Versículo para hoy:

viernes, 1 de mayo de 2026

LA DOCTRINA Y EL DEBER DEL AUTOEXAMEN - James Haldane (1786-1851)


 «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?»

2 Corintios 13:5

Introducción

         El apóstol Pablo, al escribir a la iglesia en Corinto, exhorta a los conversos gentiles: «Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?» Aunque confiaba en que los corintios, en general, eran sinceros en su fe y miembros de la verdadera iglesia de Cristo, sin embargo, consideraba posible que algunos de ellos carecieran de la fe del evangelio –que se hubiesen engañado a sí mismos, y fueran objeto de la ira divina, en lugar de que su “vida estuviera escondida con Cristo en Dios”.

         Es algo serio para quien profesa el cristianismo reflexionar sobre esta posibilidad, pero precisamente por esto se le insta al deber del autoexamen bajo las más altas ordenanzas.

 Al procurar explicar y exigir este deber, haré:

I.             Algunas observaciones generales sobre el tema.

II.            Consideraré el propósito que debemos tener en vista al autoexaminarnos. 

III.          Sugeriré algunos temas hacia los cuales deben dirigirse nuestras indagaciones al atender este precepto divino.


I.             Algunas observaciones generales

1°. Consideremos que el mandamiento de examinarnos a nosotros mismos no implica que no podamos tener una conciencia inmediata de que creemos en el evangelio, y por lo tanto tener gozo y paz en el creer. La mente percibe y conoce todos sus propios pensamientos, juicios y emociones. Cuando creemos que algo es verdadero, sentimos que lo creemos; y podemos saber que creemos el evangelio de Dios, del mismo modo que sabemos que creemos cualquier informe basado en la autoridad de una criatura. Pero recordemos que, aun en los asuntos de esta vida, tendemos a engañarnos a nosotros mismos. El engaño del corazón se manifiesta especialmente en lo relacionado con las cosas invisibles y eternas; y de allí que muchos clamen: “paz, paz”, cuando no hay paz.

    Una causa fecunda de autoengaño en todo país llamado cristiano, es que la mayoría de las personas han estado acostumbradas desde su infancia a eso llamado evangelio y a reconocer su verdad, sin entender su significado, sin atender a su evidencia ni sentir su importancia. Podemos ser conscientes de que creemos en aquello que consideramos como el evangelio, y sin embargo estar en hiel de amargura y en prisión de maldad. Por lo tanto, es necesario que todos se examinen, no solo para saber si creen en aquello que llaman evangelio, sino para discernir si lo que creen es verdaderamente el evangelio.

    2°. Por la misma naturaleza del evangelio, así como por las declaraciones expresas de Dios, estamos seguros de que la fe en Cristo debe producir sentimientos, experiencias y una práctica que le son peculiares. La conexión entre la fe y la práctica se declara uniformemente como inseparable, de modo que la última debe corresponder siempre exactamente con la primera.

    3°. En consecuencia, se han hecho grandes esfuerzos para distinguir con precisión entre la fe común y la fe salvadora. Y se ha enseñado a las personas a juzgar favorable o desfavorablemente su estado, según hayan ejercido actos de fe salvadora y no meramente actos naturales de fe. La consecuencia inevitable de esto debe ser llevar a los hombres a procurar realizar tales actos salvadores, y a confiar en ellos cuando creen haberlos realizado. Así, la mente se desvía de Jesucristo, de la gloria de Su expiación y de la misericordia de Dios revelada en Él –que es el único fundamento de esperanza-, hacia una búsqueda ilusoria de algo más que calme la conciencia. De este modo se establece un sistema de justicia propia bajo el nombre de salvación por la fe.

    Además, nada puede exponernos más al autoengaño. Cuando, en lugar de estar ocupados en contemplar la verdad, nuestras mentes están enfocadas en considerar la manera en que creemos, estamos bajo una fuerte tentación de persuadirnos de que nuestra fe posee todas las cualidades de la fe salvadora, y de allí obtener nuestro consuelo. Las Escrituras nos muestran un camino más excelente. Apelan al sentido común del hombre, nos enseñan lo que hemos de creer, y describen los efectos que la creencia de la verdad debe necesariamente producir. Así, nuestras mentes están constantemente dirigidas hacia el testimonio de Dios, y se nos da una prueba mucho más inequívoca por la cual podemos comprobar si creemos el evangelio.

    4°. Debemos tener siempre presente que somos extremadamente propensos a refugiarnos en la opinión de otros, especialmente de aquellos a quienes estimamos por su juicio y piedad. Las opiniones ajenas pueden ser muy útiles al cristiano. Sin embargo, a menudo es más importante considerar los sentimientos de quienes están prejuiciados contra nosotros que los de nuestros amigos.

    Se requiere precaución, tanto más cuanto existe una fuerte tendencia, especialmente en aquellos que son débiles en la fe –y más aún en quienes han recibido impresiones recientes-, a estar muy atentos a las opiniones de quienes los rodean. Y se teme que muchos, al imaginar que otros tienen una opinión favorable de ellos, se vean sostenidos por esperanzas ilusorias, y se endurezcan para su propia perdición.

5°. La doctrina de Jesús se dirige al corazón, y nunca deja de afectarlo cuando es entendida y creída. No produce meramente una reforma exterior, mientras la mente permanece bajo el dominio del pecado. «Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Co. 10:4-5).

          En el autoexamen, por lo tanto, debemos atender a nuestros sentimientos internos, así como a la conducta general de nuestra vida. En este punto, muchos han errado. Mientras algunos han considerado que la verdadera religión consiste casi exclusivamente en ciertas emociones mentales, sin prestar la debida atención a la conducta; otros, al observar cuán poco se corresponde la práctica de algunos con lo que profesan sentir, han desechado por completo la consideración de las emociones internas, y se han fijado únicamente en el comportamiento exterior. Ambos están en error. Al atender tanto a los movimientos de nuestra mente como a nuestra práctica, estamos en menor peligro de ser engañados. Lo uno sirve de control para lo otro. Nuestra conducta puede parecer buena en muchos aspectos, aunque proceda de un principio corrupto. Y al juzgar nuestros sentimientos sin someterlos a la prueba de la práctica, somos siempre propensos a engañarnos y a alimentar aquellos sentimientos que nos producen placer, sin considerar de dónde provienen. Solo cuando nuestros sentimientos y nuestra práctica corresponden entre sí podemos tener una satisfacción bien fundada.

          6°. Debemos cuidarnos de formarnos un juicio sobre nosotros mismos a partir de observaciones parciales y aisladas de nuestra conducta. A esto somos extremadamente propensos. Siempre dispuestos a alejarnos de una consideración universal de los caminos de Dios, tendemos a descansar en una acción, o serie de acciones, como evidencia de que todo está bien con nosotros, y así halagarnos creyendo que en verdad somos siervos de Cristo.

          7°. La evidencia de que estamos en la fe es siempre susceptible de aumento. Por tanto, no debemos contentarnos con la presunción de que, en términos generales, el balance está a nuestro favor, sino buscar la evidencia más decisiva posible. No debemos adormecernos diciendo que, aunque somos imperfectos en muchos aspectos y ciertamente débiles en la fe, estamos bien en lo fundamental. Según sea la evidencia de esta imperfección o de nuestra debilidad en la fe, así será el peligro de naufragar completamente en ella.

          En resumen, cuanto mayor sea nuestro progreso, menos estaremos dispuestos a admirar o depender de nuestros logros, pues nuestro estándar de santidad se elevará proporcionalmente.

          8°. La revelación de Dios –que Su amor es inmutable, que los creyentes finalmente y ciertamente perseverarán, y que los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables- se abusa con frecuencia para descuidar o dejar de lado la necesidad del autoexamen. Cuando nos hallamos tibios en nuestro amor y comenzamos a apartarnos de Dios, tendemos a apaciguar nuestras conciencias con tales consideraciones. Los santos ciertamente perseverarán, pero no podemos tener evidencia de que somos del número de ellos a menos que permanezcamos en la verdad.

          Las Escrituras distinguen uniformemente las operaciones salvadoras de Dios en el alma por su permanencia. Los hijos de Dios no son de los que retroceden para perdición, sino de los que tienen fe para preservación del alma (Hb. 10:39); mientras que aquellos que reciben la Palabra con gozo, pero no tienen raíz, se manifiestan por su tropiezo y apostasía, siendo incapaces de soportar la tentación. De allí se sigue que, cualquiera que sea lo que hayamos hecho o sufrido por el evangelio, si no permanecemos en la fe, no podemos ser salvos. Solo podemos ser salvos por el evangelio si retenemos en la memoria la verdad. Nadie, por lo tanto, puede lícitamente consolarse con las promesas de Dios –de que los creyentes perseverarán- si no está realmente perseverando y, bajo la influencia de esas promesas, ocupándose en su salvación con temor y temblor. De ahí que, en el autoexamen, la pregunta no es si alguna vez creímos en un momento pasado, sino si ahora estamos en la fe de Cristo.

*  *  *

Este librito fue traducido del ingles de The Doctrine and Duty of Self-examination por James A. Haldane (1786-1851). 

Copyright © 2025 Chapel Library. Traducido y editado por Jorge E. Castañeda. Impreso en los EE.UU.

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A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.

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