Versículo para hoy:

sábado, 11 de junio de 2016

Teniendo comunión con Dios en los días “locos” - David Mathis

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 11

“Allí quebró las saetas del arco, el escudo y la espada y tren de guerra”.         Salmo 76:3.

EL glorioso clamor de nuestro Redentor “consumado es”, fue el tañido que anunció la muerte de todos los adversarios de su pueblo, la destrucción de “las saetas del arco, el escudo y la espada y tren de guerra”. He aquí al héroe del Gólgota usando su cruz como yunque y sus ayes como martillo, haciendo añicos, manojo tras manojo de nuestros pecados, esas “envenenadas saetas del arco”, y menospreciando toda denuncia y confutando toda acusación. ¡Qué golpes gloriosos da el poderoso Rompedor con un martillo mucho más pesado que la fabulosa arma de Thor! ¡Cómo los diabólicos dardos vuelan en pedazos y los infernales escudos son quebrados como vasos de alfarero! He aquí, él saca de la vaina de infernal hechura la temible espada de poder satánico y la rompe sobre sus rodillas como alguien rompe leña seca y la echa en el fuego. He aquí, ningún pecado del creyente puede ahora ser una saeta que lo hiera mortalmente; ninguna condenación puede ahora ser una espada que lo mate, porque el castigo de nuestro pecado fue sufrido por Cristo, y una expiación perfecta de todas nuestras iniquidades fue hecha por nuestro bendito Substituto y Fiador. Ahora, ¿quién acusa? Ahora, ¿quién condena? Cristo murió; más aún, también resucitó. Jesús vació las aljabas del infierno, apagó todo dardo de fuego, decapitó toda saeta de ira. El suelo está sembrado de astillas y de restos de las armas de la lucha del infierno, los que nos son visibles sólo para recordarnos nuestro peligro anterior y nuestra gran liberación. El pecado no tiene más dominio sobre nosotros. Jesús ha terminado con él y lo quitó para siempre. ¡Oh tú, enemigo, las destrucciones han llegado a un fin definitivo! Hablad de todas las admirables obras del Señor, vosotros que mencionáis su nombre; no calléis ni de día ni cuando el sol se pone. Bendice, alma mía, al Señor.

Charles Haddon Spurgeon.

viernes, 10 de junio de 2016

Invierte en el futuro de tu familia - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 10

“Ellas dan testimonio de mí”. Juan 5:39.

JESUCRISTO es el Alfa y la Omega de la Biblia. Es el tema constante de sus sagradas páginas. Desde la primera hasta la última página, la Biblia testifica de él. En la creación, enseguida lo notamos como parte de la sagrada Trinidad; tenemos un vislumbre de él en la promesa de la simiente de la mujer. Lo vemos representado en el arca de Noé. Mientras andamos con Abraham, vemos, como él, el día del Mesías. Moramos en las tiendas de Isaac y de Jacob, mientras ellos se alimentan de las gratas promesas. Oímos al venerable Israel hablando de Shiloh, y en los numerosos tipos de la ley, hallamos al Redentor claramente anunciado. Profetas y reyes; sacerdotes y predicadores, todos tienen la mirada en un punto; todos como los querubines sobre el arca, desean mirar dentro y leer el misterio de la gran propiciación de Dios. Sin embargo, es en el Nuevo Testamento donde hallamos claramente a nuestro Señor como único tema que todo lo llena. Este tema no es un raro lingote o polvo de oro escasamente esparcido, sino un sólido piso de oro sobre el cual tú estás colocado, pues la entera sustancia del Nuevo Testamento es Jesús crucificado, y aun sus últimas palabras están enjoyadas con el nombre del Redentor. Quisiéramos siempre leer las Sagradas Escrituras a esta luz. Quisiéramos considerar la palabra como un espejo en el cual Cristo mira desde el cielo, y en el que, mirando nosotros después, vemos su rostro reflejado oscuramente, es cierto, pero, sin embargo, en tal forma que será una bendita preparación para contemplarlo cuando lo veamos cara a cara. La Biblia contiene las cartas de Jesucristo para nosotros, perfumadas con su amor. Esas páginas son vestiduras de nuestro Rey y exhalan fragancia de mirra y áloes y casia. La Biblia es la carroza real en la que Jesús maneja, y la cual está embaldosada de amor por las hijas de Jerusalén. Las Escrituras son los pañales del santo niño Jesús; despliégalo y halla a tu Salvador. La quintaesencia de la Palabra de Dios es Cristo.

Charles Haddon Spurgeon.

jueves, 9 de junio de 2016

Aquí y ahora - Winn Collier

El Llamado al Ministerio | 9Marks



 


Edifica tu matrimonio en tierra sólida - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 9

“Escudriñad las Escrituras”. Juan 5:39.

LA palabra griega traducida aquí por escudriñar significa una escrupulosa, minuciosa, diligente y cuidadosa investigación, como la que realizan los hombres cuando buscan oro, o los cazadores cuando marchan ansiosos tras la caza. No debemos descansar satisfechos por haber leído uno o dos capítulos de la Biblia, sino tenemos que buscar empeñosamente con la candela del Espíritu, el significado oculto de la palabra. Las Sagradas Escrituras requieren examen; mucho de ella sólo puede ser aprendido por cuidadoso estudio. Hay leche para los niños, pero hay también carne para hombres vigorosos. Los rabíes dicen sabiamente que una montaña de enseñanza hay en cada palabra; sí, en cada nombre de las Escrituras. Tertuliano exclama: “Adorno la plenitud de las Escrituras”. Ninguno que meramente hojee el libro de Dios puede sacar provecho de él; tenemos que cavar y excavar hasta que consigamos el tesoro escondido. La puerta de la palabra sólo se abre con la llave de la diligencia. Las Escrituras reclaman investigación. Ellas son las Escrituras de Dios que llevan el sello y la autorización divina. ¿Quién se atreverá a tratarlas con ligereza? El que las desprecia, desprecia a Dios, que las escribió. No permita Dios que alguno de nosotros deje que su Biblia se convierta en un testigo contra él en el gran día del juicio. La palabra de Dios recompensará al que la investigue. Dios no nos ordena zarandear un montón de tamo que contiene aquí y allí un grano de trigo, sino la Biblia, que es trigo aventado. Sólo tenemos que abrir la puerta del granero y hallarlo. La Biblia se agranda ante el que la estudia, pues está llena de sorpresas. La Biblia, a semejanza de un amplio templo pavimentado con oro y techado con rubíes, esmeraldas y toda suerte de gemas, brilla bajo la instrucción del Espíritu Santo con esplendor de revelación. No hay mercancía igual a la verdad de las Escrituras. Por fin, las Escrituras revelan a Jesús. “Ellas dan testimonio de mí”. Ningún estímulo más poderoso que este puede presentarse a los lectores de la Biblia: el que halla a Jesús halla vida, cielo y todas las cosas. Feliz el que, escudriñando su Biblia, halla a su Salvador.

Charles Haddon Spurgeon.

miércoles, 8 de junio de 2016

La corona de vida - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 8

"Ahora verás si te sucede mi dicho o no”. Números 11:23.

DIOS había hecho a Moisés una positiva promesa de que por espacio de todo un mes alimentaría a un vasto ejército en el desierto con carne. Moisés, siendo sorprendido con un acceso de incredulidad, considera los medios externos y así no puede conocer cómo la promesa puede cumplirse. Moisés miró a la criatura más bien que al Creador. Pero, ¿aguarda el Creador que la criatura cumpla la promesa a favor de él? No. Dios, que hace la promesa, siempre la cumple por su propia omnipotencia sin ayuda alguna. Si él habla, su palabra puede considerarse como un hecho, obrado por él mismo. El cumplimiento de su promesa no depende de la cooperación de la débil fuerza del hombre. En seguida, podemos notar el error que cometió Moisés. Y, sin embargo, ¿cuán frecuentemente nosotros hacemos lo mismo? Dios ha prometido suplir nuestras necesidades y nosotros esperamos que la criatura haga lo que Dios prometió hacer, y, luego, al conocer que la criatura es débil y frágil, nos entregamos a la incredulidad. Pero, ¿por qué recurrimos a ese lugar? ¿Recurrirías tú a la cima de los Alpes en busca de calor estival? ¿Irías al polo norte para cosechar frutas maduradas al sol? Sin embargo, al hacer esto, no obrarías más neciamente que cuando recurres al débil por fuerza y a la criatura para que haga la obra del Creador. Pongamos, pues, esta cuestión sobre una base razonable. El fundamento de la fe no es la suficiencia de los medios visibles para el cumplimiento de la promesa, sino es la completa suficiencia del Dios invisible, que con toda seguridad hará conforme a lo que ha dicho. Si nos atrevemos a entregarnos a la desconfianza, después de ver claramente que el obrar corresponde al Señor y no a la criatura, la pregunta de Dios vendrá a nosotros con poder: “¿Hase acortado la mano de Jehová?” Puede acontecer también, en su misericordia, que con la pregunta fulgure sobre nuestras almas esta bendita declaración: “Ahora verás si te sucede mi dicho o no”.

Charles Haddon Spurgeon.

martes, 7 de junio de 2016

La fe produce fidelidad - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 7

“Sé celoso”. Apocalipsis 3:19.

SI deseas ver almas convertidas, si deseas oír el pregón de que “los reinos de este mundo han venido a ser los reinos de nuestro Señor”, si quieres colocar coronas en la cabeza del Salvador y ver su trono establecido, llénate de celo. Porque, bajo la dirección de Dios, el medio de la conversión del mundo es el celo de la Iglesia. Todas las gracias harán proezas, pero esta será la primera. La prudencia, el conocimiento, la paciencia y el coraje seguirán en sus lugares, pero el celo debe ir a la cabeza. No es la amplitud de tus conocimientos, aunque ellos no deben  ser despreciados; es tu celo el que hará grandes hazañas. Este celo es el fruto del Espíritu; extrae su fuerza vital de las continuas cooperaciones del Espíritu Santo en el alma. Si nuestra vida interior decae; si nuestro corazón palpita lentamente delante de Dios, no conoceremos el celo. Pero si dentro de nosotros todo es fuerte y vigoroso, entonces no podremos sino sentir una amable ansiedad de ver llegar el reino de Cristo y de que su voluntad sea hecha en la tierra como es hecha en el cielo. Un profundo sentido de gratitud nutrirá el celo cristiano. Mirando a la caverna de la fosa de donde fuimos arrancados, hallamos mucha razón para gastar y ser gastados a favor de Dios. El celo también se estimula pensando en el futuro eterno. El celo mira con ojos llorosos las llamas del infierno y no puede descansar; mira arriba, con ansiosa mirada, las glorias del cielo y no puede sino mostrarse activo. Se da cuenta de que el tiempo es corto comparado con la obra que tiene que ser hecha y, por consiguiente, consagra todo lo que tiene a la causa del Señor. Y el celo es siempre alentado por el recuerdo del ejemplo de Cristo. El se vistió de celo como si fuera un manto. ¡Cuán rápidas las ruedas del carro del deber anduvieron con él! El no malgastó el tiempo en el camino. Demostremos que somos sus discípulos, manifestando el mismo espíritu de celo.

Charles Haddon Spurgeon.

lunes, 6 de junio de 2016

Criando hijos fuertes - Nancy DeMoss de Wolgemuth

¿Estás lista para cualquier sufrimiento que pueda venir?

Programas de la serie

Tomado de Nancy Leigh DeMoss. Programa radial emitido Junio 6, 2016. www.AvivaNuestrosCorazones.com.

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 6

“¿Son israelitas? Yo también”. 2 Corintios 11:22.

AQUÍ tenemos una declaración personal que requiere pruebas. El apóstol sabía que su declaración era indisputable; pero hay muchas personas que no tienen derecho al título y que, sin embargo, pretenden pertenecer al Israel de Dios. Si estamos diciendo con confianza “yo también soy israelita”, digámoslo sólo después de haber escudriñado nuestro corazón en la presencia de Dios. Pero si podemos dar pruebas de que estamos siguiendo a Jesús, si podemos decir de corazón “yo confío en él enteramente, confío en él solamente, confío en él únicamente, confío en él ahora y confío en él para siempre”, entonces la posición que sostienen los santos de Dios nos pertenece también a nosotros: todos sus goces son posesiones nuestras. Podemos ser los últimos en Israel, “menos que el más pequeño de todos los santos”, sin embargo, ya que las mercedes de Dios pertenecen a todos los santos como santos y como santos aventajados o bien instruidos, podemos introducir nuestro argumento y decir: “¿Son israelitas? Yo también. Por lo tanto, las promesas son mías, la gracia es mía y la gloria será mía”. La declaración, hecha correctamente, dará indecible aliento. Cuando el pueblo de Dios se regocija porque pertenece a él, ¡qué felicidad si puede decir “yo también”! Cuando hablan de ser perdonados, justificados y aceptados en el Amado, ¡cuán gozoso es responder, “por la gracia de Dios, yo también lo soy”! Pero esta declaración no sólo tiene sus goces y privilegios, sino también sus condiciones y deberes. Debemos compartir con el pueblo de Dios tanto la sombra como el sol. Cuando oímos hablar de los cristianos con desprecio y burla, debemos adelantarnos valientemente y decir: “Yo también lo soy”. Cuando los vemos trabajar por Cristo, dando su tiempo, sus talentos y todo su corazón a Jesús, debemos estar en condiciones de decir: “Yo también hago lo mismo”. Demostremos nuestra gratitud por medio de nuestra devoción, y vivamos como aquellos que, habiendo declarado un privilegio, desean también asumir la consiguiente responsabilidad.

Charles Haddon Spurgeon.

domingo, 5 de junio de 2016

Esperar que llegue mañana - Aline Mello

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 5

“El que no ama no conoce a Dios”. 1 Juan 4:8.

LA señal distintiva de un cristiano es su confianza en el amor de Cristo y la retribución de ese amor con su propio amor. Primero la fe pone su sello en el hombre, capacitando al alma a decir con el apóstol: “Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí”. Entonces el amor da la contraseña y, en retribución, estampa en el corazón amor y gratitud a Jesús. “Nosotros lo amamos a él porque él nos amó primero”. En la remota antigüedad, que era el período heroico de la religión cristiana, esta doble característica debía ser claramente vista en todos los creyentes en Jesús. Estos eran personas que conocían el amor de Cristo y descansaban en él como un hombre descansa sobre un báculo cuya solidez ha probado. El amor que los creyentes sentían hacia el Señor no era una apacible emoción que escondían dentro de sí mismos, en las secretas cámaras de sus almas y de la que hablaban sólo en las reuniones privadas, cuando se reunían el primer día de la semana, y cantaban himnos en honor de Cristo Jesús el crucificado; sino era, más bien, una pasión de energía tan vehemente y consumidora, que lo evidenciaban en todas sus acciones; hablaban de él en sus conversaciones ordinarias y lo reflejaban en sus ojos aun en las más vulgares miradas. El amor a Jesús era una llama que se alimentaba en lo íntimo del ser de ellos, y, por lo tanto, se abría camino, por su propia fuerza, al exterior y alumbraba allí. Celo por la gloria del Rey Jesús era el sello y la marca de todos los cristianos genuinos. Porque dependían del amor de Cristo eran muy osados; y porque amaban a Cristo hicieron mucho. Y lo mismo acontece ahora. Los hijos de Dios, en sus más íntimas facultades, están regidos por el amor; el amor de Cristo los constriñe. Se regocijan de que el amor divino esté puesto sobre ellos, lo sienten derramado en sus corazones por el Espíritu Santo, que les es dado, y entonces, por la fuerza de la gratitud, aman al Salvador fervientemente, de corazón puro. Lector, ¿amas a Jesús? Antes de dormir da una contestación honesta a esta importante pregunta.

Charles Haddon Spurgeon.

sábado, 4 de junio de 2016

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 4

“Recibido en gloria”. 1 Timoteo 3:16.

HEMOS visto a nuestro bienamado Señor, en los días de su carne, humillado y penosamente vejado, pues él fue “despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto”. Jesús cuyo esplendor era como la mañana, llevó diariamente el cilicio de la aflicción. La ignominia fue su manto y el vituperio su vestidura. Sin embargo, ahora, puesto que él triunfó en el madero ensangrentado, sobre todos los poderes de las tinieblas, nuestra fe contempla a nuestro Rey volviendo desde Edom con vestidos bermejos, ataviado con el esplendor de la victoria. ¡Cuán glorioso habrá aparecido a los ojos de los serafines cuando una nube lo quitó de la mirada de los mortales y lo llevó al cielo! Ahora exhibe la gloria que tuvo con Dios desde antes que el mundo fuese; y, además, otra gloria sobre todas: la que ganó en la batalla contra el pecado, la muerte y el infierno. Como vencedor, lleva la corona de gloria. ¡Escuchad cómo el tono del canto va en aumento! Es un canto nuevo y muy melodioso: “El Cordero que fue inmolado es digno, porque nos ha redimido para Dios con su sangre”. El ostenta la gloria de un Intercesor que nunca puede fallar; de un Príncipe que nunca puede ser derrotado; de un Conquistador que venció a todos los enemigos; de un Señor que cuenta con la lealtad de todos sus súbditos. Jesús lleva sobre sí toda la gloria que la pompa del cielo puede darle, que diez mil veces diez mil ángeles pueden ministrarle. Aun con el más grande esfuerzo de imaginación no puedes concebir su supereminente grandeza. Sin embargo, habrá de ella una nueva revelación cuando Jesús descienda del cielo con gran poder acompañado de todos los santos ángeles: “Entonces se sentará sobre el trono de su gloria”. ¡Oh, qué será el esplendor de esa gloria! Extasiará los corazones de los suyos. Y no termina aquí, porque la eternidad entonará sus alabanzas: “Tu trono, oh Dios, es para siempre”. Lector, si quieres gozar de la gloria de Cristo en el más allá, él debe ser glorioso en tus ojos ahora. ¿Lo es?

Charles Haddon Spurgeon.

viernes, 3 de junio de 2016

Coalición Radio: Mujeres centradas en el evangelio

Encuentra a Dios en medio del sufrimiento - Nancy DeMoss de Wolgemuth

Cuando estés en medio del sufrimiento, conocerás a Dios.

Programas de la serie

Tomado de Nancy Leigh DeMoss. Programa radial emitido Junio 3, 2016. www.AvivaNuestrosCorazones.com.

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 3

“Se humilló a sí mismo”. Filipenses 2:8.

JESÚS es el gran Maestro de la humildad de corazón. Necesitamos aprender de él diariamente. Mira al Maestro tomar una toalla y lavar los pies de sus discípulos. Seguidor de Cristo, ¿no deseas tú humillarte? Míralo como el Siervo de los siervos y, sin duda, no podrás ser soberbio. ¿No es esta sentencia el compendio de su biografía: “Se humilló a sí mismo”? ¿No estuvo en la tierra quitándose siempre una ropa de gala tras otra hasta que, desnudo, fue clavado en la cruz? Y allí, ¿no se vació a sí mismo, derramando su sangre, entregándose por nosotros, hasta que, privado de todo, fue colocado en un sepulcro prestado? ¡Cuánto se humilló nuestro querido Redentor! ¿Cómo, pues, podemos nosotros ser orgullosos? Ponte al pie de la cruz y cuenta las moradas gotas por las cuales has sido limpiado; mira la corona de espinas; observa sus espaldas flageladas, manando aún hilos de sangre; mira sus manos y sus pies sujetos por los clavos y todo su ser entregado a la burla y al escarnio. Mira la amargura y la angustia, mira también los dolores íntimos que se manifiestan en su rostro y oye el grito desgarrador: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Y si tú no quedas postrado en el suelo, frente a aquella cruz, es señal de que nunca la has visto; y si no te sientes humillado en la presencia de Jesús es señal de que no lo conoces. Tú estás tan perdido que nada puede salvarte sino el sacrificio del Unigénito de Dios. Piensa en esto; y como Jesús se humilló por ti, humíllate tú también a sus pies. Una comprensión del admirable amor de Dios para con nosotros tiene un influjo mayor para humillarnos que un conocimiento de nuestras propias culpas. Que el Señor nos lleve en contemplación al Calvario; entonces nuestra posición no será más la del hinchado hombre de orgullo, sino nos colocaremos en el lugar de uno que ama mucho porque mucho le ha sido perdonado. El orgullo no puede vivir bajo la cruz. Sentémonos allí y aprendamos nuestra lección y, después, levantémonos y llevemos esto a la práctica.

Charles Haddon Spurgeon.

jueves, 2 de junio de 2016

Sufrimiento con propósito - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 2

“Maestro bueno”. Mateo 19:16.

SI el joven del Evangelio usó este título al hablar con el Señor, ¿cuánto más lo puedo usar yo para dirigirme a él? El es, en verdad, mi Maestro, tanto porque me gobierna como porque me enseña. Me gozo en obedecer sus órdenes y sentarme a sus pies. Soy su siervo y su discípulo, y reputo un alto honor ser ambas cosas. Si me preguntaran por qué lo llamo “bueno” tendría lista la respuesta. Es verdad que “ninguno es bueno sino uno, es a saber, Dios”, pero, en tal caso, él es Dios y toda la bondad de la deidad resplandece en él. En mi experiencia lo he hallado bueno, tan bueno, en realidad, que todo el bien que tengo me ha venido por medio de él. El me fue bueno cuando yo estaba muerto en pecados, porque me resucitó por el poder de su Espíritu. El me ha sido bueno en todas mis necesidades, pruebas, luchas y aflicciones. Nunca pudo haber un Maestro mejor, porque su servicio es libertad y su gobierno, amor. La milésima parte de su bondad, como amo, la quisiera yo tener como siervo. Cuando me enseña como mi Rabbí es indeciblemente bueno; su doctrina es divina; sus maneras, condescendientes; su Espíritu es la dulzura misma. Ningún error mezcla en su instrucción; la áurea verdad que explica es pura y toda su enseñanza conduce a la bondad, santificando y edificando al discípulo. Los ángeles lo hallan buen Maestro y se deleitan en tributarle homenaje. Los santos de la antigüedad comprobaron que es un buen Maestro, y cada uno de ellos se gozó en cantar: “Yo soy tu siervo, oh Señor”. Mi humilde testimonio debe propender al mismo fin. Yo daré este testimonio delante de mis amigos y semejantes, pues, posiblemente, por mi testimonio, ellos serán guiados a buscar a mi Señor como el Maestro de ellos. ¡Dios quiera que así lo hagan! ¡Nunca se arrepentirán de tan sabia resolución! Si ellos tomaran su fácil yugo, se hallarían en un servicio tan regio que se alistarían en él para siempre.

Charles Haddon Spurgeon.

miércoles, 1 de junio de 2016

Espiritualmente rica - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – JUNIO 1

“Tornará su desierto como paraíso”. Isaías 51:3.

ME parece ver en visión un espantoso yermo, un dilatado y terrible desierto igual al de Sahara. No veo nada en él en que pueda descansar la vista; más bien me hastío viendo en todas partes cálidas y áridas arenas sembradas con diez mil pálidos esqueletos de hombres infelices que murieron de angustia porque se extraviaron en el desierto erial. ¡Qué tétrica visión! ¡Cuán horrible! ¡Un mar de arena sin término y sin un oasis! ¡Un triste cementerio para una raza desamparada! Pero, ¡mirad y admiraos! De repente veo una planta de renombre que brota de la ardiente arena; al crecer, produce pimpollos y el pimpollo se agranda y se convierte en rosa. A su lado un lirio inclina su modesta cabeza y, ¡maravilla de maravillas!, al difundirse la fragancia de estas flores, el desierto se transforma en campo fértil y se llena de flores; le es dada la gloria del Líbano y la excelencia del Carmelo y de Sarón. No lo llames más Sahara; llámalo Paraíso. No hables más de él como el valle de la sombra de la muerte, pues he aquí donde yacían los emblanquecidos esqueletos, se proclama una resurrección y se levantan los muertos como un poderoso ejército, lleno de vida inmortal. La planta de renombre es Jesús cuya presencia hace nuevas todas las cosas. La admiración no es menor cuando consideramos la salvación de cada individuo. Te contemplo a ti, querido lector, abandonado como una criatura fajada y sucia,, manchada con su propia sangre y expuesta para que sirva de alimento a los animales de rapiña. Pero, ¡he aquí!, una joya ha sido arrojada en tu pecho por una mano divina y, por su causa, has sido compadecido y guardado por la divina providencia; fuiste lavado y limpiado de tus manchas y fuiste adoptado en la familia del cielo; el hermoso sello del amor fue colocado en tu frente y el anillo de fidelidad, en tu mano. Ahora, para Dios eres un príncipe, aunque una vez fuiste un huérfano abandonado. ¡Oh, estima mucho el incomparable poder y la gracia que convierte el desierto en jardín y hace cantar de gozo al corazón estéril!

Charles Haddon Spurgeon.

martes, 31 de mayo de 2016

LA DEPRESIÓN - Dr. Robert Somerville



Subido por: LA FUENTE

El Espíritu Santo y usted - Pr. Charles Stanley

Jesús conoce tu sufrimiento - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – MAYO 31

“El que sana todas tus dolencias”. Salmo 103:3.

AUNQUE esta declaración sea humillante, sin embargo, el hecho es cierto; pues todos nosotros más o menos estamos sufriendo por la enfermedad del pecado. ¡Qué consuelo es el conocer que tenemos un gran Médico que puede y quiere sanarnos! Pensemos en él un rato esta noche. Sus curas son rápidas: al mirarlo, obtenemos vida. Sus curas son radicales; él saca el mal de raíz; de ahí que sus curas sean seguras y ciertas. El nunca falla y la enfermedad nunca vuelve. Donde Cristo sana no hay recaídas. No hay por qué temer que sus pacientes sean meramente emparchados por un tiempo. El Señor hace de ellos hombres nuevos; les da también un corazón nuevo y pone un espíritu recto dentro de ellos. El es muy entendido en toda clase de enfermedades. Los médicos son generalmente especialistas en algo. Aunque conocen un poco de casi todas las enfermedades, hay, por lo regular, una enfermedad que han estudiado más detenidamente. Pero Jesús conoce completamente toda la naturaleza humana. El conoce muy bien a cada uno de los pecadores, y nunca se encontró con un caso particular que le fuera dificultoso. El ha tenido que verse con raras complicaciones de extrañas enfermedades, pero, con una mirada de sus ojos, ha sabido cómo tratar al paciente. El es el único doctor universal y la medicina que da es la sola panacea, que sana en todos los casos. Cualquiera sea nuestra enfermedad espiritual debemos recurrir enseguida a este Médico Divino. No hay quebranto de corazón que Jesús no pueda curar. “La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado”. No tenemos más que pensar en los miles y miles que fueron librados de toda suerte de enfermedades por el poder y virtud de su contacto y alegremente nos pondremos en sus manos. Al confiar en él, el pecado muere; al amarlo, la gracia vive; al esperar en él, la gracia es corroborada, y, al mirarlo tal cual es, la gracia se perfecciona para siempre.

Charles Haddon Spurgeon.

lunes, 30 de mayo de 2016

Persevera en amor - Nancy DeMoss de Wolgemuth

LECTURAS VESPERTINAS – MAYO 30

“A fin de que no sirvamos más al pecado”. Romanos 6:6.

CRISTIANO, ¿qué tienes que ver ya con el pecado? ¿No te ha costado suficiente ya? Niño que te has quemado, ¿deseas jugar otra vez con el fuego? ¡Qué!, habiendo estado ya entre las quijadas del león, ¿entrarás otra vez en su caverna? ¿No conoces bastante de la antigua serpiente? ¿No envenenó ella una vez todas tus venas? ¿Y tú vas a jugar sobre la guarida del basilisco? ¡Oh, no seas tan loco, tan necio! ¿Te dio el pecado alguna vez un placer real? ¿Hallaste en él verdadera satisfacción? Si es así, vuela a tu antigua faena, y ponte otra vez la cadena, si ella te da placer. Pero, ya que el pecado nunca te dio lo que te prometió, sino te engañó con mentira, no caigas otra vez en la trampa del viejo cazador. Sé libre, y que el recuerdo de tu antigua esclavitud te impida entrar en la red otra vez. El pecado es contrario a los designios del amor eterno, los cuales tienen por objeto tu pureza y santidad. Por lo tanto, no vayas contra los propósitos del Señor. Este otro pensamiento debiera impedirte pecar. Los cristianos nunca pecan porque sí; pues pagaron un costoso precio por su iniquidad. La transgresión destruye la paz del espíritu, debilita la comunión con Jesús, impide la oración, trae tinieblas sobre el alma. Por lo tanto, no seas el siervo ni el esclavo del pecado. Hay todavía un argumento mayor. Toda vez que “sirves al pecado”, crucificas de nuevo al Señor, y lo expones a la vergüenza. ¿Puedes pensar esto? ¡Oh, si has caído hoy en algún pecado particular, el Señor te envía, quizás, esta admonición esta noche para hacerte volver antes que te alejes del todo! Vuelve de nuevo a Jesús; él te sigue amando, su gracia es siempre la misma. Ven a sus pies con lágrimas de arrepentimiento, y otra vez serás recibido en su corazón. Serás otra vez puesto sobre una roca y tu vida será restablecida.

Charles Haddon Spurgeon.