Versículo para hoy:
martes, 12 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 12
“Todavía tengo razones en orden a Dios”. Job 36:2.
NO debemos buscar publicidad para nuestras virtudes ni para nuestro fervor, pero, al mismo tiempo, es un pecado estar siempre procurando esconder lo que Dios nos ha concedido para bien de otros. Un cristiano no tiene que ser una aldea colocada en un valle, sino “una ciudad asentada sobre un monte”. No tiene que ser una lámpara colocada debajo de un almud, sino sobre el candelero, que alumbra a todos. El retraimiento puede ser agradable en su tiempo, y el ocultarse a sí mismo es sin duda signo de modestia, pero el ocultar a Cristo en nosotros nunca puede ser justificado y el retraerse de la verdad que nos es preciosa, es un pecado contra nuestros semejantes y una ofensa contra Dios. Si tienes un temperamento nervioso y una disposición a ser retraído, ten cuidado de no tolerar demasiado esta propensión a temblar, para que no seas inútil a la Iglesia. En el nombre del que no se avergonzó de ti, procura hacer alguna leve violencia a tus sentimientos, y cuenta a otros lo que Cristo te ha dicho a ti. Si no puedes hablar con voz de trueno, hazlo con voz apacible. Si el púlpito no debe ser tu tribuna, si la prensa no puede llevar sobre sus alas tus palabras, di con Pedro y Juan: “No tengo oro ni plata, mas lo que tengo te doy”. Si no puedes predicar un sermón desde un monte, habla a la mujer samaritana junto al pozo de Sicar; si no lo puedes hacer en el templo, alaba a Jesús en las casas; hazlo en el campo, si no lo puedes hacer en el negocio; en medio de tu propia familia, si no lo puedes hacer en medio de la multitud. Desde los ocultos manantiales, deja que fluyan apaciblemente los vivos arroyos del testimonio, dando así de beber a cuantos pasen. No ocultes tu talento; negocia con él y llevarás un buen interés a tu Maestro y Señor. El hablar por Dios será para nosotros motivo de refrigerio, para los santos motivo de alegría, para los pecadores motivo de provecho y para el Salvador motivo de honor. Los hijos mudos son una aflicción para los padres. Señor, desata la lengua de todos tus hijos.
Charles Haddon Spurgeon.
lunes, 11 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 11
“Yo he rogado por ti”. Lucas 22:32.
¡CUAN animador es pensar en la incesante intercesión del Redentor en favor nuestro! Cuando oramos, él aboga por nosotros; y cuando no oramos, él defiende nuestra causa y, por sus súplicas, nos protege de los daños invisibles. Observa la palabra de aliento dirigida a Pedro: “Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo, pero…” -¿qué?, ¿pero ve y ora por ti? Este hubiera sido un buen consejo, pero no es lo que hallamos escrito. Ni le dijo: “Pero yo te mantendré alerta, y así serás preservado”. Esto hubiera sido una grande bendición. Pero no; lo que le dijo es esto: “Yo he rogado por ti, para que tu fe no falte”. Poco conocemos lo que debemos a las oraciones de nuestro Señor. Cuando lleguemos a la cumbre del cielo y miremos todo el camino por el cual el Señor nuestro Dios nos ha guiado, ¡cómo alabaremos al que, ante el trono eterno, desbarató el daño que Satanás estaba haciendo en la tierra! ¡Cuántas gracias le daremos porque él nunca estuvo en silencio, sino día y noche mostró las heridas de sus manos y llevó nuestros nombres en su pectoral! Aun antes que Satanás empezara a tentarnos, Jesús lo anticipó e introdujo una petición en el cielo. La misericordia le gana la carrera a la malicia. Observa: él no dice: “Satanás os ha zarandeado, y, por lo tanto, yo rogaré”, sino: “Satanás os ha pedido”. Él ataja a Satanás aun en sus mismos deseos. Jesús no dice: “Pero, yo he deseado rogar por ti”. No, sino dice: “Yo he rogado por ti; ya lo he hecho; he ido al tribunal e inicié una réplica antes que se presentase la acusación”. ¡Oh! Jesús, cuánto nos alienta saber que tú has abogado nuestra causa contra nuestros enemigos invisibles, que has contraminado sus minas, y que has desenmascarado sus emboscadas. En esto tenemos motivo para el gozo, la gratitud, la esperanza, y la confianza.
Charles Haddon Spurgeon.
domingo, 10 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 10
“He de ver en mi carne a Dios”. Job 19:26.
OBSERVA el tema de la piadosa expectación de Job: “He de ver a Dios”. No dice: “Veré a los santos”, aunque, sin duda, eso será inefable felicidad, sino “he de ver a Dios”. No dice tampoco: “Veré las puertas de perla, miraré los muros de jaspe, contemplaré las coronas de oro”, sino “he de ver a Dios”. Esto es, la suma y la substancia del cielo; es la gozosa esperanza de todos los creyentes, para quienes es un placer verle ahora por la fe. A los creyentes les gusta contemplar a Jesús en la comunión y en la oración, y así, viéndolo como él es, serán hechos en todo semejantes a él. ¡Semejantes a Dios! ¿Qué más podemos desear? ¡Una visión de Dios! ¿Qué cosa superior a esta podemos ansiar? Algunos leen así el pasaje: “Sin embargo, he de ver a Dios en mi carne”, y aquella gloriosa contemplación. Y hallan aquí una alusión a Cristo como el “Verbo hecho carne”, y a aquella gloriosa contemplación que constituirá el esplendor de los últimos días. Sea o no esto así, la verdad es que Cristo será el objeto de nuestra eterna visión; ni tampoco deseamos nosotros un gozo que sea mayor que el gozo de contemplar a Cristo. No pienses que el contemplar a Cristo será para la mente una actividad limitada. El contemplarlo es sólo una fuente de placer; pero una fuente infinita. Todos sus atributos serán objeto de contemplación, y como él es infinito en todos los aspectos, no hay temor de agotamiento. Sus obras, sus dones, su amor por nosotros y su gloria en todos sus propósitos y en todas sus acciones; todo esto será un tema que será siempre nuevo. El patriarca miraba hacia esta visión de Dios como un goce personal. “Mis ojos lo verán y no otro”. Considera las reales perspectivas de la bienaventuranza del cielo; piensa que esa gloria será para ti. “Tus ojos verán al Rey en su belleza”. Todo esplendor terrenal palidece y se obscurece a medida que lo contemplamos, pero en estas palabras hay un esplendor que nunca puede empañarse, una gloria que nunca puede disminuir: Yo veré a Dios.
Charles Haddon Spurgeon.
sábado, 9 de enero de 2016
LA IMPORTANCIA DE CONOCER NUESTRO PECADO - John Piper
El tema principal del libro a los Romanos hasta este momento es que Dios es gloriosamente justo en justificar a los incrédulos solo por la fe aparte de las obras de la ley. Romanos 4:5 dice: “mas al que no trabaja, pero cree en aquel que justifica al impío, su fe se le cuenta por justicia” ¿Cómo puede ser? ¿Cómo puede Dios justificar - declarar justo - al incrédulo que solamente se aleja de sí hacia Cristo y confía en Jesús? ¿Cómo puede absolver al culpable?
La respuesta viene en una de las declaraciones más importantes de la Biblia, Romanos 3:24-26. Dios introdujo a Jesucristo, su Hijo, para morir en nuestro lugar “a fin de que El sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús”. Aquí tenemos el tema principal del libro hasta el momento: Jesús, quien fue crucificado, es el Redentor que cargó nuestros pecados; nosotros, quienes confiamos en él, somos justificados; Dios, quien lo por nosotros, es justo. Este es el glorioso evangelio de Cristo.
Ahora, hay una gran suposición bajo este evangelio. La suposición es: existe la ley. El Creador del universo ha revelado su voluntad. Y su voluntad es la ley. Cuando no está cumplida, hay verdadera culpabilidad y verdadera condenación y verdadera pena. Por eso, la existencia de la ley en el universo - la voluntad revelada de Dios - crea el fundamento para el quebrantamiento de la ley y la culpabilidad, para la observación de la ley y la justicia, para un tribunal y un Juez, y para la justificación y la condenación. Todos estos grandes conceptos dependen de una sola suposición: existe la ley. Continuar leyendo...
Fuente: By John Piper. © Desiring God. Website: desiringGod.org
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 9
“Servid a Jehová con alegría”. Salmos 100:2.
EL placer en el servicio divino es señal de aceptación. Los que sirven a Dios con rostros tristes, porque hacen lo que les desagrada, no están en realidad sirviéndole, pues ofrecen la forma de la reverencia, pero la vida está ausente. Nuestro Dios no pide esclavos para adornar su trono; él es Señor del imperio del amor y desea que sus siervos se vistan con el uniforme del gozo. Los ángeles de Dios lo sirven con cánticos no con gemidos; una murmuración o un suspiro serían como una sedición en sus filas. La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, pues el Señor mira el corazón; y si ve que lo servimos por la fuerza y no por amor, rechaza nuestra ofrenda. El servicio acompañado de alegría es servicio de corazón, y, por lo tanto, es verdadero. Quita del cristiano la alegre espontaneidad y habrás quitado la prueba de su sinceridad. El que es arrastrado a la batalla no es patriota, pero el que marcha al combate con brillantes ojos y radiante faz, cantando “es dulce morir por la patria”, demuestra ser sincero en su patriotismo. La alegría es el sostén de nuestra fuerza; en el gozo del Señor somos fuertes. El gozo actúa como removedor de dificultades. El gozo es a nuestros trabajos por el Señor, lo que el aceite es a las ruedas de un vehículo. Sin aceite el eje se calienta, y ocurren accidentes. Si una santa alegría no aceita nuestras ruedas, nuestros espíritus se verán impedidos por la fatiga. El que está alegre en el servicio de Dios demuestra que la obediencia es su elemento. El tal puede cantar: “Hazme andar en tus mandamientos, pues ellos constituyen un sendero delicioso”.
Lector, permíteme hacerte esta pregunta: ¿Sirves a Dios con alegría? Mostremos a los del mundo, que piensan que nuestra religión es una esclavitud, que para nosotros es más bien un placer y un gozo. Que nuestro gozo proclame que estamos sirviendo a un buen Amo.
Charles Haddon Spurgeon.
viernes, 8 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 8
“Mejores son tus amores que el vino”. Cantares 1:2.
NADA da al creyente tanto gozo como la comunión con Cristo. El goza, como los demás, de las bendiciones comunes de la vida; puede sentir alegría tanto en los dones como en las obras de Dios; pero en ninguna de esas cosas separadamente, ni en todas ellas reunidas, halla un placer tan real como el que halla en la incomparable persona del Señor Jesús. Tiene en él un vino que ninguna viña del mundo podría producir, un pan que ni aun todos los trigales de Egipto podrían presentar. ¿Dónde podríamos hallar la dulzura que hemos gustado en nuestra comunión con el amado? En nuestra consideración, los goces de la tierra son sólo un poco mejores que las algarrobas de los cerdos, si los comparamos con Jesús, el celestial maná. Quisiéramos más bien tener un bocado del amor de Cristo y un sorbo de su comunión que todo un mundo lleno de placer carnal. ¿Qué valor tiene el tamo al lado del trigo? ¿Qué valor tiene el brillante stráss al lado del diamante? ¿Qué valor tiene el placer temporal, en el mejor de los casos, en comparación con nuestro Señor Jesús, en su estado más humilde? Si conoces algo de la vida interior, tendrás que confesar que los placeres más sublimes, más puros y más duraderos son frutos del árbol de la vida que está en medio del Paraíso de Dios. Ningún manantial da agua tan dulce como aquella fuente que produjo la lanza del soldado. Toda felicidad terrenal es de la tierra, pero los consuelos de la presencia de Cristo son como él, celestiales. Podemos pasar revista a nuestra comunión con Jesús y no hallaremos en ella sentimientos de vaciedad; en este vino no hay sedimento; no hay moscas muertas en su ungüento. El gozo del Señor es real y permanente. La vanidad no ha puesto sus ojos sobre él, pero la discreción y la prudencia testifican que este gozo soporta la prueba de los años, y, tanto en el tiempo como en la eternidad, merece ser llamado “el único gozo verdadero”.
Charles Haddon Spurgeon.
jueves, 7 de enero de 2016
HUESOS SECOS - 1/7 - Paul Washer
Fuente: Naara Gonzalez
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LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 7
“Mi hermana, esposa mía”. Cantares 4:12.
OBSERVA los delicados títulos con que el celestial Salomón, con intenso afecto, se dirige a su esposa, que es la Iglesia. Mi hermana, una de mis allegadas por los vínculos naturales, partícipe de las mismas simpatías. Mi esposa, la más cercana y la más querida, unida a mí por los muy tiernos lazos del amor; mi dulce compañera, parte de mi mismo ser. Mi hermana, por mi encarnación, la cual me hace carne de tu carne y hueso de tu hueso; mi esposa, por desposorio celestial, con el cual te he desposado conmigo en justicia. Mi hermana, a quien conozco desde la antigüedad y a quien vigilo desde su temprana infancia; mi esposa, tomada de entre las hijas, sostenida con brazos de amor y mi prometida para siempre. Mira cuán cierto es que nuestro real Pariente no se avergüenza de nosotros, pues él se detiene con manifiesto placer en esta doble relación. Dos veces se repite la partícula “mi” en el texto, como si Cristo se detuviese con arrobamiento ante la posesión de la Iglesia. “Sus delicias son con los hijos de los hombres”, porque ellos son sus elegidos. Él, el Pastor, buscó las ovejas, porque eran sus ovejas. “Él vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”, porque lo que se había perdido era suyo antes que se perdiese. La Iglesia es la exclusiva porción de su Señor; ningún otro puede pretender una participación en ella, o compartir su amor. ¡Jesús, tu Iglesia se goza de que sea así! Permite que cada creyente beba solaz de estas fuentes. ¡Alma!, Cristo te es querido por los lazos de la unión matrimonial, y tú le eres querida a él. He aquí, él toma tus manos en las suyas, y te dice: Mi hermana, esposa mía. Observa los dos medios por los cuales el Señor te tiene tan asida, quien, por otra parte, no puede ni quiere dejarte ir jamás. ¡Oh!, amado, no demores en retornar a la santificada llama de su amor.
Charles Haddon Spurgeon.
miércoles, 6 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 6
“Y la mano de Jehová había sido sobre mí la tarde”. Ezequiel 33:22.
QUIZÁS se habla aquí de juicio, y, si es así, debo considerar el motivo de esta visita y prestar atención a la disciplina y al que la decreta. No soy el único que es castigado en la noche; debo, pues, someterme con alegría a la aflicción y esforzarme con toda solicitud para sacar provecho de ella. Pero la mano del Señor puede hacerse sentir en otro modo, fortaleciendo al alma y elevando el espíritu hacia las cosas eternas. ¡Oh!, qué dicha experimentaría yo si pudiese sentir que el Señor contiende conmigo en ese sentido. El sentido de la divina presencia y de su permanencia en nosotros lleva al alma hacia el cielo como sobre alas de águila. En tales ocasiones nos sentimos llenos hasta el borde de gozo espiritual y olvidamos los cuidados y tristezas de la tierra; lo invisible está cerca y lo visible pierde el poder que tiene sobre nosotros. El siervo, que es el cuerpo, aguarda al pie del monte, mientras que el espíritu, que es el dueño, adora en la cumbre, en la presencia del Señor. ¡Oh!, qué bendito momento de divina comunión me puede ser concedido esta tarde. El Señor sabe que yo mucho lo necesito. Esta es la razón porque su mano sanadora debiera reposar sobre mí. Su mano puede mitigar el calor de mis ardientes sienes y detener la agitación de mi angustiado corazón. Aquella gloriosa mano derecha que ha formado el mundo, puede de nuevo crear mi mente; la infatigable mano que soporta los gigantescos pilares de la tierra puede sostener mi espíritu; la mano amorosa que abarca a todos los santos me puede acariciar y la poderosa mano que quebranta al enemigo puede someter mis pecados. ¿Qué motivos hay para que yo no sienta esta tarde el toque de esa mano? Ven, alma mía, dirígete a tu Dios con el poderoso argumento de que las manos de Jesús fueron traspasadas para tu redención, y, sin duda, tú sentirás sobre ti aquella misma mano que una vez tocó a Daniel y lo hizo arrodillar para que pudiese ver las visiones de Dios.
Charles Haddon Spurgeon.
martes, 5 de enero de 2016
LECTURAS VESPERTINAS – ENERO 5
“Y vio Dios la luz”. Génesis 1:4.
ESTA mañana, en “Lecturas Matutinas”, notamos la bondad de la luz y la división que el Señor hizo entre ella y las tinieblas. Observemos ahora cómo mira Dios la luz. “Vio Dios la luz”. La miró con satisfacción, la contempló con placer, “vio que era buena”. Si el Señor te ha dado luz, querido lector, él mira esa luz con particular interés, pues no sólo la quiere por ser obra de sus manos, sino porque es semejante a él que “es la luz”. Para el creyente es un placer saber que Dios observa con tanto cariño la obra de gracia que él empezó. Dios nunca pierde de vista el tesoro que colocó en nuestros vasos de barro. Algunas veces nosotros no podemos ver la luz, pero Dios siempre la ve; y es mucho mejor que sea así. Es mejor que el juez vea mi inocencia y no que yo piense que la veo. Es para mí muy agradable saber que soy un componente del pueblo de Dios; pero, aunque no lo supiera, con tal que lo sepa el Señor, estoy fuera de peligro. Este es el fundamento: “Conoce el Señor a los que son suyos”. Tú, quizás, estés sollozando y gimiendo a causa del pecado innato, y, posiblemente, estés llorando en tus tinieblas, pero, sin embargo, el Señor ve “luz” en tu corazón, pues él la puso allí, y las oscuridades y tinieblas de tu alma no pueden ocultar tu luz de sus misericordiosos ojos. Quizás estés hundido en el desaliento y hasta en la desesperación, pero si tu alma anhela a Cristo y procura descansar en su consumada obra, Dios ve la luz. No sólo la ve, sino también la preserva en ti. “Yo, el Señor, la guardo”. Estas palabras constituyen un valioso estímulo para los que, después de ansiosa vigilancia y cuidado de sí mismos, sienten su impotencia para conservar esa luz. La luz, así preservada por su gracia, será transformada por él en el esplendor del mediodía y en la plenitud de gloria. La luz que está en el corazón señala la aurora del eterno día.
Charles Haddon Spurgeon.
lunes, 4 de enero de 2016
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