Versículo para hoy:

viernes, 14 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)


V. El Señor Jesús trata tiernamente al creyente débil

    Aprendamos, en último lugar, con cuánta ternura y paciencia trata el Señor Jesús al creyente débil.

    Vemos esta verdad en las palabras que dirigió a sus discípulos cuando el viento se había calmado y todo estaba tranquilo. Podía haberlos reprendido con fuerza. Podía haberles recordado todas las maravillas que había realizado para ellos, y reconvenirles por su cobardía y desconfianza. En cambio, no hay enojo en las palabras del Señor. Sencillamente les pregunta: "¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?" (Mr. 4:40).

    Todo el comportamiento de nuestro Señor para con sus discípulos en la tierra, merece mucha atención. Arroja una esplendorosa luz sobre su compasión y paciencia. Nunca hubo un maestro con alumnos tan lentos como los apóstoles para aprender sus lecciones. Tampoco hubo alumnos con un maestro tan paciente y compasivo como Cristo. Reúna todas las evidencias que hay acerca de esto a través de los Evangelios y verá que tengo razón.

    Durante el ministerio de nuestro Señor, en ningún momento, los discípulos evidencian haber comprendido plenamente la razón de su venida al mundo. La humillación, la expiación y la crucifixión eran cosas desconocidas para ellos. No habían captado las palabras tan sencillas y las advertencias tan claras de su Maestro acerca de lo que le iba a suceder. No entendieron. No percibieron. Sus ojos no lo captaron. En cierta ocasión, Pedro hasta trató de disuadir a nuestro Señor de pasar por el sufrimiento. "Señor, ten compasión de ti", le dijo, "en ninguna manera esto te acontezca" (Mt.16:22; Lc. 9:45).

    A menudo observamos cosas en el espíritu y la actitud de ellos que no son dignas de emular. Nos dice la Palabra que un día discutían entre ellos quién sería el mayor (Mr. 9:34). Otro día ni tuvieron en cuenta sus milagros y sus corazones se endurecieron (Mr. 6:52). En una ocasión dos de ellos desearon que cayera fuego del cielo sobre una aldea porque no los habían recibido (Lc. 9:54). En el Getsemaní los tres discípulos más destacados se durmieron cuando el Señor les había pedido que velaran y oraran. Cuando Judas lo entregó, los demás lo abandonaron y huyeron. Y lo peor de todo fue que Pedro, el más decidido de los doce, negó bajo juramento tres veces a su Maestro.

    Incluso, aun después de su resurrección, vemos en ellos la misma incredulidad y dureza de corazón. Aunque vieron a su Señor con sus propios ojos y lo tocaron con sus manos, aun así, algunos dudaban. ¡Así de débil era su fe! Por eso el Señor mismo les reprendió diciendo: "¡Oh insensatos, y tardos para creer todo lo que los profetas han dicho!" (Lc. 24:25). Así de tardos eran para entender el significado de las palabras, las acciones, la vida y la muerte de nuestro Señor.

    En cambio, ¿qué vemos en el comportamiento de nuestro Señor hacia estos discípulos a lo largo de su ministerio? No vemos más que compasión, bondad, ternura, paciencia, resignación y amor. No los echa fuera por su estupidez. No los rechaza por su incredulidad. No los impugna para siempre por cobardes. Les enseña todo lo que tienen la capacidad de entender. Los conduce paso a paso, como una niñera lo hace con el infante que recién empieza a caminar. En cuanto resucitó de los muertos, les envió mensajes amables. "Id", le dijo a las mujeres, "dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán" (Mt. 28:10). Los reúne alrededor de él una vez más. Restaura a Pedro a su posición anterior y le pide: "Apacienta mis ovejas" (Jn. 21:17). Condesciende a acompañarlos durante cuarenta días antes de ascender finalmente al cielo. Los comisiona para que vayan como sus mensajeros y para que prediquen el evangelio a los gentiles. Los bendice al partir y los alienta con esta promesa llena de su gracia: "Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt. 28:20). Ciertamente, este es un amor que sobrepasa todo entendimiento. Esto no es cosa de humanos.

    Sepa todo el mundo que el Señor Jesús es muy compasivo y tiernamente misericordioso. No quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo que humea. Como un padre se compadece de sus hijos, se compadece él de los que le temen. Como consuela una madre a sus hijos, consuela él a su pueblo (Stg. 5:11; Mt. 12:20; Sal. 103:13; Is. 66:13). Él cuida a los corderitos de su manada, al igual que a sus ovejas mayores. Cuida a los enfermos y débiles de su rebaño, al igual que a los fuertes. Está escrito que los llevará en su seno y que no perderá a ninguno de ellos (Is. 40:11). Cuida a los miembros más insignificantes de su cuerpo, al igual que a los más importantes. Ama a los infantes de su familia, al igual que a los adultos. Cuida las plantitas más tiernas en su jardín, al igual que al cedro del Líbano. Todos están en su libro de la vida y todos están bajo su cuidado. Todos le fueron dados a él en un pacto perpetuo y se ha hecho cargo, a pesar de todas las debilidades, de llevar a cada uno seguro a su patria celestial. Aprópiese el pecador de Cristo por fe y, entonces por débil que sea, Cristo le promete: "No te desampararé, ni te dejaré" (He. 13:5). Es posible que, por amor, algunas veces lo corrija con gentileza; pero nunca, nunca, lo abandonará. El diablo nunca lo arrancará de las manos de Cristo.

    Sepa el mundo que el Señor Jesús nunca echará fuera a su pueblo creyente por sus faltas y debilidades. El marido no echa fuera a su esposa porque encuentra defectos en ella. La madre no abandona a su infante porque sea débil, flojo e ignorante. Y el Señor Cristo no echa fuera a los pobres pecadores que han puesto su alma en sus manos por ver en ellos manchas e imperfecciones. ¡Oh, no! Es su gloria pasar por alto las faltas de su pueblo y sanar sus caídas, complacerse en sus débiles gracias y perdonar sus muchas faltas. El capítulo once de Hebreos es maravilloso. Es sobrecogedor observar cómo el Espíritu Santo habla de los dignos, cuyos nombres están escritos en ese capítulo. En este caso, destaca la fe del pueblo de Dios para que la recordemos. Pero las faltas de muchos de estos, a las que podía haber hecho alusión y haber recordado, quedan fuera y ni siquiera se mencionan.

    ¿Quién de entre los lectores de este escrito anhela ser salvo, pero teme decidirse por temor de apartarse del camino tarde o temprano? Considere, le ruego, la ternura y paciencia del Señor Jesús y no vuelva a temer. Ese mismo Señor y Salvador que fue paciente con los discípulos está pronto y dispuesto a ser paciente con usted. Si tropieza, él lo levantará. Si se desvía, él lo traerá de vuelta con gentileza. Si desmaya, él lo reavivará. No lo ha sacado de Egipto para dejarlo morir en el desierto. Lo guiará seguro a la tierra prometida. Usted sólo entréguese a él y siga su camino y él lo llevará seguro a su patria celestial. Sólo escuche su voz y sígale; y nunca perecerá.

    ¿Quién entre los que leen este escrito se ha convertido y anhela hacer la voluntad de su Señor? Siga hoy el ejemplo de ternura y paciencia de su Maestro y aprenda a ser tierno y gentil con los demás. Trate con gentileza a los jóvenes que están dando sus primeros pasos. No espere que sepan todo y comprendan todo lo relativo a la salvación de una sola vez. Tómelos de la mano. Guíelos y aliéntelos. Crea todas las cosas y espere todas las cosas, en lugar de entristecer el corazón que el Señor no quiere entristecer.

    Trate con gentileza a los caídos. No les dé la espalda como si fueran casos perdidos. Use todos los medios lícitos, para restaurarlos. Piense en usted mismo y en sus frecuentes debilidades, y haga con las fallas de los demás lo que le gustaría que hicieran ellos con las suyas. Lamentablemente, hay una ausencia dolorosa de la mente del Maestro entre muchos de sus discípulos. Me temo que en la actualidad, pocas iglesias estarían dispuestas a restaurar a Pedro en su comunión. Tendrían que pasar muchos años después de que negó a su Señor para recibirlo de nuevo en su seno. Son pocos los creyentes prestos a hacer la obra de Bernabé, de tomar al recién convertido de la mano y animarle en sus primeros pasos. Queremos un derramamiento del Espíritu sobre los creyentes, casi tanto como lo deseamos sobre el mundo.

jueves, 13 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)


 (d) Estudiemos el tema en particular tal como se aplica a nosotros este día. Me atrevo a asegurar que, a veces, su corazón ha sido zarandeado de acá para allá como las olas en una tempestad. Se ha sentido usted agitado como las aguas en un mar embravecido cuando no se puede calmar. Venga y preste atención este día a Aquel que le puede dar descanso. Sea lo que sea que lo altera, Jesús le puede decir a su corazón: "¡Calla, enmudece!"

    ¿Qué, si su conciencia está abrumada por el recuerdo de incontables transgresiones y despedazada por cada ráfaga de tentación? ¿Qué, si la carga del recuerdo de algún aberrante libertinaje le parece grave y es intolerable? ¿Qué, si su corazón parece estar lleno de perversidad y el pecado parece arrastrarlo por donde quiere como si fuera su esclavo? ¿Qué, si la maldad se pasea por su alma como un conquistador diciéndole que es inútil resistirla, que no hay esperanza para usted? Le aseguro que está Aquel que le puede dar perdón y paz. Mi Señor y Maestro Jesucristo puede reprender los ataques del diablo, calmar los sufrimientos de su alma y decirle: "¡Calla, enmudece!" Él puede hacer desvanecer esa nube de culpa que ahora lo agobia. Puede ordenar a la desesperación que se retire. Puede espantar al temor. Puede quitar el espíritu de esclavitud y llenarlo con el espíritu de adopción. Satanás puede tener presa a su alma como si fuera un hombre fuertemente armado, pero Jesús es más fuerte que él y cuando él ordena, los prisioneros tienen que recobrar su libertad. ¡Oh, si algún lector atribulado quiere calma interior, acuda hoy mismo a Jesucristo y todo comenzará a ir bien!

    Pero ¿qué, si su corazón está bien con Dios, pero aun así está presionado con la carga de aflicciones terrenales? ¿Qué, si el temor a la pobreza lo está zarandeando de un lado a otro y parece que lo va a vencer? ¿Qué, si día tras día lo abruma algún dolor físico? ¿Qué, si súbitamente se ve obligado a dejar de trabajar y debido a alguna enfermedad tiene que estar inactivo y no hacer nada? ¿Qué, si la muerte ha visitado su hogar y se ha llevado a su Raquel, su José o Benjamín y se ha quedado solo, agobiado por el dolor? ¿Qué, si le ha sucedido algo de esto? En Cristo sigue habiendo consolación. Él puede dar paz a los corazones lastimados con la misma facilidad con que calmó al mar embravecido. Puede reprender a las voluntades rebeldes con el mismo poder con que reprendió al viento huracanado. Puede calmar las tempestades de la aflicción y silenciar las pasiones tumultuosas, igual como lo hizo con la tormenta galilea. Puede decirle a la peor ansiedad: "¡Calla, enmudece!" La avalancha de preocupaciones y tribulaciones puede ser arrasadora, pero Jesús se posa victorioso sobre las aguas y es más poderoso que las olas del mar (Sal. 93:4). Los vientos de los problemas pueden rugir a su alrededor, pero Jesús los tiene en sus manos y los puede acallar cuando él quiera. Oh, si algún lector de este escrito tiene el corazón destrozado, está agobiado por los problemas o triste, acuda a Jesucristo, clame a él y se calmará. "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mt. 11:28).

    Invito a todos los que profesan ser cristianos que reflexionen seriamente en el poder de Cristo. Dude de lo que quiera, pero no dude del poder de Cristo. Aunque no ame usted secretamente al pecado, quizá tenga sus dudas. Aunque no se esté aferrando en la intimidad al mundo, quizá tenga sus dudas. Aunque el orgullo de su naturaleza no se esté rebelando a la idea de ser salvo por gracia como un pobre pecador, quizá tenga sus dudas. Pero no dude de una certidumbre y esa es que Cristo "puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios" y le salvará si acude a él. (He. 7:25).

miércoles, 12 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

IV. El poder del Señor Jesucristo

    Aprendamos, en cuarto lugar, acerca del poder del Señor Jesucristo.

    Tenemos un ejemplo impresionante de su poder en la historia que estamos enfocando. Las olas azotaban la barca en la que estaba Jesús. Los aterrados discípulos lo despertaron y clamaron a él. "Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza". Este fue un milagro maravilloso. Nadie que no fuera todopoderoso hubiera podido hacerlo.

    ¡Hacer cesar el viento con sólo dos palabras! Hay un dicho común que describe algo que es imposible: "¡Es como hablarle al viento!" Pero Jesús reprende al viento y se calma al instante. Esto es poder.

    ¡Calmar las olas con su voz! ¿Qué estudiante de la historia no sabe de aquel poderoso rey de Inglaterra que trató, en vano, de detener una creciente ola que subía del mar? Pero aquí tenemos al que le dice a las olas embravecidas en una tempestad: "Calla, enmudece" y se hizo la calma. Eso es poder.

    Es bueno que todos los hombres tengan una visión clara del poder del Señor Jesucristo. Sepa el pecador que el Salvador misericordioso al cual es invitado a acudir y confiar en él, es nada menos que el Todopoderoso que tiene potestad sobre toda carne para dar vida eterna a todos los que en él creen (Ap. 1:8; Jn. 17:2). Comprenda el simpatizante ansioso, que si confía en Jesús y toma su cruz, está confiando en Aquel que tiene todo poder en el cielo y en la tierra (Mt. 28:18). Recuerde el creyente en su peregrinaje por el desierto que, a través de su Mediador, Abogado, Médico, Pastor y Redentor, el Señor de señores y Rey de reyes, todas las cosas son posibles (Ap. 17:14; Fil. 4:13). Estudiemos el tema, porque merece ser estudiado.

    (a) Estudiémoslo en sus obras de creación. "Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho" (Jn. 1:3). Los cielos y todas las gloriosas huestes de habitantes, la tierra y todo lo que contiene, el mar y todo lo que en él hay, sí, toda la creación, desde el sol en las alturas hasta el gusano más pequeño debajo de la tierra, fueron obras de Cristo. Él habló y fueron creados. Lo ordenó y comenzaron a existir. Ese mismo Jesús, quien nació de una pobre mujer en Belén y vivió en la casa de un carpintero en Nazaret, fue el que formó todas las cosas. ¿No fue esto poder?

    (b) Estudiémoslo en las obras de su providencia y la continuación ordenada de todas las cosas en el mundo. "Todas las cosas en él subsisten" (Col. 1:17). El sol, la luna y las estrellas giran dentro de un sistema perfecto. Primavera, verano, otoño e invierno ocurren en un orden sucesivo perfecto. Ese orden sigue hasta este día y no falla, por orden de Aquel que murió en el Calvario (Sal. 119:91). Los reinos de este mundo se levantan, llegan a su apogeo, declinan y desaparecen. Los gobernantes de este mundo trazan planes, confabulan, dictan y cambian leyes, guerrean, vencen a unos y levantan a otros. Pero no tienen en cuenta que gobiernan únicamente por la voluntad de Jesús y que nada sucede sin el permiso del Cordero de Dios. ¿No saben que ellos y sus súbditos son como una gota en la mano del Crucificado y que es él quien prospera a las naciones  las reduce a la nada según su beneplácito?

    (c) Estudiemos el tema enfocando los milagros realizados por nuestro Señor Jesucristo durante sus tres años de ministerio aquí en la tierra. Conozcamos por las obras portentosas que realizó, que las cosas imposibles para el hombre son posibles para Cristo. Consideremos cada uno de sus milagros como un emblema y representación de cosas espirituales. Vemos en ellos una representación hermosa de lo que puede hacer por nuestras almas. Aquel que pudo levantar a los muertos con una palabra de su boca puede con la misma facilidad levantar al hombre muerto en pecado. Aquel que pudo dar vista al ciego, abrir los oídos del sordo y darle voz al mudo, puede hacer que el pecador vea el reino de Dios, oiga el sonido gozoso del evangelio y proclame alabanzas por el amor redentor. Aquel que pudo sanar al leproso con un toque de su mano, puede curar cualquier enfermedad del corazón. El que puede echar fuera demonios puede ordenar a cada pecado arraigado que ceda a su gracia. ¡Oh, comencemos a leer los milagros de Cristo viéndolos desde esta perspectiva! Por más inicuos, malos y corruptos que nos sintamos, animémonos sabiendo que sanar está dentro del poder de Cristo. Recordemos que en Cristo no sólo hay plenitud de misericordia, sino también plenitud de poder.

martes, 11 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 
    David era un hombre conforme al corazón de Dios; siendo sólo un muchacho tuvo fe para salir y enfrentar al gigante Goliat. Declaró públicamente su creencia de que el Señor, habiéndolo librado de las garras del león y del oso, lo libraría también de este filisteo. Tuvo fe para creer la promesa de Dios de que un día sería rey de Israel, aunque tenía pocos seguidores y a pesar de que Saúl lo persiguió como a una codorniz en las montañas y, a menudo, parecía haber sólo un paso entre él y la muerte. Y aun así, a pesar de haber sido librado, este mismo David en cierta ocasión, fue dominado por el temor y la incredulidad al punto de decir: "Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl" (1S. 27:1). Se olvidó de las muchas y maravillosas veces cuando la mano de Dios lo había liberado. Pensó en el peligro que corría en ese momento y se refugió entre los filisteos impíos. Aquí demostró gran debilidad. No obstante, han existido pocos creyentes más fuertes que David.

    Sé que sería fácil comentar: "Todo esto es muy cierto, pero no justifica el temor de los discípulos. Contaban con la presencia física de Jesús. ¡Cómo podían tener miedo! ¡Yo nunca hubiera sido tan cobarde y escéptico como lo fueron ellos!" Le digo que el que piensa esto, conoce muy poco su propio corazón. Le digo que nadie conoce la longitud y amplitud de sus propias debilidades si no ha sido tentado. Nadie puede saber cuánta debilidad afloraría en su ser si se encontrara en circunstancias que la provocaran.

    ¿Piensa alguno de mis lectores que cree en Cristo? ¿Siente usted tanto amor y confianza en él que no puede pensar en la posibilidad de ser sacudido por algo que le pudiera suceder? Qué bueno. Me alegra saberlo. Pero, ¿ha sido probada esa fe? ¿Ha sido puesta a prueba esa confianza? Si no, tenga cuidado de no apurarse en juzgar a estos discípulos. No sea soberbio, en cambio tenga temor. No piense que porque su corazón está contento ahora, esto durará para siempre. No diga, porque sus sentimientos son cálidos y fervientes hoy: "Mañana será como hoy y mucho más abundante". No diga que porque su corazón está seguro en este momento teniendo un sentido sólido de la misericordia de Cristo: "Mientras tenga vida, no me olvidaré de él". Oh, procure aplacar un poco esta estimación halagadora de sí mismo. Usted no se conoce del todo. Hay más cosas en su hombre interior de las que tiene conciencia en este momento. El Señor puede actuar como lo hizo con Ezequías para mostrarle lo que hay en su corazón (2 Cr. 32:31). Bienaventurado el que se reviste "de humildad". "Bienaventurado el hombre que siempre teme a Dios". "Así que el que piensa estar firme, mire que no caiga" (1 P. 5:5; Pr. 28:14; 1 Co. 10:12).

    ¿Por qué recalco esto? ¿Quiero ofrecer disculpas por las corrupciones de los cristianos profesantes y excusar sus pecados? ¡Ni lo mande Dios! ¿Quiero rebajar la norma de la santificación y tolerar al soldado haragán e indolente de Cristo? ¡Dios no lo quiera! ¿Quiero borrar la línea que marca la diferencia entre el convertido y el inconverso, y disimular sus contradicciones? Una vez más exclamo: ¡Dios no lo quiera! Creo firmemente que existe una diferencia enorme entre el cristiano verdadero y el falso, entre los hijos de Dios y los hijos del mundo. Creo firmemente que esta diferencia no es sólo de fe, sino también de estilo de vida, no sólo de labios para afuera, sino también de práctica cotidiana. Creo firmemente que el comportamiento del creyente debe ser tan diferente al del inconverso como lo es lo amargo de lo dulce, la luz de la oscuridad y el calor del frío.

    Pero sí quiero que los nuevos cristianos comprendan lo que deben esperar encontrar en sí mismos. Quiero prevenirles para que no tropiecen ni se confundan cuando descubran sus propias debilidades. Quiero que comprendan que pueden tener auténtica fe y gracia, a pesar de que el diablo les susurre lo contrario y aunque sientan dudas y temores. Quiero que noten que Pedro, Santiago, Juan y sus hermanos eran verdaderos discípulos y, no obstante, aunque eran muy espirituales, también se atemorizaban. No les digo que usen la falta de fe de los discípulos para justificarse ni excusarse ellos mismos. Pero sí les digo que esa falta de fe de los discípulos muestra claramente, que mientras están en el cuerpo, no deben esperar que su fe esté por encima del temor.

    Sobre todo, quiero que todos los cristianos comprendan lo que pueden esperar de otros cristianos. No debemos apresurarnos a concluir que alguien no tiene la gracia, sólo porque le vemos algún signo de corrupción. El sol tiene manchas y no obstante brilla en todo su esplendor y alumbra a todo el mundo. El oro de Australia viene mezclado con cuarzo y escoria y, aun así, ¿quién piensa que por eso el oro no vale nada? Algunos de los diamantes más valiosos del mundo tienen sus defectos, pero no por eso dejan de tener un gran valor. ¡Fuera con estos reparos mórbidos por los que muchos excomulgarían a alguien por el hecho de tener faltas! ¡Seamos más diligentes para ver la gracia y más lentos para ver las imperfecciones! Comprendamos que si no admitimos que hay gracia donde hay corrupción, no encontraremos gracia en el mundo. Todavía estamos en el cuerpo. El diablo no ha muerto. Aún no somos como ángeles. Aún no ha comenzado el cielo. Las paredes del leprosario no se verán libres de la lepra por más que las limpiemos y raspemos. Nunca se quitarán los residuos de la lepra hasta que se tire abajo el edificio.

    Ciertamente nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, pero no es un templo perfecto hasta que hayamos resucitado o cambiado. La gracia es, por cierto, un tesoro, pero un tesoro en vasija de barro. Es posible que el hombre renuncie a todo por el nombre de Cristo y, sin embargo, sea asaltado a veces por dudas y temores.

    Ruego a cada lector que recuerde esto. Es una lección que merece su atención. Los apóstoles creían en Cristo, amaban a Cristo y renunciaron a todo para seguir a Cristo. Y sin embargo, vemos que en esta tormenta, los apóstoles tenían miedo. Aprendamos a ser comprensivos cuando juzgamos a otros. Aprendamos a ser moderados en las expectaciones de nuestro propio corazón. Contendamos defendiendo hasta la muerte, la verdad de que nadie es un cristiano verdadero si no se ha convertido y es un hombre santo. Pero reconozcamos que el hombre puede ser convertido, tener un nuevo corazón, ser un hombre santo y, aun así, ser débil, tener dudas y temores.

lunes, 10 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

III. Aun el cristiano auténtico puede mostrar mucha debilidad

    Aprendamos, en tercer lugar, que aun el cristiano auténtico puede mostrar mucha debilidad.

    Aquí se consigna una prueba impresionante de esto en la conducta de sus discípulos que despertaron a Jesús, apurados. Le dijeron, llenos de temor y ansiedad: "¡Señor, sálvanos, que perecemos!"

    Hubo impaciencia. Podían haber esperado hasta que su Señor considerara oportuno responder. Hubo incredulidad. Hablaron como si dudaran de que su Señor se interesara o le importara su seguridad y bienestar: "¿No tienes cuidado que perecemos?" (Mr. 4:38).

    ¡Pobres hombres sin fe! ¿Qué motivo tenían para temer? Habían visto prueba tras prueba que todo andaría bien mientras el Esposo estuviera con ellos. Habían sido testigos de numerosos ejemplos de su amor y bondad hacia ellos, tantos como para convencerse de que él nunca dejaría que les aconteciera algo realmente malo. Pero lo olvidaron todo ante un peligro inminente. El sentido de una desgracia inmediata, a menudo, causa que el hombre pierda la memoria. Muchas veces, el temor le impide al hombre razonar basándose en experiencias del pasado. Oyeron el viento. Vieron las olas. Sintieron el agua fría que los golpeaba. Se imaginaban que estaban muy cerca de la muerte. No aguantaban más el suspenso. "¿No tienes cuidado", dijeron ellos, "que perecemos?"

    Pero, en definitiva, comprendamos que esta no es más que una escena de lo que pasa constantemente entre creyentes de todas las épocas. Sospecho que hay demasiados discípulos este mismo día, que actúan igual que los que estamos describiendo.

    Muchos de los hijos de Dios se las arreglan muy bien mientras no tienen problemas. Siguen a Cristo bastante bien mientras brilla el sol. Creen estar confiando plenamente en Cristo. Se engañan pensando que han echado sobre él todas sus cargas. Tienen la reputación de ser muy buenos cristianos.

    Pero de pronto, les sobreviene una prueba inesperada. Pierden sus bienes. Les diagnostican una enfermedad. La muerte hace su entrada en su hogar. Surgen tribulaciones o persecuciones debido a la Palabra. Y ahora, ¿dónde está su fe? ¿Dónde está la confianza segura que creían tener? ¿Dónde está su paz, su esperanza y su resignación? Ay, las buscan y no las encuentran. Ay, son pesados en balanza y son hallados faltos (Dn. 5:27). El temor, la duda, la desesperación y la ansiedad irrumpen sobre ellos como un diluvio y no saben qué hacer. Sé que esta es una descripción triste. Apelo a la conciencia de todo cristiano verdadero para que me diga si lo que digo no es correcto y la verdad.

    La verdad lisa y llana es que no existe la perfección literal y absoluta entre los cristianos verdaderos mientras están en el cuerpo. El mejor y más brillante de los santos de Dios no es más que un pobre ser confundido. Por más convertido, renovado y santificado que sea, sigue sujeto a debilidades y enfermedades. No existe ni un justo sobre la tierra que haga siempre lo bueno y que no peque. Si ofendemos en una sola cosa, ofendemos en todo. Alguien puede tener una fe auténticamente salvadora, sin embargo, no siempre tenerla a la mano, lista para ser usada (Ec. 7:20; Stg. 3:2).

    Abraham fue el padre de los fieles. Por fe, dejó su tierra y su parentela, y salió obedeciendo el mandato de Dios a una tierra que nunca había visto. Por fe se contentó con vivir en la tierra como un extranjero, creyendo que Dios se la daría como herencia. Y aun así, este fue el Abraham, quien dominado por la incredulidad, hizo pasar a su esposa como su hermana, por temor a un hombre. Aquí hubo gran flaqueza. No obstante, han existido pocos santos más grandes que Abraham.

sábado, 8 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

Conoce la naturaleza humana

    No desconoce nuestras emociones. Conoce por experiencia todo lo que se relaciona con la naturaleza humana, exceptuando solamente el pecado.

    (a) ¿Es usted pobre y necesitado? Jesús también lo era. Las zorras tienen sus cuevas y las aves sus nidos, pero el Hijo del hombre no tuvo un lugar dónde reclinar su cabeza. Procedía de una ciudad despreciable. Los hombres decían: "¿De Nazaret puede salir algo bueno?" (Jn. 1:46). Era visto como el hijo de un carpintero. Predicaba desde una barca prestada, hizo su entrada a Jerusalén montado en una asna prestada y fue sepultado en una tumba prestada.

    (b) ¿Está usted solo en el mundo y es abandonado por aquellos que se supone debieran amarlo? A Jesús le pasaba lo mismo. "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron" (Jn 1:11). Vino con el fin de ser un Mesías para las ovejas perdidas de la casa de Israel, pero lo rechazaron. Los príncipes de este mundo no lo aceptaban. Los pocos que lo seguían eran publicanos y pescadores. Y aun estos últimos, lo abandonaron al final y fueron esparcidos cada uno a su propio lugar.

    (c) ¿Es usted incomprendido, sus palabras son tergiversadas, lo calumnian y persiguen? A Jesús le pasaba lo mismo. Lo llamaron glotón y bebedor de vino, amigo de publicanos, samaritano, loco y hasta se atrevieron a llamarlo demonio. Lo calumniaban. Le hacían acusaciones falsas. Le dictaron una sentencia injusta y, aunque era inocente, fue condenado como malhechor y como tal murió en la cruz.

    (d) ¿Lo tienta a usted Satanás y pone horribles sugerencias en su mente? Jesús fue tentado de la misma manera. Satanás lo incitó a que desconfiara de la providencia paternal de Dios. "Di que estas piedras se conviertan en pan". Le propuso que tentara a Dios exponiéndose a un peligro innecesario. "Échate abajo" desde el pináculo del templo. Le sugirió que podía hacer suyos los reinos del mundo por el pequeño acto de someterse a él. "Todo esto te daré, si postrado me adorares" (Mt. 4:1-10).

    (e) ¿Siente alguna vez gran agonía y algún conflicto en su mente? ¿Se siente en tinieblas como si Dios lo hubiera abandonado? Jesús se sintió de la misma manera. ¿Quién puede describir la medida real de sus sufrimientos mentales en Getsemaní? ¿Quién puede medir la profundidad del dolor de su alma cuando exclamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mt. 27:46).

    Es imposible concebir un Salvador más adecuado a las necesidades del corazón del hombre que nuestro Señor Jesucristo; adecuado, no sólo por su poder, sino también por su compasión; adecuado, no sólo por su divinidad, sino también por su humanidad. Esfuércese, le ruego que grabe bien en su mente que Cristo, el refugio de las almas, es Hombre y Dios. Hónrelo como Rey de reyes y Señor de señores; pero mientras lo hace, no olvide nunca que tuvo un cuerpo y fue un Hombre. Aférrese a esta verdad y nunca la suelte. El unitario descontento se equivoca por mucho cuando dice que Cristo era Hombre únicamente y no Dios. Pero no permita que ese error le haga olvidar que mientras Cristo era plenamente Dios, era también completamente Hombre.

    No haga caso al argumento infundado del católico romano que afirma que la virgen María y los santos son más comprensivos que Cristo. Contéstele que ese argumento surge de ignorar las Escrituras y la verdadera naturaleza de Cristo. Contéstele que no ha aprendido lo suficiente de Cristo como para considerarlo más que un Juez austero y un Ser al cual temer. Contéstele que los cuatro Evangelios le han enseñado a considerarlo como el Amigo más cariñoso y comprensivo, al igual que el Salvador más poderoso y fuerte. Contéstele que usted no quiere ningún consuelo de los santos ni de los ángeles, ni de la virgen María ni de Gabriel, porque usted puede reposar su alma cansada en el Hombre Cristo Jesús.

viernes, 7 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

II. El Señor Jesús es realmente un ser humano

    Aprendamos, en segundo lugar, que el Señor Jesús es real y verdaderamente un hombre, un ser humano.

    Esta breve anécdota contiene palabras que, como en muchos otros pasajes de este Evangelio, presentan esta verdad de una manera impresionante. Nos dice que cuando el viento comenzaba a echar las olas en la barca, Jesús estaba en la popa "durmiendo sobre un cabezal". Estaba cansado, y cuando leemos el cuarto capítulo de Marcos, entendemos el porqué de su fatiga. ¡De seguro que si el sueño de un obrero es dulce, mucho más dulce debe haber sido el sueño de nuestro bendito Señor!

    Fijemos en nuestra mente la gran verdad de que Jesucristo era realmente hombre. Era igual al Padre en todas las cosas y Dios eterno. Pero también era de carne y hueso, y fue hecho como nosotros en todas las cosas, con la excepción de que no pecó. Domo nosotros, nació de mujer. Como nosotros, creció y aumentó en estatura. Como nosotros, a menudo tenía hambre y sed, y se sentía débil y cansado. Como nosotros, comía y bebía, descansaba  dormía. Como nosotros, se ponía triste, lloraba y expresaba todos los demás sentimientos. Todo esto se antoja increíble, pero así es. ¡Aquel que hizo los cielos, andaba como un pobre y cansado ser humano! El que gobernaba sobre principados y potestades en lugares celestiales tomó sobre sí un cuerpo frágil como el nuestro. Aquel que podía haber morado eternamente en la gloria que compartía con el Padre, bajó a la tierra y vivió como hombre entre hombres pecadores. No hay duda de que este hecho en sí es un maravilloso milagro de condescendencia, gracia, compasión y amor.

    Encuentro gran consuelo al pensar que Jesús es perfectamente humano tal como es perfectamente Dios. Aquel en quien las Escrituras me aconsejan confiar, no es simplemente un Sumo Sacerdote, sino un Sumo Sacerdote revestido de emociones. No sólo es un Salvador poderoso, también es un Salvador comprensivo. No sólo es el único Hijo de Dios, poderoso para salvar, sino el Hijo del hombre, capaz de sentir.

    ¿Quién no sabe que la comprensión es uno de los sentimientos más dulces para nosotros en este mundo pecaminoso? Encontrar a una persona que se identifica con nuestros problemas y nos acompaña en nuestras ansiedades, alguien que puede llorar cuando lloramos y regocijarse cuando nos regocijamos es una de las experiencias más radiantes de nuestro tenebroso peregrinaje aquí en la tierra.

    La comprensión es mejor que el dinero, pero mucho más escasa. Muchos pueden dar, pero no saben lo que es sentir. La comprensión tiene el gran poder de atraernos y abrir nuestros corazones. Un consejo frío, a menudo nos hace callar, amilanarnos  retraernos en los días de angustia. Pero una comprensión auténtica en un día así, apela a nuestros mejores sentimientos, si es que los tenemos, y nos influencian de una manera como ninguna otra cosa puede hacerlo. Deme al amigo que, aunque pobre de oro y plata, siempre tiene un corazón comprensivo.

    Nuestro Dios sabe muy bien todo esto. Conoce los secretos más íntimos del corazón del hombre. Él conoce las formas en que ese corazón se aborda con mayor facilidad y las emociones que conmueven ese corazón más fácilmente. Determinó sabiamente que el Salvador de los Evangelios sintiera emociones, al igual que poder. Nos ha dado a Aquel que, no sólo tiene una mano fuerte para arrancarnos como brasas del fuego, sino también un corazón comprensivo en el cual los trabajados y cargados pueden encontrar descanso.

    Veo una enorme prueba de amor y sabiduría en la unión de las dos naturalezas en la persona de Cristo. Fue el amor maravilloso de nuestro Salvador lo que lo hizo condescender y pasar por la debilidad y la humillación por nuestro bien; por nosotros que somos tan rebeldes e inicuos. Fue su sabiduría maravillosa la que le hizo adaptarse para ser el mejor Amigo entre amigos. No sólo era capaz de salvar al hombre, sino que podía encontrarse con él en su propia condición. Presénteme a alguien que pueda realizar todas las cosas necesarias para redimir mi alma. Jesús puede hacerlo porque es el Hijo eterno de Dios. Quiero contar con alguien que pueda comprender mis debilidades y que trate con ternura a mi alma mientras estoy atado a un cuerpo de muerte. Jesús también puede hacer esto porque es el Hijo del hombre y fue de carne y hueso como nosotros. Si mi Salvador hubiera sido únicamente Dios, es posible que hubiera confiado en él, pero nunca me hubiera acercado a él sin temor. Si mi Salvador hubiera sido Hombre únicamente, lo hubiera amado, pero nunca hubiera estado seguro de que podía perdonar mis pecados. Pero, bendito sea Dios, mi Salvador es Dios, al igual que Hombre, y Hombre, al igual que Dios. Es Dios con poder para liberarme; también es Hombre y, por lo tanto, capaz de sentir lo que yo siento. La omnipotencia y la comprensión más profunda se unen en una persona gloriosa: Jesucristo, mi Señor. Es indudable que el creyente en Cristo tiene una fuerte consolación. Puede confiar seguro y no tener miedo.

    Si algún lector sabe lo que es ir al trono de gracia en busca de misericordia y perdón, nunca olvide que el Mediador por quien llega a Dios es el Hombre Cristo Jesús.

    Los asuntos que conciernen a su alma están en las manos del Sumo Sacerdote quien puede conmoverse ante sus debilidades. Usted no tiene que tratar con un ser tan sublime y glorioso cuya naturaleza hace imposible que su mente lo pueda comprender. Tiene que vérsela con Jesús, quien tenía un cuerpo como el suyo, y fue un Hombre sobre la tierra como lo es usted. Él conoce muy bien el mundo en el que usted está luchando porque vivió en él durante treinta y tres años. Conoce muy bien la "contradicción de pecadores" que con tanta frecuencia lo desanima, él mismo tuvo que soportarlo (He. 12:3). Conoce bien los engaños y las artimañas de su enemigo espiritual, el diablo, porque luchó con él en el desierto. Es indudable que con semejante abogado usted puede armarse de valor.

    Si sabe lo que es apelar al Señor Jesús para que le dé consuelo espiritual en las pruebas terrenales, recuerde bien los días cuando él estuvo en la carne, o sea, su naturaleza humana.

    Usted está apelando al que conoce sus sentimientos por experiencia y ha bebido profundamente de la copa amarga, porque fue "varón de dolores, experimentado en quebranto" (Is. 53:3). Jesús conoce el corazón del hombre, sus dolores físicos y sus dificultades porque él mismo fue hombre de carne y hueso sobre la tierra. Se sentó cansado junto al pozo en Sicar. Lloró sobre el sepulcro de su amigo Lázaro en Betania. Sudó gotas de sangre en Getsemaní. Gimió de angustia en el Calvario.

jueves, 6 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

I. Seguir a Cristo no previene las aflicciones terrenales

    Aprendamos, en primer lugar, que seguir a Cristo no previene nuestras aflicciones y angustias terrenales.

    Aquí están los discípulos escogidos por el Señor Jesús sintiéndose muy angustiados. El Pastor dejó que se angustiara la manada pequeña que creyó en él cuando los sacerdotes, escribas y fariseos no lo hicieron. El miedo a la muerte irrumpe sobre ellos como un hombre armado. Parece muy posible que las aguas profundas aneguen sus almas. Pedro, Santiago y Juan, columnas de la Iglesia a punto de ser levantadas en el mundo, están muy afligidos.

    Quizá ellos no contaban con encontrarse en esta situación. Tal vez habían pensado que servir a Cristo los iba a proteger de las pruebas terrenales. Probablemente habían supuesto que Aquel que podía resucitar a los muertos, sanar a los enfermos, dar de comer a una multitud con unos pocos panecillos y ahuyentar a los demonios con una palabra, no dejaría que sus siervos sufrieran en la tierra. Puede ser que supusieron que siempre les concedería un peregrinaje tranquilo, buen clima, una trayectoria fácil y libertad de las pruebas y preocupaciones.

    Si eso pensaban los discípulos, se equivocaban por mucho. El Señor Jesús les enseñó que alguien puede ser uno de sus siervos escogidos y, no obstante, pasar por muchas ansiedades y soportar muchos dolores.

    Es provechoso comprender esto con claridad. Es provechoso comprender que servir a Cristo nunca eximió a nadie de los males que la carne hereda, ni tampoco eximirá de ellos a nadie. Si usted es creyente tiene que saber que mientras esté en el cuerpo tendrá su porción de enfermedades y dolores, de sufrimientos y lágrimas, de pérdidas y cruces, de muertes y pesares, de despedidas y separaciones y de disgustos y desencantos. Cristo nunca se comprometió a que usted llegue al cielo sin esto. Se encarga de que todo aquel que venga a él tendrá todas las cosas relacionadas con la vida y la santidad, pero nunca se responsabilizó de darle prosperidad, ni riqueza, ni buena salud ni de eximir a su familia de la muerte y la aflicción.

    Tengo el privilegio de ser uno de los embajadores de Cristo. En su nombre puedo ofrecer vida eterna a cualquier hombre, mujer o niño que esté dispuesto a aceptarla. En su nombre ofrezco perdón, paz, gracia y gloria a cualquier hijo o hija de Adán que lee estas líneas. Pero no me atrevería a ofrecer a nadie prosperidad en este mundo como parte del paquete del evangelio. No me atrevería a prometer mayores ingresos ni libertad del dolor. No me atrevería a ofrecerle al que toma su cruz y sigue a Cristo que, por seguirle, nunca tendrá que pasar por una tormenta.

    Sé que a muchos no les gustan estas condiciones. Preferirían tener a Cristo y buena salud, a Cristo y mucho dinero, a Cristo y ningún fallecimiento en su familia, a Cristo y ningún problema agotador, a Cristo y una mañana perpetua sin nubarrones. Pero no les gusta tener a Cristo y la cruz, a Cristo y las tribulaciones, a Cristo y los conflictos, a Cristo y los vientos huracanados, a Cristo y las tempestades.

    ¿Es este el pensamiento secreto de alguno que lee este escrito?  Créame que si lo es, está muy equivocado. Preste atención y procuraré mostrarle que tiene mucho que aprender.

    ¿Cómo podríamos saber quiénes son verdaderos cristianos, si seguir a Cristo fuera no tener ningún problema? ¿Cómo discerniríamos entre el trigo y la cizaña, si no fuera por el discernimiento que dan las pruebas? ¿Cómo sabríamos si los hombres sirven a Cristo por su bondad o por motivos egoístas, si servirle diera automáticamente salud y riquezas? Los vientos del invierno nos muestran cuáles árboles son siempre verdes y cuáles no. Las tempestades de aflicciones y preocupaciones son provechosas de esa misma manera. Muestran al hombre cuya fe es real y a aquel que sólo es de nombre.

    ¿Cómo podría marchar adelante la gran obra de santificación, si el hombre no tuviera pruebas? Las penas son, a menudo, el único fuego que puede quemar la escoria que se aferra a nuestros corazones. Las pruebas son la herramienta podadora que el gran Agricultor emplea a fin de que seamos fértiles en buenas obras. Los plantíos del campo del Señor, rara vez, maduran únicamente con sol; tienen que pasar por días de viento, lluvia y tormentas.

    Si usted anhela servir a Cristo y ser salvo, le ruego que lo acepte en sus propios términos. Decídase a cargar su porción de cruces y aflicciones, y entonces, n o lo tomarán de sorpresa. Por no comprender esto, muchos al parecer andan bien por un tiempo y luego se apartan disgustados y son echados fuera.

    Si usted profesa ser hijo de Dios, deje que el Señor Jesús lo santifique a su manera. Quédese tranquilo sabiendo que él nunca comete errores. Tenga por seguro que él hace bien todas las cosas. Puede que los ventarrones bramen a su alrededor y las aguas parezcan anegarle. Pero no tema, él lo guiará a usted como lo hizo con su pueblo: "Los dirigió por camino derecho para que viniesen a ciudad habitable" (Sal. 107:7).

miércoles, 5 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

12. El Señor de las olas

"Se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron:
Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?" Marcos 4:37-40

    Qué bueno sería que los cristianos profesantes de la época moderna estudiaran los cuatro Evangelios más de lo que lo hacen. Sin duda que toda la Biblia es provechosa. No es sabio exaltar una parte de ella a expensas de las demás. Pero opino que sería bueno que algunos que están muy familiarizados con las epístolas supieran más acerca de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

    ¿Por qué digo esto? Quiero que los cristianos profesantes sepan más acerca de Jesús. Es bueno conocer todas las doctrinas y los principios del cristianismo. Pero es mucho mejor todavía conocer a Cristo mismo. Es bueno estar familiarizado con la fe, la gracia, la justificación y la santificación. Estos son asuntos "relacionados con el Rey". Pero es mucho mejor estar familiarizado con Jesús mismo, ver al Rey cara a cara y contemplar su hermosura. Este es el secreto de una santidad innegable. El que anhela conformarse a la imagen de Cristo y parecerse más a Cristo, tiene que estudiar constantemente a Cristo mismo.

    Los Evangelios fueron escritos precisamente para que conociéramos a Cristo. El Espíritu Santo nos ha contado cuatro veces la historia de su vida y su muerte, lo que dijo y lo que hizo. Cuatro manos diferentes e inspiradas nos han dibujado al Salvador. Sus métodos, sus costumbres, sus sentimientos, su sabiduría, su gracia, su paciencia, su amor y su poder son narrados por gracia, a través de la pluma de cuatro testigos diferentes. ¿Acaso no deben las ovejas estar familiarizadas con el Pastor? ¿No debe el paciente estar familiarizado con el Médico? ¿No debe la novia estar familiarizada con el Novio? ¿No debe el pecador estar familiarizado con el Salvador? No cabe duda que sí. Los Evangelios fueron escritos para familiarizar a todos con Cristo y es por eso que quisiera que todos estudiaran los Evangelios.

    ¿Sobre quién debemos edificar nuestras almas si queremos ser aceptados por Dios? Tenemos que ser edificados sobre la Roca, Cristo. ¿De quién hemos de obtener la gracia del Espíritu si vamos a dar fruto? Tenemos que nutrirnos de Cristo, la Vid. ¿A quién hemos de recurrir para ser consolados cuando nos fallan o perdemos a nuestros amigos terrenales? Tenemos que recurrir a Cristo, nuestro Hermano mayor. ¿A quién debemos elevar nuestras oraciones para ser oídos en lo Alto? Tienen que ser elevadas a Cristo, nuestro Abogado. ¿Con quién esperamos pasar los mil años de gloria y luego la eternidad? Con Cristo, el Rey de reyes. ¡No cabe la menor duda que nunca nos sería posible conocer a este Cristo demasiado bien! No cabe duda que no hay una palabra, ni una obra, ni un día, ni un paso, ni un pensamiento en el registro de su vida, que no nos deba ser preciado. Tenemos que esforzarnos por familiarizarnos con cada línea escrita a cerca de Jesús.

Acérquese y estudiemos una página en la historia de nuestro Maestro. Reflexionemos en lo que podemos aprender de los versículos de las Escrituras que encabezan este capítulo. Vemos allí a Jesús cruzando el mar de Galilea en una embarcación con sus discípulos. Vemos que mientras él duerme, de pronto se levanta una tormenta. Las olas embisten la barca y la llenan. La muerte parece inminente. Los asustados discípulos despiertan a su Maestro y claman a él. Él se levanta, reprende al viento y a las olas e, inmediatamente, reina la calma. Luego procede a reprobar el temor de sus compañeros por fata de fe y, después, todo ha pasado. Esta es la escena. Está repleta de profunda instrucción. Pues bien, examinemos ahora lo que tiene la intención de que aprendamos.

martes, 4 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

V. La parte eterna del alma de cada ser humano está cerca de él

    Lo último que supone que debemos aprender de estos versículos es lo siguiente: La parte eterna del alma de cada ser humano está cerca de Cristo.

    "Hoy", le dice nuestro Señor al ladrón arrepentido, "hoy estarás conmigo en el paraíso". No menciona ningún periodo distante. No habla de entrar a un estado de felicidad como algo "lejano". Habla de hoy, "este día mismo que estás colgado en la cruz".

    ¡Qué cercano parece eso! ¡Qué extremadamente cerca nos traen esas palabras a nuestra morada eterna! Felicidad o sufrimiento, dolor o gozo, la presencia de Cristo o la compañía de los demonios, están todos cerca de nosotros. "Hay un paso", dice David, "entre mí y la muerte" (1 S. 20:3). Podemos decir que hay sólo un paso entre nosotros y el paraíso o el infierno.

    Ninguno de nosotros entiende esto lo bien que debiera. Ha llegado el momento de quitarnos las ideas sobre este tema que son producto de nuestra imaginación. Tenemos la tendencia de hablar y pensar, aun refiriéndonos a creyentes, como si la muerte fuera un largo viaje y como si el santo que ha muerto se ha embarcado en una larga travesía. ¡Esto es un error, un puro error! Su puerto seguro y su patria celestial están cerca y ya han entrado en él.

    Algunos sabemos, por amarga experiencia, qué largo se nos hace el tiempo entre la muerte de un ser querido y la hora cuando lo sepultamos fuera de nuestra vista. Esas horas son las más lentas, tristes y pesadas de nuestras vidas. Pero, bendito sea Dios, las almas de los santos que han partido están libres desde el instante mismo cuando dieron su último aliento. Mientras nosotros lloramos, se está preparando el ataúd, se tiene el velorio y se llevan a cabo los últimos arreglos, el espíritu de nuestro ser querido está disfrutando de la presencia de Cristo. Se encuentra libre para siempre de la carga de la carne. Está donde "los impíos dejan de perturbar, y allí descansan los de agotadas fuerzas" (Job 3:17).

    En el preciso momento en que el creyente muere, está en el paraíso. Su batalla ha acabado, sus luchas han terminado. Ha pasado por el valle sombrío que un día tendremos que pasar nosotros, ha cruzado el río tenebroso que un día tendremos que cruzar nosotros. Ha bebido la última copa amarga que el pecado le preparó, ha llegado al lugar donde ya no hay aflicciones y lamentos. ¡No debemos desear que regrese de donde está! No debemos llorar por él, sino por nosotros mismos.

    Nosotros todavía estamos batallando, en cambio él está en paz. Nosotros estamos trabajando, en cambio él está descansando. Nosotros estamos velando, en cambio él está descansando. Nosotros estamos vistiendo nuestra armadura espiritual, en cambio él se la ha quitado para siempre. Nosotros todavía estamos de viaje, en cambio él está en puerto seguro. Nosotros tenemos lágrimas, en cambio él tiene gozo. Nosotros somos extranjeros y peregrinos, en cambio él está en su hogar permanente. ¡No hay duda de que los muertos en Cristo están mejor que los vivos! ¡No hay duda de que desde el preciso instante en que el santo muerte, está inmediatamente en una posición mucho más elevada y más feliz que el más feliz sobre la faz de la tierra!5

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5 "Te damos gracias porque te ha placido librar a este, tu hermano, de los sufrimientos de este mundo pecador". -Burial Service (Servicio fúnebre) de la Iglesia Anglicana.

"Tengo buenas nuevas para dar. Un ser querido tuyo ha terminado su batalla, ha recibido respuesta a sus oraciones y sobre un gozo eterno descansa su sien. Mi esposa querida, el origen de mis mejores momentos terrenales durante veinte años, partió el martes". -Carta de Venn a Stillingfleet, anunciando el fallecimiento de su esposa.

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    Me temo que abundan fantasías sobre esta realidad. Me temo que muchos que no son católicos romanos y profesan no creer en el purgatorio, no obstante, tienen ideas extrañas sobre las consecuencias inmediatas de la muerte.

    Me temo también que muchas personas tienen una especie de noción indefinida de un intervalo o espacio de tiempo entre la muerte y su estado eterno. Se imaginan que estarán pasando por algún proceso purificador y que, aunque mueren ineptos para el cielo, ¡al final serán encontrados idóneos para él!

    Pero esto es totalmente equivocado. No sucede ningún cambio después de la muerte, no hay ninguna conversión en la tumba, no hay un nuevo corazón después del último suspiro. El mismo día en que partimos, lo hacemos para siempre, el día que partimos de este mundo, comenzamos una condición eterna. Desde ese día no hay ninguna alteración del alma, ningún cambio espiritual. Así como morimos, así recibiremos nuestra parte después de la muerte; "en el lugar que el árbol cayere, allí quedará" (Ec. 11:3).

    Si usted no es cristiano, esto debiera hacerlo pensar. ¿Sabe que está cerca del infierno? Puede morir este mismo día y, si no muere en Cristo, abrirá inmediatamente sus ojos en el infierno y en medio de tormentos.

    Si es usted un cristiano auténtico, está mucho más cerca del cielo de lo que cree. Si el Señor se lo llevara este mismo día, se encontraría en el paraíso. La tierra prometida está muy cerca de usted. Si cerrara sus ojos en medio de debilidad y dolor, se abrirían inmediatamente en medio de un descanso glorioso imposible de describir.

Conclusión

    Diré ahora unas pocas palabras a manera de conclusión.

    (a) Este escrito puede caer en las manos de un pecador humilde y contrito. ¿Es usted uno de ellos? Entonces aquí le tengo palabras de aliento. Tome nota de lo que hizo el ladrón arrepentido y haga usted lo mismo. Tome nota de cómo oró, cómo llamó a Jesucristo; tome nota de la respuesta de paz que obtuvo. Hermano o hermana, ¿por qué no hace usted lo mismo? ¿Por qué no habría de ser salvo usted también?

    (b) Este escrito puede caer en manos de un soberbio y presumido mundano. ¿Es usted uno de ellos? Entonces preste atención a mi advertencia. Tome nota de que el ladrón impenitente murió tal como había vivido y tenga cuidado de no llegar a un final igual. Oh, hermana o hermano errado, ¡no esté tan confiado, no sea que muera en sus pecados! Busque al Señor mientras puede ser hallado. Vuélvase al Señor, ¿por qué habría de morir sin él?

    (c) Este escrito puede caer en manos de un creyente que profesa a Cristo. ¿Es usted uno de ellos? Entonces tome la fe del ladrón arrepentido como criterio para medir su propia fe. Asegúrese de saber lo que es el verdadero arrepentimiento y la fe salvadora, la humildad auténtica y el amor ferviente. Hermano o hermana, no se satisfaga con la norma del mundo acerca del cristianismo. Piense como el ladrón arrepentido, eso es ser sabio.

    (d) Este escrito puede caer en manos de alguien que está llorando por creyentes que han partido. ¿Es usted uno de ellos? Entonces reciba consuelo de este pasaje. Note cómo sus seres queridos están en las mejores manos. No pueden estar mejor. Nunca estuvieron tan bien en su vida como lo están ahora. Están con Jesús, a quien sus almas amaban sobre la tierra. ¡Oh, ya basta de sus lamentos egoístas! Regocíjese porque están libres de aflicciones y han entrado en su descanso.

    (e) Y este escrito puede caer en las manos de algún siervo de Cristo entrado en años. ¿Es usted uno de ellos? Entonces vea por medio de estos versículos cuán cerca está de su patria celestial. Su salvación está más próxima que cuando recién creyó. Unos pocos días más de trabajo y aflicción, y el Rey de reyes mandará a buscarlo y, en un instante, su batalla habrá terminado y estará en completa paz.

domingo, 2 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

IV. El creyente en Cristo está con el Señor cuando muere

    Además, la intención de estos versículos es que aprendamos que el creyente en Cristo está con el Señor cuando muere.

    Podemos llegar a esta conclusión por las palabras del Señor al ladrón arrepentido: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Y tenemos una expresión muy similar en la Epístola a los Filipenses, donde Pablo dice que su anhelo es "partir y estar con Cristo" (Fil. 1:23).

    Diré poco sobre este tema. Se lo presento sencillamente para sus propios momentos de meditación en privado. Para mí, está lleno de consuelo y paz.

    Después de la muerte, el creyente está "con Cristo". Eso contesta muchas preguntas difíciles que, de otra manera, intrigan la mente curiosa e intranquila del hombre. La morada de los santos fallecidos, sus alegrías, sus sentimientos y su felicidad reciben respuestas en una sencilla expresión: Están "con Cristo".

    No puedo entrar a explicar completamente el estado separado de los creyentes que han partido. Es un tema elevado y profundo, tanto que la mente del hombre no puede ni abarcarlo ni imaginarlo.

    Sé que su felicidad se queda corta comparada con lo que será cuando sus cuerpos se levanten de nuevo, en la resurrección en el último día, y Jesús regrese a la tierra. Pero sé también que disfrutan de un descanso bendito, un descanso de sus labores, un descanso de sus aflicciones, un descanso del dolor y un descanso del pecado. No puedo explicar estas cosas, pero estoy convencido de que serán mucho más felices de lo que jamás lo fueron en la tierra. Veo su felicidad en este mismo pasaje: "Están con Cristo" y cuando veo esto, he visto todo lo que necesito ver.

    Si las ovejas están con su Pastor, si los miembros están con la Cabeza y si los hijos de la familia de Cristo están con él, quien los amó y los sostuvo todo el trayecto de su peregrinaje en esta tierra, todo tiene que estar bien, todo tiene que estar perfecto.

    No puedo describir qué clase de lugar es el paraíso porque no puedo entender la condición de un alma separada del cuerpo, pero no pido una visión más resplandeciente del paraíso que esta: Que allí está Cristo4. Todo lo demás que podamos imaginarnos de lo que será ese estado entre la muerte y la resurrección no son nada en comparación con esto. Cómo está él allí y de qué manera lo está, no lo sé. Sólo ver a Cristo en el paraíso cuando mis ojos se cierren en la hora de la muerte, me basta. Bien dice el salmista: "En tu presencia hay plenitud de gozo" (Sal. 16:11). Fue cierto lo que dijo una niña a punto de morir cuando su madre trató de consolarla describiéndole cómo sería el paraíso. "Allí", le decía, "no habrá dolor ni enfermedades, allí verás a tus hermanitos y hermanitas que han ido antes que tú y siempre serás feliz". "¡Ah, madre!" fue la respuesta de la niña, "pero hay algo mejor que todo y es que allí estará Cristo".

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4 "No entremos en argumentos curiosos y sutiles acerca del lugar del paraíso. Estemos satisfechos con saber que los que están injertados en el cuerpo de Cristo por fe, son partícipes de la vida, y que allí disfrutarán después de la muerte un descanso bendito y gozoso hasta cuando la gloria perfecta de la vida celestial se manifieste plenamente en la venida de Cristo". Commentary on the Gospels (Comentario de los Evangelios) por Calvino.
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    Puede ser que usted no piense mucho acerca de su alma. Puede ser que usted sepa poco de Cristo como su Salvador y que nunca ha probado, por experiencia, que es precioso. Y a pesar de ello, quizá tiene la esperanza de ir al cielo cuando muera. Este es seguramente un pasaje que debiera hacerle pensar. El paraíso es un lugar donde está Cristo. ¿Sería entonces un lugar del que disfrutaría usted?

    Puede ser que sea creyente y, no obstante, tiembla ante el pensamiento del sepulcro. Parece frío y lóbrego. Siente que todo lo que tiene por delante es oscuro y sombrío. No tema, ¡anímese con este pasaje! Va camino al paraíso y allí estará con Cristo.

sábado, 1 de marzo de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 Evidencias al borde de la muerte

    Es triste oír lo que la gente habla, a veces, de lo que llaman evidencias en el lecho de muerte. Es muy penoso observar con qué poco se satisfacen algunas personas y qué fácilmente se pueden convencer a sí mismos de que sus amigos se han ido al cielo.

    Cuando su pariente ha muerto, comentan: "Dijo una oración tan hermosa un día, habló tan bien de que estaba arrepentido por sus viejas costumbres y su intención de vivir de una manera distinta en este mundo, o que le gustaba que alguien le leyera o que orara por él". Y como tienen esto para alegar, ¡parecen estar tranquilos teniendo la esperanza de que su ser querido fue salvo! Probablemente el nombre de Cristo nunca fue mencionado, tal vez tampoco se mencionó en ningún momento el camino de salvación. ¡Pero esto no les importa, si habló de algo aparentemente espiritual, con eso se contentan!

    Ahora bien, no es mi deseo lastimar a nadie que lee este escrito, pero tengo que hablar claramente sobre este tema.

    Quiero decir, de una vez por todas que, por regla general, no hay nada más insatisfactorio que las evidencias en el lecho de muerte. Se puede depender muy poco de los sentimientos que el hombre expresa cuando está enfermo y asustado. Con frecuencia, demasiada frecuencia, son el resultado del temor y no surgen de una convicción del corazón. Con frecuencia, demasiada frecuencia, son cosas dichas de memoria, habiéndolas escuchado de boca de pastores y de amigos preocupados, no porque él mismo las sienta. Y no hay prueba más fuerte de esto que el hecho bien sabido de que muchas de las personas que prometen reformarse cuando están enfermas y por primera vez hablan de algo espiritual, si se recuperan, vuelven a su pecado y al mundo.

    Cuando alguien ha vivido una vida irreflexiva e insensata, quiero algo más que unas lindas palabras y buenos augurios cuando está en su lecho de muerte como para convencerme acerca de la condición de su alma. No me basta con que me deje leerle la Biblia y orar junto a su cama o que diga que "no había pensado tanto como debiera acerca del evangelio y que le parece que va a ser un hombre distinto si se mejora". Nada de esto me contenta, no me hace sentir tranquilo en cuanto a su estado. Está bien en lo que cabe, pero no es una conversión. Está bien en un sentido, pero no es fe en Cristo. No puedo ni me atrevo a sentirme satisfecho. Otros pueden sentirse tranquilos, si quieren, y decir que esperan que su amigo fallecido esté en el cielo. Por mi parte, preferiría quedarme callado. Estaría satisfecho con la medida más pequeña de arrepentimiento y fe del moribundo, aunque no fuera más grande que un grano de mostaza. Pero contentarme con cualquier cosa menor que arrepentimiento y fe, me parece casi una infidelidad.

    ¿Qué clase de evidencias piensa dejar usted acerca del estado de su alma? Siga el ejemplo del ladrón arrepentido y le irá bien.

    Cuando lo pongan en su ataúd ¿será que tendrán que buscar palabras sin sentido y sobras de espiritualidad a fin de alegar que fue un verdadero creyente? No tengan que comentar vacilantes: "Espero que esté feliz. Un día habló tan lindo y, en otra ocasión parecía tan complacido con aquel capítulo de la Biblia y decía que le gustaba tal o cual persona que es buena gente". Ojalá podamos hablar con seguridad acerca de la condición de usted. Ojalá tengamos alguna prueba segura de su arrepentimiento, su fe y su santidad de modo que nadie, en ningún momento, pueda cuestionar su condición. Tenga por seguro que sin esto, los que deja atrás no podrán tener un consuelo fehaciente acerca de su alma. Podemos valernos de una forma de religión en su funeral y expresar esperanzas benévolas. Podemos encontrarnos con usted a la entrada del cementerio y decir: "Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor" (Ap. 14:13). ¡Pero esto no alterará su condición! Si muere sin convertirse a Dios, sin arrepentimiento y sin fe, su funeral no será más que las exequias de un alma perdida y mejor sería que nunca hubiera nacido.

jueves, 27 de febrero de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

(b) Note, en segundo lugar, qué sentido correcto tenía del pecado. Le dice a su compañero: "Nosotros recibimos lo que merecieron nuestros hechos". Reconoce su impiedad y la justicia de su castigo. No hace ningún intento por justificarse o buscar excusas por su iniquidad. Habla como un hombre humillado y degradado al recordar sus iniquidades del pasado. Esto es lo que sienten todos los hijos de Dios. Están prontos a reconocer que son pobres pecadores que merecen el infierno. Pueden decir de corazón, al igual que con su boca: "Hemos dejado de hacer las cosas que deberíamos haber hecho, e hicimos las cosas que no deberíamos haber hecho, y no hay salud en nosotros" (Mt. 23:23).

    ¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que ahora le hago: ¿Tiene conciencia de sus pecados?

    (c) Veamos, en tercer lugar, el amor fraternal que demostró el ladrón hacia su compañero. Procuró conseguir que dejara de injuriar y blasfemar, y que reaccionara. "¿Ni aun temes tú a Dios", le dice, "estando en la misma condenación?" ¡No hay mejor señal de gracia que esta! La gracia despoja al hombre de su egoísmo y lo lleva a identificarse con el alma de los demás. Cuando se convirtió la mujer samaritana, dejó su jarro y corrió a la ciudad diciendo: "Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuando he hecho. ¿No será este el Cristo?" (Jn. 4:28-29). Cuando se convirtió Saulo, fue inmediatamente a la sinagoga en Damasco y testificó a sus hermanos israelitas que Jesús "era el Hijo de Dios" (Hch. 9.20).

    ¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces, ¿dónde está su caridad y amor por las almas?

    En suma, vemos en el ladrón arrepentido una obra consumada del Espíritu Santo. Podemos encontrar en el malhechor arrepentido cada parte del carácter del creyente. Con todo lo breve que fue su vida después de su conversión, usó el tiempo que le quedaba para dejar abundantes evidencias de que era hijo de Dios. Su fe, su oración, su humildad y su amor fraternal son testimonio indudable de la realidad de su arrepentimiento. No era un hombre arrepentido de palabra únicamente, sino de hecho y en verdad.

    Nadie piense, entonces, porque el ladrón arrepentido fue salvo, que una persona puede ser salva sin dejar ninguna evidencia de la obra del Espíritu. Analice bien cada uno las evidencias que dejó este hombre y tenga cuidado.

miércoles, 26 de febrero de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

III. El Espíritu siempre guía de la misma manera a cada alma salvada

    La tercera lección que quiere enseñarnos este pasaje es que el Espíritu siempre guía de la misma manera al alma salvada.

    Este es un punto que merece atención especial y que, a menudo, es pasado por alto. Las personas se fijan en que el ladrón arrepentido fue salvo cuando ya moría y no van más allá.

    No toman en cuenta las evidencias que este ladrón dejó tras de sí. No observan las pruebas abundantes que dio de la obra del Espíritu en su corazón. Y estas pruebas son las que quiero destacar. Deseo mostrar que el Espíritu siempre obra de una misma manera y que, sea que convierta a una persona en una hora, como lo hizo con el ladrón arrepentido, o que lo haga gradualmente, como lo hace con otros, los pasos por medio de los cuales conduce las almas al cielo son siempre los mismos.

    Procuraré hacerle claro esto a todo el que lee este escrito. Quiero ponerlo en guardia. Quiero que se quite la idea generalizada de que hay algún camino fácil y divino al cielo desde el lecho de muerte. Quiero que comprenda a conciencia que cada alma salvada pasa por la misma experiencia y que los principios fundamentales de la fe del ladrón arrepentido son los mismos que en la fe de los santos más ancianos que han existido.

    (a) Veamos, en primer lugar, cuán fuerte fue la fe de este hombre.

    Llamó "Señor" a Jesús. Declaró su creencia de que tendría un "reino". Creyó que podía darle vida eterna y gloria y, creyéndolo, le dirigió su oración. Declaró que Jesús era inocente de todos los cargos que le eran imputados. "Este", dijo, "ningún mal hizo" (Lc. 23:41). Otros quizá pensaron que el Señor era inocente, pero este pobre hombre al borde de la muerte fue el único que lo declaró abiertamente.

    ¿Y cuándo sucedió todo esto? Sucedió...

    - cuando toda la nación había rechazado a Cristo, gritando: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale! No tenemos mas rey que César" (Jn. 19:6;15),

    - cuando los principales sacerdotes y fariseos lo habían condenado y declarado "digno de muerte" (Mr. 14:64).

    - cuando sus propios discípulos lo habían abandonado y huido,

    - cuando colgaba débil, sangrando y muriendo en la cruz,

    - cuando fue contado entre los transgresores y considerado maldito.

    ¡Esta fue la hora cuando el ladrón creyó en Cristo y le dirigió su oración! Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nunca se había visto una fe como esta desde la creación del mundo3.
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3 
  • "No sé de otro ejemplo de fe tan notable e impresionante desde la creación del mundo". -Commentary on the Gospels (Comentario de los Evangelios) por Calvino.
  • "Una fe que puede ver el sol a través de una nube tan oscura, que puede descubrir a Cristo, a un Salvador, a través de un Jesús tan pobre, desechado, despreciado y crucificado y llamarlo Señor.
  • "Una gran fe que desde su cruz podía ver el reino de Cristo, el sepulcro y la muerte, cuando había tan pocas señales del reino, y orar pidiendo ser recordado en ese reino". -Lightofoot, Sermón. 1684.
  • "El ladrón arrepentido fue el primero en confesar el reino celestial de Cristo, el primer mártir que dio testimonio de la santidad de sus sufrimientos y el primer apologista de su inocencia". -Quesnel sobre el evangelio.
  • "Probablemente hay pocos santos en gloria que hayan honrado a Cristo tan gloriosamente como este pecador moribundo". -Doddridge.
  • "¿Es esta la voz de un ladrón o de un discípulo: Dame permiso, oh Salvador de usar tus propias palabras: 'Mateo 8:10'. Te vio colgado muriendo a tu lado, no obstante, te llama 'Señor'. Te vio muriendo y, no obstante, habla de tu reino. Se sintió morir él mismo y, no obstante, habla de que lo recuerdes en el futuro. ¡Oh fe, más fuerte que la muerte, que puede ver una corona más allá de la cruz, más allá de su expiración, una visión de vida y gloria! ¿Cuál de tus once discípulos te dijo alguna vez palabras tan llenas de gracia como estas en estos, tus últimos estertores?" -Obispo Hall.
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    Los discípulos habían visto señales y milagros poderosos. Habían visto la resurrección de un muerto mediante sólo tres palabras, a los leprosos curados mediante un toque, a los ciegos recibiendo su vista, a los mudos hablar y a los cojos caminar. Habían visto cómo miles de personas fueron alimentadas con unos cuantos panes y peces. Habían visto a su Maestro caminar sobre el agua como si fuera tierra seca. Lo habían oído hablar como nunca nadie antes había hablado y hacer promesas de cosas buenas por venir. Algunos de ellos habían tenido un anticipo de su gloria en el Monte de Transfiguración. Sin duda que la fe de ellos era "don de Dios", pero además de ese don, contaban con muchas ayudas para fortalecerla.

El ladrón moribundo no había visto ninguna de las maravillas mencionadas. Lo único que él vio fue a nuestro Señor en agonía, débil, sufriendo y sobrellevando el dolor. Lo vio soportando un castigo ignominioso, abandonado, vilipendiado, objeto de burlas, aborrecido y blanco de blasfemias. Lo vio rechazado por los más grandes, sabios y nobles de su propio pueblo, su vigor seco como un tiesto, su vida cercana al Seol (Sal. 22:15; 88:3). No vio ningún cetro, ninguna corona real, ningún dominio externo, ninguna gloria, ninguna majestad, ningún poder, ninguna señal de omnipotencia. Y aun así, el ladrón agonizante creyó y gozó viendo de antemano el reino de Cristo.

    ¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que le hago ahora. ¿Dónde está su fe en Cristo?

lunes, 24 de febrero de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

    Le ruego a cada uno que lee este escrito que use su sentido común y que tenga cuidado de no caer en el mismo error.

    Considere la historia de los hombres en la Biblia y vea cuán a menudo las ideas de las que he estado hablando, se contradicen.

    Recuerde bien cuántas pruebas hay de que dos hombres hayan recibido el ofrecimiento de la misma iluminación y sólo uno la aprovecha, que nadie tiene derecho de tomarse libertades con la misericordia de Dios e imaginar que puede arrepentirse cuando a él le plazca.

    Vea a Saúl y David. ¡Vivieron más o menos en la misma época, escalaron el mismo rango en la vida, fueron llamados a la misma posición en el mundo, disfrutaron del ministerio del mismo profeta, Samuel, y reinaron la misma cantidad de años! Sin embargo, uno fue salvo y el otro se perdió.

    Vea a Sergio Paulo y a Galión. ¡Ambos eran gobernadores romanos, ambos eran hombres sabios y prudentes en su generación y ambos oyeron predicar a Pablo! Pero uno creyó y fue bautizado, el otro "no hacía caso de nada de esto" (Hch. 13:7; 18:17).

    Observe el mundo a su alrededor. Fíjese lo que está sucediendo continuamente ante sus ojos. A menudo, dos hermanas asisten a la misma iglesia, oyen las mismas verdades y escuchan los mismos sermones y, sin embargo, sólo una se convierte, mientras que la otra permanece impávida. Puede ser que dos amigos lean el mismo libro cristiano; a uno le conmueve tanto que renuncia a todo para tener a Cristo, el otro no le ve nada de valor y sigue igual que antes. Centenares de personas han leído The Rise and Progress of Religion in the Soul (Auge y Progreso de la Religión en el Alma) por Doddridge, sin ningún beneficio, pero para Wilberforce significó el inicio de su vida espiritual. Miles han leído su libro Practical View of Christianity (Punto de Vista Práctico del Cristianismo) y no les ha afectado para nada, pero cuando Leigh Richmond lo leyó, se convirtió en otro hombre. Nadie tiene el derecho de decir: "La salvación es por mi propio poder".

    No pretendo explicar estas cosas. Sólo se las presento como grandes hechos verídicos y le pido que las reflexione con seriedad.

    No me malinterprete. No quiero desanimarlo. Le digo estas cosas con todo cariño para advertirle del peligro. No las digo para apartarlo del cielo. Al contrario, las digo para atraerlo más y llevarlo a Cristo mientras puede ser hallado.

    Quiero que se cuide de cualquier presunción. No abuse de la misericordia y compasión de Dios. Le ruego que no siga pecando, pensando que se puede arrepentir, creer y ser salvo cuando a usted le plazca, cuando quiera, cuando se le antoje. Siempre pondré delante de usted una puerta abierta. Siempre le diré: "Mientras hay vida hay esperanza". Pero si quiere ser sabio, no deje para después nada que concierna a su alma.

    Quiero que se cuide de dejar pasar los buenos pensamientos y las convicciones espirituales. Valórelas y aliméntelas, no sea que los pierda para siempre. Aprovéchelas al máximo, no sea que saquen alas y huyan volando. ¿Siente usted el deseo de comenzar a orar? Empiece a hacerlo inmediatamente. ¿Está disfrutando de alguna iluminación espiritual? Asegúrese de vivir en consonancia con esa iluminación. No juegue con las oportunidades, no sea que llegue el día cuando las quiera aprovechar y no pueda. No se rezague, no sea que obtenga sabiduría demasiado tarde.

    Quizá diga usted: "Nunca es demasiado tarde para arrepentirse". Respondo: "Es cierto, pero rara vez resulta así". Y digo más: "Si aplaza arrepentirse, no puede estar seguro de que alguna vez lo haga".

    Quizá diga usted: "¿Por qué debiera tener miedo? El ladrón arrepentido fue salvo". Respondo: "¡Es cierto, pero vuelva a mirar el pasaje que le dice que el otro ladrón se perdió!"

domingo, 23 de febrero de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

II. Algunos son salvos en la hora de su muerte, otros no.

    La segunda lección que este pasaje quiere enseñarnos es que algunos son salvos en la hora de su muerte, otros no.

    Es esta una verdad que nunca debe ser pasada por alto, por eso me es imposible ignorarla. Es una verdad que se destaca claramente en el triste final del otro malhechor, con demasiada frecuencia olvidado. La gente olvida que había "dos ladrones".

    ¿Qué pasó con el otro ladrón que fue crucificado? ¿Por qué no se apartó de su pecado y clamó al Señor? ¿Por qué siguió endurecido e impenitente? ¿Por qué no fue salvo? Sería inútil intentar contestar estas preguntas. Contentémonos con la información que tenemos y veamos qué quiere enseñarnos.

    No tenemos ningún derecho a decir que este ladrón era peor que su compañero, no hay nada que pruebe que lo fuera. Es evidente que ambos eran hombres malvados, ambos estaban recibiendo el merecido castigo por sus actos, ambos colgaban de una cruz a los dos lados del Señor Jesús; ambos lo escucharon orar por sus asesinos, ambos lo vieron sufrir con paciencia. Pero mientras uno se arrepintió, el otro siguió endurecido; mientras uno comenzó a orar el otro siguió injuriándole; mientras uno se convirtió al último momento, el otro murió contumaz en su maldad, tal como había vivido; mientras uno fue al paraíso, el otro fue a su lugar: Al lugar del diablo y sus ángeles.

    Ahora bien, estas cosas fueron escritas para advertirnos. Hay una advertencia, al igual que un consuelo, en estos versículos y es, de hecho, una advertencia muy seria.

    Me dicen y subrayan que aunque algunos se pueden arrepentir y convertirse en su lecho de muerte, no significa que todos lo harán. El lecho de muerte no siempre es un tiempo de salvación.

    Me dicen y subrayan que dos personas pueden tener las mismas oportunidades de hacerle bien a sus almas, pueden estar colocadas en la misma posición, ver las mismas cosas y oír los mismos sonidos y, no obstante, sólo una de las dos las aprovechan, se arrepienten, creen y son salvas.

    Me dicen, sobre todo, que arrepentimiento y fe son dones de Dios y que están fuera del poder del hombre, y que el que se engaña pensando que puede arrepentirse cuando lo escoja, elegir el momento cuando lo hará, buscar al Señor cuando le plazca y, como el ladrón arrepentido, ser salvo al último instante, tarde o temprano descubrirá que está muy equivocado.

    Y es bueno y provechoso tener en cuenta esto. Hay en el mundo una inmensa cantidad de ideas engañosas precisamente acerca de este tema. Veo a muchos que dejan que la vida se les vaya de entre las manos, sin estar preparados para morir. Veo a muchos que admiten que debieran arrepentirse, pero siempre lo dejan para mañana. ¡Y creo que una de las razones principales es que la mayoría cree que puede acudir a Dios cuando quiera! Se basan en la parábola de los obreros de la viña que habla de la hora undécima y la usan en la forma que nunca tuvo la intención de ser usada. Se enfocan en la parte placentera de los versículos que ahora estamos considerando, pero olvidan el resto. Hablan del ladrón que se fue al paraíso y se olvidan del que murió como vivió, ¡y se perdió2!

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2    "Aquel que demora su arrepentimiento y no busca perdón hasta lo último por seguir este ejemplo, tienta a Dios y convierte en su veneno lo que Dios designaba para un fin mejor".
    "Las misericordias de Dios nunca se registran en las Escrituras para el engreimiento del hombre, ni los fracasos del hombre para ser imitados".- Lightfoot, Sermón. 1684.
    "Muy desagradecida y tonta es la conducta de los que reciben aliento por el ladrón arrepentido que se arrepintió en el momento que moría; muy desagradecida al pervertir la gracia de su Redentor haciéndola ocasión para continuar pecando y muy tonto imaginar que lo que nuestro Señor hizo en una situación tan particular, pueda tomarse como un precedente de lo que es normal? .- Doddridge.

sábado, 22 de febrero de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

¿Acaso no me da derecho a decir que aun la fe más reciente puede salvar el alma del hombre, si es auténtica? He aquí la prueba de esto. La fe de este hombre tenía menos de un día, pero lo condujo a Cristo y lo salvó del infierno.

¿Por qué habría de desesperarse alguno cuando un pasaje como este está en la Biblia? Jesús es el Médico que puede curar los casos de personas desahuciadas. Él puede dar vida a las almas muertas y llamar a las cosas que no son como si fuesen. ¡Que nadie se desespere nunca! Jesús sigue siendo el mismo hoy tal como lo fue tantos siglos atrás. Las llaves de la muerte y del infierno están en su mano. Lo que él abre, nadie lo puede cerrar1.

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"Oh Salvador, ¡qué proceder es este de tu gracia libre y poderosa! Cuando tú das, qué indignidad puede prohibirnos tu misericordia? Cuando tú das, ¿puede el tiempo perjudicar nuestra vocación? ¿Quién puede dudar de tu bondad, cuando aquel que en la mañana iba en dirección al infierno, en la noche ya está contigo en el Paraíso?" - Obispo Hall.

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¿Qué si sus pecados son más numerosos que los cabellos de su cabeza? ¿Qué si sus hábitos impíos han crecido a medida que usted ha crecido y se han fortalecido a medida que usted se ha hecho más fuerte? ¿Qué si ha aborrecido lo bueno y amado lo malo todos los días de su vida? Estas cosas por cierto son tristes; pero hay esperanza, hasta para usted. Cristo lo puede sanar, Cristo lo puede sacar de su lamentable condición. El cielo no se ha cerrado para usted. Cristo puede franquearle la entrada si pone humildemente su alma en sus manos.

¿Han sido perdonados sus pecados? Si no, le presento este día una salvación completa y gratuita. Le invito a seguir los pasos del ladrón arrepentido: Venga a Cristo y viva. Le aseguro que Jesús es muy misericordioso y compasivo. Le aseguro que puede hacer por usted todo lo que su alma requiere. Aunque sus pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana (Is. 1:18). ¿Por qué no habría usted de ser salvo como cualquier otro? ¡Venga a Cristo y viva!

¿Es usted un creyente auténtico? Si lo es, debe gloriarse en Cristo. No se gloríe en su propia fe, sus propios sentimientos, su propio conocimiento, sus propias oraciones, sus propios recursos y su propia diligencia. Gloríese sólo en Cristo. ¡Ay! Aun el mejor de nosotros sabe apenas un poco del Salvador misericordioso y poderoso. No lo exaltamos ni nos gloriamos en él lo suficiente. Oremos pidiendo poder para ver más de la plenitud que hay en él.

¿Procura alguna vez hacerles un bien a otros? Si lo hace, no se olvide de hablarles acerca de Cristo. Cuéntele al joven, al menesteroso, al anciano, al ignorante, al enfermo y cuéntele al moribundo; cuénteles a todos acerca de Cristo. Cuénteles de su poder y de su amor; cuénteles de sus obras y de sus sentimientos, cuénteles del peor de los pecadores y lo que está dispuesto a hacer hasta el último día que le queda de vida; cuénteselos una y otra vez. No se canse nunca de hablar de Cristo. Dígales amplia y plenamente, libre e incondicionalmente, sin reservas y sin dudar: "Venga a Cristo como lo hizo el ladrón arrepentido: Venga a Cristo y será salvo".