«Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?»
Introducción
El apóstol Pablo, al escribir a la iglesia en Corinto, exhorta a los conversos gentiles: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?» Aunque confiaba en que los corintios, en general, eran sinceros en su fe y miembros de la verdadera iglesia de Cristo, sin embargo, consideraba posible que algunos de ellos carecieran de la fe del evangelio –que se hubiesen engañado a sí mismos, y fueran objeto de la ira divina, en lugar de que su “vida estuviera escondida con Cristo en Dios”.
Es algo serio para quien profesa el cristianismo reflexionar sobre esta posibilidad, pero precisamente por esto se le insta al deber del autoexamen bajo las más altas ordenanzas.
Al procurar explicar y exigir este deber, haré:
I. Algunas observaciones generales sobre el tema.
II. Consideraré el propósito que debemos tener en vista al autoexaminarnos.
III. Sugeriré algunos temas hacia los cuales deben dirigirse nuestras indagaciones al atender este precepto divino.
I. Algunas observaciones generales
1°.
Consideremos que el mandamiento de examinarnos a nosotros mismos no implica que
no podamos tener una conciencia inmediata de que creemos en el evangelio, y por
lo tanto tener gozo y paz en el creer. La mente percibe y conoce todos sus
propios pensamientos, juicios y emociones. Cuando creemos que algo es
verdadero, sentimos que lo creemos; y podemos saber que creemos el evangelio de
Dios, del mismo modo que sabemos que creemos cualquier informe basado en la
autoridad de una criatura. Pero recordemos que, aun en los asuntos de esta
vida, tendemos a engañarnos a nosotros mismos. El engaño del corazón se
manifiesta especialmente en lo relacionado con las cosas invisibles y eternas;
y de allí que muchos clamen: “paz, paz”, cuando no hay paz.
Una causa fecunda de autoengaño en todo país
llamado cristiano, es que la mayoría de las personas han estado acostumbradas
desde su infancia a eso llamado evangelio y a reconocer su verdad, sin entender
su significado, sin atender a su evidencia ni sentir su importancia. Podemos
ser conscientes de que creemos en aquello que consideramos como el evangelio, y
sin embargo estar en hiel de amargura y en prisión de maldad. Por lo tanto, es
necesario que todos se examinen, no solo para saber si creen en aquello que
llaman evangelio, sino para discernir si lo que creen es verdaderamente el
evangelio.
2°. Por la misma naturaleza del evangelio,
así como por las declaraciones expresas de Dios, estamos seguros de que la fe
en Cristo debe producir sentimientos, experiencias y una práctica que le son
peculiares. La conexión entre la fe y la práctica se declara uniformemente como
inseparable, de modo que la última debe corresponder siempre exactamente con la
primera.
3°. En consecuencia, se han hecho grandes
esfuerzos para distinguir con precisión entre la fe común y la fe salvadora. Y
se ha enseñado a las personas a juzgar favorable o desfavorablemente su estado,
según hayan ejercido actos de fe salvadora y no meramente actos naturales de
fe. La consecuencia inevitable de esto debe ser llevar a los hombres a procurar
realizar tales actos salvadores, y a confiar en ellos cuando creen haberlos
realizado. Así, la mente se desvía de Jesucristo, de la gloria de Su expiación
y de la misericordia de Dios revelada en Él –que es el único fundamento de
esperanza-, hacia una búsqueda ilusoria de algo más que calme la conciencia. De
este modo se establece un sistema de justicia propia bajo el nombre de
salvación por la fe.
Además, nada puede exponernos más al
autoengaño. Cuando, en lugar de estar ocupados en contemplar la verdad,
nuestras mentes están enfocadas en considerar la manera en que creemos, estamos
bajo una fuerte tentación de persuadirnos de que nuestra fe posee todas las
cualidades de la fe salvadora, y de allí obtener nuestro consuelo. Las
Escrituras nos muestran un camino más excelente. Apelan al sentido común del
hombre, nos enseñan lo que hemos de creer, y describen los efectos que la
creencia de la verdad debe necesariamente producir. Así, nuestras mentes están
constantemente dirigidas hacia el testimonio de Dios, y se nos da una prueba
mucho más inequívoca por la cual podemos comprobar si creemos el evangelio.
4°. Debemos tener siempre presente que somos
extremadamente propensos a refugiarnos en la opinión de otros, especialmente de
aquellos a quienes estimamos por su juicio y piedad. Las opiniones ajenas
pueden ser muy útiles al cristiano. Sin embargo, a menudo es más importante
considerar los sentimientos de quienes están prejuiciados contra nosotros que
los de nuestros amigos.
Se requiere precaución, tanto más cuanto
existe una fuerte tendencia, especialmente en aquellos que son débiles en la fe
–y más aún en quienes han recibido impresiones recientes-, a estar muy atentos
a las opiniones de quienes los rodean. Y se teme que muchos, al imaginar que
otros tienen una opinión favorable de ellos, se vean sostenidos por esperanzas
ilusorias, y se endurezcan para su propia perdición.
5°.
La doctrina de Jesús se dirige al corazón, y nunca deja de afectarlo cuando es
entendida y creída. No produce meramente una reforma exterior, mientras la
mente permanece bajo el dominio del pecado. «Porque las armas de nuestra
milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de
fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el
conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a
Cristo» (2 Co. 10:4-5).
En el autoexamen, por lo tanto,
debemos atender a nuestros sentimientos internos, así como a la conducta
general de nuestra vida. En este punto, muchos han errado. Mientras algunos han
considerado que la verdadera religión consiste casi exclusivamente en ciertas
emociones mentales, sin prestar la debida atención a la conducta; otros, al
observar cuán poco se corresponde la práctica de algunos con lo que profesan
sentir, han desechado por completo la consideración de las emociones internas,
y se han fijado únicamente en el comportamiento exterior. Ambos están en error.
Al atender tanto a los movimientos de nuestra mente como a nuestra práctica,
estamos en menor peligro de ser engañados. Lo uno sirve de control para lo
otro. Nuestra conducta puede parecer buena en muchos aspectos, aunque proceda
de un principio corrupto. Y al juzgar nuestros sentimientos sin someterlos a la
prueba de la práctica, somos siempre propensos a engañarnos y a alimentar
aquellos sentimientos que nos producen placer, sin considerar de dónde
provienen. Solo cuando nuestros sentimientos y nuestra práctica corresponden
entre sí podemos tener una satisfacción bien fundada.
6°. Debemos cuidarnos de formarnos un
juicio sobre nosotros mismos a partir de observaciones parciales y aisladas de
nuestra conducta. A esto somos extremadamente propensos. Siempre dispuestos a
alejarnos de una consideración universal de los caminos de Dios, tendemos a
descansar en una acción, o serie de acciones, como evidencia de que todo está
bien con nosotros, y así halagarnos creyendo que en verdad somos siervos de
Cristo.
7°. La evidencia de que estamos en la
fe es siempre susceptible de aumento. Por tanto, no debemos contentarnos con la
presunción de que, en términos generales, el balance está a nuestro favor, sino
buscar la evidencia más decisiva posible. No debemos adormecernos diciendo que,
aunque somos imperfectos en muchos aspectos y ciertamente débiles en la fe,
estamos bien en lo fundamental. Según sea la evidencia de esta imperfección o
de nuestra debilidad en la fe, así será el peligro de naufragar completamente
en ella.
En resumen, cuanto mayor sea nuestro
progreso, menos estaremos dispuestos a admirar o depender de nuestros logros,
pues nuestro estándar de santidad se elevará proporcionalmente.
8°. La revelación de Dios –que Su amor
es inmutable, que los creyentes finalmente y ciertamente perseverarán, y que
los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables- se abusa con frecuencia
para descuidar o dejar de lado la necesidad del autoexamen. Cuando nos hallamos
tibios en nuestro amor y comenzamos a apartarnos de Dios, tendemos a apaciguar
nuestras conciencias con tales consideraciones. Los santos ciertamente
perseverarán, pero no podemos tener evidencia de que somos del número de ellos
a menos que permanezcamos en la verdad.
Las Escrituras distinguen uniformemente las operaciones salvadoras de Dios en el alma por su permanencia. Los hijos de Dios no son de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Hb. 10:39); mientras que aquellos que reciben la Palabra con gozo, pero no tienen raíz, se manifiestan por su tropiezo y apostasía, siendo incapaces de soportar la tentación. De allí se sigue que, cualquiera que sea lo que hayamos hecho o sufrido por el evangelio, si no permanecemos en la fe, no podemos ser salvos. Solo podemos ser salvos por el evangelio si retenemos en la memoria la verdad. Nadie, por lo tanto, puede lícitamente consolarse con las promesas de Dios –de que los creyentes perseverarán- si no está realmente perseverando y, bajo la influencia de esas promesas, ocupándose en su salvación con temor y temblor. De ahí que, en el autoexamen, la pregunta no es si alguna vez creímos en un momento pasado, sino si ahora estamos en la fe de Cristo.
* * *
Este librito fue traducido del ingles de The Doctrine and Duty of Self-examination por James A. Haldane (1786-1851).
Copyright © 2025 Chapel Library. Traducido y editado por Jorge E. Castañeda. Impreso en los EE.UU.
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