Versículo para hoy:

miércoles, 26 de febrero de 2025

SANTIDAD - J. C. RYLE (1816-1900)

 

III. El Espíritu siempre guía de la misma manera a cada alma salvada

    La tercera lección que quiere enseñarnos este pasaje es que el Espíritu siempre guía de la misma manera al alma salvada.

    Este es un punto que merece atención especial y que, a menudo, es pasado por alto. Las personas se fijan en que el ladrón arrepentido fue salvo cuando ya moría y no van más allá.

    No toman en cuenta las evidencias que este ladrón dejó tras de sí. No observan las pruebas abundantes que dio de la obra del Espíritu en su corazón. Y estas pruebas son las que quiero destacar. Deseo mostrar que el Espíritu siempre obra de una misma manera y que, sea que convierta a una persona en una hora, como lo hizo con el ladrón arrepentido, o que lo haga gradualmente, como lo hace con otros, los pasos por medio de los cuales conduce las almas al cielo son siempre los mismos.

    Procuraré hacerle claro esto a todo el que lee este escrito. Quiero ponerlo en guardia. Quiero que se quite la idea generalizada de que hay algún camino fácil y divino al cielo desde el lecho de muerte. Quiero que comprenda a conciencia que cada alma salvada pasa por la misma experiencia y que los principios fundamentales de la fe del ladrón arrepentido son los mismos que en la fe de los santos más ancianos que han existido.

    (a) Veamos, en primer lugar, cuán fuerte fue la fe de este hombre.

    Llamó "Señor" a Jesús. Declaró su creencia de que tendría un "reino". Creyó que podía darle vida eterna y gloria y, creyéndolo, le dirigió su oración. Declaró que Jesús era inocente de todos los cargos que le eran imputados. "Este", dijo, "ningún mal hizo" (Lc. 23:41). Otros quizá pensaron que el Señor era inocente, pero este pobre hombre al borde de la muerte fue el único que lo declaró abiertamente.

    ¿Y cuándo sucedió todo esto? Sucedió...

    - cuando toda la nación había rechazado a Cristo, gritando: "¡Crucifícale! ¡Crucifícale! No tenemos mas rey que César" (Jn. 19:6;15),

    - cuando los principales sacerdotes y fariseos lo habían condenado y declarado "digno de muerte" (Mr. 14:64).

    - cuando sus propios discípulos lo habían abandonado y huido,

    - cuando colgaba débil, sangrando y muriendo en la cruz,

    - cuando fue contado entre los transgresores y considerado maldito.

    ¡Esta fue la hora cuando el ladrón creyó en Cristo y le dirigió su oración! Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que nunca se había visto una fe como esta desde la creación del mundo3.
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3 
  • "No sé de otro ejemplo de fe tan notable e impresionante desde la creación del mundo". -Commentary on the Gospels (Comentario de los Evangelios) por Calvino.
  • "Una fe que puede ver el sol a través de una nube tan oscura, que puede descubrir a Cristo, a un Salvador, a través de un Jesús tan pobre, desechado, despreciado y crucificado y llamarlo Señor.
  • "Una gran fe que desde su cruz podía ver el reino de Cristo, el sepulcro y la muerte, cuando había tan pocas señales del reino, y orar pidiendo ser recordado en ese reino". -Lightofoot, Sermón. 1684.
  • "El ladrón arrepentido fue el primero en confesar el reino celestial de Cristo, el primer mártir que dio testimonio de la santidad de sus sufrimientos y el primer apologista de su inocencia". -Quesnel sobre el evangelio.
  • "Probablemente hay pocos santos en gloria que hayan honrado a Cristo tan gloriosamente como este pecador moribundo". -Doddridge.
  • "¿Es esta la voz de un ladrón o de un discípulo: Dame permiso, oh Salvador de usar tus propias palabras: 'Mateo 8:10'. Te vio colgado muriendo a tu lado, no obstante, te llama 'Señor'. Te vio muriendo y, no obstante, habla de tu reino. Se sintió morir él mismo y, no obstante, habla de que lo recuerdes en el futuro. ¡Oh fe, más fuerte que la muerte, que puede ver una corona más allá de la cruz, más allá de su expiración, una visión de vida y gloria! ¿Cuál de tus once discípulos te dijo alguna vez palabras tan llenas de gracia como estas en estos, tus últimos estertores?" -Obispo Hall.
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    Los discípulos habían visto señales y milagros poderosos. Habían visto la resurrección de un muerto mediante sólo tres palabras, a los leprosos curados mediante un toque, a los ciegos recibiendo su vista, a los mudos hablar y a los cojos caminar. Habían visto cómo miles de personas fueron alimentadas con unos cuantos panes y peces. Habían visto a su Maestro caminar sobre el agua como si fuera tierra seca. Lo habían oído hablar como nunca nadie antes había hablado y hacer promesas de cosas buenas por venir. Algunos de ellos habían tenido un anticipo de su gloria en el Monte de Transfiguración. Sin duda que la fe de ellos era "don de Dios", pero además de ese don, contaban con muchas ayudas para fortalecerla.

El ladrón moribundo no había visto ninguna de las maravillas mencionadas. Lo único que él vio fue a nuestro Señor en agonía, débil, sufriendo y sobrellevando el dolor. Lo vio soportando un castigo ignominioso, abandonado, vilipendiado, objeto de burlas, aborrecido y blanco de blasfemias. Lo vio rechazado por los más grandes, sabios y nobles de su propio pueblo, su vigor seco como un tiesto, su vida cercana al Seol (Sal. 22:15; 88:3). No vio ningún cetro, ninguna corona real, ningún dominio externo, ninguna gloria, ninguna majestad, ningún poder, ninguna señal de omnipotencia. Y aun así, el ladrón agonizante creyó y gozó viendo de antemano el reino de Cristo.

    ¿Quiere saber si tiene el Espíritu? Entonces preste atención a la pregunta que le hago ahora. ¿Dónde está su fe en Cristo?

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