domingo, 3 de mayo de 2026

LA DOCTRINA Y EL DEBER DEL AUTOEXAMEN - James Haldane (1786-1851)


          II. Propósitos y fines del autoexamen

Consideremos ahora qué propósitos y fines debemos tener presentes al practicar el autoexamen.

            1°. El autoexamen, entonces, no está destinado a aquietar la conciencia, a desterrar el temor servil, ni a eliminar dudas y temores sobre si somos incrédulos.

            Cuando la mente teme el desagrado divino y sus consecuencias, tenemos para nuestro alivio el testimonio de Dios, que la sangre de Cristo limpia de todo pecado. Somos invitados a acercarnos al trono de la gracia para alcanzar misericordia, y se nos asegura que Cristo no echará fuera al más vil que venga a Él. Si esto no nos alivia, Dios no ha provisto otro fundamento de consuelo, y debemos tener cuidado de no buscar otro, ya sea para nosotros mismos o para otros. Si esto no nos da paz, debe ser porque no creemos el testimonio de Dios, porque no estamos dispuestos a depender únicamente de Su misericordia gratuita y soberana. Y en tal estado de ánimo necesitamos ser despertados al temor y a los celos respecto de nosotros mismos, y ser llamados al arrepentimiento, no ser tranquilizados en nuestra incredulidad y rebelión.

            2°. El objeto del autoexamen, según las Escrituras, es probar la autenticidad de la paz y el consuelo que disfrutamos.

            La paz y el consuelo son los efectos necesarios del evangelio, cuando su significado es comprendido correctamente y su certeza es considerada por nosotros como indudable. Pero existe una paz falsa que puede confundirse con la verdadera. La paz verdadera surge del conocimiento de la expiación de Cristo, y está siempre vinculada a una visión profunda y viva de las cosas eternas. La paz falsa nace de la indiferencia hacia las cosas eternas; y de ello tenemos abundante evidencia en un mundo que yace bajo el poder del maligno.

            Así, vemos que, aunque el autoexamen no está diseñado para restaurar la paz a la mente atribulada, sí es de suma importancia para determinar si la esperanza que tenemos es conforme a las Escrituras. Sin un autoexamen frecuente, no conservaremos por mucho tiempo una paz sólida.

            3°. El objeto del autoexamen, según las Escrituras, es detectar “los males ocultos del corazón”.

            Muchas concupiscencias carnales combaten contra nuestras almas. Estamos rodeados de trampas y constantemente propensos a extraviarnos; no solo a caer en pecado abierto, sino a engañarnos a nosotros mismos, y mientras en lo exterior andamos religiosamente, no estar viviendo para Dios –continuando en una frialdad formal, sin mortificar nuestros miembros-, sino, de algún modo secreto y quizá no percibido, sirviendo a la carne. Al llevar con frecuencia nuestros corazones a la prueba de la Escritura, y comparar nuestro espíritu y conducta con los preceptos de la Palabra de Dios, podremos evitar más fácilmente las trampas de Satanás y mantener más habitualmente una manera de vivir apropiada y decorosa.

            4°. Uno de los grandes fines por los cuales se prescribe el autoexamen en la Escritura, es aumentar nuestro gozo en el Señor.

            El gozo es un fruto del Espíritu: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe» (Gál. 5:22), y es de grandísima importancia, siendo muy enfatizado en la Palabra de Dios. «El gozo de Jehová es vuestra fuerza» (Neh. 8:10). Nos anima en el deber y nos sostiene en las pruebas. Impide que los placeres inocentes de esta vida acaparen en exceso nuestro afecto. Vuelve insípidos los deleites en los que se complacen principalmente los hombres del mundo, y nos alienta a dedicarlo todo al Señor, en cuyo servicio se encuentra la mayor felicidad.

            Muchos no parecen estar conscientes de esto, ni de la gran importancia de tener el alma llena del gozo de Dios. Incluso lo miran con sospecha, como si procediera de la presunción, y fuera incompatible con la humildad que debe caracterizar al discípulo del manso Jesús. Nada puede ser más falso e infundado. Tal idea solo puede surgir de la falta de experiencia del gozo que fluye del evangelio.

            Es cierto que hay entre algunos profesantes una confianza presuntuosa, quienes hablan palabras hinchadas de vanidad acerca de su gozo, lo cual, ¡ay!, es tristemente demasiado evidente. Pero no por ello debemos contradecir toda la revelación de Dios, que representa el gozo como un rasgo eminente de los creyentes. Pablo nos dice que el reino de Dios es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, y exhorta a sus hermanos a regocijarse siempre en el Señor (Fil. 3:1; 4:4).

Nada recomienda más el evangelio de Cristo al mundo que el que sus seguidores estén llenos de gozo y paz. Los hombres impíos tienden siempre a malinterpretar y tergiversar la religión como algo que produce tristeza y melancolía, y han tenido demasiadas razones para ello por la conducta de muchos profesantes. Tenemos toda razón para creer que las visiones poco felices que muchos tienen de la religión surgen de no discernir la gloria y plenitud del evangelio, junto con la carnalidad de sus mentes, que los lleva a tratar de mantener tranquila su conciencia sin vivir cerca de Dios. De allí que se halaguen creyendo que su falta de consuelo es fruto de su humildad, y que los gozos de otros son producto del orgullo, si no una simple pretensión. No es raro que Satanás se disfrace como ángel de luz, y represente los frutos genuinos del Espíritu Santo como si procedieran de un corazón que no está bien con Dios.

En conclusión, parece claro que, aunque nuestra paz y gozo deben surgir enteramente, en primer lugar, de creer el testimonio de Dios, y solo pueden conservarse permaneciendo en Su doctrina, es de suma importancia y necesidad –si deseamos guardarnos del autoengaño, corregir lo que hay de errado en nosotros, aumentar nuestro gozo y, por consiguiente, nuestra actividad en el servicio del Señor- que nos examinemos de cerca y constantemente si estamos en la fe.

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Este librito fue traducido del inglés de The Doctrine and Duty of Self-examination por James A. Haldane (1786-1851). 

Copyright © 2025 Chapel Library. Traducido y editado por Jorge E. Castañeda. Impreso en los EE.UU.

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A menos que se indique de otra manera, las citas bíblicas fueron tomadas de la Santa Biblia, Reina-Valera 1960.