Entre los débiles me hice débil, a fin de ganar a los débiles.
Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios
posibles. Todo esto lo hago por causa del evangelio, para participar de sus
frutos. 1 Corintios 9:22-23.
Anhelar la salvación de
otros nos hace semejantes a Dios. ¿Deseamos el bienestar de los hombres? Dios
lo desea. ¿Anhelamos librarlos del infierno? Día tras día Dios lleva a cabo esa
obra de gracia. ¿Podemos decir que no nos complacemos con la muerte de aquellos
que mueren? Jehová ha declarado eso mismo en uno de sus juramentos. ¿Lloramos
por los pecadores? ¿Acaso no lloró también por ellos el Hijo de Dios?
¿Trabajamos para que se conviertan? ¿No murió él para que puedan vivir? Eres
semejante a Dios si en tu espíritu arde esta pasión.
Esta es una expresión
de tu amor a Dios, así como de tu amor a los hombres. Al amar al Creador
sentimos misericordia por sus criaturas caídas y un amor benévolo hacia las
obras de sus manos. Si amamos a Dios, sentimos lo que él siente, y al
considerar los misterios del juicio, no podemos permitir que aquellos que él ha
creado se pierdan para siempre.
Cuando amamos a Dios,
lamentamos que el resto de los hombres no lo ame también. Nos inquieta ver que
el mundo entero está bajo el maligno, enemistado con su Creador, peleado con
aquel que es el único que puede bendecirlos.
Si amamos a otros
debemos, así como Pablo, ser sabios para atraerlos, sabios para persuadirlos,
sabios para convencerlos, sabios para animarlos; tenemos que aprender a
utilizar los medios a nuestro alcance y descubrir en nosotros los talentos que
de otro modo habrían quedado enterrados, si el deseo ferviente de salvar a los
hombres no hubiera removido el suelo.
A través de la Biblia en un año: Isaías 5-8
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