CONTEMPLA tus posesiones, oh
creyente, y compara tu porción con la suerte de tus semejantes. Algunos de
ellos tienen su porción en el campo. Son ricos y sus cosechas les producen un
aumento de oro; pero, ¿qué son las cosechas comparadas con tu Dios, que es el
Dios de las cosechas? ¿Qué son los graneros rotos comparados con él, que es el
labrador, que te alimenta con el pan del cielo? Algunos tienen su porción en la
ciudad. Sus riquezas son abundantes y fluyen en sus cajas a raudales, hasta que
se transforman en un verdadero depósito de oro; pero, ¿qué es el oro comparado
con tu Dios? Tú no podrías nutrirte de él; tu vida espiritual no podría ser
sustentada con él. Pon el oro sobre una conciencia turbada, ¿podría él quitar
sus penas? Aplícalo a un corazón desalentado y mira si el oro puede reprimir un
solo gemido o dar un dolor menos. Pero tú tienes a Dios y en él tienes más que
lo que el oro o las riquezas podrían comprar. Algunos tienen su porción en lo
que la mayor parte de los hombres más ambicionan, es, a saber, en el aplauso y
en la fama; pero pregúntate a ti mismo, ¿no es tu Dios para ti más que todo
eso? Si una miríada de clarines tocara fuerte en tu honor, ¿te prepararía eso
para cruzar el Jordán o te alentaría ante la perspectiva del juicio? No; hay
dolores en la vida que las riquezas no pueden aliviar, y existe la gran
necesidad de la hora de la muerte para la cual ninguna riqueza puede hacer
provisión. Pero si tienes a Dios como tu porción, tienes más que todo el resto
puesto junto. En él toda necesidad se satisface, ya sea en la vida como en la
muerte. Con Dios como tu porción, eres realmente rico, porque él suplirá tu
necesidad, confortará tu corazón, mitigará tu dolor, guiará tus pasos, estará
contigo en el valle de la sombra de la muerte y, después, te llevará al hogar
para gozar de él como tu porción para siempre. “Yo tengo suficiente”, dijo
Esaú. Esto es lo mejor que un mundano puede decir. Pero Jacob le replicó: “Yo
tengo todo”, que es una nota demasiado alta para las mentes carnales.
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