se puede evitar. La copa que nuestro Maestro bebió tiene que ser bebida por sus discípulos.  Tienen que ser "despreciado y desechado entre los hombres" (Is. 53:3). Anotemos este cuarto costo a nuestra cuenta. Ser cristiano le costará al hombre la amistad con el mundo.

Todo eso es lo que cuesta ser un verdadero cristiano. Admito que la lista es pesada. ¿Dónde hay un elemento de los anteriores que puede ser quitado? Audaz es el hombre que se atreve a decir que podemos conservar nuestra pretendida superioridad, nuestros pecados, nuestra pereza y nuestro amor por el mundo, ¡y aun así, ser salvos!

Admito que cuesta mucho ser un verdadero cristiano. ¿Pero quién en sus cabales puede dudar de que cualquier costo vale la pena para salvar su alma? Cuando un barco está en peligro de hundirse, a los tripulantes no les importa tirar por la borda su valioso cargamento. Cuando un brazo o una pierna está infectada, el hombre se somete a cirugía y, aun, a una amputación si hacerlo significa salvarle la vida. Igualmente, el cristiano debe estar dispuesto a renunciar a lo que sea que se interpone entre él y el cielo. ¡La vida espiritual que nada cuesta, nada vale! Un cristianismo barato, sin una cruz, probará ser al final, un cristianismo inútil, sin ninguna corona.

viernes, 25 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(2) En segundo lugar, le costará al hombre sus pecados. Tiene que estar dispuesto a renunciar a cada hábito y práctica que es desagradable a los ojos de Dios. Tiene que darle la espalda al pecado, discutir con él, romper con él, luchar contra él, crucificarlo y esforzarse para vencerlo, no importa lo que diga o piense el mundo. Tiene que hacerlo sincera y totalmente. No puede hacer las paces por separado con ningún pecado especial que ama. Tiene que considerar a todos sus pecados como sus enemigos mortales y aborrecer cada mal camino. Sean pequeñas o grandes, sean públicas o secretas, tiene que renunciar totalmente a todas sus transgresiones. Significará una batalla diaria y, a veces, casi lograrán enseñorearse sobre él. Pero nunca debe ceder. Tiene que mantener una guerra perpetua contra sus pecados. Escrito está: "Echad de vosotros todas vuestras transgresiones"; "tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades"; "dejad de hacer lo malo" (Ez. 18:31; Dn. 4:27; Is. 1:16). 

Esto suena difícil. No me extraña. A menudo queremos tanto a nuestros pecados como si fueran nuestros hijos: Los amamos, los abrazamos, nos aferramos a ellos y nos deleitamos en ellos. Separarnos de ellos es tan difícil como amputarse la mano derecha o sacarse el ojo derecho. Pero hay que hacerlo. Hay que despedirse de ellos. Aunque la maldad "endulzó en su boca, si lo ocultaba debajo de su lengua, si le parecía bien y no lo dejaba, sino que lo detenía en su paladar", hay que renunciar a ellos (nuestros pecados), si queremos ser salvos (Job 20:12-13). El hombre y su pecado tienen que enemistarse si él y Dios han de ser amigos. Cristo está dispuesto a recibir a cualquier pecador. Pero no lo recibe si este se aferra a sus pecados. Anotemos este segundo precio a nuestra cuenta. Ser cristiano le costará al hombre sus pecados.

(3) Además, le costará al hombre su amor por lo que resulta fácil. Tiene que experimentar dolor y luchar si quiere desarrollar una carrera victoriosa al cielo. Tiene que velar y mantenerse en guardia cada día, como el soldado en el campo enemigo. Tiene que cuidar su comportamiento cada hora del día, con cada compañía y en cada lugar, en público, al igual que en privado, entre extraños, al igual que con los de casa. Tiene que vigilar su tiempo, su lengua, su carácter, sus pensamientos, su imaginación, sus motivaciones y su conducta en cada relación de su vida. Tiene que ser diligente en orar, leer la Biblia, en lo que hace los domingos, con todos sus medios de gracia. Al prestar atención a estas cosas puede distar de alcanzar la perfección, pero no puede descuidar ninguna. "El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada" (Pr. 13:4).

Esto también suena duro. No hay nada que por naturaleza nos desagrade tanto como tener "problemas" relacionados con nuestra religión. Nos desagradan los conflictos. Deseamos secretamente tener un cristianismo "vicario", lograr todo por medio del esfuerzo de terceros que hicieran todo en nuestro lugar. Cualquier cosa que requiera esfuerzo y trabajo, es contraria a nuestra naturaleza. Pero para el alma "no hay ganancias sin sacrificios". Anotemos este tercer costo a nuestra cuenta. Ser cristiano le costará al hombre su amor por lo que resulta fácil.

jueves, 24 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

I. Lo que cuesta ser un verdadero cristiano

Primero, tengo que mostrar lo que cuesta ser un verdadero cristiano. No nos equivoquemos en el significado de lo que estoy diciendo. No estoy examinando el costo de salvar el alma de un cristiano. Sé muy bien que costó, nada menos que la sangre del Hijo de Dios, expiar los pecados y redimir al hombre del infierno. El precio pagado por nuestra redención fue demasiado alto: La muerte de Jesucristo en el Calvario. Hemos sido "comprados por precio"; Jesús "se dio a sí mismo en rescate por todos" (1 Co. 6:20; 1 Ti. 2:6). Pero nada de esto tiene que ver con la pregunta inicial. El punto que quiero considerar es otro completamente diferente. Se trata de a lo que el hombre tiene que estar dispuesto a renunciar si quiere ser salvo. Es la cantidad de sacrificio que el hombre tiene que hacer si su intención es servir a Cristo. Es en este sentido que hago la pregunta: "¿Cuánto cuesta?" Y creo firmemente que es una cuestión muy importante.

Admito sin problema que cuesta poco ser meramente un cristiano en lo exterior. Uno no tiene más que asistir a una iglesia dos veces los domingos y ser tolerablemente moral durante la semana para ser todo lo religioso que son miles de personas a su alrededor. Todo esto es barato y no requiere gran esfuerzo: No requiere nada de negarse a sí mismo ni sacrificarse. Si este es el cristianismo salvador que nos llevará al cielo cuando muramos, tenemos que cambiar la descripción que hace la Biblia del camino de la vida y escribir: "¡Ancha es la puerta y amplio el camino que lleva al cielo!"

Pero de hecho, algo le cuesta al verdadero cristiano, según las normas de la Biblia. Hay enemigos que vencer, batallas que librar, sacrificios que hacer, un Egipto que dejar atrás, un desierto que cruzar, una cruz que cargar y una carrera que correr. La conversión no se trata de poner al convertido en un cómodo sillón y llevarlo sentado al cielo. Es el comienzo de una tremenda batalla, en la cual cuesta mucho obtener la victoria. De allí, la enorme importancia de "calcular el costo".

Trataré de mostrar, precisa y particularmente, lo que cuesta ser un verdadero cristiano. Supongamos que alguien tiene la disposición de servir a Cristo, se siente atraído por él y tiene una inclinación a seguirle. Supongamos que alguna enfermedad, una muerte súbita o un sermón ha conmovido su conciencia haciéndole sentir el valor de su alma y el deseo de ser un verdadero cristiano. Sin lugar a dudas, hay múltiples motivos que animarían a ese alguien a ser un verdadero cristiano. Sus pecados pueden ser gratuitamente perdonados, sin importar cuántos sean o lo grandes que sean. Su corazón puede haber cambiado completamente, no importa lo frio y duro que era. Cristo y el Espíritu Santo, la misericordia y la gracia de Dios están listos para recibirlo. Pero aun así, debiera calcular el costo. Veamos detalladamente, una por una, las cosas que le costará.

(1) Para empezar, le costará su pretendida superioridad moral. Tiene que despojarse de todo orgullo y soberbia, y de creerse bueno. Tiene que contentarse con ir al cielo como un pobre pecador salvo solo por gracia, dándole el mérito y la justicia a otro. Al decir las palabras del Libro de Oraciones, tiene que sentir que ha "errado y se ha apartado como una oveja perdida" y que ha "dejado sin hacer las cosas que debiera haber hecho y hace las cosas que no debiera haber hecho". Tiene que estar dispuesto a renunciar a la confianza que tiene en su propia moralidad y respetabilidad, a sus oraciones, lecturas bíblicas, su asistencia a la iglesia, a recibir los sacramentos y confiar exclusivamente en Jesucristo.

Esto puede parecerles difícil a algunos. No me sorprendería. "Señor", le dijo el piadoso labriego al conocido James Hervey de Weston Favelle: "Es más difícil renunciar al yo orgulloso que al yo pecaminoso. Pero es absolutamente necesario hacerlo". Pongamos este costo como el primero y más importante. Para ser un verdadero cristiano, al hombre le costará crucificar su pretendida superioridad moral.

miércoles, 23 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

5. El costo

"¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se
sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo
que necesita para acabarla?" Lucas 14:28

Este versículo es de gran importancia. Son pocas las personas que no se sienten obligadas a preguntarse a menudo: "¿Cuánto cuesta?"

Al comprar una propiedad, construir un edificio, amueblar los cuartos, trazar planes, cambiar de casa, educar a los hijos, es sabio y prudente anticipar su costo. Muchos se ahorrarían gran dolor y sufrimiento si se acordaran de hacerse la pregunta: "¿Cuánto cuesta?"

Y hay una cuestión donde tiene especial importancia "calcular cuánto cuesta". Esa cuestión es la salvación de nuestras almas. ¿Qué cuesta ser un verdadero cristiano? ¿Qué cuesta ser realmente un hombre santo? Esta, al fin y a cabo, es la gran pregunta. Por no darle ninguna consideración a esto, miles de personas, después de que parece que han empezado bien, se vuelven del camino al cielo y se pierden para siempre en el infierno. Compartiré algunas palabras que pueden arrojar luz sobre el asunto.

I. Mostraré, en primer lugar, lo que cuesta ser un verdadero cristiano.

II. En segundo lugar, explicaré por qué es tan importante calcular el costo.

III. Por último, daré algunas pautas que pueden ayudar a calcular el costo correctamente.

Vivimos en tiempos extraños. Los sucesos van pasando con singular rapidez. Nunca sabemos lo que nos depara un nuevo día; ¡mucho menos sabemos lo que puede suceder dentro de un año! Vivimos en una época en la que hay mucha religiosidad. Centenares de cristianos activos en todas partes están expresando un anhelo por más santidad y una vida espiritual más elevada. No obstante, es más común ver a la gente recibir la Palabra con gozo y después de dos otres años apartarse y volver a sus pecados. No consideraron "lo que cuesta" ser realmente un creyente congruente y un cristiano santo. Sin duda, estos son tiempos cuando deberíamos sentarnos con frecuencia a "calcular el costo" y considerar el estado de nuestras almas. Tiene que importarnos lo que somos. Si anhelamos ser realmente santos, es buena señal. Podemos dar gracias a Dios por poner ese anhelo en nuestros corazones. Pero aun así, hay que calcular el costo. No hay duda de que el camino de Cristo a la vida eterna, lleva a la felicidad. Pero es una necedad ignorar el hecho de que el camino de Cristo es angosto y que la cruz viene antes que la corona.

martes, 22 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(2) Puede ser que ya sepa usted algo de la guerra cristiana y ya haya dado pruebas de ser un soldado. Si este es su caso, acepte una palabra de consejo y aliento de un soldado hermano. Me hablaré a mí mismo tanto como a usted.

(a) Recordemos que si queremos pelear exitosamente tenemos que ponernos toda la armadura de Dios y no quitárnosla hasta morir. No podemos prescindir ni siquiera de una pieza de ella. El cinto de la verdad, la coraza de justicia, el escudo de la fe, el yelmo de la salvación, la espada del Espíritu, todos estos pertrechos son absolutamente necesarios (Ef. 6:10-18). No podemos quitarnos ninguna parte de la armadura ni siquiera un día. Dijo bien aquel veterano del ejército de Cristo que murió hace 200 años: "Apareceremos en el cielo, no con nuestra armadura puesta, sino vestidos con mantos de gloria. Pero mientras estemos aquí tenemos que usar nuestras armas día y noche. Tenemos que caminar, trabajar y dormir en ellas, si no, no somos verdaderos soldados de Cristo" (Christian Armour [Armadura Cristiana], por Gurnall).

(b) Recordemos las palabras de un guerrero inspirado que fue a su descanso hace 1.800 años: "Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado" (2 Ti. 2:4). ¡No olvidemos nunca sus palabras!

(c) Recordemos que algunos parecían buenos soldados por un corto tiempo y hablaban mucho de lo que harían, pero se han retirado vergonzosamente en el día de batalla.

(d) Nunca olvidemos a Balaam, Judas, Demas y la esposa de Lot. Sea lo que seamos y por débiles que estemos, seamos reales, auténticos, verdaderos y sinceros.

(e) Recordemos que la mirada de nuestro amante Salvador está sobre nosotros de mañana, al mediodía y en la noche. Nunca nos dejará ser tentados más de lo que podamos resistir. Él puede sentir lo que sentimos en nuestras debilidades, pues él mismo fue tentado. Sabe cuáles son nuestras batallas y conflictos porque él mismo fue atacado por el Príncipe de este mundo. Teniendo semejante Sumo Sacerdote, Jesús, el Hijo de Dios, mantengámonos firmes en nuestra profesión (He. 4:14).

(f) Recordemos que miles de soldados ya han peleado la misma batalla que estamos peleando nosotros y que fueron victoriosos por medio de Aquel que los amó, vencieron por la sangre del Cordero, y nosotros también podemos hacerlo. El brazo de Cristo es tan fuerte como siempre. El que salvó a hombres y mujeres que vivieron antes que nosotros, es el que nunca cambia. "Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios". Entonces, librémonos de nuestras dudas y temores. Seamos "imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas" y sumémonos a ellos (He. 7:25; 6:12).

(g) Por último, recordemos que el tiempo es corto y se acerca la venida del Señor. Unas cuantas batallas más, sonará la trompeta y el Príncipe vendrá para reinar en una tierra transformada. Unas pocas batallas y luchas más, y nos despediremos eternamente de la guerra, del pecado, del dolor y de la muerte. Luchemos hasta el fin y nunca nos demos por vencidos. Esto dice el Capitán de nuestra salvación: "El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo" (Ap. 21:7).

Concluiré con las palabras de John Bunyan en una de las partes más hermosas de El progreso del peregrino (Segunda parte). Está describiendo el final de uno de los mejores y más santos de los peregrinos:

"Luego se extendió el rumor de que Valiente-por-la-verdad había recibido un llamamiento por el mismo correo, y prenda de que el aviso era verdad, su cántaro se quebró junto a la fuente (Ec. 12:6). Comprendiendo esto, participólo a sus amigos. «Ahora», dijo, «voy a casa de mi Padre, y aunque con mucha dificultad he llegado hasta aquí, ya no son los trabajos y molestias que el viaje me ha ocasionado. Dejo mi espada a aquel que me sucediere en la peregrinación, y mi valor y pericia a quien pueda lograrlos. Llevaré conmigo mis huellas y cicatrices para dar testimonio de que he peleado la batalla de Aquel que será ahora mi galardón».

El día de su partida muchos le acompañaron a la ribera. Entrando en el río, exclamó: "¡Oh muerte! ¿Dónde está tu aguijón?" Y luego, sumergiéndose en las aguas: "¡Oh sepulcro! ¿Dónde está tu victoria? Con estos acentos de triunfo alcanzó la otra orilla, y fue recibido a son de trompeta".

¡Sea nuestro final este mismo! ¡No olvidemos nunca que sin luchar no puede haber santidad mientras vivamos, ni corona de gloria cuando muramos!

lunes, 21 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Aplicación práctica

Ahora concluyo mi tema con unas pocas palabras de aplicación práctica. Nos toca vivir en una época cuando el mundo parece estar pensando solamente en batallas y en pelear.

La guerra entre humanos está entrando en el alma de más de una nación y, consecuentemente, la alegría ha desaparecido de muchas regiones. En tiempos como estos, el pastor puede, con conocimiento de causa, llamar a los creyentes a recordar su guerra espiritual. Agregaré unas pocas palabras finales acerca de la gran batalla del alma.

(1) Puede ser que usted esté luchando duro por recibir las recompensas de este mundo.

Quizá esté dando todas sus fuerzas a obtener dinero, o una posición, o poder o placer. Si ese es su caso, tenga cuidado. Su siembra dará como fruto una cosecha de amarga desilusión. A menos que preste atención a lo que está haciendo, le pasará lo que dice el profeta: "en dolor seréis sepultados" (Is. 50:11).

Miles de personas han andado por la misma senda en la que está andando usted y han despertado demasiado tarde a la realidad de que su final era una ruina lamentable y eterna. Han luchado duro para obtener riquezas, honra, una posición y alguna promoción, y le han dado la espalda a Dios, a Cristo y al cielo en el mundo venidero. ¿Y cuál ha sido su final? Con frecuencia, de hecho con demasiada frecuencia, han descubierto que toda su vida fue un gran error. Han aprendido por amarga experiencia los sentimientos del estadista moribundo que exclamó en sus últimas horas: "La batalla ha sido librada. La batalla ha sido librada: Pero no se ha conquistado la victoria".

Para su propia felicidad, decida hoy ponerse del lado del Señor. Líbrese de su indiferencia e incredulidad del pasado. Deje los caminos de un mundo insensato e irracional. Tome la cruz y conviértase en un buen soldado de Cristo. "Pelee la buena batalla de la fe" para poder ser feliz, además de vivir seguro.

Piense lo que los hijos de este mundo hacen a menudo para tener libertad, aun sin ningún principio religioso. Recuerde cómo los griegos, romanos, suizos y tiroleses prefirieron perder todo, aun la vida misma, en lugar de someterse a un yugo extranjero. Sea este ejemplo de inspiración para imitarlos. Si los hombres pueden hacer tanto por una corona corruptible, ¡cuánto más debiéramos hacer nosotros por una incorruptible! Despertemos a un sentido de la desgracia de ser esclavo. Levantémonos y luchemos para tener vida, felicidad y libertad.

No tema empezar y ponerse bajo el estandarte de Cristo. El gran Capitán de nuestra salvación no rechaza a nadie que viene a él. Como David en la cueva de Adulán, él está listo para recibir a todos los que acudan a él, no importa lo indigno que se sientan. Nadie, si se arrepiente y cree, es demasiado malo para ser rechazado en el ejército de Cristo. Todos los que acuden a él por fe son aceptados, vestidos, armados, capacitados y, por último, conducidos a una victoria total. No tema empezar hoy mismo. Todavía hay lugar para usted.

No tenga miedo de luchar, una vez que se recluta. Cuando más entregado y sincero de corazón sea como soldado, más tranquilo peleará en su guerra espiritual. Sin duda, tendrá problemas, cansancios y duras luchas antes de terminar su guerra. Pero no deje que ninguna de estas cosas lo sacudan. Más grande es el que está de su lado que los que están en su contra. La libertad eterna o cautividad eterna son las alternativas que tiene. Escoja la libertad y luche hasta el fin.

domingo, 20 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(f) La batalla del cristiano es buena porque le hace bien al mundo. El resto de las guerras tienen efectos devastadores, son horrorosas y perjudiciales. La marcha de un ejército por un país es un flagelo terrible para los habitantes. Dondequiera que va empobrece, debilita y causa daño.  La acompañan invariablemente daños a personas, propiedades, sentimientos y a los valores morales. Muy distintos son los efectos producidos por la batalla de soldados cristianos. Dondequiera que ellos vivan son de bendición. Elevan el nivel de la fe cristiana y la moralidad. Invariablemente mantienen bajo control al alcoholismo, la falta de respeto al Día del Señor, el libertinaje y la deshonestidad. Aun sus enemigos se ven obligados a respetarlos. Dondequiera que uno vaya, raramente verá que los cuarteles y acantonamientos militares le hacen bien al vecindario. Pero dondequiera que sea, ¡encontrará que la presencia de algunos pocos cristianos es una bendición! ¡Esto sí que es bueno!

(g) Por último, la batalla del cristiano es buena porque termina en una recompensa gloriosa para todos los que la libran. ¿Quién puede decir cuánto pagará Cristo a todo su pueblo fiel? ¿Quién puede calcular las cosas buenas que nuestro Capitán divino tiene reservadas para aquellos que lo confiesan ante los hombres? Una nación agradecida puede darle a sus guerreros victoriosos medallas, pensiones, reconocimientos, honores y títulos. Pero no puede darles nada que dure para siempre, nada que puedan llevar más allá de la tumba. Aun los más excelsos palacios pueden ser disfrutados sólo por algunos años. Los generales y soldados más valientes tendrán que descender un día para presentarse ante el rey de los terrores. Mejor, mucho mejor es la posición del que pelea bajo el estandarte de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. Puede ser que no reciba elogios en vida y quizás algunos pocos al ser sepultado, pero tendrá algo que es mucho mejor, mucho más durable. Tendrá "la corona incorruptible de gloria" (1 P. 5:4). ¡Esto sí que es bueno!

Grabemos en nuestra mente que la batalla cristiana es una lucha buena, verdaderamente buena, totalmente buena y enfáticamente buena. Ahora la vemos sólo en parte. Vemos batallas, pero no es el final; vemos la campaña, pero no la recompensa; vemos la cruz, pero no la corona. Vemos unos pocos humildes, quebrantados de corazón y penitentes soportando sufrimientos y despreciados por el mundo, pero no vemos la mano de Dios sobre ellos, el rostro de Dios sonriéndoles, el reino de gloria preparado para ellos. Estas cosas todavía tienen que ser reveladas. No juzguemos por las apariencias. Hay muchas más cosas buenas como resultado de la guerra cristiana que las que podemos ver.

sábado, 19 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(d) La batalla del cristiano es buena porque se libra con el mejor de los desenlaces y resultados. Es, indudablemente, una guerra en la que hay tremendas batallas y angustiosos conflictos, heridas, moretones, desvelos, ayunos y fatigas. Aun así, todos los creyentes, sin excepción, pueden decir: "Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Ro. 8:37). Ningún soldado cristiano jamás se pierde, desaparece ni es dejado por muerto en el campo de batalla. No habrá que llorar por él, ni se derramará nunca una sola lágrima por el soldado raso ni por un oficial del ejército de Cristo. Cuando llegue la noche, el mismo llamado a presentar armas será exactamente igual al que se hizo en la mañana. Las fuerzas inglesas marcharon desde Londres a la campaña de Crimea como un cuerpo magnífico de hombres; pero muchos valientes perdieron su vida y nunca volvieron a ver la ciudad de Londres. Muy distinta será la llegada del ejército cristiano a "la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios" (He. 11:10). No faltará ni uno. Las palabras de nuestro gran Capitán darán prueba de ser ciertas: "De los que me diste, no perdí ninguno" (Jn. 18:9). ¡Esto sí que es bueno!

(e) La batalla del cristiano es buena porque le hace bien al alma del que la libra. Todas las demás guerras tienen una tendencia mala, degradante y desmoralizadora. Exteriorizan las peores pasiones de la mente humana. Endurecen la conciencia y carcomen los fundamentos de la fe cristiana y la moralidad. Sólo la guerra cristiana tiende a recurrir a las mejores características que le quedan al hombre. Promueve humildad y caridad, reduce el egoísmo y la mundanalidad e induce a los hombres a poner sus afectos en las cosas de arriba. Nunca se ha oído de ancianos, enfermos y moribundos que se arrepintieran de librar las batallas de Cristo contra el pecado, el mundo y el diablo. Sólo se lamentan de no haber empezado a servir a Cristo mucho antes. La experiencia de aquel destacado santo, Philip Henry, no es la única. En sus últimos días le dijo a su familia: "Quiero que todos ustedes hagan constar que la vida vivida al servicio de Cristo es la vida más feliz que el hombre puede tener en el mundo". ¡Esto sí que es bueno!

viernes, 18 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

(b) La batalla del cristiano es buena porque se libra con la mejor de las ayudas. Por más débil que sea el creyente, el Espíritu Santo mora en él y su cuerpo es el templo del Espíritu Santo. Escogido por Dios el Padre, lavado en la sangre del Hijo, renovado por el Espíritu, no va a la batalla bajo su propia responsabilidad y nunca está solo. Dios el Espíritu Santo le enseña, dirige, guía y conduce cada día. Dios el Padre lo guarda con su poder divino. Dios el Hijo intercede por él a cada momento, como Moisés en el monte, mientras estaba peleando en el valle. ¡Una cuerda triple como esta nunca puede romperse! Sus provisiones y pertrechos diarios nunca fallan. Su comisariado nunca es defectuoso. Su pan y su agua son cosas seguras. ¡Por más débil que parezca y aunque se considere a sí mismo como un gusano, es fuerte en el Señor para hacer grandes cosas! ¡Esto sí que es bueno!

(c) La batalla del cristiano es buena porque se libra con la mejor de las promesas. Cada creyente cuenta con grandísimas y preciosas promesas -todas Sí y Amén en Cristo-, promesas que serán cumplidas indefectiblemente porque el que prometió no puede mentir y tiene el poder, al igual que la voluntad, de cumplir su palabra. "El pecado no se enseñoreará de vosotros". "Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies". "El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo". "Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán". "No perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano". "Al que a mí viene, no le echo fuera". "No te desampararé, ni te dejaré". "Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida,...ni lo presente, ni lo porvenir,... nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro" (Ro. 6:14; 16:20; Fil. 1:6; Is. 43:2; Jn. 10:28; 6:37; He. 13:5; Ro. 8:38-39). ¡Palabras como éstas valen su peso en oro! ¿Quién no sabe que la promesa de que vendrían refuerzos alegró a los defensores de ciudades sitiadas, como Lucknow, y dio fuerzas más allá de las normales? ¿Acaso no hemos oído que la promesa de "refuerzos antes del anochecer" tuvo mucho que ver con la poderosa victoria de Waterloo? No obstante, promesas como éstas no son nada comparadas con el rico tesoro del creyente: Las promesas eternas de Dios. ¡Esto sí que es bueno!

jueves, 17 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

III. El verdadero cristianismo es una buena batalla

Lo último que tengo que decir es esto: El verdadero cristianismo es una buena batalla.

"Buena" es un adjetivo inapropiado para calificar cualquier guerra. Toda guerra del mundo es mala en mayor o menor grado. Sin duda que, en algunos casos, la guerra es una necesidad absoluta -lograr la libertad de las naciones, impedir que el débil sea arrasado por el fuerte-, pero aun así, es mala. Conlleva mucho derramamiento de sangre y sufrimiento. Apresura a la eternidad miríadas de gentes que no están preparadas en absoluto para el cambio. Suscita las peores pasiones del hombre. Causa enormes pérdidas y la destrucción de propiedades. Llena a hogares pacíficos de viudas y huérfanos. Extiende por doquier la pobreza, las cargas y el sufrimiento nacional. Altera todo el orden en la sociedad. Interrumpe la obra del evangelio y el crecimiento de la obra misionera cristiana. En suma, las guerras son un mal inmenso e incalculable, y todo el que ora debiera clamar noche y día: "Danos paz en nuestro tiempo". Pero hay una guerra que es enfáticamente "buena", una batalla en la que no hay ningún mal. Esa guerra es la guerra cristiana. Esa batalla es la batalla del alma.

Ahora bien, ¿por qué razones es la lucha cristiana una "buena batalla"? Examinemos este tema y hagámoslo en orden. No me atrevo a pasar por alto este tema e ignorarlo. No quiero que nadie comience la vida del soldado cristiano sin calcular el costo. No dejaría de decirle a nadie que quiere ser santo y ver al Señor, que tiene que luchar y que la lucha cristiana, aunque es espiritual, es real e inexorable. Requiere valentía, audacia y perseverancia. Pero quiero que mis lectores sepan que hay aliento abundante, con tal de que comiencen la batalla. Las Escrituras no llaman a la lucha cristiana "una buena batalla" sin razón y causa. Trataré de mostrar lo que quiero significar.

(a) La batalla del cristiano es buena porque se libra bajo el mejor de los generales. El Líder y Comandante de todos los creyentes es nuestro divino Salvador, el Señor Jesucristo, un Salvador que tiene sabiduría perfecta, amor infinito y omnipotencia. El Capitán de nuestra salvación nunca falla en llevar a sus soldados a la victoria. En ningún momento usa estrategias inútiles, nunca se equivoca en sus criterios y jamás comete un error. Sus ojos están sobre todos sus seguidores, desde el más grande hasta el más pequeño. No olvida al más humilde siervo de su ejército. Cuida, recuerda y guarda para salvación al más débil. Las almas que ha comprado y redimido con su propia sangre son demasiado preciosas para ser malgastadas y descartadas. ¡Esto sí que es bueno!

miércoles, 16 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

Demos vuelta las páginas a la historia primitiva de la iglesia. Veamos cómo los cristianos primitivos se aferraban a su fe aun hasta la muerte y no flaqueaban ante las más feroces persecuciones de los emperadores paganos. Durante siglos no faltaron hombres como Policarpo e Ignacio, prontos a morir en lugar de negar a Cristo. Multas y cárceles, torturas, hogueras y espadas no podían quebrantar el espíritu del noble ejército de mártires. ¡Ni todo el poder del imperio romano, el amante del mundo, pudo erradicar la fe cristiana que comenzó con unos pocos pescadores y publicanos en Palestina! Entonces, recordemos que creer en un Jesús invisible era la fuerza de la Iglesia. Ganaron su victoria por fe.

Examinemos la historia de la Reforma Protestante. Estudiemos la vida de sus principales campeones: Wycliffe, Huss, Lutero, Ridley, Latimer y Hooper. Notemos cómo estos soldados valientes de Cristo se mantuvieron firmes contra un ejército de adversarios y estuvieron prontos para morir por sus principios. ¡Qué batallas libraron! ¡Cuántas controversias enfrentaron! ¡Cuántas contradicciones soportaron! ¡Qué tenacidad tuvieron contra un mundo en armas! Y luego, recordemos que creer en un Jesús invisible fue el secreto de su fortaleza. Vencieron por fe. 

Consideremos a los hombres que dejaron las marcas más grandes en los avivamientos del siglo XVIII en Inglaterra y Noerteamérica. Observemos de qué modo hombres como Wesley, Whitefield, Venn y Romaine, lucharon solos en su época y generación, y avivaron la fe cristiana auténtica, a pesar de la oposición de hombres con posiciones elevadas y frente a calumnias, burlas y persecuciones de nueve de cada diez que profesaban ser cristianos en nuestro país. Observemos cómo hombres como William Wilberforce y Havelock y Hedley Vicars han testificado de Cristo en situaciones extremadamente difíciles y mantenido en alto el estandarte de Cristo en los regimientos y en la Cámara Baja. Notemos cómo estos testigos nobles no vacilaron y se mantuvieron firmes hasta el fin, ganándose el respeto, aun de sus peores adversarios. Por lo tanto, recordemos que creer en un Cristo invisible es la clave de la conducta de todos ellos. Por fe vivieron, anduvieron, se mantuvieron firmes y vencieron.

¿Quiere alguno vivir la vida del soldado cristiano? Entonces ore con fe. Es el don de Dios y un don que aquellos que lo piden nunca lo piden en vano. Hay que creer antes de pedirlo. Si los hombres no hacen nada religioso, es porque no creen. La fe es el primer paso hacia el cielo.

¿Quiere alguno pelear la batalla del soldado cristiano exitosa y prósperamente? Ore pidiendo un continuo aumento de fe. Permanezca en Cristo, acérquese más a Cristo y aférrese más a Cristo cada día de su vida. Ore cotidianamente como oraban sus discípulos: "Señor, auméntanos la fe" (Lc. 17:5). Vigile celosamente su fe, si es que la tiene. Éste es el baluarte del carácter cristiano de la cual depende la seguridad de toda la fortaleza. Es el punto que a Satanás le encanta asaltar. Todo queda a los pies del enemigo si no hay fe. En esto, si amamos la vida, tenemos que mantenernos en guardia de una manera especial.

martes, 15 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)


 (2) Fe en la Persona, Obra y Oficio del Señor Jesucristo

Una fe especial en la persona, obra y el oficio de nuestro Señor Jesucristo es la vida, el corazón y el móvil del carácter cristiano.

Una persona ve por fe a un Salvador invisible quien lo ama, dio su vida por él, pagó sus deudas, cargó con sus pecados, llevó sus transgresiones, resucitó por él y aparece en el cielo para él como su Abogado sentado a la diestra de Dios. Ve a Jesús y se aferra a él. Viendo a este Salvador y confiando en él, siente paz y esperanza, y con gusto batalla contra los enemigos de su alma.

Ve sus muchos pecados, su corazón débil, un mundo tentador, un diablo activo y, si mirara sólo a estos, se desesperaría. Pero ve también a un Salvador poderoso, un Salvador intercesor, un Salvador comprensivo -su sangre, su justicia, su sacerdocio eterno- y cree que todo esto es para él. Ve a Jesús y pone sobre él todo su peso. Viéndolo a él sigue luchando alegremente, con la confianza de que los que creemos en él "somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Ro. 8:37).

(3) Fe en la presencia de Cristo y su pronta disposición para ayudar

Una fe viva habitual en la presencia de Cristo y su pronta disposición para ayudar es el secreto de la lucha victoriosa del soldado cristiano.

Nunca olvidemos que hay grados de fe. No todos los hombres creen igual y aun, una misma persona, tiene altibajos de fe y cree con más convicción en un momento que en otro. Según el grado de su fe, el cristiano pelea bien o mal, gana victorias o sufre reveses ocasionales, termina triunfante o pierde una batalla. El que tiene más fe siempre será el soldado más feliz y el que se sentirá más seguro. Nada le quita mejor al soldado las ansiedades de la guerra que la seguridad del amor y la protección continua de Cristo. Nada lo capacita para aguantar el cansancio de velar, luchar y contender contra el pecado como la confianza interior de que Cristo está de su lado y, por ende, el éxito es seguro. Es el "escudo de la fe" el que apaga todos los dardos de fuego del maligno. El hombre que puede decir: "Yo sé en quién he creído", es el que puede decir en el momento de sufrimiento: "No me avergüenzo".

El que escribió: "No desmayamos" y "porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria", es el que escribió con la misma pluma: "No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas". Es el hombre que dijo: "Vivo en la fe del Hijo de Dios" y dijo en la misma epístola: "El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo". Es el hombre que dijo: "He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación" y en la misma epístola: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". ¡Cuanto más grande es la fe, más contundente es la victoria! ¡Cuanto mayor es la fe, más enriquecedora es la paz interior! (Ef. 6:16; 2 Ti. 1:12; 2 Co. 4:16-18; Gá. 2:20; 6:14; Fil. 1:21; 4:11, 13).

Las victorias de los soldados cristianos fieles

Creo que es imposible sobreestimar el valor y la importancia de la fe. Bien pudo llamarla el Apóstol Pedro "preciosa" (2 P. 1:1). No me alcanzaría el tiempo si tratara de mencionar una centésima parte de las victorias que los soldados cristianos han obtenido por fe.

Tomemos nuestra Biblia y leamos con atención el capítulo once de la Epístola a los Hebreos. Subrayemos la larga lista de nombres de los hombres de fe que allí se registran, desde Abel hasta Moisés, aun antes de que naciera Cristo de la virgen María, trayendo la plenitud de vida y la inmortalidad a la luz por el evangelio Notemos bien las batallas que ganaron contra el mundo, la carne y el diablo. Y luego recordemos que creer fue lo que lo hizo todo. Estos hombres esperaban con anticipación al Mesías prometido. Vieron a Aquel que es invisible. "Por ella [la fe] alcanzaron buen testimonio los antiguos" (He.11:2, 27).

lunes, 14 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

II. El verdadero cristianismo es la batalla de la fe

Paso a lo segundo que quiero decir al tratar mi tema: El verdadero cristianismo es la batalla de la fe.

En este sentido la guerra cristiana es totalmente diferente de los conflictos de este mundo. No depende del brazo fuerte, del ojo avizor ni de los pies rápidos. No se libra con armas carnales, sino con las espirituales. La fe es el engranaje con el cual gira la victoria. El éxito depende enteramente de la fe.

(1) Fe en la verdad de la Palabra escrita de Dios

Una fe general en la verdad de la Palabra escrita de Dios es el primer fundamento del carácter del soldado cristiano. Es lo que es, hace lo que hace, piensa lo que piensa, actúa como actúa, tiene la esperanza que tiene y se comporta como se comporta por una sencilla razón: Cree en ciertas premisas reveladas y explicadas en las Sagradas Escrituras. "Es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan" (He. 11:6).

Una religión sin doctrina o dogma es algo de lo que a muchos les gusta hablar en la actualidad. Al principio parece bien. Se ve muy lindo a la distancia. Pero en el momento en que nos sentamos para examinarla una y otra vez, encontramos que es sencillamente imposible que tenga sustentabilidad. Es igual que hablar de un cuerpo sin huesos ni nervios. Nadie puede ser o hacer algo en la religión si no cree en algo. Aun los que profesan los miserables e incómodos conceptos de los deístas tienen que confesar que creen algo. Con todas sus burlas amargas contra la teología dogmática y la credulidad cristiana, como ellos la llaman, ellos mismos tienen algún tipo de fe.

En cuanto al verdadero cristiano, la fe es la columna vertebral de su existencia espiritual. Nadie lucha nunca con seriedad contra el mundo, la carne y el diablo, a menos que haya grabado en su corazón ciertos grandes principios en los que cree. Quizá casi ni sabe de qué se tratan y, de hecho, no  podría dar una definición ni escribirlas. Pero allí están y, consciente o inconscientemente, forman las raíces de su fe cristiana. Dondequiera que veamos a un hombre, rico o pobre, letrado o iletrado, batallando virilmente con el pecado y tratando de vencerlo, podemos estar seguros de que hay ciertos principios en los que ese hombre cree. El poeta que escribió las famosas líneas:

                                        "De los muchos y distintos aspectos de la fe
                                        dejad que discutan los fanáticos errados,
                                        pues los que con su vida muestran estar
                                        en lo correcto no pueden estar equivocados",

fue un hombre sagaz, pero mal teólogo. No hay tal cosa como estar en lo correcto, viviendo sin fe y sin algo en que creer.

domingo, 13 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)


 (3) Es una batalla perpetuamente necesaria. No admite ni respiro, ni armisticio, ni tregua. En los días entre semana, al igual que los domingos, en privado, al igual que en público, en la intimidad del hogar, al igual que en la calle, en las cosas pequeñas como cuidar la lengua y el carácter, al igual que los grandes en el gobierno de los países, la guerra del cristiano debe  seguir obligadamente sin detenerse. El enemigo con quien contendemos no festeja días feriados, nunca descansa y nunca duerme. Mientras nos quede un hálito de aliento tenemos que vestir nuestra armadura y recordar que estamos en campo enemigo. "Aun en la orilla del Jordán", dijo un santo moribundo, "encuentro a Satanás mordiéndome los talones". Tenemos que luchar hasta morir.

Consideremos bien estas propuestas. Cuidemos que nuestra propia fe personal sea real, auténtica y verdadera. El síntoma más triste de muchos supuestos cristianos es la ausencia absoluta de todo lo que se parezca a un conflicto o una lucha en su vida cristiana. Comen, beben. Se visten, se entretienen, ganan dinero, gastan dinero, asisten a una escasa rueda de cultos religiosos formales una o dos veces por semana. Pero de la gran guerra espiritual, de velar y orar, de sus agonías y ansiedades, sus batallas y luchas, no parecen saber absolutamente nada. Cuidémonos de que éste no sea nuestro caso. El peor estado del alma es "cuando el hombre fuerte armado guarda su palacio, en paz está lo que posee" y cuando lleva a hombres y mujeres "cautivos a voluntad de él" sin que estos ofrezcan resistencia. Las peores cadenas son las que el prisionero no siente ni ve (Lc. 11:21, 2 Ti. 2:26).

Podemos consolarnos en cuanto a nuestras almas si sabemos algo de batallas y conflictos interiores. Son los compañeros invariables de la santidad cristiana auténtica. Sé que no es todo, pero es parte. ¿Notamos en el fondo de nuestros corazones una lucha espiritual? ¿Sentimos algo de la carne luchando contra el espíritu y al espíritu contra la carne de modo que no podemos hacer las cosas que debiéramos (Gá. 5:17? ¿Tenemos conciencia de dos principios que luchan dentro de nosotros por dominarnos? ¿Sentimos algo de lucha en nuestro hombre interior? ¡Demos gracias a Dios por esto! Es una buena señal. Es muy probable que sea evidencia de la gran obra de santificación. Todos los santos auténticos son soldados. Cualquier cosa es mejor que la apatía, el estancamiento, la vaciedad y la indiferencia. Estamos en mejor estado que muchos. Es evidente que no somos amigos de Satanás. Como los reyes de este mundo, él no batalla contra sus propios súbditos. El mero hecho de que nos asalta, debiera llenarnos de esperanza. Lo repito, animémonos. El hijo de Dios lleva dos grandes señales y de estas dos, aquí tenemos una. Lo podemos identificar por su guerra interior, al igual que por su paz interior.

sábado, 12 de octubre de 2024

La defensa de la mujer en la Reforma: una “excelentísima” obra de Dios - Steven Wedgeworth

En la antigüedad, muchos vieron a la mujer como un “hombre deformado”. Sin embargo, los reformadores celebraron a la mujer como “una obra excelentísima” de Dios, afirmando también el diseño original del liderazgo masculino.

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

La importancia de la batalla cristiana

Seamos miembros de la iglesia o no, una cosa es cierta, esta guerra cristiana es una enorme realidad y un tema de suma importancia. No es un tema como el gobierno y las ceremonias de la iglesia, en que los hombres pueden discrepar y, aun así, al final llegar al cielo. La necesidad se nos impone. No hay promesas en las Epístolas del Señor Jesucristo a las Siete Iglesias, excepto a aquellas que "venzan". Donde hay gracia habrá conflicto. El creyente es un soldado. No hay santidad sin batalla. Las almas salvadas siempre serán los que han peleado una batalla.

(1) Es una batalla absolutamente necesaria. No creamos que en esta guerra podemos permanecer neutrales y mantenernos pasivos. En los conflictos entre naciones puede ser posible, pero es totalmente imposible en el conflicto que concierne al alma. La presumida política de no intervención, la "inactividad magistral" que agrada a tantos políticos, el plan de no hacer nada y dejar las cosas como están, nunca dará resultado en la guerra cristiana. Aquí nadie puede escapar alegando ser "un hombre de paz". Estar en paz con el mundo, la carne y el diablo es estar enemistado con Dios y transitar por el camino ancho que lleva a la destrucción. No tenemos una alternativa ni una opción. Tenemos que luchar o estamos perdidos.

(2) Es una batalla universalmente necesaria. Ningún rango, ni clase ni edad tiene excusa para dejar de pelear. Pastores y laicos, predicadores y oyentes, ancianos y jóvenes, altos y bajos, ricos y pobres, encumbrados y humildes, reyes y súbditos, terratenientes e inquilinos, letrados e iletrados, todos deben portar armas e ir a la guerra. Todos tienen por naturaleza un corazón lleno de orgullo, incredulidad pereza, mundanalidad y pecado. Todos vivimos en un mundo lleno de trampas, engaños y escollos para el alma. Todos tenemos cerca a un diablo ocupado, inquieto y malicioso. Todos, desde el rey en su palacio hasta el mendigo más pobre, todos debemos luchar si hemos de ser salvos.

viernes, 11 de octubre de 2024

¿Por qué se les llama PROTESTANTES a los seguidores de la REFORMA? | BITE


SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

La seriedad de la batalla del cristiano

Algunos pueden pensar que estas afirmaciones son demasiado fuertes. A ustedes les puede parecer que estoy exagerando y que me estoy excediendo con lo que digo. Se dice por allí que los hombres y las mujeres, de hecho, podrán llegar al cielo sin todas estas dificultades, guerras y luchas. Préstenme atención por unos minutos y les mostraré lo que tengo que decir en nombre de Dios. Recuerden la máxima del general más sabio que jamás hubo en Inglaterra: "En tiempo de guerra el peor error es subestimar al enemigo, y tratar de librar una guerra pequeña". La guerra cristiana no es algo de poca importancia. Denme su atención y consideren lo que digo.

¿Qué dicen las Escrituras? (1) "Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna". (2) "Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo". (3) "Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes". (4) "Esforzaos a entrar por la puerta angosta". (5) "Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece". (6) "No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada". (7) "El que no tiene espada, venda su capa y compre una". (8) "Velad, estad firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos". (9) "Te encargo que... milites por ellas la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia". (1 Ti. 6:12; 2 Ti. 2:3; Ef. 6:11-13; Lc. 13:24; Jn. 6:27; Mt. 10:34; Lc. 22:36; 1 Co. 16:13; 1 Ti. 1:18, 19).

Palabras como éstas me parecen muy claras, sencillas e inequívocas. Todas enseñan una y la misma gran lección, siempre y cuando estemos dispuestos a aprenderla. Esa lección es que el verdadero cristianismo es una lucha, una pelea y una guerra. Me parece a mí que el que pretenda condenar la "guerra espiritual" y enseñe que hemos de estar quietos y "someternos a Dios", entiende mal su Biblia y comete un grave error.

¿Qué dice el Servicio Bautismal de la Iglesia Anglicana? Aunque a ese servicio le falta inspiración y que, al igual que cualquier composición que no es inspirada, tiene sus defectos; para los millones de miembros de la Iglesia Anglicana alrededor del mundo se usan las siguientes palabras: "Te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo", "Marco a este niño con la señal de la cruz, como una muestra de que de aquí en adelante no se avergonzará de confesar la fe de Cristo crucificado; y peleará varonilmente bajo su estandarte contra el pecado, el mundo y el diablo y que seguirá siendo un soldado y siervo fiel de Cristo hasta el final de su vida".

Por supuesto que todos sabemos que en incontables casos el bautismo no es más que una formalidad y que los padres de familia traen a sus hijos a la fuente bautismal sin tener fe, ni orar ni reflexionar. El que suponga que el bautismo en estos casos actúa mecánicamente, como un medicamento, y que tanto progenitores piadosos como impíos, que oran o no oran, obtienen el mismo beneficio para sus hijos debe estar en un extraño estado mental.

Pero de cualquier manera, una cosa es muy cierta. Cada miembro de la Iglesia bautizado, es a partir de su profesión de fe, un "soldado de Jesucristo" y asume el compromiso de pelear "bajo su estandarte contra el pecado, el mundo y el diablo". El que lo duda, que tome su Libro de Oraciones, lo lea, lo subraye y aprenda su contenido. Lo peor de todo es que muchos miembros muy celosos de la Iglesia Anglicana ignoran totalmente lo que contiene su propio Libro de Oraciones.

jueves, 10 de octubre de 2024

Halloween y la libertad cristiana - JOSÉ MERCADO

 


SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

La batalla principal del cristiano: La carne, el mundo y el diablo

¡Por cierto que aquello no es la verdadera fe cristiana! La lucha principal del cristiano es con el mundo, la carne y el pecado. Estos son sus eternos enemigos. Estos son los tres enemigos principales contra quienes tiene que ir a la guerra. A menos que obtenga la victoria sobre estos tres, todas las demás victorias son inútiles y vanas. Si tuviera una naturaleza como la de un ángel y no fuera una criatura caída, la guerra no sería tan esencial. Pero con un corazón corrupto, un diablo activo y las trampas del mundo, la consigna es: "Lucha" o estás perdido.

Tiene que luchar contra la carne. Aun después de su conversión, el creyente lleva en su interior una naturaleza propensa al mal y un corazón débil e inestable como el agua. Ese corazón nunca estará libre de imperfecciones en este mundo y es un desvarío miserable esperarlo. Para prevenir que el corazón se desvíe, el Señor Jesús nos insta: "Velad y orad". El espíritu puede estar dispuesto, pero la carne es débil. Hay necesidad de luchar diariamente y batallar diariamente en oración. "Golpeo mi cuerpo", clama Pablo, "y lo pongo bajo servidumbre". "Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo". "Los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos". "Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros". (Mr. 14:38; 1 Co. 9:27; Ro. 7:23-24; Gá. 5:24; Col. 3:5).

Tiene que luchar contra el mundo. La influencia sutil de ese poderoso enemigo tiene que ser resistida todos los días y si no se pelea todos los días, nunca se puede vencerla. El amor por las cosas buenas de la vida, el temor a las burlas o acusaciones del mundo, el anhelo secreto de mantenerse en el mundo, el deseo secreto de hacer lo mismo que hacen los demás en el mundo y no sufrir las consecuencias, todos estos, son enemigos que atacan continuamente al cristiano en su camino al cielo y deben ser conquistados. "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios" (Stg. 4:4). "Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él". "El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo". "Todo lo que es nacido de Dios vence al mundo". "No os conforméis a este siglo". (1 Jn. 2:15; Gá. 6:14; 1 Jn. 5:4; Ro. 12:2).

Tiene que luchar contra el diablo. El viejo enemigo de la humanidad no está muerto. Desde la caída de Adán y Eva no deja "de rodear la tierra y de andar por ella" tratando de lograr un gran fin: La ruina del alma del hombre. Nunca descansa y nunca duerme, siempre anda como "león rugiente... buscando a quien devorar". Es un enemigo invisible, siempre está cerca de nosotros, en nuestra senda y en nuestra cama, espiando todo lo que hacemos. Este enemigo "es mentiroso, y padre de mentira; desde el principio, trabaja noche y día para arrojarnos al infierno. Algunas veces conduciendo al hombre a las supersticiones, otras veces sugiriendo infidelidad, en ocasiones por medio de un tipo de tácticas y, a veces, por otro; está permanentemente en campaña contra nuestras almas. "Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo". Este poderoso adversario tiene que ser resistido diariamente si queremos ser salvos. "Pero este género no sale sino con oración y ayuno". Podemos vencerlo, orando, luchando y poniéndonos toda la armadura de Dios. Nunca podremos quitar de nuestro corazón al hombre fuertemente armado sin librar una batalla diaria (Job 1:7; 1 P. 5:8; Jn. 8:44; Lc. 22:31; Ef. 6:11; Mt. 17:21).

miércoles, 9 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

I. El cristianismo verdadero es una batalla

Lo primero que tengo que decir es esto: El cristianismo verdadero es una batalla.

¡Cristianismo verdadero! Enfoquemos la palabra "verdadero". Hay una gran cantidad de religiones en el mundo que no son cristianismo verdadero, auténtico. Son tolerantes, satisfacen las conciencias adormecidas, pero son falsas. No son lo verdadero, lo que hace mil ochocientos años se llamaba cristianismo. Hay miles de hombres y mujeres que van a las iglesias todos los domingos y se llaman cristianos. Sus nombres están en el registro de bautismos. Mientras están vivos, se los considera cristianos. Se han casado por la Iglesia. Piensan ser sepultados como cristianos cuando mueran. ¡Pero nunca se ve nada de "lucha" en su vida espiritual! No saben, literalmente, nada de lucha espiritual, esfuerzo, conflicto, ni de negarse a sí mismos, ni de estar vigilantes y, mucho menos, de batallar. Tal cristianismo puede satisfacer al hombre y los que se atreven a decir algo en contra son considerados duros e incomprensivos; pero, de hecho, no es el cristianismo de la Biblia. No es la fe cristiana que fundó el Señor Jesús y que sus discípulos predicaban. No es la fe bíblica que produce verdadera santidad. El verdadero cristianismo es "una batalla".

El verdadero cristiano es llamado a ser un soldado y debe comportarse como tal desde el día de su conversión hasta el día de su muerte. No es la intención que viva una vida a sus anchas, indolente y segura. No debe imaginarse nunca, ni por un momento, que puede hacer su trayectoria al cielo dormido o medio dormido, como si estuviera viajando en un carruaje muy cómodo. Si adopta sus normas del cristianismo de los hijos de este mundo, quizá se contente con estas nociones, pero no encontrará en la Palabra de Dios nada que las justifique. Si la Biblia es su regla de fe y práctica, tiene que encontrar su camino bien marcado con respecto a este asunto. Tiene que "luchar".

¿Con quiénes tiene que luchar el soldado cristiano? No con otros cristianos. ¡Miserable es la idea que tienen algunos hombres de que la fe cristiana consiste en controversias perpetuas! El que nunca está satisfecho, a menos que esté en medio de un conflicto entre iglesia e iglesia, congregación y congregación, secta y secta, facción y facción, partido y partido, nada sabe de lo que debiera saber. Sin duda, puede suceder que, a veces, sea absolutamente necesario recurrir a los tribunales de justicia para asegurar la interpretación correcta de los Artículos de la iglesia, de rúbricas y formularios. Pero por regla general, nunca es mejor servida la causa del pecado que cuando los cristianos malgastan sus energías en pelear unos contra otros y pierden el tiempo en discusiones insignificantes.

martes, 8 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

4. La batalla

"Pelea la buena batalla de la fe". 1 Timoteo 6:12

Es un hecho curioso que no haya otro tema en el que tanta gente se interese tanto como el de riñas o "peleas". Tanto jóvenes como señoritas, ancianos y niños, encumbrados y humildes, ricos y pobres, letrados e iletrados, tienen un profundo interés por las guerras, pleitos, riñas, batallas y luchas.

Es la simple realidad, no importa cómo la tratemos de explicar. Llamaríamos insulso al inglés que no se interesara nada en la historia de Waterloo, o Inkerman, o Balaclava o Lucknow. Creeríamos que es frio y torpe el corazón que no se conmueve y emociona por las luchas en Sedan y Estrasburgo, Metz y Paris durante la guerra entre Francia y Alemania.

Hay una guerra espiritual

Pero hay otra guerra de mucha mayor importancia que ninguna contienda que el hombre haya librado jamás. Es una guerra que concierne, no sólo a dos o tres naciones, sino a cada cristiano que haya nacido en el mundo. A lo que me refiero es a la guerra espiritual. Es la batalla que todo el que quiere ser salvo tiene que encarar con respecto a su alma.

Sé que esta guerra es una de la cual muchos no saben nada. Hábleles de ella y lo tildan de loco, fanático o iluso. Y sin embargo, es tan real y verdadera como cualquier combate que se haya librado en la tierra. Tiene conflictos cuerpo a cuerpo y sus consecuentes heridas. Tiene el velar y el cansancio. Tiene asedios y asaltos. Tiene sus victorias y sus fracasos. Sobre todo, tiene consecuencias que son terribles, tremendas y muy peculiares. En las guerras terrenales hay consecuencias que, a menudo, son temporales y remediables. En la guerra espiritual las cosas son muy diferentes. En esta guerra, cuando termina la lucha, las consecuencias son eternas, no se pueden cambiar.

Fue ésta la guerra de la que Pablo le hablaba a Timoteo cuando escribió aquellas ardientes palabras: "Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna". Es a esta guerra que propongo referirme en este capítulo. Considero que el tema tiene una relación cercana con el de santificación y santidad. Todo el que entienda la naturaleza de la verdadera santidad, sabrá que el cristiano es un "guerrero". Si queremos ser santos tenemos que luchar.

lunes, 7 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

La santidad viene...

- No de la sangre, los padres no se la pueden pasar a sus hijos.

- Tampoco de la voluntad de la carne, el hombre por él mismo no la puede producir.

- Ni de voluntad de hombre, los pastores no la pueden dar con el bautismo.

La santidad procede de Cristo. Es el resultado de la unión vital con él. Es el fruto de ser una rama viviente de la Vid verdadera. Acuda entonces a Cristo y diga: "Señor, no sólo sálvame de la culpa de pecado y de su poder. También envíame el Espíritu que has prometido. Hazme santo. Enséñame a hacer tu voluntad".

¿Quiere seguir siendo santo? Entonces permanezca en Cristo. Él mismo dice: "Permaneced en mí, y yo en vosotros... el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto" (Jn. 15:4-5). Le plugo al Padre que en él morara toda plenitud, la satisfacción total para todas las necesidades del creyente. Él es el Médico a quien tiene que acudir cada día, él lo mantendrá sano. Él es el Maná que debe comer cada día y la Roca de la cual debe beber cada día. Su brazo es el brazo sobre el cual tiene que apoyarse cada día al salir del desierto de este mundo. Usted, no sólo tiene que echar raíces, también tiene que edificarse en él. Pablo fue ciertamente un hombre de Dios, un hombre santo, un creyente que crecía y prosperaba. ¿Y cuál era su secreto? Era alguien para quien Cristo era "todo en todo". Tenía siempre "puestos los ojos en Jesús". El apóstol decía: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". "Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios" (He. 12:2; Fil. 4:13; Gá. 2:20). Vayamos y hagamos lo mismo.

Dios quiera que todos los que leen estas páginas, conozcan estas cosas por experiencia y no únicamente por haberlas oído. ¡Que todos sintamos la importancia de la santidad mucho más de lo que la hemos sentido hasta ahora! ¡Que nuestros años sean años santos para nuestras almas; si lo son, serán años felices! ¡Si vivimos, vivamos para el Señor, o si morimos, muramos para el Señor; si viene por nosotros, que nos encuentre en paz, sin mancha ni culpa!

domingo, 6 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 III. Consejos para todos los que anhelan ser santos

Por último, quiero ofrecer una palabra de consejo a todos los que anhelan ser santos. ¿Quiere usted ser santo? ¿Quiere ser una nueva criatura? Entonces tiene que comenzar con Cristo. Usted no hará nada y no progresará nada hasta que sienta su pecado y debilidad y acuda a él. Él es la raíz y el comienzo de toda santidad; y el camino para ser santo es venir a él por fe y estar unido a él. Cristo no sólo es sabiduría para su pueblo, sino santificación también. Algunas veces, los hombres quieren tratar de alcanzar la santidad por ellos mismos, con un resultado lastimoso. Se esfuerzan y trabajan, quieren empezar una página nueva en sus vidas y cambiar mucho; pero, como la mujer con el flujo de sangre, antes de venir a Cristo, "nada había aprovechado, antes le iba peor" (Mr. 5:26). Corren en vano y trabajan en vano; esto no es de sorprender porque están empezando por el final. Construyen un muro de arena, sus obras van desapareciendo como el agua en una vasija agujereada. Nadie puede poner otro fundamento para la "santidad" que el que ya está puesto, o sea Cristo Jesús, quien dijo: "Separados de mí nada podéis hacer" (Jn. 15:5). Traill dijo unas palabras fuertes, pero muy ciertas: "La sabiduría que no es de Cristo es una necedad que lleva a la condenación; la santificación fuera de Jesús es suciedad y pecado; la redención fuera de Cristo es esclavitud".

¿Quiere usted lograr santidad? ¿Siente este día un anhelo fuerte de ser santo? ¿Quiere ser partícipe de la naturaleza divina? Entonces acuda a Cristo. No busque ninguna razón. No espere a nadie. No piense en prepararse. Acuda a él y dígale, en las palabras de aquel hermoso himno...

"Nada traigo para Ti, Mas tu cruz es mi sostén;

Desprovisto y en escasez, Hallo en Ti la paz y el bien".

(Augustus Toplady, 1776)

No hay ni un ladrillo ni una roca para edificar la obra de nuestra santificación hasta que acudimos a Cristo. La santidad es su don especial para su pueblo creyente. Santidad es la obra que lleva a cabo en sus corazones, por el Espíritu que coloca dentro de ellos. Es asignado "Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados". "Más a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Hch. 5:31; Jn. 1:12).

sábado, 5 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816 - 1900)

 

El gran teólogo John Owen, maestro de la Iglesia de Cristo hace más de doscientos años, solía decir que hay gente cuya religión parece consistir en andar quejándose todo el tiempo de sus propias corrupciones y diciéndoles a todos que no pueden hacer nada al respecto. Me temo que ahora, después de dos siglos, lo mismo podría decirse de algunos seguidores de Cristo. Sé que hay pasajes en las Escrituras que ameritan estas quejas. No pongo objeción a ellas cuando proceden de hombres que siguen los pasos del Apóstol Pablo y pelean la buena batalla, como lo hizo él, contra el pecado, el diablo y el mundo. Pero nunca me gustan tales quejas cuando sospecho, como lo hago a menudo, que son sólo un manto para cubrir la pereza espiritual. Si decimos con Pablo: "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?", que podamos decir también con él: "Prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús". No citemos sólo un ejemplo de él, cuando no lo seguimos en otro (Ro. 7:24; Fil. 3:14).

No pretendo ser mejor que los demás y si alguno pregunta: "¿Quién es usted, que escribe de esta manera?" Contesto yo: "No soy más que una muy pobre criatura". Pero digo que no puedo leer la Biblia sin anhelar ver que más creyentes sean más espirituales, más santos, más enfocados, que piensen más en el cielo, que estén más consagrados de lo que están ahora. Quiero ver entre los creyentes un espíritu más como el de un peregrino, más apartados del mundo, una conversación más evidentemente celestial, un andar más íntimo con Dios y por eso he escrito como lo he hecho.

¿No es cierto que necesitamos una norma superior de santidad personal en este tiempo? ¿Dónde está nuestra paciencia? ¿Dónde está nuestro celo? ¿Dónde está nuestro amor? ¿Dónde están nuestras obras? ¿Dónde se puede ver el poder de la fe cristiana, como se vio en el pasado? ¿Dónde está aquel tono inconfundible que solía distinguir a los santos del pasado y que sacudía al mundo? Ciertamente nuestra plata se ha convertido en escoria, nuestro vino se ha mezclado con agua y nuestra sal tiene muy poco sabor. Todos estamos más que medio dormidos. La noche ha pasado y ya viene la mañana. Despertemos y dejemos de dormir. Abramos más nuestros ojos de lo que hemos hecho hasta ahora, "despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia", "limpiémonos de toda contaminación de carne y espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios" (He. 12:1; 2 Co. 7:1). "Habiendo muerto Cristo", dice Owen, "¿vivirá el pecado? ¿Fue él crucificado en el mundo y serán nuestros sentimientos hacia el mundo entusiastas y vivaces? ¡Oh! ¿Dónde está el espíritu de aquel por quien el mundo ha sido crucificado para él y él para el mundo?" (Gá. 6:14).

viernes, 4 de octubre de 2024

SANTIDAD - J. C. RYLE (21816-1900)


(2) Quiero ahora hablarles un poco a los creyentes. Les pregunto: "¿Creen que sienten la importancia de la santidad tanto como debieran?"

La actitud que tiene la gente de estos tiempos con respecto a este tema es de temer. Dudo mucho que ocupe el lugar que merece en los pensamientos y la atención de algunos en el pueblo del Señor. Sugiero, humildemente, que somos propensos a pasar por alto la doctrina del crecimiento en la gracia y que no consideramos suficientemente, cuán avanzado puede estar el hombre en la profesión de su religión y, aun así, carecer de gracia y, finalmente, estar muerto a los ojos de Dios. Creo que Judas Iscariote era muy parecido a los demás apóstoles. Cuando el Señor anunció que uno lo traicionaría, nadie dijo: "¿Es Judas?". Nos conviene pensar más en las iglesias de Sardis y Laodicea de lo que lo hacemos.

No es mi intención hacer un ídolo de la santidad. No quiero destronar a Cristo y poner a la santidad en su lugar. Pero tengo que decir cándidamente que desearía que la santificación ocupara más de los pensamientos de lo que parece hacerlo en la actualidad y, por lo tanto, aprovecho la ocasión para insistirles sobre el tema a aquellos en cuyas manos caen estas páginas. Me temo que, a veces, se olvidan de que Dios ha unido la justificación con la santificación. Sin duda, son cosas distintivamente diferentes, pero la una nunca se encuentra sin la otra. Lo que Dios ha juntado no se atreva nadie a separar. No me cuente de su justificación, a menos que tenga algunas señales de santificación. No se vanaglorie de la obra que Cristo realizó para usted, a menos que pueda mostrarme la obra del Espíritu en usted. No piense que Cristo y el Espíritu alguna vez puedan ser divididos. Dudo que no haya muchos creyentes que saben estas cosas, pero creo que es bueno que las recordemos. Demos pruebas de que las conocemos por nuestra manera de vivir. Tratemos de tener constantemente en cuenta este texto: "Seguid la santidad, sin la cual nadie verá al Señor".

Tengo que decir francamente que me gustaría que no hubiera tanta sensibilidad al tema de la santidad como, a veces percibo entre los creyentes. ¡Se toca con tanta cautela que alguien pudiera pensar que realmente es un tema peligroso de encarar! Por cierto que cuando hemos exaltado a Cristo como "el camino, la verdad y la vida", no podemos equivocarnos si hablamos con firmeza sobre lo que debiera ser el carácter de su pueblo. Bien dice Rutherford: "El camino que rebaja los deberes y la santificación, no es el camino de la gracia. El creer y el hacer son amigos inseparables".

Tengo que decirlo, pero lo digo con reverencia. A veces me temo que si Cristo estuviera hoy en la tierra, no faltarían los que pensaran que su predicación es legalista y si Pablo estuviera escribiendo sus epístolas, habría aquellos que pensarían que mejor le sería no escribir la última parte de la mayoría de las epístolas, tal como lo hizo. Pero recordemos que el Señor Jesús sí predicó el Sermón del Monte y que la Epístola a los Efesios contiene seis capítulos y no cuatro. Me duele tener que hablar de esta manera, pero hay una razón para hacerlo.

jueves, 3 de octubre de 2024

MARTÍN LUTERO: reformador alemán | BITE


SANTIDAD - J. C. RYLE (1816 - 1900)


Usted puede decir: "En este caso, serán muy pocos los que habrán de ser salvos". Contesto yo: "Lo sé. Es precisamente lo que Cristo nos dice en el Sermón del Monte". El Señor Jesús así lo dijo hace 1.900 años. "Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan" (Mt. 7:14). Pocos serán salvos porque pocos se tomarán el trabajo de buscar la salvación. Los hombres no quieren negarse los placeres del pecado y de su propia voluntad por un poquito de tiempo. Le dan la espalda a la vida: "No queréis venir a mí para que tengáis vida, dijo Jesús" (Jn. 5:40).

Usted puede decir: "El hecho de que el camino es muy angosto es algo difícil de aceptar". Contesto yo: "Lo sé". Es lo que dice el Sermón del Monte. Es lo que dijo el Señor Jesús hace 1.900 años. Siempre decía que los hombres tenían que tomar su cruz diariamente y que debían estar listos para amputarse una mano o un pie, si querían ser sus discípulos. En la fe cristiana sucede lo mismo que en otras cosas: "Sin dolor no hay ganancias". Lo que nada cuesta, nada vale.

No importa lo que sea que pensemos que es correcto, lo cierto es que debemos ser santos si queremos ver al Señor. ¿Dónde está nuestro cristianismo si no lo somos? No sólo hemos de ser cristianos de nombre y tener conocimiento, tenemos que tener también un carácter cristiano. Tenemos que ser santos en la tierra, si es que tenemos la intención de ser santos en el cielo. "Sin santidad nadie verá al Señor". "La agenda del Papa", dice Jenkyn, "sólo convierte en santos a los muertos, en cambio las Escrituras requieren santidad en los vivos". "Que nadie se engañe", dice Owen, "la santificación es una cualidad indispensable para los que están bajo la dirección de Cristo el Señor para salvación. Él no lleva nadie al cielo que no santifica en la tierra. La Cabeza viviente no admitirá miembros muertos".

No nos maravillemos porque las Escrituras digan: "Os es necesario nacer de nuevo" (Jn. 3:7). Es claro como el agua que muchos que profesan ser cristianos necesitan un cambio completo -un nuevo corazón, una nueva naturaleza-, si han de ser salvos. Las cosas viejas tienen que pasar, tienen que convertirse en criaturas nuevas. "Sin santidad nadie", sea quien sea, "verá al Señor".